«La invocación de Alice Doane»: Nathaniel Hawthorne; relato y análisis


«La invocación de Alice Doane»: Nathaniel Hawthorne; relato y análisis.




La invocación de Alice Doane (Alice Doane's Appeal) es un relato fantástico del escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne (1804-1864), publicado originalmente en la revista Token en 1835. y luego reeditado en la antología: Cuentos y bocetos seleccionados (Selected Tales and Sketches).

La invocación de Alice Doane, uno de los grandes cuentos de Nathaniel Hawthorne, es un relato complejo, una historia dentro de una historia que toca temas sumamente polémicos para la época, entre ellos, la brujería.

En este sentido, La invocación de Alice Doane de Nathaniel Hawthorne confronta con el pasado del autor, cuyos ancestros formaron parte de los infames juicios a las brujas de Salem (ver: Nathaniel Hawthorne y las brujas de Salem)




La invocación de Alice Doane.
Alice Doane's Appeal, Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

En una apacible tarde de junio tuve la buena suerte de pasear en compañía de dos damas jóvenes. Puesto que dejaron librada a mi criterio la elección de la ruta, no las llevé ni a Legge's Hill, ni a Cold Spring, ni a las agrestes playas y las antiguas baterías del Neck, ni tampoco a Paradise, aunque si este último lugar ha sido correctamente bautizado, mis bellas amigas se habrían encontrado muy cómodas en él. Llegamos a los suburbios de la ciudad y, dejando atrás la calle de los tintoreros y curtidores, empezamos a escalar una colina que, desde lejos, parecía, por su faldeo oscuro y el perfil parejo de su cima, una muralla verde levantada a la vera del camino. Era menos empinada de lo que su aspecto presagiaba. La colina formaba parte de una vasta extensión de tierras de pastoreo y estaba atravesada en varias direcciones por los senderos abiertos por el ganado vacuno; pero, aunque parezca extraño, si bien toda la ladera y la cima eran de un color verde peculiarmente intenso, mirando desde la base hacia arriba casi no se veía una brizna de hierba.

Este verdor engañoso era el producto de un abundante cultivo de woodwax, que ostentaba el mismo tono verde oscuro y lustroso a lo largo de todo el verano, excepto durante un breve período en que se cubre profusamente de flores amarillas. En esa estación la colina se le aparece al espectador distante totalmente cubierta de oro, o bañada por el esplendor del sol, aun bajo un cielo nublado. Pero el caminante curioso que marcha por la colina descubre que la totalidad del pasto, y todo aquello capaz de nutrir a los hombres o a las bestias, ha sido aniquilado por este yuyo vil e indestructible: sus raíces penachudas se adueñan de la tierra y no permiten que ninguna otra planta prospere entre ellas, de modo que podría decirse que una maldición física ha devastado el lugar, donde la culpa y el fanatismo consumaron la escena más execrable que nuestra historia se abochorna de registrar. Porque éste era el campo donde la superstición había obtenido su victoria más tenebrosa, el altar donde nuestros padres levantaron su vergüenza ante la dolorida mirada de generaciones remotas. El polvo de los mártires estaba debajo de nuestros pies. Nos hallábamos en Gallows Hill.

Por mi parte, he experimentado a menudo la influencia histórica del lugar. Pero es notable que sean tan pocos los que vienen en peregrinación a esta famosa colina; son muchos los que pasan sus vidas casi junto a su base, sin escuchar jamás la convocatoria del sombrío pasado, que los invita a subir a la cima. Hasta hace uno o dos años, este fragmento de nuestra historia había sido muy mal descrito, y puesto que el nuestro no es un pueblo que vive de leyendas o tradiciones, no todos los habitantes de nuestra antigua ciudad podían citar, ni siquiera con medio siglo de aproximación, aunque sólo fuese la fecha del delirio de la brujería. Por cierto, recientemente un historiador ha tratado el tema en una forma que hará perdurar su nombre, en la conexión sólo deseable con los errores de nuestros antepasados, al convertir la colina de su oprobio en un honorable monumento a su propia erudición anticuaria y a esa sabia prudencia que extrae la moraleja al tiempo que relata la anécdota.

Pero el nuestro es un pueblo del presente, y no nos interesamos mayormente por el pasado. Cada cinco de noviembre, en conmemoración de algo que ignoran o, mejor dicho sin una idea que vaya más allá de la quemazón momentánea, los jóvenes atemorizan a la ciudad con las hogueras sobre esta atormentada colina pero jamás sueñan con rendir honras fúnebres para aquellos que murieron tan injustamente, y, sin ataúd ni oración, fueron sepultados allí.

Sin embargo, con susceptibilidad femenina, mis compañeros se contagiaron de todas las asociaciones melancólicas de la escena, pero estos difícilmente pueden superar la alegría exuberante de sus espíritus juveniles. Sus emociones iban y venían con rápida inconstancia, y a veces se combinaban para formar una excitación peculiar y deliciosa, iluminada por el júbilo hasta convertir la tristeza en un baño de alegría, un arco iris espiritual. Mi propio humor más sombrío fue matizándose de muestras de regocijo con otra de dolor, marchábamos entre los yuyos enmarañados y casi esperábamos que nuestros pies se hundieran en el hueco de la tumba de una bruja. Estos vestigios eran descubiertos en épocas que aun se recuerdan, pero ahora han desaparecido y junto con ellos se han perdido, pienso, todos los indicios que identificaban el lugar exacto de las ejecuciones. Sobre el extenso y ancho lomo del promontorio no hay ninguna elevación muy destacada, ni otras marcas notables, como no sean los troncos descompuestos de dos árboles, muy próximos el uno al otro, y aquí y allá la sustancia rocosa de la colina, que aflora justo por encima de las malezas.

Pocos paisajes hay de ciudades y aldeas, bosques y praderas cultivadas, campanarios y capitales de condado, como el que contemplábamos desde ese infortunado lugar. Ninguna plaga había caído sobre la vieja Essex; todo era prosperidad y riqueza, sanamente distribuidas. Frente a nosotros se levantaba nuestra ciudad natal, que se extendía desde el pie de la colina hasta el puerto, lisa como un tablero de ajedrez, y circundada por dos brazos de mar, cubriendo toda la península con una abigarrada concentración de techos de madera, entre los que se destacaba más de un campanario, y se abrían en frecuentes manchas verdes donde los árboles proyectaban su sombra desde troncos invisibles. Más allá estaban la bahía y sus islas: prácticamente, los únicos lugares donde el tiempo y la mano del hombre no habían introducido cambios, en una comarca que no se destacaba por tener rasgos naturales llamativos.

Mientras reteníamos estas porciones de la escena, y también la gloria apacible, la tierna penumbra del sol poniéndose, arrojamos, con la fantasía, un velo del espeso bosque de profundidad sobre la región, e imaginamos unas pocas aldeas diseminadas, y este vieja ciudad también como una misma aldea, como cuando el príncipe de los infiernos desplegaba allí su poder. La idea que así obtenemos de su antiguo aspecto, de sus extraños, de sus pintorescos edificios muy alejados entre sí, con techos puntiagudos y salientes, y su única iglesia que elevaba un alto campanario en el centro... en síntesis, la visión de la ciudad en 1692, sirva para introducir una prodigiosa historia de aquellos viejos tiempos.

Yo había llevado el manuscrito en el bolsillo. Pertenecía a una serie escrita años atrás, cuando mi pluma, ahora torpe y quizá débil, porque no me queda mucho que esperar o temer, estaba inspirada por motivaciones exteriores más vigorosas, y por un impulso interior más fogoso, que estoy destinado a no experimentar nuevamente. Tres o cuatro de estas historias habían aparecido en el Token, después de mucho tiempo y varias aventuras, pero no me proporcionaron una inquietante notoriedad, ni siquiera en mi ciudad natal. Gran parte de ellas alcanzaron un destino más luminoso: habían servido de alimento a las llamas. Ideas concebidas para deleitar al mundo y perdurar durante siglos habían perecido en un momento, sin conmover más corazones que el mío propio. El relato que presentaré a continuación, y otro, sucedió que cayeron en manos más generosas, y en consecuencia se salvaron de la destrucción sin que vieran méritos conspicuos.

Las damas, en consideración a que nunca las había obligado a soportar mis obras por medios que no fueran los únicos legítimos, es decir, publicadas, consintieron en escuchar la lectura. Las hice sentar sobre una roca cubierta de musgo, cerca del lugar donde preferimos creer que se levantó el árbol de la muerte. Después de un breve titubeo, provocado por el temor de renovar mis lazos con fantasías que habían perdido su encanto en el constante fluir de la mente, inicié la narración, que se inauguraba tétricamente con el descubrimiento de un asesinato.

Han transcurrido cien años, y casi la mitad de otro lapso igual, desde que hallaron el cadáver de un hombre asesinado, a una distancia de aproximadamente tres millas, sobre el viejo camino a Boston. Yacía en un lugar solitario, sobre la orilla de un pequeño lago, que el crudo frío de diciembre había cubierto con una lámina de hielo. Al parecer el asesino había tenido la intención de ocultar a su víctima debajo de aquella capa, en una tumba gélida y líquida, pues el hielo estaba picado hasta cierta profundidad, quizá con el arma homicida, aunque su solidez había resultado excesiva para la paciencia de un hombre que tenía las manos ensangrentadas. De modo que el cadáver estaba acostado sobre la tierra, aunque separado del camino por un bosque espeso de pinos enanos. Durante la noche había caído una ligera nevada, y como si la naturaleza estuviera espantada por el crimen, y se hubiera empeñado en ocultarlo con sus lágrimas heladas, un pequeño montículo de copos había sepultado parcialmente el cuerpo y tendía un manto aun más espeso sobre el pálido rostro del cadáver.

Un viajero tempranero, cuyo perro lo había conducido hasta ese punto, se atrevió a descubrir las facciones pero quedó asustado por su expresión. Una apariencia de triunfo malo y desdeñoso se había endurecido sobre sus facciones y daba rasgos tan vivos y pavorosos a la persona que lo vio que de inmediato salio tan velozmente como si el rígido cadáver estuviera por levantarse y perseguirlo.

Sigo leyendo, identificaron el cuerpo como el de un hombre joven, forastero en la región, pero que había residido durante los últimos meses en esa misma ciudad que se extendía a nuestros pies. La narración describía luego, con cierta ociosidad, la conmoción provocada por el asesinato, la inútil búsqueda del culpable, las ceremonias fúnebres y otras cuestiones de orden común, y en el curso de la investigación yo avancé hasta la lista de personajes que habrían de participar en los hechos posteriores. Eran sólo tres. Un joven y su hermana, de los cuales el primero se caracterizaba por su imaginación enfermiza y sus sentimientos morbosos, en tanto que la segunda era bella y pura e instilaba una dosis de sus propias virtudes en el corazón borrascoso de su hermano, aunque no en medida suficiente para curar el profundo defecto de su naturaleza.

La tercera persona fue un mago; un hombre pequeño, gris, marchito, dotado de un ingenio diabólico para tramar la infamia y de un poder maléfico, y sobrehumano para ejecutarlo, pero tan inepto como un cretino y más débil que un niño cuando se trataba de las obras más nobles. La escena central de la historia consistía en una entrevista celebrada entre este miserable y Leonard Doane, en la choza del hechicero, situada al pie de una cadena rocosa a alguna distancia de la ciudad. Se hallaban sentados junto a las brasas, mientras una tempestad de viento invernal azotaba el techo. El joven se refería a los estrechos lazos que lo unían con Alice, al santo fervor que había impregnado su afecto a partir de la infancia, a su sentimiento de que ambos se bastaban para satisfacer sus recíprocos anhelos, pues eran los únicos de su estirpe que se habían salvado de la muerte durante un ataque nocturno de los indios.

Explicó que había descubierto o sospechaba una simpatía secreta entre su hermana y Walter Brome, y contó cómo lo enajenaba una crisis de celos destemplados. En el pasaje siguiente, yo proyectaba una luz tenue sobre el enigma de la historia.

“Hurgando —proseguía Leonard— en el pecho de Walter Brome, descubrí finalmente una razón por la que inevitablemente Alice debía amarlo. ¡Pues él era, ni más ni menos, mi contraparte! Comparé su mente con la mía, por fracciones individuales y también en conjunto. Encontré una analogía que me repelió con una sensación de náuseas, y de aversión, y de horror, como si mis propias facciones hubieran aparecido y me hubieran enfrentado en un lugar solitario, o me hubieran observado mientras forcejeaba en medio de una muchedumbre. ¡Más aún! Los mismísimos pensamientos brotaban a menudo de nuestros labios en idénticas palabras, probando que entre nuestras almas secretas existía una abominable similitud. Su educación, en verdad, obtenida en las ciudades del viejo mundo, y la mía, asimilada en la inculta campaña, habían engendrado apenas una diferencia superficial.

Además, una vida temeraria e indisciplinada había robustecido y destacado su carácter informe, en tanto que la dulce y santa naturaleza de Alice había atemperado y purificado el mío. Pero mi alma había tenido conciencia del germen de todas las pasiones hondas y feroces, y de las múltiples gamas de perversidad que por azar habían alcanzado en él plena sazón. Tampoco negaré que en aquel maldito yo hallaba la flor agostada de todas las virtudes que, gracias a un cultivo más feliz, habían fructificado en mí. Ahora bien, era éste un hombre que Alice podría amar con toda la vehemencia del afecto fraterno, sumado a la pasión impura que por sí sola embarga todo el corazón. El forastero recibiría más amor que el que yo había cosechado de las muchas tumbas de nuestra familia... ¡y yo me sentiría desolado!

Leonard Doane continuó describiendo el odio insano que había inflamado su pecho hasta colmarlo de un fuego infernal. Parecía, en verdad, que sus celos estaban justificados en la medida en que Walter Brome había buscado realmente el amor de Alice, quien a su vez había dejado traslucir un interés indefinible pero poderoso por el joven desconocido. Este último, no obstante su pasión por Alice, parecía retribuir la enconada antipatía de su hermano. La similitud de sus caracteres los transformaba en poseedores conjuntos de una naturaleza individual que no se convertiría en patrimonio cabal de uno de ellos sin la previa desaparición del otro. Por fin quiso la suerte que se encontraran en un camino solitario, ambos con el mismo demonio en sus respectivos pechos.

Mientras Leonard hablaba, el hechicero permanecía sentado escuchando lo que ya sabía, aunque con muestras de complacido interés, que se manifestaban en forma de muecas fugaces que cruzaban por sus facciones inertes, de espantosas sonrisas y de comentarios dispersos que llenaban misteriosamente algún vacío de la narración. Pero cuando el joven le contó cómo Walter Brome lo había azuzado con pruebas indudables de la deshonra de Alice y, antes de que la mueca triunfante del otro tuviera tiempo de borrarse de su cara ya lo había matado, el hechicero rió francamente. Leonard se sobresaltó, pero en ese preciso instante una ráfaga de viento se coló por la chimenea y se trasformó en algo muy parecido a la risa lenta, monótona que lo había interrumpido. “Me engañé”, pensó, y prosiguió su siniestra narración.

“Di a los diablos su alma maldita y comprendí que estaba muerto, porque mi espíritu brincó como si se hubiera zafado de una cadena, dejándome en libertad. Pero el estallido de exultante certidumbre no tardó en disiparse y lo sucedió un letargo en mi cerebro y una turbiedad ante mis ojos, con la sensación de alguien que se debate en un sueño. Por lo tanto me incliné sobre el cadáver de Walter Brome, escrutando su rostro y esforzándome para que mi alma se regocijara con la idea de que él yacía, realmente muerto, ante mí. No sé cuánto tiempo permanecí en esa posición, ni cómo se originó la visión. Pero me pareció que los años irrevocables transcurridos desde la infancia se habían revertido, y se desplegó con toda su primitiva nitidez una escena que durante mucho tiempo había flotado en mi mente, confusa y desarticulada. Me vi como un niño lloroso parado junto a la chimenea de mi padre, la chimenea fría y ensangrentada donde mi padre yacía muerto. Oí el plañido infantil de Alice, y mi propio llanto se elevó junto con el de ella, mientras contemplábamos el rostro de nuestro progenitor, crispado por la lucha y contorsionado por el dolor, un rostro del cual había desaparecido su espíritu.

Mientras observaba, silbó un viento frío que agitó los cabellos de mi padre. Inmediatamente volví a encontrarme en el camino solitario, y ya no era niño inocente pero sí un hombre de sangre de quién eran las lágrimas que se caían en rápida sucesión sobre la cara de su enemigo muerto. Pero la alucinación no se había desvanecido por completo. Ese rostro se parecía aún al de mi padre; y puesto que la mirada fija me encogió el ánimo, lo cargué hasta el lago donde lo había sepultado. Pero antes de que pudiera cavar su tumba oí la voz de dos viajeros y huí. Tal fue la horrible confesión de Leonard Doane. Y ahora, torturado por la idea de la deshonra de su hermana, aunque cediendo a veces a la convicción de su pureza; dolido por remordimiento que le producía la muerte de Walter Brome, y estremecido por la imagen más profunda de algún que otro crimen indescriptible, perpetrado, según imaginaba, en la locura o un sueño; animado por oscuros impulsos, como si un demonio le estuviera insinuando que atentara contra la vida de Alice... había recurrido a esa entrevista con el hechicero quien, en determinadas condiciones, no tenía poderes para negarse a ayudar a desentrañar el misterio.

La luna brillaba en las alturas; el firmamento azul parecía fulgurar con un resplandor propio; las estrellas mayores ardían en sus esferas; las luces septentrionales proyectaban sus misteriosos destellos mucho más allá del horizonte; las nubes escasas y pequeñas que flotaban en las alturas estaban cargadas de destellos; pero no obstante su vasta gama de luminosidades el cielo no refulgía tanto como la tierra. La lluvia de la noche precedense te había congelado al caer y, mediante esta simple magia, había forjado maravillas. Los árboles estaban engalanados con diamantes y gemas multicolores; las casas estaban recamadas en plata y las calles parecían pavimentadas con un resbaloso brillo; una belleza glacial se extendía sobre todas las imágenes familiares, desde la chimenea de la cabaña hasta el campanario de la iglesia, y destellaba hacia el cielo. Este mundo viviente, en el que nos sentamos junto a nuestras chimeneas, o marchamos a encontrarnos con seres como nosotros, parecía más exactamente el producto de un poder mágico, dotado de tanta semejanza con los objetos conocidos que cualquiera se habría estremecido al ver la fantasmal silueta de su vieja y querida morada y la sombra de un árbol espectral frente a su puerta. La gente forzaba la vista para descubrir los habitantes ideales para semejante ciudad, chisporroteando en sus indumentarias heladas, con los rasgos inmóviles y los ojos fríos y centelleantes y sin más sensibilidad en sus corazones congelados que la imprescindible para temblar ante sus respectivas presencias.

Por medio de esta descripción fantástica, y algunas más del mismo estilo, yo pretendía encender una fosforescencia fantasmagórica en torno del lector, a fin de que su imaginación pudiese contemplar la ciudad a través de un prisma que la despojase de su aspecto cotidiano, y convertirla así en el teatro apropiado para una escena tan descabellada como la final. En medio de esta función sobrenatural, el infeliz hermano y la hermana aparecían marchando, a medianoche, a través de las relucientes calles, y encaminando sus pasos hacia un cementerio, donde habían sido sepultados todos los muertos, desde el primer cadáver en esa antigua ciudad, hasta el hombre asesinado y enterrado hacía tres días atrás. Mientras avanzaban les parecía ver al hechicero, que se deslizaba pegado muy cerca de ellos o caminando lentamente por el sendero que se extendía frente a ellos. Pero aquí hice una pausa y contemplé fijamente las caras de mis dos cándidos oyentes, para evaluar si, incluso en la colina donde tantos habían sido ajusticiados por historias más descabelladas que ésta, podía atreverme a continuar. Sus ojos brillantes estaban fijos en mí, y sus bocas, entreabiertas. Tomé coraje y conduje a los infelices hermanos hasta un sepulcro reciente, donde, por algunos momentos, permanecieron a solas, en la medianoche clara y silenciosa. Pero, de pronto, una muchedumbre apareció entre las tumbas.

Cada sepulcro familiar acababa de liberar a sus ocupantes, los cuales, a lo largo de años remotos, habían sido depositados uno por uno en la oscura cámara, aunque ahora abandonaban su encierro y constituían un pálido grupo. Allí estaba el venerable progenitor, la anciana madre, y todos sus descendientes, algunos marchitos y cargados de años, como ellos, y otros en su estado original; también estaban los niños que gatearon hasta la tumba, y la doncella que entregó su temprana belleza al abrazo de la muerte, antes de que la pasión la contaminara. Se levantaron maridos y esposas, que habían yacido juntos innumerables años, y jóvenes madres que habían olvidado besar a sus primogénitos, pese a que los habían atesorado tanto tiempo en su seno. Muchos habían sido sepultados con sus atavíos mundanos, y todavía lucían su antigua indumentaria; algunos eran viejos defensores de la nueva colonia, y encandilaban con el brillo de sus cascos de acero y de sus petos relucientes, como si se aprestaran a enfrentar el grito de guerra de los indios; otras figuras venerables correspondían a pastores de la iglesia, famosos entre el clero de Nueva Inglaterra, y ahora se reclinaban con las manos unidas sobre sus lápidas, listos para convocar a la congregación e invitarla a orar.

Allí estaban los primeros colonos, los próceres de antaño, los héroes de la tradición y de las leyendas contadas junto al fuego del hogar, los personajes de la historia cuyas facciones habían estado tanto tiempo bajo tierra que pocos seres vivientes hubieran podido identificarlos. Allí se encontraban también los rostros de los antiguos vecinos de la ciudad, vagamente recordadas de la infancia, y otros, que Leonard y Alice habían llorado en años posteriores, pero que ahora les parecían los más terribles de todos por sus tétricas sonrisas de reconocimiento. Todos, en síntesis, estaban allí: los muertos de otras generaciones, cuyos nombres cubiertos por el musgo apenas se podían descifrar sobre las lápidas, y sus sucesores, sobre cuyas tumbas aún no había verdeado el césped. Todos aquellos que habían sido seguidos hasta allí por negros cortejos reaparecían donde sus deudos los depositaron. Pero allí no había excepto almas malditas y demonios, que adoptaban los rasgos de los santos difuntos.

Los semblantes de aquellos hombres respetables, cuyas mismas facciones habían estado aureoladas por vidas piadosas, se hallaban ora desfigurados por un dolor intolerable o una pasión infernal, ora por un júbilo sobrenatural y burlón. Si los pastores hubieran orado, pese a su bienaventurado aspecto, sus palabras habrían sido blasfemadas. También las castas matronas, y las doncellas de labios impolutos, que habían dormido en sus tumbas virginales aisladas de cualquier oprobio, ahora adquirían una apariencia que repugnó a los dos trémulos mortales, como si sobre ellas se hubiese acumulado el pecado inimaginable de veinte mundos. Las caras de amantes cariñosos, incluso de aquellos que habían bajado a la tumba porque allí estaba su tesoro, se había dado la espalda lanzándose miradas de odio y sonrisas de cruel desprecio, pasiones éstas que son para los demonios lo que el amor para lo benditos. A veces los rasgos de aquellos que habían pasado de una vida de santidad al cielo, oscilaban de un punto a otro, entre su supuesto aspecto y las configuraciones demoníacas en las que se habían trasformado.

Toda esa miserable multitud, que incluía tanto a las almas pecaminosas y los falsos espectros de buenos hombres, gruñía en forma espantosa y hacía rechinar sus dientes, mientras levantaba la vista hacia la serena belleza del cielo de medianoche y contemplaba las dichosas moradas donde jamás habría de residir. Esta fue la aparición, demasiado sombría para describirla con el lenguaje humano, pues aquí estaban los rayos de luna que se desgranaban sobre el hielo y brillaban a través del peto de un guerrero, y allá el epitafio grabado en una lápida flotando sobre la figura que se erguía ante ella, y cada vez que soplaba la brisa fundía en una sola nube compacta las cabezas canosas de los hombres, la pavorosa belleza de las mujeres y la totalidad de la fantástica muchedumbre.

No me atrevo a retratar el resto de la escena, como no sea en un brevísimo epítome. Este cortejo de diablos y almas condenadas había concurrido a un festejo, para regodearse con el descubrimiento de un crimen intrincado, cuya vileza nunca habían atinado a imaginar en sus tétricas moradas. En el curso de la narración, yo daba a entender al lector que todos los acontecimientos eran producto de las maniobras del hechicero, quien había maquinado astutamente que Walter Brome arrastrara a su hermana desconocida a la culpa y el deshonor, para luego perecer, a su vez, a manos de su hermano gemelo. Describía el alborozo que éste siniestro plan había despertado entre los demonios y su ansiedad por saber si se había consumado. La historia concluía con el ruego de Alice al espectro de Walter Brome, la réplica de éste, que la absolvía de toda culpa, y el trémulo espanto con que huían los fantasmas y diablos, como si estuvieran ante la inmaculada presencia de un ángel.

El sol se había puesto. Mientras yo sostenía mi crónica de maravillas bajo la luz agonizante y leía cómo Alice y su hermano se hallaban solos entre las tumbas, mi voz se mezcló con el gemido del viento estival, que cruzaba sobre la colina, con el anchuroso y hueco murmullo semejante al que conducen en su fuga los espíritus invisibles. Nadie pronunció una palabra hasta que dije que la tumba del brujo cerca de nosotros y que el matorral de retama había brotado originalmente de sus huesos no consagrados. Las damas se sobresaltaron y quizá sus mejillas habrían palidecido si el poniente rojizo no las hubiese arrebolado. Después de un momento se echaron a reír, en tanto que la brisa soplaba con más fuerza, como si su alegría la hubiese avivado.

Yo conservé una expresión tremendamente solemne, un poco sintiendo que tenía buen respaldo en nuestras antiguas supersticiones, y que haber revivido a un diácono de la iglesia por Gallows Hill, en el viejo tiempo de las brujas, resultara ahora demasiado grotesco y extravagante para estremecer a unas tímidas doncellas. Aunque ya había pasado ya la hora de cenar, las retuve un poco más en la colina para probar si la verdad era más poderosa que la ficción.

Volvimos a mirar hacia la ciudad, que ya no estaba ataviada por ese glacial esplendor de la tierra, árboles y edificios, bajo el resplandor de una medianoche invernal que brillando a distancia por entre la penumbra de un siglo la había hecho aparecerse como la misma residencia vista con sus calles ancestrales. Una leve vaguedad había empezado a expandirse sobre la masa de edificios y a fundirlos con las copas entreveradas de los árboles, salvo allí donde el techo de alguna mansión más señorial y los campanarios y torres de ladrillo de las iglesias atrapaban el reflejo de una nube que todavía flotaba en el resplandor del sol. El crepúsculo instalado sobre el paisaje armonizaba con la oscuridad del tiempo. Con toda la elocuencia que podía proporcionarme mi dosis de sentimiento y fantasía, evoqué el pasado venerable, y rogué a mis compañeras que imaginaran a una multitud de antaño, congregada sobre la ladera de la colina y prolongada hasta mucho más abajo, apiñada sobre los empinados y viejos techos y trepada sobre las alturas adyacentes, en todos los lugares desde donde se pudiera divisar el lugar donde nos hallábamos.

Me esforcé por captar y comunicar levemente el odio profundo y el horror inefable, la indignación, el asombro temeroso que arrugaba todas las frentes y llenaba el corazón universal. ¡Ved! La multitud entera palidece y se contrae sobre sí misma, cuando los virtuosos emergen de aquella calle. Siguiendo el paso de la devota columna, describí uno por uno a sus integrantes: aquí se tambaleaba una mujer en su desvarío, que no conocía el crimen que se le atribuía ni su castigo; allá iba otra, arrebatada por la locura universal, hasta que los sueños febriles eran recordados como realidades y ella casi creía en su culpa. Un hombre, antaño orgulloso, se veía tan agobiado por el peso del odio intolerable acumulado sobre él, que parecía apresurar su marcha, ansioso por ocultarse en la fosa cavada precipitadamente al pie del patíbulo. Mientras desfilaban lentamente, una madre miraba hacia atrás y veía su apacible hogar; luego desviaba los ojos en otra dirección y gemía para sus adentros aunque con la más desconsolada angustia pues halló a su hijo pequeño entre los acusadores. Miré el rostro de un pastor consagrado, que marchaba hacia la misma muerte; sus labios bisbisearon una oración. Ninguna súplica egoísta por su propia suerte, sino que abarcaba también a sus compañeros de desgracia y a la multitud frenética. Levantó los ojos hacia el cielo y escaló la colina con paso ligero.

Detrás de las víctimas avanzaban los atribulados, un grupo de individuos culpables y míseros villanos que se habían vengado por sí mismos de sus enemigos más canallas y por a cuya cobardía había destruido a sus amigos; lunáticos, cuyos desvaríos estaban acordes con la locura de la comarca; y niños, que habían intervenido en un juego que los duendes de las tinieblas podrían haber envidiado, envilecía toda una época y bañaba en sangre las manos de un pueblo. A la procesión seguía una figura a caballo, tan misteriosamente conspicua, tan cruelmente triunfante, que mis escuchas lo confundieron con la presencia viva del demonio mismo, pero no era más que su buen amigo, Cotton Mather, ufano de su bien ganada fama, como el representante de todos los rasgos infames de su época; el hombre sanguinario en quien fueron concentrados aquellos vicios del espíritu y errores de opinión que bastaban para provocar la demencia de la turba circundante. Y así hice desfilar a los inocentes que habrían de morir, y a los culpables que deberían envejecer por largo remordimiento, describiendo todos sus pasos, por las rocas, por las malezas y por la huella despareja, hasta que sus semblantes sombríos terminaron de rodear la cumbre de la colina donde nos encontrábamos. Precipité entonces mí imaginación en busca de un horror más tenebroso, de una pena más honda, y describí el patíbulo...

Pero en ese momento mis amigas me tomaron por ambos brazos. Sus nervios vibraban y, victoria más dulce aun, había podido yo llegar a rincones inexplorados de sus corazones y descubierto el manantial de sus lágrimas. Y el pasado ya había hecho todo lo que podía hacer. Descendimos lentamente, contemplando las luces a medida que estas titilaban gradualmente a través de la ciudad y escuchando la algarabía lejana de los niños entregados a sus juegos y la voz de una muchacha que gorjeaba en la penumbra, agradable melodía para exploradores de la antigüedad poblada de brujas. Sin embargo, antes de alejarnos de la colina, no pudimos dejar de lamentar que sobre su cumbre desnuda no hubiera quedado nada, ninguna reliquia de antaño, ninguna piedra grabada de los días posteriores, para ayudar a la fantasía en su faena de conmover el corazón.

Erigimos la columna recordatoria sobre la altura que nuestros padres consagraron con su sangre, derramada en aras de una causa santa. Y aquí, en la oscura piedra funeraria, debería levantarse otro monumento para conmemorar tristemente los errores de una raza pasada, un monumento que nadie debería abatir mientras el alma humana albergue una flaqueza capaz de desembocar en el crimen.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)




Relatos góticos. I Relatos de Nathaniel Hawthorne.


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El análisis y resumen del cuento de Nathaniel Hawthorne: La invocación de Alice Doane (Alice Doane's Appeal), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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