«Sé sabia»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis


«Sé sabia»: Charlotte Perkins Gilman; relato y análisis.




Sé sabia (Bee Wise) es un relato fantástico de la escritora norteamericana Charlotte Perkins Gilman (1860-1935), publicado originalmente en la edición del julio de 1913 de la revista The Forerunner, y desde entonces reeditado en numerosas antologías.

Sé sabia, uno de los grandes cuentos de Charlotte Perkins Gilman, narra la historia de un grupo de compañeras universitarias que fundan una sociedad liderada por mujeres, la cual se basa sobre los principios de la solidaridad y el desarrollo individual y social.

Se establecen dos comunidades, en ambos casos, con características similares a las descritas en Herland (Herland). Ningún hogar posee cocina, sino que existen comedores comunitarios, así como servicios sociales de enfermería y guardería. Todas las mujeres contribuyen a esta sociedad de forma igualitaria, a través del trabajo. En esencia, la comunidad está diseñada por y para las mujeres, de forma tal que todas puedan desarrollarse profesionalmente y, en caso de desearlo, criar a sus hijos sin renunciar a sus carreras.

En este sentido, Sé sabia de Charlotte Perkins Gilman es menos un relato utópico de ciencia ficción que un relato feminista de excelencia, precisamente porque explora las posibilidades de una sociedad cuyas reglas responden a las necesidades de las mujeres, y no de los hombres, es decir, la sociedad patriarcal. El resultado es una sociedad próspera, progresista, pacífica, capaz de ser sustentable en términos económicos y, sobre todo, autosuficiente.




Sé sabia.
Bee Wise, Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

—Es un nombre raro —dijo el periodista.

—No más raro que el otro —dijo la periodista—. Ya sabes que hay dos: Sésabio y Suscaminos.

—Me recuerda a algo —dijo— como una cita, ¿te suena?

—Creo que sí —dijo ella—. Pero no voy a decírtelo. Tendrás que descubrirlo tú solo —Y rio en voz baja. Pero el periodista no conocía la expresión.

Ambos habían sido enviados por distintos periódicos para escribir acerca de un par de pueblos que estaban creciendo en California y que se habían construido con tal velocidad y, a la vez, con tal discreción, que no había sido hasta ese momento, una vez prósperos y sólidamente establecidos, que el mundo había advertido algo extraño en ellos. Parece sumamente improbable en la tierra de los más agresivos y denodados periodistas, pero así era.

Uno de los pueblos era un pequeño puerto marítimo, un pequeño rincón resguardado, ya de antemano bastante delimitado por las colinas de la costa. El otro se levantaba más allá de las colinas, en un hermoso valle que gozaba para él solo de dos preciosos riachuelos que bajaban por los pequeños y escarpados cañones hasta el mar, en blanco vivo durante la estación lluviosa, en calma y discreción durante el resto del año. El periodista redactó la historia con su estilo más descriptivo, ornamentándola allí dónde parecía oportuno, callándose los hechos que podían sonar contradictorios, y esmerándose en poner encima de todo un gran interés por el sexo y el atractivo de vagas sospechas.

El hecho destacable de los dos pueblos era que su población consistía en gran parte de mujeres y, sobre todo, de niños, aunque también había hombres, que parecían felices y respondían con benevolencia a las preguntas de los periodistas. Esos habitantes masculinos negaban hallar nada peculiar o ultrafemenino en los asentamientos, y un afable joven inglés les aseguró que la desproporción no era mayor que en Inglaterra.

—O en algunos de nuestros pueblos de Nueva Inglaterra —dijo otro ciudadano— dónde todos los hombres han partido hacia el oeste o hacia grandes ciudades, y queda un gran municipio de mujeres mustias con algunos pastores y empleados.

Las preguntas de la mujer fueron más profundas y acaso menos ofensivas; en cualquier caso, llegó a conocer más que el periodista sobre la verdadera naturaleza del rápido crecimiento de la población. Cuando los dos hubieron entregado sus reportajes, cuando todos los demás periódicos hubieron enviado sus representantes, y más adelante se hubieran escrito artículos de revistas con impresionantes fotografías, cuando se hubieran recibido informes de visitantes aceptados y de turistas; entonces, naturalmente, se empezó a tener un conocimiento más completo que al principio. Pero nadie llegó a tener una visión tan clara de todo aquello como la que le fue dada a la reportera aquél día en qué descubrió que la alcaldesa de Suscaminos era una antigua compañera suya de universidad.

La historia era mucho mejor que el artículo que había enviado, pero además de periodista era mujer, y respetaba la confidencialidad.

Al parecer, todo empezó en aquella clase, el año posterior a que la reportera dejó la universidad, forzada a abandonar la educación y a aprender un oficio para vivir. En la clase de cuarto había un grupo de mujeres de estilos marcadamente diferentes, y sin embargo muy similares en sus ideas y objetivos principales, que habían ido creando durante sus cuatro años de vida universitaria una pequeña hermandad. La llamaron El Club de la Mañana, lo que sonaba de lo más inocente, y mantuvieron el secreto entre ellas.

Todas eran chicas con fuerte personalidad, cada una con un propósito concreto en cuanto a aquello a lo que deseaban dedicar su vida. A una de ellas la llamaban «Madre», porque su corazón y su cerebro estaban dominados por el amor a los niños, el pensamiento de los niños, el deseo de cuidar de ellos; y muy cerca de ella estaba la Maestra, seguida de una tercera, la Enfermera, creando un grupo dentro de un grupo. Estas tres solían tener discusiones interminables entre ellas, con vagos grandes planes de futuro.

También estaba la Ministra, la Doctora, y a la que tenía más visión de futuro la llamaron la Estadista. A una muchacha robusta de frente cuadrada le pusieron el mote de Directora por razones claramente evidentes, como con la Artista y la Ingeniera. Había unas doce o veinte, todas con una profesión distinta, pero semejantes en su determinación a practicar dichas profesiones, casadas o solteras, y en su vívida esperanza en mejores modos de vida. Avanzadas como eran en sus ideales, incluso para la época de progreso en que se encontraban, se unieron sobre todo por las solemnes palabras de la Ministra, la cual siempre les inculcaba el poder de la solidaridad.

Justo antes de graduarse sucedió algo en especial. Le ocurrió a la Directora, quien convocó una reunión especial para presentar el acontecimiento ante el club.

La Directora era una chica sencilla, fuerte y calmada. Era la que siempre rebosaba planes y poseía la extraordinaria capacidad de llevar a cabo sus propuestas; una chica que siempre había anhelado trabajar duro para vivir por sí misma, tanto por elección como por necesidad, y le gustaba la perspectiva.

—¡Chicas! —dijo una vez todas estuvieron reunidas y calladas— Tengo noticias para vosotras. ¡Excelentes noticias! No osaría sorprenderos de esta manera, pero pronto todas estaremos desperdigadas y desorganizadas. ¡Es el momento perfecto!

Miró las caras impacientes de su alrededor, disfrutando de la sensación que había creado entre ellas.

—Ninguna de vosotras está prometida, ¿no?

Alguien levantó tímidamente la mano.

—¿A qué se dedica? —prosiguió la oradora—. No me importa quién es, y sé que merece la pena o si no, no te hubieras fijado en él; pero ¿a qué se dedica?

—Aún no lo tiene claro —respondió la Ministra dócilmente—, pero creo que quiere poner una fábrica.

—Ninguna objeción hacia tus ideales, supongo

Era más bien una afirmación que una pregunta.

—Dice que me dedicará todos los domingos, si lo dejo tranquilo en casa entre semana —respondió la Ministra con una risita.

Todas sonrieron con aprobación.

—Aprobado —la Directora estaba rotundamente de acuerdo—. Entonces, chicas, para no teneros más tiempo sobre acusas, lo que me ha sucedido es que he recibido diez millones de dólares.

Se hizo una pausa.

Después aplaudieron con alegría.

—¡Qué bien para ti!

—¡Hurra por Margery!

—¡Te lo mereces!

—Di, ¿vas a invitarnos, no?

Estaban tan contentas como si la enorme súbita fortuna fuera propiedad común.

—¿Un tío fallecido largo tiempo atrás, Marge?

—Tío abuelo; el hermano de mi abuela. Fue a California con los de la fiebre del oro;i se perdió, por razones que sólo él sabe, sospecho. Encontró algunas prodigiosas minas de oro: filones de buena calidad y pepitas, y pasó años acumulándolo e invirtiéndolo.

—¿Cuándo murió? —preguntó la Enfermera en voz baja.

—No está muerto; pero no creo que le quede mucho —respondió la Directora despacio—. Parece que contrató gente para vigilar a la familia y ver cómo eran. Dijo que no quería arruinar la vida de ningún necio con todo ese dinero. Le gustó mi crónica, dijo —se rio entre dientes— ¡dijo que en su corazón yo era un hombre para él! Y ha venido aquí para que nos conozcamos y transferirlo todo antes de que muera. Dice que es más seguro el regalo de un vivo que la herencia de un muerto.

—¡Y te lo ha dado todo a ti!

—Tan cierto y seguro como parece. Dice que tiene suficiente como para terminar sus días en paz. Está bastante viejo… Entonces, chicas —dijo muy animada—, este es mi plan: parte de esta propiedad son tierras, tierras y agua, en California. Un valle elevado, un pequeño puerto en la costa (una base económica, como podéis ver) y capital para desarrollarlo. Propongo que creemos una comuna, que vayamos allí, nos asentemos, construyamos, dirijamos: que construyamos un pueblo ejemplar; que demos un nuevo modelo para el mundo. Un lugar de trabajo para mujeres y para todo el mundo. ¿Qué decís?

Por el momento no dijeron nada. Era una gran propuesta.

La Directora continuó impaciente:

—No os estoy atando a nada; es una simple propuesta de negocios. Lo que propongo es desarrollar ese pequeño puerto, abrir algunas industrias, etcétera, construir un embalse arriba de todo y regular el suministro del agua, usarlo como fuente eléctrica; tener bonitos huertos y viñedos. Oh, chicas, ¡es California! ¡Podemos construir un pequeño Edén! Y por lo que refiere a la maternidad —miró alrededor con tierna y pausada sonrisa—, ¡no hay un lugar mejor para tener niños!

La Madre, la Enfermera y la Maestra estuvieron enseguida de acuerdo.

—Solamente he hecho un boceto aproximado en mi cabeza —continuó impaciente la oradora—. Necesitaremos tiempo y trabajo para que todo funcione bien. Pero tenemos suficiente capital como para cubrir las primeras dificultades y después debería ser tan sencillo y estable como en cualquier otro lugar, una propuesta práctica, factible; un pequeño pueblo perfectamente natural, planeado, construido y gestionado —su voz adquirió solemnidad— por mujeres, para mujeres ¡y niños! Un lugar que podría ser una verdadera ayuda para la humanidad. Oh, chicas, ¡es una oportunidad única!

Así es como empezó todo.

La periodista estaba profundamente interesada.

—Ojalá me hubiera podido quedar ese año —dijo serenamente.

—¡Ojalá hubieras podido, Jean! Pero no te preocupes; puedes quedarte ahora. Necesitamos alguien que haga exactamente este trabajo en nuestro pequeño periódico local. No solamente redactar, ¿puedes hacer más que eso, no?

—¡Creo que sí! —respondió Jean efusivamente—. Estuve seis meses en un pequeño periódico rural. Me ocupaba prácticamente de todo, excepto de los editoriales y la composición. Si hay un puesto para mí ¡lo acepto ahora mismo!

Así, la reportera empezó a trabajar a Suscaminos, y cada noche subía hasta Sésabio, donde vivía, y poco a poco fue descubriendo todo lo que aquellas mujeres habían hecho, y empezó a preparar pequeños panfletos vívidos con detalladas explicaciones que sentaron las bases para muchos otros tantos pueblos renacidos.

Y esto es lo que hicieron:

La base económica consistía en una gran extensión de tierra que se alzaba desde las colinas de la costa hasta el próspero valle. Dos riachuelos brotaban de los manantiales y bajaban desde el otro extremo del valle hasta la playa a través de estrechos cañones.

La primera inversión en efectivo de la Directora, después de empezar el cableado eléctrico desde la playa hasta las montañas, que hizo posible todo el crecimiento, fue construir un embalse en cada extremo, uno de ellos para suministrar agua potable e irrigación durante el largo verano, y el otro, una piscina y una fuente de energía constante. La planta eléctrica en el arrecife estaba complementada por molinos de viento en la cumbre y molinos de agua en la playa, y a través de ellos suministraron luz, calefacción y electricidad: energía eléctrica limpia y económica. Más adelante instalaron una maquinaria solar que proveía energía adicional, para minimizar el trabajo e incrementar la capacidad de producción.

Para financiar las industrias, para conectarlas con el mundo, tenían: en primer lugar una modesta exportación de frutas en conserva, preparadas exquisitamente, empaquetadas en nuevos envases de fibra, más higiénicos que las latas y más ligeros que el cristal. En las montañas criaron cabras de Angora, y con su lana abastecieron un pequeño molino de suave hilo de alta calidad, y exportaron suaves mantas, ropa tejida y toallas… También plantaron algodón, un algodón magnífico, y seda de la mejor, y su propio molino abastecía sus necesidades principales. Pequeños molinos, hermosos y prósperos, con mujeres vestidas con brillantes atavíos cantando en el telar durante las escasas horas de trabajo. De estos materiales, las diseñadoras y artesanas, ayudadas por las artistas, hacían bonitos ropajes, cómodos, sencillos y resistentes, y año tras año la demanda de vestidos y abrigos de Sésabio aumentaba.

En un rincón descubierto, lejos de las casas, instalaron una curtiduría y de las bien tratadas pieles de sus cabras hicieron variados productos de cuero, guantes, zapatos (los zapatos Sésabio se hicieron famosos por todo lo ancho y largo de la región, un zapato que se ajustaba al pie humano, que permitía moverse con libertad y que era agradable a la vista). Muchos de los habitantes llevaban sandalias y también se producían para la venta. Conservaron cuidadosamente sus altos bosques como tesoros. Crearon un servicio forestal, inspeccionaron toda la zona, y establecieron las mejores tasas de plantaciones y esquejes. Tenían hermosos y ricos jardines, y vendían miel y perfumes destilados.

—Este lugar va a seguir creciendo, no va a deteriorarse —dijo la Directora, pensando en el futuro.

Primero construyeron cabañas sobre suelos secos y cálidos, que tiñeron con ricos colores. Más adelante, la Artista, la Arquitecta y la Ingeniera al mando construyeron casas de piedra y madera y revestimientos de papel grueso; fabricaron el hormigón con hojas muertas de palmera y corteza caída de eucaliptus, que crecía con gran rapidez y que estaba plantado por todas partes, y casi cada noche crecía más, como el tallo de judías; casas bonitas, cómodas, limpias como conchas de mar.

La Directora insistía constantemente a sus socias con lo que llamaba el objetivo fundamental de su empresa.

—Tiene que ser rentable por sí solo, autosuficiente —dijo—. Si no es capaz de valerse por sí mismo, no será imitado como ejemplo. Queremos demostrar lo que un grupo de mujeres es capaz de hacer con éxito. Los hombres pueden ayudar, pero esta vez seremos las mujeres las que dirigiremos.

Entre sus primeras iniciativas fundaron una casa de huéspedes, planificada y organizada principalmente por mujeres y niños. Junto a la pensión construyeron un parque con todo tipo de juegos, gimnasia y danza, con grandes campos y pistas para jugar y un porche para la estación lluviosa.

También tenían un sanatorio, donde la Doctora y la Enfermera agruparon ayudantes, y atendían a pacientes con enfermedades temporales, se ocupaban de los partos y atendían a los visitantes que venían con necesidad de cuidado. Y disponían de una guardería, que pronto se convirtió en jardín de infancia y luego en escuela, y con el tiempo la fama de su tarea educativa se fue difundiendo a lo largo y a lo ancho, y cada vez tenían más solicitudes (Sésabio era un club residencial, y nadie podía vivir allí sin previa admisión).

El pueblo costero, Suscaminos, vivía de la industria. En el humilde muelle embarcaba su pequeño barco de vapor, que transportaba pasajeros y suministraba los bienes que no producían. Los habitantes se bañaban y nadaban en las zonas de playa llanas y seguras, y también tenían una piscina cubierta para refugiarse y refrescarse. Había un servicio de transporte de vehículos ligeros que llevaba a los habitantes de la playa hasta lo alto de las montañas, que llamaron La Escalera de Jacob.

El gran plan de la Directora era desarrollar con el capital inicial una planta de trabajo que fuera capaz de valerse por sí sola y dar beneficios; y se sorprendió al comprobar cuán rápidamente aparecieron los beneficios y cuán considerables eran.

Entonces empezó a llegar gente suficiente, amigos, parientes, y curiosos extranjeros. Esas mujeres no tenían ningún reparo en casarse si era con sus condiciones. Y cuando un hombre está suficientemente enamorado, no opone ninguna gran objeción a vivir en un paraíso terrenal y ofrecer su mano para construir una nueva comunidad. Pero los hombres se seleccionaban minuciosamente. Tenían que demostrar que estaban totalmente sanos, ya que uno de los principales objetivos del grupo era la maternidad.

A medida que aumentaba el número de casas fueron llegando cada vez más visitantes, pero como la vivienda (incluso para plantar una tienda) se tenía que solicitar con antemano, no había un exceso de turistas que pudieran popularizar el lugar.

Por lo que refiere a los trabajadores, no había nadie que no lo fuera. Todo el mundo trabajaba en Suscaminos y Sésabio, especialmente las mujeres: esta era la primera condición de admisión, y cada ciudadano tenía que estar sano físicamente y moralmente hasta donde pudiera verificarse, y no había desventaja que valiera si no podían ejercer un servicio social. Así pues, tan pronto como conocían el lugar, mujeres profesionales solicitaban entusiasmadas vivir en la comunidad, e hicieron sitio para algunas de ellas, cuantas pudieron.

No podían mantener más que unos cuantos médicos, uno o dos dentistas y un puñado de enfermeras; numerosas maestras y varias artistas, del tipo más funcional, que creaban arte para el uso de sus vecinos, y unos cuantos servidores trascendentales que venían de todas partes del mundo y que podían vivir allí, al menos parte del tiempo, y difundían su trabajo ampliamente, como escritores, poetas o compositores. Pero la mayoría de las personas eran trabajadores directamente necesarios, los hombres que construían, excavaban y hacían funcionar las maquinarias, las mujeres que hilaban y tejían y trabajaban con las flores (o al revés, si así lo querían), y todos aquéllos que atendían a las necesidades diarias de la comunidad.

No había sirvientes en el sentido tradicional. Las humildes casas no tenían cocina, solamente un pequeño fuego eléctrico donde quien quería podía preparar café y lo que deseara. La comida se preparaba en grandes e higiénicos laboratorios manejados por unos pocos expertos, bien remunerados, que conocían bien su tarea. Se hizo un gran progreso en investigaciones sobre nutrición y en la consolidación de una dieta sana entre los habitantes. Aun así, los costes de la comida eran menores que si hubiera estado preparada por un gran número de cocineros inexpertos y mal pagados trabajando en cocinas en mal estado.

El gran arte de la cultura infantil creció rápidamente entre ellos, desarrollando los mejores métodos educativos conocidos por entonces. Homenajeaban y seguían con acierto las ideas de Froebel y Montessori,iii y con el aumento del conocimiento acumulado por años de observación y experiencia, el pleno desarrollo de la infancia se convirtió al final no solo en un mero ideal, sino en algo real y cuotidiano. Los niños crecían sanos como las rosas con las que jugaban, corrían, saltaban y nadaban y no conocían más que salud, felicidad y la alegría de un aprendizaje inconsciente.

Las dos ciudades crecieron hasta sus límites naturales.

—Debemos detenernos aquí —dijo la Directora al cabo de veinte años—. Si crecemos más, empezaremos a desarrollar las enfermedades de las ciudades. Pero mirad nuestra estabilidad económica: hemos recuperado cada centavo invertido, el lugar es totalmente autosuficiente y crecerá económicamente aún más con el paso de los años. Ahora, como las abejas, volaremos juntas hacia otro lugar y empezaremos una nueva comunidad desde cero, ¿qué os parece?

Y así hicieron, empezando otro paraíso terrenal en otro bonito valle, de manera más estable y segura gracias a la experiencia adquirida.

Pero mucho mayor que su inmediato crecimiento fue la difusión de sus ideas, la demostración de la verdad de sus ideas, de que un grupo de humanos podía vivir conjuntamente de manera tan sabia como para reducir las horas de trabajo, incrementar el valor del producto, asegurar salud, paz y prosperidad, y multiplicar la felicidad humana inconmensurablemente.

Esto era posible en cualquier lugar del mundo; en cualquier sitio donde el ser humano pudiera vivir, podría vivir en mejores condiciones. La base económica podía variar extensamente, pero ahora se sabía que esto era posible donde fuera que hubiera unos pocos centenares de mujeres unidas que combinaran su trabajo para producir riqueza, combinaran su maternidad para asegurar orden, comodidad y felicidad, y en definitiva, mejorar la humanidad.


Observa a la hormiga, oh perezoso, Mira sus caminos, y sé sabio.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)




Relatos góticos. I Relatos de Charlotte Perkins Gilman.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Charlotte Perkins Gilman: Sé sabia (Bee Wise), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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