«Un juguete para Juliette»: Robert Bloch; relato y análisis


«Un juguete para Juliette»: Robert Bloch; relato y análisis.




Un juguete para Juliette (A Toy for Juliette) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado en la antología de 1967: Visiones peligrosas (Dangerous Visions).

Un juguete para Juliette, sin dudas uno de los relatos de Robert Bloch más extraños, narra la historia de una joven especializada en maltratar de un modo particularmente cruel a los juguetes que le obsequia su abuelo.

Ahora bien, ni Juliette ni sus juguetes son, digamos, normales. Nada lo es en este extraordinario cuento de Robert Bloch. El abuelo es, en realidad, un viajero del tiempo que extrae sujetos de distintas épocas para que sean prisioneros de su nieta. Sin embargo, el último «juguete» se muestra reacio a someterse a su destino. En su tiempo se lo conoció como Jack el Destripador.

No es la primera vez que Robert Bloch recurre a este misterioso hombre que rondaba por las calles de Whitechapel. Ya lo había hecho en Afectuosamente suyo, Jack el destripador (Yours Truly, Jack the Ripper), de 1962. Y si bien es cierto que Un juguete para Juliette incorpora algunos elementos típicos de la ciencia ficción, la presencia de un Jack el Destripador capaz de moverse a través del tiempo para perpetuar sus crímenes se mantiene en ambas historias.




Un juguete para Juliette.
A Toy for Juliette, Robert Bloch (1917-1994)

Juliette entró en su dormitorio, sonriendo, y un millar de Juliettes le devolvieron la sonrisa. Porque todas las paredes estaban cubiertas con espejos, y el techo estaba formado por paneles empotrados que reflejaban su imagen. Por todos lados donde mirara podía ver los rubios rizos que enmarcaban unos rasgos llenos de sensibilidad.

Pero Juliette no se sonreía a sí misma. Sonreía debido a que sabía que el Abuelo estaba de vuelta y le habría traído otro juguete. Dentro de unos momentos sería descontaminado y se lo entregaría, y deseaba estar preparada.

Juliette giró el anillo en su dedo y los espejos se oscurecieron. Otro giro oscurecería enteramente la habitación; un giro en sentido contrario y los espejos volverían a brillar. Todo era cuestión de elegir, pero ése era el secreto de la vida. Elegir, por el puro placer de hacerlo.

¿Y qué le complacía hacer esta noche?

Juliette avanzó hacia uno de los paneles de espejo y pasó su mano ante él. El cristal se deslizó hacia un lado, revelando una hornacina tras él; una abertura en forma de ataúd excavada en la roca sólida, con el dispositivo situado a su altura correspondiente. Vaciló un momento; no había jugado a ese juego desde hacía años.

Otra vez, Juliette agitó su mano y el espejo se deslizó, cubriendo de nuevo la abertura. Erró lentamente a lo largo de la hilera de paneles, haciendo gestos a medida que andaba, deteniéndose para inspeccionar uno tras otro lo que había detrás de los espejos.

Allí estaba el potro y el resto de los instrumentos: la mesa de disección, con cientos de años de antigüedad y sus exóticos mecanismos. Tras el siguiente panel, los cables y electrodos que producían esas muecas tan extrañas, por no hablar de los gritos. Por supuesto, los gritos no importaban en una habitación a prueba de ruidos.

Se dirigió hacia la pared lateral y agitó de nuevo su mano; el obediente cristal se deslizó a un lado, y se quedó contemplando un juguete que casi había olvidado. Era una de las primeras cosas que el Abuelo le había traído, y era muy vieja, parecida a la caja de una momia. ¿Cómo la había llamado? Ah, sí: la Doncella de Hierro de Nuremberg, eso era; con las afiladas púas de acero llenando la tapa por su interior. Tenías que ir con mucho cuidado al usarla, para no arruinar demasiado rápido la diversión.

El Abuelo le había enseñado cómo funcionaba, la primera vez que le había traído un juguete realmente vivo. Y luego, el Abuelo se lo había mostrado todo. Le había enseñado todo lo que sabía, puesto que era muy sabio. Incluso le había dado su nombre sacándolo de uno de los viejos libros impresos que había descubierto escritos por el filósofo De Sade.

El Abuelo le había traído libros del Pasado, al igual que le había traído los juguetes. Era el único que tenía acceso al Pasado, puesto que era el dueño del Viajero.

El Viajero era un mecanismo muy ingenioso, capaz de alcanzar las frecuencias vibratorias que lo liberaban de los lazos del tiempo. En reposo, era simplemente un artefacto parecido a una gran caja cúbica, del tamaño de una habitación pequeña. Pero cuando el Abuelo accionaba los controles y se iniciaba la oscilación, la caja se volvía borrosa y desaparecía. Estaba todavía allí, decía el Abuelo —al menos la matriz permanecía allí, como un punto fijo en el espacio y en el tiempo—, pero cualquier cosa o cualquier persona que estuvieran dentro del cubo podía moverse libremente por el Pasado.

Por supuesto eran invisibles cuando llegaban allí, pero en realidad eso constituía una ventaja, particularmente cuando se quería encontrar cosas y traerlas. El Abuelo había traído algunos objetos realmente interesantes desde lugares casi míticos —la gran biblioteca de Alejandría, la Pirámide de Keops, el Kremlin, el Vaticano, Fort Knox—, todos los lugares donde estaban almacenados los tesoros y el conocimiento que había existido hada miles de años.

Le gustaba ir a esa parte del Pasado, el período antes de las guerras termonucleares, y coleccionar cosas. Naturalmente, los libros, las joyas y los metales no tenían utilidad, excepto para un anticuario, pero el Abuelo era un romántico y le gustaban los viejos tiempos.

Era extraño pensar en él como en el dueño del Viajero, pero por supuesto él no había sido su creador. El padre de Juliette era quien lo había construido realmente, y el Abuelo tomó posesión de él después de que su padre muriera. Juliette sospechaba que el Abuelo había matado a su padre y a su madre cuando ella era todavía un bebé, pero nunca había podido estar segura de ello. Tampoco importaba; el Abuelo era siempre muy bueno con ella, y además, pronto iba a morirse, y entonces ella sería la dueña del Viajero.

Acostumbraban a bromear frecuentemente sobre ello.

—He hecho de ti un monstruo —decía el Abuelo—. Y algún día tú terminarás destruyéndome. Tras lo cual, por supuesto, procederás a destruir todo el mundo... o lo que queda de él.

—¿Y eso no te da miedo?

—Claro que no. Ése es mi sueño, la destrucción de todo. Un final para esta decadencia. ¿Te das cuenta de que hubo un tiempo en que había más de tres mil millones de habitantes en este planeta? ¡Y ahora hay menos de tres mil! Menos de tres mil, encerrados en estos Domos, prisioneros gracias a los errores de sus padres, que envenenaron no sólo el mundo exterior sino también el espacio abierto en su intento de transformar el orden atómico del universo. La humanidad está virtualmente extinta; lo único que harás tú será acelerar el final.

—Pero ¿no podríamos ir hacia atrás, a otro tiempo, en el Viajero? —preguntaba ella.

—¿Hacia atrás a qué tiempo? El continuum es invariable; un acontecimiento conduce inexorablemente a otro, eslabones todos de una cadena que nos conduce al presente y a su inevitable fin de destrucción. Contamos con una supervivencia individual temporal, sí, pero de ninguna finalidad. Y ninguno de nosotros está capacitado para vivir en un ambiente más primitivo. De modo que quedémonos aquí y extraigamos todo lo que podamos de este momento. Mi alegría es ser el único poseedor y usuario del Viajero. En cuanto a la tuya, Juliette...

El Abuelo siempre se reía entonces. Ambos se reían, porque sabían cuál era la gran alegría de ella.

Juliette mató su primer juguete cuando tenía once años. El Abuelo se lo había traído como un regalo especial, de algún lugar del Pasado. Pero el obsequio no quería cooperar, y ella perdió la calma y lo golpeó con una barra de acero. De modo que el Abuelo le trajo otro juguete un poco mayor, y éste cooperó estupendamente; pero al final ella se cansó, y un día, también se deshizo de él.

Por supuesto, el Abuelo se enteró. Fue entonces cuando la bautizó Juliette; y a partir de entonces le trajo muchos juguetes que ella guardaba detrás de los espejos en su dormitorio.

Siendo invisible, podía encontrarle casi cualquier cosa en sus viajes; todo lo que tenía que hacer era utilizar un aturdidor y transportarlos de vuelta. Por supuesto, cada juguete tenía que ser descontaminado muy cuidadosamente; el Pasado pululaba de extraños microorganismos. Pero una vez los juguetes se habían vuelto adecuadamente antisépticos eran entregados. Siempre era delicioso ese momento de anticipación antes de que llegara uno nuevo.

¿Cómo sería? ¿Sería joven o viejo, salvaje o domesticado? Los había tenido de todo tipo, y cada posible combinación. A veces los mantenía vivos durante días antes de cansarse de ellos. En otras ocasiones deseaba que todo ocurriera muy rápidamente; esta noche, por ejemplo, sabía que se sentiría apaciguada tan sólo por la acción más directa.

Una vez se hubo dado cuenta de esto, Juliette dejó de jugar con sus paneles de espejos y se dirigió directamente donde guardaba el cuchillo. Sí, aún seguía allí. Ahora sabía lo que iba a hacer: llevaría el juguete con ella a la cama y luego, precisamente en el momento adecuado, combinaría sus dos grandes alegrías.

Se estremeció de anticipación; luego de impaciencia.

¿Qué clase de juguete sería? Recordó aquel otro, suave y frío, Benjamín Bathurst, un diplomático inglés del tiempo que el Abuelo llamaba las Guerras Napoleónicas. Y luego a la aviadora norteamericana, de un poco después en el Pasado; y también uno de los regalos más especiales: toda la tripulación de un velero llamado María Celeste. ¡Le habían durado semanas!

Sorprendentemente, en ocasiones había llegado incluso a leer cosas sobre sus juguetes después. Porque cuando el Abuelo se acercaba a ellos con su aturdidor y los traía, desaparecían para siempre del Pasado, y si de alguna forma eran conocidos o importantes en su tiempo, tales desapariciones eran notadas. Así, algunos de los libros relacionaban «misteriosas desapariciones» que ocurrían de tanto en tanto y que, por supuesto, nunca eran explicadas.

Juliette palmeó la almohada, ahuecándola, y volvió a dejarla en su sitio, deslizando debajo el cuchillo. Ya no podía esperar más; ¿qué era lo que lo estaba entreteniendo? ¿Por qué no llegaba aún su juguete?

De pronto, la voz de su Abuelo le llegó desde el altavoz.

—Querida, te envío una pequeña sorpresa.

Eso era lo que decía siempre; formaba parte del juego. Juliette soltó el mando del comunicador.

—Me muero de la curiosidad —dijo—. Dime cómo es.

—Es un inglés. De la época victoriana. Muy formal y educado, por lo que parece.

—¿Joven? ¿Guapo?

—Aceptable.

El Abuelo dejó escapar una risita.

—¿Quién es, alguien de los libros?

—Ignoro su nombre. No encontramos identificación durante la descontaminación. Pero por sus ropas y modales, y el pequeño maletín negro que llevaba cuando lo descubrí a primeras horas de esta madrugada, calculo que debe de ser un médico regresando de alguna llamada de urgencia.

Juliette sabía lo que eran los médicos por sus lecturas, por supuesto; como sabía lo que significaba «Victoriano». De algún modo, la combinación parecía correcta.

—¿Formal y educado? —rió ella.

El Abuelo rió también.

—Tienes algo en mente, estoy seguro.

—Sí.

—¿Puedo observar?

—No esta vez.

—Muy bien.

—No te enfades. Te quiero.

Juliette cortó la comunicación. Justo a tiempo, porque la puerta se estaba abriendo, y el juguete entró.

Ella lo miró, dándose cuenta de que el Abuelo había dicho la verdad. El juguete tendría unos treinta y tantos años, atractivo pero no guapo. No podía serlo, enfundado en aquel traje oscuro y con aquellas ridiculas patillas. Había algo casi deprimentemente refinado en él.

Un victoriano enrojeciendo, con la constitución de un toro ¡e ignorante de que aquél era su matadero. Era tan divertido que ella no pudo dominarse; avanzó inmediatamente y lo rodeó con sus brazos.

—¿Quién, quién es usted? ¿Dónde estoy?

Las preguntas habituales, formuladas de la forma habitual. Normalmente, Juliette se hubiera divertido dando respuestas evasivas destinadas a desconcertar. Pero esta noche sintió una impaciencia que no hizo más que aumentar cuando abrazó al juguete. Este empezó a respirar pesadamente, reaccionando, pero seguía desconcertado.

—Dígame, no comprendo. ¿Estoy vivo? ¿O esto es el cielo?

Ella se tendió de espaldas.

—Estás vivo, querido —murmuró—. Maravillosamente vivo. Pero mucho más cerca del cielo de lo que piensas.

Y para probar esa afirmación, su mano libre se deslizó bajo la almohada y buscó a tientas el cuchillo.

Pero el cuchillo ya no estaba allí. De alguna forma, había hallado el modo de abrirse camino hasta la mano del juguete. Y el juguete ya no era formal y educado; su rostro era como algo surgido de una pesadilla. Sólo un atisbo, antes de que el cegador destello de la hoja se abatiera sobre ella, una y otra y otra vez...

La habitación, naturalmente, era a prueba de ruidos. No descubrieron lo que quedaba de ella hasta pasados varios días. Allá en Londres, tras el último y misterioso crimen cometido a primeras horas de la madrugada, jamás se encontró a Jack el Destripador.


Robert Bloch (1917-1994)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Bloch.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Robert Bloch: Un juguete para Juliette (A Toy for Juliette), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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