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La chica que encontró un libro escrito para ella


La chica que encontró un libro escrito para ella.




Existen distintos tipos de lectores, cada uno con sus propios hábitos y costumbres.

Están los que de entrada se precipitan sobre la última página, a veces con remordimiento y otras con premeditado descaro, los que leen varios libros al mismo tiempo, los que releen, los que se sumergen de a poco, tanteando, aislándose de comentarios inapropiados que puedan adelantar episodios decisivos del argumento, y finalmente los que se pierden dentro de los libros.

En los salones más conspicuos del Templo del Loto Azul y Oro, donde el profesor Lugano y sus acólitos se reúnen para debatir y entreverarse a los naipes, todavía se recuerda la historia de Martina: una chica solitaria, bastante linda, que nunca se resignó a encontrar un libro que realmente la atrapara.

Debemos reconocerle que nunca bajó los brazos: pasó de la épica al romanticismo, de las novelas victorianas al relato de detectives, agotó las posibilidades del gótico, del terror, de lo fantástico, y siempre con la sensación a cuestas de que ningún libro había sido escrito para ella.

Desde luego que Martina sabía que aquel deseo conformaba una ilusión. Sabía que ningún libro había sido escrito para ella; sin embargo, fantaseaba con la sensación de ser arrebatada, transfigurada, por una historia que la atrapara de principio a fin.

Por eso también descartaba libros con una rapidez que incluso llegó a alarmar a sus libreros de confianza.

Sacrificarle a un libro treinta o cuarenta páginas de lectura esperando que luego capturara su interés le parecía tan insensato como acostarse con un tipo antes de saber si le gustaba; de modo que los desechaba siguiendo un riguroso criterio de simpatías y desencantos.

Estos descartes sucedían después de una o dos páginas, como mucho, y a veces al final del primer párrafo. Algunos allegados perspicaces incluso comentan que Martina llegó a devolver varios libros que había comprado luego de sentirse decepcionada con el resumen de contratapa.

Fue así que pasaron los años, no sabemos cuántos, hasta que Martina encontró un libro que parecía escrito para ella.

Poco y nada se sabe de este libro prohibido. Algunos investigadores aventuran que sus páginas poseen propiedades narcóticas, otros que logra alterar la mente del lector para convencerlo de que él mismo es parte del argumento, y finalmente están los que aseguran que el libro maldito de Martina es, en definitiva, todos los libros.

Lo cierto es que ya nunca volvimos a ver a Martina por los sitios que frecuentaba.

Y así pasaron los años, tampoco sabemos cuántos, hasta que el profesor Lugano realizó un hallazgo fortuito que mantuvo en secreto entre sus acólitos en el Templo del Loto Azul y Oro.

Cierto día se me acercó con el semblante demacrado pero con un brillo horriblemente despierto en los ojos.

—¿Usted ha leído este libro? —preguntó el profesor.

Tomé el libro con fingido interés.

—Claro, profesor —dije—; creo que todo el mundo lo ha leído.

—Yo también creía eso. Ahora lea la primera página, el primer párrafo.

Abrí el libro en la primera página y leí el primer párrafo.

Sería peligroso que transcribiera aquí esas palabras. Baste decir que hay personas que leen para encontrarse a sí mismas y otras para perderse. Martina pertenecía a esa segunda estirpe.

Pero lo extraño no fue haber encontrado a Martina en ese libro. Desde ese día, no importa qué libro se abra en la biblioteca del Templo del Loto Azul y Oro, ya el Quijote, la Biblia, el Beowulf, en todos ellos aparece un personaje nuevo: una chica solitaria, bastante linda, que sólo quiere volver a casa.




Filosofía del profesor Lugano. I Feminología: la mujer en la literatura.


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2 comentarios:

Patricia Salvo dijo...

hermosa historia

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Una lectora convertida en personaje de distintos libros.
¿Una historia hermosa o inquietante?