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Cómo empiezan y terminan realmente nuestros sueños


Cómo empiezan y terminan realmente nuestros sueños.




Todos recordamos al menos un sueño o una pesadilla que nos impactó. Sin embargo, somos incapaces de describir su final, y por tal caso, su principio.

En cierta forma, es como si llegáramos tarde al inicio de una película en el cine y nos retiráramos unos minutos antes del final.

No importa a qué teoría acerca de los sueños suscribamos: reino de arquetipos, canal de comunicación con planos de consciencia inusitados, reserva de pulsiones y deseos reprimidos; en cualquier caso, nunca sabemos cómo empiezan y terminan nuestros sueños.

Esta es una de las cualidades más misteriosas de los sueños, ya sean placenteros u horrorosos: la sensación de frustración o de alivio cuando un sueño se termina abruptamente.

Si se trata de una pesadilla, ese corte abrupto con la narrativa onírica nos produce alivio; si se trata de un sueño placentero, la sensación es un tanto ingrata, como si fuésemos precipitados de nuevo hacia una realidad donde esos mismos goces pertenecen al terreno de la fantasía, no de lo vivencial.

En este punto resulta lógico evaluar la pregunta inicial: ¿por qué no podemos recordar el principio y el final de un sueño?, y en cambio deducir que los sueños quizá no tienen un principio y un final, al menos no en términos convencionales.

Volvamos a la imagen de un espectador que se pierde el inicio y el final de una película pero que observa cada detalle de su desarrollo. Aunque pintoresco, el paralelo es incompleto: en nuestros sueños somos algo más que espectadores pasivos de la historia, somos también el guionista, editor y director de la película; es decir, los únicos capaces de relatar, editar y finalmente cortar la proyección; sólo que en este caso la tarea se realiza en simultáneo con la filmación.

Para entender un poco más acerca de la estructura de los sueños debemos, antes que nada, olvidar los patrones lineales que nuestra mente consciente organiza alrededor de un argumento; es decir: principio, desarrollo y final.

De hecho, en inicio o final de un sueño pueden ocurrir en medio del desarrollo.

En términos cinematográficos, los momentos más importantes de una película no siempre son el principio y el final, sino el clímax de la historia. Algo parecido ocurre en los sueños, solo que el clímax nunca ocurre al principio y siempre coincide con el final.

Esta es la razón por la cual los sueños y las pesadillas terminan abruptamente y comienzan de forma incierta.

Al aumentar la intensidad del sueño, es decir, a medida que nos aproximamos al clímax, la actividad cerebral también aumenta, la cual desemboca en el impostergable despertar. De ahí la imposibilidad de vivir dentro de un sueño —tópico vejado por incontables películas y novelas—, o al menos dentro un sueño en donde nunca ocurra nada lo suficientemente emocionante como para despertarnos.

Ahora bien, ciertos sueños se rehúsan a caer en esta clasificación racionalista, o neurocientificista. Basta pensar en sueños totalmente absurdos, cuando no chatos, anodinos, donde el horror y el placer están proverbialmente ausentes y todo se conduce en una peculiar monotonía.

Tampoco podemos conocer el inicio y el final de estos sueños.

¿Por qué?

Porque nuestro cerebro adora buscar patrones, y lo hace prácticamente todo el tiempo, ya sea dormidos o despiertos. Constantemente renueva y reajusta los caminos que ya conoce; también aprende y consolida nuevas conexiones, rastrea simetrías, metáforas, alegorías, símbolos.

El cerebro adora estos desafíos, de hecho, no puede evitarlos. Es, en última instancia, un adicto compulsivo a los acertijos, pero para resolverlos siempre recurre a una especie de lógica primaria que no prescinde de lo fantástico; todo lo contrario, lo admite como una posibilidad perfectamente racional.

El final abrupto de un sueño también puede entenderse como el instante en el que nuestro cerebro renuncia a seguir buscando patrones.

Por esta razón es mucho más fácil analizar un sueño con cierta lógica partiendo desde su conclusión, es decir, desde su final, y recorrerlo de forma inversa. Entonces encontraremos que el argumento no carece de lógica e incluso de hilos argumentales rudimentarios; justamente porque nuestro cerebro se encargó de rastrear y unir los patrones oníricos dispersos para formar una historia.

Por otro lado, el mismo engranaje explica porqué nunca sabemos cómo empezó un sueño en particular; precisamente porque los primeros pulsos o imágenes oníricas carecen de toda lógica, al menos hasta que el cerebro encuentra un patrón para definir su hilo argumental.

Desde luego que el psicoanálisis no está de acuerdo con esta afirmación. Para ella los sueños son una proyección del inconsciente, una entidad subjetiva en donde se archiva todo lo que reprimimos pero que se expresa a través de equívocos, fallidos y, naturalmente, de sueños.

En resumen, para el psicoanálisis todos los sueños son una expresión del deseo.

De ahí la importancia del concepto lacaniano de interrupción, no de final, de los sueños; el cual ocurre cuando un significante onírico nos perturba lo suficiente como para detonar el despertar.

Es probable que si pudiésemos llegar a horario al inicio de la función, así como retirarnos al final de los créditos, advertiríamos que nuestros sueños padecen el mismo mal endémico de muchas películas: un océano de hechos superfluos que envuelven un solo símbolo, con suerte, capaz de estremecernos.




Diccionario de sueños. I El lado oscuro de la psicología.


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