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La Quintrala: la vampiresa de Chile

La Quintrala: la vampiresa de Chile.


La Quintrala, seudónimo de Catalina de los Ríos y Lisperguer, fue una aristócrata chilena del siglo XVII, especie de versión latinoamericana de Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta, y Delphine LaLaurie.

La Quintrala fue y continúa siendo un verdadero icono del desenfreno y el abuso de los poderosos, a tal punto que para denominar a una mujer perversa en la zona de Chile y Mendoza (Argentina) se utiliza el término "Quintrala".

Catalina de los Ríos y Lisperger se ganó el apodo de Quintrala gracias la ramas de quintral —tristerix corymbosus—, madera notablemente urticante con la que azotaba brutalmente a sus esclavos, en general, bajo pretextos absurdos.

Hija de poderosos terratenientes, la Catita, apodo cariñoso de la Quintrala, nunca se destacó por su educación, de hecho, y a pesar de que fue puesta bajo los más renombrados tutores de la región, permaneció semianalfabeta durante toda su vida.

Se dice que poseía una figura imponente: alta, de cabellera roja como el fuego —o como los frutos del quintral—, y profundos ojos verdes. 

Su fisionomía responde a una fusión de sangre y cultura: mapuche, española y alemana. El obispo Francisco González de Saucedo la describe como dueña de un magnetismo sexual arrebatador, definición que fue confirmada por otros observadores menos castos.

La Quintrala fue iniciada tempranamente en el arte de la brujería y la magia negra por su abuela, Águeda Flores, de quien aprendió la confección de filtros y venenos, uno de los cuales habría servido para asesinar a su propio padre. 

Pero el verdadero desencadenante de las obsesiones de la Quintrala fue, como en muchos casos análogos, el amor; en realidad, un amor no correspondido.

Catalina se enamoró de Pedro Figueroa, un religioso de temperamento ascético, a quien acosó de mil formas, sin lograr quebrarlo. 

En 1626, a los veintidós años de edad, fue obligada a contraer matrimonio con Alonso Campofrío de Carvajal, un militar bucólico y taciturno. Durante largo tiempo se lo consideró ajeno a los hábitos macabros de la Quintrala, pero en los últimos años surgieron estudios que lo definen, básicamente, como un idiota enamorado, perfectamente al tanto de las perversiones de su esposa.

Catalina sufría de una especie de fascinación por la sangre, una sed visceral e incontrolable que la forzaba a efectuar toda clase de torturas, en general, poco refinadas, pero ciertamente efectivas teniendo en cuenta que su propósito era desangrar a sus víctimas.

Los placeres abominables de la Quintrala comenzaron dos años antes de su matrimonio. 

En 1624 sedujo a un acaudalado señor feudal de Santiago, a quien apuñaló repetidas veces, acusando luego a una sirvienta muda. 

Ese mismo año apuñaló y torturó a un antiguo amante, Enrique Enriquez, quien se habría resistido a regalarle la cruz de malta que portaba orgullosamente. 

En 1625 amputó la oreja de Martín de Ensenada, hombre servil que no la acusó, e incitó al menos siete asesinatos entre caballeros, empresa que disfrutaba particularmente, y que consistía en enamorar a varios hombres jóvenes al mismo tiempo y luego obligarlos a batirse a duelo.

El registro de los esclavos asesinados por la Quintrala es bastante confuso. 

Por regla general, la Quintrala mataba por diversión; cuando la víctima se resistía prolongaba sus torturas incluso después de la muerte, dejando los cadáveres sin sepultar durante semanas, incluso meses. 

Lo que separa a la Quintrala de otras vampiresas históricas es que Catalina no sólo se limitaba a matar esclavos e indigentes, sus víctimas, en menor medida, por cierto, también eran hombres de posición elevada e intachable reputación, como el sacerdote Luis Vázquez, a quien escarificó durante horas luego de que éste le reprochara su vida disipada.

Ese mismo año, cansados del terror que flotaba en los campamentos, los esclavos de su hacienda, llamada El Ingenio, huyeron masivamente a los montes. 

Fueron traídos de vuelta por la fuerza pública, y pronto se organizó una suerte de festival de sangre, durante el cual se asesinó y torturó a decenas de disidentes.

Para 1660 los rumores y acusaciones se hicieron imposibles de disimular. 

Se organizó una investigación secreta y luego un juicio. La Quintrala presionó sobre sus influencias y el juicio fue levantado, a pesar de los cuarenta cadáveres encontrados en la hacienda y algo más de veinte testigos dispuestos a dar cuenta de sus entretenimientos aberrantes.

Meses antes de su muerte la Quintrala financió numerosos templos y obras benéficas. En paralelo, acaso temiendo un infierno destemplado, organizó un grupo de hombres y mujeres que, bajo suntuosos honorarios, deberían rezar por su alma todas las noches durante veinte años luego de ser enterrada.

La Quintrala murió a los 61 años de edad, debilitada pero todavía poseedora de una belleza impactante.





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