«Reconciliación»: E.F. Benson; relato y análisis


«Reconciliación»: E.F. Benson; relato y análisis.




Reconciliación (Reconciliation) es un relato de fantasmas del escritor inglés E.F. Benson (1867-1940), publicado por primera vez en la edición de julio de 1924 de la revista Hutchinson's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1928: Cuentos de fantasmas (Spook Stories).

Reconciliación, quizás uno de los cuentos de E.F. Benson menos conocidos, se aleja un poco del relato de fantasmas del siglo XIX y nos introduce en una historia más compleja, donde las casas embrujadas tienen menos peso en el argumento, al menos en términos de manifestaciones sobrenaturales, que por la rica historia que las sostiene.




Reconciliación.
Reconciliation, E.F. Benson (1867-1940)

La casa de los Garth se esconde en una pequeña depresión de las colinas que, al norte, al este y al oeste, cierran el aislado valle como si de la palma de una mano curvada se tratase. Hacia el sur, dicho valle se ensancha a la vez que las colinas se funden para dejar paso a una amplia franja de llano arrebatado al mar, entrecruzado por diques de drenaje y utilizado como tierra de pastoreo por unas cuantas granjas diseminadas por los alrededores. Los espesos hayedos y robledales que trepan por las colinas hasta sus mismas cimas contribuyen a cobijar aún más la casa, la cual dormita en un clima suave y soleado mientras las desapacibles cumbres que se erigen sobre ella son barridas por los vientos del este que soplan en primavera, o por las ráfagas norteñas que trae el invierno; y sentado en el jardín, disfrutando del suave sol de un despejado día de diciembre, uno puede oír cómo ruge el vendaval sobre las copas de los árboles de las laderas más elevadas, y ver las nubes cruzando a toda velocidad sobre la cabeza sin llegar a sentir el aliento del viento que las impele hacia el mar.

Los claros de aquellos bosques aparecen repletos de anémonas y de macizos de primaveras, ya florecidas antes de que el más mínimo brote haya aparecido en las tierras altas, y sus jardines aún brillan con las rojas flores del otoño mucho después de que todas las que rodean el pequeño pueblo que se acurruca en la cima de una de las colinas se hayan ennegrecido por las heladas. Sólo cuando el viento sopla desde el sur se rompe su calma, dejando paso al sonido de las olas y al sabor de la sal marina.

La casa en sí data de principios del siglo XVII, y ha escapado milagrosamente a las destructivas manos de los restauradores. Sus tres pisos fueron construidos con los grandes bloques de piedra gris típicos de la región; para cubrir el tejado se emplearon losas del mismo material, entre las cuales han encontrado anclaje numerosas semillas arrastradas por el viento; y las vidrieras que tapan las anchas ventanas no son de una sola pieza, sino de varias. Ni un solo crujido surge de sus suelos de roble; las escaleras son tan anchas como sólidas; su artesonado es tan firme como los muros a los que está unido. Un débil olor a humo de leña, nacido de los siglos de hogueras realizadas en sus chimeneas, lo invade todo; eso, y un extraordinario silencio. Un hombre que permaneciera despierto toda la noche en una de las habitaciones no oiría ni un susurro procedente de madera quejumbrosa, ni un vidrio tembloroso; ningún sonido del exterior llegaría hasta sus atentos oídos excepto el ulular del búho leonado o, de encontrarnos en junio, la música del ruiseñor.

En la parte trasera una franja de jardín había conseguido ser nivelada pese a la oposición de la colina; en la delantera, la inclinación también había sido modificada hasta formar un par de bancales. Bajo ellos, una fuente alumbra un pequeño arroyo que, bordeado de tierras pantanosas sembradas de juncos, se une a otra pequeña corriente, la cual, mucho más sofocada por la vegetación, vaga erráticamente por el jardín de la cocina, para corromperse juntas atravesando las cada vez más extensas marismas hasta llegar al Canal de la Mancha. Siguiendo el margen más alejado de este riachuelo se extiende un sendero que conduce desde el pueblo de Garth, allá arriba en la colina, hasta la carretera principal que atraviesa el llano. Un poco más abajo de la casa hay un pequeño puente de piedra con su propia puerta que atraviesa el riachuelo y permite el acceso a dicho sendero.

Vi por primera vez esta casa, de la que durante tantos años he sido un constante invitado, cuando todavía ni me había graduado en Cambridge. Hugh Verral, el hijo único de su viudo propietario, era amigo mío, y cierto agosto me propuso que pasáramos juntos un mes allí. Su padre, me explicó, iba a pasar las siguientes seis semanas en un balneario en el extranjero. El mío, según tenía entendido, no podía abandonar Londres por motivos de trabajo, y aquella parecía una manera bastante más agradable de pasar el mes que siendo el único y melancólico habitante de la casa o cociéndose en la ciudad. De modo que si la oferta me parecía agradable, no tenía más que conseguir el permiso de mis padres; él, por su parte, ya había conseguido el del suyo. De hecho, Hugh había sido el motivo de que el señor Verral escribiera la siguiente carta, en la cual reflejaba con gran lucidez sus opiniones sobre el modo que tenía su hijo de pasar el tiempo.

No te quiero todo agosto rondando por Marienbad (decía), ya que no harías más que diabluras y te gastarías todo lo que te queda de paga para el resto del año. Además, tienes trabajo pendiente; tu tutor me ha informado de que no has dado un palo al agua durante la última evaluación, de modo que más te valdría empezara recuperar el tiempo perdido. Vete a Garth, llévate contigo a algún otro granuja tan perezoso y simpático como tú, y podrás dedicarte a tus estudios. ¡Después de todo allí sí que no encontrarás otra cosa que hacer! Además, nadie quiere hacer absolutamente nada en Garth.

—Está bien, el granuja perezoso también irá —dije yo. Ya sabía que mi padre tampoco me quería en Londres.

—Te advierto que el granuja perezoso también ha de ser simpático ¿eh? —dijo Hugh—. Bueno, el caso es que vendrás... ¡magnífico! Ya verás qué es lo que quiere decir mi padre con eso de que nadie quiere hacer nada. Así es Garth.

A finales de la siguiente semana ya estábamos instalados allí, y nunca, en ninguna de las primeras impresiones que he recibido viendo algunas de las maravillas del mundo, he sentido un hechizo tan mágico y potente como el que me arrebató el aliento aquella tarde de agosto en la que vi Garth por primera vez. Durante el último kilómetro la carretera había serpenteado entre los bosques que cubrían la ladera; entonces mi taxi emergió como de un túnel, y allí, bajo el crepúsculo, con las últimas llamaradas de la puesta de sol brillando sobre ella, se erguía la enorme fachada gris, con sus verdes prados alrededor y su aire de antiquísima tranquilidad. Parecía la encarnación de la misma alma y el mismo espíritu de Inglaterra: allá al sur estaba el mar, y alrededor proliferaban aquellos bosques inmemoriales.

Como sus robles, como el terciopelo de sus prados, la casa había crecido del mismísimo suelo, y la riqueza de éste aún la nutría. Venecia no había nacido más auténticamente del mar, ni Egipto del misterioso Nilo, de lo que Garth había nacido de los bosques de Inglaterra. Tuvimos tiempo para dar un paseo por los alrededores antes de que se sirviera la cena, y Hugh me contó casualmente su historia. Sus antepasados la habían poseído desde los tiempos de la reina Ana.

—Pero aún se nos considera intrusos —dijo—, y no demasiado fiables, por cierto. Anteriormente, mi familia había arrendado la granja que hay en lo alto de la colina, por la que debes de haber pasado para llegar hasta aquí, y los propietarios de la casa eran los Garth. Fue un Garth, de hecho, quien la construyó durante el reinado de Isabel.

—Ah, entonces tendréis un fantasma —dije yo—. Eso la haría perfecta. No me digas que no ha habido ningún Garth que haya encantado la casa.

—Puedes pedir lo que quieras —dijo él—, pero eso me temo que no te lo podré conseguir. Llegas demasiado tarde: hace cien años sí que se suponía que la casa estaba encantada por un Garth.

—¿Y qué sucedió? —pregunté.

—Bueno, no sé nada acerca de fantasmas, pero parece ser que el encantamiento se desvaneció por sí mismo. Debe de ser aburrido para un espíritu, ya sabes, eso de estar encadenado a un solo lugar, paseando por el jardín todas las tardes y recorriendo los pasillos y las habitaciones durante las noches sin que nadie te haga caso. A mis antepasados no les molestaba en lo más mínimo, según parece, que hubiera o no un fantasma en la casa. En consecuencia, se evaporó.

—¿Y de quién se suponía que era el fantasma? —pregunté.

—El fantasma del último Garth, que vivió aquí en tiempos de la reina Ana. Lo que sucedió fue lo siguiente. Uno de los miembros más jóvenes de mi familia, Hugh Verrall, igual que yo, se trasladó a Londres en busca de fortuna. Hizo muchísimo dinero en poco tiempo, se retiró estando aún en la mediana edad y se le metió en la cabeza que le gustaría ser un caballero de esos que viven en el campo y que poseen una buena hacienda. Siempre le gustó esta región, de modo que se trasladó a vivir a una casa del pueblo de ahí arriba mientras buscaba algo mejor, aunque sin duda tenía también otros propósitos. Y es que la casa de los Garth pertenecía en aquellos momentos a un tipo desenfrenado llamado Francis Garth, un borracho y un gran jugador. Hugh Verral acostumbraba a bajar hasta aquí noche tras noche para desplumarle. Francis tenía una hija, que por supuesto era la heredera del lugar, y en un primer momento Hugh empezó a cortejarla con el propósito de casarse, pero viendo que no le iba a servir de nada decidió apoderarse de la casa de otro modo. Finalmente, a la manera tradicional, Francis Garth, que para entonces ya le debía a mi ancestro algo así como treinta mil libras, apostó las propiedades de los Garth contra su deuda. Y perdió. Se armó un gran revuelo, la gente hablaba de dados cargados y de cartas marcadas, pero nada se pudo probar, por lo que Hugh desahució a Francis y tomó posesión de la casa. Francis vivió aún algunos años en una granja del pueblo, y cada tarde recorría el sendero hasta aquí para situarse frente a la casa y maldecir a sus habitantes. Con su muerte se inició el encantamiento, pero después, simplemente, desapareció.


—Quizá esté recuperando fuerzas —sugerí—. Quizá pretenda regresar con más intensidad. Deberías tener un fantasma aquí, y tú lo sabes.

—Pues me temo que no hay ni rastro —dijo Hugh—. Aunque me pregunto si tú considerarás que sí queda alguno. Pero es un rastro tan tonto que casi me avergüenza mostrártelo. —Venga, a qué esperas —dije yo.

Señaló hacia el gablete que había sobre la puerta principal. Bajo él, en un ángulo formado por el tejado, había una gran piedra cuadrada de instalación claramente posterior al resto de la pared. En contraste con la de ésta, la superficie de la piedra estaba desmenuzada, y aunque evidentemente había sido tallada y aún se podía ver la forma de un escudo heráldico, no quedaba ni rastro de las armas que en él hubiera podido haber.

—Es una estupidez —dijo Hugh—, pero también es un hecho que mi padre recuerda la instalación de esa piedra. Fue cosa de su padre, y en ella lucían nuestras armas: ya puedes ver el estado en el que se encuentra el escudo. Y aunque es una piedra de la zona, de la misma clase que las demás de la casa, apenas había quedado colocada cuando la superficie empezó a deteriorarse. En diez años nuestras armas habían desaparecido completamente. Es curioso que una de las piedras de la casa muestre un deterioro tan rápido cuando las demás parecen desafiar al tiempo.

Me reí.

—Eso ha sido cosa de Francis Garth, sin lugar a dudas —dije—. Aún queda vida en el viejo perro.

—A veces así lo creo —dijo él—. Que quede claro que nunca he visto ni oído nada que pudiera hacer pensar lo más mínimo en fantasmas, pero sí he sentido constantemente la presencia de alguien que espera y vigila. Nunca se manifiesta, pero está ahí.

Mientras hablaba obtuve una ligera impresión psíquica de lo que me estaba diciendo. Allí había algo, algo siniestro y malvado. Pero la impresión sólo fue momentánea; apenas la había percibido cuando empezó a desvanecerse de nuevo, y la increíble y acogedora belleza de la casa se restableció arrollando cualquier otro sentimiento. Si alguna vez existió un lugar habitado por una paz inmemorial, era aquél. Nos acostumbramos de inmediato a una rutina deliciosa. Siendo como éramos grandes amigos, nos encontrábamos completamente a gusto uno en la compañía del otro; charlábamos si nos veíamos inclinados a hacerlo, y si reinaba el silencio no había en él nada de forzado, pudiendo éste continuar perfectamente hasta que uno de los dos tuviera algo que decir.

Por la mañana, durante unas tres horas más o menos, nos aplicábamos al estudio de nuestros libros, pero para la hora del almuerzo ya estaban cerrados y no volvían a abrirse durante el resto del día. Entonces atravesábamos las marismas para darnos un chapuzón en el mar, o paseábamos por el bosque, o jugábamos a la petanca en una franja de césped que había detrás de la casa. El tiempo, completamente abrasador, fomentaba la pereza, y en el interior de aquella depresión formada por las colinas en la que se encontraba la casa resultaba casi imposible recordar lo que era sentirse dinámico.

Pero, tal y como había indicado el padre de Hugh, aquel era el estado físico y mental apropiado para residir en Garth. Uno debe sentirse adormilado, hambriento y bien, pero sin deseos ni energías; la vida avanzaba como en un estanque repleto de flores de loto: suave y tranquilamente, sin preocupaciones. Ser perezoso sin sentir escrúpulos ni remordimientos, sino más bien una ronroneante satisfacción, era actuar de acuerdo con el espíritu de Garth. Pero a medida que los días fueron pasando, supe que bajo aquella satisfacción yacía otra cosa, algo que desde nuestro interior se mostraba cada vez más alerta y vigilante, algo que reaccionaba ante aquello que a su vez nos estaba vigilando a nosotros.

Llevábamos allí una semana cuando una tarde de calor inmóvil y sofocante nos dirigimos hacia el mar para disfrutar de un chapuzón antes cenar. Era evidente que se aproximaba una tormenta, pero parecía que tendríamos tiempo de darnos un baño y regresar antes de que estallara. Sin embargo, llegó antes de lo que esperábamos, y aún nos encontrábamos a un kilómetro de la casa cuando empezó a llover intensamente y sin que corriera ni pizca de viento. Las nubes, que se habían extendido por el cielo, habían provocado una oscuridad tal que parecía que ya hubiera anochecido, y para cuando alcanzamos el pequeño camino público que había al otro lado del riachuelo ya estábamos completamente empapados.

Justo cuando llegamos hasta el puente vi sobre él la silueta de un hombre, y me extrañé de que estuviera allí, esperando bajo aquel diluvio sin buscar cobijo. Miraba en dirección a la casa, sin moverse apenas. Cuando pasé junto a él pude ver perfectamente su cara, e instantáneamente supe que había visto a alguien muy parecido a él con anterioridad, aunque no podía acordarme exactamente de dónde. Era de mediana edad, iba perfectamente afeitado, y de su perfil magro y moreno emanaba un curioso aire siniestro. En todo caso, no era asunto mío si un extraño elegía permanecer bajo la lluvia contemplando la casa de los Garth, por lo que di otra docena de pasos antes de comentarle a Hugh en voz baja:

—Me pregunto qué estará haciendo ese hombre.

—¿Hombre? ¿Qué hombre? —dijo Hugh.

—Ese hombre junto al que acabamos de pasar en el puente —dije yo.

Hugh se giró para mirar.

—Ahí no hay nadie —dijo.

Parecía imposible que aquel extraño que sin lugar a dudas había estado allí hacía apenas un par de segundos hubiera desaparecido en la oscuridad, por muy espesa que fuera, y por primera vez se me ocurrió que aquella criatura a cuya cara había mirado podía no ser de carne y hueso. Pero apenas había acabado Hugh de hablar cuando señaló hacia el sendero por el que acabábamos de llegar.

—Sí, es verdad, ahí hay alguien —dijo—. Qué raro que no le haya visto antes. Pero si le apetece quedarse bajo la lluvia supongo que está en su derecho.

Seguimos rápidamente nuestro camino hasta llegar a la casa. Después, mientras me cambiaba, me estrujé el cerebro para intentar recordar dónde y cuándo había visto aquella cara con anterioridad. Sabía que había sido a una hora bastante tardía, y también sabía que me había llamado la atención. Y entonces, súbitamente, llegó la respuesta. Nunca había visto a aquel hombre antes, pero sí que había visto un retrato suyo, y aquel retrato colgaba en la larga galería que recorría la parte frontal de la casa, a la que Hugh me había conducido el día que había llegado allí y por la que no había vuelto a pasar. Las paredes estaban repletas de cuadros de Verrals y de Garths, y el retrato en cuestión era el de Francis Garth.

Antes de regresar a la planta baja fui a verificarlo y comprobé que no había duda posible: el hombre junto al que había pasado en el puente era la viva imagen de aquel otro que, en los tiempos de la Reina Ana, había perdido la casa en favor del pariente tocayo de Hugh. No le conté nada de a aquello a Hugh, ya que no quería sugestionarle. Él, por su parte, no volvió a hacer alusión al encuentro; era evidente que no le había causado la más mínima impresión, de modo que pasamos la tarde de una manera completamente rutinaria. A la mañana siguiente volvíamos a estar sentados con nuestros libros en la salita que da a la parte del jardín en la que jugábamos a la petanca. Cuando llevábamos una hora estudiando, Hugh se levantó para estirar las piernas durante un par de minutos y se aproximó a la ventana. Yo no seguí sus movimientos con particular atención, pero sí me di cuenta de que de repente habla dejado de silbar a mitad de un paseo. Entonces habló con un tono de voz bastante extraño.

—Ven un momento —dijo.

Cuando me uní a él señaló a través de la ventana.

—¿Es ése el hombre al que viste anoche en el puente? —preguntó. Y allí estaba él, al final de la pista de petanca, mirándonos directamente.

—Sí, es él —dije.

—Iré a preguntarle qué está haciendo ahí—dijo Hugh—. ¡Acompáñame!

Salimos juntos de la habitación y descendimos el corto pasillo que llevaba hasta la puerta del jardín. La silenciosa luz del sol dormitaba sobre la hierba, pero allí no había nadie.

—Qué extraño —dijo Hugh—. Extrañísimo. Vamos un momento a la galería de retratos.

—No hace falta —dije yo.

—Entonces también tú te has dado cuenta del parecido —dijo—. Dime... ¿Se trata sólo de un parecido... o es realmente Francis Garth? Sea quien sea, debe de ser el que nos ha estado vigilando.

La aparición, de la que a partir de entonces hablamos como si se tratara de Francis Garth, había sido vista ya en dos ocasiones. En el transcurso de la siguiente semana pareció acercarse cada vez más a la casa que en otros tiempos había encantado, ya que Hugh le vio justo a la entrada del porche que había en la entrada principal. Y dos días más tarde, al atardecer, estando yo contemplando la pista de petanca mientras esperaba a que Hugh regresara a cenar, le vi en la ventana, observando malévolamente el interior de la habitación.

Finalmente, un par de días antes de que mi visita llegara a su fin, mientras regresábamos de una tarde de pasear sin rumbo por el bosque, le vimos los dos a la vez, frente a la gran chimenea del recibidor. En aquella ocasión la aparición no fue momentánea, ya que pese a nuestra irrupción permaneció allí, sin apercibirse de nuestra presencia durante quizá diez segundos, y después se dirigió hacia la puerta más alejada de la entrada. Allí se detuvo y se giró, mirando directamente a Hugh. Entonces le habló y, sin esperar respuesta, atravesó la puerta. Había penetrado en la casa, y a partir de aquel momento sólo volvió a ser visto en su interior. Francis Garth había vuelto a tomar posesión del lugar.

No es que quiera aparentar que la visión de este aparecido no tuvo efecto sobre mis nervios. Lo tuvo y muy desagradable; miedo es quizá una palabra demasiado superficial para describir lo que sentí. Se trataba más bien de un horror oscuro y silencioso que me invadía; para ser precisos, no en el momento exacto en el que veía al espíritu, sino algunos segundos antes, de modo que podía saber gracias a aquella sensación de terror extremo cuándo su aparición estaba a punto de manifestarse. Pero mezclado con todo aquello había una intensa curiosidad y un interés por la naturaleza de aquel extraño visitante, el cual, aunque muerto desde hacía tiempo, aún conservaba el aspecto de los vivos y cubría con vestimentas un cuerpo que llevaba años reducido a polvo. Hugh, en todo caso, no sintió nada parecido; la segunda ocupación de la casa a cargo del espectro le alarmó tanto como a aquellos que habían vivido en ella durante su primera aparición.

—Y además resulta tan interesante... —dijo, mientras me despedía cuando mi visita llegó a su término—. Parece que tiene asuntos por resolver en este lugar, pero ¿de qué asuntos se tratará? Ya te informaré si hay alguna novedad.

A partir de entonces el fantasma fue visto de manera constante. Asustó a algunos e interesó a otros, pero nunca hizo mal alguno a nadie. A menudo durante los siguientes cinco años pasé temporadas allí, y no creo que hubiera ninguna visita en la que por lo menos no le viera en una o dos ocasiones. Y siempre su aparición me fue anunciada mediante aquel sentimiento de terror que, tras haber comentado el tema, supe que ni Hugh ni su padre compartían. Entonces, de manera completamente repentina, el padre de Hugh falleció.

Tras el funeral, Hugh vino a Londres para entrevistarse con diversos abogados y para arreglar todos los detalles concernientes al testamento. Me contó que de ninguna manera le iban a su padre tan bien las cosas como aparentaba, y que no sabía si iba a poderse permitir seguir residiendo en un lugar como la casa de los Garth. Pretendía, en todo caso, clausurar un ala de la mansión y reducir el servicio para intentar seguir viviendo allí.

—No quiero abandonarla —dijo—. De hecho, odiaría tener que hacerlo. Por otra parte, tampoco creo que tuviera muchas posibilidades de alquilarla. El rumor de que está encantada a estas alturas está completamente extendido, y no creo que fuera demasiado fácil conseguir un inquilino interesado en ella. Espero, en todo caso, que no sea necesario.

Pero seis meses más tarde se dio cuenta de que, pese a todos los recortes, ya no era posible seguir viviendo allí, de modo que en junio me desplacé para brindarle una última visita, tras la cual, de no haber conseguido un inquilino, le casa quedaría clausurada.

—No puedo expresarte cómo me disgusta tener que marcharme —dijo—, pero no queda otro remedio. ¿Y hasta qué punto crees que resulta ético alquilar una casa encantada? ¿Debería decírselo a los posibles inquilinos? Puse un anuncio la semana pasada en Vida Campestre y ya ha contestado un interesado. De hecho llegará mañana por la mañana con su hija, para echar un vistazo. Se llama Francis Jameson.

—Espero que se lleve bien con el otro Francis —dije—. ¿Le has visto últimamente?

Hugh dio un bote.

—Sí, bastante a menudo —dijo—. Pero hay una cosa que quiero enseñarte. Sal un momento.

Me llevó hasta la parte frontal de la casa y señaló el gablete bajo el cual reposaba el escudo que había contenido sus obliteradas armas.

—No te daré pistas —dijo—. Sencillamente mira y dime qué te sugiere.

—Ahí hay algo que está apareciendo —dije—. Puedo ver dos bandas que se entrecruzan sobre el escudo y un artefacto entre medias.

—¿Y estás seguro de que no lo has visto anteriormente? —preguntó.

—La verdad es que pensaba que la superficie estaba completamente desgastada —dije—. Evidentemente no era así. ¿O es que la estás restaurando?

Se rió.

—Ciertamente no —dijo—. De hecho, lo que ves ahí no es en absoluto parte de mis armas, sino de las de Garth.

—Tonterías. Se trata de dos grietas y del producto de las inclemencias del tiempo, que por casualidad se asemejan, pero se trata de algo completamente accidental.

Volvió a reír.

—No te lo crees ni tú —dijo—. Ni yo, por cierto. Es obra de Francis. Se está manteniendo ocupado.

A la mañana siguiente me acerqué al pueblo para despachar unos asuntos sin importancia, y mientras regresaba por el sendero que hay frente a la casa vi un coche que llegaba hasta la puerta, por lo que deduje que el señor Jameson acababa de llegar. Entré en el recibidor y un momento después me detuve con los ojos y la boca completamente abiertos. Y es que en el interior había tres personas charlando: una era Hugh, la otra una joven encantadora, obviamente la señorita Jameson, y el tercero, o al menos eso me decían mis ojos, era Francis Garth.

Con la misma seguridad con la que había identificado al espectro con su retrato que colgaba en la galería, identifiqué a aquel hombre como la viva y humana encarnación del espectro en sí mismo. No es que se pudiera decir que había un parecido: es que eran idénticos. Hugh me presentó a sus dos visitantes y pude ver en su mirada que había experimentado la misma sensación que yo. La entrevista y el intercambio de informes acababa evidentemente de empezar, ya que tras esta pequeña ceremonia el señor Jameson se volvió hacia Hugh para decirle:

—Pero antes de que veamos la casa o el jardín, he de hacerle la pregunta más importante de todas, de tal modo que si su respuesta fuese insatisfactoria no le haría perder más tiempo con una inútil visita.

Pensé que se avecinaba una pregunta sobre el fantasma, pero me equivoqué por completo. Aquella consideración tan decisiva era acerca del clima, y el señor Jameson empezó a explicarle a Hugh, con toda la insistencia del enfermo, sus necesidades. Lo que estaba buscando era una atmósfera cálida y sosegada, con total ausencia de vientos del este y del norte; un refugio soleado. Las respuestas a sus preguntas fueron lo suficientemente satisfactorias como para permitir una inspección de la casa, y de inmediato los cuatro iniciamos el recorrido.

—Adelántate, querida Peggy, con el señor Verrall —le dijo el señor Jameson a su hija—, y deja que os siga a un ritmo más sosegado en compañía de este caballero, si es que él se ofrece gentilmente a escoltarme. De ese modo podremos contrastar diferentes impresiones.

Se me ocurrió que querría hacer nuevas preguntas sobre la casa, y que preferiría recibir la información de alguien que no fuese el dueño pero que conociera la casa sin estar ligado al negocio que suponía alquilarla. Y de nuevo esperé oír preguntas sobre el fantasma. Pero lo que llegó me sorprendió muchísimo más. Esperó, evidentemente a propósito, hasta que la otra pareja se encontrase a cierta distancia, y entonces se volvió hacia mí.

—Verá, me ha ocurrido algo extraordinario —dijo—. Nunca había visto esta casa antes, y sin embargo la conozco íntimamente. Tan pronto como llegamos a la puerta de entrada supe cómo iba a ser esta habitación, y puedo decirle qué es lo que vamos a encontrar cuando sigamos a los otros. Al final de ese pasillo por el que acaban de internarse hay dos habitaciones; una de ellas da a una pista de petanca que hay detrás de la casa, y la otra a un sendero que pasa junto a la ventana y desde el cual se puede observar el interior de la habitación. Desde allí, una ancha escalera asciende en dos pequeños tramos hasta el primer piso, donde en su parte trasera encontraremos varios dormitorios y en la delantera una habitación alargada con muchas ventanas y muchos cuadros. Más allá hay otros dos dormitorios y un cuarto de baño entre ellos. Una pequeña escalera, bastante oscura, asciende desde allí hasta el segundo piso. ¿Es correcto?

—Completamente —respondí.

—No piense que he soñado todo esto —dijo—. Son cosas que estaban en mi subconsciente, no como un sueño, sino como recuerdos reales, como algo que he sabido durante toda mi vida. Y todo va acompañado en mi mente de un sentimiento de hostilidad. También puedo decirle que hace unos doscientos años uno de mis antepasados directos desposó a la hija de Francis Garth y adoptó sus armas. A este lugar se le llama la casa de los Garth. ¿Es que vivió dicha familia aquí en alguna ocasión, o tal vez la casa ha adoptado el nombre del pueblo?

—Francis Garth fue el último de los Garth que vivió aquí —dije—. Apostó la casa y la perdió ante un antepasado directo del actual propietario. Su nombre también era Hugh Verrall.

Por un instante me dirigió una mirada confusa que otorgó a su semblante una expresión aguda y malévola.

—¿Qué significa todo esto? —dijo—. ¿Estamos soñando o estamos despiertos? Hay otra cosa que quisiera preguntarle. He oído... podrían ser meros cotilleos... pero he oído que la casa estaba encantada. ¿Puede contarme algo al respecto? ¿Ha visto alguna vez algo que así lo sugiriera? Digamos, un fantasma, aunque yo particularmente no creo en la existencia de algo semejante. ¿Ha visto alguna vez una aparición inexplicable?

—Sí, bastante a menudo —respondí.

—¿Y podría preguntarle de qué se trataba?

—Por supuesto. Era la aparición del hombre del cual estábamos hablando. Al menos la primera vez que le vi pude reconocerle como el fantasma, si me permite emplear la expresión, de Francis Garth, cuyo retrato cuelga en la galería que tan correctamente ha descrito.

Dudé un momento, preguntándome si no debería decirle que no sólo había reconocido la aparición a partir del retrato, sino que además le había reconocido a él a partir de la aparición. Él percibió mis dudas.

—Hay algo más —dijo.

Por fin me decidí.

—Sí, hay algo más —afirmé—, pero creo que sería mejor si viera usted el retrato con sus propios ojos. Probablemente podrá revelarle de una manera más directa y convincente de qué se trata.

Subimos las escaleras que había descrito sin pasar antes por las otras habitaciones de la planta baja, desde las que nos llegaban las voces de Hugh y de su acompañante. No tuve que señalarle al señor Jameson el retrato de Francis Garth, ya que se dirigió directamente a él para contemplarlo en silencio durante largo rato. Después se volvió hacia mí.

—De modo que debería ser yo el que le hablara a usted del fantasma dijo—, en vez de ser usted el que me hable a mí de él.

En aquel preciso momento se nos unieron los otros, y la señorita Jameson se abalanzó sobre su padre.

—Oh, papá, es la casa más maravillosa que he visto en mi vida —dijo—. Si tú no la alquilas lo haré yo.

—Échale un vistazo a mi retrato, Peggy —dijo él.

Después de esto cambiamos de parejas, y la señorita Peggy y yo paseamos por los alrededores de la casa mientras los otros permanecían en el interior. Ella se detuvo frente a la puerta principal para mirar el gablete.

—Esas armas —dijo— son difíciles de distinguir, y supongo que deben de ser las del señor Verral, pero son sorprendentemente parecidas a las que adornan el escudo de mi padre.

Tras el almuerzo, Hugh y su posible inquilino mantuvieron una charla privada, concluida la cual los visitantes se marcharon.

—Está prácticamente acordado —dijo cuando regresó al recibidor tras haberlos despedido—. El señor Jameson quiere alquilar la casa durante un año con opción a renovación. ¿Qué te ha parecido todo esto?

Examinamos la situación a lo largo y a lo ancho, de arriba abajo y de abajo arriba, y una teoría tras otra todas fueron descartadas, ya que aunque algunas piezas parecían encajar, las demás no se ajustaban a ellas. Finalmente, tras horas de charla, acabamos por encontrar, pese a lo poco creíble del asunto, una explicación razonable, la cual, aunque podría no satisfacer al lector, parece abarcar todos los hechos y presentar lo que quizá podría definir como una uniforme pátina de inexplicabilidad. Por lo tanto, para empezar por el principio, y resumiendo los hechos:

Francis Garth, desposeído de manera presumiblemente fraudulenta de su finca, maldijo a los nuevos propietarios para recorrer aparentemente los pasillos de la casa después de muerto. Después sobrevino un largo intervalo en el que nada se supo del fantasmal huésped, pero el encantamiento se reanudó la primera vez que yo estuve en la casa acompañando a Hugh. Finalmente, aquel mismo día, había llegado a la casa un descendiente directo de Francis Garth, que además de ser la viva imagen de la aparición que tan a menudo habíamos visto era también idéntico al retrato del mismísimo Francis Garth.

Ya antes de que el señor Jameson entrara en la casa estaba familiarizado con ella y sabía lo que contenía: sus escaleras, sus dormitorios, sus pasillos... y recordaba haber estado allí, a menudo con hostilidad en su alma; la misma hostilidad que habíamos visto reflejada en el rostro de la aparición. ¿Por qué no íbamos a ver (y aquí llega la teoría que tan lentamente se había impuesto) en Francis Jameson una reencarnación de Francis Garth, purgada, por decirlo de alguna manera, de su antigua hostilidad, y de regreso en la casa en la que había vivido hacía doscientos años para volver a encontrar un hogar? Ciertamente, desde aquel día ninguna aparición, hostil o malévola, ha vuelto a mirar a través de sus ventanas o a caminar sobre su pista de petanca.

Finalmente tampoco puedo dejar de ver una correspondencia entre lo que ocurrió entonces y lo ocurrido en los tiempos de la reina Ana, cuando Hugh Verrall tomó posesión de la hacienda; muchos podrían ver este suceso como la otra cara de la moneda, ya que el último Hugh Verrall, negándose a abandonar el lugar por causas que ahora serán puestas de manifiesto, se estableció, al igual que lo había hecho su ancestro, en una casa del pueblo, desde la que acudió a menudo a visitar la casa en la que había nacido, la cual volvía a pertenecer a la familia que la poseía cuando sus antepasados llegaron allí.

También veo una correspondencia, que a buen seguro Hugh sería el último en pasar por alto, en el hecho de que Francis Jameson, al igual que Francis Garth, también tenía una hija. En este punto, sin embargo, me complace decir que esa estricta correspondencia se ha roto abruptamente, ya que mientras al primer Hugh Verral le falló la suerte cuando decidió cortejar a la hija de Francis Garth, el segundo Hugh Verral ha gozado de mucha más fortuna en su propósito. De hecho, acabo de regresar de su boda.

E.F. Benson (1867-1940)




Relatos góticos. I Relatos de E.F. Benson.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de E.F. Benson: Reconciliación (Reconciliation), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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