«La cadena sin romper»: Irvin S. Cobb; relato y análisis


«La cadena sin romper»: Irvin S. Cobb; relato y análisis.




La cadena sin romper (The Unbroken Chain) es un relato de terror del escritor norteamericano Irvin S. Cobb (1876-1944), publicado originalmente en la edición de septiembre de 1923 de la revista Cosmopolitan, y luego reeditado en la antología de 1926: En una isla que cuesta $24.00 (On an Island That Cost $24.00).

La cadena sin romper, uno de los grandes cuentos de Irvin S. Cobb, relata la historia de un trauma transgeneracional, es decir, de un suceso tan horroroso que no solo queda marcado a fuego en la persona que lo experimenta, sino también en sus descendientes, en una especie de atavismo o de recuerdo latente, genético, al cual se puede acceder en circunstancias parecidas a las que lo originaron en primer lugar.

SPOILERS.

La cadena sin romper de Irvin S. Cobb comienza narrando la historia de un grupo de veintiún esclavos africanos arreados hacia su destino infausto. Marchan en un verdadero suplicio, encadenados por el cuello unos a otros, de manera tal que poco pueden hacer cuando la caravana es atacada por un rinoceronte, que se dirige hacia ellos como si se tratara de una locomotora fuera de control. Solo uno de los esclavos sobrevive milagrosamente.

El ataque del rinoceronte, y la masacre que este produce entre los esclavos, constituye el trauma transgeneracional marcado a fuego en el único sobreviviente, y al parecer en toda su descendencia.

El relato se mueve en el tiempo hasta llegar al señor Brissot, un hombre adinerado que tiene un secreto inconfesable para su época: posee un pequeño porcentaje de sangre africana en sus venas, más precisamente la de aquel esclavo que sobrevivió al ataque del rinoceronte, llevado a los Estados Unidos en 1819. En circunstancias dramáticas, su automóvil se avería en un cruce ferroviario. Incapaz de salir, justo antes de que el tren lo embista, el señor Brissot grita en un idioma africano las mismas palabras que su ancestro pronunció cuando fue atacado por el rinoceronte.

La cadena sin romper no es un relato sencillo de digerir. Irvin S. Cobb emplea un lenguaje despectivo, cuando no directamente ofensivo y racista al referirse a los esclavos africanos. Sin embargo, el eje de la historia logra trascender estas miserias, y nos habla de que ciertas atrocidades pueden sobrevivir a sus víctimas, y formar parte de la memoria ancestral de sus sobrevivientes.

En resumen: el primer acto de La cadena sin romper de Irvin S. Cobb es brillante. El espanto de este grupo de esclavos encadenados, en camino a ser comercializados, y a punto de ser embestidos por un rinoceronte, es desgarrador. El segundo acto, sin embargo, es descaradamente racista; de hecho, está muy por encima de los pasajes más retrógrados de Lovecraft y Robert E. Howard. El tercer acto, aquel donde el señor Brissot repite el grito de su ancestro antes de ser atropellado por el tren, de algún modo justifica el recorrido. No obstante, el estilo de Irvin S. Cobb es dificultoso, y hasta la propia construcción de La cadena sin romper desconcierta por momentos.

En este sentido, La cadena sin romper inspiró el modelo atávico de traumas y recuerdos transgeneracionales en el relato de H.P. Lovecraft: Las ratas en las paredes (The Rats in the Walls). No es la primera vez que el maestro de Providence se nutre de Irvin S. Cobb. También podemos citar a Cabeza de pez (Fishhead), como fuente de inspiración para La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth).




La cadena sin romper.
The Unbroken Chain, Irvin S. Cobb (1876-1944)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


En el año 1819, una cadena de veintiún esclavos negros pasaba por un sendero africano con destino a Mombasa. Estos veintiún hombres estaban enganchados en una correa, uno tras otro, como peces en un larguero. Solo que, en el caso del pez, el cordón habría sido atravesado por las branquias; este lote se unía entre sí.

Estaban encadenados, cuello a cuello. Cada uno de ellos llevaba un collar de hierro. Una cadena de hierro de cuatro pies de largo, que brotaba de este collar al frente, lo unía con el compañero que iba delante. Esto dejaba sus piernas libres para la marcha y sus manos para llevar una carga, si se le daba a una, o para rascarse o golpearse en el pecho en lamentación por su cautiverio.

Si había algún lugar mejor que otro era el primero y el último. El líder de la marcha no tenía una cadena que se arrastraba por debajo de la barbilla, sino solo una cadena a la espalda. El que se encontraba en la parte trasera también tenía que soportar solo la mitad de la carga de metal que cada uno de los diecinueve intermedios.

El grupo vivía, comía y dormía con la cadena puesta. Por la noche se acostaban en círculo, sus pies apuntando hacia un fuego que ardía para alejar a los leopardos y los leones. Durante el día se movían con el acompañamiento de un constante rechinar y golpeteo, cada uno usando su mano libre, si la tenía, para aliviar la presión del anillo del cuello sobre la base de su garganta o donde sus remaches irritaban las uniones superiores de sus espadas. Estaban desnudos excepto, por unos pantalones de piel de mono.

Todos eran varones adultos y, por lo tanto, a los ojos de sus actuales propietarios, más bien apreciados de lo que hubiera sido la ejecución de una variedad mixta. Eran miembros de una tribu que vivía en las estribaciones de las montañas; su marca tribal era el limado de sus dientes frontales superiores. Habían sido tomados en una incursión nocturna de los Masai. Antiguamente habrían sido masacrados en el lugar, a la luz de las chozas, o reservados para la tortura sacrificial al regreso de los vencedores a su propia aldea. Pero, últimamente, los Masai habían encontrado una forma más rentable, aunque menos agradable, de deshacerse de todos sus prisioneros.

Los ataron y los llevaron a un lugar llamado Kilwa, y los alojaron en un barracón. A este lugar llegaban los árabes, y de vez en cuando portugueses, y con estos exportadores negociaron los Masai por su botín humano, y se los llevaron. En este lado de África, el comercio no había alcanzado las proporciones de la costa de Guinea, tan enormemente rentable; pero en este momento estaba creciendo rápidamente, gracias a un mercado en constante aumento, especialmente los de Persia y Turquía en el este, y Cuba, Brasil y los estados más meridionales de la nueva república norteamericana al otro lado del mundo.

Este grupo especial de esclavos era arreado por seis árabes que portaban armas para la defensa y pesados látigos de hipopótamo para disciplinar sus compras. Si el lideraba la marcha, marcando el ritmo, deseaba detener la procesión, golpeaba el par de piernas desnudas más cercano. Así, sin palabras, los comandos y los deseos de los propietarios se manifestaban a los recién comprados. En cualquier lengua, o sin ella, un cuero crudo habla una parábola que el ingenio más aburrido puede comprender.

En una mañana en que los árabes y sus productos yugos todavía estaban a diez días del agua salada, una pequeña aventura y un desastre sucedió a la pequeña caravana. En este día se movían de este a sur a través de una meseta alta. Los que nunca hemos estado allí solemos pensar en África interior como una gran jungla: oscura, miásmica, tropical, pero aquí se extendía una vasta llanura de tierras altas a unos miles de pies sobre el nivel del mar. Estaba revestida de un rico pasto a través del cual los senderos se cruzaban y entrecruzaban como las arrugas en la palma de la mano de una lavandera.

En un punto donde el herbario crecía en rango y altura, un rinoceronte atacó a los viajeros. No había elefantes en esta parte. Aquí, el rinoceronte es la más grande de todas las bestias. De hecho, junto al elefante, es el cuadrúpedo más grande que se haya encontrado en cualquier parte del mundo, y, por su volumen, su rapidez y su disposición maligna, casi la más temida y la más terrible de todas las criaturas. En el caso de un espécimen masculino adulto, puede pesar hasta seis mil libras, poseer la fuerza de un camión de tres toneladas, el revestimiento de un tanque blindado, la potencia y la velocidad de un motor fuera de control.

El rinoceronte que asaltó la caravana era tan grande como su naturaleza maliciosa. Probablemente el sonido hecho por el convoy cuando se acercaba a él: el golpeteo de los pies descalzos sobre el camino, el estruendo de todos los artículos metálicos, tal vez el chasquido de un latigazo bien dirigido y el chirrido agonizante de su destinatario cuando su carne se estremeció y se sacudió bajo el golpe, lo irritaron.

Los cazadores afirman que nunca puedes estar seguro de qué hará un rinoceronte. Puede pasar de largo, indiferente, en un ataque repentino de ira ciega puede atacar un safari completo. Pero lo que sea que se le ocurra hacer, lo hace. Si se precipita es un proyectil irresistible, aplastante, desgarrador, vicioso, intrépido, diabólico; pareciendo más una máquina que un mamífero, más el espectáculo de un monstruoso mecanismo de cuerda que una cosa de sangre y huesos.

Fue así con este rinoceronte en particular atacó al escuadrón de esclavos. Se levantó a la vista desde un revolcadero pisoteado a unos doscientos metros de distancia, al lado izquierdo del sendero, justo cuando estos intrusos en su territorio estaban frente a él. Chilló una o dos veces, olisqueó el aire, y luego, bajando su frente hasta que el labio inferior casi tocó la tierra, llegó en ángulo recto a los viajeros, emitiendo resoplidos agudos y furiosos. Sonó como el estrépito de un silbido de vapor cuando llegó.

Para los árabes, la señal de peligro era clara. Se dispersaron, saltando con las piernas abiertas en la hierba alta y buscando algunos árboles que se alzaban cerca. Por experiencia personal, y por rumores, sabían que una vez que se despejaran del camino directo del bruto, probablemente no se desviaría de su curso para perseguir a un solo fugitivo a menos que posiblemente el viento le informara a su nariz de lo que sus pobres ojos no podían decirle. Aun así, se desviaron frenéticamente hacia los árboles con la intención de treparlos.

Los esclavos también sabían lo que se avecinaba. Todo en un frenético medio minuto, hicieron muchas cosas inútiles y sin propósito. Gimoteaban y chillaban, luchaban con sus grilletes, arrastraban la línea por completo, intentando, todos ellos, huir del punto de mayor peligro.

A continuación, se acurrucaron juntos, se enredaron en las cadenas y luego se alejaron una vez más del centro común, de modo que por un instante se presentó esta trágica grotesquería, que era como un producto de una pesadilla, de diez formas negras unidas que se esforzaban por moverse en una dirección y diez esfuerzos más para moverse en la dirección opuesta; pero cada uno, por sus propios esfuerzos enloquecidos, derrotaba la intención del otro; y en el medio, como el enlace de este estúpido tira y afloja, una figura, como un títere, bailando y colgando con la cabeza medio torcida sobre sus hombros, su cuerpo distorsionado, retorciéndose y encogiéndose, mientras miraba de frente la masa mortal que lo abatía.

El rinoceronte golpeó este objetivo con perfección, empalándolo en el más largo de sus dos cuernos. Por un instante, los árabes, mirando hacia atrás desde entre los árboles, vieron una imagen aún más fantástica que la de un momento antes: la proa armada de la bestia, con el pobre miserable empalado en sobre la gran cabeza que ahora estaba levantada.

Los cuellos se alargaron desmesuradamente, las cabezas apuntaron de la misma manera, los cuerpos tensos se estiraron hacia atrás, los brazos se posaron y se arrastraron, las piernas se retrajeron horizontalmente y se mantuvieron así por el poder que los había levantado y que ahora los empujaba hacia adelante, como una bandada de gansos negros en vuelo geométrico.

Este fenómeno triangular perduró. Luego, la cuña se agitó, se dobló sobre sí misma y se derrumbó sobre la hierba cuando el rinoceronte, liberando su cabeza de su presa, giró para golpear y pisotear la camada confundida bajo sus pies, y luego desapareció de la vista.

Con cautela, los árabes dispersos siguieron el rastro. El daño a su propiedad era considerable. El grupo andaba como un cardumen de peces en un larguero. De hecho, la pérdida era casi total. Algunos esclavos estaban prácticamente en pedazos. Pero de los compañeros de la víctima principal también encontraron una muerte atroz. Ninguna soga de verdugo habría roto una sola espina con mayor rapidez que aquellos cuellos de hierro bajo esa sacudida terrible. Con el cuello roto, yacían en una bobina hecha de cuerpos amontonados.

A primera vista parecía que los veintiuno estaban muertos. Pero resultó que el esclavo situado en el extremo trasero de la cadena aun respiraba. Su pecho estaba maltratado, su barbilla desgarrada y sus hombros estaban cubiertos por las duras hojas de hierba a través de las cuales había sido arrastrado; pero tenía el cuello recto en la banda de metal, no retorcido como los cuellos de los otros veinte; y pronto gimió.

Su escape del destino común podría justificarse razonablemente, por la virtud de haber estado en el extremo de la cadena. Además, en el instante siguiente al impacto, no había habido un peso pendiente de formas arrastradas detrás para ayudarlo a romper sus vértebras. Más allá de eso, justo antes de que el rinoceronte golpeara, tuvo el ingenio de agarrar la cadena con las dos manos y mantenerla firme, con unos pocos centímetros de holgura entre él y su agarre. En cualquier caso, esto fue sido su salvación.

Sin embargo, apenas parecía que valiera la pena salvarlo. Estaba idiota por el miedo. Continuó tirando de su acoplamiento, tratando de arrastrarse más lejos de la pila muerta que lo anclaba. En su discurso burbujeante gritaba palabras que los árabes tomaron como su nombre para un rinoceronte. Sin embargo, eligieron llevarlo con ellos; mejor un pedazo de salvamento de la calamidad que ninguno.

Por una especie de trabajo de carniceros, que no es necesario describir aquí, reanudaron la caminata interrumpida. Como viajaban ligeros, también viajaban rápido. Esa noche adelantaron a una caravana más grande bajo el mando de su jeque, y acompañado por un factor portugués. Habiendo contado su historia, incorporaron al esclavo restante y lo llevaron a Mombasa.

Siendo joven y capaz, salvo por su constante miedo, fue comprado por un capitán yanqui que, en su casa en Maine, era diácono de la iglesia y un ciudadano muy respetable.

Encadenado ahora en la muñeca y el tobillo, en lugar de a la altura del cuello, el superviviente solitario del rinoceronte estaba encerrado, con varios cientos de su clase, en las cubiertas de una elegante y rápida nave de corte estadounidense. Una vez hecho esto, el Capitán Hosea Plummer y su tripulación de hombres buenos subieron anclas y se dirigieron a un lugar muy lejano: su tierra natal de libertad.

Fue un viaje sin contratiempos y con no más del porcentaje promedio de mortalidad entre los esclavos. Habiendo eludido con éxito a los buques de guerra británicos y estadounidenses, que se suponía que vigilaban este tipo de cargas, el maestro a su debido tiempo echó el ancla en cierto estuario bien protegido detrás de cierta isla situada entre Charleston y Savannah. Aquí descargó parte del contrabando.

Habiendo negociado en efectivo con sus consignatarios, y con una buena cantidad de dinero en sus bolsillos, subió por la costa hasta el piadoso pueblo de Portland por un período de vacaciones, y sobria Acción de Gracias.

Pues, fíjate, el Capitán Hosea Plummer no solo era un alma piadosa sino que estaba agradecida.

En el año 1920, el señor G. Clayboume Brissot vivía la vida de un caballero en retiro cerca de Smithtown, Long Island. Era conocido por ser sureño, aunque casi no tenía acento. A juzgar por su voz, habrías dicho que venía de Nueva Inglaterra; solo cuando hablaba rápido, o cuando estaba estresado, había una sugerencia en su tono, un rastro, como diría un químico, de la suavización de la consonantes. Sin embargo, esto podría explicarse fácilmente.

Parecería que en su temprana juventud había sido enviado al norte para ser educado. Aquí arriba había sido instruido; luego pasó por Harvard y luego permaneció en el norte, viviendo primero por un tiempo en la ciudad de Nueva York y ahora en esta propiedad que poseía al norte de la aldea de Smithtown, en un sitio a media milla del Sound.

Parecía no tener vínculos en la sección donde había nacido. Nunca visitó el Sur, aunque su riqueza, que era considerable, había sido amasada allí; y raramente hablaba de eso. Tampoco hizo mención alguna vez de ningún pariente, vivo o muerto, que pudiera tener allí. No pertenecía a la Southern Society en Nueva York ni a ninguna de las sociedades estatales. Era casi inevitable que, de niño, haya tenido compañeros de juego negros o, al menos, una enfermera negra, pero en el personal de su hogar no había negros en absoluto; algo bastante inusual cuando recuerdas que a la mayoría de los sureños trasplantados les gusta tener productos domésticos cerca.

Su ayuda de cámara era francés, su cocinero, armenio. Brissot prefería sus comidas muy condimentadas y bien engrasadas: su chofer era un italiano de segunda generación, su jefe de jardineros era escocés y sus sirvientas solían ser irlandesas o suecas.

Vivía mucho para sí mismo; realmente podrías llamarlo un recluso. Cuando viajaba, lo hacía solo, con la excepción de su ayuda de cámara y ocasionalmente su chofer. Quiero decir que no tenía compañero de viaje de su propia especie. Conocía Europa a fondo y especialmente el sur de Europa, donde había conducido mucho, pero de su propio país lo único que veía ahora era una franja estrecha a lo largo de la costa este.

De joven se había casado, pero al año o dos después de su matrimonio, él y su esposa se habían separado. Había habido un niño y, según un rumor más o menos vago, el niño aún vivía, aunque se sabía que el padre nunca había hablado de ello. Según un informe, el niño había nacido con una deformidad o una mancha de algún tipo y el padre lo había enviado lejos. Esto era solo un chisme; faltaban pruebas para respaldarlo.

El señor Brissot no era miembro de ningún club. Aparentemente no tenía intimidad ni confidencia alguna, a menos que su abogado en Nueva York, el señor Cyrus H. Tyree, pudiera ser llamado así. El conocido que tenía con sus vecinos en Long Island, muchos de ellos personas refinadas, era poco más que circunstancial. Nadie, hablando con la verdad, podría decir que era amigo de este caballero reservado y apartado.

Para sus asociados, prefería principalmente a los extranjeros, y especialmente a los franceses. De vez en cuando tenía algún visitante extranjero como invitado. De lo contrario, aceptaba muy pocas invitaciones y extendía prácticamente ninguna. Tal vez la tolerancia típica del francés educado, su libertad racial de tantos prejuicios que nos unen, le atrajeron. O tal vez su preferencia podría explicarse por descendencia, ya que tenía un nombre francés y presumiblemente era, al menos de un lado, de ascendencia latina. Quizás algún sentimiento transmitido en su naturaleza lo inclinaba a buscar la compañía de hombres de un cepa latina.

Le encantaba la música, el piano y el canto. Favorecía la música francesa, alemana e italiana. Por nuestras canciones folclóricas no sentía nada en absoluto. En cuanto al resto, era un hombre regordete de mediana edad y mediana estatura, con cabello lacio y oscuro, rasgos bastante sensibles, ojos marrones melancólicos y una actitud distante. Siempre vestía un atuendo sencillo, oscuro y bien cortado, pero también llevaba una corbata de colores brillantes y en sus dedos pesados anillos con joyas, que parecían extrañamente fuera de lugar.

Naturalmente, el señor Brissot era un objeto de interés para sus vecinos. La gente hablaba de él en términos de una curiosidad moderada; se preguntaban por él. Algunos probablemente construyeron sus propias teorías míticas, más o menos fantásticas, para dar cuenta de sus costumbres.

Una noche, unos vecinos de Brissot conversaban animadamente. Uno era el juez Martin Sylvester, quien antes de su ascenso a la banca federal había sido miembro de la cámara baja del Congreso, y antes de eso vicegobernador de uno de los estados del Atlántico Sur. El otro era el señor George Blackburn, su distinguido visitante en la terraza de la casa con vista al Sound. Era después de la medianoche; los otros miembros de la casa se habían ido a la cama. Los dos hombres, ambos ancianos, estaban fumando el último cigarro del día. Se produjo entre ellos uno de esos pequeños silencios que a veces se producen cuando un par de hombres en excelente acuerdo entre sí, y razonablemente satisfechos, fuman buenos cigarros juntos. Fue el invitado quien rompió el hechizo.

—Blackburn —dijo—, ¿cuál es la mayor tragedia que nuestra civilización estadounidense tiene para ofrecer? —Sin detenerse, continuó, respondiendo a su propia pregunta—: Voy a decirte lo que pienso. Creo que sobre la tragedia más cruel que tenemos hoy en este país es el hombre con una tintura de sangre negra en sus venas, el rastro infinitesimal que, de acuerdo con nuestras leyes de consanguinidad, sin embargo lo tilda de negro, y que todavía tiene educación, buen gusto y refinamiento, incluso puede tener en él a veces la semilla del genio que lo convierte en artista o creador. Pero, en nuestro esquema nacional, Norte o Sur, no hay lugar para él en absoluto.

»La vida debe ser un infierno para un hombre así, seguramente lo es. Piénselo, pasa sus días despreciando su contacto forzado con los de su propia raza. Oh, sí, sé que los norteños a veces simulan su compañía, pero es solo un pretexto, una sombra y no la sustancia de la igualdad social por la que debe anhelar el mundo. Eso sí, no estoy discutiendo a favor de ninguna conclusión. Tengo las convicciones ortodoxas de un sureño ortodoxo: prejuicios, llámalos, algunos de ellos, pero aun así no puedo evitar ver su lado lamentable.

»Y la parte más lamentable es que no hay nada que él pueda hacer, o que tú o yo podamos hacer, para mejorar las cosas para él. Tenemos que mantener nuestro propio linaje limpio. Una gota de tinta negra en una pinta de agua clara decolora todo el vaso. Eso es cierto en química; es verdad en biología; verdad de toda la creación. Y no puedes escapar de ella. No puedes resistirte a las leyes siempre duraderas. Solo eres un tonto y un criminal si lo intentas.

»Puedo pensar en otra tragedia más para igualarla: una tragedia similar; y ese es el caso de un hombre que, digamos, tiene solo un decimosexto, incluso un sexagésimo cuarto grado de la mezcla neroide, un hombre que pasa por un caucásico puro, que pasa desapercibido y, sin embargo, debe vivir con una maldición sobre él, la maldición del miedo de que algún día, de alguna manera, alguna parte de él, alguna palabra, algún acto espasmódico, involuntario, alguna manifestación de motivación o pensamiento que ha estado escondiéndose durante generaciones, traicione su secreto. Algo como eso debe envenenar los pensamientos de un hombre, debe deformar su naturaleza.

—Bueno —dijo Blackburn—, admitió que todo lo que dices es verdad. Pero, ¿qué demonios te provocó tocar un tema tan infeliz en una hermosa noche como esta?

—Oh, no lo sé —dijo el sureño—. La luz de la luna, supongo. Es el tipo de luna que al soldado John Allen de Mississippi le gustaba decir que solíamos tener en el sur antes de la guerra. Me ha hecho pensar en cosas que he visto y escuchado en mi país, angustiantes, principalmente. Ahora, recuerdo una vez…

Se interrumpió, considerando la ceniza de su cigarro como si fuera algo inmensamente importante. Luego volvió a hablar, haciendo que su tono fuera casual:

—Blackburn, este vecino de al lado, el señor Brissot, que estuvo esta tarde por un rato, me interesó.

—Debe haberlo hecho, a juzgar por las preguntas que has estado haciendo sobre él desde que se fue. Bueno, no hay mucho que pueda decirte al respecto. Brissot está por ser nuestro pequeño misterio del vecindario. Es un rompecabezas para ti, supongo. Bueno, no estoy sorprendido por eso, ha sido un rompecabezas para nosotros estos últimos cuatro o cinco años desde que se mudó.

—Sí —dijo el juez—, es un rompecabezas. O, en cualquier caso, diría que es una rareza. Solo lo vi por unos minutos, pero lo he tenido en mi mente desde entonces. Había ciertas cosas sobre él…

Nuevamente dejó una frase sin terminar. Para sus siguientes palabras, bajó la voz, y antes de pronunciarlas miró hacia atrás como para asegurarse de que ningún sirviente estuviera escuchando.

—Blackburn, bien podría sacarlo de mi pecho. Pero recuerda que lo que voy a decir se dice con la más estricta confidencialidad.

Hizo hincapié en la última palabra con una entonación especial.

—Te entiendo —dijo su anfitrión, poniendo el mismo énfasis ritualista en su respuesta—. Estamos en el Lodge; la puerta está cerrada y el Tyler en guardia. ¿Pero por qué todo este secreto?

—Porque, sin pruebas, cometo una indiscreción cuando incluso sugiero lo que he estado pensando. Es el tipo de cosas que un hombre en mi posición no se atreve a susurrar a menos que esté preparado, en caso de un enfrentamiento, para respaldar su insinuación con evidencia jurada, o una pistola, o ambas. Incluso entonces la compasión podría hacerlo dudar. Pero eso es suficiente para un preámbulo. Creo que nos entendemos.

»Apenas me presentaron a este señor Brissot me sentí algo atraído por él. De alguna manera, en medio de toda esa gran multitud de personas finas, inteligentes y amables, parecía terriblemente solo. Y cuando usted mencionó que él también era del sur, decidí de inmediato que al menos tendríamos un tema agradable para hablar juntos, una cosa en común. Pero, como resultó, no lo hicimos. Porque cuando hablé de familias dijo que tenía una cuñada cuya madre había sido una Claybourne, y cambió de tema como un potro galopante. Tampoco tenía ningún orgullo estatal, ni una partícula, y eso también es una cosa peculiar en un sureño.

»Haber nacido en ciertos estados es un incidente. Pero haber nacido en ciertos otros es, para el hombre que nació allí, una profesión. El sureño puede ser lo suficientemente modesto en la mayoría de los aspectos, pero basta mencionar su estado de origen y comenzará a presumir como si una virtud especial residiera en él. Para noventa y nueve de cada cien, la familia significa mucho. Probablemente tenga un papá confederado o un bisabuelo revolucionario del que está orgulloso. O tal vez un embajador o un tío abuelo en el gabinete de Buchanan.

»Sé cómo es porque yo también soy víctima del hábito. Vengo de una población que se jacta de sí misma. Uno de mis abuelos vino de Richmond y mi madre era una mujer de Charleston, nacida en una de esas viejas casas en Batten que ha estado en su familia durante más de cien años. Mira, estoy empezando a darme crédito por mis antepasados, incluso mientras describo cómo se comportan otras personas. Naturalmente, no podemos escapar de eso.

»Pero tu amigo ermitaño se estremeció cuando intenté hablar de su familia. Y, sin embargo, si su nombre cuenta para algo, es de esa vieja población de hugonotes allá abajo. Es como si tuviera algo que ocultar, como si... bueno, ¿qué dirías tú mismo?

—Pero seguramente solo por eso no sospecharías de… ¿la otra cosa? —dijo Blackburn—. El hombre no es precisamente pálido, lo admito. De hecho, es de piel bastante cetrina, pero…

—Eso no tiene nada que ver con eso —dijo el juez Sylvester—. En mi época, he conocido a un centenar de hombres de la llamada cepa nórdica, anglosajona o celta, que eran más oscuros por diez tonos que él. Soy muy perceptivo cuando se trata de eso. Fíjate: cuando se apartó de mí, lo estudié de cerca, no sé por qué, pero de repente apareció algo en su rostro cuando lo vi de perfil, una especie de, bueno, no diré rasgos; no sé cómo expresarlo con palabras, pero un algo, como si otra cara debajo de la piel se ajustara al contorno de sus huesos. No quiero ser mórbido, pero solo para satisfacer mi propia curiosidad, sin duda me gustaría echar otro vistazo al hombre.

»Te diré por qué, es la prueba final para la mancha negroide. O al menos eso es lo que la gente de mi tierra cree firmemente. No sé qué dirían los etnólogos al respecto, pero creemos que si alguien tiene la menor tintura de sangre africana, se revelará en una especie de mancha o raya en la mitad de su espalda. Los ojos, las uñas, los arcos del empeine, pueden estar fuera de sospecha; las características pueden ser tan caucásicas como las de George Washington, o las de Lord Byron, pero a lo largo de la línea de la columna vertebral, correrá esa leve mancha inconfundible que es como el trazo de un cepillo de alquitrán. Repito: no quiero ser mórbido, Blackburn, pero seguramente le gustaría echar un vistazo a la columna vertebral de su vecino. Tal vez me equivoque, el Señor sabe que espero estarlo.

Pero, por supuesto, el juez Sylvester nunca logró satisfacer su curiosidad. Dos días después, terminó su visita y regresó a su casa cerca de Augusta, y dos semanas después, el señor Brissot murió en un cruce del ferrocarril de Long Island después de que una locomotora eléctrica chocara con su automóvil.

Murió al instante, y también su chofer. El tercer ocupante del automóvil fue el famoso explorador y cazador, el coronel Bate-Farnaro, que había recorrido el desierto y vencido a la jungla, solo, por este irónico truco del destino, para ser aplastado mientras viajaba en una avenida pavimentada a través de un desarrollo inmobiliario moderno en los suburbios periféricos del Gran Nueva York.

Este notable hombre, que era inglés de nacimiento y de ascendencia mixta italiana, había estado un par de días con su amigo, el señor Brissot Los dos hombres se habían conocido en el extranjero, y cuando el Coronel vino a dar una conferencia, el señor Brissot lo invitó a su casa para un tranquilo fin de semana. Un lunes por la mañana regresaron a la ciudad en el auto de Brissot, trayendo consigo el equipaje del visitante. Siendo principalmente británico, el Coronel podría viajar a través de Tíbet solo con un cepillo de dientes, si tuviera que hacerlo, pero de la misma manera no podría ir de viernes a lunes sin llevar al menos una gran cantidad de maletas.

La colisión ocurrió en una de las ramas electrificadas del ferrocarril. El cruce estaba desatendido; el vigilante estaba ausente de su puesto. Una locomotora de alta potencia se movía hacia el oeste a gran velocidad. A doscientos metros de distancia, el maquinista vislumbró el cruce, justo cuando el automóvil Brissot subía una ligera elevación. El maquinista hizo lo que pudo, lo cual fue muy poco, ya que la distancia era demasiada corta como para frenar. Sonó el silbato como advertencia, y redujo la potencia de la máquina.

El chofer también hizo lo mejor que pudo, pero, al parecer, ante el zumbido de la máquina que se aproximaba, perdió la cabeza. La investigación posterior tendió a desarrollar el hecho, o más bien la teoría, de que primero trató de superar la vía antes que la locomotora, y que luego trató de detener el automóvil. Sea como fuere, la circunstancia sobresaliente fue esta: el automóvil, en un punto muerto, permaneció a horcajadas sobre los rieles durante un período de tiempo apreciable antes de que la locomotora la golpeara de costado y la arrojara sesenta pies en un montón de metal arrugado y partes rotas.

El señor Brissot y Luigi, su chofer, estaban muertos cuando fueron recogidos. Este último fue mutilado terriblemente; arrojado como un pez a través del parabrisas. Por algún fenómeno de la física, o del destino, el coronel Bate-Farnaro salvó su vida. Sin embargo, tenía una pierna y varias costillas rotas. Fue trasladado, inconsciente, a un hospital. Al principio se temía que su cráneo pudiera estar fracturado. Pero resultó que sufría una conmoción cerebral considerable; eso, principalmente, fue lo que lo mantuvo inconsciente tanto tiempo. Fue dos días después cuando recuperó el sentido, y un día después de eso se le permitió recibir visitas.

El primero en verlo fue el difunto abogado del señor Brissot. El señor Cyrus Tyree llegó corriendo de la ciudad inmediatamente al enterarse de lo que había sucedido. Había estado esperando esta oportunidad de obtener del inglés herido su versión del asunto. El señor Tyrce creía que el Coronel Bate-Farnaro estaba acostumbrado al peligro, y que debería ser capaz de dar una explicación razonablemente coherente de lo que pasó en esos pocos segundos terribles entre la aparición del tren y su colisión con el automóvil.

—Desde que recuperé el sentido —dijo el inglés—, he estado acostado aquí, desconcertando sobre una circunstancia extraordinaria relacionada con este hecho angustioso. No he sido capaz de sacarla de mi mente. Pobre querido Brissot. Que Dios lo reciba. Siempre me pareció una persona notablemente tranquila, en lo más mínimo dado a hablar ociosamente sobre esto y aquello. Pero por qué debería haber sido tan reservado con respecto a sus experiencias en África, quiero decir, por qué para mí, de todas las personas, debería haber sido tan reservado.

—Disculpe —interrumpió el señor Tyree—, ¿dijo usted sus experiencias africanas?

—Sí, sí. Tenía conocimiento, naturalmente, de los años que había pasado en el interior de África. Si solo hubiera elegido decirme que él también había estado allí, habríamos tenido algo en común, algo interesante como tema de conversación.

—Pero el señor Brissot nunca estuvo en África —dijo el señor Tyree, todavía en ese tono tenso—; puedo asegurarle positivamente eso.

—Mi querido señor, está usted equivocado —dijo el Coronel enfáticamente.

—Solo puedo insistir en su equivocación —dijo gravemente el señor Tyree—. Mi fallecido cliente había viajado mucho, como probablemente sepa. Pero nunca visitó África. Había razones por las cuales, de todos los lugares del mundo, nunca habría ido —Se interrumpió y comenzó de nuevo—: Le doy mi palabra de honor, coronel, que Claybourne Brissot nunca pisó suelo africano en toda su vida.

—Perdón otra vez, querido amigo, pero seguramente usted es quien está equivocado. Prácticamente somos extraños; aun así, supongo que como abogado de Brissot, y probablemente como su amigo, disfrutaba de su confianza.

—En efecto.

—En ese caso, hubo un capítulo en su vida del que no podría haberle hablado. Puede que esté un poco desconcertado pero, en vista de las experiencias pasadas que yo mismo he tenido, hay ciertos asuntos con respecto a los cuales no podría ser engañado. ¿Por qué?, por mi recuerdo de ese horrible desastre del lunes, destaca sobre todo un detalle que me convenció absolutamente de esto: Brissot, en algún momento u otro, debe haber tenido una relación íntima con la vida salvaje africana, con el lenguaje de una tribu muy remota, con asuntos que uno puede aprender de primera mano, en el lugar.

El señor Tyree se inclinó hacia delante. Había una mirada curiosa, casi asustada, en su rostro.

—Coronel —dijo—, ¿podría decirme en detalle exactamente qué sucedió, con referencia particular a estas revelaciones que, usted dice, despertaron su sospecha?

—No hay mucho que contar. Ahí estábamos, y allí estaba la maldita locomotora que se nos venía encima. Instintivamente me acurruqué en el asiento. A mi lado estaba Brissot, y allí, delante de nosotros, estaba el chofer, que de repente parecía haberse vuelto loco de miedo y estaba gritando horriblemente. Ya ve, los tres tuvimos suficiente tiempo para asimilar lo que estaba por suceder. En un momento como ese, las cosas pueden pasar en un instante.

»Incluso tuvimos la oportunidad de hacer un movimiento para salir del auto. No digo que pudimos haber tenido éxito, ninguno de nosotros, pero al menos hubo un momento apreciable para intentarlo.

»¡Sin embargo, no sirvió de nada! El chofer parecía estar atado al volante. Y la puerta a mi lado estaba atorada. Nos dimos cuenta esa mañana antes de salir de la casa de Brissot que la cerradura estaba atascada. En el estribo del otro lado, desde donde venía la locomotora, mi equipaje había sido amontonado y atado. Así que allí estábamos, los tres prácticamente prisioneros e indefensos.

»El pobre Brissot hizo lo mejor que pudo. Agarró la manija de la puerta a su lado y la giró e intentó abrirse paso. Pero su cabeza fue todo lo que logró sacar por completo. Me imagino que mi maleta más grande era bastante pesada, realmente, debe haber caído hacia abajo o deslizarse hacia adelante de alguna manera en ese instante, posiblemente su repentino empujón en la puerta la movió, porque la puerta se vio obligada a retroceder directamente, atrapando a Brissot por el cuello. Y allí permaneció, pobre muchacho, incapaz de moverse y directamente frente a su destino.

»Recuerdo todo muy claramente, a pesar de que todo sucedió en mucho menos tiempo del que necesito ahora para narrarlo. Era como si tuviera un ojo para la horrible situación de Brissot, otra para el estado del chofer, y una extra para observar cómo se acercaba el tren y calcular, por su velocidad, cuánto tiempo pasaría antes de que nos golpeara. De alguna manera mi interés en mí mismo estaba ausente, como se podría decir, ya había decidido que no tenía ninguna posibilidad terrenal de escapar.

»Y fue justo entonces, en ese preciso momento, mientras la cabeza del pobre Brissot estaba atascada, que gritó las palabras que me hicieron saber que había estado en África, probablemente en algún distrito profundo de Uganda.

»También me impresionó la semejanza gráfica entre la palabra pronunciada por Brissot y esa locomotora, apresurándose directamente hacia nosotros, resoplando, que realmente parecía un rinoceronte cargando contra su presa, con la cabeza baja y el vientre rozando la tierra.

—¿Quiere usted decir que Brissot dijo a palabra rinoceronte?

—Sí y no. Lo que exclamó, chilló, más bien, fue una frase de dos palabras nativas. La apariencia misma de ese monstruo que se acerca le debe haber traído vívidamente esas palabras, volviendo a él ahora, años y años después de haberlas escuchado por primera vez, sin duda, bajo condiciones similares.

»Él gritó, no una, sino tres veces, ¡Niama tumba! ¡Niama tumba! Niama tumbal.

»Las palabras pertenecen al lenguaje de los Mbama, una tribu ahora casi extinta, que vive más allá del país de los Masai en el lado interno de nuestro Protectorado británico, en lo que antes era África Oriental portuguesa. Solo quedan unos pocos: el comercio de esclavos primero, y las enfermedades del hombre blanco después, los diezmaron hace mucho tiempo. Las palabras, traducidas literalmente, significan gran animal; y ese esa es la palabra para rinoceronte entre los Mbama. Extraordinaria coincidencia.

El señor Tyree no respondió. Por un momento se sentó como un hombre aturdido por una increíble revelación.

Irvin S. Cobb (1876-1944)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Irvin S. Cobb.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Irvin S. Cobb: La cadena sin romper (The Unbroken Chain), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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