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«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.


«La gente nueva»: Charles Beaumont; relato y análisis.




«Si tan solo le hubiera dicho desde el principio
que no le gustaba la casa, todo habría ido bien.»



La gente nueva (The New People) es un relato de terror del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de agosto de 1958 de la revista Rogue, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys).

La gente nueva, uno de los grandes cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de una joven pareja y su hijo pequeño, quienes se mudan a un vecindario aparentemente tranquilo y descubren que sus vecinos esconden secretos oscuros, incluyendo actividades satánicas.

Resulta evidente que La gente nueva fue una poderosa influencia para la novela de Ira Levin: El bebé de Rosemary (Rosemary's Baby), publicada nueve años después. Todos los ingredientes están ahí, cada uno, aunque en diferente orden.

Si bien el tropo del vecino extraño, amigable al principio, querible incluso, que eventualmente se revela como una suma de elementos perturbadores, ha sido utilizado con frecuencia, en 1958 todavía permitía cierta originalidad. En definitiva, no todos los días uno descubre que sus vecinos son satanistas. No burdos adoradores del Maligno, sino un grupo bien organizado, bien financiado, integrado por individuos intachables, y decididos a ampliar su coven con sangre joven.

Pero, claro, «lo de todos los días» no es el terreno de Charles Beaumont. El tropo del vecino extraño [asesino, vampiro, fantasma, hechicero, etc.] utiliza aquí un ambiente suburbano. No hay edificios malditos ni leyendas de fondo con historias trágicas; solo un grupo de personas maduras, ricas, que no consiguen sacudirse de encima el aburrimiento si no es apelando a las artes oscuras, al satanismo, más precisamente;

Charles Beaumont, un autor bastante menospreciado en nuestros días, casi olvidado, construye una historia tan persuasiva que deja al lector con la sensación de que podría ponerse tranquilamente en el lugar del protagonista. En cierto modo, somos un poco como Prentice, quiero decir, ignoramos lo que está sucediendo, vamos descubriendo con él los peligros que rodean a su familia, con la dificultad que estos residen en un lugar que, en teoría, debería ser el menos peligroso: un suburbio para profesionales adinerados y acostumbrados a la buena vida.

Los cuentos de Charles Beaumont suelen convertir lo ordinario en extraordinario, pero no mediante maniobras forzadas, tampoco apelando a lo sobrenatural, sino al indagar en lo «normal». Basta rascar un poco en la superficie para descubrir que esa normalidad es solo una apariencia. Debajo ocurren cosas interesantes, macabras a veces.

El bebé de Rosemary, decíamos, le debe mucho a La gente nueva de Charles Beaumont [y otro tanto a La gente de verano (The Summer People) de Shirley Jackson]; todo, en realidad, desde el argumento al escenario; aunque Ira Levin jamás mencionó que tal influencia existiera. No hablo de influencias vagas, genéricas, como un suburbio estadounidense o un matrimonio joven, aparentemente feliz, que esconde secretos que van revelándose sutilmente; sino directas, concretas. Por ejemplo, nunca llegamos a conocer el nombre de lugar donde transcurre La gente nueva, pero se insinúa que es un sitio donde viven guionistas de Hollywood. Recordemos que Guy, en El bebé de Rosemary, se une a los satanistas porque ambiciona hacer una carrera en Hollywood. También tenemos una residencia cuyo antiguo ocupante se quitó la vida, una fiesta de bienvenida, un sutil trabajo de seducción de parte de los viejos residentes, y finalmente una ordalía donde todas esas personas amables y «normales» se muestran como realmente son.

Poco después de mudarse a su nuevo hogar, el matrimonio formado por Hank y Ann, junto Davey, su hijo adoptivo, empiezan a entablar relaciones sociales con sus vecinos. Aunque Davey no quiere tener nada que ver con los lugareños, Hank y Ann organizan una pequeña reunión para los nuevos amigos. A medida que avanza la noche, uno de los vecinos, Matt Dystal, le insinúa a Hank que posee información secreta e importante que debe compartir. En un giro imprevisto, Hank descubre que su nuevo amigo no es para nada un inocente, sino un miembro más del culto satanista.

Para ser honestos, el grupo de satanistas de Charles Beaumont no tiene demasiado que ver con los vecinos de Rosemary. Son simplemente degenerados, gente que comienza a realizar actividades algo inocentes, como el intercambio de parejas, y progresivamente se meten en la magia negra, pero solo porque están «aburridos». Es decir, no son verdaderos creyentes en el satanismo, sino gente rica, poderosa y decadente.




La gente nueva.
The New People, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Si tan solo le hubiera dicho desde el principio que no le gustaba la casa, todo habría ido bien. Podría haber inventado alguna historia creíble sobre problemas de plomería o mala construcción —¡cualquier cosa!— y ella le habría seguido la corriente. Quizás no sin discutir: Recordaba la expresión de su cara cuando pararon el coche. Pero podría haberla convencido de que no lo hiciera. Ahora, claro, era demasiado tarde.

¿Para qué?, se preguntó, intentando no pensar en la fiesta y todo el ruido que conllevaría. ¿Demasiado tarde para qué? Es una buena casa, bien construida, bien cuidada, espaciosa. Excepto por esa mancha de sangre, alegre. Cualquiera en su sano juicio...

—Cariño, ¿no te vas a afeitar?

Bajó el periódico con cuidado y dijo: «Claro». Pero Ann lo miraba con esa expresión de dolor y reproche.

Hank, ¿qué te pasa?, pensó, dirigiéndose al baño.

—Hank —dijo ella.

Él se detuvo, pero no se giró.

—¿Sí?

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo él.

—Cariño, por favor.

La miró. El vestido rosa se ceñía a su cuerpo, que conservaba la firmeza de la juventud; su rostro era impecable, el lápiz labial y el maquillaje impecables; su cabello, largo y corto, caía suavemente sobre sus blancos hombros: en siete años, Ann no había cambiado. Prentice apartó la mirada con resentimiento. Y se sintió avergonzado. «Uno pensaría que con el tiempo me acostumbraría», pensó.

—¡Maldita sea! ¡Lo está haciendo!

—Dime —dijo Ann.

—¿Decirte qué? Todo está bien —dijo él.

Ella se acercó y él pudo oler el perfume, pudo ver las pequeñas pecas que salpicaban su pecho. Se preguntó cómo sería dormir con ella. Probablemente muy agradable.

—Se trata de Davey, ¿verdad? —dijo ella, bajando la voz a un susurro. Estaban a pocos metros de la habitación de su hijo.

—No —dijo Prentice—, pero era cierto: Davey tenía algo que ver. Desde hacía una semana, Prentice se había aferrado a la esperanza de que la reparación de la locomotora cambiara las cosas. Un niño sin tren, se había dicho, seguro que se comporta de forma extraña. Pero había reparado la locomotora y la había traído a casa, y Davey ni siquiera se había molestado en montar las vías.

—Lo agradeció, cariño —dijo Ann—. ¿No te dio las gracias?

—Sí, me dio las gracias.

—¿Y bien? —dijo ella—. Cariño, ya te lo he dicho: Davey está pasando por una etapa, eso es todo. Los niños pasan por eso. De verdad.

—Lo sé.

—Y las clases han terminado hace casi un mes.

—Lo sé —dijo Prentice, y pensó—: ¡Mudarse a un barrio donde no hay ni un solo niño con quien jugar en toda la cuadra también podría tener algo que ver!

—Entonces —dijo Ann—, soy yo.

—No, no, no —intentó sonreír. No tenía sentido discutir: ya habían hablado de eso docenas de veces, y ella tenía respuesta para todo. Recordaba la firmeza en su voz: Me encanta la casa, Hank. Y me encanta el barrio. Es con lo que he soñado toda mi vida, y creo que me lo merezco, ¿no crees? (Era la primera vez que se lo recordaba conscientemente). El problema es que has vivido tanto tiempo en apartamentos pequeños y mugrientos que te has acostumbrado a ellos. No puedes adaptarte a un lugar decente, y Davey no es diferente. Son tal para cual: dos viejecitos que no soportan los cambios, ¡ni siquiera para mejor! Pues yo sí. Me da igual que cincuenta personas se suicidaran aquí, soy feliz. ¿Lo entiendes, Hank? Feliz.

Prentice lo había entendido y se había propuesto hacer un verdadero esfuerzo por acostumbrarse al nuevo lugar. Si no podía, al menos podría ocultarle sus sentimientos a Anne, pues sabía que eran una tontería, una auténtica tontería. Todo lo que ella decía era cierto, y debía estar agradecido. Sin embargo, de alguna manera, no podía dejar de soñar con el anciano que una noche había tomado una navaja y se había cortado el cuello...

Ann lo miraba fijamente.

—Quizás —dijo—, yo también estoy pasando por una mala racha. Le dio un suave beso en la frente.

—Vamos, que la gente va a llegar en cualquier momento, y pareces Lady Macbeth.

Ella le sujetó el brazo un instante.

—Te estás adaptando a la casa, ¿verdad? —dijo—. Quiero decir, cada vez la sientes más como tu hogar, ¿no?

—Sí —dijo Prentice.

Su esposa hizo una pausa y luego sonrió.

—Bien, aféitate. Rhoda cree que eres muy guapo.

Entró al baño y enchufó la afeitadora eléctrica. Rhoda, pensó. Ya nos llamamos por nuestro nombre y no llevamos aquí tres semanas.

—¿Papá?

Miró a Davey, que se había colado con el sigilo de un niño de nueve años.

—Hola.

Como de costumbre, le pasó la afeitadora por la barbilla. Davey no respondió. Retrocedió y preguntó:

—Papá, ¿viene el señor Ames esta noche?

Prentice asintió.

—Supongo que sí.

—¿Y el señor Chambers?

—Ajá. ¿Por qué?

Davey no contestó.

—¿Qué quieres saber?

—Vaya. —Los ojos de Davey estaban rojos y muy abiertos—. ¿Puedo quedarme en mi habitación?

—¿Por qué? ¿Estás enfermo?

—No. Un poco.

—¿Dolor de estómago? ¿Dolor de cabeza?

—Solo estoy enfermo —dijo Davey. Tiró de un hilo de su camisa y volvió a quedarse callado. Prentice frunció el ceño.

—Pensé que tal vez te gustaría mostrarles tu tren —dijo.

—Por favor —dijo Davey. Su voz se había alzado un poco y Prentice vio que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Papá, por favor, no me hagas salir. Déjame quedarme en mi habitación, no haré ruido, lo prometo, y me iré a dormir a mi hora.

—Vamos, ¡no le des tanta importancia! —Prentice le pasó el frío metal por la cara. La ira iba y venía, rápidamente. Qué tontería enfadarse—. Davey, ¿qué hiciste? ¿Montaste en bici en su césped o algo así? ¿Rompiste una ventana?

—No.

—Entonces, ¿por qué no quieres verlos?

—Simplemente no quiero.

—Al señor Ames le caes bien. Me lo dijo ayer. Cree que eres un buen chico, y el señor Chambers también. Ellos...

—¡Por favor, papá! —El rostro de Davey estaba pálido; empezó a llorar—. Por favor, por favor, por favor. ¡No dejes que me atrapen!

—¿De qué estás hablando? Davey, basta. ¡Ahora mismo!

—Vi lo que estaban haciendo en el garaje. Y ellos saben que los vi. Lo saben. Y...

—¡Davey! —la voz de Ann era aguda, fuerte y resonante en el baño revestido de azulejos. El niño dejó de llorar al instante. Levantó la vista, dudó un momento y salió corriendo. Cerró la puerta de golpe. Prentice dio un paso atrás.

—No, Hank. Déjalo en paz.

—Está molesto.

—Déjalo que se moleste. —le lanzó una mirada furiosa hacia el dormitorio—. Supongo que te contó esa historia tan desagradable sobre el garaje, ¿verdad?

—No —dijo Prentice—. No me la contó. ¿De qué se trata?

—De nada. Absolutamente nada. Esa fantasía suya la sacó de alguien, y no de nosotros. Vas a tener que hablar con él, Hank. Lo digo en serio. De verdad.

—¿De qué?

—¡Qué historias tan locas! ¿Y si el señor Ames las oyera? Me moriría. Y encima se ha portado tan bien con Davey.

—No he oído esas historias —dijo Prentice.

—Oh, ya las oirás —dijo Ann, desabrochándose el delantal y doblándolo con rabia—. ¡De verdad! A veces creo que ustedes dos se empeñan en hacerme la vida imposible.

El timbre sonó con fuerza.

—Intenta ser amable, ¿quieres? Al fin y al cabo, es una fiesta de inauguración. Y date prisa.

Ella cerró la puerta. Él la oyó decir: «¡Hola!» y luego la voz grave de Ben Roth: «¡Hola!».

Ridículo, se dijo a sí mismo, enchufando la maquinilla de afeitar de nuevo. Absolutamente ridículo. Nadie se quejó más que yo cuando nos tropezábamos en ese pequeño ataúd del piso de arriba en Friar; yo era el que no paraba de quejarse por una casa, no Ann. Y ahora tenemos una...

Miró la pequeña mancha de sangre marrón que no se quitaba del papel pintado y suspiró.

—Ahora tenemos una,

—¡Hank!

—¡Ya voy! —se arregló la corbata y entró en el salón.

Los Roth, por supuesto, estaban allí. Ben y Rhoda. «Hazlo bien», pensó, «porque todos vamos a ser amigos».

—Hola, Ben.

—Pensé que nos habías abandonado, muchacho —dijo el hombre grande y rosado, riendo.

—No. Jamás haría eso.

—Hank —indicó Ann—. Ya conoces a Beth Cummings, ¿verdad?

La mujer alta y elegantemente vestida rio entre dientes y le tendió la mano.

—Nos hemos visto —dijo—, Hola.

Su marido, un hombre pálido de pelo blanco, le apretó los dedos a Prentice.

—Es broma —dijo, riendo con dificultad.

Intentando no hacer una mueca, Prentice retiró la mano. Un hombre corpulento y calvo, vestido con un traje marrón de doble botonadura, la agarró al instante. «Reiker», dijo el hombre. «Llámame Bud. Todo el mundo lo hace. No sé por qué; me llamo Oscar».

—Por eso —dijo una mujer, acercándose—. Ann nos presentó, pero probablemente no te acuerdes de que conozco a hombres. Soy Edna.

—Claro —dijo Prentice—. ¿Cómo estás?

—Bien. Pero claro, soy mujer: ¡me gustan las fiestas!

—¿Cómo dices?

—¡Hank!

Prentice se disculpó y entró rápidamente a la cocina. Ann sostenía un paquete.

—Cariño, ¡mira lo que nos trajo Rhoda!

Tomó con cuidado el salero y el pimentero y los volvió a dejar.

—Qué bonitos.

—Giras la cabeza del gallo —dijo la señora Roth—, y muele la pimienta.

—Maravilloso —dijo Prentice.

—Y Beth nos dio este precioso bol para ensalada, ¿ves? ¡Lo necesitábamos desde hace siglos! ¡Y de plástico!

—Maravilloso —dijo Prentice. De nuevo sonó el timbre. Miró a la señora Roth, que lo observaba pensativa, y regresó a la sala.

—¿Cómo estás, Hank? —preguntó Lucian Ames, entrando y frotándose las manos con energía—. ¡Vaya! Ya está todo el grupo, veo. ¿Pero dónde está tu hijo?

—¿Davey? —dijo Prentice—, está enfermo.

—¡Tonterías! Los chicos de esa edad nunca se enferman. ¡Nunca!

Ann rio nerviosamente desde la cocina.

—Debe ser algo que ha comido.

—Espero que no sean los dulces que le mandamos.

—Oh, no.

—Bueno, dile que su tío Lucian le manda saludos.

Ames, un hombrecillo bronceado, de ojos brillantes y un bigote que no le sentaba bien, le recordaba un poco a Prentice a esos oficinistas que se sentaban en silencio en taburetes altos de madera, anotando cifras minúsculas en enormes libros de contabilidad. Sin embargo, era el director de una agencia de publicidad de renombre nacional. Su esposa, Charlotte, representaba un contraste notable. Parecía pertenecer a la década de 1920, con su rostro de porcelana, su cuerpo delgado y delicadamente anguloso, su aire de fragilidad.

—Linda —se dijo Prentice.

Recogió los abrigos y los colgó en los armarios. Estrechó manos y sonrió hasta que le empezó a doler la cara. Miró los regalos, dio las gracias a las mujeres. Repartió sándwiches. Preparó bebidas. A las ocho y media ya habían llegado todos los vecinos de la cuadra: los Johnson, los Ames, los Roth, los Reiker, los Klementaski, los Chambers; y otros cuatro o cinco cuyos nombres que Prentice no recordaba, aunque Ann se había encargado de presentárselos.

Lo que sucede, decidió, mirando a la gente, los regalos que habían traído, recordando sus muchas atenciones y cómo Ann ya había hecho más amigos que nunca, es que simplemente soy un antisocial.

Después de la tercera ronda de whiskies y martinis, alguien encendió la radio FM y otro sugirió bailar. Prentice siempre había creído que solo se bailaba en las fiestas de Nochevieja, pero finalmente se hartó y trató de relajarse.

—¿Bailamos? —preguntó la señora Ames.

Quiso decir que no, pero Ann lo estaba observando. Así que, en cambio, dijo:

—Claro, si tienes los pies fuertes.

Casi de inmediato empezó a sudar. El humo, las bebidas, el calor de la habitación llena de gente, le provocaban dolor de cabeza; y, como siempre, se sentía profundamente avergonzado de tener que abrazar tan de cerca a una desconocida. Pero siguió sonriendo.

La señora Ames bailaba bien, lo seguía con un instinto infalible; y en cuestión de segundos, le hablaba sin parar al oído. Le contó sobre el viejo señor Thomas, el hombre que había vivido allí antes, y lo sorprendidos que estaban todos por lo sucedido; le contó la curiosidad que sentían por los recién llegados y el alivio que les dio encontrarlos a él y a Ann tan agradables; le dijo que tenía brazos fuertes. Herb Johnson hacía girar a Ann. Ella sonreía.

Entonces empezó un interminable y lento tres pasos, y la señora Ames apoyó su mejilla junto a la de Prentice. En medio de una frase incoherente, dijo de repente, en un susurro: «Sabes, creo que fue muy valiente de tu parte adoptar al pequeño Davey. Quiero decir, considerando...»

—¿Considerando qué?

Se apartó y lo miró.

—Nada —dijo—. Lo siento muchísimo.

Enrojecido de furia, Prentice se dio la vuelta y entró a la cocina. Contuvo su ira, pensando: «Dios mío, ¿se lo estará contando a desconocidos? ¿Será tema de chismes de barrio? Mi marido es impotente, ¿sabes? ¿El tuyo también?»

Se sirvió whisky en un vaso y se lo bebió de un trago. Le lloró los ojos y, al abrirlos, vio a una figura a su lado. ¿Quién era? «Dystal. Matthew Dystal; soltero; guionista o algo así; vive a la vuelta de la esquina. Llámalo Matt.»

—Qué pena, ¿verdad? —dijo el hombre, quitándole la botella de la mano a Prentice.

—¿Qué quieres decir?

—Todo —dijo el hombre. Llenó su vaso y se lo bebió de un trago—. Esos de ahí fuera.. —volvió a llenar el vaso.

—Buena gente —se obligó a decir Prentice.

—¿De verdad lo crees?

El hombre estaba borracho. Claramente. Y solo eran las nueve y media.

—¿De verdad lo crees? —repitió.

—Claro. ¿Tú no?

—Por supuesto. Soy uno de ellos, ¿no?

Prentice observó atentamente a su invitado y luego se dirigió a la sala. Dystal lo tomó del brazo.

—Espera —dijo—. Escucha. Eres un buen tipo. No te conozco muy bien, pero me caes bien, Hank Prentice. Así que te voy a dar un consejo —su voz bajó a un susurro—. Vete de aquí —dijo.

—¿Qué?

—Justo lo que te dije. Vete, vete a otra ciudad.

Prentice sintió una punzada de fastidio, pero la contuvo.

—¿Por qué? —preguntó sonriendo.

—No te preocupes —dijo Dystal—. Hazlo. Esta noche. ¿Quieres? Tenía el rostro lívido, empapado en sudor; los ojos muy abiertos.

—Creí que habías dicho que te caíamos bien. ¿Y ahora quieres deshacerte de nosotros?

—No bromees —dijo Dystal, señalando la ventana—. ¿Es que no ves la luna? ¡Qué idiota! ¿No la ves...?

—¡Oye, oye!

Al oír la voz, Dystal se quedó paralizado. Cerró los ojos un instante y los abrió lentamente, pero no se movió. Lucian Ames entró en la cocina.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó, poniendo el brazo sobre el hombro de Dystal—. ¿Intentas acaparar a nuestro anfitrión toda la noche?

Dystal no respondió.

—¿Qué tal si me sirves otra copa, Hank? —dijo Ames, retirando la mano.

Prentice dijo:

—Claro —y preparó la bebida. De reojo, vio a Dystal darse la vuelta y salir de la habitación con paso rígido. Escuchó que la puerta principal se abría y se cerraba.

Ames se reía entre dientes.

—Pobre Matt —dijo—. Mañana tendrá resaca. Es una lástima, ¿no? O sea, uno pensaría que un gran guionista de Hollywood aguantaría bien el alcohol. Pero no Matt. Se emborracha con solo mirar las etiquetas. ¿Te estaba contando una de sus pesadillas más disparatadas?

—¿Qué? No, solo estábamos hablando. De cosas.

Ames dejó caer un cubito de hielo en su bebida.

—¿Cosas? —preguntó.

—Sí.

Ames tomó un sorbo de whisky y se acercó a la ventana, luciendo ágil, de alguna manera, y a la vez pequeño. Tras lo que pareció una larga espera, dijo:

—Bueno, es una noche preciosa, ¿verdad? Clara y despejada, una luna hermosa —se giró y sacó un cigarrillo de un paquete rojo, lo encendió—. Hank —dijo, dejando que el humo gris saliera por las comisuras de sus labios—, dime algo. ¿Qué haces para divertirte?

Prentice se encogió de hombros. Era una pregunta extraña, pero esa noche todo le parecía extraño.

—No lo sé —dijo—. Voy al cine de vez en cuando. Veo la tele. Lo de siempre.

Ames ladeó la cabeza.

—Pero... ¿no te aburres? —preguntó.

—Sí, supongo. De vez en cuando. Ser contador público certificado, ya sabes, no es precisamente el trabajo más fascinante del mundo.

Ames rió con comprensión.

—Es horrible, ¿verdad?

—¿Ser contador público certificado?

—No. Aburrirse. Es de lo peor del mundo, ¿no crees? Alguien comentó una vez que creía que era el único pecado real que un ser humano podía cometer.

—Espero que no —dijo Prentice.

—¿Por qué?

—Bueno, quiero decir... todo el mundo se aburre, ¿no?

—No —dijo Ames—, si tienen cuidado.

Prentice se sentía cada vez más irritado por la conversación.

—Supongo que ayuda —dijo— ser el director de una agencia de publicidad.

—No, la verdad es que no. Es como cualquier otro trabajo: interesante al principio, pero luego te acostumbras. Se vuelve rutinario, así que buscas otras distracciones.

—¿Como qué?

—Oh, cualquier cosa. De todo —Ames le dio una palmada amistosa en el brazo a Prentice—. Me caes bien, Hank —dijo.

—Gracias.

—Lo digo en serio. No te imaginas lo contentos que estamos de que te hayas mudado aquí.

—¡Nosotros también!

Ann se dirigió con paso vacilante al fregadero con varios vasos vacíos.

—Quiero disculparme de nuevo por Davey, Lucian. Le comentaba a Charlotte que últimamente se ha portado fatal. Debería haberte dado las gracias por arreglarle el asiento de la bici.

—Olvídalo —dijo Ames alegremente—. El niño está enfadado porque no tiene con quién jugar —miró a Prentice—. Algunos de nosotros, los mayores, tenemos hijos, Hank, pero ya son casi adultos. Probablemente sepas que nuestra hija, Ginnie, está en la universidad. Y el hijo de Chris y Beth vive en Nueva York. Pero, ya sabes, no te preocupes. En cuanto empiecen las clases, Davey se portará bien. Ya verás.

Ann sonrió.

—Seguro que tienes razón, Lucian. Pero te pido disculpas de todas formas.

Ames regresó a la sala y se puso a bailar con Beth Cummings. Prentice pensó entonces en preguntarle a Ann qué demonios hacía al contarle su vida privada a desconocidos, pero decidió no hacerlo. No era el momento. Estaba demasiado enfadado, demasiado confundido.

La fiesta duró otra hora. Entonces Ben Roth dijo:

—¡Mejor dejemos que esta familia descanse! —y, poco a poco, la gente se fue. Ann cerró la puerta. Parecía radiante de satisfacción, luciendo más joven y guapa que en los últimos años.

—En casa —dijo en voz baja, y empezó a recoger ceniceros, vasos y platos—. Quitemos todo esto de en medio para no tener que verlo mañana por la mañana —añadió.

—De acuerdo —dijo Prentice con tono neutro. Estaba a punto de volver a colocar la mesa en su sitio cuando sonó el teléfono.

—¿Sí?

La voz que contestó era un susurro áspero, como una ráfaga de viento entre las hojas.

—Prentice, ¿ya se fueron?

—¿Quién es?

—Matt Dystal. ¿Ya se fueron?

—Sí.

—¿Todos? ¿Ames? ¿Se fue?

—Sí. ¿Qué quieres, Dystal? Es tarde.

—Más tarde de lo que crees, Prentice. Te dijo que estaba borracho, pero mintió. No estoy borracho. Estoy...

—¿Qué quieres?

—Tengo que hablar contigo —dijo la voz—. Ahora mismo. Esta noche. ¿Puedes venir?

—¿Ahora?

—Sí. Prentice, escúchame. No estoy borracho y no estoy bromeando. Esto es cuestión de vida o muerte. La tuya. ¿Entiendes lo que te digo?

Prentice vaciló, confundido.

—Sabes dónde está mi casa: la cuarta casa desde la esquina, a la derecha. Ven ahora mismo. Pero escucha con atención: sal por la puerta de atrás. La puerta de atrás. Prentice, ¿me escuchas?

—Sí —dijo Prentice.

—Mi luz estará apagada. Da la vuelta por la parte de atrás. No te molestes en llamar, simplemente entra, pero hazlo en silencio. No deben verte.

Prentice oyó un clic, luego silencio. Se quedó mirando el auricular un rato antes de colgarlo.

—¿Y bien? —dijo Ann. —¿Conversación de hombres?

—No exactamente —Prentice se secó las palmas de las manos en los pantalones—. Ese tal Matt Dystal, al parecer está enfermo. Quiere que vaya a su casa.

—¿Ahora?

—Sí. Creo que mejor; sonaba bastante mal. Vete a dormir, vuelvo enseguida.

—Vale, cariño. Espero que no sea nada grave. Pero, es agradable hacer algo por ellos, ¿verdad?

Prentice besó a su esposa, esperó a que se cerrara la puerta del baño y salió a la fría noche. Caminó por el borde de hierba del callejón, cruzó los pequeños jardines y subió los escalones hasta la puerta trasera de Dystal. Lo pensó un momento y entró.

—¿Prentice? —susurró una voz.

—Sí. ¿Dónde estás?

Una mano le tocó el brazo en la oscuridad.

—Entra en el dormitorio.

Se encendió una lámpara tenue. Prentice vio que las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas color canela. Hacía frío en la habitación, frío y húmedo.

—¿Y bien? —preguntó Prentice con irritación.

Matthew Dystal se pasó la mano por su cabello color cuerda.

—Sé lo que estás pensando —dijo—. Y no te culpo. Pero era necesario, Prentice. Era necesario. Ames te ha contado sobre mis «pesadillas» y sé que eso te va a marcar; pero entiéndelo bien —apretó el puño—. Todo lo que voy a decir es cierto. Por muy descabellado que parezca, es cierto, y tengo pruebas. Todo lo que necesitas. Así que quédate quieto, Prentice, y escúchame. Puede que te cueste la vida: la tuya, la de tu esposa y la de tu hijo. Y, tal vez, la mía… —su voz se apagó; entonces, de repente, dijo—: ¿Quieres algo de beber?

—No.

—Deberías beber un trago. Apenas estás al borde de la confusión, amigo mío. Pero hay cosas peores que la confusión, créeme —Dystal se acercó a una estantería y se quedó allí casi un minuto. Cuando se giró, su semblante era algo más sereno—. ¿Qué sabes de la casa en la que vives?

Prentice se removió incómodo.

—Sé que un hombre se suicidó allí, si a eso te refieres.

—¿Pero sabes por qué?

—No.

—Porque perdió —dijo Dystal, riendo—. Le tocó el papelito corto. ¿Qué te parece esa motivación?

—Creo que mejor me voy —dijo Prentice.

—Espera. —Dystal sacó un pañuelo del bolsillo y se secó la frente—. No quería empezar así. Es que nunca se lo he contado a nadie, y es difícil. Ya verás por qué. Por favor, Prentice, prométeme que no te irás hasta que haya terminado.

Prentice miró al hombrecillo delgado y nervioso y maldijo la debilidad que lo había metido en semejante lío. Quería irse a casa. Pero sabía que no podía marcharse ahora.

—De acuerdo —dijo—. Continúa.

Dystal suspiró. Luego, mirando por la ventana, empezó a hablar.

—Construí esta casa —dijo— porque pensaba que me iba a casar. Cuando me di cuenta de que estaba equivocado, la obra ya estaba terminada. Debería haberla vendido, lo sé, lo entiendo, pero me sentía demasiado mal para ocuparme del papeleo. Además, ya había dejado mi apartamento. Así que me mudé —tosió—. Ten paciencia conmigo, Prentice: esta es la única manera de contarlo, desde el principio. ¿En qué estaba?

—Te mudaste.

—¡Sí! Todos fueron muy amables. Me invitaron a cenar a sus casas, pasaron a saludarme, me hicieron pequeños favores. Pensé: Qué vecinos tan estupendos. Normales. Auténticos. Eso era: eran auténticos. Ames, publicista; Thomas, abogado; Johnson, de una empresa de pinturas; Chambers, de seguros; Reiker y Cummings, ingenieros. ¿Qué más se puede pedir?

Dystal hizo una pausa. Una mueca desagradable apareció en su rostro.

—Me gustaban —dijo—. Y estaba realmente encantado con todo. Pero, claro, ya sabes cómo es cuando una mujer te deja plantado. Todavía me estaba lamiendo las heridas. Y supongo que se notó, porque Ames vino una noche. Simplemente pasó a saludar, como buen vecino. Tomamos unas copas. Hablamos de mujeres. Entonces, de repente, me hizo la pregunta: ¿Estás aburrido?

Prentice se puso rígido.

—Bueno, cuando pierdes a tu chica, pierdes gran parte de tu ambición. Le dije que sí, que estaba muy aburrido. Y él dijo: «Yo también lo estaba». Recuerdo sus palabras exactas. «Yo también lo estaba», dijo. «El largo camino hacia el éxito, la lucha, las noches en vela: se acabó, lo había logrado», dijo. «Dinero en el banco. Socio en una agencia importante. Hija mayor y en la universidad. Estaba listo para jubilarme, Matt. ¡Pero el caso es que solo tenía cincuenta y dos años! Me quedaban quizás veinte años más. Y casi todos los demás en el edificio estaban igual: Ed, Ben y Oscar, todos iguales. Ya sabes: con sus trabajos, pero ya no les interesaban, en realidad. Porque los trabajos ya no los necesitaban. Estaban aburridos».

Dystal se acercó a la mesita de noche y se sirvió una copa.

—Eso fue hace cinco años —murmuró—. Ames anduvo con rodeos un rato, tanteándome, probándome; luego me dijo que había decidido hacer algo al respecto. Al respecto del aburrimiento. Había organizado a todos los vecinos. Una vez a la semana, explicó, jugaban. Era una verdadera actividad grupal. Un esfuerzo comunitario. Empezaron con mímica, pero se cansaron enseguida. Luego probaron con las cartas. Para hacerlo más interesante, apostaban fuerte. Todos tenían su turno de perder. Entonces, dijo Ames, alguien sugirió hacer el juego aún más interesante, porque se estaba volviendo aburrido. Así que una noche experimentaron con el póker de striptease. Solo por diversión, ¿entiendes? Rhoda perdió. La siguiente vez fue Charlotte. Y así siguió un tiempo, hasta que, finalmente, Beth perdió. Todos lo estaban esperando. Sin embargo, después de eso, la cosa se volvió decepcionante, así que las apuestas cambiaron de nuevo. Cada uno se emparejó con la esposa de otro; el equipo con la puntuación más baja tenía que... —Dystal inclinó la botella—. ¿Seguro que no quieres un trago?

Prentice aceptó la bebida sin protestar. Tenía un sabor amargo y fuerte, pero le ayudó.

—Bueno —continuó Dystal—. Me costó muchísimo creer todo eso, quiero decir, ya sabes: Ames, después de todo, un tipo bajito con aspecto de contable, canoso y con gafas… Aun así, por cómo hablaba, sabía —de alguna manera— que era verdad. ¡Quizás porque no creía que un tipo como Ames pudiera inventárselo todo! En fin: cuando probaron todas las combinaciones posibles, la cosa volvió a aburrirse. Algunas de las mujeres querían parar, pero, claro, ya estaban demasiado metidas en el lío. Durante una Noche Divertida en particular, Ames había sacado fotos. Así que tenían que seguir. Cada semana era algo nuevo. Algo diferente. Los intercambios los mantuvieron ocupados un tiempo, me contó Ames: Chambers se fue de vacaciones dos semanas con Jacqueline, Ben y Beth fueron a Acapulco, y cosas así. Y ahí es donde entré yo en escena.

Dystal levantó la mano.

—Lo sé, no hace falta que me lo digas, debería haberme echado atrás. Pero era más joven entonces. Era un escritor de renombre, un hombre de mundo. Me estaba formando en Hollywood. No podía decirle que estaba impactado: habría sido traicionar mi oficio. Y él también lo pensó así: por eso me lo contó. Además, sabía que tarde o temprano me enteraría. Podían ocultárselo a casi todo el mundo, pero no a alguien que vivía en el mismo barrio. Así que le seguí el juego. Acepté su invitación para unirme a la siguiente actividad grupal, que es como él las llama. A la mañana siguiente, pensé que había soñado toda la visita, de verdad. Pero el sábado, efectivamente, sonó el teléfono y Ames dijo: «Empezamos a las ocho en punto». Cuando llegué a su casa, la encontré abarrotada. Todo el vecindario. Con el mismo aspecto de siempre. Bebidas, baile. Al cabo de un rato, empecé a preguntarme si no sería todo una broma elaborada. Pero, a las diez, Ames nos contó la sorpresa de la noche.

Dystal se estremeció.

—Fue una sorpresa, sin duda —dijo—. Les dije que no quería tener nada que ver, pero Ames había puesto algo en mi bebida. Parecía que no podía controlarme. Me llevaron al dormitorio y…

Prentice esperó, pero Dystal no terminó la frase. Sus ojos brillaban.

—No importa —dijo—. ¡No importa lo que haya pasado! El caso es que estaba borracho y... bueno, lo hice. Tenía que hacerlo. ¿Lo entiendes, verdad?

Prentice dijo que sí.

—Ames me señaló que el único pecado, el único, era el aburrimiento. Esa era su justificación, ese era su incentivo. Simplemente no quería pecar, eso era todo. Así que las actividades del grupo continuaron. Y empeoraron. Mucho. Una vez planearon un crimen y lo llevaron a cabo: el robo al Union Bank, tal vez hayas leído sobre ello: 1953. Yo conduje el coche para ellos. En otra ocasión, decidieron que para combatir el aburrimiento prenderían fuego a un almacén cerca de los muelles. El fuego se propagó. Prentice, ¿te acuerdas de aquel DC-7 que se estrelló entre aquí y Detroit?

Prentice dijo:

—Sí, me acuerdo.

—Su trabajo —dijo Dystal—. Ames lo planeó. En cierto modo, creo que es un genio. Podría pasarme toda la noche contándote lo que hicimos, pero no hay tiempo. Tengo que irme.

Se tapó los ojos con los dedos.

—Juana de Arco —dijo—, fue el punto de inflexión. Ames decidió que sería entretenido recrear escenas famosas de la literatura, así que él y Bud fueron a la calle principal, creo que era, y encontraron a una chica bohemia a la que le pareció divertido. Le dieron veinticinco dólares, pero nunca tuvo la oportunidad de gastarlos. Recuerdo que se rió hasta que Ames prendió fuego a la pila de trapos empapados en aceite... Después, recrearon otras escenas. La ejecución de María Antonieta. El asesinato del padre de Hamlet. ¿Conoces El hombre de la máscara de hierro? También la hicieron. Y muchas más. Duró bastante tiempo, pero Ames empezó a impacientarse.

Dystal extendió las manos de repente y las miró fijamente.

—El siguiente juego era una especie de ruleta rusa. Quien sacara la pajita más corta tenía que suicidarse, a su manera. Se entendía que, si fallaba, las consecuencias serían mucho peores, y Ames había desarrollado unas técnicas bastante interesantes. Como las pinzas para los nervios, por ejemplo. Thomas perdió. Le dieron doce horas para acabar con todo.

Prentice sintió un frío sudor frío sobre su piel. Intentó hablar, pero le fue imposible. El hombre, por supuesto, estaba loco. Completamente demente. Pero tenía que escuchar el final de la historia.

—Continúa —dijo.

Dystal se lamió el labio inferior, se sirvió otra copa y continuó:

—Cummings y Chambers se asustaron —dijo—. Argumentaban que un desconocido se mudaría a la casa y que entonces habría un montón de problemas. Tuvimos una reunión en Reiker's, y a Chris se le ocurrió la idea de que todos pusiéramos dinero y compráramos la casa. Pero a Ames no le gustó. «No seamos tan excluyentes», dijo. «Al fin y al cabo, los nuevos también podrían aburrirse. Dios sabe que nos vendría bien sangre nueva en el Grupo». Cummings era pesimista. Dijo: «¿Y si te equivocas? ¿Y si no quieren unirse a nosotros?». Ames se lo tomó a broma: «Espero», dijo, «que no pienses que somos los únicos. ¡Claro! Todas las ciudades tienen su barrio como el nuestro. No somos tan especiales.» Y luego añadió que, si la gente nueva no funcionaba, él se encargaría de la situación. No dijo cómo.

Dystal volvió a mirar por la ventana.

—Veo que está a punto de invitarte, Prentice. Cuando eso suceda, estás acabado. O te unes a ellos o aceptas la única alternativa.

De repente, la habitación quedó en silencio.

—No me crees, ¿verdad?

Prentice abrió la boca.

—No, claro que no. Son desvaríos de un loco.

—Pues te lo voy a demostrar, Prentice.

Empezó a dirigirse a la puerta.

—Vamos. Sígueme; pero no hagas ruido.

Dystal salió por la puerta trasera, la cerró y se movió silenciosamente sobre la suave hierba negra.

—Están en plan místico ahora mismo —le susurró a Prentice—. Ames está intentando invocar al diablo. La semana pasada sacrificamos un perro y leímos los Mandamientos al revés; la anterior, recitamos unos cánticos de un libro viejo que Ben encontró en la biblioteca; antes de eso, orgías —sacudió la cabeza—. Pero no está funcionando. Dios sabe por qué. Uno pensaría que el diablo estaría tan encantado con Ames que lo habría reclutado para el equipo.

Prentice siguió a su vecino por los jardines, caminando con cuidado y preguntándose por qué. Pensó en su pulcra oficina en la calle Harmon, en la anciana señora Gleason, en el restaurante limpio y bien iluminado donde almorzaba y leía los titulares del periódico; y todo parecía terriblemente lejano. ¿Por qué, se preguntó, ando merodeando por los patios traseros con un lunático a medianoche?

¿Por qué?

—Hay luna llena esta noche, Prentice. Eso significa que lo intentarán de nuevo.

En silencio, sin hacer el menor ruido, Matthew Dystal se movió por el césped, manteniéndose siempre en las sombras. Un minuto después levantó la mano y se detuvo. Estaban en la parte trasera de la casa de los Ames. Dentro estaba oscuro.

—Vamos —susurró Dystal.

—Espera un momento —de alguna manera, la visión de su propia sala, aún iluminada, tranquilizó a Prentice—. Creo que ya he tenido suficiente por esta noche.

—¿Suficiente? —el rostro de Dystal se contrajo grotescamente. Apretó la manga de la chaqueta de Prentice con fuerza—. Escucha —siseó—, escucha, idiota. Estoy arriesgando mi vida para ayudarte. ¿Aún no lo entiendes? Si se enteran de que he hablado… —soltó la manga—. Prentice, por favor. Tienes una oportunidad ahora, una oportunidad para salir de este maldito lío; pero no la tendrás por mucho tiempo. ¡Créeme!

Prentice suspiró.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó.

—Nada. Ven conmigo, en silencio. Están en el sótano.

Respirando con dificultad, Dystal rodeó la casa. Se detuvo ante una pequeña ventana a ras de suelo. Estaba cerrada.

—Prentice. Con cuidado. Agáchate y que no te vean.

Con movimientos lentos, Dystal extendió la mano y empujó la ventana. Se abrió un centímetro. La empujó de nuevo. Se abrió otro centímetro. Prentice vio un rayo de luz amarilla que salía por la rendija. Al instante sintió la garganta muy seca y dolorida. Se oyó un ruido. Un murmullo bajo, un susurro, como un tarareo lejano.

—¿Qué es eso?

Dystal se llevó un dedo a los labios e hizo un gesto:

—Aquí.

Prentice se arrodilló junto a la ventana y miró hacia la luz. Al principio no podía creer lo que veían sus ojos. Era un sótano, como otros sótanos de casas antiguas, con una gran caldera de hierro, suelo de cemento y vigas pesadas. Esto sí lo reconoció y comprendió. El resto, no. En el centro del suelo había un dibujo, obviamente hecho con tizas de colores. A Prentice le pareció una Estrella de David, aunque había otros dibujos alrededor y dentro. No eran particularmente artísticos, pero sí intrincados. En el centro había una gran taza, parecida a una ensaladera, vagamente familiar, vacía.

—Ahí —susurró Dystal, retirándose.

Ligeramente a la izquierda se veían un círculo y un pentagrama, cuyos cinco vértices tocaban la circunferencia por igual. Prentice parpadeó y dirigió su atención a la gente. De pie sobre un bloque de madera, rodeado de hombres y mujeres, había una figura con una túnica negra y una corona en forma de serpiente. Era Ames.

Su esposa, Charlotte, vestida con un vestido blanco, estaba a su lado. Sostenía una lámpara.

También vestidos con túnicas estaban Ben y Rhoda Roth, Bud Reiker y su esposa, los Cummings, los Chambers, los Johnson… Prentice se sacudió el repentino mareo y se cubrió los ojos con la mano. A la derecha, cerca del horno, había una mesa cubierta con una sábana blanca. Y a sesenta centímetros, una extraña estructura hexagonal con velas negras encendidas desde una docena de aberturas.

—Escucha —dijo Dystal.

Ames tenía los ojos cerrados. En voz baja, recitaba:

Toda degradación, toda infamia, la sufrirás.
Tu cabeza bajo el fango, la droga de mujeres despreciables,
como en un sueño odioso, para finalmente yacer;
la mujer debe pisotearte mientras respiras ese humo mortal;
los gusanos más viles deben arrastrarse,
los vampiros más repugnantes deben acechar…

—La Gran Bestia —rio Dystal.

—Yo —dijo Ames— soy Ipsissimus —y los demás corearon—: Él es Ipsissimus.

—He leído los libros, Señor Oscuro. ¡He leído el Libro de la Magia Sagrada de Abramelin el Mago, y lo rechazo!

—¡Lo rechazamos! —murmuraron los Roth.

—El poder del Bien siempre estará al servicio del poder de la Oscuridad —levantó las manos—. En tu altar está la estela de Ankf-f-nKhonsu; allí también, el Libro de los Muertos y el Libro de la Ley, seis velas a cada lado, mi Señor, la Campana, el Buril, el Lamen, la Espada, la Copa y los Pasteles de la Vida…

Prentice miró a las personas que había visto hacía solo unas horas en su sala de estar y se estremeció. Se sentía muy débil.

—Nosotros, tus siervos —dijo Ames, haciendo señas—, imploramos tu presencia, Señor de la Noche y de la Vida Eterna, Soberano de las Almas de los hombres en todo tu vasto dominio.

Prentice comenzó a levantarse, pero Dystal lo agarró de la chaqueta.

—No —dijo—. Espera. Espera un minuto más. Esto es algo que debes ver.

—...Vivimos para servirte, concédenos...

—Está suplicando al diablo que aparezca —susurró Dystal.

—...esta noche, y que le ofrezca el regalo más grande y preciado. ¡Acepta nuestra ofrenda!

—¡Acéptala! —gritaron los demás.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó Prentice, afiebrado.

Entonces Ames dejó de hablar y los demás guardaron silencio. Ames levantó la mano izquierda y la bajó. Chris Cummings y Bud Reiker hicieron una reverencia y retrocedieron hacia las sombras, donde Prentice no podía verlos. Charlotte Ames se acercó a la estructura hexagonal con las velas y recogió un objeto largo y delgado. Regresó y se lo entregó a su esposo. Era un cuchillo.

—¡No matarás! —gritó Ed Chambers, y cruzó el pentagrama hasta la mesa cubierta con una sábana.

Prentice se frotó los ojos.

Bud Reiker y Chris Cummings regresaron al centro de luz. Llevaban un bulto envuelto en mantas. El bulto se agitaba y emitía extraños ruidos amortiguados. Los hombres lo levantaron y lo colocaron sobre la mesa. Ames asintió y bajó del bloque de madera. Caminó hacia la mesa y se detuvo; el cuchillo de carnicero de hoja larga brillaba con el resplandor de las velas.

—¡A Ti, oh Señor del Inframundo, te ofrecemos esto! ¡A Ti, el regalo más preciado de todos!

—¿Qué es? —preguntó Prentice—. ¿Qué es?

La voz de Dystal era firme y ansiosa.

—Una virgen —dijo.

Entonces retiraron la manta. Prentice sintió que los ojos se le salían de las órbitas, que el corazón le latía con fuerza en el pecho.

—Ann —susurró con voz ahogada—. ¡Ann!

El cuchillo se alzó.

Prentice se puso de pie de un salto y luchó contra el mareo.

—Dystal —gritó—. Dystal, por Dios, ¿qué están haciendo? ¡Detenlos! ¿Me oyes? ¡Detenlos!

—No puedo —dijo Matthew Dystal con tristeza—. Es demasiado tarde. Me temo que tu esposa dijo algunas cosas que no debió haber dicho, Prentice. Verás, llevamos mucho tiempo buscando a alguien así…

Prentice intentó abalanzarse, pero el esfuerzo le hizo perder el equilibrio. Cayó al suelo. Sentía los brazos y las piernas entumecidos, y recordó, de repente, el sabor amargo de la bebida que había tomado.

—En realidad era inevitable —dijo Dystal—. Es decir, el chico lo sabía, y te lo habría contado tarde o temprano. Y habrías empezado a investigar, y… oh, ya me entiendes. Le dije a Lucian que deberíamos haber comprado la casa, pero es tan obstinado; ¡cree que lo sabe todo! Ahora, claro, tendremos que quemarla, y eso sí que parece un desperdicio —negó con la cabeza—. Pero no te preocupes. Para entonces estarás dormido y, te lo prometo, no sentirás nada. De verdad.

Prentice apartó la mirada de la ventana y gritó en silencio durante un largo rato.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: La gente nueva (The New People), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El hombre que aullaba»: Charles Beaumont; relato y análisis


«El hombre que aullaba»: Charles Beaumont; relato y análisis.




El hombre que aullaba (The Howling Man) es un relato de terror del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1959 de la revista Rogue, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys). El propio Charles Beaumont adaptó la historia para el episodio 41 de la serie La dimensión de desconocida (The Twilight Zone).

El hombre que aullaba, uno de los mejores cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de David Ellington, quien, tras un disipado viaje inicial, decide dejar atrás sus indiscreciones y recorrer Europa en bicicleta, poco después de la Gran Guerra. Cierto día, en un área rural de Alemania, sufre un accidente, y es rescatado por unos monjes, quienes lo llevan al interior de la abadía de San Wulfran, donde, literalmente, algo aúlla espantosamente dentro de sus muros.

SPOILERS.

Charles Beaumont hace olvidarnos de los viejos monasterios de la literatura gótica, y nos presenta la misteriosa Abadía de St. Wulfran, posiblemente el peor albergue del mundo. Ubicada en un pintoresco valle alemán, la Abadía cuenta con pisos sucios, camas de paja y monjes excéntricos que se niegan a responder las preguntas más elementales de su más reciente huésped, el señor Ellington. Basta quedarse allí el tiempo suficiente para escuchar los aullidos del invitado más antiguo.

En efecto, desde algún lugar de St. Wulfran se oyen espantosos aullidos, totalmente inhumanos, que no cesan ni por un instante. Intrigado, Ellington logra eludir la vigilancia de los monjes, y descubre a este hombre encerrado en una celda, caminando en círculos, en cuatro patas, y aullando como un animal. El sujeto asegura que fue atrapado por en Abad hace cinco años, y que desde entonces está encerrado allí, como un bestia a la cual se le niegan las atenciones rudimentarias.

Finalmente, Ellington enfrenta al Abad. Este sostiene que el prisionero no es un hombre, sino el Diablo. Desde que fue encerrado, sostiene el Abad, no ha habido guerras en el mundo, y Alemania ha florecido nuevamente. Desde luego, Ellington considera que el padre delira. Se rehúsa a creer en la posibilidad de que el Diabo, y no un pobre hombre cualquiera, esté encerrado en la Abadía. Mediante un ardid, logra liberarlo, solo para descubrir que, efectivamente, el prisionero era el gran Adversario de Dios.

Ellington regresa a Boston, donde años después vuelve a ver el rostro del hombre que aullaba en los periódicos. Se trata nada menos que de Adolf Hitler.

La historia está impregnada de una sensación de nostalgia por la Alemania anterior a la Segunda Guerra Mundial. Charles Beaumont la compara con un paraíso; y se refiere al cruce de la frontera belga-alemana como si uno atravesara una puerta invisible hacia un reino de luz. Sin embargo, la Alemania de la posguerra nunca volverá a esa belleza. Como el Edén, el jardín ha sido estropeado por el pecado. ¿De quién? Del propio Ellington. Si bien Hitler es la encarnación del Diablo, la serpiente tentadora, es David Ellington quien lo libera en el mundo. En este contexto, es interesante cómo las experiencias liberales de Ellington lo condicionan a identificarse con el hombre que aullaba, y no con los monjes.

El hombre que aullaba de Charles Beaumont plantea la necesidad del bien para la liberación del mal, utilizando elementos extraños, pero eficaces, para explicar el surgimiento de Hitler en Europa. En esencia, se trata de una alegoría poco velada del relato cristiano de la Creación, donde el pecado original entra en el mundo debido a la tentación. En última instancia, el deseo de Ellington por creer que conoce la diferencia entre el bien y el mal, es su ruina. Al hacer el bien, liberando al hombre, trae el mal al mundo. La historia refleja muy bien aquello de que el camino al infierno está está pavimentado de buenas intenciones.

Sería un error grave atribuirle a El hombre que aullaba de Charles Beaumont la idea de que los nazis estaban relacionados con fuerzas sobrenaturales. Eso sería demasiado sencillo, precisamente porque los actos cometidos por Alemania podrían explicarse como producto de influencias más allá de la comprensión humana. Lamentablemente, Hitler no era más que un hombre, pero también una prueba de las profundidades extremas de la perversión humana, los horrores de los que solo el hombre es capaz.





El hombre que aullaba.
The Howling Man, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


La Alemania de esa época era una tierra de valles y montañas y rápidos ríos oscuros, una tierra verde y fértil. No había otro país como este. Al cruzar la frontera desde Bélgica, donde los guardias con bigote y capa de lluvia saludaron, sonriendo, como soldados de la opereta, entrabas en un mundo completamente diferente. Aquí, la hierba se volvía tan rica y suave como el terciopelo; aparecían profundos y espesos bosques; el aire mismo, que había estado cargado con el perfume francés de vinos y salsas, cambiaba: el olor limpio y fresco de lagos, pinos y rocas entraba en tus pulmones.

Entonces, en la frontera, mientras observabas a los halcones que volaban en círculos te preguntabas, con un poco de miedo, cómo podría ocurrir tal cosa. En menos de un minuto habías pasado de una habitación vieja y mohosa, a través de una puerta invisible, a un reino de vientos y luz. ¡Increíble! Pero allí, a tus pies, claramente a la vista, estaba Bélgica, como todo el resto de Europa, un tapiz desvaído de una mansión olvidada.

En ese tiempo, antes de haber oído hablar de St. Wulfran, del miserable que arañó las piedras de una celda cerrada, llorando en las horas de la medianoche, o de los tontos hermanos y su loco abad, tenía las piernas fuertes y la mente centrada. En un instante volveré a eso. Sentiremos la enfermedad, la caída y el vuelo al borde de la muerte, juntos. Pero no soy escritor, solo alguien que ama las palabras salvajes e ininterrumpidas. Mi historia debe tener un comienzo.

París me llamó en mi juventud. Y la escuché, por la razón que la mayoría de los hombres jóvenes recién salidos de la universidad prestan atención, aunque nunca lo admitirían: acostarse con misteriosas mujeres hermosas.

Una educación sólida y tradicional en Boston había tenido éxito. Pero mis sueños nocturnos de horas oscuras y retorcidas, más allá de lo imaginable, alcanzaron, finalmente, la insoportable etapa más allá de la cual yace la locura o la respetabilidad. Sin imaginarme nada, logré convencer a mis padres de que un año en el extranjero agregaría exactamente la cantidad adecuada de condimento a mi madurez, como una pizca de curry en una sopa, por lo demás insípida.

Me temo que mi padre captó el brillo de mis ojos, pero fue amable. Describiendo, en detalle y con inmenso efecto, las horribles consecuencias de la despilfarro. Narró historias de hombres que habían ido a Europa, inocentemente, y habían caído en disoluciones tan profundas que ya nunca se supo más de ellos. Pero yo era un Ellington, de manera que finalmente me salí con la mía.

París, por supuesto, era encantador y aterrador, como lo debe ser una jungla para un mono nacido en un zoológico. Por respeto a los muertos honrados, y a papá, hice un rápido paseo por las Tullerías, el Louvre y bajé por los Campos Elíseos hasta el Arco del Triunfo; luego, con la caída de la noche, me dirigí a Montmartre y la Rue Pigalle, embarcándome en la Gran Aventura. Sinópticamente, no resultó ser tan grandioso como había imaginado; tampoco fue, después de la cuarta semana, tan terriblemente aventurero. Aun así: es importante mencionarlo para lo que siguió.

Mi salud se debilitó a su debido tiempo y, como mi sed había estado bien y verdaderamente apagada, no estaba muy descontento por hundirme de nuevo en el capullo contemplativo para el que, aparentemente, estaba más adaptado. Estuve acostado durante un mes, en silencio célibe y con una inactividad casi total. Entonces, sin duda como un gesto final de rebelión, se me ocurrió la idea, que podríamos calificar como no ellingtoniana.

Yo exploraría Europa. Pero no como turista, seguro y gordo en su autobús gordo y seguro, aislado de la belleza y la fealdad de las culturas cambiantes por un cristal y una habitación en un hotel de habla inglesa. No. Iría como un viento sin protección, una hoja con botas de siete ligas, un pájaro sin nido, y vería esta tierra extraña y oscura con la visión de un niño. Iría en bicicleta, pobre y solo y buscando, tan pobre y solo y buscando, de todos modos, como uno puede estar con cien mil en el banco y una sociedad en Ellington, Carruthers and Blake esperando.

Y así fue.

La sangre y los músculos de Nueva Inglaterra se marchitaron en el primer día de pedaleo. Como una hormiga que se arrastra, decaída, recorrí el cuerpo de Europa. Cené en restaurantes donde colgaban cabezas de jabalí, dormí en posadas de campo y respiré humedad, y a veces las chicas venían a la puerta y llamaban y me preguntaban si tenía todo lo que necesitaba ("Bueno...")

No profundizo en la respuesta. No importa.

Fuera de Francia pedaleé, en Bélgica, entre las vacas y bosques, montañas, arroyos y gente risueña, hasta Alemania. (Me he rapsodizado a propósito porque creo que es muy importante recordar cuán completamente paradisíaca era esa tierra entonces)

Me veía extraño, de pie allí. El guardia fronterizo me preguntó si me había perdido, no respondí nada. Serpenteé a través de bosques, ciudades, pueblos, aldeas. Irrazonablemente, pedaleé como hacia un destino: en el país del valle del Mosela, en las desoladas colinas de esmeralda.

En un ferry, caído en desuso, viajé hasta un bosque. Los árboles se cerraron a la vez. Bebí el aire fragante y pedaleé y pedaleé, pero un calor comenzó a crecer dentro de mi cuerpo. Me empezó a doler la cabeza. Me sentí débil. Dos millas más y me vi obligado a parar. ¿Conoces los signos de la neumonía? Un agotamiento de la fuerza, un temblor, destellos de calor y frío; visiones.

Me acosté en una cama de hojas húmedas por un tiempo.

Me pareció ver un pueblo del siglo XIII, gris y de calles estrechas, empedrado a los escaparates ocultos de la tienda. Varias personas mayores con trajes de campesinos levantaron la vista cuando me vieron. La debilidad, como el ácido, quemaba mis nervios y músculos.

Desperté con el olor a orina y heno. La fiebre había pasado, pero mis brazos y piernas estaban pesados como troncos, mi cabeza palpitaba horriblemente y había un agujero vacío dentro de mi estómago. Durante un tiempo no me moví ni abrí los ojos. La respiración fue un gran esfuerzo. Pero la conciencia llegó, eventualmente. Estaba en una habitación pequeña. Las paredes y el techo eran de áspera piedra gris, la única ventana sin vidrio tenía forma de arco, el piso era de tierra. Mi cama no era una cama, sino una manta arrojada sobre una pila desordenada de paja. A mi lado, una mesa tosca; sobre ella, una jarra; debajo de ella, un cubo. Al lado de la mesa, un taburete. Y sentado allí, dormido, una cabeza colgaba dormida sobre una túnica, un monje.

Debo haber gruñido, porque el monje se movió precipitadamente. Dos senderos plateados brillaban por las esquinas de la boca repentinamente expuesta, que caía en un ceño fruncido. Los ojos entrecerrados parpadearon.

—Es la infinita misericordia de Dios —suspiró el pequeño hombre parecido a un gnomo—. Te has recuperado.

—Todavía no —le dije.

Sin éxito, traté de recordar lo que había sucedido. Entonces hice algunas preguntas.

—Soy el Hermano Christophorus. Esta es la Abadía de San Wulfran. El Burgemeister de Schwartzhof, Herr Barth, lo trajo a nosotros hace nueve días. El padre Jerome dijo que morirías y me envió a mirar, porque nunca he visto morir a un hombre, y el padre Jerome sostiene que es beneficioso para un hermano tener este tipo de experiencia. Pero ahora supongo que no morirás —Sacudió la cabeza con pesar.

—Su desilusión me apena —dije—. Sin embargo, no abandone la esperanza.

—No —dijo el hermano Christophorus con tristeza—. Se recuperará. Tomará tiempo. Pero se recuperará.

—Qué ingratitud de mi parte, después de todo lo que has hecho. ¿Cómo puedo expresar mis disculpas?

Él parpadeó de nuevo. Con la inocencia de un niño, dijo:

—¿Perdón?

—Nada.

Me quejé de las mantas, un fuego, algo de comida para comer, y luego volví a caer en el pozo del sueño. Llegó un sueño febril de bosques llenos de bestias gigantes de dos cabezas, luego el sonido de gritos.

Desperté. El grito continuó: fuerte, alto, cortante, como un grito de ayuda.

—¿Qué es ese sonido? —pregunté.

El monje sonrió.

—¿Sonido? No escucho ningún sonido —dijo.

Se detuvo.

Asentí.

—Estaba soñando. Probablemente escucharé mucho más antes de que termine. No debería haber dejado París en tan mal estado.

—No —dijo—. No deberías haber dejado París.

Amablemente ahora, resignado a mi recuperación, el hermano Christophorus me dispensó grandes atenciones. Como una niña, me echó sopas espesas, aplicó compresas, recitó oraciones relajantes y vació el cubo de orina por la ventana. El tiempo pasó lentamente. Mientras luchaba contra la enfermedad, los sueños se volvieron menos vívidos, pero los gritos nocturnos no disminuyeron. Estaban tan llenos de terror y soledad como antes, fuertes, reales en mis oídos. Traté de excluirlos, pero no lo conseguí. Aun así, ¿cómo podrían ser fuertes y reales, excepto en mi delirio? El hermano Christophorus no los escuchaba. Lo observé de cerca cuando la luz del sol se desvaneció al gris del anochecer y comenzaron los gritos, pero él estaba sordo para ellos, si es que existían en absoluto.

—Quédate quieto, hijo mío. Es la fiebre la que te hace oír estos ruidos. Eso es bastante natural. ¿No es eso completamente natural? Duerme.

—¡Pero la fiebre se fue! Estoy bien ahora. ¡Escucha! ¿Quieres decir que no escuchas eso?

—Solo te escucho a ti, hijo mío.

Los gritos, esa decimocuarta noche, continuaron hasta el amanecer. Fueron totalmente diferentes a cualquier sonido en mi experiencia. Imposible creer que un humano pudiera emitirlos y sostenerlos, sin embargo, no parecían ser animales. Escuché, allí en la penumbra, mis manos se apretaron en puños, y supe, de repente, que una de las dos cosas debía ser cierta. O alguien o algo estaba haciendo estos horribles sonidos, y el hermano Christophorus estaba mintiendo, o... me estaba volviendo loco.

Tendría que encontrar la respuesta: eso lo sabía. Y por mí mismo.

Escuché con un nuevo oído los aullidos. Arrastrando debajo de la puerta, se elevaron al tono de la ópera, se calmaron, se reanudaron, como los gritos de un niño hosco e histérico. Para probar su realidad, tarareé por lo bajo, me tapé la cabeza con una manta, tosí. Ninguna diferencia. La calidad de la sustancia, de la existencia, estaba allí. Intenté, entonces, localizar los gritos; y, en la decimoquinta noche, estaba seguro de que venían de un lugar no muy lejos del pasillo.

—Los sonidos que escuchan los maníacos les parecen bastante reales.

—Lo sé. ¡Lo sé!

El monje estaba a mi lado, manteniendo una vigilancia constante incluso a través de las horas de oración. Se unía a los cantos lejanos, y rezaba en exceso. Pero nada podría tentarlo. Nos traían la comida, al igual que todas las demás necesidades. Vería al abad, el padre Jerome, una vez que me recuperara. Mientras tanto.

—Me siento mejor, hermano. Quizás quieras mostrarme el lugar. No he visto nada de St. Wulfran excepto esta pequeña habitación.

—No hay mucho para ver. Nuestra orden es austera. Los franciscanos, ahora, se permiten el placer estético; nosotros no. Es, para nosotros, un lujo. Tenemos un trabajo único e inusual. No hay nada que ver.

—Pero seguramente la abadía es muy antigua.

—Sí, eso es verdad.

—¿Qué es lo que no quieres que vea? ¿De qué tienes miedo, hermano?

—Señor Ellington, no tengo la autoridad para otorgarle su solicitud. Cuando esté lo suficientemente bien como para irse, el padre Jerome sin duda estará encantado de complacerlo.

—¿Se alegrará también de explicar los gritos que escuché todas las noches desde que estuve aquí?

—Descansa, hijo mío. Descansa.

El chillido profano y agudo se desató y rebotó en los duros muros de piedra. El hermano Christophorus se santiguó, a propósito de nada, y se sentó en el taburete. Sabía que le caía bien. Especialmente, tal vez. Nos habíamos llevado bastante bien en todas nuestras charlas, pero no lograba sacarle nada a su discurso.

Cerré mis ojos. Conté hasta trescientos. Volví a abrirlos.

El buen monje estaba dormido. Blasfemé, suavemente, pero él no se movió, así que balanceé mis piernas sobre el costado de la cama de paja y me abrí paso por el piso de tierra hasta la pesada puerta. Descansé allí un tiempo, en la oscuridad sin velas, escuchando los aullidos; luego, con discreción bostoniana, levanté el cerrojo. Las bisagras oxidadas crujieron, pero el hermano Christophorus estaba inmerso en el mármol celestial: su cabeza caía sobre su pecho.

Jadeando, débil como un pez en la orilla, salí al pasillo.

Los gritos se volvieron imposiblemente fuertes. Me llevé las manos a los oídos, instintivamente, y me pregunté cómo alguien podría dormir con tal furor. ¿Acaso estaba en mi mente? La idea me pareció irreal. El monasterio se sacudía con estos agudos gritos. Podías sentir su vibración en los dientes.

Pasé la celda de un hermano y escuché, luego otra; entonces me detuve. Una puerta gruesa, hecha de roble o pino, estaba cerrada con llave delante de mí. Detrás estaban los gritos.

Un escalofrío me atravesó al borde de esos gritos indecibles de angustia desesperada e impotente, y por un momento consideré regresar, no a mi habitación, no a mi cama de paja, sino de regreso al mundo. Pero el deber me retuvo. Respiré y caminé hacia la estrecha ventana cruzada por una barra de hierro y miré adentro.

Un hombre estaba en la celda, en cuatro patas, dando vueltas como una bestia, con la cabeza echada hacia atrás, un hombre.

La luz de la luna mostraba su rostro. No puede ser descrito, al menos no por mí. Un hombre después de la muerte podría verse así, una víctima de los tormentos de la Inquisición, la estaca, las pinzas: seguramente no un humano en la tercera década del siglo XX. Nunca había visto tanto sufrimiento en dos ojos, un sufrimiento tan perdido y loco. Desnudo, se arrastró por la tierra, lloró, se puso de pie de un salto y arañó las duras paredes de piedra con furia.

Entonces me vio.

Los gritos cesaron. Se acurrucó, parpadeando, en la esquina de su celda. Y luego, como si no estuviera seguro de lo que había visto, caminó directamente hacia la puerta. En alemán, siseó:

—¿Quién eres?

—David Ellington —le dije—. ¿Estás encerrado? ¿Por qué te han encerrado?

Sacudió la cabeza.

—Quédate quieto, quédate quieto. ¿No eres alemán?

—No.

Le conté cómo llegué a estar en St. Wulfran.

—¡Ah! —temblando, sus dedos córneos se cerraron en los barrotes—. Escúchame, solo tenemos unos momentos. Están locos. ¿Oyes? Los monjes. Todos locos. Estaba en el pueblo, acostado con mi mujer, cuando su loco Abad irrumpió en la casa y me golpeó con su pesada cruz. Me desperté aquí. Me azotaron. Pedí comida, no me la dieron. Me quitaron la ropa. Me arrojaron a esta sucia celda.

—¿Por qué?

—¿Por qué? —gimió—. Ojalá lo supiera. Eso ha sido lo peor. Cinco años encarcelado, golpeado, torturado, muerto de hambre, y sin una razón, ni una palabra: Señor Ellington, he pecado, pero, ¿quién no? Con mi mujer, en silencio, solo con mi mujer, mi amor. Y este lunático borracho, Dios, Jerome, no puede soportarlo. ¡Ayúdame!

Su aliento salpicaba mi cara. Di un paso atrás e intenté pensar. No podía creer que en este siglo pudiera suceder algo tan aterrador. Sin embargo, la Abadía estaba aislada, fuera del mundo, atemporal. ¿Qué no podría suceder aquí, en secreto?

—Hablaré con el Abad.

—¡No! Es el más loco de todos. No le digas nada.

—Entonces, ¿cómo puedo ayudarte?

Presionó su boca contra los barrotes.

—Solo de una manera. Alrededor del cuello de Jerome hay una llave. Encaja en esta cerradura. Si solo pudieras…

—¡Señor Ellington!

Me volví y me enfrenté a una feroz pintura de El Greco de un hombre. Salió de la oscuridad con barba blanca, nariz de proa, regio como un emperador debajo de la túnica de pico gris.

—Señor Ellington, no sabía que estaba lo suficientemente bien como para caminar. Venga conmigo, por favor.

El hombre desnudo comenzó a llorar histéricamente. Sentí un apretón de acero alrededor de mi brazo. A través de los pasillos, pasando por las celdas llenas de ronquidos, los ecos de la muerte llorando, continuamos a una habitación.

—Debo pedirle que se vaya de St. Wulfran —dijo el abad—. Carecemos de las instalaciones adecuadas para atender a los enfermos. Se harán arreglos en Schwartzhof.

—Un momento —dije—. Si bien es probable que sea cierto que el ayuda del hermano Christophorus me haya salvado la vida, y ciertamente es cierto que tengo con ustedes una deuda de gratitud, tengo que pedir una explicación. ¿Qué hace ese hombre en una celda?

—¿Qué hombre? —dijo el Abad suavemente.

—El que acabamos de dejar, el que ha gritado toda la noche, todas las noches.

—Ningún hombre ha estado gritando, señor Ellington.

Sintiéndome repentinamente muy débil, me senté. Entonces dije:

—Padre Jerome... ese es su nombre, ¿verdad? No soy necesariamente una persona irreligiosa, pero tampoco podría ser considerado particularmente religioso. No sé nada de monasterios, qué está permitido, qué no. Pero dudo seriamente de que tengan la autoridad de encarcelar a un hombre contra su voluntad.

—Esto es bastante cierto. No tenemos tal autoridad.

—Entonces, ¿por qué lo han hecho?

El Abad me miró fijamente. Con una voz firme e inflexible, dijo:

—Ningún hombre ha sido encarcelado en St. Wulfran.

—Él dice lo contrario.

—¿Quién dice lo contrario?

—El hombre en la celda al final del corredor.

—No hay ningún hombre en la celda al final del corredor.

—¡Estaba hablando con él cuando usted llegó!

—No estaba usted hablando con ningún hombre.

La convicción en su voz me sorprendió. Me agarré los brazos de la silla.

—Está enfermo, señor Ellington —dijo el hombre santo con barba—. Ha sufrido un delirio. Ha escuchado y visto cosas que no existen.

—Eso es cierto —dije—. Pero el hombre en la celda, cuya voz puedo escuchar ahora, no es una de esas cosas.

El Abad se encogió de hombros.

—Los sueños pueden parecer muy reales, hijo mío.

Eché un vistazo a la correa de cuero alrededor de su cuello de pavo engullido, casi oculta bajo la barba.

—Los hombres honestos son mentirosos muy poco convincentes —mentí convincentemente—. El hermano Christophorus tiene una forma de mirar el piso cada vez que niega los gritos en la noche. Me mira, pero su voz pierde firmeza. No puedo imaginar por qué, pero ambos están muy decididos a mantenerme alejado de la verdad. Lo cual no es solo un pobre cristianismo, sino también una pobre psicología. Solo dígamelo, padre; lo descubriré eventualmente.

—¿Qué quiere decir?

—Solo eso. Estoy seguro de que la policía estará interesada en saber de un hombre encarcelado en la Abadía.

—Insisto: ¡no hay tal hombre!

—Muy bien. Olvidemos el asunto.

—Señor Ellington —el Abad puso sus manos detrás de la espalda—. La persona en la celda es, ah, uno de los Hermanos. Sí. Está sujeto a... ataques, convulsiones. En estos momentos está en una de sus crisis, por cierto, intratables. Se pone violento. ¡Peligroso! Estamos obligados a encerrarlo en su celda, algo que seguramente puede entender.

—Entiendo —dije—, que todavía me está mintiendo. Si la respuesta fuera tan simple como esa, no habría pasado por el complicado asunto de fingir que estaba delirando. No habría sido necesario. Hay algo más, pero puedo esperar.

El padre Jerome tiró de su barba con saña, como si fuera un demonio emplumado que se burlara de él.

—¿Verdaderamente iría a la policía? —preguntó.

—¿Acaso usted no lo haría, estando en mi posición? —dije.

Lo consideró durante mucho tiempo, tirando de la barba, asintiendo con la cabeza de proa; y los gritos continuaron, tan distantes, tan reales. Pensé en el hombre desnudo arañando su suciedad.

—¿Lo haría, padre?

—Señor Ellington, veo que tendré que ser honesto con usted, lo cual es una lástima —dijo—. Si hubiera seguido mi instinto original y me hubiera negado a permitirle entrar en la Abadía... pero no tuve otra opción. Estuvo cerca de la muerte. No había ningún médico disponible. Hubiera perecido. Aun así, tal vez eso hubiera sido mejor.

—Mi recuperación parece haber decepcionado a mucha gente —comenté—. Le aseguro que fue involuntario.

El viejo no hizo caso de mi comentario. Metiendo sus manos mandarinas en las mangas de su túnica, habló con gran determinación.

—Cuando dije que no había ningún hombre en la celda al final del corredor, estaba diciendo la verdad. ¡Siéntese, señor! ¡Por favor! Ahora —Él cerró los ojos—. Hay mucho en la historia, mucho que no entenderá ni creerá. Es usted sofisticado, o siente que lo es. Considera nuestra vida aquí, sin duda, como primitiva...

—En efecto, yo…

—De hecho, lo sé. Conozco las teorías actuales. Los monjes son inadaptados, neuróticos, frustrados sexuales y aberrantes. Se retiran del mundo porque no pueden hacer frente al mundo. Etcétera. ¿Le sorprende que sepa estas cosas?

Levantó la cabeza, revelando más de la correa de cuero.

—Hace cinco años, señor Ellington, no había gritos en St. Wulfran. Esta era una pequeña abadía sin distinciones en la salvaje región de la Montaña Negra, y el trabajo de sus reclusos era simplemente servir a Dios, salvar a las almas que podían mediante la oración constante. En ese momento, no mucho después de la guerra, el mundo estaba en caos. Schwartzhof no era el pueblo feliz que ves ahora. Era, hijo mío, un recurso para los pecadores, una colmena de vicios y corrupción, un pozo para los incautos, y también los cautelosos, si no tenían fuerzas. ¡Un lugar sin Dios! Abandonados, los fornicarios desfilaron por las calles. El juego estaba en todas partes. Robo y asesinato, borrachera y males tan profundos que no puedo expresarlos con palabras. ¡En todo el universo no podría haber encontrado un lugar más pestilente, señor. Ellington!

»Lamento decir que Wulfran sucumbió durante años a Schwartzhof. Hombres buenos, amantes de Dios, hombres castos vinieron aquí y pelearon, pero no pudieron vencer a las tentaciones negras. Finalmente se decidió que la Abadía se cerrara. Escuché de esto y discutí. ¿Eso no es rendición? Dije. ¿Debemos inclinarnos ante la fuerza del mal? Déjenme intentarlo, rogué a las autoridades. ¡Permítanme tratar de amplificar la palabra de Dios para que todos en Schwartzhof escuchen y vean sus oscuras transgresiones y se arrepientan!

El viejo estaba de pie junto a la ventana, una sombra temblorosa. Ahora tenía las manos juntas en un fervor de recuerdo.

—Me preguntaron —dijo— si me consideraba más virtuoso que mis predecesores, ya que esperaba tener éxito donde ellos habían fallado. Respondí que no, pero que tenía una ventaja. Era un converso. Había caminado con la maldad y conocía su rostro. Mi deseo fue concedido. Por un año. Solo un año.

»Así llegué aquí, señor Ellington; y una noche, de incógnito, caminé por las calles del pueblo. El olor del mal era intenso. Demasiado fuerte, pensé, incluso para alguien que, en el pasado, se había deleitado en los callejones de Marruecos, que había visto las guaridas de Hong Kong, París, España. Las orgías eran demasiado salvajes, los borrachos estaban demasiado borrachos, las blasfemias eran excesivamente profanas. Era como si el mal del mundo hubiera sido destilado y centrado aquí, como si un jefe tribal pagano, escondido, hubiera reunido todos sus rituales sobre él.

El Abad asintió con la cabeza.

—Pensé en Roma, en sus últimos días; en Bizancio; en… el Edén. Ese fue el primero de muchos indicios por venir. No importa lo que fueran. Regresé a la Abadía y me puse mi túnica sagrada y volví a Schwartzhof . Me hice visible. Algunos se burlaron, otros se encogieron, una voz gritó: ¡Maldito sea tu Dios tonto! Y luego una mano salió de la oscuridad, tocó mi hombro y escuché: Hola, padre, ¿está perdido?

El Abad se llevó las manos apretadas a la frente. Lucía agitado.

—Señor Ellington, tengo un poco de vino aquí. Por favor, tome un poco.

—Bebí, agradecido. Entonces el sacerdote continuó.

—Me enfrenté a un hombre de apariencia promedio. Tan promedio, de hecho, que sentí que lo conocía. No, le dije, ¡pero tú sí estás perdido! Se echó a reír a carcajadas: ¿No lo estamos todos, padre? Luego dijo algo muy peculiar: dijo que su esposa se estaba muriendo y me rogó que le diera la extremaunción. Nos apresuramos a su casa. Una mujer yacía en una cama, con el cuerpo desnudo. Es una Unción Extrema diferente que tengo en mente, susurró, riendo. Es el único, querido Padre, que ella entiende. Y los brazos de la mujer se deslizaron, suplicando hacia mí, redondos, sensuales y ardientes...

El padre Jerome se estremeció y se detuvo. Los chillidos, pensé, se estaban haciendo más fuertes desde el pasillo.

—Ya es suficiente —dijo—. Estaba bastante seguro entonces. Levanté la cruz y dije las palabras que había aprendido, y todo terminó. Gritó, como lo está haciendo ahora, y cayó de rodillas. No esperaba ser reconocido. Pero en mi vida lo había visto muchas veces, de muchas maneras. Lo traje a la Abadía. Lo encerré en la celda. Y así, mi hijo, ¿Ves por qué no debes hablar de las cosas que has visto y oído?

Sacudí la cabeza, como si temiera que el sueño terminara, como si la realidad de repente explotara sobre mí.

—Padre Jerome —dije—, no tengo la menor idea de lo que está hablando. ¿Quién es el hombre?

—¿Es tan tonto, señor Ellington, como para necesitar que se lo digan?

—¡Sí!

—Muy bien —dijo el Abad—. Él es Satanás. También conocido como el Ángel Oscuro, Asmodeo, Belial, Ahriman, Diabolus, el Diablo.

Abrí la boca.

—Veo que duda de mí. Eso es malo. Piense, señor Ellington, en la paz del mundo en estos cinco años. En la prosperidad, en la felicidad. Piense en este país, Alemania, ahora. Es otro desde que atrapamos al Diablo y lo encerramos aquí, no ha habido grandes guerras ni pesadillas abrumadoras: solo los sufrimientos que el hombre debía soportar. Crea lo que digo, hijo mío; se lo ruego. Esfuérzate por creer que la criatura con la que habló es Satanás. ¡Luche contra su cinismo, porque nace de él; es el padre del cinismo, señor Ellington! ¡Su plan era derrotar a Dios implantando dudas en las mentes de los súbditos del Cielo!

El Abad se aclaró la garganta.

—Por supuesto —dijo—, nunca podríamos liberar a nadie de St. Wulfran que tuviera alguna parte del Diablo en él.

Miré al viejo fanático y pensé en él merodeando por las calles, buscando el pecado; lo vio indignado ante la audaz cama del fornicario, invitándolo a la Abadía, cerrando esa pesada puerta, y aferrándose a su fantasía a causa de la paz temporal de la posguerra. ¡Qué sueño más grande para un hombre santo que capturar realmente al diablo!

—Le creo —dije.

—¿Verdaderamente?

—Sí. Dudé solo porque parecía un poco extraño que Satanás hubiera elegido una pequeña aldea alemana para su hogar.

—Se mueve —dijo el Abad—. Schwartzhof lo enamoró como las vírgenes adorables atraen a los pervertidos.

—Ya veo.

—Entonces, ¿crees realmente, hijo mío?

—Sí. Lo juro. De hecho, pensé que el sujeto me parecía familiar, pero simplemente no podía ubicarlo.

—¿Estás mintiendo?

—Padre, soy un bostoniano.

—¿Y prometes no mencionar esto a nadie?

—Lo prometo.

—Muy bien —El viejo suspiró—. Supongo que no considerarías unirte a nosotros como hermano en la Abadía?

—Créame, padre, nadie podría admirar la vocación más que yo. Pero no soy digno. No; está fuera de discusión. Sin embargo, tiene mi palabra de que su secreto está a salvo conmigo.

Estaba muy cansado. El sonido, en estos años, se había invertido para él: los gritos se habían convertido en silencio, el cese repentino de ellos, ruido. La conversación tranquila del prisionero conmigo lo había despertado de un sueño profundo. Ahora él asintió con cansancio, y vi que lo que tenía que hacer no sería difícil después de todo. De hecho, no era más difícil que ir a buscar a las autoridades.

Regresé a mi celda, donde el hermano Christophorus aún dormía, y me acosté. Pasaron dos horas. Me levanté de nuevo y regresé a las habitaciones del Abad. La puerta estaba cerrada pero sin llave. La abrí, sincronizando los crujidos de las bisagras con los gritos del prisionero. Entré de puntillas. El padre Jerome yacía roncando en su cama.

Lentamente, con cautela, saqué la correa de cuero y quedé un poco asombrado por mi técnica. Ningún Ellington había robado alguna vez. Sin embargo, una fuerza, no como la experiencia, gobernaba mis dedos. Encontré el nudo. Lo trabajé hasta soltarlo.

La cálida llave de hierro se deslizó en mi mano.

El Abad se movió, luego se acomodó y me dirigí al pasillo.

El prisionero, cuando me vio, corrió hacia los barrotes.

—¡Te ha dicho mentiras, de eso estoy seguro! —susurró con voz ronca—. ¡No hagas caso al asqueroso loco!

—No dejes de gritar —dije.

—¿Qué?

Vio la llave y asintió, entonces, e hizo sus horribles sonidos. Al principio pensé que la cerradura se había oxidado, pero trabajé el metal lentamente y con el tiempo la llave giró.

Aullando todavía, de la manera más espantosa, el hombre salió al pasillo. Sentí un susto momentáneo cuando su mano arañada me tocó el hombro. Corrimos locamente hacia la puerta exterior, a través del suelo helado, hacia el pueblo.

La noche era muy negra.

Un dolor terrible llegó a mis piernas. Mi garganta se secó. Pensé que mi corazón se soltaría de sus amarres. Pero seguí corriendo.

—Espere.

Comencé a sentir un calor y una fatiga insoportables.

—¡Espere!

Me caí cerca de una hilera de tiendas. Mi pecho ardía de dolor, mi cabeza de miedo: sabía que los locos saldrían de su oscuro manicomio en la colina. Le grité al hombre desnudo:

—¡Alto! ¡Ayúdame!

—¿Ayudarte? —rio, un sonido agudo más horrible que los gritos; y luego se volvió y desapareció en la noche sin luna.

Encontré una puerta, de alguna manera.

Los golpes llamaron la atención de un burgués estriado. Finalmente llegaron policías y escucharon mi historia. Pero, por supuesto, fue negada por el padre Jerome y los hermanos de la Abadía.

—Este pobre viajero ha sufrido la visión de la neumonía. No había ningún hombre aullando en St. Wulfran. No, no, ciertamente no. ¡Absurdo! Ahora, si el señor Ellington deseara quedarse con nosotros, lo cuidaríamos felizmente, ¿no? Muy bien. Me temo que estarás delirando, hijo mío. Las cosas que ves serán bastante reales. ¡Qué pintoresco! Que has desatado al Diablo en el mundo y que la guerra por venir. ¿Qué guerra? ¿Acaso no siempre hay guerras? ¡Por supuesto! ¡Pensarás que es tu culpa! ¡Esos viejos ojos queman condenación! Y las noches que pasarás en vela, inseguro, asustado. ¡Que tonto!

Christophorus, parecía aterrorizado y triste. Me dijo, cuando el padre Jerome se retiró furiosamente:

—Hijo mío, no te culpes. Tu debilidad era su palanca. La duda desbloqueó esa puerta. Consuélate: lo cazaremos con nuestras redes, y un día…

—¿Un día qué?

Miré a la Abadía de St. Wulfran, enmarcada por el amanecer, y comencé a preguntarme, como me he preguntado mil veces desde entonces, si fue cierto lo que experimenté. La neumonía engendra delirio; el delirio genera visiones. ¿Era posible que hubiera imaginado todo esto?

No. Ni siquiera en Boston, donde crecían papadas, panzas, arrugas, sacos y dinero, en Ellington, Carruthers and Blake, podría aceptar esa respuesta.

Los monjes estaban locos, o el hombre que aullaba estaba loco. O todo fue una broma.

Realicé mi trabajo diario, como todo hombre debe hacer, si está cuerdo, aunque haya visto a los muertos levantarse o liberar a un djinn embotellado o luchar contra un dragón, una vez, hace mucho tiempo.

Pero no pude olvidar.

Cuando las imágenes del carpintero de Braumau-am-Inn comenzaron a aparecer en todos los periódicos, me puse nervioso; porque sentí que había visto a este hombre antes. Cuando el carpintero invadió Polonia, estaba seguro. Y cuando el mundo se vio sumido en la guerra y las ciudades sufrieron vísceras, y esa tierra agradable que había visitado se convirtió en un lugar de odio y muerte, ya no pude negarlo.

Soñé con él cada noche. Hasta esta semana.

Llegó una tarjeta. De Alemania. Una imagen del valle del Mosela, mostrando montañas llenas de uvas. En el otro lado de la tarjeta había un mensaje, firmado por el hermano Christophorus.

—Descansa ahora, hijo mío. Lo tenemos de nuevo con nosotros.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: El hombre que aullaba (The Howling Man), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Tal vez soñar»: Charles Beaumont; relato y análisis


«Tal vez soñar»: Charles Beaumont; relato y análisis.




Tal vez soñar (Perchance to Dream) es un relato de terror psicológico del escritor norteamericano Charles Beaumont (1929-1967), publicado originalmente en la edición de octubre de 1958 de la revista Playboy, y luego reeditado en la antología de 1960: Paseo nocturno y otros viajes (Night Ride and Other Journeys). Finalmente, Tal vez soñar sería adaptado por la prestigiosa serie The Twilight Zone en el episodio 9 de la temporada de 1959.

Tal vez soñar, uno de los grandes cuentos de Charles Beaumont, relata la historia de Philip Hall, un paciente cardíaco que asiste a una consulta con su psiquiatra, creyendo que si se queda dormido, morirá. Por otro lado, ya lleva despierto unas setenta y dos horas, con lo cual no le queda demasiado tiempo hasta que su corazón finalmente colapse.

SPOILERS.

Ahora bien, Philip Hall es un individuo con una prodigosa capacidad para soñar, a tal punto que fácilmente puede retomar el mismo sueño, noche tras noche, exactamente en el punto donde lo dejó (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción). En que su último sueño, Hall fue seducido por una misteriosa mujer en un parque de diversiones, quien lo convence para subirse a la montaña rusa. Despierta abruptamente justo cuando él y la muchacha, ya a bordo del carrito de la montaña rusa, están a punto de llegar a la cima y de precipitarse al vacío.

Hall sabe que, si se queda dormido, retomará el sueño exactamente en ese punto, y que su corazón no resistirá un descenso por la montaña rusa. Por otro lado, ya lleva tres días despierto, con lo cual su corazón también está al borde del infarto si sigue así. Este es el dilema que da título al relato: Tal vez soñar, el cual pertenece al famoso monólogo de Hamlet:


Morir es dormir... y tal vez soñar.


Tal vez soñar es uno de esos relatos de Charles Beaumont donde podemos observar una gran cantidad de motivos que luego serían desarrollados extensamente en el género. Por ejemplo, la idea de que si mueres en un sueño, mueres en la vida real, que rápidamente podemos asociar al clásico de Wes Craven: Pesadilla en Elm Street (Nightmare on Elm Street) (ver: Si la vida es sueño, ¿la muerte es el despertar?); o la posibilidad de que el tiempo del sueño sea distinto del tiempo que experimentamos estando despiertos, es decir que toda una vida, o varias vidas, pueden desarrollarse en un sueño de apenas unos segundos; motivo que forma parte del eje del argumento de la película de Chris Nolan: El origen (Inception).

Charles Beaumont fue un autor profético, capaz de crear argumentos fascinantes con muy pocos recursos, y finales que cortan el aliento. Tal vez soñar es uno de los mejores ejemplos de su capacidad, aparentemente inagotable, para causar asombro.




Tal vez soñar.
Perchance to Dream, Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—Por favor, siéntese —dijo el psiquiatra, indicando un sofá de cuero algo desgastado.

Automáticamente, Hall se sentó. Instintivamente, se echó hacia atrás. El mareo lo asaltó, sus párpados cayeron como persianas. Llegó la oscuridad. Se incorporó rápidamente y se dio una fuerte palmada en la mejilla derecha, luego otra en la izquierda.

—Lo siento, doctor —dijo.

El psiquiatra, que era alto y joven, asintió.

—¿Prefieres permanecer de pie? —preguntó gentilmente.

—¿Preferir? —Hall echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada—. Eso es bueno —dijo—. ¡Preferir!

—Me temo que no entiendo.

—Yo tampoco, doctor —se pellizcó la carne de la mano izquierda hasta que le dolió—. No, eso no es cierto. Entiendo perfectamente. Ese es todo el problema.

—¿Quieres decirme algo al respecto?

Es una tontería, pensó Hall; no puedes ayudarme. Nadie puede. ¡Estoy solo!

—Olvídalo —dijo, y se dirigió hacia la puerta.

El psiquiatra lo interceptó:

—Espera un minuto —su voz era amigable, preocupada; pero no condescendiente—. Huir no te hará mucho bien, ¿verdad?

Hall vaciló.

—Perdona el cliché. En realidad, huir es a menudo la mejor respuesta. Pero aún no sé si el tuyo es ese tipo de problema.

—¿El doctor Jackson te habló de mí?

—No. Jim dijo que te estaba enviando, pero pensó que sería mejor conocer los detalles de tu propia boca. Solo sé que te llamas Philip Hall. Tienes treinta y un años, y no has podido dormir en mucho tiempo.

—Sí. Mucho tiempo.

Para ser exactos, setenta y dos horas, pensó Hall, mirando el reloj. Setenta y dos horas horribles.

El psiquiatra apagó un cigarrillo.

—¿Y no estás cansado? —comenzó.

—¿Cansado? Dios sí. ¡Soy el hombre más cansado de la Tierra! Podría dormir para siempre. Si fuese por mí, nunca me despertaría.

—Por favor —dijo el psiquiatra.

Hall se mordió el labio. Supuso que no tenía mucho sentido hablar de eso. Pero, después de todo, ¿qué más podía hacer? ¿A dónde iría?

—¿Te importa si me pongo de pie?

—Párate sobre tu cabeza, si quieres.

—Está bien. Tomaré uno de tus cigarrillos.

Atrajo el humo a sus pulmones y se acercó a la ventana. Catorce pisos más abajo, la gente y los autos de juguete se movieron. Los miró y pensó, este tipo está bien. Agudo. Inteligente. Nada como lo que esperaba. ¿Quién sabe? Tal vez sea bueno.

—No estoy seguro por dónde empezar.

—No importa. El principio suele ser la mejor manera.

Hall sacudió la cabeza violentamente. El principio, pensó. ¿Había tal cosa?

—Relájate.

Después de una larga pausa, Hall dijo:

—Descubrí el poder de la mente humana cuando tenía diez años, o al menos cerca de esa edad, de todos modos. Teníamos un tapiz en la habitación. Era enorme, con flecos en los bordes, y todo eso. Mostraba a un grupo de soldados —soldados napoleónicos— a caballo. Estaban al borde de algún tipo de acantilado. El primer caballo estaba encabritado. Mi madre me contó algo. Me dijo que si miraba el tapiz el tiempo suficiente, los caballos comenzarían a moverse. Irían directamente hacia el precipicio, dijo. Lo intenté, pero no pasó nada. Ella dijo: Tienes que tomarte el tiempo necesario.

»Entonces, todas las noches, antes de acostarme, me sentaba y miraba ese maldito tapiz. Y, finalmente, sucedió. Todos los caballos, todos los hombres fueron hasta el borde del acantilado.

Hall apagó el cigarrillo y comenzó a caminar.

—Me asustó muchísimo —dijo—. Cuando volví a mirar, todos estaban de vuelta en sus lugares. Más tarde lo intenté con fotos en revistas, y muy pronto pude mover locomotoras y enviar globos volando y hacer que los perros abrieran la boca; todo lo que quisiera.

Hizo una pausa y se pasó una mano por el pelo.

—No es demasiado inusual, estás pensando —dijo—. Todos los niños lo hacen. Como pararse en un armario y jugar a que uno puede volar y cosas así, cosas comunes, ¿verdad?

El psiquiatra se encogió de hombros.

—Pero hay una diferencia —dijo Hall—. Un día se salió de control. Estaba mirando un libro para colorear. Una de las imágenes mostraba a un caballero y un dragón luchando. Por diversión, decidí hacer que el caballero dejara caer su lanza. Lo hizo. El dragón comenzó a perseguirlo, respirando fuego. En otro instante la boca del dragón estaba abierta y se estaba preparando para comerse al caballero. Parpadeé y sacudí la cabeza, como siempre, solo que... no pasó nada. Quiero decir, la imagen no volvió. Ni siquiera cuando cerré el libro y lo abrí de nuevo. Pero no pensé demasiado en eso, incluso entonces.

Se acercó al escritorio y tomó otro cigarrillo. Se deslizó de su manos.

—Has estado tomando Dexedrine —dijo el psiquiatra, mirando como Hall intentaba levantar el cigarrillo.

—Sí.

—¿Cuántos al día?

—Muchos, no lo sé.

—Potente. Noquea tu coordinación. ¿Supongo que Jim te lo advirtió?

—Sí, él me lo advirtió.

—Bueno, ¿qué pasó entonces?

—Nada —Hall permitió que el psiquiatra encendiera su cigarrillo—. Por un tiempo me olvidé del juego casi por completo. Luego, cuando cumplí trece años, me enfermé. El corazón...

El psiquiatra se inclinó hacia delante y frunció el ceño.

—¿Y Jim te permitió tomar Dexe?

—¡No interrumpas!

Decidió no mencionar que había recibido el medicamento de su tía, que el doctor Jackson no sabía nada al respecto.

—Tuve que quedarme mucho en la cama, sin actividad. Podría matarme. Así que leí libros y escuché la radio. Una noche escuché una historia de fantasmas. La cueva del ermitaño, se llamaba. Era sobre un hombre que se ahoga y vuelve para perseguir a su esposa. Mis padres se habían ido al cine. Estaba solo. Y seguí pensando en esa historia, imaginando el fantasma. Tal vez, pensé para mí mismo, él está en ese armario.

»Sabía que no lo estaba, desde luego. Sabía que no existía tal cosa como un fantasma, pero había una pequeña parte de mi mente que decía: Mira el armario. Mira la puerta. Está allí, Philip, y va a salir.

»Tomé un libro e intenté leer, pero no pude evitar mirar la puerta del armario. Estaba abierta un poco, solo un poco. Entonces...

—Entonces la puerta se abrió del todo.

—Así es.

—¿Entiendes que no hay nada terriblemente inusual en lo que has dicho hasta ahora?

—Lo sé —dijo Hall—. Era mi imaginación. Lo era, y me di cuenta incluso entonces. Pero me asusté. Estaba tan asustado como si un fantasma realmente hubiese abierto esa puerta. Y ese es todo el punto. La mente, doctor. La mente lo es todo. Si crees que tienes un dolor en el brazo y no hay razón física para ello, no te duele menos. Mi madre murió porque pensó que tenía una enfermedad mortal. La autopsia mostró desnutrición, nada más. ¡Pero ella murió igual!

—No discutiré ese punto.

—Está bien. Simplemente no quiero que me digas que todo está en mi mente. Yo lo sé.

—Continúa, por favor.

—Me dijeron que nunca me recuperaría realmente, que tendría que tomarlo con calma el resto de mi vida. Debido al corazón. Sin ejercicios extenuantes, sin escaleras, sin largas caminatas. Sin emociones fuertes. Producen adrenalina en exceso, dijeron. Así fue que, al salir de la escuela, tomé un trabajo de escritorio. No es emocionante sumar números.

»Las cosas salieron bien durante unos años. Entonces comenzó de nuevo. Leí acerca de una mujer que se subió a su auto por la noche y encontró a un hombre escondido en el asiento trasero, esperando. La idea se quedó conmigo. Empecé a soñar sobre eso. Entonces, cada noche, cuando me subía a mi auto, acariciaba automáticamente el asiento trasero y las tablas del piso. Me satisfizo por un tiempo, hasta que comencé a pensar: ¿Qué pasa si me olvido de verificar? O: ¿Qué pasa si hay algo allá atrás que no es humano?

»Tuve que conducir a través de Laurel Canyon para llegar a casa, y sabes lo retorcido que es ese tramo. De treinta a cincuenta pies caída, por lo menos. Mientras conducía pensaba: Hay alguien, alguna cosa, en la parte de atrás del auto, escondido, en la oscuridad. Miraré por el espejo retrovisor y veré sus manos listas para rodear mi garganta.

»Insisto, doctor, sabía que era mi imaginación. No tenía ninguna duda de que el asiento trasero estaba vacío. ¡Demonios, siempre mantuve el auto cerrado y además lo revisaba dos veces! Pero, me dije, sigues pensando de esta manera, Hall, terminarás viendo esas manos. Será un reflejo, o los faros de alguien, o nada en absoluto, pero los verás.

»Finalmente, una noche, las vi. Perdí el control del auto y caí por el terraplén.

El psiquiatra dijo:

—Espera un minuto —se levantó y puso una cinta en una pequeña máquina grabadora.

—Entonces supe lo poderosa que era la mente —continuó Hall—. sé que los fantasmas y los demonios existen, si solo piensas en ellos lo suficiente. ¡Después de todo, uno de ellos casi me mata! —apagó el cigarrillo—. El doctor Jackson me dijo que otro shock como ese me acabaría. Y fue entonces cuando comencé a tener este sueño.

Hubo un silencio en la sala, roto por bocinas lejanas, el tictac del reloj, el golpeteo de la máquina de escribir de la recepcionista, la propia respiración torturada de Hall.

—Dicen que los sueños solo duran un par de segundos —dijo—. No sé si eso es cierto o no. No importa. Parecen durar más. A veces he soñado toda una vida. A veces han pasado generaciones. De vez en cuando, el tiempo se detiene por completo. Un instante helado, que dura para siempre. Cuando era niño vi las series de Flash Gordon, ¿recuerdas? Las amaba, y cuando terminó el último episodio, me fui a casa y comencé a soñar más episodios.

»Cada noche, otro episodio. También eran vívidos, y los recordaba a despertar. Incluso los escribí para asegurarme de no olvidarlos. Loco, ¿verdad?

—No —dijo el psiquiatra.

—Lo hice, de todos modos. Lo mismo sucedió con los libros de Oz y los libros de Burroughs. Los mantendría en funcionamiento. Pero después de los quince años, más o menos, no soñé mucho. Solo de vez en cuando. Luego, hace una semana...

Hall dejó de hablar. Preguntó la ubicación del baño, fue allí y se echó agua fría en la cara. Luego regresó y se paró junto a la ventana.

—¿Hace una semana? —dijo el psiquiatra, volviendo a encender la grabadora.

—Me fui a la cama alrededor de las once y media. No estaba demasiado cansado, pero necesitaba descansar a causa de mi corazón. De inmediato comenzó el sueño. Estaba caminando por Venice Pier. Era cerca de la medianoche. El lugar estaba lleno de gente por todas partes; sabes, el tipo de gente que solía andar por ahí: marineros, damas de aspecto regordete, niños con chaquetas de cuero. Podías escuchar las montañas rusas retumbando a lo largo de las vías, y a las personas dentro de las montañas rusas, gritando; podías escuchar el sonido de las campanas y el ruido de las pistolas y las canciones locas. Y, lejos, el océano, moviéndose. Todo era brillante, llamativo y barato. Caminé un rato, pisando chicle y manzanas dulces, preguntándome por qué estaba allí.

Los ojos de Hall se cerraron. Los abrió rápidamente y los frotó.

—A medio camino del final, pasando la sala de juegos, vi a una chica. Tenía unos veintidós o tres años. Vestido blanco, muy fino y ajustado, y un divertido sombrero blanco. Tenía las piernas desnudas, bien torneadas y bronceadas. Ella estaba sola. Me detuve y la observé, y recuerdo haber pensado: Debe tener un novio. Debe estar aquí en alguna parte. Pero ella no parecía estar esperando a nadie. Inconscientemente, comencé a seguirla.

»Pasó por un par de juegos, y luego se detuvo en uno llamado El látigo y entró. El aire estaba caliente. Atrapó su vestido mientras daba vueltas y lo hizo girar. Parecía no molestarle en absoluto. Ella solo se aferró a la barra y cerró los ojos.

»No sé, una especie de éxtasis pareció invadirla. Se echó a reír. Un sonido musical agudo. Me detuve junto a la cerca y la miré, preguntándome por qué una chica tan hermosa debería reírse en un paseo barato de carnaval, en medio de la noche, sola. Entonces mis manos se congelaron en la cerca, porque de repente vi que ella me estaba mirando, cada vez que la vuelta se lo permitía. Y había algo que decía: No te vayas, no te vayas, no te muevas...

»El juego se detuvo y ella salió y se acercó a mí, tan naturalmente como si nos hubiéramos conocido desde hace años. Puso su brazo en el mío y dijo: Lo hemos estado esperando, señor Hall.

»Su voz era profunda y suave, y su rostro, de cerca, era aún más hermoso de lo que parecía. Labios gruesos, un poco húmedos, ojos oscuros, y un brillo cálido en su piel. No respondí; ella se rio de nuevo y tiró de mi manga. Vamos, cariño —dijo—; no tenemos mucho tiempo.

»Y caminamos, casi corriendo, hasta The Silver Flash, una montaña rusa, la más alta del parque. Sabía que no debía hacerlo debido a mi afección cardíaca, pero ella no me escuchó. Dijo que tenía que hacerlo por ella. Así que compramos dos boletos y nos subimos al primer asiento del automóvil.

Hall contuvo el aliento por un momento, luego lo dejó escapar lentamente. Cuando revivió el episodio, descubrió que era más fácil mantenerse despierto. Más fácil.

—Ese —dijo—, fue el final del primer sueño. Me desperté sudando y temblando, y pensé en ello la mayor parte del día, preguntándome de dónde había salido todo. Solo había estado en Venice Pier una vez en mi vida, con mi madre, hace años. Pero esa noche, tal como sucedió con las series, el sueño continuó exactamente donde lo había dejado. Nos estábamos acomodando en el asiento de cuero áspero, agrietado. Me aferré al hierro de la barra de agarre, pintado de negro, descascarado en el centro.

»Traté de bajarme. Ese era el momento de hacerlo, pensé: ¡hazlo ahora o no llegarás demasiado lejos! Pero la chica me abrazó y me susurró: Estaríamos juntos —dijo—. Muy juntos. Si hiciera esto por ella, sería mía.

»Entonces el auto arrancó. Un pequeño tirón y los niños comenzaron a gritar. Se oyó el clac-clac-clac de la cadena tirando hacia arriba. Era demasiado tarde ahora, pensé, demasiado tarde para hacer algo más que mirar la empinada colina de madera.

»A un tercio del camino hacia la cima, con ella abrazándome, presionándose contra mí, me desperté de nuevo. A la noche siguiente, subimos un poco más. Metro a metro, lentamente, cuesta arriba. La chica comenzó a besarme y a reírse: ¡Mira hacia abajo! —decía—. ¡Mira hacia abajo, Philip!

»Y lo hice. Vi gente pequeña y autos pequeños y todo pequeño e irreal.

»Finalmente estábamos a unos pocos metros de la cresta. La noche era negra y el viento era rápido y frío ahora, y tenía miedo, tanto miedo que no podía moverme. La chica se rio más fuerte que nunca y una expresión extraña apareció en sus ojos. Entonces recordé cómo el empleado que tomó los dos boletos me había mirado inquisitivamente.

»—¿Quién eres? —grité.

»Y ella respondió:

»—¿No lo sabes?

»Y ella se levantó y sacó la barra de sujeción de mis manos. Me incliné hacia adelante, desesperado, para agarrarla de nuevo. Entonces llegamos a la cima. Y vi su rostro y supe lo que iba a hacer, lo supe al instante. Intenté volver al asiento, pero entonces sentí sus manos sobre mí y escuché su voz, riendo, bien fuerte, riendo y gritando de alegría, y...

Hall estrelló su puño contra la pared, se detuvo y esperó a que volviera la calma. Cuando lo hizo, dijo:

—Eso es todo, doctor. Ahora sabe por qué no me importa ir a dormir. Cuando lo haga, y eventualmente tendré que hacerlo, el sueño continuará. ¡Y mi corazón no lo soportará!

El psiquiatra presionó un botón en su escritorio.

—Quienquiera que sea —continuó Hall—, me empujará. Y me caeré. Cientos de pies. Veré que el cemento se apresura en un borrón para encontrarme y sentiré el dolor más espantoso que…

Hubo un clic. La puerta de la oficina se abrió. Entró una muchacha.

—Señorita Thomas —comenzó el psiquiatra—, me gustaría que...

Philip Hall gritó. Miró a la chica con el uniforme de enfermera y dio un paso atrás.

—¡Oh, Cristo! ¡No!

—Señor Hall, esta es mi recepcionista, la señorita Thomas.

—¡No! —gritó Hall—. ¡Es ella! ¡Y ahora sé quién es, Dios me salve! ¡Sé quién es ella!

La chica del uniforme blanco dio un paso tentativo en la habitación. Hall volvió a gritar, se cubrió la cara con las manos, y trató de correr.

Una voz gritó:

—¡Deténganlo!

Hall sintió el dolor agudo del alféizar contra su rodilla, y se dio cuenta en un momento horrible de lo que estaba sucediendo. Ciegamente extendió la mano, tratando de asirse, pero fue demasiado tarde. Como atraído por una fuerza gigante, cayó por la ventana abierta.

—¡Hall!

Durante todo el camino hacia abajo, largo e interminable más allá de los trece pisos hasta el concreto gris, inflexible y duro, su mente siguió trabajando, y sus ojos nunca se cerraron...

—Me temo que está muerto —dijo el psiquiatra, quitando los dedos de la muñeca de Hall.

La chica del uniforme blanco emitió un pequeño jadeo.

—Pero —dijo ella—, lo vi hace solo un minuto, y él estaba...

—Lo sé. Es curioso. Cuando entró al consultorio le dije que se sentara. Lo hizo. Y en menos de dos segundos estaba dormido. Luego dio ese grito que escuchaste y...

—¿Un infarto?

—Sí, probablemente —el psiquiatra se frotó la mejilla pensativamente—. Bueno —dijo—, creo que hay peores formas de morir. Al menos murió en paz.

Charles Beaumont (1929-1967)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Charles Beaumont.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Charles Beaumont: Tal vez soñar (Perchance to Dream), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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