«El Valle Muerto»: Ralph Adams Cram; relato y análisis


«El Valle Muerto»: Ralph Adams Cram; relato y análisis.




El Valle Muerto (The Dead Valley) —a veces traducido al español como El valle de la muerte— es un relato de terror del escritor norteamericano Ralph Adams Cram (1863-1942), publicado en la antología de 1895: Espíritus blancos y negros: un libro de historias de fantasmas (Black Spirits and White: A Book of Ghost Stories).

El Valle Muerto, quizás uno de los cuentos de Ralph Adams Cram más reconocidos, narra la historia de dos muchachos, quienes emprenden una larga caminata por una tierra árida, desconocida, que poco a poco se va tornando más y más desolada, hasta que por fin llegan al Valle Muerto: un sitio onírico, irreal, donde la propia naturaleza parece haber adquirido una consciencia amenazante.

Ralph Adams Cram fue un destacado arquitecto que revitalizó la arquitectura gótica en los Estados Unidos, y que solo ocasionalmente incursionó en el relato fantástico; de hecho, apenas publicó una colección de cuentos. Como no podía ser de otro modo, El Valle Muerto se inscribe dentro de la tradición de la literatura gótica, con una maestría tal que capturó el elogio de H.P. Lovecraft, quien escribió:


En El Valle Muerto, el eminente arquitecto y medievalista, Ralph Adams Cram, logra un memorable registro de vago horror regional a través de sutilezas en la atmósfera y descripción.


SPOILERS.

Lovecraft estaba en lo cierto. En El Valle Muerto todo tiene que ver con la atmósfera y la descripción. Aquí, dos niños, Olof Ehrenvärd y Nils Sjöberg, emprenden un viaje en soledad hacia una aldea lejana, con la esperanza de comprar un cachorro. La noche se precipita sobre ellos y los muchachos pronto se encuentran en un escenario inusual, premonitorio, como si la propia naturaleza se tornara hostil con ellos.

El Valle Muerto de Ralph Adams Cram es uno de esos relatos que calan hondo, quizas porque la fuente del peligro es desconocida. De hecho, el autor no explica absolutamente nada sobre el origen de aquel mal que pesa sobre el Valle Muerto, y esto funciona. Le otorga a la historia un sentimiento mítico, algo profundo, primitivo. El pequeño y valiente Olof lo experimenta no solo una vez, por casualidad, sino una segunda cuando regresa semanas más tarde para investigar la fuente de aquel paisaje onírico.

La eficacia de El Valle Muerto se ve reforzada por el oscuro e imprivisible giro hacia el final del cuento. Aunque comienza como un recuento bucólico, pronto se transforma en la desgarradora historia de dos niños perdidos en una tierra desprovista de vida y esperanza. No hay refugio, ni alivio, en el Valle Muerto. Los protagonistas se encuentran rodeados por ese paisaje aterrador, esa niebla espesa, que parece alimentarse del temor y la desesperación que crecen con cada paso.

No es ilógico suponer que la idea de dos niños de 12 años, y un cachorro, perdidos en un bosque que, a su vez, es una proyección psíquica de sus miedos, bien podría haber inspirado a los creadores de Silent Hill.

El Valle Muerto posee algo del Horror Cósmico de Algernon Blackwood y Arthur Machen, sobre todo en el empleo de la naturaleza como agente de una hostilidad antigua y alejada de los intereses humanos. En este contexto, podemos aventurar que la esencia del Valle Muerto, aquello que lo resguarda de los curiosos, y que torna el ambiente en una verdadera réplica de las pesadillas lovecraftianas, es un Genius Loci (ver: Genius Loci: el espíritu del lugar), aquellos espíritus guardianes de ciertos lugares, aunque en este caso también cabe la posibilidad de que el Valle Muerto sea una proyección de la psique perturbada del pequeño Olof.



El Valle Muerto.
The Dead Valley, Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Tengo un amigo, Olof Ehrensvärd, sueco de nacimiento. Debido a una extraña y melancólica tendencia desde su temprana infancia, su familia lo trajo al Nuevo Mundo. Es, entonces, una historia muy curiosa. Los detalles no importan aquí, pero son lo suficientemente concretos como para tejer una red de romance alrededor del hombre alto de barba amarilla, ojos tristes y una voz capaz de entonar perfectamente las quejumbrosas canciones suecas recordadas de la infancia.

En las tardes de invierno jugamos ajedrez juntos, él y yo, y después de esas batallas feroces, por lo general luego de mi derrota, llenamos nuestras pipas, y Ehrensvärd me cuenta historias de la lejana patria, antes de lanzarse al mar: historias que se vuelven muy extrañas e increíbles a medida que la noche se profundiza y el fuego se apaga, pero historias que, sin embargo, creo completamente.

Una de ellos me causó una gran impresión. La comparto aquí, lamentando no poder reproducir el inglés curiosamente perfecto y el delicado acento que aumentaba la fascinación del relato. Sin embargo, de todo aquello que puedo recordar, aquí está.


Nunca te conté cómo Nils y yo fuimos por las colinas hasta Hallsberg, y cómo encontramos el Valle Muerto, ¿verdad? Bueno, así es como sucedió. Debo haber tenido unos doce años, y Nils Sjöberg, cuyo patrimonio familiar se unió al nuestro, era unos meses más joven. Éramos inseparables justo en ese momento, y lo todo lo que hacíamos, lo hacíamos juntos.

Una vez por semana se abría el mercado en Engelholm, y Nils y yo siempre íbamos allí para ver los extraños productos que el mercado reunía en todo el país circundante. Un día perdimos nuestros corazones, porque un anciano del otro lado del Elfborg había traído un perrito para vender, que nos parecía el más hermoso del mundo. Era un cachorro redondo y lanudo, tan divertido que Nils y yo nos sentamos en el suelo y nos reímos de él, hasta que vino y jugó con nosotros de una manera tan alegre que sentimos que solo había una cosa realmente deseable en la vida, y eso era el perrito del viejo del otro lado de las colinas.

Pero, ¡ay!, no teníamos ni la mitad de dinero suficiente para comprarlo, así que nos vimos obligados a rogarle al anciano que no lo vendiera antes del próximo día de mercado, prometiéndole que le traeríamos el dinero en ese momento. Nos dio su palabra y corrimos a casa muy rápido e imploramos a nuestras madres que nos dieran dinero para el perrito.

Obtuvimos el dinero, pero no podíamos esperar a la fecha acordada. Teníamos miedo que el dueño lo vendiese de todos modos. La idea nos asustó, así que suplicamos que se nos permitiera cruzar las colinas hasta Hallsberg, donde vivía el anciano, y recoger el perrito nosotros mismos. Al final nos dijeron que podríamos ir.

Al comenzar temprano en la mañana deberíamos llegar a Hallsberg a las tres en punto, y se acordó que deberíamos quedarnos allí esa noche con la tía de Nils y, al partir al mediodía del día siguiente, volver a casa al atardecer.

Poco después del amanecer estábamos en camino, después de haber recibido instrucciones minuciosas sobre lo que deberíamos hacer en todas las circunstancias posibles e imposibles, y finalmente el mandato reiterado de que deberíamos regresar a casa a la misma hora del día siguiente.

Para nosotros era un plan magnífico. Cargamos nuestros rifles, llenos de un vano sentido de importancia. El viaje fue bastante tranquilo a lo largo de un buen camino, a través de las grandes colinas que conocíamos tan bien. Nils y había disparado sobre la mitad del territorio a este lado de la cresta divisoria del Elfborg. Detrás de Engelholm se extendía un largo valle, desde el cual se elevaban las montañas bajas, y tuvimos que cruzar esta área, y luego seguir el camino a lo largo de la ladera de las colinas durante tres o cuatro millas, antes de que un sendero estrecho se bifurcara a la izquierda, conduciendo a través del paso.

Nada ocurrió de interés en el camino, y llegamos a Hallsberg a su debido tiempo, descubrimos para nuestra alegría inexpresable que el perrito no se vendió, así fuimos a la casa de la tía de Nils para pasar la noche.

No recuerdo bien por qué no salimos temprano al día siguiente. En todo caso, sé que nos detuvimos en un campo de tiro a las afueras de la ciudad, donde los cerdos de cartón más atractivos se deslizaban lentamente a través del follaje pintado. El resultado fue que nos demoramos. Finalmente nos encontramos cruzando la ladera de la montaña con el sol peligrosamente cerca de sus cumbres. Creo que estábamos un poco asustados ante la perspectiva de una caminata nocturna, y del posible castigo que nos esperaba si volvíamos después de medianoche.

Por lo tanto, nos apresuramos por la ladera de la montaña, mientras el anochecer azul se cerraba sobre nosotros y la luz se apagaba en el cielo púrpura. Al principio habíamos estado bromeando, y el perrito había estado saltado delante de nosotros con la mayor alegría. Últimamente, sin embargo, nos llegó una curiosa opresión; no hablábamos, ni silbábamos, mientras el perro se quedó atrás, siguiéndonos con vacilación en cada músculo.

Habíamos pasado por las estribaciones bajas de las montañas, y estábamos casi en la cima de la cordillera principal, cuando la vida parecía apagarse del todo, dejando el mundo muerto. Repentinamente silencioso, el aire del bosque se volvió estancado. Instintivamente nos detuvimos para escuchar.

Un silencio perfecto: el silencio aplastante de los bosques profundos en la noche; y más, para siempre, incluso en las más impenetrables profundidades de las montañas boscosas, es el murmullo multitudinario de pequeñas vidas, despertadas por la oscuridad, exageradas e intensificadas por la quietud del aire y la gran oscuridad: pero aquí y ahora el silencio parecía intacto incluso con el giro de una hoja, el movimiento de una ramita, la nota de un pájaro nocturno o de un insecto. Podía escuchar la sangre latir por mis venas. El crujido de la hierba bajo nuestros pies mientras avanzábamos con pasos vacilantes sonaba como la caída de un árbol.

Y el aire estaba estancado, muerto. La atmósfera parecía descansar sobre el cuerpo como el peso del mar sobre un buzo que se ha aventurado demasiado lejos en sus terribles profundidades. Lo que generalmente conocemos como silencio es apenas un paréntesis en relación con el estruendo de la experiencia ordinaria. Esto era un silencio absoluto, que aplastaba la mente mientras intensificaba los sentidos, aumentando el terrible peso del miedo inextinguible.

Sé que Nils y yo nos miramos el uno al otro con terror, escuchando nuestra respiración rápida y pesada, que sonaba a nuestros agudos sentidos como la agitada oleada de las aguas. Y el pobre perrito justificó nuestro terror. La opresión negra parecía aplastarlo incluso como a nosotros. Se tumbó cerca del suelo, gimiendo débilmente, y arrastrándose dolorosa y lentamente más cerca de los pies de Nils. Creo que esta exhibición de miedo animal fue la última señal que inhibió nuestra razón, la mía de todos modos; pero justo entonces, mientras estábamos temblando en los límites de la locura, llegó un sonido, tan horrible que pareció despertarnos del hechizo que pesaba sobre nosotros.

En el fondo del silencio llegó un grito, que comenzó como un gemido bajo y doloroso, que se convirtió en un grito tembloroso, que culminó en un grito que pareció desgarrar la noche en un sol y destrozar el mundo como por un cataclismo. Tan temeroso fue que no podía creer que tuviera una existencia real: pasó la experiencia previa, los poderes de la creencia, y por un momento pensé que era el resultado de mi propio terror animal, una alucinación nacida de una razón vacilante.

Una mirada a Nils disipó este pensamiento en un instante. A la pálida luz de las altas estrellas, él era la encarnación de todos los posibles miedos humanos, temblando de dolor, con la mandíbula caída, la lengua afuera, sus ojos sobresalían como los de un hombre ahorcado. Sin una palabra, huimos, el pánico del miedo nos dio fuerzas, y juntos, el perrito atrapado en los brazos de Nils, nos apresuramos por la ladera de las montañas malditas, hacia cualquier lugar, el objetivo no tenía importancia: solo teníamos fuerzas para alejarnos de ese lugar.

Entonces, debajo de los árboles negros y las estrellas blancas y lejanas que brillaron a través de las hojas quietas en lo alto, saltamos por la ladera de la montaña, independientemente del camino o de cualquier punto de referencia, directamente a través de la maleza, a través de arroyos de montaña, a través de pantanos y cadáveres. En cualquier caso, nuestro curso era descendente.

Cuánto tiempo corrimos así, no tengo idea, pero poco a poco el bosque quedó atrás, y nos encontramos entre las estribaciones. Nos echamos exhaustos sobre la corta y seca hierba, jadeando como perros cansados.

Era más claro aquí a la intemperie, y ahora miramos a nuestro alrededor para ver dónde estábamos, y cómo íbamos a encontrar el camino que nos llevaría a casa. Buscamos en vano una señal familiar. Detrás de nosotros se alzaba la gran muralla del bosque negro en el flanco de la montaña: ante nosotros yacían los montículos ondulantes de colinas bajas, y más allá, solo la caída del cielo negro, brillante con las estrellas multitudinarias que volvieron su profundidad aterciopelada a un gris luminoso.

Según recuerdo, no nos hablamos. El terror nos pesaba demasiado para eso, pero poco a poco nos levantamos simultáneamente y comenzamos a cruzar las colinas.

Permanecía el mismo silencio, el mismo aire muerto e inmóvil, un aire que era a la vez tibio y escalofriante, como la quemadura del acero congelado. Aun cargando al perro indefenso, Nils siguió adelante a través de las colinas, y yo lo seguí de cerca. Por fin, frente a nosotros, se alzó una ladera cuya cumbre rozaba las estrellas blancas. Ascendimos con esfuerzo. Llegamos a la cima y nos encontramos mirando hacia un valle grande y llano, lleno la mitad con... ¿qué?

Hasta donde alcanzaba la vista se extendía una llanura de color blanco ceniciento, ligeramente fosforescente, un mar de niebla que yacía como agua inmóvil, o más bien como un piso de alabastro. Si fuera posible, creo que el mar de niebla blanca y muerta aterrorizó aún más mi alma que el pesado silencio o el grito mortal: tan ominoso, tan irreal, tan fantasmal, tan imposible, ya que yacía allí como un océano muerto bajo las estrellas constantes. ¡Sin embargo, a través de esa niebla debíamos seguir! No parecía haber otro camino a casa.

Destrozado por el miedo, e impulsado por el único deseo de regresar, comenzamos a descender la cuesta hacia donde cesaba el mar de niebla lechosa sobre los tallos de hierba áspera.

Puse un pie en la niebla fantasmal. Un escalofrío de muerte me atravesó, deteniendo mi corazón, y me eché hacia atrás. En ese instante llegó de nuevo el chillido, cercano, mucho más cercano, al otro lado de ese maldito mar, Vi la niebla fría levantarse como una boca de agua y arrojarse en lo alto, retorciéndose, arremolinándose. Las estrellas comenzaron a oscurecerse a medida que el vapor espeso las atravesaba, y en la oscuridad creciente vi una gran luna acuosa levantarse lentamente sobre el mar palpitante.

Esto fue suficiente: giramos y huimos a lo largo del margen del mar blanco que ahora palpitaba con movimientos irregulares debajo de nosotros, subiendo, subiendo, lenta y constantemente, llevándonos más y más arriba por las faldas.

Fue una carrera por la vida. No sé cómo, pero lo hicimos, y finalmente vimos el mar blanco caer detrás de nosotros mientras avanzábamos tambaleantes hacia el final del valle, y luego hacia una región que conocíamos: el viejo camino. Lo último que recuerdo fue escuchar una voz extraña, la de Nils, pero horriblemente cambiada, tartamudeando:

—¡El perro está muerto!

Y luego el mundo entero se dio la vuelta dos veces, lenta e incesantemente, y la conciencia se estrelló.

Recuerdo que unas tres semanas después desperté en mi habitación y encontré a mi madre sentada al lado de la cama. Al principio no podía pensar muy bien, pero de a poco comenzaron a aparecer vagos destellos de recuerdos, hasta recuperar toda la secuencia de eventos de esa horrible noche en el Valle Muerto.

Me informaron que, tres semanas antes, me habían encontrado en mi propia cama, muy enfermo, y que mi enfermedad se convirtió rápidamente en fiebre cerebral. Traté de hablar de las cosas terribles que me habían sucedido, pero vi de inmediato que nadie me prestaba atención, salvo los fantasmas de un frenesí moribundo, así que cerré la boca.

Sin embargo, debía ver a Nils, así que pregunté por él. Mi madre me dijo que él también había estado enfermo, pero que ahora estaba bastante recuperado. Luego lo trajeron y, cuando estuvimos solos, comencé a hablarle de la noche en la montaña. Nunca olvidaré la conmoción que me golpeó cuando el niño negó todo: negó haber ido conmigo, haber escuchado el grito, haber visto el valle o sentir el frío mortal de la niebla fantasmal. Nada sacudiría su decidida ignorancia. A pesar de mí mismo, me vi obligado a admitir que sus negaciones no provenían de una política de ocultamiento, sino del olvido.

Mi cerebro debilitado estaba en crisis. ¿Fue todo producto del delirio de la fiebre? ¿O el horror de lo real había borrado la mente de Nils en lo que respecta a los eventos de la noche en el Valle Muerto? La última explicación parecía la única razonable, de lo contrario, ¿cómo explicar la repentina enfermedad que en una noche nos había golpeado a los dos? No dije nada más, ni a Nils ni a mi propia gente, pero esperé, con una determinación creciente. Encontraría ese valle si realmente existía.

Pasaron algunas semanas antes de que estuviera lo suficientemente fuerte como para ir, pero finalmente, a fines de septiembre, elegí un día brillante, cálido y tranquilo, la última sonrisa del verano agonizante, y caminé temprano en la mañana a lo largo del camino que conducía a Hallsberg. Estaba seguro de saber dónde se abría el camino a la derecha, por donde habíamos venido del valle de aguas muertas, porque un gran árbol crecía junto al camino de Hallsberg en el punto donde, con un sentido de salvación, habíamos encontrado el camino a casa.

Pronto lo vi a la derecha, un poco más adelante.

Creo que la brillante luz del sol y el aire limpio funcionaron como un tónico, ya que cuando llegué al pie del gran pino, había perdido bastante la certeza en aquella visión que me perturbaba, creyendo ahora que no había sido más que una pesadilla. Sin embargo, giré bruscamente a la derecha, en la base del árbol, sobre un camino estrecho que conducía a través de la espesura. Mientras lo hacía, me tropecé con algo. Un enjambre de moscas cantaba en el aire a mi alrededor, y al mirar hacia abajo, vi el vellón enmarañado, los pequeños huesos del perro que habíamos comprado en Hallsberg.

Entonces supe que todo era cierto, y estaba asustado. Sin embargo, el orgullo y el deseo de aventura me impulsaron, y avancé contra la espesura que me impedía el paso. El camino apenas era visible: simplemente era un sendero abierto por pequeñas bestias, porque, aunque se lo veía sobre la hierba fresca, los arbustos de arriba eran gruesos y apenas penetrables. La tierra se elevó lentamente, hasta que finalmente llegué a una gran ladera, sin árboles o arbustos, muy parecida a mi recuerdo de esa subida que habíamos rematado para poder encontrar el Valle Muerto y la niebla helada Miré al sol; era brillante y claro. Los insectos alrededor zumbaban en el aire otoñal, y los pájaros volaban de un lado a otro. Seguramente no había peligro, al menos hasta el anochecer; así que comencé a silbar, y con prisa subí a la última cresta de la colina marrón.

¡Allí yacía el Valle Muerto! Una gran cuenca ovalada, casi tan suave y regular como si estuviera hecha por el hombre. Por todos lados, la hierba se deslizaba por el borde de las colinas circundantes, un verde polvoriento en las crestas, luego se desvanecía en un marrón ceniciento y, por lo tanto, hacia una tonalidad blanca y mortal. Este último color formaba un anillo delgado que se extendía en una larga línea alrededor de la pendiente. ¿Y entonces? Nada. Tierra desnuda, marrón, dura, brillante con granos de álcali, pero por lo demás muerta y estéril. Ni un mechón de hierba, ni un palo de matorral, ni siquiera una piedra, sino solo una vasta extensión de arcilla batida.

En medio de la cuenca, quizás a una milla y media de distancia, la extensión yerma era rota por un gran árbol muerto, que se elevaba sin hojas y demacrado en el aire. Sin dudarlo, comencé a descender hacia el valle y logré este objetivo. Cada partícula de miedo parecía haberme dejado, e incluso el valle en sí no parecía tan aterrador. En cualquier caso, me atrajo una curiosidad abrumadora, y parecía que solo había una cosa en el mundo: ¡llegar a ese Árbol!

Mientras caminaba por la tierra dura, noté que las voces multitudinarias de pájaros e insectos habían desaparecido. Ninguna abeja o mariposa flotaba en el aire, ningún insecto saltó o se arrastró sobre la tierra opaca. El aire mismo estaba estancado.

Cuando me acerqué al esqueleto del árbol, noté el destello de la luz del sol en una especie de montículo blanco alrededor de sus raíces. No fue hasta que me acerqué que vi su naturaleza.

Alrededor de las raíces y el tronco sin corteza se amontonaba un montículo de pequeños huesos. Pequeños cráneos de roedores y pájaros, miles de ellos, que se alzaban alrededor del árbol muerto y se alejaban varios metros en todas las direcciones, hasta que la terrible pila terminaba en cráneos aislados y esqueletos dispersos. Aquí y allá aparecía un hueso más grande: el muslo de una oveja, las pezuñas de un caballo y, a un lado, sonriendo lentamente, un cráneo humano.

Me quedé quieto, observándolo todo, cuando de repente el silencio denso fue roto por un débil y triste llanto en lo alto. Miré hacia arriba y vi un gran halcón girando justo sobre el árbol. En un instante cayó sobre los huesos.

El horror me golpeó, y corrí a casa. Un extraño entumecimiento crecía en mí. Corrí de todos modos, hasta que por fin levanté la vista. ¿Dónde estaba la subida de la colina? Miré a mi alrededor salvajemente. Cerca de mí estaba el árbol muerto con su montón de huesos. Lo había estado dando vueltas y vueltas, y la pared del valle todavía estaba a una milla y media de distancia.

Me quedé aturdido. El sol se estaba hundiendo, rojo y apagado, hacia la línea de las colinas. En el este, la oscuridad crecía rápidamente. ¿Todavía había tiempo? Mis pies parecían obstruidos como en una pesadilla. Apenas podía arrastrarlos sobre la tierra estéril. Y luego sentí el lento escalofrío, atravesándome. Miré hacia abajo. De la tierra se alzaba una fina neblina que se acumulaba en pequeños charcos que se hacían cada vez más grandes hasta que se unían aquí y allá, sus corrientes giraban lentamente como un fino humo azul. Las colinas del oeste redujeron a la mitad el sol de cobre. Cuando oscureciera, volvería a escuchar ese chillido y luego moriría. Lo sabía, y con cada átomo de voluntad restante me tambaleé hacia el oeste rojo a través de la bruma que se retorcía alrededor de mis tobillos, retrasando mis pasos.

Y mientras luchaba por salir de la influencia de Árbol, el horror creció, hasta que por fin pensé que iba a morir. El silencio me persiguió como u fantasma, el aire quieto contuvo el aliento, la niebla infernal atrapó mis pies con sus manos frías.

¡Pero triunfé!

Mientras me arrastraba sobre mis manos y rodillas por la pendiente marrón, escuché, a lo lejos, el grito que casi me había despojado de la razón. Era débil y vago, pero inconfundible en su horrible intensidad. Miré hacia atrás. La neblina era densa y pálida, subiendo sin cesar la pendiente marrón. El cielo era dorado bajo el sol poniente, pero debajo estaba el gris ceniciento de la muerte. Me paré por un momento al borde de este mar infernal, y luego salté cuesta abajo. La noche se cerró y, cuando me arrastraba débilmente hacia casa, agotado, la oscuridad se cerró sobre el Valle Muerto.

Ralph Adams Cram (1863-1942)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Ralph Adams Cram.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Ralph Adams Cram: El Valle Muerto (The Dead Valley), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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