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Sobre besos, príncipes y sapos: por qué las chicas adoran a los batracios


Sobre besos, príncipes y sapos: por qué las chicas adoran a los batracios.




Los cuentos de hadas abundan en transformaciones, mutaciones y metamorfosis. Algunas son asombrosas; otras, en cambio, responden a una inadvertida previsibilidad.

Todos conocen la historia del príncipe convertido en sapo por una maldición, que gracias al beso de una muchacha recupera su forma humana y, tal vez, se reintegra a las intrigas de la corte. Sin embargo, la historia original dista mucho de esta versión candorosa.

El cuento original se llama Der Froschkönig, o el Príncipe Sapo, y relata la historia de una princesa caprichosa que odia a los batracios. Cierto día, la muchacha arroja una esfera dorada a un estanque, y uno de los sapos que allí chapotean se convierte en un apuesto príncipe azul.

En la versión original no hay beso. De hecho, el beso no existe en ninguna de las variantes clásicas del cuento, donde los hechos ocurren de forma más efusiva. Por ejemplo, en la versión de los hermanos Grimm, el sapo se transforma en príncipe cuando la muchacha estrella al pobre batracio contra una pared.

¿De dónde, entonces, procede la idea de que el beso de una mujer puede transformar a un sapo en príncipe?

Psicólogos impetuosos opinan que, quizás, esta historia expresa la fantasía femenina de que es posible cambiar los rasgos indeseables del hombre a través del amor; o tal vez la ilusión que vela los ojos de la mujer enamorada, completamente incapaz de ver al sapo.

En cualquier caso, existen otras variantes que refutan estas posibilidades.

Por ejemplo, las comadronas rusas todavía narran la historia de la Tsarevna Lyagushka; o la princesa rana, donde los roles están invertidos, y es el joven zar quien besuquea a un batracio con pretextos ingenuos, y descubre que éste se transforma en una mujer encantadora, Vasilisa, la hechicera.

Sobran los argumentos para robustecer y hasta justificar cualquiera de estas transformaciones: fantasía, ilusión, deseo secreto de que el miserable sapo del que una se enamora sea, en realidad, un príncipe azul; pero hay uno, desconocido por los hermanos Grimm, que refleja el otro costado de este drama.

En las ciénagas que rodean al Cementerio del Oeste, en el barrio de Chacarita, algunos aseguran haber visto a un misterioso hombre, vestido con harapos, vagando por las charcas en busca del beso que lo restituya a su forma de sapo.




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