«Un visitante desde bien abajo»: L. P. Hartley; relato y análisis.


«Un visitante desde bien abajo»: L. P. Hartley; relato y análisis.




Un visitante desde bien abajo (A Visitor from Down Under) —también traducido al español como Un visitante de las Antípodas— es un relato de terror del escritor inglés L. P. Hartley —Leslie Poles Hartley (1895-1972)—, publicado originalmente en la antología de 1926: El libro fantasma (The Ghost Book) [editado por Cynthia Asquith], y luego reeditado en varias colecciones clásicas del género; entre ellas: Ellos caminan de nuevo (They Walk Again); El libro de Oxford de relatos ingleses de fantasmas (Oxford Book of English Ghost Stories); Relatos escalofriantes (Spine Chillers) y Misterios (Mysteries).

Un visitante desde bien abajo, uno de los mejores cuentos de L. P. Hartley, relata la historia del señor Rumbold, un hombre que no solo es perseguido por su pasado bajo una inquietante forma cadavérica, sino que incluso su realidad cotidiana [sus lugares, conversaciones casuales, incluso un inocente programa de radio] parecen recordarle constantemente que lo que ha hecho no quedará impune.

SPOILERS.


[L. P. Hartley se destaca por su historia incisiva y extremadamente espantosa, Un visitante desde bien abajo.]


Así describe H.P. Lovecraft a este notable relato de L. P. Hartley en El horror sobrenatural en la literatura (Supernatural Horror in Literature). La historia está protagonizada por el señor Rumbold, un hombre que regresa a su hotel favorito de Londres después de haber pasado una larga temporada en Australia, quien es perseguido por alguien, o algo, que pensó haber dejado atrás.

La estructura de Un visitante desde bien abajo de L. P. Hartley es ingeniosa para la época. Primero conocemos a este extraño sujeto a bordo de un autobús londinense, quien mantiene una perturbadora conversación con el conductor. En seguida saltamos al señor Rumbold y su ingreso al hotel, donde es asaltado por espeluznantes rimas infantiles escuchadas en la radio, sueños surrealistas y extraños sucesos. Además de todo eso, Un visitante desde bien abajo es una historia de fantasmas, y una de esas que adquieren un significado completamente nuevo durante una segunda lectura. Pero vayamos por partes.

Es una tarde fría y húmeda de marzo. Un locuaz conductor conversa animadamente con los pasajeros que bajan de su autobús de dos pisos. Es el último autobús que viaja de noche por el corazón de Londres y solo queda un pasajero arriba. Es un tipo extraño, muy callado, que no reacciona ni responde a las bromas del conductor. De hecho, este último debe preguntarle más de una vez dónde se bajará, hasta que el hombre finalmente responde con vos monótona: Carrick Street. El hombre sostiene el boleto entre dos dedos, el conductor lo examina, y debe volver a colocarlo en el mismo lugar, sin que el sujeto mueva un solo músculo, lo que hace que la transacción sea difícil de manejar. El conductor asume que todo se debe a una enfermedad. El tipo debe ser un «lisiado», piensa. El autobús llega a Carrick Street, pero el hombre no se baja. Bueno, quizás sí ha bajado, piensa el conductor, solo que él no lo ha visto.

Después de este breve episodio, que en sí mismo es espeluznante, L.P. Hartley nos transporta cinco horas antes en el mismo día, justo cuando el señor Rumbold llega a un hotel en Carrick Street después de un viaje a Australia. Es amable con el personal [quienes parecen guardarle cierto afecto] y recuerda algunas de sus estancias anteriores en el hotel. Decide relajarse con una bebida en el salón y escucha en la radio lo que supone que es una fiesta infantil. Escucha hablar a los niños sobre golosinas y jugos. Sin embargo, el señor Rumbold también escucha algunas cosas inquietantes, un pequeño clic, y las rimas que cantan los niños se vuelven un poco macabras.


[¡Aquí hay una vela para alumbrarte hasta la cama,
y aquí viene un hacha para cortarte la cabeza!
¡Cortar, cortar, cortar…
]


El señor Rumbold, inquieto, se vuelve aún más paranoico cuando mantiene una extraña conversación con uno de los miembros del personal sobre la pesca y la caza furtiva en Australia. La conversación toma un giro diferente cuando el hombre le pregunta qué le sucede a un asesino en Australia. Bueno, es castigado como en cualquier otra parte. ¿Y qué tal si el asesino escapa? En ese caso no hay mucho que hacer, dice el señor Rumbold. Bueno, tal vez el asesino logre escapar bajo alguna circunstancia especial, reflexiona el otro, y en ese caso cualquier hombre debería hacerse cargo del castigo. Si la justicia falla, y no hay nadie, ni familia ni amigos, entonces la justicia podría depender del propio muerto [ver: ¿Quién es el asesino? ¡El lector!]

La conversación se ladea hacia cuestiones más banales. Está lloviendo afuera, y sería una lástima que alguien se quedara sin cama en una noche como esta. Lamentablemente, el hotel está lleno. El señor Rumbold, sin embargo, comenta que hay una cama adicional en su habitación. Si es necesario, podría ser compartida. Eventualmente, un visitante llega al hotel buscando una habitación para pasar la noche. El hombre es el tipo extraño del autobús, y el tipo extraño del autobús es el muerto, el asesinado por Rumbold en Australia, que busca hacer justicia.

La radio actúa como punto de convergencia entre la modernidad y el horror primigenio en Un visitante desde bien abajo. Después de todo, la radio es una voz incorpórea; y una voz incorpórea, en términos simbólicos, es la esencia de un fantasma. Esta idea es explotada maravillosamente por L.P. Hartley. Después de regresar a Londres tras de muchos años en Australia, y de registrarse en este hotel donde se siente como en casa, el señor Rumbold experimenta una sensación de suficiencia. Finalmente puede relajarse después de haber escapado de... algo, pero ese «algo», de algún modo, se cierne sobre él apenas entra en el hotel. Todo, incluso la conversación banal con el personal del hotel, orbita alrededor de este evento desconocido que tuvo lugar en Australia.

Por supuesto, en este punto ya sabemos que un extraño de aspecto cadavérico se ha bajado en la misma calle donde está el hotel. Sin embargo, el señor Rumbold no lo sabe. De hecho, cree que está a salvo. Se adormece en el salón del hotel, frente al fuego, cuando de repente se sobresalta al escuchar «una voz cultivada, quizás demasiado cultivada, un poco ronca, pero cuidadosa y precisa en su enunciación». La voz emana de la nada. Pero el señor Rumbold sabe lo suficiente de los cambios tecnológicos que han tenido lugar desde que salió del país. Es sólo una transmisión de la BBC.

Aunque fue escrito hace más de un siglo, Un visitante desde bien abajo refleja bastante bien la cultura de la BBC, y el tipo de programa familiar, anodino, que predominaba en la radiodifusión de aquel entonces. El presentador describe tímidamente una fiesta infantil que se lleva a cabo en la Broadcasting House. Su voz [«bien equilibrada entre la aprobación y el disgusto»] predomina en los diálogos forzados. De repente, los juegos infantiles dan paso a una serie de rimas bien conocidas. Ya con una poderosa sensación de inquietud descendiendo sobre Rumbold, la rima de Naranjas y limones toma su conocido giro morboso:


[¡Aquí hay una vela para alumbrarte hasta la cama,
y aquí viene un hacha para cortarte la cabeza!
¡Cortar, cortar, cortar…
]


Mientras tanto, el cadavérico forastero se acerca al hotel de Rumbold.

Un visitante desde bien abajo es uno de los relatos de fantasmas más ingeniosos e innovadores de la época [ver: El ABC de las historias de fantasmas]. L.P. Hartley parece darse cuenta de que los terrores primarios, atávicos, no ignoran la tecnología del mundo moderno. De algún modo, no hay dificultad en creer en este fantasma vengativo, tampoco en las pesadillas del señor Rumbold, precisamente porque están pobladas de sus observaciones del mundo que el autor nos ha permitido conocer con anterioridad.

Si los analizamos de forma aislada, los elementos que componen Un visitante desde bien abajo son bastante convencionales: Rumbold está demasiado feliz de estar en Londres en una noche de perros como para que sea «inocente», el hombre en el autobús [cuya pronunciación indica tempranamente que es un extranjero] es demasiado macabro, rígido, casi mecánico [no sólo mentalmente] para ser completamente humano. No es necesario pensar mucho para saber qué pasará cuando ambos se encuentren. Sin embargo, hay detalles distintivos que hacen de Un visitante desde bien abajo de L.P. Hartley un relato único; por ejemplo, el uso de imágenes y sonidos que se quedan en la memoria del lector y preparan cuidadosamente la atmósfera para el golpe final [ver: Lo Siniestro en la ficción]

Por más que haga un esfuerzo consciente, el lector no olvida la rigidez del hombre en el autobús al comienzo, su proceder frío, ominoso, inarticulado. Por otro, la conversación entre el camarero y el señor Rumbold sobre la justicia nos sitúan en el verdadero contexto de la trama; y los juegos infantiles en la radio le añaden una nueva dimensión psicológica a toda la historia. Esta acumulación de factores, por momentos, presentados de manera onírica, anuncian el devenir extremo y violento que está a punto de cernirse sobre el señor Rumbold, pero, curiosamente, sin afectar tanto el final como dándole un nuevo significado a lo que ya hemos leído hasta entonces [ver: El «Efecto Milton» y la simpatía por el diablo]

Como hemos mencionado al principio, este cuento de L.P. Hartley suele ser traducido al español como Un visitante de las Antípodas, lo cual me parece un error. El down under [bien abajo] al que se refiere el autor, por supuesto, es Australia, donde el Rumbold cometió aquel crimen [ver: El Horror siempre viene desde el Sótano] Sin embargo, L.P. Hartley no emplea la palabra antipodes [«Antípodas»], porque eso arruinaría el final muy tempranamente, ya que sabemos bastante pronto en la historia que algo ocurrió en Australia.




Un visitante desde bien abajo.
A Visitor from Down Under, L. P. Hartley (1895-1972)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


¡Y a quién necesitarás para llevártelo!


Después de un comienzo prometedor, el día de marzo había terminado en una tarde lluviosa. Era difícil saber si predominaba la lluvia o la niebla. El locuaz conductor del autobús dijo a los pasajeros:

—Una tarde de niebla y una tarde húmeda.

Sin embargo, la alegría dominaba, pues sus clientes, acostumbrados a la incomodidad, se tomaban a la ligera las inclemencias climáticas. De todos modos, el clima era digno de comentarse, ya que el conversador más escrupuloso podía referirse a él sin sentirse autocondenado por la banalidad. Cuánto más el director de orquesta, que, al igual que la mayoría de los de su clase, poseía un considerable don conversacional.

El autobús estaba haciendo su último viaje por el corazón de Londres. Solo estaba medio lleno. Afuera, como el conductor sabía en virtud de su sexto sentido, todavía quedaba un pasajero demasiado resistente o demasiado perezoso para buscar refugio. Y ahora, mientras el autobús traqueteaba rápidamente por el Strand, se podían escuchar los pasos de esta persona arrastrándose y crujiendo en las escaleras cubiertas de metal.

—¿Hay alguien arriba? —preguntó, dirigiéndose a la punta de un paraguas errante y al dobladillo de un impermeable.

—No vi a nadie —respondió el hombre.

—No es que no confíe en usted —observó el conductor, echándole una mano amablemente al pasajero que se apeaba—; pero creo que subiré y me aseguraré.

Momentos como estos, momentos de desconfianza en la infalibilidad de su observación, visitaban de vez en cuando al conductor. Eran signos de debilidad, pensó.

—Te estás volviendo loco, eso es lo que sucede —se dijo a sí mismo, y entró casualmente para evitar que su mente se detuviera en el exterior.

Pero su inquietud irrazonable sobrevivió a esta distracción, y murmurando contra sí mismo, comenzó a subir las escaleras. Para su sorpresa, casi estupefacción, descubrió que sus dudas estaban justificadas. Al emprender el ascenso, vio a un pasajero sentado en el asiento delantero derecho; y el pasajero, a pesar de su sombrero bajo, su cuello levantado y la bufanda blanca y arrugada que se veía entre los dos, debió haberlo oído venir porque aunque el hombre estaba mirando al frente, en su mano izquierda extendida, encajado entre el índice y el segundo dedo, sostenía una moneda.

—Linda noche, ¿no crees? —preguntó el conductor, que quería decir algo.

El pasajero no contestó, pero el penique, como tal, se deslizó una fracción de pulgada más abajo en el surco entre los dedos pálidos y pecosos.

—Dije que es una maldita linda noche —insistió el conductor, molesto por la reserva del hombre.

No hubo respuesta.

—¿Adónde va? —preguntó el conductor, en un tono que sugería que, dondequiera que fuera, debía ser un destino desprestigiado.

—Carrick Street.

—¿Dónde?

Había oído bien, pero una ligera peculiaridad en la pronunciación hizo que le pareciera razonable, y posiblemente humillante para el pasajero, que no hubiera oído.

—Carrick Street.

—Entonces, ¿por qué no lo dijo? —se quejó el conductor mientras perforaba el boleto.

Hubo un momento de pausa, luego el pasajero repitió:

—Carrick Street.

—Sí, lo sé, lo sé; no hace falta que me lo siga diciendo —gruñó el conductor, hurgando con el penique del pasajero.

No podía agarrarlo desde arriba, se había deslizado demasiado, así que pasó su mano debajo de la del otro y sacó la moneda de entre sus dedos. Estaba fría.

—¿Lo sabe? —dijo el extraño de repente—. ¿Qué es lo que sabe?

El conductor estaba tratando de llamar la atención del pasajero para que tome su boleto, pero no pudo hacerlo mirar.

—Supongo que es un tipo inteligente —comentó—. Mire aquí, ahora. ¿Dónde quiere el boleto? ¿En el ojal?

—Póngalo aquí —dijo el pasajero.

—¿Dónde? —preguntó el conductor.

—Donde estaba el centavo —respondió el pasajero—. Entre mis dedos.

El conductor se sintió reacio, no sabía por qué, a complacer al pasajero en esto. La rigidez de la mano lo desconcertó: estaba rígida, supuso, o tal vez paralizada.

Y como había estado de pie en la parte superior, sus propias manos no estaban demasiado calientes. El boleto se dobló y se aflojó bajo sus repetidos esfuerzos por empujarlo. Se inclinó aún más, porque era un tipo de buen corazón, y usando ambas manos, una arriba y otra abajo, deslizó el billete en su ranura huesuda.

—Ahí lo tiene, Kaiser Bill.

Tal vez al pasajero le molestó esta jocosa alusión a su enfermedad física; tal vez simplemente quería estar callado. Todo lo que dijo fue:

—No vuelva a hablarme.

—¡Hablarle! —gritó el conductor, perdiendo todo control— ¡Como si quisiera hablar con un muñeco de peluche!

Murmurando para sí mismo, se retiró a las entrañas del autobús.

En la esquina de Carrick Street subió a bordo un buen número de personas. Todas querían ser las primeras, pero el lugar de honor lo compartían tres mujeres, que intentaron entrar todas simultáneamente.

La voz del conductor se hizo audible por encima del estruendo:

—Cuidado, señoras… Seamos civilizados. Esto no es una feria... Suavemente, por favor, señora…

En un momento o dos, la confusión cedió, y el conductor, con la mano en el cordón de la campana, se acordó del pasajero que estaba arriba. Aparentemente se había olvidado de bajar. Cediendo a su buen carácter, el conductor subió las escaleras, asomó la cabeza por encima y gritó:

—¡Carrick Street! ¡Carrick Street!

Su llamada quedó sin respuesta; nadie acudió.

—Bueno, si quiere quedarse allá arriba, adelante —murmuró el conductor, todavía afligido—. No lo obligaré, lisiado o no.

El autobús siguió adelante.

—Pasó a mi lado —pensó el conductor—, mientras subía toda esa gente en Carrick Street.


Esa misma noche, unas cinco horas antes, un taxi dobló por Carrick Street y se detuvo en la puerta de un pequeño hotel.

La calle estaba vacía. Parecía un callejón sin salida, pero en realidad estaba atravesado en el otro extremo por un pasillo, como una manga delgada, que se abría paso hasta el Soho.

—¿Eso es lo último, señor? —inquirió el chofer, luego de varias idas y venidas entre el taxi y el hotel.

—¿Cuántos bultos van?

—Nueve paquetes en total, señor.

—¿Podría poner todos sus bienes terrenales en nueve paquetes, chofer?

—Ojalá pudiera. Me bastan dos.

—Bien, eche un vistazo dentro y vea si he dejado algo.

El chofer palpó entre los cojines.

—No puedo encontrar nada, señor.

—¿Qué haces con todo lo que encuentras? —preguntó el extraño.

—Lo llevo a Scotland Yard, señor —respondió rápidamente el conductor.

—¿Scotland Yard? —dijo el extraño—. Enciende una cerilla, por favor, y déjame echar un vistazo.

Pero él tampoco encontró nada y, tranquilo, siguió con su equipaje hasta el hotel.

Un coro de bienvenidas y felicitaciones lo saludó. La mujer del director, los ministros sin cartera de los que están llenos todos los hoteles, los porteros, el ascensorista, todos apiñados a su alrededor.

—¡Hola, señor Rumbold, después de todos estos años! ¡Pensamos que nos había olvidado! Y no fue extraño, la misma noche que llegó su telegrama desde Australia, hubiésemos estado hablando de usted. Y mi esposo dijo: No se preocupen por el señor Rumbold. Algún buen día entrará aquí como un hombre rico.

—Tenía toda la razón —dijo el señor Rumbold lentamente, saboreando sus palabras—. Lo soy.

—¿Qué les dije? —exclamó el gerente, como si un recital de su profecía no fuera suficiente—. Pero me pregunto si no es demasiado grande para venir al hotel Rossail.

—No tengo otro lugar a donde ir —dijo el millonario en breve—. Y si lo tuviese, no lo haría. Este lugar es como mi hogar.

Sus ojos se suavizaron mientras escaneaban el entorno familiar. Eran ojos de color gris claro, muy pálidos, y parecían más pálidos por su posición en su rostro bronceado. Sus mejillas estaban ligeramente hundidas y muy marcadas; su nariz redondeada era recta. Tenía un bigote delgado y desordenado, de color pajizo, que hacía difícil adivinar su edad. Quizá tuviera cerca de cincuenta años, por lo atrofiada que estaba la piel de su cuello, pero sus movimientos, inesperadamente ágiles y decididos, eran los de un hombre más joven.

—No subiré a mi habitación ahora —dijo, en respuesta a la pregunta de la directora—. Llama a Clutsam: ¿sigue contigo? Bien, para desempacar mis cosas. Encontrará todo lo que quiero para la noche en la maleta verde. Me llevaré mi caja de envíos. Y diles que me traigan un jerez con amargo al salón.

A vuelo de pájaro, no estaba lejos del salón. Pero a través de los pasadizos tortuosos y mal iluminados que se doblaban sobre sí mismos, que se abrían con entradas oscuras y se hundían en las escaleras de la cocina —las catacumbas tan queridas por los habituales del hotel—, la distancia era considerable. Cualquiera que se apostara a la sombra de estos nichos, o que llegara al final de la escalera del sótano, no podría haber dejado de notar el aire de total satisfacción que marcaba el lento progreso del señor Rumbold: la caída de sus hombros, consintiendo el cansancio; las manos vueltas hacia adentro y levemente balanceándose; la barbilla, siempre prominente, ahora tan adelantada que parecía relajada e impotente, nada desafiante. El testigo invisible habría envidiado al señor Rumbold, tal vez incluso le hubiera disgustado sus aires, su aceptación tranquila del presente y el futuro.

Un camarero cuyo rostro no recordaba le trajo el aperitivo. Lo bebió lentamente, con los pies apoyados de forma poco convencional en un saliente de la chimenea; una relajación perdonable, porque la habitación estaba vacía. Júzguese, pues, su sorpresa cuando, de un sopor provocado por el fuego, oyó una voz que parecía provenir de la pared sobre su cabeza.

Una voz cultivada, quizás demasiado cultivada, algo ronca, pero cuidadosa y precisa en su enunciación. Incluso mientras sus ojos buscaban en la habitación para asegurarse de que nadie había entrado, no pudo evitar escuchar todo lo que decía la voz. Parecía estar hablando con él y, sin embargo, la expresión más bien oracular implicaba una audiencia menos restringida. La declaración de un hombre que era consciente de que, aunque para él era un deber hablar, para el señor Rumbold escuchar sería tanto un placer como un beneficio.

Una fiesta infantil —anunció la voz con un tono uniforme y neutro, muy bien equilibrado entre aprobación y disgusto, entre entusiasmo y aburrimiento—: seis niñas y seis pequeños (una leve elevación de la voz, expresiva de tolerante sorpresa) The Broadcasting Company los ha invitado a tomar el té y estamos ansiosos de que compartan algo de su diversión. (En la última palabra, la voz se volvió casi positivamente incolora.) Debo decirles que han tomado el té y lo han disfrutado, ¿verdad, niños? (Un grito de «Sí», ahogado y tímido, recibió esta pregunta capciosa.) Nos hubiera gustado que escuchara nuestra conversación en la mesa, pero estábamos muy ocupados comiendo (Por un momento la voz se identificó con los niños). Sin embargo, podemos decirle lo que comimos. Ahora, Percy, dinos qué comiste.

Una vocecita aflautada recitó una larga lista de comestibles. El señor Rumbold pensó que Percy debía estar, o pronto estaría, muy enfermo.

Algunos otros ofrecieron los artículos de su comida.

Ya ves —dijo la voz—, no lo hemos hecho tan mal. Ahora vamos a comer galletas, y después (la voz vaciló y pareció desvincularse de las palabras) juegos de niños.

Hubo una pausa impresionante, interrumpida por la exhortación murmurada de una niña:

No llores, Philip, no te hará daño.

Siguieron unos fugitivos chasquidos de sonido; más como el crepitar de un fuego, pensó Rumbold, que como galletas saladas.

Un murmullo de voces atravesó la descarga.

¿Qué tienes ahí, Alec?

Tengo un cañón.

Dámelo,

No.

Bueno, préstamelo.

¿Para qué?

Quiero dispararle a Jimmy.

Algo perturbó al señor Rumbold. ¿Fue su imaginación o escuchó, por encima de la confusa mezcla de sonidos, un pequeño clic?

La voz estaba hablando de nuevo.

Y ahora vamos a comenzar los juegos.

Como para enmendar la pasada tibieza, un leve rubor de anticipación dio color a la decorosa voz.

Comenzaremos con ese viejo favorito, Ring-a-ring-of-Roses.

Los niños eran claramente tímidos y se dejaban unos a otros para cantar. Su coraje duró una línea o dos, y luego se desvaneció. Pero fortalecidos por el barítono del hablante, poderoso aunque apagado, se animaron y pronto estaban cantando sin ayuda ni dirección. Sus ligeras voces vacilantes tuvieron un efecto encantador. Las lágrimas asomaron a los ojos del señor Rumbold. Luego vino Naranjas y limones.

Un juego más difícil produjo varios efectos antes de que finalmente saliera adelante. Casi se podía ver a los niños siendo ordenados en sus lugares como si fueran una figura de los Lanceros. Algunos de ellos sin duda querían jugar otro juego; los niños siempre llevan la contra, y el lado dramático de Naranjas y limones, aunque atrae a muchos, siempre asusta a unos pocos. La falta de inclinación de estos últimos explicaría las pausas y vacilaciones que irritaron al señor Rumbold, quien, de niño, siempre había tenido una fuerte inclinación por este juego en particular.

Cuando, con el pisoteo de muchos pies pequeños, comenzó el canto monótono, se echó hacia atrás y cerró los ojos en éxtasis.

Escuchó atentamente el crescendo que conduce a la catástrofe. Sin embargo, el prólogo prosiguió, como si los niños estuvieran ansiosos por prolongar el período de seguridad, el paseo alegre y despreocupado que la gran Campana de Arco, con su desconsiderada profesión de ignorancia. Las campanas de Old Bailey insistieron en la pregunta de sus usureros; las campanas de Shoreditch respondieron con frivolidad; las campanas de Stepney plantearon su irónica pregunta, cuando de repente, antes de que la Gran Campana de Bow tuviera el turno de dar su palabra, los sentimientos del señor Rumbold sufrieron una extraña revolución.

¿Por qué no podía continuar el juego, todo dulzura y sol? ¿Por qué arrastrar el tema fatal? Que se difiera el pago; deja que las campanas sigan repicando y nunca den la hora. Pero a pesar de la aprensión del señor Rumbold, el juego siguió su camino. Después de comer viene el ajuste de cuentas.

¡Aquí hay una vela para alumbrarte hasta la cama,
y aquí viene un hacha para cortarte la cabeza!
¡Cortar, cortar, cortar…

Un niño gritó y se hizo el silencio.

El señor Rumbold se sintió bastante molesto, y grande fue su alivio cuando, después de unas pocas rondas más desganadas de Naranjas y limones, la voz anunció:

Sigamos con Nueves y Mayo.

Al menos no había nada siniestro en eso. Deliciosa escena selvática que comprende en una espléndida inexactitud botánica todos los encantos del invierno, la primavera y el otoño.

¡Qué superioridad sobre las circunstancias estaba implícita en la conjunción de Nueces y mayo! ¡Qué desafío a la causa y el efecto! ¡Qué testimonio de coincidencia! Porque la causa y el efecto están en nuestra contra, como lo demuestra el destino del Deudor de Old Bailey; ¡pero la coincidencia siempre está de nuestro lado, siempre enseñándonos cómo comer nuestro pastel!

El largo brazo de la coincidencia… al señor Rumbold le hubiera gustado agarrarlo de la mano.

Mientras tanto, su propia mano dirigía la música de las juergas y su pie marcaba el compás. Con el pulso acelerado por el disfrute, los niños pusieron más corazón en el canto. El juego continuó con un ardor y un ritmo que invadieron la pequeña habitación donde se sentaba el señor Rumbold. Como pesados humos entraban las ondas de sonido, tan penetrantes y dulces que lo embriagaban. El señor Rumbold fue transportado. Su oído, agudizado por la quietud de sus otras facultades, empezó a captar nuevos sonidos; los nombres, por ejemplo, de los jugadores que se querían para formar cada lado y de los campeones que los iban a sacar.

Para los oyentes, los temas de las luchas quedaron en duda. ¿Nancy Price logró desviar a Percy Kinkham de su lealtad? Probablemente. ¿Alec Wharton prevaleció contra Maisie Drew? Ciertamente fue una victoria fácil. ¿Violet Kingham lo hizo bien contra Horace Gold? Este fue un encuentro terrible, puntuado por profundos jadeos irregulares. El señor Rumbold podía ver, mentalmente, a los dos campeones moviéndose hacia adelante y hacia atrás sobre el pañuelo blanco inmóvil, con las caras rojas y arrugadas por el esfuerzo. Violet o Horace, uno de ellos tenía que irse: Violet podría ser más grande que Horace, pero Horace era un niño: estaban igualados.

El momento en que la voluntad se quebrantó y el cuerpo quedó fláccido en señal de rendición… eso sería como un momento de disolución. Sí, incluso este juego tenía su lado duro e incómodo. Violet o Horace, uno de ellos estaba adolorido ahora; llorando tal vez bajo la humillación de ser llevado.

El juego comenzó de nuevo. Esta vez había un timbre ansioso en las voces de los niños. Dos antagonistas probados iban a encontrarse. Sería una batalla de gigantes. El cántico se convirtió en un grito de guerra.

¿A quién tendrás para tus nueces y mayo,
¿Nueces y mayo, nueces y mayo?
A quien tendrás para tus nueces y mayo
En una mañana fría y helada?
Tendrás a Victor Rumbold,
Victor Rumbold, Victor Rumbold.

Por el rencor de sus voces podrían haber tenido la intención de tener su sangre también.

¿Y a quién enviarás a buscarlo,
¿Traerlo lejos, traerlo lejos?
¿A quién enviarás a buscarlo?
¿En una mañana fría y helada?

Como un toque de clarín, un grito de desafío, llegó la respuesta:

Enviaremos a Jimmy Hagberd a buscarlo,
Llévenlo lejos, llévenlo lejos;
Enviaremos a Jimmy Hagberd a buscarlo,
En una noche húmeda y con niebla.

Se podría suponer que esta variación tenía la intención de promover la competencia desde los reinos de la simulación al mundo de la realidad. Pero el señor Rumbold probablemente no se enteró de que su secuestro había sido anterior. Se había puesto bastante verde y su cabeza estaba colgando contra el respaldo de la silla.

—¿Algo para beber, señor?

—Sí, Clutsam, una botella de champán.

—Muy bien, señor.

El señor Rumbold apuró el primer vaso de una sola vez.

—¿Alguien viene a cenar además de mí, Clutsam? —preguntó en ese momento.

—Ahora no, señor, son las nueve —respondió el camarero con un tono de reproche en la voz.

—Lo siento, Clutsam, no me sentía bien antes de la cena, así que fui y me acosté.

El camarero se calmó.

—Pensé que no se veía muy bien, señor. No hay malas noticias, espero.

—No, ninguna. Sólo estoy un poco cansado después del viaje.

—¿Y cómo salió todo en Australia, señor? —inquirió el mesero, porque el señor Rumbold parecía ansioso por hablar.

—Con un clima mejor que el de aquí —replicó el señor Rumbold, terminando su segundo vaso y midiendo con el ojo el contenido agotado de la botella.

La lluvia seguía golpeando constantemente el techo de cristal de la sala de café.

—Aun así, un buen clima no lo es todo: no es como estar en casa, por ejemplo —comentó el mesero.

—De hecho, no.

—Hay muchas partes del mundo que se alegrarían de un buen día de lluvia —afirmó el mesero.

—Ciertamente las hay —dijo Rumbold, quien encontró la conversación sedante.

—¿Pescaba mucho cuando estaba en el extranjero, señor? —prosiguió el camarero.

—Un poco.

—Pues para eso uno prefiere la lluvia —declaró el camarero, como quien se anota un punto—. Tengo entendido que en Australia no hay caza furtiva. Es cada hombre por sí mismo.

—Sí, esa es la regla en Australia.

—No es una gran regla, ¿verdad? —dijo el camarero—. Quiero decir, una regla no es la ley.

—Depende de lo que entiendas por ley.

—Oh, señor Rumbold, señor, usted sabe muy bien a lo que me refiero. Me refiero a la policía. Ahora, si hubiera matado a un hombre en Australia, si lo hubiera asesinado, quiero decir, lo colgarían por eso si lo atraparan, ¿no es así?

El señor Rumbold jugueteó con el champán con la punta de su tenedor y bebió de nuevo.

—Probablemente lo harían, a menos que hubiera circunstancias especiales.

—¿En cuyo caso podría salir indemne?

—Podría.

—A eso me refiero con ley —pronunció el camarero—. Sabes cuál es la ley: vas en contra de ella y eres castigado. Por supuesto que no me refiero a usted, señor.

—Entiendo.

—Mientras que si sólo existiera lo que usted llama una regla —prosiguió el camarero, retirando hábilmente los restos del pollo del señor Rumbold—, cualquier hombre podría hacerse cargo del castigo. Podría ser cualquiera; podría ser yo.

—¿Por qué? —preguntó el señor Rumbold—. ¿Por qué querrían? No te he hecho ningún daño, ni a ellos.

—Oh, pero tendríamos que hacerlo, señor.

—¿Por qué?

—No podríamos dormir, señor, sabiendo que usted está en libertad. Podría hacerlo de nuevo. Alguien tendría que encargarse de ello.

—Pero suponiendo que no hubiera nadie.

—¿Disculpe, Señor?

—Suponiendo que el asesinado no tuviera parientes ni amigos. ¿Y si simplemente desapareciera y nadie supiera jamás que está muerto?

—Bueno, señor —dijo el camarero, guiñando un ojo portentosamente—, en ese caso él mismo tendría que seguirle la pista. No descansaría, señor, sabiendo lo que hizo.

—Clutsam —dijo el señor Rumbold de repente—, tráeme otra botella de vino y no te molestes en ponerle hielo.

El camarero tomó la botella de la mesa y la acercó a la luz.

—Sí, está muerto, señor.

—¿Muerto?

—Sí, señor, acabado, vacío, muerto.

—Tienes razón —estuvo de acuerdo el señor Rumbold—. Está bastante muerto el salón.

Eran casi las once. El señor Rumbold volvió a tener el salón para él solo. Clutsam traería su café en un momento. Qué pena ser atormentado por estos recuerdos casuales durante su primer día en casa.

—Qué pena, qué pena —murmuró, mientras el fuego calentaba las suelas de sus pantuflas.

Pero era un champán excelente, no le haría daño: el brandy que le traía Clutsam haría el resto. Clutsam era un sirviente bueno, simpático y anticuado… estaba en una bonita casa antigua… calentado por el vino…

Sus pensamientos comenzaron a perder el control.

—Su café, señor —dijo una voz a su lado.

—Gracias, Clutsam, le estoy muy agradecido —dijo el señor Rumbold, con la exagerada cortesía de una ligera embriaguez—. Eres un tipo excelente. Ojalá hubiera más como tú.

—Yo también lo espero, estoy seguro —dijo Clutsam, tratando con su desconcertado modo de abordar ambas observaciones a la vez.

—No parece que haya mucha gente por aquí —observó el señor Rumbold—. ¿El hotel está bastante lleno?

—Oh, sí, señor, todas las suites están alquiladas y las demás habitaciones también. Estamos rechazando a la gente todos los días. Vaya, sólo esta noche llamó un caballero. Dijo que vendría tarde, por si acaso, pero, bendito sea, se dará cuenta de que los pájaros han volado.

—¿Pájaros? —repitió el señor Rumbold.

—Quiero decir, no hay más habitaciones, ni por amor ni por dinero.

—Bueno, lo siento por él —dijo el señor Rumbold con pesada sinceridad—. Lo siento por cualquier hombre, amigo o enemigo, que tenga que andar vagando por Londres en una noche como esta. Si tuviera otra cama en mi habitación, la pondría a su disposición.

—La tiene, señor —dijo el camarero.

—Por supuesto que sí. ¡Que estúpido! Bien, bien. Lo siento por el pobre tipo. Lo siento por todos los vagabundos, Clutsam, vagando por la faz de la tierra.

—Amén —dijo el camarero con devoción.

—Y los médicos y demás, se levantaron de sus camas a medianoche. Es una vida dura. ¿Alguna vez has pensado en la vida de un médico, Clutsam?

—No puedo decir que lo haya hecho, señor.

—Bueno, es difícil; puedes tomar mi palabra en eso.

—¿A qué hora debo llamarlo por la mañana, señor? —preguntó el camarero, sin ver ninguna razón por la cual la conversación debería detenerse.

—No es necesario que me llames Clutsam —replicó el señor Rumbold con voz cantarina y juntando las palabras como si estuviera excusando al camarero de dirigirse a él por su propio nombre—. Me levantaré cuando esté listo. Y eso puede ser bastante tarde —chasqueó los labios sobre las palabras—. Nada como un buen descanso, ¿eh, Clutsam?

—Así es, señor.

—Buenas noches, Clutsam, eres un tipo excelente y no me importa quién me escuche decirlo.

—Buenas noches, señor.

El señor Rumbold volvió a su silla. Se sentía uno con ella, uno con el fuego, el reloj, las mesas, los muebles. Todo estaba en perfecto silencio. Los sonidos de la calle le llegaban sólo como un zumbido bajo y continuo, infinitamente tranquilizador. El señor Rumbold se durmió.

Soñó que volvía a ser un niño, viviendo en su antigua casa en el campo. Estaba poseído, en el sueño, por una pasión suprema: recoger leña cuando y donde quiera que la vea. Se encontró una tarde de otoño en la leñera; así fue como comenzó el sueño. La puerta estaba entreabierta y dejaba pasar un poco de luz, pero no recordaba cómo había entrado. El suelo estaba cubierto de trozos de corteza y ramitas delgadas; pero, con la excepción del tajo que sabía que no podía usarse, no había en ninguna parte un leño del tamaño suficiente para hacer fuego.

Aunque no le gustaba estar solo en la leñera, se quedó el tiempo suficiente para realizar una búsqueda minuciosa. Pero no pudo encontrar nada.

La compulsión que conocía tan bien descendió sobre él. Salió y se fue al jardín. Llegó al pie de un árbol alto, parado solo en una maraña de hierba alta a cierta distancia de la casa. El árbol había sido cortado; en la mitad de su altura no tenía ramas, sólo matas de hojas que sobresalían a intervalos irregulares. Sabía lo que vería cuando mirara hacia el follaje oscuro. Y allí, efectivamente, había una rama larga y muerta, desnuda en partes donde la corteza se había desprendido, y torcida en el medio como un codo.

Empezó a trepar al árbol.

El ascenso resultó más fácil de lo que esperaba, su cuerpo parecía no pesar en absoluto. Pero fue visitado por una terrible opresión, que aumentó a medida que subía. La rama no lo quería; estaba proyectando su hostilidad por el tronco del árbol. Y cada segundo lo acercaba más a un objeto que siempre había temido. Sobresalía del tronco del árbol una enorme protuberancia circular densamente cubierta de ramitas. Víctor hubiera preferido morir antes que golpearse la cabeza contra ella.

Cuando llegó a la rama, el crepúsculo se había convertido en noche. Sabía lo que tenía que hacer: sentarse a horcajadas sobre la rama, ya que no había ninguna cerca desde donde pudiera alcanzarla, y apretar con las manos hasta que se rompiera. Usando sus piernas para agarrarse, apoyó su espalda contra el árbol y empujó con todas sus fuerzas hacia abajo. Para hacer esto, se vio obligado a mirar debajo de él, y vio, muy por debajo de él, en el suelo, una sábana blanca extendida como para atraparlo, y supo de inmediato que era un sudario.

Frenéticamente tiró y empujó la rama rígida y quebradiza; una lujuria por romperla se apoderó de él; inclinándose hacia adelante en toda su longitud, agarró la rama por la articulación del codo y la estiró para alejarla de él. Cuando se resquebrajó, se cayó y el sudario salió disparado hacia arriba.

El señor Rumbold se despertó bañado en sudor frío y se encontró agarrado al brazo curvo de la silla en la que el camarero había dejado su brandy.

El vaso se había caído y el brandy yacía en un pequeño charco sobre el asiento de cuero.

—No puedo dejarlo así —pensó—, debo conseguir más.

Un hombre que no conocía contestó al timbre.

—Camarero —dijo—, tráigame un brandy y un refresco a mi habitación dentro de un cuarto de hora. Mi nombre es Rumbold.

Siguió al camarero fuera de la habitación. El pasillo estaba completamente oscuro salvo por un pequeño mechero de gas azul, debajo del cual se amontonaba un grupo de candelabros.

El hotel, recordó, mantenía un antiguo hábito de deferencia hacia la oscuridad. Mientras acercaba la llama al mechero de gas, se oyó murmurar:

Aquí hay una vela para alumbrarte hasta la cama.

Pero recordó la siniestra conclusión del dístico y, aturdido como estaba, no la dijo.

Poco después sonó el timbre del hotel. Tres repiques agudos y sin pausa entre ellos.

—Alguien tiene prisa por entrar —gruñó el portero de noche a Clutsam, que estuvo de servicio hasta medianoche—. Supongo que ha olvidado su llave.

No se apresuró a responder a la llamada, al olvidadizo le vendría bien esperar: darle una lección. Tan lento se movió que, cuando llegó a la puerta del vestíbulo, la campanilla estaba sonando de nuevo. Irritado, deliberadamente volvió a enderezar una pila de periódicos antes de dejar entrar a este demonio impaciente.

Para señalar su indiferencia, incluso se mantuvo detrás de la puerta mientras la abría; de modo que la primera vez que vio al visitante sólo se fijó en su espalda. Pero esta inspección limitada fue suficiente para demostrar que el hombre era un extraño y no un huésped del hotel.

Con la larga capa negra que caía casi por un lado y sobresalía por el otro, parecía un cuervo con un ala rota, como si llevara algo bajo el brazo. Un cuervo calvo, pensó el portero, porque hay un trozo de piel desnuda entre esa cosa de lino blanco y su sombrero.

—Buenas noches, señor —dijo—, ¿qué puedo hacer por usted?

El extraño no respondió, sino que se deslizó hasta una mesa auxiliar y empezó a pasar algunas cartas con la mano derecha.

—¿Estás esperando un mensaje? —preguntó el portero.

—No —respondió el extraño—. Quiero una habitación para pasar la noche.

—¿Era usted el caballero que telefoneó pidiendo una habitación esta noche?

—Sí.

—En ese caso, me temo que debo informarle que el hotel está lleno.

—¿Está completamente seguro? —preguntó el extraño—. Piense otra vez.

—No necesito pensarlo de nuevo, señor. Me temo que no tenemos ninguna habitación.

En ese momento el portero tuvo una curiosa sensación, como si una parte importante de él, tal vez vital, se hubiera ido a la deriva en su interior y estuviera dando vueltas y vueltas. La sensación cesó cuando empezó a hablar.

—Llamaré al camarero, señor —dijo.

Pero antes de que llamara apareció el camarero.

—Dime, Bill —dijo el camarero—, ¿cuál es el número de la habitación del señor Rumbold? Quiere un trago y olvidé llevárselo.

—Treinta y tres —dijo el portero, vacilante—. La habitación doble.

—¿Qué pasa, Bill? —preguntó el camarero—. Parece como si hubieras visto un fantasma.

Ambos hombres miraron alrededor del salón y luego el uno al otro. Estaba vacío.

—Dios —dijo el portero—. Debo estar medio dormido. Pero ese sujeto estuvo aquí hace un momento, estoy seguro. Mira.

Sobre las losas de piedra había un trozo de hielo de una o dos pulgadas de largo, alrededor del cual se formaba rápidamente un pequeño charco.

—Vaya —exclamó el camarero—, ¿cómo llegó eso aquí?

—Él debe haberlo traído —dijo el portero.

Se miraron con cierta consternación, la cual se convirtió en terror cuando se escuchó el sonido de una campana proveniente de las profundidades del hotel.

—Clutsam está allí —susurró el portero—. Tendrá que contestar, sea quien sea.

Clutsam se había quitado la corbata y se estaba preparando para ir a la cama. ¿Qué diablos podría querer alguien en el salón a esta hora? Se puso el abrigo y subió las escaleras.

De pie junto al fuego vio la misma figura cuya aparición y desaparición tanto había perturbado al portero.

—Sí, señor —dijo.

—Quiero que vayas a ver al señor Rumbold —dijo el extraño—, y le preguntes si está dispuesto a poner la otra cama de su habitación a disposición de un amigo.

Al cabo de unos momentos, Clutsam regresó.

—El señor Rumbold, señor, y quiere saber quién es usted.

El extraño se acercó a la mesa en el centro de la habitación. Sobre él había un periódico australiano, sobre el cual Clutsam no había reparado antes. El aspirante a la hospitalidad del señor Rumbold pasó las páginas. Luego, con el dedo, que incluso a Clutsam que estaba junto a la puerta le pareció inusualmente puntiagudo, recortó un papel rectangular, del tamaño de una tarjeta de visita, y, alejándose, le indicó al camarero que lo tomara.

A la luz del mechero de gas del pasillo, Clutsam leyó el extracto. Parecía ser una especie de nota necrológica; pero, ¿qué posible interés podría tener para el señor Rumbold saber que el cuerpo del señor James Hagberd había sido descubierto en circunstancias que sugerían que había encontrado una muerte violenta?

Después de un intervalo más largo, Clutsam regresó, luciendo desconcertado y un poco asustado.

—Lo siento, señor; pero el señor Rumbold no conoce a nadie con ese nombre.

—Entonces llévale este mensaje al señor Rumbold —dijo el desconocido—. Dígale: ¿Prefiere que yo suba o que él baje?

Por tercera vez, Clutsam fue a cumplir las órdenes del extraño. Sin embargo, a su regreso no abrió la puerta del salón de fumar, sino que gritó a través de ella:

—El señor Rumbold le desea que vaya al infierno, señor, donde pertenece, y dice: Suba si se atreve.

Luego salió disparado.

Un minuto después, desde su retiro en una carbonera subterránea, escuchó un disparo. Algún viejo instinto, amante del peligro o indiferente al peligro, se agitó en él, y subió corriendo las escaleras más rápido que nunca en su vida. En el pasillo tropezó con las botas del señor Rumbold.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Agachó la cabeza y se apresuró a entrar. La habitación brillantemente iluminada estaba vacía. Pero casi todos los muebles que había en ella estaban volcados, y la cama estaba hecha un desastre espantoso. La almohada con sus cinco perforaciones fue el primer objeto en el que Clutsam notó manchas de sangre. A partir de entonces pareció verlos por todas partes. Pero lo que lo enfermó y le impidió bajar para despertar a los demás fue la visión de un trozo de hielo en el alféizar de la ventana, una fina garra de hielo curvada como la uña de un chino, con un poco de carne adherida.

Esa fue la última vez que vio al señor Rumbold. Pero un policía que patrullaba Carrick Street se fijó en un hombre con una larga capa negra que, por la posición de su brazo, parecía llevar algo pesado. Llamó al hombre y corrió tras él; pero aunque no parecía moverse muy rápido, el policía no pudo alcanzarlo.

L. P. Hartley (1895-1972)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de L. P. Hartley: Un visitante desde bien abajo (A Visitor from Down Under), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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