«Los sueños de Albert Moreland»: Fritz Leiber; relato y análisis


«Los sueños de Albert Moreland»: Fritz Leiber; relato y análisis.




Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland) es un relato de terror del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1922), publicado originalmente en la edición de primavera de 1945 de la revista The Acolyte, y luego reeditado en la antología de 1947: Los agentes negros de la noche (Night's Black Agents).

Los sueños de Albert Moreland, probablemente uno de los mejores cuentos de Fritz Leiber, relata la historia de un ajedrecista profesional, llamado Albert Moreland, quien batalla noche a noche en una partida de ajedrez onírica con fuerzas desconocidas del cosmos.

Esta partida de ajedrez se vuelve cada vez más compleja, y quizás es eterna: continúa noche tras noche, siempre la misma partida, a tal punto que trasciende las fronteras del sueño. De hecho, el propio Albert Moreland declara que nunca duerme realmente. Solo sueña con el juego.

Los sueños de Albert Moreland es un excelente relato, con muchos vínculos con el horror cósmico, pero sobre todo con los cuentos de Jorge Luis Borges. De hecho, posiblemente se trate del relato de Fritz Leiber más borgeano —junto con Medianoche en el mundo de los espejos (Midnight in the Mirror World)—, en toda la amplitud de esa incierta y, al mismo tiempo, inimitable categoría de lo fantástico.




Los sueños de Albert Moreland.
The Dreams of Albert Moreland, Fritz Leiber (1910-1992)

En mi mente, el otoño de 1939 no va unido al inicio de la guerra, sino al período en que Albert Moreland tuvo el sueño. Ambos acontecimientos no están desligados en mi cerebro. De hecho, a veces temo que exista alguna conexión entre ellos, si bien de tal índole que ninguna persona en su sano juicio podría considerarla seriamente.

Albert Moreland era, y quizá lo siga siendo en la actualidad, un profesional del ajedrez. El hecho guarda una importante relación con el sueño o sueños. La mayor parte de sus reducidos ingresos los obtuvo jugando en un local recreativo del bajo Manhattan, donde aceptaba enfrentarse a cualquiera que lo deseara: al que se entusiasma con la perspectiva de poder vencer a un experto, al solitario que acude al ajedrez como a una droga, y al fracasado que anhela comprar media hora de dignidad intelectual por un cuarto de dólar.

Tras conocer a Moreland me dejé caer a menudo por el local y a veces lo vi jugar hasta tres y cuatro partidas al mismo tiempo, sin que al parecer le molestara el entrechocar de las bolas de billar o los intermitentes estampidos de la galería de tiro al blanco. Si ganaba obtenía quince centavos y el local se quedaba el resto, mientras que si perdía, ni uno ni otro obtenían un céntimo.

Me di cuenta de que era mucho mejor jugador de lo que se requería para aquel trabajo. Había ganado algunas partidas casuales a famosos internacionales. Un par de clubs de Manhattan le habían propuesto prepararlo para los grandes torneos, pero su falta de ambición lo mantuvo en el anonimato. A mí me parecía que consideraba al ajedrez demasiado banal para dedicarle seriamente su atención, aunque por otra parte estaba dispuesto a desperdiciar su vida en aquel local, a la espera de que ocurriera algo realmente importante, si es que llegaba a ocurrir alguna vez. Cierta vez había aumentado sus ingresos hasta cinco dólares, al enfrentarse al equipo de un club y ganarles a todos.

Lo conocí en la vieja casa de piedra arenisca donde ambos teníamos una habitación en el mismo piso. En aquel lugar me habló por primera vez del sueño. Acabábamos de jugar una partida y yo contemplaba ocioso las piezas esparcidas fuera del tablero y amontonadas en un pliegue de la manta de su cama. En el exterior soplaba un quejumbroso viento, que se mezclaba con el ruido del tráfico y con el zumbido de un defectuoso letrero de neón. Yo había perdido, pero estaba contento de que Moreland jamás me dejara ganar, como a veces hacía con los jugadores del local a fin de animarlos.

Para mis adentros me sentía realmente afortunado por haber podido jugar con Moreland, sin saber entonces que yo era probablemente el mejor amigo que tenía.

Yo acababa de decir algo. obviamente concerniente al ajedrez.

—¿Cree que ha sido una partida complicada? —inquirió, mirándome con intención burlona, sus oscuros ojos semejando ventanas redondas abiertas bajo pesados párpados—. Bueno, tal vez lo haya sido. Aunque juego una partida mil veces más complicada en mis sueños cada noche. Lo curioso es que la partida continúa noche tras noche. La misma partida. Realmente nunca duermo. Sólo sueño con la partida.

Entonces me contó, medio en broma medio en serio, lo que habría de protagonizar muchas de nuestras conversaciones.

Las imágenes de su sueño, tal como las describió, eran enormemente simples, sin la usual incongruencia que suele acompañarlas. Se trataba de un tablero tan grande que a veces tenía que caminar para mover sus piezas. Habla muchas más casillas que en el tablero de ajedrez, y aparecían coloreadas con diferentes tonalidades. El valor de las piezas variaba según el color de la casilla donde estuvieran. Por encima y bordeando el tablero no habla sino negrura, pero una negrura que sugería el infinito sin estrellas, como si la escena, tal como él la expresaba, estuviera ubicada en el punto culminante del universo.

Cuando despertaba no recordaba con precisión el conjunto de las reglas del juego, aunque sí algunos puntos aislados, incluyendo el interesante factor —que distinguía a este juego del ajedrez— de que las piezas de un adversario no eran iguales que las del otro. Estaba convencido, no sólo de que comprendía el juego a la perfección mientras soñaba, sino también de que era capaz de jugar con la peculiar destreza de los maestros del ajedrez. Era, dijo. como si su mente nocturna poseyera más dimensiones de pensamiento que su mente diurna, siendo capaz de realizar intuitivamente complejas series de movimientos que de ordinario habrían exigido un razonamiento muchísimo más lento.

—El sentimiento de incrementar el poder mental es ordinariamente un engaño onírico, ¿no es cieno? —añadió, lanzándome una aguda mirada—. Así pues, supongo que puedo decir que se trata de un sueño ordinario.

No supe cómo tomar esta última observación, de modo que aventuré una pregunta:

—¿Cómo eran las piezas?

Resultó que eran similares a las del ajedrez, si bien considerablemente estilizadas sin dejar de sugerir las formas originales —arquitectónicas, animales u ornamentales— que las habían inspirado. Aunque la similitud acababa aquí. Las formas inspiradoras, en la medida en que podía intuirlas, eran grotescas en extremo. Había torres terraplenadas sutilmente torcidas con respecto a la perpendicular, polígonos extrañamente asimétricos, que le hacían pensar en templos y tumbas, formas zoovegetales que desafiaban cualquier clasificación, y cuyos moldeados miembros y órganos externos sugerían una variada gama de funciones ignotas.

Las piezas más poderosas parecían estar moldeadas según el tenor de las formas vivas, pues portaban estilizadas armas y otros implementos, y vestían lo que parecían ser coronas y tiaras —un poco como el rey, la dama y el alfil del ajedrez—, en tanto que el esculpido señalaba voluminosos mantos y caperuzas. Pero no eran antropomórficos en ningún otro aspecto. Moreland buscó en vano analogías terrestres, mencionando los ídolos hindúes, los reptiles prehistóricos, la escultura futurista, calamares que portasen dagas en los tentáculos, inmensas hormigas, mantis religiosas y otros insectos con órganos fantásticamente adaptados.

—Creo que tendría que buscar planeta por planeta en el universo entero, antes de poder encontrar los modelos originales —dijo con el ceño fruncido—. Recuerde que nada hay vago ni confuso en lo que a las piezas se refiere. En mis sueños son tan tangibles como esta torre. —Tomó la pieza, la encerró en su mano durante un momento y luego la tendió sobre su palma—. Sólo en lo que sugieren subyace la vaguedad.

Era extraño, pero sus palabras parecieron abrir algún ojo onírico en mi propia mente, tanto que casi podía ver los objetos por él descritos. Le pregunté si sentía miedo durante su sueño. Replicó que las piezas, por unidades y en conjunto, le producían repugnancia: las basadas en formas de vida muy desarrolladas mucho más que las meramente arquitectónicas. Sentía aversión a tocarlas y moverlas. Había una pieza en particular que le producía una intensa y morbosa fascinación.

La identificaba como el Arquero, pues el arma que portaba daba la sensación de poder herir a distancia; pero como el resto, era más bien infrahumana. La describía como representando una clase intermedia y pervertida de forma vital, que hubiera ido más allá del poder intelectual humano, sin perder —antes bien incrementando— la crueldad en bruto y la malignidad. Era una de las piezas de su adversario que se encontraba reproducida en su bando.

El miedo y la abominación que le inspiraban eran a veces tan grandes que interferían en su comprensión estratégica del juego, y era tanto el terror que sentía que más de una vez había puesto en tela de juicio todo su juego, con tal de capturar aquella pieza, sacándola del tablero.

—Sólo Dios sabe cómo mi mente ha podido crear una entidad tan espantosa —acabó, sonriendo rápida y tímidamente—. Quinientos años atrás, y habría jurado que era el mismo diablo quien la había puesto ahí.

—A propósito del diablo —dije, sintiendo inmediatamente que mi petulancia era ridícula—, ¿contra quién juega usted en su sueño?

—Lo ignoro —contestó, frunciendo el ceño nuevamente—. Las piezas contrarias se mueven por sí mismas. Hago un movimiento, y luego, tras esperar durante lo que parece un eón, igual de nervioso que ante un movimiento ajedrecístico, una de las piezas contrarias comienza a sacudirse un poco y seguidamente a cabecear atrás y adelante. Gradualmente, el movimiento aumenta en extensión, hasta que la pieza pierde el equilibrio y pasa a dar tumbos a través del tablero, hasta alcanzar por último la casilla apropiada. Después, progresivamente, tal como comenzó, cesa el movimiento. No sé qué decirle, pero siempre me obliga a pensar en alguna inmensa, invisible y anciana criatura: astuta, egoísta y cruel. ¿Recuerda al viejo temblón del local recreativo? ¿El que siempre desliza las piezas sobre el tablero sin levantarlas, aferradas constantemente entre sus dedos? Es algo así.

Asentí Su descripción lo hacía muy vívido. Por vez primera comencé a pensar cuán desagradable tenía que ser un sueño semejante.

—¿Y prosigue noche tras noche? —pregunté.

—¡Noche tras noche! —afirmó con súbita firmeza—. Y siempre la misma partida. Lleva ahora más de un mes, y mis fuerzas comienzan a entablar abierta batalla con las de mi enemigo. Está minando mi energía mental. Quisiera que cesase. Tanto, que odio la hora de irme a dormir. —Hizo una pausa y prosiguió al cabo de un momento, sonriendo a la defensiva—. Parece raro y difícil de admitir que un sueño sea capaz de agotarlo tanto a uno. Pero si usted ha sufrido pesadillas alguna vez, entenderá de qué manera pueden nublar sus ideas todo el día. Aun así, no sé si soy lo bastante claro al tratar de exponerle la clase de sentimiento que me atenaza durante el sueño, mientras mi cerebro trata de aprehender el conjunto de la partida, planeando series de movimientos, una tras otra, calculando mil complejas posibilidades.

»Hay repugnancia, sí, y miedo. Ya se lo he dicho antes. Pero el sentimiento que domina es el de responsabilidad. No debo ni puedo perder la partida. Lo que depende de ello es algo más que mi propio bienestar. Hay implícita alguna especie de apuesta, aunque no estoy seguro de cuál pueda ser.

»Cuando somos niños, ¿no nos sentimos tremendamente inquietos por la razón que fuere, con la total ausencia de proporción que caracteriza la infancia? ¿No sentimos que todo, literalmente todo, depende de nuestra forma de conducir cualquier trivial acción, cualquier obligación secundaria, en la justa medida? Pues bien, cuando estoy soñando, tengo la sensación de que está en juego una apuesta tan inmensa como el destino de la humanidad. Un movimiento equivocado puede arrastrar al universo a una noche interminable. A menudo, en el sueño, estoy plenamente convencido de ello.

Su voz se extinguió, y se quedó contemplando las piezas del ajedrez. Hice algunas observaciones y empecé a contarle algo sobre una pesadilla que había tenido hacía poco, pero sonó a poco importante. Le di algunos consejos relacionados con sus costumbres, a propósito del tiempo que dedicaba al descanso, y aunque tampoco sonaron a muy importantes, los aceptó de buena gana. Ya me iba de vuelta a mi habitación, cuando dijo:

—¿No le parece divertido pensar que me pondré a reanudar la partida tan pronto caiga mi cabeza sobre esta almohada? —sonrió con inocencia y añadió—: Quizá termine antes de lo que espero. Ultimamente tengo la sensación de que mi adversario está tramando un ataque por sorpresa, aunque pretende hacerme creer que está a la defensiva.

Sonrió de nuevo y cerró la puerta.

Mientras aguardaba el sueño, con la vista perdida en esas confusas tinieblas que se encuentran más en los propios ojos que fuera de ellos, comencé a preguntarme si Moreland no necesitaría, más que ningún otro ajedrecista, un buen tratamiento psiquiátrico. Ciertamente, una persona sin familia, amigos ni ocupación fija es propensa a caer en aberraciones mentales. No obstante, daba la impresión de estar bastante sano. Quizás el sueño fuera una compensación ante el fracaso, por no poder usar plenamente la potencia de su prodigiosa mente ni siquiera como jugador de ajedrez. De hecho, se trataba de una visión grandiosa y satisfactoria, más allá de lo terrestre y con implicaciones de una habilidad mental inaudita.

Ante mí flotaron aquellos versos de los Rubaiyat que hablan del jugador de ajedrez cósmico que en todas direcciones mueve, da jaque y come piezas, y una tras otra las va depositando en la Fosa Común.

Recapacité entonces sobre la atmósfera emocional de sus sueños, los sentimientos de terror y responsabilidad infinita, las tremendas dudas y las cataclísmicas consecuencias —sentimiento que yo identificaba a tenor de mis propios sueños—, y los comparé con el insano y lúgubre estado del mundo (pues estábamos en octubre y la sensación de una catástrofe absoluta no se había enfriado aún), y pensé también en el millón de Morelands que deambulaban sin rumbo fijo, repentinamente golpeados al tomar conciencia del desesperado estado de cosas, de las inapreciables oportunidades perdidas para siempre en el pasado, y también de su propia indefinida —aunque segura— complicidad en el desastre.

Comencé a ver el sueño de Moreland como el símbolo de una última amarra, forcejeo excesivamente postergado contra las fuerzas implacables del destino. Y mis propios pensamientos nocturnos se pusieron a girar en torno a la fantasía de que unos seres cósmicos, ni dioses ni hombres, habían creado la vida humana mucho tiempo atrás por afán de experimentación, broma o ejercicio artístico, habiendo decidido ahora basar el futuro de su creación en el resultado de una partida de habilidad, jugada contra una de sus criaturas.

De pronto advertí que me encontraba completamente despierto y que la oscuridad no me proporcionaba el menor descanso. Encendí la luz y decidí impulsivamente ir a ver si Moreland se encontraba todavía levantado.

El vestíbulo estaba tan sombrío y fúnebre como en la mayoría de las casas de huéspedes a las tantas de la noche, e hice lo posible por minimizar los inevitables y secos pasos. Sin oír nada, me mantuve unos segundos inmóvil frente a su puerta. No llamé, sino que, apelando a nuestra familiaridad, empujé suavemente la hoja de madera, separándola apenas de su marco, a fin de no perturbar su descanso si se encontraba acostado. En aquel momento oí su voz, y fue tan certera mi impresión de que la voz provenía de muy lejos que inmediatamente retrocedí hasta el rellano de la escalera y llamé:

—Moreland, ¿está usted ahí abajo?

Sólo entonces reparé en lo que había dicho. Quizás era la propia peculiaridad de las palabras lo que las había obligado a registrarse en mi mente como una mera serie de sonidos.

—Mi aracnoide come a su escudero blindado. Mi posición amenaza —habían sido las palabras. De pronto se me ocurrió que en su forma general, se trataba de expresiones que tan frecuentemente se dan en el ajedrez, por ejemplo: Mi torre captura a su alfil. Jaque. Pero en el ajedrez no hay piezas tales como aracnoide o escudero blindado; y no sólo en el ajedrez, tampoco en ningún juego conocido por mí.

Retrocedí automáticamente hasta la habitación, aunque dudaba todavía que estuviera allí. La voz había sonado desde muy lejos, desde el exterior del edificio, a lo sumo desde alguna zona remota del mismo. Sin embargo, allí estaba Moreland tumbado en su cama, la cara hacia arriba, revelada por la luz de un distante anuncio eléctrico que se encendía y apagaba a intervalos regulares. El ruido del tráfico, que desde el vestíbulo había sido casi inaudible, convertía la semioscuridad en algo intranquilo e irritantemente vivo. El defectuoso rótulo de neón todavía zumbaba como lo hiciera a la caída de la noche.

Me deslicé hasta él y lo contemplé. Su rostro, más pálido de lo normal a causa de alguna cualidad de la luz intermitente, tenía la expresión de una penosa e intensa concentración: la frente fruncida en trazos verticales, los músculos alrededor de los ojos contraídos, los labios formando una apretada línea. Me pregunté si debía despertarlo. Me encontraba completamente saturado de la presencia de la murmurante ciudad impersonal que nos rodeaba —bloques y más bloques de existencia reservada, rutinaria y distanciada—, y el contraste hizo que su durmiente rostro pareciera en extremo sensitivo, individual y desprotegido, como algún suave aunque intencionadamente tenso organismo que ha perdido su caparazón protector.

Mientras aguardaba sin decidirme, sus labios se entreabrieron un poco sin perder nada de su tirantez. Aquellos labios hablaron, y por segunda vez la impresión de distancia fue tan apremiante que, a pesar mío, miré por encima de mi hombro más allá de la polvorienta y levemente iluminada ventana. En aquel momento comencé a temblar:

—Mi espiraloide se retuerce hasta la decimotercera casilla del dominio del soberano verde —fueron sus palabras, aunque yo sólo prestaba oídos a las cualidades de su voz.

Alguna especie inconcebible de distanciamiento le había despojado de toda riqueza, vocalidad y sobretonalidad, de manera que lo que yo oía no parecía sino hueco, metálico y clara e hirientemente quejumbroso, como las voces que a veces se oyen al aire libre, desde lo alto de un elevado tejado o allí donde se ha establecido una mala conexión telefónica. Me sentí víctima de una espantosa decepción, y no obstante sabía que la ventriloquia concierne a la ausencia de movimiento en los labios y a una hábil sugestión, más que a cualquier real y convincente cambio en la cualidad de la voz misma.

Contra mi voluntad surgieron en mi mente visiones de un espacio infinito y tinieblas sin fin. Me sentía como si estuviera siendo arrebatado de este mundo, de modo que Manhattan parecía alejarse a mis pies como una negra y asimétrica punta de lanza delimitada por lóbregas aguas, y luego mi velocidad aumentó hasta que la Tierra, el sol, las estrellas y las galaxias se perdieron y me encontré más allá del universo. A tal punto me afectó la cualidad de la voz de Moreland.

No soy capaz de decir cuánto tiempo permanecí allí esperando que hablara de nuevo, con los ruidos de Manhattan fluyendo a mi alrededor aunque sin afectarme, y el anuncio eléctrico encendiéndose y apagándose imperturbablemente, semejante al latido de un reloj. Sólo podía pensar en la partida que se estaba jugando y preguntarme si el adversario de Moreland había hecho su movimiento de respuesta, y si las cosas iban a favor o en contra de Moreland. Su rostro nada podía decirme; la intensidad de su concentración no había cambiado.

Durante aquellos momentos, posiblemente minutos, permanecí allí inmóvil, creyendo implícitamente en la realidad de la partida. Como si yo mismo fuera el que de algún modo me encontrara soñando, no podía cuestionar la racionalidad de mi fe, ni romper el hechizo que me tenía sujeto. Cuando por último sus labios se separaron un poco y de nuevo experimenté aquella impresión de imposible, espectral ventriloquia —las palabras fueron esta vez: Mi criatura cornúpeta salta sobre la torre retorcida, amenazando al arquero—, mi miedo rompió las ataduras que como fuera me controlaban y salí de estampida hacia la puerta.

Entonces sucedió lo que, de forma indirecta, fue la parte más extraña de todo el episodio. En el tiempo que me llevó recorrer la longitud del pasillo que me conducía hasta mi habitación, la mayor parte de mi miedo y la mayor parte del sentimiento de absoluta extrañeza y posesión de ultratumba que me dominaran mientras contemplaba el rostro de Moreland se extinguieron tan prestamente que casi olvidé cuán intensas habían llegado a ser tales sensaciones. Ignoro por qué ocurrió tal cosa.

Tal vez porque el insalubre reino del sueño de Moreland era grotescamente desemejante de cuanto existe en el mundo real. Fuera cual fuese la causa, en el momento de abrir la puerta de mi cuarto ya estaba yo pensando que tales pesadillas no podían corresponder a un hombre sano y que quizá debiera Moreland consultar a un psiquiatra. Aunque si era sólo un sueño. Me sentí completamente agotado y estúpido. A los pocos minutos ya estaba dormido. Sin embargo, algunos fantasmas de las emociones originales se habían indudablemente rezagado, pues a la mañana siguiente desperté con el temor de que algo le había ocurrido a Moreland.

Tras vestirme precipitadamente, llamé a su puerta; la habitación, empero, se encontraba vacía, y la cama todavía deshecha. Pregunté a la patrona y me respondió que había partido a las ocho y cuarto, como era habitual en él. Aquel dato no bastó para satisfacer mi vaga ansiedad. Pero dado que mi búsqueda de trabajo se orientaba ese día en la dirección del local recreativo, eso me daba una excusa para dejarme caer por allí. Moreland estaba colocando las piezas sobre el tablero frente a un tipo de rasgos eslavos, al tiempo que jugaba dos partidas rápidas con otros dos individuos. Tranquilizado, me marché sin molestarlo.

Aquella tarde tuvimos una larga charla sobre los sueños en general y, para mi sorpresa, lo encontré muy preparado sobre la materia y científicamente cauto en sus pareceres. De hecho, para mi disgusto, fui yo quien introdujo toda suerte de dudosos lugares comunes, como la clarividencia, la telepatía mental, la posibilidad de extrañas conexiones, y otras distorsiones del tiempo y el espacio durante el estado onírico. Alguna extraña resistencia a admitir que me había introducido en su habitación la pasada noche me llevó a no decirle cuanto había visto y oído, aunque él me contó libremente que había adquirido otra perspectiva sobre el sueño.

Parecía adoptar una actitud más filosófica ahora que había confrontado sus experiencias con alguien. Juntos especulamos las posibles fuentes diurnas de su sueño. Hasta después de las doce no nos dimos las buenas noches. Me alejé con el ánimo algo caído, vagamente insatisfecho. Creo que el miedo que había experimentado la noche anterior y luego casi olvidado debió de haber estado royéndome interiormente.

A la tarde siguiente el tema volvió a abrirse paso. Pensando que Moreland tenía que estar cansado de tanta charla sobre sueños, lo fui atrayendo hasta una partida de ajedrez. Pero en mitad de la partida apartó una pieza que estaba a punto de mover y dijo:

—¿Sabe?, ese maldito sueño me está resultando ya verdaderamente fastidioso. Resultaba que su soñado adversario había lanzado finalmente su ataque tan largamente planeado, y que el sueño en sí se había transformado en una especie de pesadilla. Es muy parecido a lo que ocurre en una partida de ajedrez —explicó—. Uno prosigue confiando en que la posición propia es correcta y que lleva la partida de la manera más lógica y consecuente. Cada movimiento del adversario resulta ser aquel que uno ha previsto. Llega un momento en que te sientes casi omnisciente. De repente, el otro ejecuta un movimiento de ataque totalmente inesperado. Por un momento, piensas que se trata de un disparate absurdo que el otro comete. Pero entonces te detienes, observas el juego más concienzudamente, y adviertes que hay algo que se te ha pasado por alto y que el ataque del contrario es realmente peligroso. Entonces te pones a sudar.

»Naturalmente, siempre he experimentado miedo, ansiedad y hasta un sentido de alta responsabilidad durante el sueño. Pero mis piezas eran como un muro que me protegía. Ahora sólo puedo ver resquebrajaduras en ese muro; cualquiera entre un centenar de puntos débiles puede ser previsiblemente roto. Y yo me pregunto si podré responder adecuadamente y con aptitud de conjunto, cuando cualquiera de sus piezas comience a atacar y a darme jaque, y lleve a cabo toda la serie de movimientos posibles que puede desarrollar. La noche pasada creí ver un movimiento de estas consecuencias, y el terror que se apoderó de mí fue tan intenso que todo pareció girar, y creí perderme y hundirme en un abismo de millones de millas de vacío.

»Todavía en el momento de despertar me puse a reconsiderar en qué podía haberme equivocado, y advertí que mi posición, aunque en peligro, se mantenía aún segura. Fue algo tan vívido que casi traje conmigo, a mi conciencia de vigilia, aquel razonamiento; sin embargo, algunos de los eslabones de la cadena mental del sueño se desgajaron, como si mi conciencia diurna no fuera lo bastante grande para albergar la onírica.

También me contó que su fijación con «el arquero» se estaba convirtiendo en una creciente preocupación. Le llenaba de una clase especial de terror, diferente en cualidad pero quizá de tono superior al que en él engendraba el sueño considerado como un todo: un terror morboso y demente, caracterizado por la intensidad de la repugnancia, la exasperación histérica, y una gama múltiple y variada de temerarios impulsos suicidas.

—No puedo desembarazarme de la sensación de que ese ser bestial tiene que ser, de alguna manera poco clara y subterránea, la clave de mi derrota —dijo.

Me pareció que estaba muy cansado, aunque su rostro poseía las cualidades precisas para no manifestar ninguna clase de fatiga, y me sentí preocupado por su bienestar físico y nervioso. Le sugerí que consultara a un médico (evité decir psiquiatra) y le señalé que los somníferos tal vez le fueran de alguna ayuda.

—Sin embargo en un sueño más profundo serían más vívidas y reales las imágenes —Sonrió sarcásticamente—. No, creo que prefiero jugar la partida bajo las presentes condiciones.

Me alegré de que considerara todavía el sueño como un fenómeno psicológico interesante y eventual (si podía verlo como alguna otra cosa era algo que no me detuve a analizar). Incluso admitiendo ante mí la excepcional intensidad de sus emociones, seguía manteniendo una especie de aire festivo. Cierta vez comparó su sueño con los delirios paranoicos de persecución, y me preguntó si lo considerarían bastante bueno como para admitirlo en un manicomio.

—Así podría olvidarme del local recreativo y dedicar todo mi tiempo a mi sueño ajedrecístico —dijo, riendo vivamente al ver que yo empezaba a preguntarme si la observación la habría hecho medio en serio.

No obstante, alguna parte de mí mismo no estaba convencida de la actitud de Moreland, y cuando, más tarde, me encontré rodeado de oscuridad, mi imaginación acometió el perverso impulso de dibujar el universo como un inmenso coliseo en el que cada criatura se encuentra condenada a mantener una mortal partida de habilidad contra demoníacas mentalidades que, a pesar de poder adoptar la posición del gato que juega con el ratón, están siempre seguras de su maestría final, o al menos casi seguras, de modo que sería un verdadero milagro que perdieran.

Me sorprendí comparándolas con ciertos jugadores de ajedrez que, enfrentados por casualidad a un oponente de habilidad imbatible, se dedican a desarrollar desagradables amaneramientos personales a fin de ponerlo nervioso, exasperarlo y destrozar la lucidez de su planteamiento. Tal humor coloreó la propia nebulosa de mis sueños, persistiendo durante el siguiente día. Mientras caminaba por las calles me sentí invadido por una ansiedad omnipresente, experimentando tirantez y nerviosa miseria en cada rostro que se cruzaba conmigo.

Por una vez me pareció que era capaz de mirar por debajo de la máscara con que cada persona se cubre, y que se muestra tan característicamente pronunciada en una congestionada ciudad, y ver también lo que yace en lugar tan soterrado: la sensitividad ególatra, la irritación a punto de estallar, los anhelos frustrados, los fracasos... y, por encima de todo, la ansiedad, demasiado mal definida y sin un objeto preciso para ser llamada miedo pero que infecta cada pensamiento, cada acto, convirtiendo las cosas triviales en monstruosidades horribles. Me pareció entonces que los factores sociales, económicos y psicológicos, incluso la guerra y la muerte, devenían insuficientes para dar cuenta de tal ansiedad, y que en definitiva no era otra cosa que consecuencia de algo dudoso y horrible, que formaba parte de la propia constitución del universo.

Aquella tarde estuve en el local. Sentí que algo había cambiado, pues la abstracción de Moreland no era el calculador fastidio que tan familiar me resultaba, y su angustia era evidente. Uno de sus tres oponentes, después de removerse con inquietud, llamó su atención sobre un movimiento y Moreland sacudió la cabeza como si hubiera estado dormitando. Rápidamente realizó un movimiento de réplica y no tardó en perder la dama y la partida entera, merced a un descuido igualmente elemental. El encargado del local, un hombre grande y forzudo, se acercó y se colocó detrás de Moreland, su mofletudo rostro impasible, observando y estudiando la posición de las piezas de la última partida, que Moreland acababa también de perder.

—¿Quién ha ganado? —preguntó el encargado.

Moreland señaló a su adversario. El encargado gruñó entre dientes y se alejó. Nadie más se sentó a jugar. Se acercaba la hora de cerrar. No estaba seguro de si Moreland había advertido mi presencia, pero después de un rato se levantó y me hizo una señal de asentimiento, y luego recogió su sombrero y su abrigo. Caminamos juntos el largo trecho que nos separaba de nuestra casa. Apenas soltó palabra, y mi sensación de morbosa penetración en el mundo que me rodeaba persistió, obligándome a guardar silencio. Su manera de andar era la de siempre, largas zancadas sin doblar las rodillas, las manos en los bolsillos, el sombrero calado, el ceño fruncido, mirando el suelo tres metros más allá.

Cuando llegamos a casa, tomó asiento sin quitarse el abrigo y dijo:

—Evidentemente, ha sido el sueño lo que me ha hecho perder algunas partidas. Cuando desperté esta mañana era terriblemente vívido, y recordaba casi con exactitud la posición concreta y el conjunto de las reglas. Me puse a hacer un diagrama.

Señaló un pedazo de papel de envolver que había sobre la mesa. Precipitadas líneas cruzadas, incompletas, representaban lo que parecía ser la esquina de un modelo infinitamente mayor. Podían verse cerca de quinientas casillas. Sobre algunas de ellas había marcas y nombres que indicaban piezas, y una variedad de flechas mostraban su capacidad de movimiento.

—Me costó mucho trabajo —dijo angustiadamente—. Luego comencé a olvidar. Aunque el modelo todavía se encuentra muy cercano a mi recuerdo. Como un enigma matemático que no se llega a comprender del todo. Algunos segmentos del tablero se mantienen vívidos en mi mente todo el día, tanto que creo que con un mayor esfuerzo sería capaz de recomponer el resto. Sin embargo, no puedo.

»Voy a perder, ya lo sabe usted —prosiguió con un cambio en la voz—. Se trata de esa pieza que llamo el arquero. La pasada noche no pude concentrarme en el tablero; era como si neutralizara mis ojos. Lo más terrible es que se trata de la pieza fundamental del ataque de mi adversario. Sufro por capturarla. Pero no puedo; también es un cebo, la carnada de la trampa estratégica que mi adversario me tiende. Si le capturase arriesgaría la partida entera. De modo que tengo que verla acercarse más y más, posee un desagradable tipo de movimiento a saltos, en dos direcciones, sabiendo que mi única oportunidad consiste en permanecer incólume hasta que mi adversario sobrepase los límites y yo pueda contraatacar. Pero no seré capaz de aguardar. Pronto, esta noche quizá, mis nervios estallarán y me veré obligado a capturarla.

Yo permanecía estudiando el diagrama con gran interés, y sólo oí a medias lo que dijo luego: una descripción del aspecto global del arquero. Le oí decir algo acerca de una cabeza pentalobulada, la cabeza casi oculta por una caperuza, apéndices, cada uno con cuatro junturas, sobresaliendo por debajo del manto, un arma de ocho puntas con ruedas y palancas alrededor, y pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno, la postura sugiriendo que prepara el arma para afinar la puntería, todo intrincadamente tallado en alguna lustrosa piedra roja moteada de tonos violeta, una expresión de bestial y sobrenatural malevolencia.

Justo en aquel momento mi atención se fijó repentinamente en el diagrama y experimenté un terrible escalofrío de excitación, pues acababa de reconocer dos nombres familiares, nunca mencionados por Moreland durante la vigilia. El aracnoide y el soberano verde. Sin detenerme a recapacitar, le conté que había estado escuchando sus palabras mientras dormía tres noches atrás, y le dije que las peculiares frases que enunciara encajaban perfectamente con las notas del diagrama. Mi informe brotó con melodramático apresuramiento. Mi descubrimiento de las notas, no excepcionalmente asombroso en sí mismo, me produjo probablemente tal impresión porque hasta entonces había olvidado extrañamente (quizá reprimido) el intenso pavor que experimentara al contemplar a Moreland durmiendo.

Antes de terminar, sin embargo, advertí la creciente ansiedad de su expresión, y me di cuenta de que lo que le estaba diciendo no era precisamente lo más adecuado para su estado presente. De manera que comencé a atenuar la importancia de los inquietantes elementos que había contenido su voz —sobre todo la intensa sensación de lejanía—, así como el miedo que engendraran en mí. Aun así, resultaba obvio que había sufrido un gran golpe. Por unos instantes pareció al borde de un ataque nervioso, levantándose y caminando de un lado a otro con agitación, realizando grotescos movimientos, pronunciando absurdas palabras, aproximándose más y más al diabólico convencimiento de la realidad de su sueño —que parecía haberse intensificado a causa de mis palabras—, estallando por último en una exangüe petición de ayuda.

Tal petición tuvo un efecto inmediato en mí, haciéndome olvidar los salvajes pensamientos que me agobiaban y situando todos los objetos de este mundo a un nivel humano. Todos mis instintos corrieron en ayuda de Moreland, y de nuevo vi el conjunto de la historia como un caso exclusivamente propio de la psiquiatría. Nuestros papeles habían cambiado. Yo había dejado de ser su auditorio enterado a medias para convertirme en el amigo a quien se pide consejo. Aquello, más que ninguna otra cosa, me produjo un sentimiento de seguridad, e hizo que mis anteriores especulaciones pareciesen infantiles o propias de un loco. Me sentí satisfecho de mí mismo por haber contenido el alud de su imaginación, e hice todo cuanto pude por seguir lográndolo.

Al cabo de un rato, mis repetidas medidas tranquilizadoras comenzaron a surtir efecto. Se fue calmando, y nuestra charla devino razonable una vez más, aunque más adelante en la conversación recurriría a mí acerca de algún punto particular que le preocupaba. Descubrí por vez primera la importancia que había tomado para él el sueño. En el curso de sus solitarias meditaciones, me dijo, a veces había llegado al convencimiento de que su mente abandonaba su cuerpo, mientras éste soñaba y viajaba a través de inconmensurables distancias hasta algún reino más allá del cosmos, donde se jugaba la partida.

Se encontraba poseído por la impresión, afirmó, de acercarse demasiado peligrosamente a los íntimos secretos del universo y descubrir que, al cabo, no eran sino perversos y maléficos. A menudo le sobrecogía el temor de que el camino que mediaba entre su mente y el reino de la partida fuera «ampliado» hasta tal punto que él mismo resultara absorbido corporalmente del mundo, según sus propias palabras.

Creía firmemente que perder la partida supondría una amenaza para el mundo entero, y lo creía ahora de una manera más contundente de cuanto con anterioridad me confiara. Había establecido una espantosa relación entre el desarrollo de la partida y el de la guerra, y estaba comenzando a creer que las últimas consecuencias de esta última —aunque no necesariamente la victoria de uno u otro bando— dependían del resultado de la partida.

A veces había llegado a sentirse tan abrumado, me confesó, que su único alivio consistía en pensar que, ocurriera lo que ocurriese, jamás podría convencer a ningún otro de la realidad de su sueño. Siempre existiría la alternativa de verlo como una manifestación de insanía o de exceso de imaginación. Independientemente de cuán vívido pudiera resultar, jamás sería capaz de aportar pruebas concretas y objetivas.

—Usted me vio dormir, ¿no es cierto? Precisamente sobre ese mismo lecho. Y me oyó hablar en sueños acerca de la partida. Pues bien, eso prueba que no se trata sino de un sueño, ¿no le parece? En justicia, usted no podría creer ninguna otra cosa, ¿me equivoco?

Ignoro por qué aquellas últimas preguntas ambiguas tuvieron tal efecto de reafirmación sobre mí, que tan sólo tres noches atrás me encontraba temblando ante el indescriptible tono de la voz que surgía entre sus sueños. Pero así fue. Parecieron como el sello de un acuerdo entre nosotros, por el que asumíamos que sus sueños eran sólo sueños y nada significaban. Comencé a sentirme más bien alegre y autosatisfecho, al igual que un médico que devuelve la salud a su paciente tras una peligrosa crisis. Me dirigí a Moreland de una forma que ahora advierto no era sino pomposamente compasiva, sin parar mientes en cuán desalentados eran sus obedientes asentimientos.

Dijo poco más tras aquellas últimas preguntas. Hasta lo persuadí para que fuéramos a una casa de comidas de la vecindad para tomar un refrigerio nocturno, como si —¡Dios me perdone!— yo estuviera celebrando mi triunfo sobre su sueño. Cuando nos sentamos ante el no demasiado sucio mostrador, encendiendo sendos cigarrillos y saboreando café caliente, advertí que estaba volviendo a sonreír, lo cual vino a sumarse a mi satisfacción. Qué ciego estaba yo ante el supremo abatimiento y la sumisa desesperanza que se ocultaban bajo aquellas sonrisas. Al dejarlo a la puerta de su habitación, me tomó bruscamente la mano y dijo:

—Quisiera expresarle mi agradecimiento por la forma en que ha procurado desembarazarme de este embrollo. —Yo hice un gesto desaprobador—. No, espere —continuó—, significa mucho para mí. De modo que... muchas gracias.

Me alejé con un sentimiento de satisfacción cercano a la virtud. Estaba despojado de toda aprensión. Tan sólo me sentía propenso a la divagación filosófica en torno a las extrañas y variadas formas que el miedo y la ansiedad pueden asumir en nuestra civilización, tan digna de piedad.

Nada más vestirme a la mañana siguiente, me encontré ante su puerta y la empujé sin esperar siquiera a que Moreland me invitara a entrar. Por una vez, al menos, la luz del sol penetraba a través de la polvorienta ventana. Entonces lo vi, y todas las demás cosas de este mundo dejaron de existir.

Yacía sobre las arrugadas ropas de la cama, medio oculto en un pliegue de la manta. Era algo de unos veinticinco centímetros de altura, tan sólido como podría serlo una estatuilla, e innegablemente real. Pero a la primera ojeada supe que su forma no guardaba ninguna relación con criatura terrestre alguna. Esta circunstancia habría sido tan evidente para quien no entendiera nada de arte como para un experto. También supe que la sustancia roja, moteada de violeta, en la que había sido esculpida o moldeada no encontraba clasificación entre las gemas y minerales de la tierra.

Todos los detalles coincidían. La cabeza pentalobulada medio oculta por la caperuza. Los apéndices, cada uno con cuatro junturas, que sobresalían por debajo del manto. El arma de ocho puntas, con ruedas y palancas alrededor, y los pequeños receptáculos en forma de bolsa, como destinados al veneno. La postura sugiriendo que preparaba el arma para afinar la puntería. La expresión de bestial y sobrenatural malevolencia.

No cabía duda; aquél era el objeto que había obsesionado a Moreland en su sueño. El que lo había fascinado y horrorizado, y lo había puesto al borde del colapso nervioso, tal como empezaba a hacer ahora conmigo. El objeto que había constituido la avanzadilla —y el cebo— del ataque de su oponente y cuya captura —y al parecer no había duda de que se había producido— indicaba probablemente una derrota de imprevisibles consecuencias. El objeto, en fin, que había logrado ser atraído por un camino abierto a través de distancias inimaginables, desde un reino de locura que gobernaba el universo.

No cabía duda, se trataba del arquero.

No demasiado consciente de lo que me impulsaba, a no ser el miedo, o de cuál era mi propósito, huí de su cuarto. En ese mismo instante me di cuenta de que debía encontrar a Moreland. Nadie lo había visto salir de la casa. Me pasé el día buscándolo por todas partes. En el local recreativo. En clubes de ajedrez. En bibliotecas.

Cuando volví era ya de noche. Me obligué a entrar en la habitación de Moreland. La estatuilla había desaparecido. Interrogué a los demás habitantes de la casa pero ninguno sabía nada. No obstante, imaginé que, puesto que «el arquero» era sin duda una pieza de gran valor, que además carecía de connotaciones terroríficas para quienes no conocían su historia, lo más probable era que se hallase ya en manos de algún excéntrico y acaudalado coleccionista. Otros muchos objetos habían desaparecido de modo similar en el pasado.

También podía ser que Moreland hubiese vuelto sigilosamente a recogerla. De lo que no me cabía duda alguna era de que no procedía de la Tierra.

Y si bien existen razones que hacen temer lo contrario, tengo la sensación de que, esté donde esté —en alguna pensión barata o algún manicomio— si no es que la partida se ha perdido ya y ha empezado el castigo, Albert Moreland sigue jugando una increíble partida de terroríficas e imprevisibles consecuencias.

Fritz Leiber (1910-1992)




Relatos góticos. I Relatos de Fritz Leiber.


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El análisis y resumen del cuento de Fritz Leiber: Los sueños de Albert Moreland (The Dreams of Albert Moreland), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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