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Tisbe y Píramo, el amor a través de una pared

Tisbe y Píramo, el amor a través de una pared.


Tisbe y Píramo eran dos jóvenes babilonios que vivieron durante el reinado de la hermosa Semíramis, aquella reina que gobernó durante cuarenta y dos años consecutivos. Ambos vivían en casas vecinas y se amaban sinceramente, pero sus padres desaprobaban la unión y les prohibieron verse y hablarse.

Desde entonces Tisbe y Píramo desarrollaron un código propio, un lenguaje gestual que utilizaban para comunicarse cuando se cruzaban en la calle; hasta que por casualidad descubrieron una pequeña grieta en la pared que separaba ambas casas, a través de la cual podían susurrarse algunas palabras encendidas y algunas confesiones sin temor a ser descubriertos.

Esta abertura era tan pequeña que no permitía el acceso visual a las dependencias vecinas; solo la voz llegaba hasta el otro lado. Durante largos meses se prometieron amor y fidelidad a través de la hendidura. Pero llega un punto en el que las palabras son insuficientes, y hasta una barrera que retrasa el amor. Llenos de angustia y deseo, Tisbe y Píramo empezaron a planear su huída.

Acordaron que se escaparían a la noche siguiente, cuando ambas casas estuviesen en silencio, y que se encontrarían cerca del monumento de Nino, aquel mítico fundador asirio, ubicado junto a un moral blanco que bebía las aguas de una fuente pública.

Tisbe, más ansiosa que su amado, llegó primero al lugar convenido; pero descubrió que una leona bebía ávidamente de la fuente, tal vez de regreso de alguna cacería agotadora; y se escondió entre unas rocas. En el apuro dejó caer su velo. La leona, curiosa como todos los felinos, se vio atraída por la seda brillante y se acercó para olisquearla, manchándola con un poco de sangre caía de su hocico.

Cuando Píramo finalmente llegó, descubrió las huellas de su amada junto a las de la bestia, y junto a ellas el velo ensangrentado. Razonó que Tisbe había sido atacada por una bestia salvaje y que su cuerpo había sido arrastrado al interior de un cubil oscuro e ignoto. Desesperado, sacó su puñal y se lo clavó en el pecho.

Después de algunas horas de juiciosa espera, Tisbe salió de su escondite. Se dirigió a la fuente pero encontró que la planta de moras ya no era blanca, sino púrpura, de modo que dudó si aquel era o no el sitio convenido para el encuentro.

Cuando ya empezaba a sospechar dolorosamente que su amante se había arrepentido, vio el cadáver de Píramo con el puñal clavado en el pecho.

Tisbe lo abrazó y lo cubrió de besos y ruegos urgentes, manchando su propio rostro con sangre. Lloró con un llanto salvaje, feroz, que maldecía la insensibilidad de las Moiras, las diosas del destino. Loca de pena, arrancó el puñal del tórax de su amante y lo clavó en su vientre.

Algunos dioses atestiguaron el desastre desde las alturas del Olimpo, e intercedieron ante los padres de los jóvenes para permitirles yacer juntos en el sepulcro.

Ovidio señala que la sangre del joven tiñó los frutos del moral, hasta entonces perfectamente blancos, y que por esa razón ahora las moras son púrpura. 

Más aún, en Roma se conocía a ese arbusto como Arbor Pyramea, “el árbol de Píramo”; y su fruto es tanto dulce como ácido, acaso como metáfora botánica de que el amor y la tragedia se nutren de las mismas raíces.



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