El hombre que soñaba SIEMPRE lo mismo


El hombre que soñaba SIEMPRE lo mismo.




Siempre sueño lo mismo: una silueta, negra como la noche, sin ojos pero con una boca enorme, que me susurra algo que no alcanzo a comprender.

Siempre sueño lo mismo.

Siempre.

Todas las noches, una y otra vez, como un mantra que de tanto repetirlo se vuelve un reflejo.

No vaya a creer que no he hecho nada para soñar otra cosa. Lo intenté todo: dejé las carnes rojas, las blancas —las que se le ocurra—, pensando que tal vez un cambio en mi dieta alteraría de algún modo la química de mi organismo y, en consecuencia, forzaría a mi cerebro a soñar con cierta originalidad.

Pero fracasé.

También intenté alterar mi rutina: me acosté a altas horas de la madrugada, también tempranísimo. Dejé de leer los libros que leía habitualmente y empecé otros. Abandoné mis series, mis géneros favoritos, mis paseos por el parque, mis obligaciones.

Durante esta etapa mi esposa me abandonó. Se fue con los nenes a la casa de su madre. Es lógico. A mi tampoco me gustaría vivir con alguien que todas las putas noches sueña lo mismo.

Me gustaría aclarar que mi sueño no es particularmente perturbador; de hecho, no creo que ni siquiera llegue a calificar como pesadilla. Jamás siento miedo mientras sueño, ni oigo voces espeluznantes que me ordenan asesinar a mi familia o algo así. Nada de eso. Se trata de un sueño tan absurdo y normal como cualquier otro. Sólo que se repite.

Y se repite.

Una y otra vez.

Naturalmente, también hice terapia; o mejor dicho, varias terapias de forma simultánea. Mi psicoanalista insiste en especular que la figura de mi sueño es en realidad una representación de mi padre, o de mi madre, o de ambos. La deducción me parece ingrata, por lo genérica y facilista.

Pero ella —porque mi psicoanalista es mujer— insiste en esta línea argumental: la figura no es una figura, la falta de ojos no representa la falta de ojos, y su boca inmensa, abierta, casi descoyuntada, viene a simbolizar algún tipo de fijación. Por lo visto, para el psicoanálisis nada en los sueños es lo que parece, salvo que sea un hoyo.

Según mi psicoanalista, la clave para terminar de una vez por todas con este sueño recurrente era saber qué carajo murmuraba la figura; es decir, entender el mensaje. Después de unos dos años de revisar cuestiones intrascendentes de mi infancia, abandoné la terapia.

Probé entonces con la meditación, el yoga, la acupuntura, y todas las cosas que uno hace cuando está desesperado.

Nada funcionó.

Nada.

Hasta que por fin se me ocurrió la posibilidad de confrontar a la figura de mi sueño y decirle que me dejara en paz.

Estudié en profundidad distintos libros sobre sueños lúcidos, que es algo así como una técnica para lograr un estado de consciencia durante el sueño. Ridículo, ¿verdad? Pero lo cierto es que funcionó.

Me descubrí a mi mismo totalmente lúcido durante el sueño; a tal punto que enseguida me dirigí hacia la figura en términos más bien enérgicos.

—¡Basta! —le dije, con la típica articulación gangosa de los sueños— ¡Se acabó! No te quiero volver a ver. ¡Nunca! ¿Estoy siendo claro? ¡NUNCA!

La figura se quedó ahí, inmóvil, sin ojos, con la boca tan abierta y rígida como siempre.

Entonces cambié de estrategia: le supliqué que me liberara, y lo hice sin ningún tipo de reparo por mi autoestima. Me humillé. Le prometí mi destino, mi alma, lo que sea que deseara de mí.

Si en ese momento la figura me hubiese pedido un sacrificio humano yo le habría ofrecido dos, o diez, o cien, con tal de que me dejara en paz.

Pero no dijo nada; o mejor dicho, nada nuevo. Porque el murmullo, hasta entonces indescifrable, se volvió perfectamente claro para mí:

No recuerdo exactamente las palabras que empleó, pero sonaban como alguna clase de advertencia. Tampoco recuerdo específicamente mi respuesta, solo que asentí, que prometí algo, y que desperté con un sobresalto.

Me estaba meando.

Corrí al baño y oriné durante un buen rato.

Después fui hasta la cocina. Pensé que lo mejor sería abrirme las venas y olvidarme de todo el asunto; pero entonces recordé la promesa.

Fiel a mi palabra, me volví a dormir.




Egosofía. I Diccionario de sueños.


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