«La colina y el agujero»: Fritz Leiber; relato y análisis


«La colina y el agujero»: Fritz Leiber; relato y análisis.




La colina y el agujero (The Hill and the Hole) es un relato de terror del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1992), publicado originalmente en la edición de agosto de 1942 de la revista Unknown Worlds, y luego reeditado en la antología de 1947: Los agentes negros de la noche (Night's Black Agents).

La colina y el agujero, uno de los mejores cuentos de Fritz Leiber, narra la sorprendente historia de un geólogo, llamado Tom Digby, cuyos instrumentos de medición le dicen que la colina que acaba de subir es, de hecho, un agujero.

Aquí, Fritz Leiber nos invita a pensar en viejas leyendas de hadas de los mitos celtas, cuyos túmulos y montículos a menudo estaban rodeados de extraños fenómenos ópticos que parecían desafiar las leyes de la física, pero sin recurrir a ellas directamente. En todo caso, La colina y el agujero posee la fragancia inconfundible de H.P. Lovecraft —quizás también la de M.R. James— y las extrañas arquitecturas extradimensionales que pueblan los Mitos de Cthulhu.




La colina y el agujero.
The Hill and the Hole, Fritz Leiber (1910-1992)

Tom Digby se enjugó la cara con la manga arremangada de su camisa, y maldijo de buen grado la costumbre de medir altitudes con instrumentos barométricos. Ahora que había regresado al hito, colocado a ciento cincuenta y tres metros sobre el nivel del mar, se dio cuenta de que la lectura que había obtenido de la altitud de la colina era ridículamente inexacta. Daba un total aproximado de ciento treinta y cuatro metros, mientras que la colina, que a simple vista no distaba más de cuatrocientos metros, tenía obviamente una altura que oscilaba entre los ciento setenta y uno y los ciento setenta y cuatro metros.

La discrepancia la convertía en una depresión, en lugar de una colina. Era evidente que él o el altímetro se habían equivocado al tomar la lectura desde la cima de la colina. Y en vista de que el altímetro ahora funcionaba bastante bien, al parecer el equivocado era él.

Le hubiera gustado irse temprano y almorzar con Ben Shelley en Beltonville, pero necesitaba esta medición para terminar con el estudio petrolífero. No había logrado divisar el contacto de arenisca y piedra caliza que buscaba en ninguna otra parte más que cerca de la cima de esta misma colina. De modo que recogió el altímetro, abandonó el abrigo de la fresca sombra del granero detrás del cual estaba el hito y echó a andar pesadamente. Calculaba que podría acabar correctamente este pequeño trabajo y llegar a tiempo a reunirse con Ben.

En el rostro grande, juvenil y cuadrado se dibujó una sonrisa mientras pensaba cómo parlotearían y se gastarían bromas. Ben, al igual que él mismo, trabajaba para el Servicio Geológico del Estado. Unos campos de maíz que llegaban a la altura del hombro, deslumbrantemente verdes bajo el tórrido sol del Medio Oeste, se extendían alejándose de la colina hasta llegar al chato horizonte. Comenzaba la quietud del mediodía. Unos moscones azules zumbaron a su alrededor cuando bordeó una pila de estiércol y se deslizó entre las estacas grises por la intemperie de una vieja cerca.

Nada se movía, salvo una ligera brisa que agitaba el maíz un par de campos más allá, y el coche de un granjero que levantaba un indolente reguero de polvo allá a lo lejos, en dirección contraria. La silueta fornida y de aspecto competente de Tom Digby era la única cosa con determinación de todo el paisaje.

Cuando se hubo abierto paso a través de la franja de cizaña alta y de tallos secos que se extendía al pie de la colina, miró hacia atrás y vio la miserable e insignificante granja donde estaba el hito. Parecía desierta. Entonces logró distinguir que en un extremo del granero había una niña rubia que miraba en su dirección, y recordó que la había visto antes. La saludó con la mano y rió entre dientes cuando la pequeña se ocultó rápidamente. A veces, los hijos de los granjeros eran muy tímidos. A continuación, comenzó a ascender la colina a paso más vivo, hacia el lugar en el que la porción de estratos se encontraba expuesta de modo tentador.

Al llegar a la cima no sintió la brisa que esperaba. Por el contrario, hada un calor más sofocante que abajo, y sintió una sensación como polvorienta. Volvió a enjugarse el rostro, apoyó el altímetro en un sitio plano, y con cuidado giró el cuadrante hasta que la aguja quedó directamente en la línea media de la escala, y comenzó a tomar las medidas que daba la aguja de abajo.

Se le ensombreció el rostro.

Se sintió forzado a sacudir el instrumento, aunque sabía que de nada serviría. Se obligó a trabajar muy lentamente y con método, y tomó una segunda lectura. El resultado fue el mismo. Entonces, se irguió y alivió su frustración con unas cuantas maldiciones ingeniosas, más vigorosas pero con el mismo buen humor que la andanada que había soltado en el hito. Dejó un margen para cualquier posible cambio en la presión barométrica durante el corto período que ocupó la ascensión desde el hito, pero el altímetro siguió indicando que la altitud de la colina estaba por debajo de los ciento treinta y cinco metros. Ni siquiera un tornado de fantástico rigor podía justificar semejante diferencia de presión.

No habría estado tan mal, se dijo disgustado, si hubiera utilizado un anticuado barómetro aneroide. Pero se supone que un altímetro de quinientos dólares y moderno diseño no debe ser temperamental. Sin embargo, ahora no había nada que hacer. Evidentemente, el altímetro había lanzado su último y fiel suspiro en el hito, después de lo cual había dejado de funcionar para siempre. Habría que enviarlo de vuelta al este para que lo arreglasen. Y él tendría que arreglárselas sin esa maldición.

Se dejó caer en el suelo para tomar un descanso antes de emprender el regreso. Al observar el escaqueado de los campos y el escaqueado más amplio de los sectores que lindaban con caminos de tierra, se le ocurrió pensar lo poco que la mayoría de la gente sabía sobre las dimensiones y limites verdaderos del mundo en el que vivían. Todos se fijaban en las líneas rectas de un mapa y suponían inocentemente que en la realidad también eran rectas. Podían pasarse la vida creyendo que sus casas estaban en un condado, cuando con unas mediciones fidedignas se podría demostrar que vivían en otro.

Su sorpresa era genuina cuando les explicabas que la línea Mason—Dixon tenía más salientes que una cerca de estacas, o si les decías que era prácticamente imposible encontrar un mapa detallado, exacto y actualizado de cualquier distrito determinado. Ignoraban cómo los ríos avanzaban y retrocedían, colocando trozos de tierra primero en un estado y luego en otro. Jamás habían seguido caminos de aspecto agradable y apacible que se desvanecían en una nada enmalezada. Iban por la vida creyendo que vivían en un mundo ordenado como el diagrama de un libro de geometría, mientras que tipos como él y Ben trataban de reunir los retazos e intentaban que un kilómetro más un kilómetro equivalieran a algo así como dos kilómetros. O probaban que las colinas eran realmente colinas, no depresiones disfrazadas.

De pronto, el calor se volvió endiablado y sofocante, y el suelo desnudo, desagradablemente arenoso. Le dio un tirón al cuello de la camisa y se la desabrochó un poco más. Era hora de ir a Beltonville. Un par de vasos de café helado le sentarían bien. Se puso en pie, y notó que la niña había salido otra vez de detrás del granero. Al parecer le estaba haciendo señas con la mano; el movimiento era extraño, convulsivo y tentador, aunque probablemente sería el efecto reverberante del calor que se levantaba de los campos.

Él también le hizo señas con el brazo, y el movimiento le produjo un repentino mareo. Del paisaje pareció surgir como una sombra, y tuvo dificultades para respirar. Entonces comenzó a descender la colina, y en seguida volvió a sentirse bien.

—Fui un imbécil por venir hasta aquí sin sombrero —se dijo—. Este sol me sentará mal, aunque esté tan sano como un caballo.

Algo le importunaba, sin embargo; así lo advirtió cuando volvió a bajar al campo de maíz. No le gustaba la idea de que la colina pudiera con él. Se le ocurrió que podría convencer a Ben para que volvieran esa tarde, y si no tenía nada más que hacer, tomar una medida exacta con la alidada y la plancheta.

Al acercarse a la granja, vio que la niña se había vuelto a retirar a un extremo del granero.

—Hola.

La niña no le contestó, pero tampoco salió corriendo. Se dio cuenta de que lo miraba de hito en hito, con atención y como sopesándolo.

—¿Vives aquí? —le preguntó.

La niña no respondió. Al cabo de un rato, dijo:

—¿Para qué quería bajar hasta allí?

—El Estado me paga para medir la tierra —repuso.

Había llegado hasta el hito y automáticamente se había puesto a tomar una lectura, cuando recordó que el altímetro no funcionaba.

¿Es de tu papá esta granja? —inquirió.

La niña tampoco contestó. Iba descalza, y llevaba un vestido de algodón de un azul desteñido. El sol le había decolorado el cabello y las cejas, y los tenía varios tonos más claros que la piel, lo que le daba un aspecto de negativo de fotografía. Tenía la boca abierta. Todo su rostro mostraba una expresión vacía, pero no exactamente estúpida.

Finalmente, sacudió la cabeza con solemnidad y dijo:

—No debió haber bajado hasta allí. A lo mejor no habría podido volver a salir.

—Dime una cosa, ¿de qué estás hablando? —inquirió él jocosamente, pero manteniendo un tono de voz amable, para que la niña no huyera.

—Del agujero —contestó ella.

Tom Digby sintió que lo recorría un escalofrío.

El sol debe de haberme dado más fuerte de lo que pensé, se dijo.

—¿Quieres decir que por allá hay una especie de foso? —le preguntó rápidamente—. ¿Quizás un viejo pozo de agua o un pozo negro ocultos por la maleza? Bueno, pues no me caí. ¿Está a este lado de la colina? —volvió a inquirir, mientras seguía arrodillado junto al hito.

Una mirada de comprensión mezclada con una ligera decepción embargó el rostro de la niña. Asintió con aire enterado y comentó:

—Es usted igual que papá. Siempre me dice que ahí hay una colina, para que no me asuste del agujero. Pero no es necesario que haga eso. Lo sé todo sobre el agujero, y no me volvería a acercar a él por nada del mundo.

—Dime, ¿de qué demonios estás hablando?

Perdió el control de la voz y la pregunta fue más bien un grito. Pero la niña no echó a correr, sino que siguió mirándolo, pensativa.

—Tal vez me haya equivocado observó finalmente. Tal vez papá y usted y la otra gente vean de verdad una colina. Tal vez ellos hagan que usted vea allí una colina, para que no se entere de que están allí. A ellos no les gusta que los molesten. Yo lo sé. Hace unos dos años vino por aquí un hombre; trataba de averiguar cosas sobre ellos. Llevaba una especie de anteojo de larga vista puesto sobre unos palos. Ellos lo mataron. Por eso yo no quería que usted bajara hasta allí. Tenía miedo de que ellos le hicieran lo mismo.

Hizo caso omiso del escalofrío que persistía en recorrerle la espalda, del mismo modo que había hecho caso omiso, desde el principio, y con una aversión científica automática por lo misterioso, de la coincidencia entre la fantasía de la niña y las lecturas inexactas del altímetro.

—¿Quiénes son ellos?

Los ojos de la niña, inexpresivos y de un azul acuoso, se fijaron en un punto más allá de Digby, como silo estuvieran mirando todo, o nada.

—Ellos están muertos. Son huesos. Sólo huesos. Pero se mueven. Ellos viven en el fondo del agujero, y allí hacen cosas.

—¿Ah, sí? —la animó a que siguiera, sintiéndose un tanto culpable de hacerlo.

Con el rabillo del ojo logró ver que un viejo Ford T subía traqueteando por el camino sembrado de surcos, levantando nubes de polvo.

—Cuando era pequeña —continuó en voz baja, de modo que él tuvo que hacer un esfuerzo para captar las palabras—, iba justo hasta el borde para mirar abajo y verlos. Hay un modo de bajar, pero jamás lo hice. Entonces, un día, ellos miraron hacia arriba y me pescaron espiándolos. Eran caras huesudas y blancas; todo lo demás era negro. Supe que ellos pensaban matarme. Entonces salí corriendo y no volví nunca más.

El Ford T se detuvo con un traqueteo junto al granero; un hombre alto que vestía un viejo mono azul se apeó de un salto y, a grandes zancadas, se dirigió hacia ellos.

—¿Lo envía la Junta de Educación? —preguntó, acusador, a Tom—. ¿Es del Hospital del Condado?

Su enorme manaza se cerró alrededor de la mano de la niña. Tenía el mismo pelo y las mismas cejas desteñidas, pero su cara tenía un bronceado rojo como el ladrillo. Los dos se parecían muchísimo.

—Quiero decirle una cosa —prosiguió, con voz cargada de enfado pero controlada—. Mi pequeña está bien de la cabeza. Soy yo el que debe juzgarlo, ¿no? ¿Qué pasa si no siempre da las respuestas que los maestros esperan? Tiene ideas muy suyas. Y yo estoy en perfectas condiciones para cuidar de ella. No me gusta la idea de que vengan aquí a fisgonear y a hacerle un montón de preguntas cuando yo no estoy.

En ese momento, el hombre vio el altímetro. Le echó una incisiva mirada a Tom, especialmente a los pantalones de montar y a los borceguíes.

—Me parece que lo único que he conseguido ha sido ponerme en ridículo —dijo rápidamente—. ¿Es petrolero?

Tom se puso de pie.

—Trabajo para el Servicio Geológico del Estado —le dijo.

La actitud del granjero cambió por completo. Avanzó un paso y, en tono confidencial, le comentó:

—Ha encontrado indicios de que hay petróleo, ¿no es cierto?

Tom se encogió de hombros y sonrió con amabilidad. Había oído a cientos de granjeros formular esa misma pregunta, y de la misma forma.

—No le puedo decir nada sobre eso. Antes de emitir ningún juicio tendría que acabar con el trabajo de cartografía.

El granjero le devolvió la sonrisa de un modo perspicaz, pero no hostil.

—Sé a qué se refiere. Sé que ustedes tienen órdenes de no hablar. Hasta pronto, señor.

—Hasta pronto —repuso Tom.

Con un movimiento de cabeza se despidió de la niña, que seguía mirándolo de hito en hito, y rodeando el granero, se dirigió hasta su coche. Al dejar caer pesadamente el altímetro en el asiento delantero, junto a él, cedió al impulso de tomar otra medición. Una vez más maldijo, esta vez entre dientes. Al parecer, el altímetro volvía a funcionar correctamente.

—Bueno —se dijo—, está decidido. Volveré a tomar otras medidas más fiables con la alidada, y si no vengo con Ben, entonces vendré con otra persona. Mediré esa colina cueste lo que cueste antes de ponerme a hacer otra cosa.

Ben Shelley se bebió las últimas gotas de café, se apartó de la mesa, y con el pulgar llenó de tabaco su gastada pipa de brezo. Tom le explicó su problema. Un ventilador de aspas de madera emitía su pesado jadeo asmático desde el techo, haciendo que las tiras colgantes de papel atrapamoscas se balancearan y temblasen.

—Espera un momento —le interrumpió Ben, casi cuando iba a finalizar—. Eso me recuerda algo que traje para ti. Puede ahorrarnos molestias.

Dicho lo cual buscó en su maletín.

—¿No irás a decirme que hay un mapa de esta región que yo no conocía? —El trágico fastidio que destilaba la voz de Tom era jocoso sólo a medias—. En la oficina me juraron que no había ningún mapa.

—Me temo que es lo que voy a decirte —le confirmó Ben—. Aquí está. Un trabajo topográfico especial. Lo emitieron ayer mismo.

Tom le arrebató la hoja plegada.

—Tienes razón —comentó momentos más tarde—. Este mapa podría haberme sido útil. Me pregunto por qué querían mantenerlo en secreto.

—Ya sabes cómo son —repuso Ben llanamente—. Tardan una eternidad en elaborar los mapas. El trabajo de éste lo hicieron hace dos años, antes de que entraras en el Servicio. Es un mapa más bien insólito, y la persona con la que hablaste en la oficina probablemente no lo relacionó con tu trabajo estructural. Además, hay una historia sobre ese mapa, que quizás explique por qué se produjo la confusión.

Tom había apartado los platos y se había puesto a estudiar el mapa con atención. Lanzó una apagada exclamación que hizo que Ben levantara la vista. Acto seguido, volvió a examinar rápidamente todo el mapa y los datos impresos en un extremo. Luego, fijó la vista en un punto durante tanto tiempo que Ben lanzó una risa ahogada y le preguntó:

—¿Qué has encontrado? ¿Una mina de oro?

Tom se volvió con cara seria y le dijo lentamente:

—Mira, Ben, este mapa no sirve. Tiene un tremendo error. Es como si hubieran tomado algunas medidas mirando a una vara patrón a través de un periódico enrollado.

—Sabía que no estarías contento hasta que no le encontraras algún fallo —comentó Ben—. No puedo culparte. ¿Qué tiene el mapa?

Tom se lo acercó, Indicándole un sitio con la uña del pulgar.

—Léeme esto —le orden. ¿Qué ves ahí?

Ben hizo una pausa para encender la pipa, observando al mismo tiempo el mapa. Luego repuso rápidamente:

—Una elevación de ciento treinta y dos metros. Y le han escrito un nombre, El Agujero. ¿A que somos poéticos? Bueno, ¿qué es? ¿Una pedrera?

—Ben, estuve en ese lugar esta mañana —dijo Tom—, y no hay ninguna depresión, sino una colina. ¡Esta medición se equivoca por una friolera de cuarenta y dos metros!

—¡No me vengas con cuentos! —replicó Ben—. Esta mañana has estado en otra parte. Te equivocaste. A mí me ha pasado a veces.

Tom negó con la cabeza.

—Justo al lado de esa colina hay un hito de ciento cincuenta y tres metros.

—Entonces tendrás un hito viejo. —Ben se mostraba divertidamente escéptico—. Será uno de la época precolombina.

—¡Qué estupidez! Mira, Ben, ¿qué tal si me acompañas esta tarde y la medimos con tu alidada? De todos modos, tarde o temprano tendré que hacerlo, ahora que mi altímetro se ha estropeado. Te probaré que este mapa está repleto de errores. ¿Qué me dices?

Ben acercó otra cerilla a la pipa. Asintió.

—Está bien, cuenta conmigo. Pero no te enfades cuando descubras que te habías metido en una granja que no era.

Hasta que no se encontraron circulando por la autopista, con el equipo de Ben en el asiento posterior, Tom no recordó una cosa.

—Dime, Ben, ¿no ibas a contarme una historia relacionada con ese mapa?

—No es gran cosa. Sólo que el agrimensor, un viejo llamado Wolcraftson, murió de una insuficiencia cardiaca mientras se encontraba todavía en el campo. Al principio pensaron que alguien tendría que rehacer el trabajo, pero más tarde, cuando repasaron sus papeles, descubrieron que lo había terminado. Quizás eso explique por qué alguna gente en la oficina no estaba muy segura de que existiera ese mapa.

Tom estaba concentrado en el camino que se extendía ante él. Se iban acercando al lugar del desvío.

—¿Y eso sería hace como dos años? —inquirió—. Me refiero a cuándo murió.

—Ajá. Quizá dos años y medio. Ocurrió por aquí cerca, y se produjo una estúpida confusión sobre el asunto. Creo recordar que un tonto forense del condado, un Sherlock Holmes de pueblo, dijo que había señales de estrangulación, o asfixia, o no sé qué otra barbaridad, y quiso retener el portamira de Wolcraftson. Por supuesto que pusimos fin al asunto.

Tom no contestó. Ciertas palabras que había oído hacía un par de horas volvían ahora a su mente, como si acabaran de conectar un magnetofón: Hace unos dos años vino por aquí un hombre; trataba de averiguar cosas sobre ellos. Llevaba una especie de anteojo de larga vista puesto sobre unos palos. Ellos lo mataron. Por eso yo no quería que usted bajara hasta allí. Tenía miedo de que ellos le hicieran lo mismo.

Con rabia, apartó aquellas palabras de su mente. Si había algo que detestaba, era el admitir la posibilidad de que existieran entes sobrenaturales, aunque fuera en broma. De todos modos, ¿qué más daban las palabras de la niña? Al fin y al cabo, un hombre había muerto de veras, y era natural que su imaginación enfermiza hubiera inventado una loca fantasía.

Por supuesto, como tuvo que admitir, la absurda anotación del mapa era otra coincidencia más, aparte la historia de la niña y las lecturas erradas del altímetro. Pero ¿se trataba realmente de coincidencias? Quizá Wolcraftson había oído la cháchara de la niña y por eso había anotado El Agujero y la medición como una especie de broma personal, con la intención de borrarla más tarde. Además, ¿qué importaba si existían dos coincidencias genuinas? El universo estaba plagado de ellas. Cada colisión molecular era una coincidencia. Se podrían apilar miles de coincidencias una sobre la otra, afirmó, y eso no conduciría a Tom Digby a creer ni por un instante en lo sobrenatural.

Claro que conocía a personas bastante inteligentes que abrigaban esas creencias. A algunos de sus mejores amigos les gustaba contar historias increíbles y jugar con posibilidades misteriosas por el puro placer de la emoción. Pero la única emoción que Tom lograba obtener de tales cosas era un profundo desagrado. Le afectaba demasiado como para tomarlo a broma. Se trataba de una regresión a esa ignorancia primitiva fundada en el temor, de la que la ciencia había sacado lentamente al hombre, centímetro a centímetro, a pesar de la oposición más encarnizada. Tomemos por ejemplo el estúpido asunto de la colina. Una vez que se admite que las dimensiones de una cosa podrían no ser reales, hasta la última fracción de milímetro se destruyen los cimientos que sostienen al mundo.

Jamás, se dijo, jamás le contaría a nadie la historia de las lecturas del altímetro. Justamente eran el tipo de tontas historias con las que a Ben, por ejemplo, le gustaría bromear. Pues bien, tendría que prescindir de ella.

Con una sensación de alivio, giró para dirigirse hacia la granja. Había llegado a enfadarse bastante, y parte del enfado era consigo mismo, por molestarse siquiera por cosas de ese tipo. Ahora terminarían el trabajo como era debido, tal como lo harían los científicos, sin dejar cabos sueltos que luego las imaginaciones morbosas pudieran unir a su antojo.

Condujo a Ben a la parte trasera del granero, y le indicó el hito y la colina. Ben se orientó, estudió el mapa, inspeccionó el hito muy de cerca y luego volvió a estudiar el mapa. Finalmente, se volvió hacia él con una sonrisa de disculpa.

—Estás completamente en lo cierto. Este mapa es tan absurdo como un cuadro surrealista, al menos en lo que respecta a esa colina. Iré al coche y traeré mis cosas. Podemos medir la altura justo desde el hito. —Hizo una pausa y frunció el ceño—. Aunque no entiendo cómo diablos se las arregló Wolcraftson para equivocarse así.

—Probablemente interpretaron mal alguna anotación que hizo él en el mapa manuscrito.

—Sí, supongo que debió de ocurrir así.

Una vez que hubieron ajustado la plancheta y la alidada, que parecía un telescopio, directamente encima del hito, Tom levantó en hombros la mira, con su nivel incorporado y sus llamativas marcas.

—Subiré hasta allí y te haré de portamira. Me gustaría que lo midieras tú mismo. Así no tendrán nada que rebatirnos cuando entres en la oficina y les pegues un rapapolvo por publicar semejante mapa.

—De acuerdo —repuso Ben riéndose—. No veo la hora de poder hacerlo.

Tom advirtió que el granjero se dirigía hacia ellos desde el campo que había más adelante. Se sintió aliviado al comprobar que la niña no iba con él. Al cruzarse, el granjero le guiñó un ojo con aire triunfante.

—Encontró algo por lo que valía la pena volver, ¿eh?

Tom no respondió. Pero la actitud del granjero estimuló su sentido del humor y, a medida que avanzaba rumbo a la colina, descubrió que se sentía bastante bien, y que la irritación había desaparecido.

El granjero se presentó a Ben diciendo:

—¿Conque encontraron señales de un pozo bastante grande, eh?

Su pretensión de sonar desapasionado no resultó convincente.

—Yo no sé nada —contestó Ben alegremente—. Me enganchó para que le ayudara a tomar unas medidas.

El granjero enderezó su enorme cabeza y miró de soslayo a Ben.

—Vaya, veo que ustedes, los del Estado, no sueltan prenda. Pues no hace falta que se preocupen, porque sé que aquí debajo hay petróleo. Hace cinco años un tipo me arrendó todas mis tierras para hacer perforaciones, a razón de un dólar anual. Pero después no volvió a aparecer. Claro que yo ya sé lo que pasó. Las grandes empresas lo compraron. Saben que aquí debajo hay petróleo, pero no quieren perforar. Quieren que los precios de la gasolina sigan altos.

Ben emitió un sonido evasivo y se entretuvo llenando la pipa. Luego, por ningún motivo en particular, echó un vistazo a través de la alidada enfocando la espalda de Tom. La mirada del granjero se desvió en la misma dirección.

—Fíjese qué cosa más rara, ahora que lo pienso el lugar al que se dirige ahora su amigo es donde aquel otro tipo se desplomó hace un par de años.

El interés de Ben se avivó.

—¿Un agrimensor llamado Wolcraftson?

—Algo así. Ocurrió justo en la cima de aquella colina. Habían estado dando vueltas por aquí durante todo el día; al parecer algo no funcionaba en los instrumentos, según había dicho el otro tipo. Claro que yo sabía que habían encontrado señales de petróleo pero que no querían soltar prenda. Bueno, hacia la tarde, el tipo mayor, Wolcraftson, como usted ha dicho, llevó él mismo la vara hasta allí, el otro tipo lo había hecho ya dos veces, y se plantó en la cima de la colina. Entonces fue cuando se cayó redondo. Fuimos corriendo hasta allí, pero era demasiado tarde. El corazón. Debió de arrastrarse bastante antes de morir, porque estaba todo cubierto de polvo.

Ben gruñó apreciativamente.

—¿No hubo después algún lío sobre aquel asunto?

—Bueno, nuestro forense hizo el ridículo, como de costumbre. Pero entonces intervine yo y dije exactamente lo que había ocurrido, y con eso se arregló todo. Oiga, ¿por qué no afloja y me cuenta lo que sabe sobre el petróleo que hay aquí debajo?

Las protestas de Ben alegando su total ignorancia sobre el tema se vieron interrumpidas de repente por la súbita aparición de una niña rubia que venía corriendo por el camino. Pronunció un «papá» entre jadeos y se agarró a la mano del granjero. Ben caminó hasta la alidada. Logró divisar la figura de Tom surgiendo de entre la alta cizaña y comenzando a subir la colina.

Entonces le llamó la atención lo que la niña estaba diciendo.

—¡Tienes que detenerlo, papá! —exclamaba, tironeando de la muñeca de su padre—. No puedes permitir que baje al agujero. Ellos lo han arreglado todo para matarlo esta vez.

—¡Sue, cierra la boca! —le gritó el granjero desde su altura, con un tono más ansioso que enfadado—. Me meterás en líos con la Junta de Educación con esas cosas raras que dices. Ese hombre va hacia allí para averiguar qué altura tiene la colina, eso es todo.

—Pero papá, ¿no te das cuenta? —inquirió apartándose de su padre y señalando la figura de Tom, que iba ascendiendo con firmeza—. Ya ha empezado a bajar. Ellos están preparados para atraparlo. Agachados en la oscuridad, en silencio para que él no oiga el ruido de sus huesos al chocar entre sí. ¡Detenlo, papá!

El granjero le echó una mirada aprensiva a Ben, se arrodilló junto a la niña y la rodeó con sus brazos.

—Mira, Sue, ya eres mayorcita, corazón. No está bien que hables así. Se que lo haces por jugar, pero los demás no te conocen tan bien. Podrían llegar a pensar ciertas cosas. ¿No querrás que te alejen de mí, eh?

La niña se revolvía inquieta entre sus brazos, tratando de atisbar a Tom por encima del hombro de su padre. De repente, se abalanzó inesperadamente hacia atrás, se soltó y echó a correr hacia la colina. El granjero se puso en pie y fue pesadamente tras ella, gritándole:

—¡Detente, Sue! ¡Detente!

—Locos como un par de cabras —pensó Ben, viendo cómo se alejaban—. Los dos creen que hay algo debajo del suelo. Uno dice que es petróleo, y la otra que son fantasmas.

Entonces, se dio cuenta de que durante la agitación Tom había llegado a la cima de la colina y habla levantado la mira. A toda prisa, miró a través de la alidada, que apuntaba hacia la cima de la colina. Por algún motivo no lograba ver nada, sólo oscuridad. Tanteó la parte delantera para cerciorarse de que había quitado la tapa de la lente. La sacudió un poco, con la esperanza de que en el interior del tubo no se hubiera soltado nada. Entonces, de repente, logró ver a Tom, e involuntariamente lanzó un grito breve y asustado, y se apartó de un salto.

Ya no se veía a Tom en la cima. Ben permaneció inmóvil por un momento. Luego se lanzó a toda carrera hacia la colina.

Junto a la cerca más alejada encontró al granjero, mirando a su alrededor con aire perplejo.

—Venga conmigo —le ordenó Ben, con un hilo de voz—, tenemos problemas.

Y saltó la cerca.

Cuando llegaron a la cima de la colina, Ben se agachó junto al cuerpo tendido, retrocedió con un movimiento convulsivo y, por segunda vez, lanzó un grito apagado. Porque cada centímetro cuadrado de piel y de ropa estaba tiznado con un polvo fino, gris oscuro. Y junto a una mano gris había un huesecito blanco.

Dado que en su memoria predominaba aún una cierta visión horripilante, a Ben no le hizo falta que nadie le dijese que se trataba del hueso de un dedo humano. Sepultó el rostro entre las manos, luchando contra esa visión.

Porque lo que había visto, o creía que había visto, a través de la alidada era la diminuta figura de Tom sepultada en la negrura, luchando contra unas figuras esqueléticas y borrosas que lo aferraban por todas partes y lo arrastraban hacia abajo, hacia una negrura aún más cerrada.

El granjero se arrodilló junto al cuerpo y murmuró con voz muy queda:

—Está bien muerto. Igual que el otro. Es como si lo hubieran frotado con esa cosa. La tiene hasta en la boca y la nariz. Como si lo hubieran enterrado en cenizas y luego lo hubieran vuelto a desenterrar.

Por entre las estacas de la cerca, la niña miraba fijamente hacia la colina, en dirección a ellos, aterrada pero ávida.

Fritz Leiber (1910-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Fritz Leiber.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Fritz Leiber: La colina y el agujero (The Hill and the Hole), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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