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La zarevna muerta y los siete guerreros: Alexander Pushkin


La zarevna muerta y los siete guerreros (Сказка о мёртвой царевне и семи богатырях), a veces llamado La princesa muerta y los siete guerreros, es un relato fantástico del escritor ruso Alexander Pushkin, publicado en 1833.

La historia de este poema en prosa, cuya traducción inevitablemente lo transforma en un cuento fantástico, es muy interesante. En realidad, La zarevna muerta y los siete guerreros es el primer intento de elaborar una adaptación de aquella leyenda medieval masacrada por la industria del cine, particularmente por Disney: Blancanieves.

Un árbol genealógico de la historia de Blancanieves podría trazarse de este modo grosero: La leyenda proviene de Alemania, y se la conoce como Schneewittchen. Los hermanos Grimm, siempre atentos, recogieron esta tradición y la consignaron debidamente en su volúmen de 1812: Kinder und Hausmärchen (Historias infantiles y hogareñas). El relato circuló por Inglaterra como Little Snow White (Pequeña Blanca Nieve) -rápidamente asociada a Margaret Von Waldeck-, pero fue Alexander Pushkin quien se decidió a construir una trama compleja sobre aquel esbozo medieval. Su forma definitiva es La zarevna muerta y los siete guerreros.

Es interesante destacar que la leyenda de Blancanieves posee un fuerte arraigo en la tradición medieval europea. Aquí yace el valor inamovible de las tradiciones folklóricas: lo circunstancial se modifica, muta en la pluma de cada escriba, pero lo escencial se mantiene intacto. Ya sean reinas, princesas, brujas o hechiceras, el destino de Blanca Nieve es siempre el mismo. Tampoco importa que sus asistentes sean enanos, guerreros -y hasta monjes-, ellos siempre están ahí, igual que el espejo, continuo vocero de vanidades hogareñas.


La zarevna muerta y los siete guerreros.
Сказка о мёртвой царевне и семи богатырях, Alexander Pushkin (1799-1837)

El zar se despidió de la zarina, marchó de viaje y ella se sentó sola, junto a la ventana, para esperar su vuelta. Lo esperaba todo el día hasta que llegaba la noche, mirando siempre al camino. Cansáronse sus ojos de tanto mirar. Pero su esposo no volvía. Desencadenóse entonces una tempestad de nieve, y toda la tierra se cubrió de un blanco manto. Transcurrieron así muchos meses, durante los cuales la zarina no se apartó de la ventana ni dejó de mirar al camino.

Y la víspera de la fiesta de Navidad por la noche, Dios mandó una hijita a la zarina. Por la mañana del mismo día regresó finalmente de su largo viaje el tan esperado zar y padre. Miróle la zarina, suspiró y fue tanta la emoción que le causaba la alegría, que murió de pronto, en el momento en que empezaba la misa. Por mucho tiempo no logró consolarse el zar. Pero ¡qué hacer! Era un pecador como los demás mortales; por lo que, transcurrido un año, se casó con otra mujer. Hay que decir la verdad; su nueva esposa era joven, alta, esbelta, hermosa e inteligente, una zarina de verdad. Pero por desgracia era orgullosa, hipócrita, de un carácter insoportable y, sobre todo, celosa hasta lo increíble.

Recibió como regalo de boda un espejito que tenía una cualidad notable; el don de la palabra. Y la zarina, al poco tiempo, sólo con su espejo llegó a hablar confiadamente; sólo al hablar con él se sentía de buen humor. Y le decía bromeando:

—¡Oh, espejito precioso! Habíame, pero diciéndome toda la verdad: ¿Hay alguna mujer en el mundo que pueda rivalizar conmigo en belleza y cuyo cutis sonrosado pueda compararse al mío?
Y el espejo le contestaba:
—Claro que no. Sin duda eres tú, zarina, la más hermosa, y tu cutis es el más sonrosado que haya tenido jamás una mujer.

La zarina empezaba entonces a reír a carcajadas, a mover los hombros, a hacer contorsiones, a guiñar los ojos y a hacer chasquear los dedos. Y, poniéndose en jarras, se miraba satisfecha y orgullosa en el espejo. Mientras tanto, crecía y florecía la joven zarevna, y llegó por fin a ser una belleza de ojos negros, blanco cutis y carácter bondadoso. Y se encontró en seguida para ella un prometido, el príncipe Elisey. Llegó el ca samiento. Y el padre de la muchacha dio su consentimiento. La dote estaba preparada ya, y consistía en siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios. La zarina, cuando se vestía para ir a celebrar el acontecimiento, se miró al espejo y habló así con él:

—Dime con franqueza la verdad: ¿Existe una mujer más hermosa que yo, más gentil y de cutis más sonrosado?
Y el espejo le contestó:
—Eres en verdad muy hermosa, pero todavía es más hermosa la zarevna.
La zarina, indignada, levantó la mano, dio un golpe al espejo, tirándolo al suelo, y lo pisoteó.
—¡Maldito pedazo de vidrio! Esto me lo dices para irritarme. ¿Cómo es posible que la zarevna sea más hermosa que yo? ¡Pues sabrá quien soy yo!... ¡Vaya una tonta! ¿No sabe acaso que si es tan blanca es porque su madre no apartaba la vista de la nieve?... En cuanto a ser más hermosa que yo... no lo veo. ¡No, no! ¡Debes reconocer, espejo, que ni en nuestro reino ni en el mundo entero hay mujer más hermosa que yo! ¿Es así o no?

Pero el espejo insistió:
—¡Pienses lo que pienses, la zarevna es la mujer más gentil y la más hermosa del mundo!

Sin saber qué hacer, la zarina, rabiando de celos, tiró el espejo debajo de un banco, llamó a su sirvienta Cherniavka y le ordenó, como criada suya que era, llevar a la zarevna al interior de un bosque, atarla a un pino y dejarla allí para que la devorasen los lobos. ¡Con una mujer iracunda nada podría ni el propio diablo! ¡No hay manera de discutir con ella! Así pues, Cherniavka tuvo que llevarse a la zarevna al bosque, y la condujo tan lejos que la jovencita se dio cuenta de ello, se asustó y empezó a suplicar a la sirvienta:

—Dime querida, ¿qué he hecho yo? ¡No seas la causante de mi perdición! Cuando sea zarina no te olvidaré y te recompensaré con esplendidez.
La criada, que la quería mucho, no la mató ni la ató al árbol, y la dejó marchar diciéndole:
—¡No te preocupes y anda con Dios!
Y regresó pausadamente a casa.
—¿Qué? ¿Lo has hecho? —le preguntó la zarina—. ¿Dónde has dejado a nuestra hermosa zarevna?
—La he dejado en el bosque; y allí deberá de estar ahora, sola y atada al árbol... ¡Ojalá caiga pronto en las garras de cualquier animal salvaje! De este modo moriría y no sufriría tanto.

Pronto se enteraron todos de la desaparición de la hija del zar. El desdichado padre se puso muy triste, y el príncipe Elisey, después de haber rogado fervorosamente a Dios que le ayudara, se preparó para viajar en busca de su tan joven y hermosa prometida. Pero la zarevna, al quedarse sola, se adentró más y más en el bosque, hasta que dio con un palacio. Había un perro, que cuando la vio acercarse empezó a ladrar; pero no tardó en recibirla meneando la cola y acariciándola. La zarevna subió la escalinata y soltó la aldaba de las grandes puertas. Se abrieron éstas silenciosamente y la doncella entró en una soleada estancia. A lo largo de las paredes se veían varios bancos cubiertos de ricos tapices, debajo de los iconos había una gran mesa de roble y en un rincón una estufa de azulejos. La muchacha comprendió en seguida que vivía allí gente buena y que no le harían ningún daño.

Pero parecía no haber nadie en la casa. La zarevna la examinó de arriba abajo, lo puso todo en orden y encendió un cirio ante la imagen del Señor. Encendió también la estufa, subió a la cama y se acostó tranquilamente.

Acercábase la hora de comer, cuando se oyeron pisadas de caballos en el patio, y no tardaron en entrar siete guerreros, mancebos todos, que lucían grandes bigotes. El mayor de ellos dijo:

—¡Qué raro es esto! ¿Cómo es que todo está limpio y ordenado? Alguien debe haberlo puesto en orden, mientras esperaba la llegada de los dueños... ¡Eh! ¿Quién hay aquí? ¡Ven acá! Sal y preséntate sin temor ante nosotros; si eres anciano, serás nuestro superior; si una anciana, nuestra madre serás y madre te llamaremos; y si eres una doncella hermosa, serás para nosotros una hermana.

Bajó entonces la zarevna del lecho y compareció ante ellos saludándolos con respeto; y, ruborizándose, les pidió perdón con mil excusas por haber entrado sin ser invitada. Los demás adivinaron en seguida, por su modo de hablar, que era una zarevna. La invitaron a sentarse en un rincón y le ofrecieron un pastel y una copa de vino, todo en una bandeja. La doncella se negó a beber el vino, pero tomó un bocado del pastel; y, excusándose por estar muy cansada a causa del viaje, expresó su deseo de dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le señalaron una habitación soleada, tras lo cual la dejaron sola, pues estaba quedándose dormida.

Corrían los días uno tras otro, y la joven zarevna seguía en el bosque, en casa de los siete guerreros, entre los cuales pasaba el tiempo sin aburrirse. Todos los días, al rayar el alba, los siete hermanos salían al campo, tanto para cazar patos como —si se presentaba la ocasión— para soltar la mano derribando del caballo a un forajido, para cortar la cabeza a un tártaro de anchos hombros o para matar a algún cherqués caucasiano que se hubiese escondido en el bosque. La muchacha, corno ama de casa que era, quedábase sola allí arreglando las cosas y preparando la mesa. Y así iban viviendo; ella nos les contradecía, ellos no la molestaban y los días se sucedían uno tras otro.

Los hermanos empezaron a querer mucho a la doncella. Así es que cierto día, al salir el sol, comparecieron los siete en su habitación, y el mayor de ellos habló así:

—¡Oh, doncella! Muy bien sabes que todos nosotros te consideramos una hermanita... Pero todos nos hemos enamorado de ti... Cualquiera de nosotros se sentiría dichoso si pudiera casarse contigo... Pero como que esto no es posible, te rogamos, por el amor de Dios, que decidas por ti misma este asunto; y así la paz continuará reinando entre nosotros. Escoge, pues, a quien desees por marido, que para los demás seguirás siendo una hermana querida... ¿Qué haces? ¿Por qué mueves negativamente la cabeza? ¿Es que no te gusta la proposición, o quizá te parecemos poco para ti?
—¡Honrados mancebos y hermanos queridos! —les contestó la zarevna-. ¡Que Dios me castigue matándome en el acto si no os digo la verdad! ¿Qué puedo hacer si ya estoy prometida? A todos vosotros os quiero mucho; todos sois jóvenes valerosos e inteligentes... pero estoy prometida para siempre a otro... que es el príncipe Elisey.

Los hermanos permanecieron silenciosos y se rascaron la cabeza.

—Preguntar no es pecado. ¡Perdónanos, pues! —dijo el mayor saludándola—. Y si es así, no se hable ya más de ello.
—No me enfado —dijo ella quedamente—. Tampoco yo tengo la culpa de contestaros de este modo.

Los pretendientes volvieron a saludarla y se despidieron. Y continuaron viviendo como antes. Mientras tanto la zarina —malísima mujer— seguía acordándose de la zarevna sin poder perdonarla. Hacía mucho tiempo que estaba enojada contra su espejo; pero un buen día se acordó de él y, al encontrarlo, volvió a contemplarse olvidándose de su enfado. Y dijo sonriendo:

—Buenos días, espejito. Bien. ¿Qué me dirás ahora? ¿Soy o no soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, muy hermosa; pero existe otra mujer, que vive, sin que nadie lo sepa, en casa de los siete guerreros y en el interior de un verde bosque; y aquella mujer es más gentil y hermosa que tú.

Al oír esto la zarina llamó a Cherniavka y prorrumpió en denuestos, gritando:
—¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¿Por qué me engañaste?
La sirvienta se lo confesó todo, explicándole como había ocurrido. Entonces la zarina, amenazándola con un palo, juró hacer desaparecer a la zarevna, so pena de morir ella misma.

Estaba una vez la joven zarevna hilando sentada junto a la ventana, mientras aguardaba el regreso de los siete hermanos guerreros. Oye de pronto ladrar al perro en la puerta. La muchacha mira y ve que por el patio pasea una mendiga, que intenta alejar al animal con su largo bastón.

—¡Espera, abuelita! —le grita la zarevna desde la ventana—. ¡Espera! Yo misma alejaré al perro y, de paso, te daré algo. Y la mendiga le contesta: —¡Oh, guapa mía, hijita querida! Este maldito perro ha estado a punto de morderme. ¡Mira, mira que furioso se pone! ¡Date prisa en bajar!

La zarevna cogió un trozo de pan y quiso bajar al patio, pero el perro volvió a ladrar echándose a sus pies, impidiéndole acercarse a la vieja y al propio tiempo amenazando a ésta, con el aspecto amenazador de una fiera del bosque.

—¡Qué raro es esto! —exclamó la muchacha—. Probablemente el perro no debe de haber dormido bien y por eso está de mal humor. ¡Toma, pues, abuelita!
Vuela el pan y la vieja lo coge.
—¡Te lo agradezco! —dice—. ¡Que Dios te lo pague! ¡Y tú toma esta manzana, que es madura y sabrosa!

Y vuela hasta la muchacha una manzana de oro. Al ver esto, el perro se enfurece aún más. Ladra, aúlla y salta. Pero la zarevna tiene ya la manzana en sus manos.

—¡Cómetela y así no te aburrirás tanto, hijita mía! ¡Y gracias por el pan! —dijo la vieja.
Saludóla y desapareció.

La muchacha volvió a la casa subiendo la escalinata. El perro la sigue y fija inquietamente la mirada en sus ojos, como queriendo decirle: "tírala". La zarevna procura calmarlo y lo acaricia con su mano suave.

—¿Qué tienes, Sokolka? ¡Quieto! ¡Tranquilízate!

Sube a su habitación, cierra la puerta y se sienta junto a la ventana para hilar, aguardando a los hermanos, pero sin perder de vista la manzana. Le parece que ha de ser muy buena. ¡Es madura, jugosa, fresca, aromática, sonrosada y como llena de miel! Es tan transparente que se le ven las semillas. Aunque su intención es comérsela después de la cena, no puede resistir más. La coge, se la lleva a los labios, la muerde y hasta se come un pedacito... De pronto se tambalea, deja caer sus blancas manos; apenas respira; y, soltando la manzana, cierra los ojos, se tumba en el banco debajo de los iconos y queda inmóvil. Regresaron en aquel momento los hermanos de una de sus audaces hazañas. El perro salió a su encuentro, ladrando fuertemente, y les señaló el camino del patio.

—¡Esto es de mal augurio! —dijeron los hermanos—. ¡Por lo visto nos espera una mala noticia!

Se apresuraron a entrar. Entran, y ¿qué ven? Al meterse el perro en la habitación de la zarevna se abalanzó sobre la manzana, la cogió con rabia, la mordió y se la tragó. Pero acto seguido de habérsela tragado cayó muerto. La manzana estaba, sin duda alguna, envenenada. Al ver muerta a la zarevna, los hermanos, sumidos en la más profunda tristeza, permanecieron ante ella con la cabeza caída sobre el pecho. Se levantaron luego murmurando plegarias, la vistieron y se prepararon para enterrarla. Pero no llegaron a hacerlo, pues la zarevna parecía viva y hubiérase dicho que dormía plácidamente; lo único que ocurría era que no respiraba... Esperaron así tres días más; pero ella no despertaba de su sueño. Entonces, después del ritual obligado, la colocaron en un ataúd de cristal y, al llegar la medianoche, la llevaron a una cueva que había en la montaña.

Una vez allí levantaron seis postes, en los cuales sujetaron con cadenas el ataúd, haciéndolo con el mayor cuidado; y cerraron la cueva con una puerta enrejada. Y se inclinaron ante la muerta.

—¡Descansa en paz! —dijo el mayor de los hermanos—. ¡Qué triste es que se haya extinguido tan pronto tu belleza! Pero tu alma será bien recibida en el Cielo. Mucho te queríamos, y te guardábamos, sin embargo, para tu prometido; pero ahora sólo la muerte te posee, nadie más.

Aquel mismo día la zarina, en espera de buenas noticias, sacó el espejo y volvió a hacerle su pregunta acostumbrada:

—Dime: ¿soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, la mujer más gentil y más hermosa.

Entretanto, el príncipe Elisey corre por el mundo en busca de su prometida. Pero no la encuentra en parte alguna. El desdichado prorrumpe en llanto y a todos hace la misma pregunta. Por fin el príncipe se dirige al Sol:

—¡Oh, Sol esplendoroso! Tú que recorres durante el año todo el cielo; tú que opones al invierno la primavera; tú que nos contemplas a todos desde las alturas: ¿Te negarás a decirme si has visto por algún lugar del mundo a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, valeroso príncipe! —contestó el Sol—. No he visto a la zarevna. Quizá no se cuente entre los vivos. Pero mejor será que se lo preguntes a mi vecina la Luna; quizá ella la haya visto, o haya visto sus huellas por algún camino.

Elisey aguardó ansiosamente le llegada de la noche y, al aparecer la Luna, le hizo la misma pregunta:

—¡Oh, Luna mía, la de los cuernos de oro! ¡Tú que te levantas en la oscuridad! ¡Tú, a quien admiran todas las estrellas a causa de esta buena costumbre! Estoy seguro de que no te negarás a contestar a mi pregunta. ¿Has visto por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, querido hermanito! Yo sólo veo lo que pasa ante mis ojos durante mi turno. La zarevna debió de pasar sin duda cuando yo me hallaba ausente.
—¡Qué lástima! —exclamó el príncipe.
Pero la Luna prosiguió:
—¡Espera! Quizá sepa algo el Viento acerca de ella y nos ayude. Habla ahora mismo con él y no te preocupes. ¡Adiós!

El príncipe, esperanzado y más tranquilo, se dirigió al Viento:
—¡Oh, Viento! ¡Tú que con tanta fuerza haces correr las nubes y agitas los mares azulados; tú que vagas libremente por todas partes sin temer a nadie, excepto a Dios! Creo que no te negarás a contestarme: ¿Has visto, por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
Y el Viento contestó:
—Espera. Allí, detrás de aquel río de aguas apacibles, hay una montaña, y en ella una profunda cueva. En aquella cueva triste y sombría se balancea un ataúd de cristal sujeto a unos postes con cadenas. El lugar es desierto y no se ven huellas en derredor. Allí está tu prometida.

El Viento se alejó veloz y el príncipe se puso a sollozar. Encaminóse luego directamente a aquel lugar desierto para ver por última vez a su hermosa prometida. Así iba caminando, hasta que dio con una montaña escarpada. El lugar era desierto. En la base de la montaña se veía una entrada oscura. El príncipe se encaminó hacia allí... Y en la triste oscuridad se ofreció a sus ojos un ataúd de cristal que oscilaba entre seis postes. En aquel ataúd dormía la joven zarevna su sueño de muerte. El príncipe, desesperado, cayó ante ella y dio un fuerte e involuntario golpe al ataúd, que se hizo pedazos.

Y he aquí que la princesa se despertó. Miró sorprendida en torno suyo y, balanceándose en las cadenas, respiró profundamente y dijo:

—¡Oh! ¡Cuánto tiempo hace que estoy durmiendo!...
Levantóse entonces y saltó al suelo... Lanzó un grito de sorpresa... Y ambos empezaron a llorar de alegría. El príncipe la cogió en brazos y la sacó a la luz del sol. Y emprendieron el viaje de regreso conversando animadamente. Y todo el pueblo se enteró de lo acontecido, y exclamó:

—¡La hija del zar está viva!

La perversa madrastra estaba sentada, en aquel momento sin hacer nada, ante el espejo y le preguntaba como siempre:

—Dime: ¿soy la mujer más gentil y más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, en verdad, muy gentil y muy hermosa... pero la zarevna lo es todavía más.

Entonces la madrastra tiró el espejo, que se rompió en mil pedazos, y se precipitó hacia la puerta, en la que encontró a la zarevna. Y al verla, fue tan grande la desesperación de la madrastra, que murió de repente. Inmediatamente después de haberla enterrado se organizó un gran festín y el príncipe Elisey se casó con la zarevna. Y nadie, desde la creación del mundo, asistió a un festín como aquél.

Y yo estuve allí; me ofrecieron cerveza, vino y miel, que me pasaron muy cerca de la boca y sólo me mojaron el bigote.

Alexander Pushkin (1799-1837)




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El resumen del cuento de Alexander Pushkin: La zarevna muerta y los siete guerreros (Сказка о мёртвой царевне и семи богатырях) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com