«El magnetizador»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis


«El magnetizador»: E.T.A. Hoffmann; relato y análisis.




El magnetizador (Der Magnetiseur) es un relato de terror del escritor alemán E.T.A. Hoffmann (1776-1822), publicado en la antología de 1814: Cuadros fantásticos a la manera de Callot (Fantasiestücke in Callot’s Manier).

El magnetizador, uno de los grandes relatos de E.T.A. Hoffmann, narra la historia de una tertulia, integrada por el barón, Franz Bickert, la baronesa María y Ottmar, quienes debaten animadamente sobre el tema de los sueños y los nuevos estudios científicos que se están llevando a cabo. Durante la charla, la joven María pierde el conocimiento, momento en el que aparece Alban, un misterioso y hábil médico, quien terminará ejerciendo un poder casi absoluto sobre la muchacha a través de la hipnosis.

En este sentido, El magnetizador explora un tema que fascinaba al público del siglo XIX: la hipnósis, y cómo ésta podía ser aplicada tanto para tratar diversos desórdenes mentales así también como para controlar la voluntad del paciente. En resumen: se trata de uno de los más acabados ejemplos del mesmerismo en el relato de terror.





El magnetizador.
Der Magnetiseur, E.T.A. Hoffmann (1776-1822)

—Los sueños son espuma —dijo el anciano barón, tendiendo la mano hacia la borla de la campanilla, para que el viejo Gaspar viniese a alumbrarle hasta su alcoba.

Se había hecho tarde; un penetrante viento de otoño se introducía en el salón de verano, mal resguardado, y María, estrechamente envuelta en su chal y con los ojos semicerrados, no podía resistir más el sueño.

—¡Y, sin embargo —continuó el barón, inclinando el cuerpo hacia adelante en su poltrona, las dos manos apoyadas en las rodillas—, y, sin embargo, recuerdo muy bien los extraordinarios sueños que tenía en mi juventud!

—¡Oh, mi buen padre! —repuso Ottmar—, ¿y qué sueño hay que no sea extraordinario? No obstante, sólo aquellos que nos revelan alguna circunstancia maravillosa, los espíritus precursores de los grandes destinos, según las palabras de Schiller; aquellos que nos trasladan con rápido vuelo a esas sombrías y misteriosas regiones, a las que nuestros débiles ojos se atreven a lanzar tímidas miradas; sólo aquéllos nos causan una impresión profunda, cuya fuerza nadie puede disimular.

—Los sueños son espuma —repitió el barón con voz sorda.

—Ése es un dicho de los materialistas, quienes encuentran muy naturales los fenómenos más maravillosos, a la vez que lo más natural les parece prodigioso e inconcebible. Pero hasta en este caso veo yo una certera alegoría —continuó Ottmar.

—¿Qué ves en ese viejo y vulgar dicho? ¿Acaso algo razonable? —preguntó María, bostezando.

Ottmar, riéndose, contestó con las palabras de Próspero:

—«¡Levanta el velo que cubre tus ojos y escúchame atentamente!». En serio, mi querida María, si no tuvieses tantas ganas de dormir, ya habrías adivinado que se trata de los sueños, uno de los fenómenos más sublimes de la vida humana y que la comparación con la espuma sólo puede entenderse si se refiere a la espuma más noble de todas, como lo es, sin duda, la del burbujeante, brillante e impetuoso champagne que no desdeñas saborear alguna vez, a pesar de ese desdén que, como verdadera señorita, sientes por el jugo de la vid, en general. ¡Mira los millares de burbujas que como perlas se alzan de la copa, para convertirse en espuma al llegar a la superficie! Son espíritus que se desprenden con impaciencia de su cárcel material. Así, del mismo modo, semejante a esta espuma, vive y se mueve el excelso principio espiritual que, libre de los lazos terrestres, despliega alegremente sus alas y se lanza a la búsqueda de los espíritus superiores que se encuentran en ese reino celestial, que nos está prometido, y entonces comprende sin esfuerzo, en su más secreta significación, los acontecimientos más maravillosos. También pudiera ser —prosiguió— que los sueños fueran el resultado de esta espuma, de esta fermentación que brota de nuestros espíritus vitales, libres, alegremente bullentes, cuando el sueño viene a encadenar nuestra vida extensiva y comienza entonces otra vida más intensiva, superior, que no solamente nos hace presagiar las misteriosas relaciones del mundo de los espíritus invisibles, sino reconocer los límites del espacio y del tiempo.

—Me parece estar oyendo hablar a tu amigo Alban —le interrumpió el viejo barón, esforzándose en sustraerse a los recuerdos que le habían dejado pensativo—. Ya sabéis que soy enemigo irreductible de todo esto. Así que, en mi opinión, cuanto acabas de referir está muy bien dicho y ciertas almas sentimentales o sensibles se complacerán en oírlo, pero sólo por el hecho de ser sistemático, es falso. Después de todo lo que has divagado acerca del mundo de los espíritus, creeríase que el sueño debe procurar al hombre un estado de felicidad indecible. Pero todos mis sueños, a los que llamo tales porque la casualidad les ha prestado cierta influencia en mi vida —y llamo casualidad a una especie de coincidencia de circunstancias diversas que se unen en un conjunto de total apariencia—, todos estos sueños, como digo, fueron desagradables e incluso penosos. Tanto que a veces me ponían enfermo, aunque me abstuviese de devanarme los sesos acerca de su significado, ya que entonces no estaba de moda tratar de penetrar y escrutar lo que la Naturaleza nos mantiene secreto.

—Ya sabéis, padre querido —repuso Ottmar—, lo que pienso, con mi amigo, Alban acerca de eso que se llama casualidad, coincidencia de circunstancias, etcétera. Y en cuanto a la moda de las cavilaciones, piense mi buen padre que esta moda se funda en la naturaleza misma del hombre y que es muy antigua. Los adeptos de Sais...

—¡Alto ahí! —dijo el barón—. No nos enfrasquemos en una conversación que hoy precisamente quiero eludir, pues no me siento dispuesto a contrarrestar tu hirviente entusiasmo por todo lo maravilloso. Tampoco puedo negar que hoy mismo, nueve de septiembre, me viene a las mientes un recuerdo de mis años juveniles del que no podré librarme, a menos que os cuente la aventura. Con lo que probaría a Ottmar cómo un sueño o un estado de ensoñación, que se enlazó muy particularmente con la realidad, ejerció en mí una influencia funesta.

—Quizá, padre querido —dijo Ottmar—, nos proporcionaríais, a mí y a mi amigo Alban, un argumento magnífico en apoyo de la actual teoría de la influencia magnética, que procede de las observaciones acerca del sueño y de las ensoñaciones.

—Sólo la palabra magnetismo ya me hace temblar —dijo el barón enojado—, pero cada uno tiene sus ideas, y mejor para vosotros si la Naturaleza soporta que vuestras manos atrevidas alcen el velo que la encubre y no castiga vuestra curiosidad con vuestra ruina.

—¡No disputemos, padre mío —repuso Ottmar—, acerca de cosas que dependen de la más íntima convicción! Pero ¿no podríais referirnos ese recuerdo de vuestra juventud?

El barón se arrellanó en su asiento y comenzó el relato, levantando hacia el cielo sus expresivos ojos, como acostumbraba a hacer cuando se hallaba muy conmovido:

—Ya sabéis que recibí mi educación militar en la Academia de Nobles de Berlín. Entre los maestros que allí había se encontraba un hombre que no podré olvidar en toda mi vida. Hasta hoy, cuando pienso en él, no puedo evitar un estremecimiento de terror y de miedo, por decirlo así. A veces tengo la sensación de que se va a abrir la puerta y va a hacer su entrada fantasmal. Su estatura gigantesca era más notable a causa de la delgadez corporal; no parecía estar hecho sino de músculos y nervios. Debió de haber sido un apuesto mozo en sus años juveniles, pues todavía entonces sus negros ojos lanzaban miradas tan ardientes que apenas se podían resistir. Muy entrado ya en los cincuenta, tenía la fuerza y la destreza de un joven; todos sus movimientos eran rápidos y decididos; en la esgrima, con espada o sable, era superior a los más diestros y domaba el caballo más fogoso, hasta hacerle jadear. En otro tiempo había sido mayor en el Ejército danés y, según decía, se vio obligado a expatriarse por haber matado en duelo a su general. Muchos aseguraban que esto no aconteció en desafío, sino que, por una palabra ofensiva de aquél, el mayor le había atravesado de parte a parte con la espada antes de que pudiera ponerse en guardia. En una palabra, huyó de Dinamarca, y ejercía en la Academia de Nobles, con el grado de mayor, las funciones de instructor superior de fortificaciones.

»Irascible en el más alto grado, era suficiente una sola palabra o una mirada profunda para enfurecerle. Castigaba a los discípulos con sistemática crueldad y, sin embargo, todos le veneraban de una manera incomprensible. Sucedió una vez que el duro castigo que dio a un discípulo, violando todas las costumbres y reglamentos de la disciplina, llamó la atención de los superiores y fue sometido a una investigación sumarial. Pero entonces, el discípulo castigado se acusó a sí mismo y defendió al mayor con tanto ardor que aquél salió libre de todo cargo.
»Algunos días parecía ser otro. Entonces, el acento de su voz grave, que de ordinario era duro, tenía algo indeciblemente sonoro y su mirada fascinaba. Jovial e indulgente, perdonaba todas las pequeñas faltas y, cuando apretaba la mano de aquel de nosotros que mejor había cumplido, era como si le hiciese su esclavo por un poder mágico e irresistible, pues aun cuando en aquel momento le hubiese impuesto en prueba de su obediencia la muerte más dolorosa, la habría sufrido sin decir palabra.

»Pero a estos días de calma seguía, por lo común, una especie de tormenta furiosa, que llevaba a todos a ocultarse y a huir. Poniéndose desde la mañana su colorado uniforme danés, se pasaba incansable todo el día, ya fuese verano o invierno, en el gran jardín contiguo a la Academia de Nobles. Se le oía hablar en danés con una voz espantosa. Gesticulando furiosamente, con la espada desenvainada, parecía como si estuviera combatiendo con un enemigo terrible y lanzándole estocada tras estocada. Finalmente, con un golpe de la mano derecha, derribaba a su antagonista, cuyo cadáver parecía pisotear con juramentos y blasfemias espantosas. Luego huía con una velocidad increíble a través de las avenidas, se encaramaba a los árboles más altos y reía sarcásticamente, de modo que a nosotros, que estábamos en nuestras habitaciones, se nos helaba la sangre de espanto.

»Estos ataques furiosos le duraban veinticuatro horas y se reparó que era al acercarse los equinoccios cuando sufría tales paroxismos. Al día siguiente parecía no acordarse de nada de lo que había pasado; pero era más intratable, más colérico, más violento que nunca, hasta que, poco a poco, volvía a alcanzar el estado de benevolencia.

»No sé de dónde provenían los extraños y maravillosos rumores que se difundieron entre los criados de la Academia y entre la gente de la ciudad. Se decía que el mayor podía conjurar el fuego y sanar enfermedades con la imposición de manos. Que sólo con la mirada curaba. Pero recuerdo que un día despidió a palos a uno que pretendió que le curase por este procedimiento. Recuerdo también cómo un viejo inválido, que me servía, afirmaba abiertamente que la conducta del señor mayor era sobrenatural y contaba que muchos años antes, durante una tempestad en el mar, se le había aparecido el Enemigo Malo, quien le ofreció, no sólo salvarle del peligro, sino también dotarle de una fuerza sobrehumana y de algunas facultades milagrosas, lo cual aceptó, entregándose a él. De ahí procedían los reñidos combates que tenía que sostener con el demonio, el cual se le aparecía en el jardín, ya en forma de perro negro, ya bajo la de otro animal terrible, para anunciar al mayor que, antes o después, había de sucumbir en terrible catástrofe.

»Por muy necios y vanos que me pareciesen estos relatos, no podía evitar un secreto terror al escucharlos, y a pesar del especial aprecio que me demostraba el mayor, al que yo correspondía con sincera adhesión, se mezclaba en el sentimiento que experimentaba hacia este hombre extraordinario un algo indefinible que me obsesionaba y que yo mismo no sabría explicar. Me parecía como si me viese obligado por un poder superior a permanecerle fiel, como si el instante en que me apartase de su sujeción fuese a ser el de mi perdición. Aunque su presencia me causaba una especie de complacencia, experimentaba también siempre cierto miedo, el sentimiento de una opresión irresistible, manteniéndome en tal tensión que me hacía temblar. Si permanecía mucho tiempo junto a él y me demostraba más amistad que de costumbre, cuando me apretaba la mano en señal de despedida, según solía hacerlo, al tiempo que me miraba fijamente contándome alguna historia extraña, yo no podía evitar aquel estado que me dejaba reducido al máximo agotamiento, hasta el punto de que parecía estar a punto de desmayarme.

»Prescindiré de todas las escenas extrañas que viví con mi maestro, quien llegaba hasta a tomar parte en mis juegos infantiles y me ayudaba activamente a construir las fortalezas que edificaba en el jardín, conforme a las más estrechas reglas militares.

»Así pues, vamos al asunto. Fue la noche del 8 al 9 de septiembre del año de 17..., lo recuerdo muy bien, cuando soñé con toda la fuerza de la realidad que el mayor abría suavemente la puerta de mi habitación, se acercaba despacio a mi cama y, fijando en mí la mirada de sus negros y penetrantes ojos, me ponía su mano derecha sobre la frente, lo que, sin embargo, no me impedía verle de pie delante de mí... Suspiré a causa del miedo y del terror que me sobrecogían y él entonces me dijo con voz sorda: "¡Pobre ser humano, reconoce a tu maestro y señor! ¿Por qué te resistes bajo el yugo que inútilmente quieres sacudir? Yo soy tu dios y leo en tu interior. Todo lo que has tenido secreto, todo lo que quieres ocultarme, lo veo claro y patente. Para que no te atrevas a dudar de mí, gusano de la tierra, voy a hacer que tú mismo penetres en el secreto obrador de tus propios pensamientos".

»Al instante vi brillar en su mano un instrumento punzante y sentí cómo lo introducía en el centro de mi cerebro. Proferí tal grito que me desperté bañado en sudor, próximo al desvanecimiento. Al fin logré tranquilizarme, pero un aire sofocante y pesado llenó la habitación y me pareció oír la voz del mayor que me llamaba desde lejos, pronunciando mi nombre varias veces. Atribuí esto a los efectos del espantoso sueño; salté de la cama, abrí la ventana para que el aire fresco entrase en la habitación. Pero cuál sería mi asombro cuando, a la luz de la luna, vi al mayor con su uniforme de gala, tal como se me había aparecido en el sueño, dirigirse por la gran alameda hacia la puerta principal. La abrió y salió cerrándola luego de tal forma que los goznes y cerrojos resonaron con un estrépito tal que retumbó mucho tiempo en el silencio de la noche.

»¿Qué significaba esto? ¿Qué hacía el mayor de noche en pleno campo?, pensé, mientras un miedo y una angustia horribles se apoderaban de mí. Como arrastrado por una fuerza irresistible, me vestí precipitadamente y fui a despertar a nuestro inspector, un buen anciano de sesenta años y la única persona a quien el mayor temía y respetaba hasta en sus más violentos paroxismos. Le conté mi sueño y lo que había sucedido después. El anciano me escuchó con mucha atención y dijo: Yo también he oído cerrar la puerta del jardín, pero pensé que eran imaginaciones mías; de todos modos puede haberle sucedido algo extraño y conviene que vayamos a ver su habitación.

»La campana del establecimiento despertó a los discípulos y a los maestros, y todos con antorchas, como en una procesión solemne, nos dirigimos por el largo corredor hacia el cuarto del mayor. La puerta estaba cerrada y fueron vanos los esfuerzos que se hicieron para abrirla con la llave maestra, lo que nos convenció de que había echado el cerrojo por dentro. El portón principal que daba al jardín, por el que debía de haber pasado, también estaba cerrado con cerrojo, como de costumbre. Finalmente, hubo que derribar la puerta de la alcoba, al ver que todas nuestras llamadas quedaban sin respuesta.

»¡Allí estaba el mayor, con la mirada fija, espantosa, cubierta la boca de espuma, vestido con su rojo uniforme danés y sosteniendo su espada en una mano convulsivamente arqueada! Todos nuestros esfuerzos para volverle a la vida fueron inútiles.


El barón calló. Ottmar intentó decir algo, pero calló también y, con la frente apoyada en su mano, pareció ocupado en ordenar las reflexiones que le inspiraba la historia. María rompió el silencio diciendo:

—¡Ay, padre mío, qué espantoso acontecimiento! Me parece estar viendo al terrible mayor con su uniforme danés y con la vista fija en mí; ya se acabó mi sueño por esta noche.

El pintor Franz Bickert, quien desde hacía quince años vivía en casa del barón en calidad de amigo íntimo de la familia, y que hasta entonces no había tomado parte alguna en la conversación, como sucedía con frecuencia, sino que paseaba con los brazos cruzados a la espalda, haciendo toda clase de muecas ridículas y hasta ensayando de cuando en cuando un brinco grotesco, de repente exclamó:

—¡La baronesa tiene mucha razón! ¿A qué vienen estas espantosas historias llenas de sucesos novelescos antes de irnos a acostar? Esto, al menos, es contrario a mi teoría del dormir y de los sueños, que se basa en la pequeñez de un par de millones de experiencias. Si el señor barón sólo ha tenido hasta ahora sueños desagradables es porque no conocía mi teoría y, por consiguiente, no podía practicarla. Cuando Ottmar habla de influencias magnéticas, de la acción de los planetas y no sé de qué más historias, puede tener razón hasta cierto punto, pero mi teoría proporciona la coraza a prueba de todos los rayos de los astros nocturnos.

—En tal caso tengo gran curiosidad por conocer tu admirable teoría —exclamó Ottmar.

—Deja hablar a Franz —dijo el barón—, sabrá convencernos de lo que quiera si se le antoja.

Sentóse el pintor frente a María y, después de haber tomado un polvo de rapé, con gesto cómico y sonrisa dulce y burlona, comenzó así:

—¡Noble reunión! Los sueños son espuma. Éste es un proverbio alemán muy antiguo, castizo y expresivo; pero Ottmar lo ha interpretado tan bien, tan sutilmente, que, mientras estaba hablando, yo sentía en mi cerebro esas burbujas desprendidas de la materia que venían a unirse con el principio espiritual superior. Sin embargo, ¿no es en nuestro espíritu donde tiene lugar esa fermentación de la cual se desprenden tales partes más sutiles, que no son sino el producto de un mismo principio? A esto que pregunto respondo inmediatamente: la Naturaleza entera, en todas sus manifestaciones, ofrece al espíritu el vasto campo del espacio y del tiempo, en el que se mueve éste con la ilusión de una plena independencia, cuando en realidad sólo es un trabajador atento y sometido a los fines de ella.

»Estamos tan unidos física y psíquicamente con todos los objetos exteriores, con la Naturaleza entera, que sólo el intentar desprendernos constituiría posiblemente la causa de nuestra propia destrucción. La vida que llamamos intensiva está condicionada por la extensiva. Es sólo un reflejo de ésta en la que las figuras y las imágenes nos parecen recogidas como en un espejo cóncavo, bajo otras proporciones y, por consiguiente, bajo formas extrañas y desconocidas, aunque en el fondo no sean más que caricaturas de los originales que existen en la vida real. Yo sostengo decididamente que jamás ningún hombre ha imaginado ni soñado alguna cosa cuyos elementos no se hallen en la Naturaleza, a la cual no nos podemos sustraer.

»Prescindiendo de las impresiones exteriores e inevitables que conmueven nuestra alma y la ponen en un estado de tensión anormal, causándole un repentino susto, un gran pesar, creo que nuestro espíritu puede extraer de las escenas más agradables de la vida esa fermentación de donde, según dice Ottmar, brotan las pequeñas burbujas del sueño. Yo, por mi parte, que al llegar la noche doy pruebas de un humor inagotable, preparo cuidadosamente los sueños nocturnos haciendo pasar por mi cabeza mil locuras, que luego mi imaginación reproduce en mi sueño con los colores más vivos, de manera muy divertida. Lo que prefiero a este propósito son mis representaciones teatrales.

—¿Qué quieres decir con esto? —preguntó el barón.

—Cuando soñamos —continuó Bickert—, nos volvemos, como ya ha señalado un agudo escritor, poetas y autores dramáticos, pues percibimos con precisión los menores detalles de los caracteres y de lo individual. Así pues, al acostarme, yo pienso algunas veces en las numerosas aventuras divertidas de mis viajes, en algunos caracteres cómicos de las gentes con las que he vivido y luego, por la noche, mi fantasía me proporciona el espectáculo más divertido del mundo al mostrarme de nuevo a todas estas personas con sus facciones ridículas y con todas sus tonterías. Tengo la sensación entonces de que, por la tarde, sólo he preparado el cañamazo, el esbozo de la pieza que durante el sueño cobra vida y fuego, conforme al deseo del poeta.

»Yo llevo en mí toda la compañía de Sacchi, que representa los cuentos de Gozzi muy a lo vivo, con todos sus matices, de manera que el público, que en realidad yo también represento, cree que está viendo algo verdadero. Pero como ya os he dicho, al hablar de estos sueños voluntariamente atraídos, prescindo de aquellos que son el resultado de alguna disposición excepcional del espíritu, de aquellos que provienen de circunstancias extrañas o que son consecuencia de una impresión física externa. Me refiero a los sueños que casi todos los hombres han tenido, como por ejemplo el de caer desde una torre, ser decapitado, etcétera, y que están producidos por algún padecimiento físico, ya que el espíritu más indiferente a la vida animal se separa durante el sueño y por causas fantásticas da lugar, a su manera, a la creación de imágenes.

»Recuerdo un sueño en el que asistía yo a una alegre velada donde se bebía ponche. Un oficial bravucón, al que conozco mucho, se burlaba de un estudiante, quien acabó por tirarle un vaso a la cara. La consecuencia fue una riña general. Y yo, que quería establecer la paz, me sentí herido en la mano, de tal modo que un dolor intenso me despertó... y ¿qué es lo que vi al despertar? Mi mano realmente sangraba, pues me había arañado durmiendo con un alfiler que estaba clavado en el cubrecama.

—¡Oh, Franz —dijo el barón—, esta vez no te preparaste un sueño alegre!

—¡Ay! —dijo el pintor con voz quejumbrosa—. ¿Quién puede saber lo que el destino nos prepara para castigarnos? Yo también he tenido realmente sueños horribles que me causaron angustia y sudores y me pusieron fuera de mí.

—Cuéntanoslos —exclamó Ottmar—, aunque tus teorías se vengan abajo.

—Por Dios —gimió María—, ¿no os compadecéis de mí?

—De ningún modo —exclamó Franz—, ya no podemos tener compasión. Yo también he soñado, como otro cualquiera, cosas espantosas. ¿Acaso no he estado invitado a tomar el té en el palacio de la princesa Amaldasongi? ¿No me he puesto la más hermosa casaca galoneada encima de un vestido ricamente bordado? ¿No he hablado el más puro italiano, lingua toscana in boca romana? ¿No me he enamorado de aquella maravillosa mujer como corresponde a un artista? ¿Y no le estuve diciendo las cosas más divinas y poéticas, cuando por casualidad, al bajar la vista, me di cuenta, consternado, de que iba vestido con un traje de corte a la última moda, pero que había olvidado las medias?

Antes de que nadie pudiera objetar algo, Bickert prosiguió entusiasmado:

—¡Dios mío! ¡Cuántas cosas podría contaros de los tormentos infernales de mis sueños! ¿No había vuelto a mis veinte años y bailaba con aquella deliciosa mujer? ¿No me había quedado sin dinero, a fin de dar a mi viejo traje cierta novedad, haciéndolo volver diestramente, y comprarme un par de medias blancas? Y cuando, al fin, llegué ante la puerta del salón, resplandeciente con mil luces y lleno de gente elegantemente vestida, al entregar mi tarjeta un endiablado perro de portero abrió una ranura y me dijo amablemente que hiciera el favor de pasar por allí para entrar al salón. Pero todo esto no son más que tonterías en comparación con el sueño cruel que me ha atormentado y llenado de temor la noche pasada. ¡Ay!..., me había convertido en una hoja de papel vitela y figuraba justamente en el centro de ella como marcmarca de fábrica, y alguno..., un endemoniado poeta bien conocido de todos, pero digamos alguno, armado de una pluma de ganso larguísima y mal cortada, mientras componía versos cojos y diabólicos, pendoleaba sobre mí. Y cuando, otra vez, un demonio anatomista quiso divertirse conmigo desmontándome como una muñeca de movimiento, y haciendo toda clase de pruebas diabólicas, por ejemplo, ver qué efecto produciría uno de mis pies puesto en mitad de la espalda, o mi brazo derecho pegado al extremo de mi pierna izquierda.

El barón y Ottmar interrumpieron al pintor con una estrepitosa carcajada. El ambiente de gravedad ya se había disipado; así que aquél exclamó:

—Decidme, ¿acaso no tengo razón al afirmar que en nuestra pequeña reunión de familia el viejo Franz es un verdadero maître de plaisir? ¡De qué modo tan patético comenzó la discusión de nuestro tema para concluir con una broma de un efecto tan inesperado que hizo estallar nuestra solemne seriedad como con una poderosa explosión! En un abrir y cerrar de ojos nos ha trasladado del mundo de los espíritus a la vida real, alegre y viva.

—Pero no creáis —repuso Bickert— que he referido esto como un payaso que cuenta chistes para divertiros. ¡No! Aquellos sueños horribles realmente me han martirizado, aunque es posible que yo mismo, involuntariamente, los hubiera provocado.

—Nuestro amigo Franz —dijo Ottmar— tiene muchas pruebas en favor de su teoría de cómo se producen los sueños. Sin embargo, no es muy convincente todo lo relativo al enlace y a las consecuencias de estos principios hipotéticos. Añádase a esto que hay una clase superior de sueños vivificantes y felices, que acercan al hombre al mundo espiritual, apagan su sed y le nutren con fuerza divina.

—Cuidado —dijo el barón—, que Ottmar va a volver a subir inmediatamente en su caballo de batalla para cabalgar por regiones desconocidas, esas que, según supone, nosotros los incrédulos sólo podemos vislumbrar de lejos, como Moisés la tierra prometida. Pero vamos a evitar que se nos vaya, ya que hace una desagradable noche de otoño. ¿Qué os parecería si nos quedáramos una horita más? Atizaremos el fuego de la chimenea y María nos preparará, a su modo, un excelente ponche que será el espíritu que alimente y fortalezca nuestro alegre humor.

Bickert levantó los ojos al cielo y extasiado lanzó un profundo suspiro. A continuación se inclinó rápidamente delante de María, en actitud suplicante. Ésta, que había permanecido sentada y silenciosa, se echó a reír, lo que acontecía raras veces, al ver el gracioso ademán del viejo pintor y se apresuró a levantarse para prepararlo todo cuidadosamente, conforme a los deseos del barón.

Bickert, corriendo de un lado para otro animadamente, ayudó a Gaspar a traer la leña y mientras que, de rodillas en el suelo, y puesto de perfil ante la chimenea, soplaba el fuego, no cesaba de llamar a Ottmar para que diera pruebas de ser su digno discípulo y le dibujase en esta posición, como perfecto estudio de observación de los efectos del fuego dando hermosos reflejos en su rostro. El viejo barón cada vez estaba más alegre y hasta, lo que no acontecía sino en sus horas de mayor satisfacción, mandó que le trajesen su larga pipa turca guarnecida con boquilla de ámbar. Cuando el agradable y sutil aroma del tabaco turco empezó a esparcirse por el salón, y cuando María comenzó a derramar en el bol del ponche el zumo de limón, pareció a todos que un espíritu familiar y grato reinaba en medio de la satisfacción que experimentaban y que venía a hacer olvidar lo pasado y lo porvenir, apareciendo ambos incoloros e indiferentes.

—¿No es admirable —dijo el barón— que a María siempre le salga bien el ponche? Me sentiría incapaz de tomar otro que no fuera el preparado por ella. Es en vano que dé las instrucciones más minuciosas acerca de sus componentes y todo lo demás. Una vez, nuestra lunática Katinka preparó el ponche, siguiendo las instrucciones de ella, pero me fue imposible tomar un solo vaso. Es como si María pronunciase una fórmula sobre la bebida que le proporcionase una fuerza mágica.

—¿Cómo iba a ser si no? —exclamó Bickert—. Es la magia de la gracia, de la elegancia con que María sabe animar todo lo que hace. Basta verla preparar el ponche para hallarlo perfecto y delicioso.

—¡Muy galante —interrumpió Ottmar—, pero con tu permiso, querida hermana, dime que no es cierto! Estoy de acuerdo con nuestro querido padre en que todo lo que tú preparas y ha pasado por tus manos, sólo al tocarlo o probarlo, produce un bienestar muy grande. Pero en cuanto al encanto que lo causa, lo atribuyo a relaciones espirituales más profundas y no solamente a tu gracia y a tu belleza, como piensa nuestro amigo Bickert, que quiere relacionar todo con esto, pues te corteja desde que cumpliste ocho años.

—¿Qué tenéis todos esta noche conmigo? —exclamó María alegremente—. Apenas me he escapado de las visiones y apariciones nocturnas y ya veis en mí algo misterioso, y aunque no piense en el famoso mayor ni en un doble, corro el peligro de hacerme fantasmagórica y de tener miedo de mi propia sombra reflejada en un espejo.

—En verdad que sería muy penoso que una joven de dieciséis años no pudiera mirarse al espejo sin tomar su propia imagen por una aparición fantasmagórica. Pero ¿a qué viene que hoy no nos podamos librar de lo fantástico? —dijo el barón.

—¿Y por qué vos mismo, padre mío —replicó Ottmar—, me dais involuntariamente a cada instante ocasión de hablar acerca de todas estas cosas que consideráis como trastos inservibles y que hasta son la razón, confesadlo, de que no podáis soportar a mi amigo Alban? La Naturaleza no puede castigar el deseo de investigar, el impulso de saber lo que ella misma ha puesto en nuestro interior. Aún más, parece que ha colocado los peldaños por los que subimos hacia lo alto.

—Y cuando nos parece haber llegado muy alto —exclamó Bickert— resbalamos y reconocemos, en el vértigo que se apoderó de nosotros, que el aire sutil de las regiones superiores no es conveniente para nuestras pesadas cabezas.

—En verdad, no sé —repuso Ottmar— qué pensar de ti; desde hace algún tiempo, incluso diría que desde la llegada de Alban a esta casa. Antes creías con toda tu alma y todo tu ser en lo maravilloso y meditabas acerca de las extrañas formas de las alas de las mariposas, de las flores, de las piedras, tu...

—¡Alto ahí —exclamó el barón—, un poco más y volvemos a recaer en el viejo asunto! Todo lo que investigas por los demás oscuros rincones de tu místico Alban, incluso diría que todo lo que sacáis de ese caos fantástico para construir un edificio ingenioso, pero desprovisto de fundamento, lo considero semejante a los sueños, que, según mi modo de pensar, son y serán siempre espuma. La espuma desprendida de los líquidos es insípida y no tiene consistencia. Lo mismo ocurre con el resultado de vuestro trabajo interior, que es semejante a las virutas producidas por la labor del tornero, a las cuales, por casualidad, da una forma determinada, sin que por eso se piense que tienen la perfección de una obra ejecutada por un artista. Por lo demás, la teoría de Bickert me parece tan esclarecedora que seguramente trataré de practicarla.

—Ya que esta noche no podemos librarnos de los sueños —dijo Ottmar—, permitidme que os cuente un suceso en el que ha participado últimamente Alban y cuya relación no turbará la alegre disposición de espíritu en que estamos al presente.

—Sólo con la condición —replicó el barón— de que seas fiel a lo que has dicho y de que Bickert pueda expresar libremente sus comentarios.

—¡Estás exponiendo los deseos de mi alma, querido padre! —dijo María—, pues los relatos de Alban, por lo general, cuando no son horribles y espantosos , producen un efecto de tal arte que uno queda como agotado.

—Mi querida María quedará contenta de mí —repuso Ottmar—, pero en cuanto a los comentarios de Bickert no los acepto, porque precisamente en esta historia verá confirmada su teoría de los sueños. Mi buen padre se convencerá de lo injusto que ha sido con Alban y con el arte que Dios le ha concedido ejercer.

—Anegaré en ponche —dijo Bickert— todos los comentarios que se me vengan a la punta de la lengua; pero tendréis que dejarme en cambio hacer todos los gestos que me apetezcan. Eso no podéis impedírmelo.

—Concedido —exclamó el barón.

—Mi amigo Alban —comenzó Ottmar—conoció en la Universidad de J. a un joven, cuya buena presencia atraía a primera vista a todos cuantos le trataban, por lo cual era acogido con confianza y benevolencia por doquier. Los estudios de Medicina que compartían y la circunstancia de que ambos coincidiesen en la misma aula, a la cual su vivo celo les hacía acudir los primeros todas las mañanas, hicieron que naciese una estrecha amistad, pues Teobaldo (así denominaba Alban a su amigo) era muy expansivo y abierto. Sin embargo, a medida que pasaban los días, iba desarrollándose en él una sensibilidad casi femenina y una imaginación idílica, que no pertenece a la época actual, semejantes a un gigante armado de coraza que no atiende a aquello que sus tronantes pasos destruyen y en los que tal actitud parece melindrosa y pedante. La mayor parte de la gente se reía de él. Sólo Alban, lleno de indulgencia por el tierno carácter de su amigo, no desdeñaba seguirle a sus pequeños jardines fantásticos, aunque hacía lo posible para devolverle a las rudas tempestades de la vida real y despertar de este modo las chispas de fuerza y de valor que existían quizá en el fondo de su alma.

»Alban creía que debía hacer esto con su amigo, pues consideraba que los años de Universidad son el único tiempo de que se dispone para acumular las fuerzas suficientes y oponer resistencia a los inesperados golpes del destino, semejantes al rayo que descarga de repente en un cielo sereno. El plan de vida que se había establecido Teobaldo era enteramente conforme a su carácter sencillo y al círculo de sus amistades. Pensaba, después de haber terminado sus estudios y obtenido el título de doctor, regresar a su ciudad natal para casarse con la hija de su tutor (él era huérfano), con la cual se había criado, y tomar posesión de una considerable fortuna, viviendo sólo para sí y para su arte sin practicarlo. El magnetismo animal, recientemente descubierto, cautivaba enteramente su alma. Así que, después de haber estudiado con ahínco, bajo la dirección de Alban, todo lo que se había escrito acerca de esta materia, y después de haber hecho experimentos él mismo, rechazó todos los medios físicos por encontrarlos contrarios a la idea pura de la influencia de las fuerzas activas de la Naturaleza, idea que era el sistema del magnetismo de Berberin, o sea, la antigua escuela de los espiritualistas.

Apenas Ottmar pronunció por vez primera la palabra «magnetismo», el rostro de Bickert se contrajo de pronto, imperceptiblemente. Luego aumentó la mueca y fue tensando in crescendo todos los músculos de su cara, de modo que alcanzó el fortissimo cuando miró al barón con un semblante tan grotesco que éste estuvo a punto de soltar la carcajada. Cuando se levantó, haciendo como que iba a tomar la palabra, Ottmar se apresuró a presentarle un vaso de ponche que el pintor bebió de un trago con gesto de malicia. Aquél, sonriendo, continuó su relato.

—Alban se había entregado en cuerpo y alma al mesmerismo, cuando se iba propagando la doctrina del magnetismo animal, y era partidario hasta de las crisis violentas que Teobaldo rechazaba con horror. Mientras los dos amigos exponían sus diversas opiniones acerca del tema, lo que daba lugar a numerosas discusiones, sucedió que Alban, que no podía negar muchas de las experiencias hechas por Teobaldo y que cedía involuntariamente a las seductoras hipótesis de éste, cada vez se iba inclinando más al magnetismo psíquico, hasta que al fin se hizo partidario de la nueva escuela que reunía los dos métodos, al estilo de la de Puysegur. Pero Teobaldo, por lo general tan propicio a someterse a convicciones extrañas, esta vez no se separó lo más mínimo de su sistema e insistió en rechazar toda medicina física.

»La ambición de Teobaldo, a la que quería consagrar su vida, era dedicarse a penetrar en las misteriosas profundidades de la influencia psíquica y, aplicando su espíritu cada vez más fijamente y más libre de otras influencias, convertirse en digno discípulo de la Naturaleza. Con este objeto, la vida contemplativa, a la que se había dedicado, debería ser una especie de sacerdocio y él sería santificado, por una serie de iniciaciones cada vez más elevadas, hasta que le fuese permitido entrar en las cámaras más ocultas del sagrado y gran templo de Isis. Alban, que tenía una gran confianza en el carácter de Teobaldo, le animó en su proyecto y, cuando por fin alcanzó su objeto, o sea, doctorarse, y decidió regresar a su patria, las palabras de despedida de Alban fueron para decirle que se mantuviese fiel a lo que había emprendido.

»Poco tiempo después, Alban recibió una carta de su amigo, cuya incoherencia daba muestras de su desesperación y del desorden interior que se había apoderado de él. La felicidad de su vida, le escribía, quedaba destruida para siempre y quería irse a la guerra, pues abandonado por su joven prometida sólo la muerte podía librarle de la desgracia que le destrozaba. Alban no descansó un momento y partió al instante para ver a su amigo, y sólo después de muchos esfuerzos infructuosos logró devolver a su espíritu cierto grado de tranquilidad. La madre de la joven amada de Teobaldo refirió a Alban que, al pasar las tropas extranjeras, habían alojado en casa a un oficial italiano, quien a la primera mirada se enamoró ardientemente de su hija y la había pretendido con el fuego que caracteriza a los de su nación. Dotado de todas las gracias que enamoran a las mujeres, en pocos días despertó en ella un sentimiento tal que el pobre Teobaldo fue olvidado completamente y desde entonces sólo vivió y respiró por el italiano.

»Tuvo éste que marcharse a la guerra y, a partir de aquel momento, le persiguió la imagen de su amado. Veíale herido en sangrientos combates, caer a tierra, morir con su nombre en los labios, a tal punto que la pobre joven llegó a un estado de tal confusión mental que ni siquiera pudo reconocer al pobre Teobaldo, que llegaba muy contento con la esperanza de abrazar a su amada. Cuando Alban pudo lograr que Teobaldo volviese a la normalidad, diciéndole el medio infalible que había concebido para devolverle a su amada, éste halló el consejo de Alban tan conforme a sus íntimas convicciones que no dudó un instante en su feliz éxito, por lo que siguió ciegamente lo que le indicó su amigo...

»¡Ya sé, Bickert, lo que vas a decir! —se interrumpió el narrador al llegar aquí—. Siento tu pena y nada me divierte más que la desesperación cómica con que coges ahora el vaso de ponche que con tanta gracia te ofrece María. Pero calla, te lo ruego; tu sonrisa agridulce es el mejor de los comentarios; mejor que cualquier palabra que pudieras pronunciar y que no haría más que estropear el efecto de mi relato. Lo que yo tengo aún que decir es tan admirable y benéfico que estoy seguro de que lo escucharás con interés. Así pues, prestadme atención, y vos, padre mío, veréis como cumplo mi palabra.

El barón sólo contestó con un «¡hum, hum!», mientras María miraba a Ottmar con sus claros ojos, apoyando su hermosa cabecita en las manos, de modo que sus rubios y abundantes cabellos ondeaban por encima de sus brazos.

—Si los días de la joven eran agitados y espantosos —prosiguió Ottmar—, las noches eran horribles. Todas las imágenes que le perseguían a la luz diurna surgían al oscurecer con fuerza más poderosa. Llamaba con acento desgarrador a su amado y, en medio de ahogados sollozos, parecía que iba a exhalar su alma junto al cadáver ensangrentado de aquél. En el preciso momento de la noche en que estos sueños angustiaban más a la joven, la madre, siguiendo los consejos de Alban, conducía a Teobaldo junto a su lecho. Sentábase él allí y dirigía hacia ella su pensamiento con toda la energía de su voluntad. Después que hubo repetido esto varias veces, pareció que el efecto de los sueños era menor, que el tono estridente y poderoso con que antes gritaba el nombre del oficial se hubiera convertido en un lento esfuerzo para pronunciarlo, y profundos suspiros venían frecuentemente a aliviar su pecho oprimido...

»Entonces, Teobaldo cogía una de las manos de ella entre las suyas y pronunciaba suave, suavemente, su nombre. Muy pronto viose el efecto. La joven murmuraba ahora el nombre del oficial entrecortadamente; parecía como si tratase de recordar cada sílaba y cada vocal, como si algo extraño se interpusiera en la serie de sus pensamientos. Pronto no dijo ya nada más. Sólo el movimiento de sus labios daba la sensación de que quería hablar, pero que cierto efecto exterior se lo impedía. Esto se había repetido ya varias noches consecutivas, así que en una de ellas Teobaldo, estrechando entre las suyas una mano de ella, empezó a hablarle en voz baja con frases entrecortadas. Por indicación de Alban, le habló de los tiempos de su infancia, a los cuales retornaba.

»Ora se veía correteando con Augusta (hasta ahora no había recordado el nombre de la joven) por el gran jardín del tío y cogiendo para ella hermosas cerezas, subiéndose a lo más alto de los árboles, pues él siempre se las arreglaba para ocultarlas a los ojos de los demás niños y dárselas a ella, ora rogaba a su tío con ahínco que les enseñase el bello y lujoso libro de láminas con los trajes de todas las naciones. Entonces los dos niños, arrodillados sobre una silla e inclinados sobre la mesa, lo hojeaban. En cada página había siempre un hombre y una mujer, representando una región de su patria, y siempre eran Teobaldo y Augusta. Ellos también deseaban estar en aquellas regiones vestidos con aquellos trajes extraordinarios y poder jugar con las hermosas flores y las bellas plantas.

»Cuánto se extrañó la madre, cuando, una noche, Augusta empezó a hablar como si hubiera asimilado de repente las ideas de Teobaldo. Ella también se había convertido en una niña de siete años, y ahora ambos jugaban juntos. Incluso Augusta recordó hasta los acontecimientos más característicos de sus años infantiles. Era siempre muy violenta y se rebelaba con frecuencia contra su hermana mayor que, siendo de muy mal carácter, la atormentaba sin motivo, lo que daba lugar a más de una escena tragicómica.

»En cierta ocasión, una tarde de invierno, estaban los tres niños sentados juntos, y la hermana mayor, de peor humor que nunca, molestaba a la pequeña Augusta con tanta obstinación, que ésta lloraba enojada y entristecida. Teobaldo dibujaba como de costumbre toda clase de figuras que sabía explicar luego sensatamente. Para ver mejor quiso espabilar la vela, pero involuntariamente la apagó. Entonces Augusta se aprovechó y rápidamente abofeteó a su hermana, en reciprocidad por los padecimientos anteriores. La chica echó a correr gritando y llorando y fue a decirle a su padre, tío de Teobaldo, que éste había apagado la luz y luego le había pegado. El tío apresuróse y fue a reprochar a Teobaldo su maldad. Éste, que sabía muy bien quién tenía la culpa, no negó haber realizado esta acción. Augusta se puso furiosa cuando oyó a Teobaldo acusarse de haber apagado la vela y luego pegar a su hermana.

»Cuanto más lloraba, más se esforzaba el tío en tranquilizarla, diciéndole que el verdadero culpable ya estaba descubierto y frustrada toda la astucia del malvado Teobaldo. Un día en que el tío se disponía a propinarle a aquél un duro castigo, ella sintió que se le partía el corazón y entonces confesó todo, pero el tío no tuvo en cuenta esta confesión, convencido de que era efecto del extraordinario amor que sentía la joven por su primo, y la obstinación de Teobaldo, que se sentía feliz de padecer por Augusta con verdadero heroísmo, diole motivo para castigar al terco muchacho hasta hacerle sangre. El dolor de Augusta no tenía límites, toda la violencia de su carácter y lo imperioso de su manera de ser habían desaparecido.

»El suave Teobaldo desde ahora se convirtió en el dueño, al cual se plegó gustosamente. Él podía disponer a su antojo de sus juguetes y de sus más hermosas muñecas, y así como antes, para estar a su lado, se veía obligado a tomar flores y hojas para su cocinita, ahora era ella quien le seguía muy gustosa a través de la maleza cuando él montaba en su caballo de madera. Y así como la muchacha se aferraba a él ahora con toda su alma, también era como si la injusticia que Teobaldo había padecido hubiera convertido su afecto por ella en el más ardiente amor. El tío diose cuenta de todo, pero sólo muchos años después supo con gran sorpresa la verdad del suceso y ya no dudó más del verdadero y recíproco amor de los dos niños, y entonces aprobó de muy buena voluntad su deseo de permanecer unidos toda la vida.

»Precisamente aquel acontecimiento tragicómico de su infancia debería de servir para unir de nuevo a la pareja. Augusta empezó la representación de la escena en el momento en que el tío llegaba encolerizado, y Teobaldo no se descuidó en representar bien su papel. Hasta entonces Augusta se mostraba todo el día callada y retraída, pero a la mañana siguiente a esta noche, confió a su madre la inesperada noticia de que, desde hacía algún tiempo, soñaba vivamente con Teobaldo, y que le extrañaba que no volviese y que no escribiese. Cada vez fue aumentando más su deseo de volverle a ver; así que Teobaldo no titubeó más en presentarse a Augusta como si acabase de llegar de viaje, dado que había evitado cuidadosamente mostrarse desde aquel instante horrible en que ella no le reconoció.

»Augusta le recibió dando muestras del mayor amor. Pronto le confesó, derramando abundantes lágrimas, que le había olvidado, y que un extranjero había logrado, mediante un poder desconocido, desterrarle de su memoria y sacarla fuera de sí; pero la imagen bienhechora de Teobaldo, que se le apareció en sueños, había conjurado los malignos espíritus, de quien se hallaba presa. Ahora tenía que confesar que no podía ya ni recordar el semblante del extranjero, y que sólo Teobaldo era el que reinaba en su corazón. Tras esto, Alban y Teobaldo pudieron convencerse firmemente de que la verdadera locura que se había apoderado de Augusta quedaba disipada y que ya no había ningún obstáculo a la unión de...


Estaba Ottmar a punto de terminar su relato cuando María, lanzando un grito ahogado, cayó desmayada de su silla en brazos de Bickert, que había acudido presuroso a cogerla. El barón se levantó asustado, Ottmar acudió a ayudar a Bickert, y entre los dos la tendieron en el sofá. Yacía pálida como una muerta, y toda huella de vida había desaparecido de su semblante convulsivamente contraído.

—¡Está muerta, está muerta! —gritó el barón.

—¡No —exclamó Ottmar—, debe vivir, tiene que vivir! Alban vendrá en nuestra ayuda...

—¡Alban! ¿Puede Alban despertar a los muertos? —replicó Bickert.

En aquel mismo instante se abrió la puerta y entró el aludido. Con el aspecto imponente que le era peculiar, se acercó en silencio a la joven desmayada. El barón le miraba de hito en hito con cólera; nadie podía hablar. Alban parecía no ver más que a María, en la cual fijaba su mirada.

—María, ¿qué le sucede? —dijo con tono solemne, que hizo que los nervios de ella se contrajeran.

—Señores, ¿a qué viene este temor? El pulso es débil, pero regular... creo que la habitación está llena de humo, abran la ventana y María se recobrará al punto de este ataque de nervios inofensivo y nada peligroso.

Bickert hizo lo que pedía y María abrió los ojos. Su mirada se fijó en Alban.

—¡Déjame, hombre horrible! Quiero morir sin tormentos —murmuró de modo que apenas podía oírse, y dando la espalda a Alban, escondió su rostro entre los almohadones del sofá, cayendo en un profundo sueño del que daba señales su pausada respiración.

Una extraña y temible sonrisa cruzó el semblante de Alban. El barón se levantó, como si quisiera decir algo. Pero aquél, mirándole fijamente y con un tono grave, en el que se transparentaba a pesar de todo cierta ironía, dijo:

—¡Esté tranquilo, señor barón! La pequeña es algo impaciente, pero cuando despierte de este sueño bienhechor, lo que ocurrirá mañana a las seis de la mañana, hay que darle doce de estas gotas, y entonces todo se habrá olvidado... —y tendiendo a Ottmar un frasquito, que sacó de su bolsillo, abandonó la sala con lentos pasos.

—¡Ya tenemos aquí al doctor maravilloso! —exclamó Bickert, cuando se llevaron a María dormida a su alcoba y hubo salido Ottmar—. La mirada profunda y extática de un visionario, el aire solemne, la predicción profética, el frasquito del elixir maravilloso. Yo estaba mirando a ver si desaparecía por los aires como Schwedenborg, o por lo menos como Beireis, que sabía trocar repentinamente el color de su casaca de negro en colorado.

—¡Bickert! —interrumpió el barón, que había visto cómo se llevaban a María, sin moverse de su poltrona, mudo y consternado—. ¡Bickert! ¿Qué se ha hecho de nuestra divertida velada?... Ya había presentido que nos habría de suceder hoy alguna desgracia, y que veríamos a Alban por algún motivo muy particular... Y precisamente en el mismo instante en que Ottmar le mencionaba hizo su aparición como un genio protector que vela constantemente. ¡Dime, Bickert! ¿Ha entrado por esta puerta?

—Sin duda —repuso Bickert—, y ahora es cuando se me ocurre que, como un segundo Cagliostro, nos ha hecho un juego de manos que nuestra inquietud y ansiedad nos impidieron observar, pues la única puerta del vestíbulo la he cerrado yo mismo y aquí está la llave... pudiera ser que me hubiera engañado, dejándola abierta, pero... —fue a inspeccionar la puerta y volvió riéndose—. Es un Cagliostro completo, la puerta está tan cerrada como antes.

—Hum —dijo el barón—. El doctor maravilloso empieza ya a transformarse en un vulgar prestidigitador.

—Lo siento —repuso Bickert—, pues Alban tiene fama de ser médico muy hábil y cuando nuestra María, siempre tan sana, enfermó de este mal de los nervios tan difícil de vencer, Alban la curó en pocas semanas mediante el magnetismo... Tú accediste con dificultad, aunque después de muchos discursos convincentes de Ottmar, y porque veías que la hermosa flor, que antes elevaba al sol su corola tan libre y atrevida, ahora languidecía...

—¿Crees que hice bien en ceder a los ruegos de Ottmar? —preguntó el barón.

—En aquel tiempo, sí —repuso Bickert—, pero la prolongada estancia de Alban no me resulta agradable, y en cuanto al magnetismo...

—¿Lo desechas por completo? —dijo el barón.

—Nada de eso —repuso Bickert—. No necesitaría para creer en él de tantos fenómenos como produce y de los cuales he sido testigo. Sí, sé muy bien que las maravillosas relaciones y el encadenamiento de la vida orgánica de la Naturaleza entera residen en él. Pero toda nuestra sabiduría es obra imperfecta, y, si el hombre lograse penetrar los secretos de la Naturaleza, tendría yo entonces la sensación de la madre que, habiendo perdido un instrumento cortante que le servía para labrar muchos objetos hermosos para alegría y recreo de sus hijos, temía que éstos se hiriesen al querer imitarla en la confección de las mismas obras.

—Acabas de expresar mi propio modo de pensar muy certeramente —dijo el barón—, pero respecto a Alban, no veo claro cómo coordinar todos los extraños sentimientos que experimento en su proximidad. Algunas veces creo poder explicarme todo. Su profunda ciencia puede hacerle parecer a veces un charlatán iluso, pero su celo y sus triunfos le hacen digno de estimación. Sin embargo, únicamente cuando está ausente se me aparece así. Pero si se acerca, su imagen se muestra en otra perspectiva, con rasgos deformes, tomados aisladamente sin poder formar un todo análogo, y entonces me lleno de terror. Cuando hace muchos meses Ottmar lo trajo aquí, como a su más íntimo amigo, tuve la sensación de que le había visto en alguna parte.

»Sus finos modales, su conducta reservada me gustaron, pero en general su presencia me desagrada. Muy pronto, y esto es lo que me llegaba al alma, después de la llegada de Alban, María se vio atacada de una extraña enfermedad. Debo confesar que Alban, cuando al fin le llamamos, emprendió su curación con un celo incomparable, con una constancia, con un amor y una fidelidad que, gracias al buen éxito que obtuvo, le merecieron un afecto y un reconocimiento sin límites. Yo hubiera querido llenarle de oro, pero cada palabra de gracias me resultaba difícil ya que, incluso, su método magnético me inspiraba tanto más horror cuanto mejor le salía. Cada día me resultaba más odioso.

»A veces pensé que podía librarme del mayor peligro, sin que, por ello, yo le mirase con buenos ojos. Su carácter solemne, sus discursos místicos, su charlatanería cuando magnetizaba por ejemplo los tejados, los álamos y algunos otros árboles, cuando con sus brazos extendidos hacia el Norte pretendía atraer una fuerza nueva emanada del principio universal. Todo esto me conmueve, a pesar del desprecio que siento desde el fondo de mi corazón por semejantes cosas. Pero, escucha, Bickert, escucha bien lo que me parece más extraño: desde que Alban está aquí no hago más que pensar en el mayor danés, cuya historia os he referido hoy. Ahora, precisamente ahora, cuando me habló con aquella sonrisa sardónica y casi infernal, fijando en mí sus grandes ojos negros como carbones, el mayor estaba delante de mí... y era una semejanza horrible.

—Ahora me explico por fin —dijo Bickert— tus extraños sentimientos, esta rara idiosincrasia. No es Alban, no, sino el mayor danés el que te ataca y atormenta. El buen doctor paga la pena de su nariz encorvada y de sus ojos negros radiantes. Tranquilízate enteramente y quítate de la cabeza esas ideas sombrías... Alban puede ser un visionario, pero seguramente quiere el bien y lo practica, dejémosle sus charlatanerías como un juego inocente y concedámosle nuestro aprecio como a médico hábil y entendido.

El barón se levantó y tomando a Bickert las manos dijo:

—Franz, lo que acabas de decir va en contra de tu íntima convicción. No es sino un paliativo que empleas para calmar mis temores e inquietudes... Pero yo lo conozco en el fondo de mi alma: Alban es mi demonio enemigo. ¡Franz!, te lo ruego, estate atento, aconseja... ayuda... sé un apoyo en el caso de que algún accidente viniese a hacer vacilar el viejo edificio de mi familia. Ya me entiendes... ni una palabra más.

Los amigos se abrazaron en silencio y ya hacía mucho que había pasado la medianoche cuando cada uno de ellos, pensativo e inquieto, se dirigió a su habitación. A las seis en punto María se despertó, como había predicho Alban. Siguiendo sus instrucciones se le dieron las doce gotas de la botellita y dos horas después apareció alegre y hermosa en la sala donde el barón, Ottmar y Bickert la recibieron alegremente. Alban se había encerrado en su cuarto y mandó decir que una correspondencia interesante le tendría ocupado todo el día.


Carta de Albán:

La devoción incluye la piedad y toda acción piadosa es una hipocresía, cuando se hace para engañar al prójimo o para recrearse con el deslumbrante resplandor de la brillante aureola de oro falso, con cuya ayuda se ha coronado santo... ¿No has sentido algunas veces, querido brahmán, elevarse en tu interior ideas que no podías conciliar con las que tienes por justas y prudentes, a causa de la costumbre que te inspiró la caduca moral de las nodrizas? Todas estas dudas contra las lecciones virtuosas de la Madre Oca, todas estas hirvientes inclinaciones que vienen a romperse contra el dique opuesto a su torrente por el sistema de los moralistas, la irresistible tentación de sacudir alegremente en el espacio las rápidas alas de que uno se siente provisto, lanzándose hacia las regiones superiores, son lazos de Satanás, contra los cuales nos previenen los pedantes ascéticos. Debemos cerrar los ojos como niños crédulos para evitar quedarnos ciegos por los deslumbrantes rayos que nos muestra la Naturaleza.

Cualquier inclinación que nos proponga un objeto superior para ejercicio de nuestras facultades mentales, no debería considerarse ilícita sino, por el contrario, algo inseparable de la naturaleza humana y que cumple los fines de nuestra existencia. ¿Acaso no es otra la finalidad perfecta de la aplicación de nuestras fuerzas físicas y psíquicas?

Quiero que estés convencido de que yo siento gran consideración por tu vida contemplativa y por los esfuerzos que haces para desentrañar los secretos de la Naturaleza con tu aguda penetración. Pero en vez de obrar como tú, que te complaces en la observación pasiva y callada de la llave de los diamantes, yo la cojo con osadía y atrevimiento y abro las misteriosas puertas, ante las que tú permanecerás por toda la eternidad. Si estás preparado para la lucha, ¿por qué te quedas en esta perezosa quietud? Toda la existencia es lucha y procede de la lucha. En un clima estimulante, los poderosos obtienen el triunfo, y con los vasallos, subyugados, se aumenta su fuerza.

Ya sabes, querido Teobaldo, que yo siempre he estatuido esta lucha hasta para el espíritu, y que siempre he afirmado osadamente que hasta la prepotencia espiritual de los hijos mimados de la Naturaleza, el dominio que se arrogan, luego les sirve de alimento y de fuerza para más altos vuelos. Las armas con las que nosotros, los que poseemos fuerza y poder, podemos emprender la lucha espiritual contra el principio subalterno puedo asegurar que están en nuestras propias manos.

Entonces, ¿cómo es que aquella penetración, aquel completo dominio del principio espiritual, que está fuera de nosotros y que llamamos magnetismo (aunque esta denominación no baste), que procede de una auténtica fuerza física actuante, representa justo lo que queremos saber? Fue precisamente un médico el primero que habló de estos secretos al mundo, secretos que una Iglesia invisible conservaba como su más valioso tesoro, para utilizarlos como tupido velo, que no podía traspasar la simple mirada de los no consagrados. ¿No es absurdo pensar que la Naturaleza nos ha concedido un talismán maravilloso que nos hace reyes del espíritu, y que podemos curar el dolor de muelas y de cabeza, o lo que sea, con él?

No, es el inmediato dominio del principio espiritual de la vida lo que tratamos de obtener por todos los medios, cuando estamos familiarizados con la poderosa fuerza de aquel talismán. Doblegándose ante su hechizo, el espíritu subyugado sólo existe en nosotros, y con su fuerza nos nutre y fortifica. El foco, en el que todo lo espiritual se reúne, es Dios. ¡Cuantos más rayos se reúnen para formar una pirámide de fuego, más cerca está el foco! ¡Cómo se extienden estos rayos por doquier! Abarcan la vida orgánica de toda la Naturaleza, y es el brillo de lo espiritual lo que anima a las plantas y a los animales. El esfuerzo hacia este dominio es el esfuerzo hacia lo divino, y el sentimiento del poder aumenta en relación de su fuerza el grado de bienaventuranza. ¡La idea de toda la bienaventuranza está en ese foco!

Qué mezquinas y despreciables me parecen todas las vanas palabras que se dicen acerca de aquella magnífica fuerza que tienen los consagrados. Se comprende bien que sólo el punto de vista elevado sea la expresión de una íntima consagración, que conduce asimismo a una acción elevada.

Después de todo esto creerás que soy contrario al empleo de todo medio físico, pero en realidad no es así. Precisamente aquí es donde tanteamos en la oscuridad, ya que no vemos claro la relación de lo espiritual con lo corporal, y podría decir que los medios físicos son como los atributos que el dominador lleva en la mano, aquellos con los que subyuga a los vasallos desconocidos.

Yo mismo no sé cómo he llegado a hablar contigo, Teobaldo mío, acerca de un asunto del que siempre hablo de mala gana, pues siento que las palabras vacías sólo tienen peso y consistencia cuando nacen del convencimiento interior de una organización espiritual. Quisiera responder al reproche que me haces de haber seguido una tendencia que va en aumento y haber pecado contra tus opiniones morales, y ahora es cuando me doy cuenta de que te he referido mis relaciones en casa del barón de una manera tan rapsódica, que puede dar lugar a un malentendido. Voy a concederme cierto tiempo para recordar cómo fue mi entrada en la casa, y cuando mi querido y buen brahmán pueda seguirme un instante en la región en que me muevo, entonces quedará limpio de toda culpa.

Ottmar es uno de estos hombres que, sin carecer de juicio y de razón, y hasta dotado de una viveza entusiasta, abraza con facilidad todo lo que se le presenta de nuevo en el dominio de la ciencia; pero a eso se limitan sus pretensiones, y únicamente adquiere un conocimiento superficial de las cosas, satisfecho de su fuerza interior. Son hombres dotados de inteligencia pero que no profundizan.

Como ya te he dicho, Ottmar me es muy adicto, y yo, viendo en él al corifeo de una clase de jóvenes sumamente numerosa, sobre todo hoy día, me complazco en divertirme a su costa. Entra en mi habitación con la misma veneración que si fuese el santuario secreto e inaccesible del templo de Sais, y, como es un discípulo dócil y sumiso, he creído conveniente confiarle algunos juguetes inocentes, que él muestra triunfante a los otros chicos, presumiendo de los favores del maestro. Cuando hube cedido a sus ruegos, acompañándole a las posesiones de su padre, vi en el barón a un hombre caprichoso, acompañado de un viejo pintor humorista y excéntrico, que algunas veces hacía de bufón moralizador y sentimental.

No recuerdo lo que te dije antes acerca de la impresión que me produjo María, pero en este momento conozco que me sería difícil definirte lo que siento, de tal modo que puedas comprenderme bien... En realidad, ya me conoces y sabes que mis ideas y acciones tienen una tendencia espiritual, que siempre ha sido incomprensible para el vulgo. Tienes que convencerte de que, a pesar de su alta estatura, semejante a una planta magnífica que en su crecimiento se adorna de hojas y flores, tan ricas como delicadas, y de sus ojos azules, dirigidos hacia el cielo, que parecen querer descubrir lo que esconden a nuestras miradas las lejanas nubes... en fin, que a pesar de su angelical belleza una joven como ella jamás podría lanzarme a aquella dulce languidez en que cae un ridículo enamorado...

Únicamente el descubrimiento instantáneo de una secreta relación espiritual entre mí y María fue lo que me penetró de una sensación verdaderamente extraordinaria. Al mayor placer se junta el irritante aguijón de una rabia secreta nacida de la resistencia que encuentro en María... una fuerza extraña y enemiga retenía su espíritu cautivo y contrariaba mi influencia. Con toda la fuerza de concentración de mi espíritu logré conocer a mi enemigo y entonces me dediqué en una lucha obstinada a reunir en mí, como en un brillante espejo, todos los rayos que brotaban del alma de María.

El viejo pintor me observaba más que los demás, y parecía adivinar el efecto producido en mí por la joven. Quizá fueron mis miradas las que me traicionaron, pues el cuerpo manda sobre el espíritu de tal modo que el menor de sus movimientos, oscilando entre sus nervios, obra hacia el exterior y modifica las facciones del rostro, al menos la mirada de nuestros ojos. Me divirtió mucho que considerase la cosa de un modo tan trivial; hablaba siempre en mi presencia del conde Hipólito, el prometido de María, y desplegaba delante de mí el variado programa de todas sus virtudes, todo lo cual me incitaba a risa, en mi interior, al ver los afectos dignos de compasión que los hombres abrazan con una pasión tan tonta y pueril; al mismo tiempo me regocijaba conocer esas uniones tan profundas que produce la Naturaleza y poseer poder tan grande para vivificarlas y fecundarlas... Absorber el espíritu de María en mí mismo, toda su existencia, asimilar todo su ser en el mío, de modo que el rompimiento de este íntimo enlace debiese causar su propia aniquilación, tal era la idea de que procurándome una felicidad suprema, al mismo tiempo satisfacía los deseos de la Naturaleza.

Esta estrecha unión espiritual con la mujer, que es superior a todo goce animal, hasta al más deleitable y elevado, conviene a un sacerdote de Isis, y además ya conoces mi sistema acerca de esta cuestión. La mujer ha recibido de la Naturaleza una organización pasiva en todas sus tendencias. En ese abandono voluntario, en su facilidad, su inclinación a dejarse dominar por un ser extraño, estriba la infantilidad que caracteriza a la mujer cuya conquista y absorción, por sí misma, procuran un placer sin igual. Desde entonces, a pesar de que, como bien sabes, me volví a alejar de las posesiones del barón, permanezco espiritualmente junto a María, y en cuanto a los medios de que me sirvo para acercarme a ella materialmente en secreto, a fin de obrar más eficazmente sobre su voluntad, prefiero no decírtelos, pues son detalles que te parecerían mezquinos, no obstante servir para alcanzar el objetivo propuesto.

Muy pronto, María cayó en un estado fantástico que Ottmar debió considerar naturalmente como una enfermedad nerviosa, y, así como yo lo había previsto, volví a la casa en calidad de médico.

María reconoció en mí al mismo que frecuentemente se le había aparecido en sueños, como su soberano en todo el brillo del poder, y lo que hasta entonces había presentido oscuramente, lo vio con los ojos del espíritu con toda claridad. Sólo necesité mi mirada y mi firme voluntad para ponerla en el estado de sonambulismo, que no era otra cosa que sacarla de sí misma y transportar su vida a la esfera superior del dueño. Mi espíritu la acogió y le imprimió el movimiento necesario para huir de la prisión material que la retenía cautiva. Sólo en esta absoluta dependencia de mí pudo María continuar viviendo y permanecer feliz y tranquila... La imagen de Hipólito ya no existe para ella, sino en débiles perfiles, que pronto se desvanecerán ellos mismos como el humo.

El barón y el viejo pintor me miran con miradas de enemistad, pero es formidable la fuerza de que me ha dotado la Naturaleza. Un extraño sentimiento les obliga a reconocerme como maestro, aun odiándome. Ya sabes de qué rara manera conquisté el tesoro de los conocimientos secretos. Jamás has querido leer este libro, y sin embargo habrías quedado sorprendido de ver en él aclaradas, mucho mejor que en cualquier tratado de física, las raras propiedades de algunas fuerzas de la Naturaleza, y los magníficos resultados de su empleo. Yo no desdeño preparar con cuidado ciertas cosas que podrían llamarse engaño, para que el vulgo se admire y se asuste de lo que mira, con razón, como sobrenatural, ya que el conocimiento de las verdaderas causas destruye solamente la sorpresa mas no el fenómeno.



E.T.A. Hoffmann
(1776-1822)




Relatos góticos. I Relatos de E.T.A. Hoffmann.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de E.T.A. Hoffmann: El magnetizador (Der Magnetiseur), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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Relato de Arthur C. Clarke.
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Relato de Ambrose Bierce.