«Un paseo en la oscuridad»: Arthur C. Clarke; relato y análisis


«Un paseo en la oscuridad»: Arthur C. Clarke; relato y análisis.




Un paseo en la oscuridad (A Walk in the Dark) es un relato de terror del escritor inglés Arthur C. Clarke (1917-2008), publicado originalmente en la edición de agosto de 1950 de la revista Thrilling Wonder Stories, y luego reeditado en la antología de 1956: En busca del futuro (Reach for Tomorrow).

Un paseo en la oscuridad, uno de los grandes cuentos de Arthur C. Clarke, nos sitúa en un planeta sin nombre en el borde de la Galaxia, donde Robert Armstrong, debido a una falla en su vehículo, debe caminar de regreso a su base. Le preocupan los misteriosos túneles, situados aquí y allí en el planeta aparentemente sin vida, y las historias susurradas alrededor de la base sobre extrañas criaturas que huyen de la luz. No obstante, decide emprender la caminata. Desafortunadamente, está oscuro, muy oscuro, y su linterna empieza a fallar (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción)

SPOILERS.

Un paseo en la oscuridad de Arthur C. Clarke es un exquisito homenaje a H.P. Lovecraft, y aunque definitivamente comienza como un típico relato de ciencia ficción (ver: Clichés de la ciencia ficción que nos encantan), pronto toma un giro siniestro, que incluso bordea algunos aspectos del horror cósmico (ver: Horror Cósmico: la vida no tiene sentido, la muerte tampoco)

En la superficie, Un paseo en la oscuridad es la historia de un hombre que camina en la oscuridad para llegar a su destino. Simbólico, sin dudas, y mítico. Casi una síntesis del viaje de Frodo y Sam por las tierras de Mordor; pero aquí el destino no es lejano, está al alcance de la vista, y al mismo tiempo es inalcanzable. En defintiva, el tema principal del cuento de Arthur C. Clarke es la importancia relativa del tiempo y el espacio en la vida de un ser humano, y cómo la vida o la muerte pueden depender de espacios y períodos de tiempo extremadamente breves (ver: ¡No salgas del camino! El Modelo «Caperucita Roja» en el Horror)

Robert Armstrong es el producto refinado de una civilización avanzada. Ha viajado miles de años luz y, aunque la historia no lo menciona, probablemente puede esperar una vida mucho más larga y saludable que la nuestra. Sin embargo, está condenado a muerte, no en un peligroso viaje interestelar, sino en el transcurso de una caminata de pocos kilómetros en un lugar aparentemente seguro. En este sentido, Un paseo en la oscuridad de Arthur C. Clarke rinde tributo al horror cósmico al enforcarse en la fragilidad del ser humano, y de toda la civilización y sus avances tecnológicos, ante un cosmos indiferente (ver: Horror Cósmico: qué es, cómo funciona, y por qué el tamaño sí importa)

Robert Armstrong, además, no es el típico protagonista ingenuo. No hace nada estúpido para ganarse la perdición. Sus habilidades personales, que son muchas, así como sus debilidades, no influyen en absoluto en el hecho de sobrevivir o no a la fatalidad aleatoria que le arroja el universo. En todo caso, solo hace una elección: arriesgarse a volver a pie a la base. No es una decisión audaz realmente. No hay formas de vida conocidas en aquel planeta, solo historias, rumores, pero ninguna certeza. Este es el punto central de Un paseo en la oscuridad de Arthur C. Clarke: la muerte de un hombre competente, inteligente, que toma un riesgo razonable. Al menos para mí, esto es mucho más aterrador que la muerte de un protagonista ingenuo que hace algo estúpido, porque todos podríamos ser Armstrong.

Un paseo en la oscuridad se disfraza de ciencia ficción, pero no lo es. Posee el carácter indefinible del cuento extraño, y los ingredientes esenciales del horror cósmico, pero tamizados por una simpleza extraordinaria. De hecho, es un excelente ejemplo de cómo muchos grandes cuentos de terror del siglo pasado se esconden en otros géneros, y a veces permanecen allí. Un paseo en la oscuridad le debe más a La hoguera (To Build a Fire) de Jack London que a cualquier antecedente de la ciencia ficción. Y si bien el clásico de Jack London es un ejemplo notable de horror cósmico sin ningún elemento sobrenatural, la historia de Arthur C. Clarke es aún más simple.

En resumen: Armstrong debe viajar cuatro millas en una oscuridad casi absoluta. Su vehículo ha fallado, su linterna también. El planeta está en el borde de la Galaxia, por lo que su cielo tiene pocas estrellas. Armstrong decide que puede hacerlo sin peligro. El planeta está deshabitado, estéril. No admite formas de vida conocidas para acosarlo. La textura del camino es evidente bajo sus botas, y todo lo que necesita hacer es seguirlo sin tener una caída importante hasta llegar a su destino. Con estos elementos podemos pensar que Un paseo en la oscuridad de Arthur C. Clarke presenta un escenario donde la razón supera al miedo atávico a la oscuridad. Tal vez eso constituya algún tipo de transgresión, pero no podemos culpar a Armstrong. Hace lo que cualquiera de nosotros haría en esas circunstancias y con la misma información disponible.

Arthur C. Clarke esencialmente está contando un cuento muy antiguo aquí, probablemente tan antiguo como el hábito de reunirse junto al fuego para escuchar una buena historia. Armstrong es una especie de héroe por excelencia. Su historia ha sucedido antes, aquí en la Tierra, en incontables ocasiones. Su lucha es solo suya. Ningún perro espacial lo acompaña, ningún vínculo sentimental lo distrae. Solo desea llegar a casa.

La hoguera de Jack London está presente de forma constante en Un paseo en la oscuridad de Arthur C. Clarke. Por ejemplo, en la historia de un anciano en la base que asegura haber escuchado sonidos extraños en la oscuridad. Todos se ríen de él, así como todos se rieron del anciano de Sulphur Creek en La hoguera, quien le brinda consejo al protagonista chechaquo de la historia. Como el chechaquo, Armstrong se burla del cuento del viejo, pero este no parece tan divertido ahora, mientras está solo en la oscuridad, con cuatro millas por delante. Por suerte, la distancia se acorta. Por fin Armstrong llega a la curva final, y las luces de la base resplandecen a unos pocos cientos de metros por delante. Qué alivio ver esas luces, haber casi llegado... ¿verdad?




Un paseo en la oscuridad.
A Walk in the Dark, Arthur C. Clarke (1917-2008)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Robert Armstrong había caminado poco más de dos millas, hasta donde podía juzgar, cuando su linterna falló. Se quedó quieto por un momento, incapaz de creer que tal desgracia realmente pudiera haberle sucedido. Luego, medio enloquecido de rabia, arrojó lejos el inútil instrumento. Aterrizó en algún lugar de la oscuridad, perturbando el silencio de este pequeño mundo. Un eco metálico llegó resonando desde las colinas bajas: luego todo quedó en silencio de nuevo.

Esta, pensó Armstrong, era la mayor desgracia. Ya no le podía pasar nada más. Incluso pudo reírse amargamente de su suerte y resolvió no volver a imaginar que la voluble diosa lo había favorecido alguna vez. ¿Quién hubiera creído que el único tractor del Campo IV se habría averiado cuando se dirigía a Port Sanderson? Recordó el frenético trabajo de reparación, el alivio cuando se hizo la segunda salida y la debacle final cuando la oruga se atascó.

Entonces no valía la pena lamentarse de la tardanza de su partida: no podía haber previsto estos accidentes, y todavía faltaban unas buenas cuatro horas para que despegara el Canopus. Tenía que alcanzarla, pasara lo que pasara; ninguna otra nave tocaría este mundo durante un mes más.

Aparte de la urgencia de su negocio, eran impensables cuatro semanas más en este planeta apartado.

Solo había una cosa por hacer. Fue una suerte que Port Sanderson estuviera a poco más de seis millas del campamento, no a una gran distancia, ni siquiera a pie. Había tenido que dejar todo su equipo atrás, pero podría recuperarlo en la próxima nave y podría arreglárselas sin él. El camino era malo, simplemente salido de la roca por una de las trituradoras de cien toneladas de la Junta, pero no había miedo de extraviarse.

Incluso ahora, no corría ningún peligro real, aunque bien podría ser demasiado tarde para alcanzar la nave. El progreso sería lento, porque no se atrevía a arriesgarse a perder el camino en esta región de cañones y túneles enigmáticos que nunca había sido explorado. Por supuesto, estaba oscuro como boca de lobo. Aquí, en el borde de la Galaxia, las estrellas eran tan pocas y estaban tan dispersas que su luz era insignificante. El extraño sol carmesí de este mundo solitario no saldría hasta dentro de muchas horas, y aunque cinco de las pequeñas lunas estaban en el cielo, apenas podían ser vistas con el ojo desnudo. Ninguna de ellas proyectaba siquiera una sombra.

Armstrong no era un hombre que lamentaría su suerte por mucho tiempo. Comenzó a andar lentamente por el camino, sintiendo su textura con los pies. Sabía que era bastante recto, excepto donde serpenteaba a través del paso de Carver. Deseaba tener un palo o algo para explorar el camino ante él, pero tendría que depender de la orientación del tacto del suelo.

Fue terriblemente lento al principio, hasta que ganó confianza. Nunca había sabido lo difícil que era caminar en línea recta. Aunque las débiles estrellas le orientaron, una y otra vez se encontró tropezando entre las rocas vírgenes al borde de la tosca carretera. Viajaba en largos zigzags que lo llevaban a lados alternos, luego golpeaba los dedos de los pies contra la roca desnuda y volvía a tantear el camino de regreso a la superficie compacta.

Esto se convirtió en una rutina. Era imposible estimar su velocidad; solo podía luchar y esperar lo mejor. Faltaban cuatro millas, cuatro millas y el mismo número de horas. Debería ser bastante fácil, a menos que perdiera el rumbo. Pero no se atrevió a pensar en eso.

Una vez que dominó la técnica, pudo permitirse el lujo de pensar. No podía fingir que estaba disfrutando de la experiencia, pero antes había estado en posiciones mucho peores. Mientras permaneciera en la carretera, estaba perfectamente a salvo. Había esperado que, a medida que sus ojos se adaptaran a la luz de las estrellas, pudiera ver el camino, pero ahora sabía que todo el viaje sería a ciegas. Este descubrimiento le dio una vívida sensación de su lejanía del corazón de la Galaxia. En una noche tan clara como esta, los cielos de casi cualquier otro planeta habrían estado llenos de estrellas. Aquí, en este puesto avanzado del Universo, el cielo contenía quizás un centenar de puntos de luz tenuemente relucientes, tan inútiles como las cinco ridículas lunas en las que nadie se había molestado en aterrizar.

Un ligero cambio en el camino interrumpió sus pensamientos. ¿Había allí una curva o se había desviado a la derecha de nuevo? Se movió muy lentamente a lo largo de la frontera invisible y mal definida. Sí, no hubo error: la carretera torcía hacia la izquierda. Trató de recordar su apariencia durante el día, pero solo la había visto una vez antes. ¿Significaba esto que se estaba acercando al Paso? Esperaba que así fuera, porque el viaje estaría medio completado.

Miró hacia adelante en la oscuridad, pero la línea irregular del horizonte no le dijo nada. Luego descubrió que el camino se había enderezado nuevamente y su ánimo se hundió. La entrada al Paso aún debía estar un poco más adelante: había al menos cuatro millas por recorrer.

Cuatro millas, ¡qué ridícula parecía la distancia! ¿Cuánto tardaría el Canopus en viajar cuatro millas? Dudaba que el hombre pudiera medir un intervalo de tiempo tan corto. ¿Y cuántos billones de millas había viajado él, Robert Armstrong, en su vida? Debió haber alcanzado un total asombroso a estas alturas, porque en los últimos veinte años apenas se había quedado más de un mes en un solo mundo. Este mismo año había hecho dos veces el cruce de la Galaxia, y ese fue un viaje notable incluso en estos días del viaje fantasma.

Tropezó con una piedra suelta y la sacudida lo devolvió a la realidad. Aquí era inútil pensar en naves que pudieran devorar los años luz. Se enfrentaba a la naturaleza, sin armas más que su propia fuerza y habilidad.

Era extraño que le tomara tanto tiempo identificar la verdadera causa de su malestar. Las últimas cuatro semanas habían sido muy ocupadas, y las prisas de su partida, junto con la molestia y la ansiedad causadas por las averías del tractor, habían alejado todo lo demás de su mente. Además, siempre se había enorgullecido de su terquedad y falta de imaginación. Hasta ahora, se había olvidado por completo de esa primera noche en la Base, cuando las tripulaciones le entregaron los obsequios habituales elaborados para el beneficio de los recién llegados.

Fue entonces cuando el viejo empleado de la Base le contó la historia de su caminata nocturna desde Port Sanderson hasta el campamento, y de lo que lo había seguido por el Paso de Carver, manteniéndose siempre más allá del límite de la luz de las linternas. Armstrong, que había escuchado tales historias en una veintena de mundos, le había prestado poca atención en ese momento. Después de todo, se sabía que este planeta estaba deshabitado. Pero la lógica no podría resolver el asunto tan fácilmente. Supongamos, después de todo, que hubiera algo de verdad en el cuento fantástico del anciano.

No era un pensamiento agradable y Armstrong no tenía la intención de meditar sobre él. Pero sabía que si lo descartaba seguiría presa de su mente. La única forma de vencer los miedos imaginarios era afrontarlos con valentía; tendría que hacer eso ahora.

Su argumento más fuerte era la total esterilidad de este mundo y su total desolación, aunque contra eso se podían poner muchos contraargumentos, como de hecho había hecho el viejo escribano. El hombre solo había vivido en este planeta durante veinte años, y gran parte de él aún estaba inexplorado. Nadie podía negar que los túneles del páramo eran bastante desconcertantes, pero todos creían que eran respiraderos volcánicos. Aunque, por supuesto, la vida a menudo se colaba en esos lugares. Con un escalofrío recordó los pólipos gigantes que habían atrapado a los primeros exploradores de Vargon III.

Todo fue muy poco concluyente. Supongamos, por el bien de la argumentación, que uno concediera la existencia de vida aquí. ¿Qué hay de eso?

La gran mayoría de las formas de vida del Universo eran completamente indiferentes al hombre. Algunas, por supuesto, como los seres gaseosos de Alcorán o las celosías de ondas errantes de Shandaloon, ni siquiera podían detectarlo, sino que lo atravesaron o rodearon como si no existiera. Otras eran meramente curiosas, algunas vergonzosamente amistosas. De hecho, había pocos seres que atacarían a menos que fueran provocados.

Sin embargo, era un cuadro sombrío el que había pintado el viejo empleado de la tienda. De vuelta en la cálida y bien iluminada sala de fumadores, con las bebidas circulando, había sido bastante fácil reírse de ello. Pero aquí, en la oscuridad, a millas de cualquier asentamiento humano, era muy diferente.

Fue casi un alivio cuando se salió de la carretera de nuevo a y tuvo que tantear con las manos hasta encontrarlo una vez más. Parecía un tramo muy accidentado y apenas se distinguía de las rocas de alrededor. A los pocos minutos, sin embargo, estaba de nuevo en el camino.

Fue desagradable ver la rapidez con que sus pensamientos volvían al mismo tema inquietante. Claramente, le preocupaba más de lo que quería admitir.

Sacó consuelo de un hecho: era bastante obvio que nadie en la Base había creído la historia del viejo. Sus preguntas y bromas lo habían demostrado. En ese momento, se había reído tan fuerte como cualquiera de ellos. Después de todo, ¿cuál era la evidencia? Una forma tenue, recién vista en la oscuridad, que bien podría haber sido una roca de forma extraña. Y el curioso chasquido que tanto había impresionado al anciano; cualquiera podría imaginarse tales sonidos en la noche si estuviera lo suficientemente alterado. Si había sido hostil, ¿por qué la criatura no se había acercado más?

—Porque le tenía miedo a mi luz —había dicho el viejo.

Bueno, eso era bastante plausible: explicaría por qué nunca se había visto nada a la luz del día. Una criatura así podría vivir bajo tierra, emergiendo solo por la noche; maldita sea, ¿por qué se tomaba tan en serio los desvaríos del viejo idiota?

Armstrong volvió a tener el control de sus pensamientos. Si seguía así, se dijo a sí mismo enojado, pronto estaría viendo y escuchando toda una colección de monstruos.

Por supuesto, hubo un factor que eliminó la ridícula historia de una vez. Realmente fue muy simple; sintió pena por no haberlo pensado antes. ¿De qué viviría una criatura así? No había ni rastro de vegetación en todo el planeta. Se rió al pensar que un fantasma pudiese eliminarse tan fácilmente, y en el mismo instante se sintió molesto consigo mismo por no reír en voz alta. Si estaba tan seguro de su razonamiento, ¿por qué no silbar, cantar o hacer algo para mantener el ánimo? Se planteó la pregunta como una recriminación a su virilidad. Medio avergonzado, tuvo que admitir que todavía tenía miedo, miedo porque… podría haber algo de cierto en la historia después de todo.

Pero al menos su análisis le había servido de algo.

Habría sido mejor si lo hubiera dejado allí y se hubiera quedado medio convencido de su argumento. Pero una parte de su mente todavía estaba tratando de romper su cuidadoso razonamiento. Tuvo demasiado éxito, y cuando recordó a los seres-plantas de Xantil Major, el impacto fue tan desagradable que se detuvo en seco.

Ahora bien, los seres vegetales de Xantil no eran de ningún modo horribles. De hecho, eran criaturas extremadamente hermosas. Pero lo que los hacía parecer tan angustiantes ahora era el conocimiento de que podían vivir por períodos indefinidos sin comida alguna. Toda la energía que necesitaban para sus extrañas vidas la extraían de la radiación cósmica, y eso era casi tan intenso aquí como en cualquier otro lugar del universo.

Apenas había pensado en un ejemplo cuando otros se agolparon en su mente y recordó la forma de vida en Trantor Beta, que era la única conocida capaz de utilizar directamente la energía atómica. Eso también había vivido en un mundo completamente estéril, muy parecido a este…

La mente de Armstrong se estaba dividiendo rápidamente en dos porciones distintas, cada una de las cuales intentaba convencer a la otra y ninguna lo lograba por completo. No se dio cuenta de lo lejos que había llegado su moral hasta que se encontró conteniendo la respiración para que no ocultara algún sonido de la oscuridad que lo rodeaba. Enojado, limpió su mente de la basura que se había estado acumulando allí y volvió una vez más al problema inmediato.

No cabía duda de que el camino ascendía lentamente y la silueta del horizonte parecía mucho más alta en el cielo. El camino comenzó a torcerse y de repente se dio cuenta de que había grandes rocas a ambos lados. Pronto sólo se pudo ver una estrecha franja de cielo, y la oscuridad se volvió, si era posible, aún más intensa.

De alguna manera se sentía más seguro con las paredes de roca que lo rodeaban: significaba que estaba protegido excepto en dos direcciones. Además, la carretera se había nivelado y era fácil seguirla. Lo mejor de todo era que ahora sabía que el viaje estaba más de la mitad completado.

Por un momento, su ánimo comenzó a elevarse. Luego, con enloquecedora perversidad, su mente volvió a los viejos ritmos. Recordó que fue al otro lado del Paso de Carver donde tuvo lugar la aventura del viejo, si es que alguna vez sucedió.

En media milla, volvería a estar al aire libre, fuera de la protección de estas rocas protectoras. El pensamiento parecía doblemente horrible ahora y ya sentía una sensación de desnudez. Podría ser atacado desde cualquier dirección y estaría completamente indefenso.

Hasta ahora, todavía había conservado algo de autocontrol. Con mucha determinación, había mantenido su mente alejada del único hecho que daba algo de color a la historia del anciano: la única prueba que había detenido las bromas en la abarrotada sala del campamento y provocado un repentino silencio en la compañía. Ahora, cuando la voluntad de Armstrong se debilitó, recordó de nuevo las palabras que habían provocado un escalofrío momentáneo incluso en la cálida comodidad del edificio de la base.

El pequeño empleado había insistido mucho en un punto. Nunca había escuchado ningún sonido de persecución de la tenue forma percibida, en lugar de vista, en el límite de su luz. No hubo ruido de garras o cascos en la roca, ni siquiera el ruido de las piedras desplazadas. Así lo había declarado el anciano con esa solemne manera suya:

—Era como si la cosa que venía detrás pudiera ver perfectamente en la oscuridad, y tuviera muchas patas pequeñas o almohadillas para poder moverse rápida y fácilmente sobre la roca, como una oruga gigante o una de las rayas de Kralkor II.

Sin embargo, aunque no hubo ningún ruido de persecución, hubo un sonido que el anciano sí había captado varias veces. Era tan inusual que su misma extrañeza lo hacía doblemente siniestro. Era un clic débil pero horriblemente persistente.

El anciano había sido capaz de describirlo muy vívidamente, demasiado vívidamente para el gusto de Armstrong ahora.

—¿Alguna vez has escuchado a un insecto grande masticando a su presa? —dijo—. Bueno, fue así. Me imagino que un cangrejo hace exactamente el mismo ruido con sus garras cuando las choca. Fue un... ¿cuál era la palabra?... un sonido quitinoso.

En este punto, Armstrong recordó haberse reído a carcajadas. (era extraño cómo todo volvía a él ahora) Pero nadie más se había reído, aunque se habían apresurado a hacerlo antes. Al sentir el cambio de tono, se puso serio de inmediato y le pidió al anciano que continuara su historia. ¡Cómo deseaba ahora haber sofocado su curiosidad!

Al día siguiente, un grupo de técnicos escépticos se había adentrado en la tierra de nadie más allá del Paso de Carver. No eran lo suficientemente escépticos como para dejar sus armas, pero no tenían motivos para usarlas porque no encontraron rastro de ningún ser vivo. Allí estaban los inevitables pozos y túneles, agujeros relucientes por donde la luz rebotaba sin cesar hasta perderse en la distancia, pero el planeta estaba plagado de ellos.

Aunque el grupo no encontró señales de vida, descubrió una cosa que no le gustó en absoluto. En la tierra árida e inexplorada más allá del Paso habían llegado a un túnel aún más grande que el resto. Cerca de la boca de ese túnel había una roca maciza, medio incrustada en el suelo. Y los lados de esa roca se habían desgastado como si se hubiera utilizado como una enorme piedra de afilar.

No menos de cinco de los presentes habían visto esta inquietante roca. Ninguno de ellos pudo explicarlo satisfactoriamente como una formación natural, pero aun así se negaron a aceptar la historia del anciano. Armstrong les había preguntado si alguna vez lo habían puesto a prueba. Hubo un silencio incómodo. Entonces el gran Andrew Hargraves había dicho:

—¡Demonios, quién saldría al Paso por la noche solo por diversión!

De hecho, no había ningún otro registro de nadie caminando desde Port Sanderson hasta el campamento de noche, o de día. Durante las horas de luz, ningún ser humano desprotegido podía vivir a la intemperie bajo los rayos del enorme y morboso sol que parecía llenar la mitad del cielo. Y nadie caminaría seis millas, con armadura de radiación, si el tractor estuviera disponible.

Armstrong sintió que abandonaba el Paso. Las rocas de ambos lados se estaban cayendo y el camino ya no era tan firme y bien compactado como antes. Estaba saliendo a la llanura abierta una vez más, y en algún lugar no muy lejos de la oscuridad estaba ese enigmático pilar que podría haber sido usado para afilar colmillos o garras monstruosas. No era un pensamiento tranquilizador, pero no podía sacárselo de la cabeza.

Sintiéndose claramente preocupado, Armstrong hizo un gran esfuerzo por recomponerse. Intentaría volver a ser racional; pensaría en negocios, en el trabajo que había hecho en el campamento, en cualquier cosa menos en este lugar infernal. Durante un tiempo lo logró bastante bien. Pero luego, con una persistencia enloquecedora, cada línea de pensamiento regresó al mismo punto. No podía quitarse de la cabeza la imagen de esa inexplicable roca y sus espantosas posibilidades. Una y otra vez se sorprendió preguntándose qué tan lejos estaba, si ya la había pasado o si estaba a su derecha o a su izquierda.

El suelo volvía a ser bastante llano y la carretera seguía recta como una flecha. Hubo un destello de consuelo: Port Sanderson no podía estar a mucho más de dos millas de distancia. Armstrong no tenía idea de cuánto tiempo había estado en la carretera. Desafortunadamente su reloj no estaba iluminado y solo podía adivinar el paso del tiempo. Con suerte, el Canopus no debería despegar hasta dentro de dos horas como mínimo. Pero no podía estar seguro, y ahora otro miedo comenzó a entrar en su mente: el temor de ver una vasta constelación de luces elevándose rápidamente hacia el cielo y saber que toda esta agonía mental había sido en vano.

No estaba zigzagueando tan mal ahora, y parecía ser capaz de anticipar el borde de la carretera antes de tropezar. Era probable, se animó a sí mismo pensando, que viajaba casi tan rápido como si tuviera una luz. Si todo iba bien, podría estar acercándose a Port Sanderson en treinta minutos, un espacio de tiempo ridículamente pequeño. Cómo se reiría de sus miedos cuando entrara en su ya reservado camarote en el Canopus y sintiera ese peculiar estremecimiento cuando el motor fantasma arrojaba la gran nave lejos de este sistema, de regreso a las nubes de estrellas agrupadas cerca del centro de la Galaxia, de regreso a la Tierra misma, que no había visto en tantos años.

Un día, se dijo a sí mismo, debía volver a visitar la Tierra. Toda su vida había estado haciendo la promesa, pero siempre se respondía lo mismo: falta de tiempo. ¿No es extraño que un planeta tan pequeño haya jugado un papel tan importante en el desarrollo del Universo, que incluso haya llegado a dominar mundos mucho más sabios e inteligentes que él mismo?

Los pensamientos de Armstrong volvieron a ser inofensivos y se sintió más tranquilo. El conocimiento de que se estaba acercando a Port Sanderson fue inmensamente reconfortante, y deliberadamente mantuvo su mente en asuntos familiares y sin importancia. El Paso ya estaba muy atrás, y con él esa cosa que ya no tenía la intención de recordar. Un día, si alguna vez regresaba a este mundo, visitaría el Paso durante el día y se reiría de sus miedos. En veinte minutos se habrían sumado a las pesadillas de su infancia.

Fue casi un shock, aunque uno de los más agradables que había conocido, cuando vio las luces de Port Sanderson aparecer en el horizonte. La curvatura de este pequeño mundo era muy engañosa: no parecía correcto que un planeta con una gravedad casi tan grande como la de la Tierra tuviera un horizonte tan cerca. Algún día, alguien tendría que descubrir qué hay en el núcleo de este mundo para darle una densidad tan grande.

Quizás los muchos túneles…

Este fue un giro de pensamiento desafortunado, pero la cercanía de su objetivo le había robado el terror ahora. De hecho, la idea de que pudiera estar realmente en peligro parecía darle a su aventura un cierto interés. Ya no le podía pasar nada, faltaban diez minutos y las luces del Puerto ya estaban a la vista.

Unos minutos más tarde sus sentimientos cambiaron abruptamente cuando llegó a la repentina curva del camino. Había olvidado el abismo que provocó su desvío y añadió media milla al viaje. Bueno, ¿y qué?, pensó obstinadamente. Un kilómetro extra no supondría ninguna diferencia ahora, otros diez minutos como máximo.

Fue muy decepcionante cuando las luces de la ciudad se desvanecieron. Armstrong no se había acordado de la colina que bordeaba la carretera, tal vez era sólo una loma baja, apenas perceptible durante el día. Pero al ocultar las luces del puerto le había quitado su principal talismán y lo había dejado nuevamente a merced de sus miedos.

Muy irrazonablemente, le dijo su inteligencia, comenzó a pensar en lo horrible que sería si algo sucediera ahora, tan cerca del final del viaje. Mantuvo a raya el peor de sus miedos durante un tiempo, esperando desesperadamente que las luces de la ciudad reaparecieran pronto. Pero a medida que pasaban los minutos, se dio cuenta de que la cresta debía ser más larga de lo que imaginaba. Trató de alegrarse pensando que la ciudad estaría más cerca cuando la viera de nuevo, pero de alguna manera la lógica parecía haberle fallado. Pues en ese momento se encontró haciendo algo a lo que no se había rebajado, incluso en los páramos del paso de Carver.

Se detuvo, se volvió lentamente y, conteniendo la respiración, escuchó hasta que sus pulmones estuvieron a punto de estallar.

El silencio era inquietante, considerando lo cerca que debía estar del puerto. Ciertamente no hubo ningún sonido detrás de él. Por supuesto que no lo habría, se dijo a sí mismo, enojado. Pero se sintió inmensamente aliviado. La idea de ese chasquido débil e insistente lo había perseguido durante la última hora.

Tan amistoso y familiar fue el ruido que casi le hizo reír a carcajadas. A la deriva a través del aire quieto desde una fuente que claramente no estaba a más de una milla de distancia, llegó el sonido de un tractor de campo de aterrizaje, tal vez una de las máquinas que cargaban el Canopus. En cuestión de segundos, pensó Armstrong, estaría alrededor de esa cresta con el puerto a solo unos cientos de metros por delante. El viaje estaba casi terminado. En unos momentos, esa llanura malvada no sería más que una pesadilla que se desvanece.

Parecía terriblemente injusto: tan poco tiempo, una fracción tan pequeña de una vida humana, era todo lo que necesitaba ahora. Pero los dioses siempre han sido injustos con el hombre, y ahora estaban disfrutando de su pequeña broma. Porque no podía confundirse el traqueteo de garras monstruosas en la oscuridad frente a él.

Arthur C. Clarke (1917-2008)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Arthur C. Clarke.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Arthur C. Clarke: Un paseo en la oscuridad (A Walk in the Dark), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

4 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Un original cuento, en el planteo del terror. Parece que el protagonista se reirá de si mismo por haber sentido miedo, por darle importancia a esos cuentos. Pero...
Gracias por la traducción. El único detalle es que escribiste Zantil y luego Xantil, ¿con x o con z?

Saludos.

Sebastian Beringheli dijo...

Gracias por la corrección, Demiurgo. Es con X en el original.

Poky999 dijo...

Recapitulando los relatos. Describe bastante bien las emociones que siente el personaje, causando una cercanía con el lector.
Muchas gracias por la publicación de este relato.

Rosa Moncada dijo...

Yo tambien le conseguí parecido a La Hoguera, sin habértelo leído a ti....solo q aquí el no es necio...le toca...hay un parecido, q es el hombre solo y sobervio ante, el lado monstruoso de la naturaleza.



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Artículo.
Relato de Charles R. Tanner.
Etimologías y curiosidades.

Relato de Amelia Reynolds Long.
Artículo.
Poema de Louise Bogan.