«La Casa de los Muertos Vivientes»: Harold Ward; relato y análisis


«La Casa de los Muertos Vivientes»: Harold Ward; relato y análisis.




La Casa de los Muertos Vivientes (The House of the Living Dead) es un relato de terror del escritor norteamericano Harold Ward (1879-1950), publicado en la edición de marzo de 1932 de la revista Weird Tales.

La Casa de los Muertos Vivientes, tal vez uno de los cuentos de Harold Ward más extraños, relata la historia de un detective privado que investiga las extrañas actividades del doctor Darius Lessman, un científico que ha redescubierto una antigua fórmula egipcia para transferir su alma, y la de sus víctimas, en cualquier otro cuerpo, vivo o muerto.

SPOILERS.


¡Cadáveres vivientes! ¡Hombres y mujeres arrancados de la tumba, supurando de sus mohosos sepulcros, hablando, riendo, bailando, respirando, celebrando un jubileo infernal!


Así comienza La Casa de los Muertos VivientesHarold Ward de algún modo logra mantener este tono casi histérico durante un considerable número de páginas. Aquí, el doctor Darius Lessman, verdadero arquetipo del científico loco, asesina a varias personas y transfiere sus mentes a otros tantos cadáveres con el propósito de reanimarlos. Afortunadamente, el investigador Ada Rider decide poner fin a estos macabros experimentos (ver: «In Articulo Mortis»: Poe, Lovecraft y algunas opciones para retrasar la muerte)

La Casa de los Muertos Vivientes de Harold Ward no ahorra recursos grotescos: casas decrépitas, cementerios, exhumaciones a la luz de la luna, momias egipcias y cadáveres bailando al ritmo de Betty Coed en la radio (ver: Zombis: la clase baja en la sociedad de los monstruos). En muchos sentidos, es un relato tan exagerado que resulta deliciosamente entretenido.

Probablemente uno de los puntos más interesantes de La Casa de los Muertos Vivientes es esta noción de que la mente, atada al alma, existe intependientemente de su soporte orgánico, y que puede transferirse hacia otros cuerpos. Harold Ward emplea este recurso incluso entre géneros, algo seguramente polémico para la época. El doctor Lessmann, en su desquiciada repartija de transferencias, proyecta la mente y el alma del protagonista, un duro detective privado, en el cuerpo de una mujer, quien además es una reconocida masoquista (ver: Atrapado en el cuerpo equivocado: la identidad de género en el Horror)

La Casa de los Muertos Vivientes de Harold Ward es, decíamos, un relato exagerado, tanto que no puede tomarse como otra cosa que un intento de explorar los principales motivos del relato pulp con algo de humor. En ese territorio, y solo en ese, tiene éxito.




La Casa de los Muertos Vivientes.
The House of the Living Dead, Harold Ward (1879-1950)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


John Harper.

»¡Cadáveres vivientes! ¡Hombres y mujeres arrancados de la tumba, supurando de sus mohosos sepulcros, hablando, riendo, bailando, respirando, celebrando un jubileo infernal! Todo esto lo he visto, y más. Sin embargo, ¿quién me creerá, yo, que soy un preso de la Casa de los Muertos Vivientes? Incluso mientras escribo esto miro hacia abajo y veo la tela podrida cayendo de mi marco enmohecido con cada movimiento y siento que los gusanos se abren camino tortuosamente a través de mi cadáver en descomposición. ¡Uf! Incluso yo, que soy un muerto viviente, acostumbrado al horror de todo esto, me estremezco mientras escribo.

»Estoy indefenso. ¡Ojalá tuviera el poder de liberarme de las asquerosas garras de Lessman, el maestro de todos nosotros! Al otro lado de la habitación yace el cuerpo de Carter Cope. Pronto, pero no hasta que Lessman lo ordene, volveré a ocupar mi cuerpo, que le pertenece a él, al doctor Lessman. Pero mi alma es mía, aunque Lessman la tiene en sus garras. Porque el alma no muere. Ah, un hombre maravilloso es Darius Lessman, capaz como es de salir de su cuerpo temporal y asumir el de otro. Es un superhombre, o un diablo. »

Asa Rider, investigador privado, dejó el manuscrito sobre la mesa ante él con un bufido de disgusto.

—¿Qué tontería es esta? —preguntó enojado—. Mi tiempo es demasiado valioso, señor Harper, para dedicarlo a tales cosas. No son más que los maníacos balbuceos de un cerebro enfermo.

Su visitante lo detuvo con un pequeño gesto.

—¿Lo es? —preguntó con gravedad—. ¿Parezco el tipo de hombre que se deja engañar así? Como le dije al comienzo de nuestra entrevista, soy abogado desde hace veinticinco años. Conozco a Carter Cope. Hace solo unos meses estuvo en mi oficina. Vino en respuesta a mi solicitud. Yo, como abogado de Priestly Ogden, lo contraté para iniciar la búsqueda de ese desafortunado joven. Honestamente puedo decir que él no está más loco que usted. Desapareció esa noche. Su auto fue encontrado en una cantera de piedra abandonada a muchas millas al norte de aquí. Su cuerpo nunca ha sido encontrado.

»Nunca creí que estuviera muerto. Entonces, ayer, este extraño manuscrito me llegó por correo. Estaba en un sobre sellado colocado dentro de otro sobre, ambos dirigidos a mí. Con él había una breve nota de un hombre que firma: Fred Rolfe, quien asegura que lo había recogido junto a la carretera cerca del cementerio de Oakwood. La letra, tanto en el cuerpo del manuscrito como en el sobre, es la de Carter Cope.

»En resumen, señor, creo que Carter Cope es víctima de una terrible desgracia. Posiblemente, como ha sugerido, puede ser mental. Pero, en cualquier caso, todavía vive. Quiero que lo busque y lo salve de… esto, de esta cosa, sea lo que sea. Envié a Carter Cope, tal como estoy tratando de enviarlo a usted. Siento una responsabilidad moral. Mi fortuna privada está a sus órdenes. Por cierto, al buscarlo, puede encontrar una pista sobre el paradero del sacerdote Ogden. Le pido este favor, señor Rider: lea el manuscrito hasta el final con la mente abierta. Una vez terminado, si no acepta el trabajo, buscaré a otro detective. De lo contrario...

—¿Por qué vino a mí? —Rider interrumpió sin rodeos—. Soy un extraño para usted. Mi reputación no es tan buena como para que me buscara sin una buena razón.

John Harper se encogió de hombros.

—Tal vez no me sea desconocido —respondió rápidamente—. Y sé que es un hombre soltero, su pariente más cercano un primo lejano. Lo estoy enviando al peligro. Y, francamente, no se le extrañará mucho si se encuentra con el mismo destino que Carter Cope y Priestly Ogden. Digo con la misma franqueza que dudo que salga vivo del asunto. Tengo esa corazonada, si lo desea. El hombre que acepte mi encargo no puede ser un cobarde.

—Me intriga su conversación sobre el peligro —dijo Rider con vehemencia—. Deje el manuscrito aquí. Lo leeré. Le daré mi respuesta por la mañana.

John Harper se puso de pie.

—Estaré en la posada Lincoln hasta mañana al mediodía —respondió, extendiendo la mano—. Esperaré una aceptación para esa hora o la devolución del manuscrito. Mientras tanto —su mano se movió hacia su bolsillo—, ¿qué tal un adelanto de honorarios? Creo que es habitual.

Rider negó con la cabeza.

—Si acepto el trabajo, aceptaré su dinero —respondió—. Y le advierto de antemano, señor Harper, que no será poco.

—Tráigame la solución del acertijo y no habrá objeciones sobre tu tarifa —afirmó Harper—. Quiero saber la verdad sin importar el costo.

Se dirigió hacia la puerta. Incluso antes de que se cerrara detrás de él. Rider sabía que aceptaría la oferta del abogado. En seguida reunió el fajo de papeles. Estaban escritos a lápiz, como en forma de diario, aunque sin fecha. Con ellos había un recorte de algún periódico, que, como el manuscrito, no tenía fecha.


La extraña historia de Carter Cope.

Estoy escribiendo esto en la Casa de los Muertos Vivientes. No la conozco con otro nombre. Quizás, en algún momento, alguien encuentre este manuscrito y le explique mi extraño destino al mundo. Ahora... pero estoy divagando. Permítanme comenzar por el principio, por difícil que sea.

Había algo siniestro y premonitorio en el viejo y laberíntico lugar que me hizo estremecer a mi pesar. A cada lado había un grupo de árboles de hoja perenne a través del cual cada soplo de viento errante se agitaba y gemía como un alma perdida en el purgatorio. A unos escasos cien metros a la derecha había una pequeña iglesia en ruinas, cubierta de enredaderas, con la aguja podrida y caída, y con las ventanas rotas. A su alrededor había una maraña de maleza a través de la cual pude vislumbrar tumbas hundidas y lápidas caídas.

La casa era una enorme pila de ladrillos, piedra y madera. Se apoyaba contra la ladera de la pequeña colina como un monstruo rechoncho y desgarbado en medio de una jungla fétida. El cementerio cubierto de maleza se extendía a través de los árboles casi hasta el camino de losas que serpenteaba a través de una masa de enredaderas y arbustos de lilas raquíticas que llenaban el patio delantero. Había algo inquietante e irreal en el lugar.

Rodeando el feo conjunto había una valla de hierro alta, con los piquetes afilados en la parte superior.

Abrí la reja chirriante y entré, solo para dar un salto hacia atrás con una exclamación de miedo cuando la cabeza y los hombros de un hombre aparecieron de repente de un pequeño grupo de arbustos. Era un tipo enorme, grosero, con la barba negra y enredada; el cabello, que le caía por debajo de la frente, era largo y enmarañado. Por un instante me miró con una sonrisa idiota en su rostro, mientras yo le devolvía la mirada sin comprender.

—Estoy buscando al doctor Darius Lessman —le informé cortésmente—. ¿Vive aquí?

El hombre no emitió ningún sonido. Ni un destello de comprensión pasó por su rostro de buey. Repetí la pregunta. Durante lo que parecieron siglos, se quedó allí, mudo, mirándome. Luego, con un sonido extraño, gutural, se volvió y desapareció entre los matorrales.

Tuve la tentación de dar media vuelta y retirarme a mi coche, que estaba junto a la carretera a cierta distancia. De nuevo me invadió el presagio del desastre. A pesar del hecho de que el día había sido caluroso, sentí que los escalofríos recorrían mi columna vertebral. Ojalá hubiera cedido a ese sentimiento y me hubiera ido de ese lugar maldito en ese mismo momento. En cambio, maldiciéndome a mí mismo por ser un tonto, seguí por el camino empedrado.

La puerta ante la que me encontré era de roble tachonado de clavos, ennegrecida por el tiempo y flanqueada a ambos lados por estrechos paneles de vidrio de color oscuro. No había señales de timbre o llamador. Doblando mi puño, golpeé sobre la madera.

No hubo respuesta. Golpeé de nuevo, maldiciendo en voz baja. Tenía la sensación de que había alguien al otro lado de los paneles, aunque no escuché nada. Levanté los nudillos para golpear de nuevo, cuando la puerta se abrió una pequeña rendija y un ojo me miró. Abrí la boca para hablar, cuando el ojo se apartó de repente. Una cadena traqueteó. Luego, la puerta se abrió lentamente y me encontré mirando el rostro de una mujer joven vestida con el atuendo convencional de una enfermera.

—Disculpe la demora en responder a su llamada —dijo—. En un lugar como este, naturalmente, nos vemos obligados a tener cuidado.

Ella esperó a que yo respondiera. Era alta, más alta que la media, y de piel euroasiática. Llevaba el pelo recogido bajo su pequeña gorra. Sus miraban inquisitivamente. Eran tan profundos e insondables como lagunas límpidas.

—Doctor Lessman —logré articular.

—¿Qué necesita de él —preguntó amablemente, aunque con firmeza—. El doctor Lessman es, como sin duda sabrá, un hombre muy ocupado. Yo soy su secretaria.

Asentí y presenté mis credenciales.

—Carter Cope —dijo, mirando la tarjeta en el estuche de cuero que sostenía frente a sus ojos—. ¿Es usted detective?

—En busca de un joven llamado Priestly Ogden —me apresuré a explicar—. Me han contratado sus parientes, o más bien, su abogado.

—¿Y dónde encaja el doctor Lessman en todo eso? —preguntó ella.

—El hecho es que al buscar entre los efectos personales del joven me encontré con un trozo de papel en el que estaba escrito el nombre del médico. La investigación mostró que tiene licencia para operar un sanatorio para el tratamiento de trastornos mentales. Resuelto a buscar todas las pistas posibles, vine aquí con la esperanza de que alguna peculiaridad en el cerebro del joven lo impulsara a ponerse bajo el cuidado del médico en la creencia de que estaba temporalmente trastornado.

Ella asintió.

—No recuerdo a ningún paciente con ese nombre —dijo, pensativa—. Sin embargo, sería mejor que hablara con el médico. Entre a la oficina, por favor, y lo llamaré.

La habitación en la que me encontraba no estaba en consonancia con el exterior sombrío de la casa. Estaba magníficamente amueblada, con sus columnas de lapislázuli, y una gran chimenea de ónix y mármol. Las paredes estaban revestidas con paneles y cubiertas con cortinas de seda; las alfombras eran persas y casi invaluables. Aquí y allá colgaban pinturas raras; esparcidos por todas partes había mármoles exquisitos a tono con el resto de la gran sala.

Me dejé caer en una gran silla Luis XV y miré a mi alrededor.

—El doctor Lessman está ocupado en este momento —me informó la secretaria mientras se deslizaba hacia la habitación—. Sin embargo, le he informado de su presencia y estará con usted dentro de unos minutos.

Salió de la habitación de nuevo, cerrando la puerta detrás de ella. Escuché el clic de un cerrojo y supe que me habían encerrado dentro. Sin embargo, mi trato con los hospitales para locos había sido insignificante hasta entonces, y me consolaba con la idea de que este, quizás, era el procedimiento habitual.

Por un momento me dediqué a hacer un examen mental de la habitación y sus tesoros. Entonces, de repente, me pasó por la mente el pensamiento de que, a pesar de que el sol brillaba intensamente afuera, el lugar estaba iluminado artificialmente. Miré hacia las ventanas. Las lujosas cortinas tapizadas cubrían gruesas contraventanas de acero, bien cerradas con candado.

—¿Quería verme, señor?

Desperté de mi ensueño. El hombre que estaba frente a mí era alto y delgado. Iba vestido con una bata blanca de cirujano y el pelo negro como el carbón peinado hacia atrás. Su nariz era delgada y ligeramente arqueada, su oscura barba recortada a punta de aguja. Sin embargo, fueron sus ojos los que más me atrajeron. Eran negros y brillantes, profundamente hundidos en sus cuencas y cubiertos por espesas cejas, dando a su rostro un aspecto a la vez saturnino y satánico.

Me puse de pie de un salto con una disculpa.

—¿Es usted el doctor Lessman?

El asintió.

—Mi secretaria me dice que está buscando a un joven, Ogden, creo que dijo que se llamaba.

Mientras hablaba, me indicó que volviera a mi silla, sentándose al mismo tiempo en el lado opuesto de la mesa. Sacó de uno de los cajones un saco de tabaco para fumar y un libro de papeles y, tomando una hoja, se lió hábilmente un cigarrillo.

—¿Fuma? —preguntó, empujando un humidor de puros hacia mí.

Asentí y acepté. Esperó hasta que lo encendí, luego se sumergió en una masa de preguntas que casi me dejaron sin aliento. El hombre era un conversador brillante, examinándome tan hábilmente que en cinco minutos me dejó seco a pesar de mí mismo, aprendiendo casi tanto de mi vida pasada como yo mismo.

—Soltero, ¿eh? —dijo reflexivamente—. Me imagino que es una gran cosa para alguien cuya ocupación es tan peligrosa. La criminología siempre ha sido un pasatiempo mío. Lamento no haber tenido tiempo de estudiarlo más. Me gustaría saber qué razonamiento le llevó a creer que su hombre, Ogden, estaba aquí.

Todos somos más o menos susceptibles a los halagos. No soy diferente del hombre promedio. Le hablé de mi búsqueda del joven desaparecido y del hallazgo del papelito entre sus efectos con el nombre de Lessman escrito en él.

—Era mi creencia —dije, sacando el trozo de papel de mi bolsillo y pasándolo por la mesa al médico—, que el joven podría estar sufriendo por la creencia de que estaba mentalmente mal y que, por lo tanto, se puso bajo su cuidado.

Lessman negó lentamente con la cabeza mientras examinaba el papel que le había entregado.

—No es mi letra —dijo—. En otras palabras, señor Cope, ¿su visita aquí es simplemente uno de los mil pequeños detalles relacionados con su profesión?

Asentí.

—Al analizar cada pequeño detalle, eventualmente damos con algo que nos lleva a la solución del rompecabezas en el que estamos trabajando —respondí con algo de grandilocuencia.

—¿No tienes un compañero, un Watson, por así decir? —preguntó con un brillo en sus ojos hundidos—. Supongo que tiene uno, algún admirador que toma nota de sus triunfos y errores con la esperanza de que algún día le entregue sus hazañas a la posteridad.

Negué con la cabeza.

—Trabajo completamente solo —respondí—. Mi viaje aquí, como miles de mis otros errores, nunca será registrado por la sencilla razón de que nadie lo sabrá nunca. Nadie sabe que estoy aquí y no soy tan tonto como para contar mi error. Solo informo de mis éxitos.

Me di cuenta demasiado tarde de que mi respuesta era lo que había estado buscando. Su rostro cambió. La mirada de dignidad se borró en un instante y en su lugar apareció una mirada peculiar y malvada.

Empecé a ponerme de pie de un salto. Algo me sostuvo en mi silla como en un tornillo de banco. ¿Qué era? No sé. Tampoco lo entiendo hasta el día de hoy. Luché con todas mis fuerzas, pero en vano. Intenté hablar. Mi lengua estaba clavada en el paladar. Mi cabeza resonaba como una campana. Podía pensar y razonar, pero no podía coordinar mis músculos. Estaba paralizado.

Lessman se inclinó sobre mí un instante. Luego cruzó la habitación y abrió la puerta.

—¡Meta! —llamó bruscamente.

Entró la secretaria. Me miró una sola vez, luego se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos.

—¿Otro? —gimió—. ¡Oh, Dios! ¡No más, no más! ¡Esto es horrible, espantoso, y ha llegado lo suficientemente lejos!

Lessman extendió la mano hacia ella.

Se levantó, medio agachada, y se acercó a mi lado. Luego saltó hacia atrás de nuevo, una mirada de repulsión se extendió por su hermoso rostro.

—En otro momento —se lamentó ella—. Hoy no puedo seguir adelante.

En una de las sillas había un látigo de perro. Lessman lo agarró y lo bajó sobre sus hermosos hombros. Con el primer golpe su actitud cambió. Por un instante se encogió de miedo en un rincón. Luego, cuando volvió a golpearla, siseó una palabra. Se abrió el vestido por delante y dejó que los pliegues cayeran a su alrededor, dejando al descubierto su hermoso cuerpo. A través de la carne blanca, el cruel látigo levantó una docena de ronchas rojas.

Dio un paso más hacia su torturador. Una y otra vez la golpeó con toda la fuerza a su alcance.

La expresión de su rostro no era de dolor, sino de disfrute sensual. No pronunció ningún sonido mientras estaba allí, sus labios se separaron ligeramente en una sonrisa que mostró sus dientes relucientes, una mirada de devoción casi perruna en sus maravillosos ojos. Con un gruñido, el médico finalmente arrojó el látigo al suelo. Ella dio un salto hacia adelante y cayó de rodillas a sus pies, con los brazos levantados en actitud de súplica.

—¡Eres mi amo! —exclamó con orgullo—. Mi cuerpo es tuyo. Mi alma pertenece a Dios, pero tú eres su guardián.

Sonrió triunfalmente. Lentamente se giró sobre la punta de los pies y me señaló. Sus ojos se iluminaron. Por un instante se agachó como una pantera a punto de saltar. Luego se volvió hacia él de nuevo.

—Algo me dice que en algún lugar otro sostiene mi corazón como una perla ardiente entre sus manos, amo —se lamentó.

—Este es él —afirmó Lessman.

Su rostro cambió. Se movió hacia mí lentamente, con los brazos redondeados extendidos. Oré. Dios, ¡cómo oré! El mundo bailaba ante mis ojos. Algo estaba pasando. Mi alma estaba siendo arrancada de sus amarras. Ella presionó sus labios contra los míos. Intenté apartarla, gritar pidiendo ayuda. No pude moverme, ni emitir un sonido.

Ante mí, los ojos ardientes de Lessman se clavaron en mi cerebro. Algo parecía decirme que yo no era yo mismo, que era otra persona, alguien que había conocido y amado a esta chica en el oscuro pasado… Entonces la conciencia me abandonó.


El despertar.

Volví a la conciencia con un sobresalto. Estaba acostado en un catre, en una habitación desolada y sin muebles. El sol brillaba a través de la ventana sin cortinas. El hombre de cejas de escarabajo que había visto en el jardín en el momento de mi entrada estaba sentado en una silla rota cerca de los pies de la cama, mirándome con una sonrisa idiota.

Por un instante me quedé tumbado tratando de ordenar mis pensamientos. Entonces el recuerdo me invadió. El recuerdo de ese encuentro en el consultorio del médico. Bajé los pies al suelo y me levanté vacilante. El hombre de la frente de escarabajo soltó un grito peculiar, gutural, echó a correr y cerró la puerta tras él.

Inconscientemente, me pasé la mano por la barbilla. Mi cara estaba cubierta por la barba de un día. Sin embargo, había visitado al barbero justo antes de conducir a lo de Lessman. Eché un vistazo a mi reloj. Se había detenido. Un pensamiento cruzó por mi mente: había dormido todo el día. Me sentí mareado y cansado. Mi cerebro se negó a funcionar. Por un instante, la habitación nadó ante mis ojos. ¿Estaba soñando? No.

Me preguntaba si era un prisionero. Convocando toda mi fuerza de voluntad, me tambaleé hasta la puerta por la que se había retirado el hombre de pelo desgreñado. Estaba abierta. Salí al pasillo.

A diferencia de la habitación lujosamente amueblada donde conocí al doctor Lessman, el vestíbulo estaba vacío y sin muebles. Telarañas colgaban del techo. El suelo estaba cubierto de polvo. El papel tapiz estaba enmohecido y rasgado. A ambos lados las puertas estaban abiertas. Noté que ninguno de los apartamentos estaba amueblado. Todos tenían la misma evidencia de deserción que mostraba el salón.

Estaba en el segundo piso. Eso era evidente. Arrastré mi cuerpo cansado alrededor de la esquina y encontré una escalera que conducía hacia abajo. Descendí y finalmente salí al nivel inferior casi frente a la oficina de Lessman. La puerta estaba abierta. Entré.

El médico saturnino estaba sentado junto a la mesa, fumando, con un libro entre los dedos. Se volvió lentamente al verme acercarme, con los ojos mirando al vacío. Entonces el reconocimiento se apoderó de él y me asintió levemente.

—Tú eres... sí, eres Cope —dijo lentamente—. Siéntate. ¿Qué deseas?

—Mi libertad —respondí con amargura.

Él arqueó las cejas con aire interrogativo.

—Mi querido amigo, eres libre de irte cuando quieras —respondió casi con irritación—. Has llegado aquí como paciente voluntario en búsqueda de tratamiento.

—¿Paciente? ¿Tratamiento? —dije—. ¿Qué quiere decir?

—Precisamente eso —respondió—. Su factura se paga con un mes de anticipación. Naturalmente, no le reembolsaré su dinero, aunque no me importaría retenerlo contra su voluntad.

Una vez más, la habitación nadaba ante mis ojos. ¿Estaba loco? ¿Fue todo el horrible asunto sólo la alucinación de una mente desordenada? ¿Había soñado con la paliza que le había infligido a la chica, Meta? ¿El episodio que siguió a mi entrada fue solo una parte de mi delirio? Me volví hacia él, suplicante.

Mi rostro debe haber reflejado el estado de mi mente. Señaló la puerta. Caminé hacia adelante y, girando la perilla, miré hacia afuera. Algo, un poder extraño, me detuvo. Traté de romperlo. Imposible. Como un cachorro azotado volví a entrar en la habitación. Mi mente estaba tan clara como un cristal. Lo juro. Me di cuenta de que era libre de irme, que era mi deber dejar el lugar infernal lo antes posible, que debía llevarme a los oficiales adecuados y registrarlo desde el sótano hasta la buhardilla. Sin embargo, no pude moverme. No podía cruzar ese umbral más de lo que podía volar.

El sudor estalló en mi frente en grandes gotas. Me volví hacia una silla y me dejé caer en ella con cansancio. Lessman me miró burlonamente, con una sonrisa cínica flotando sobre su rostro diabólico. Abriendo un cajón, sacó un papel y me lo pasó.

—Debe comprender, señor Cope, que aunque su compromiso es voluntario, debo tener algo que mostrar en caso de que me pregunten —dijo en voz baja—. Por favor, firme su nombre en la línea de puntos al final de la página.

Tomé la pluma que me ofreció. Algo pareció agarrar mis dedos. Luché, pero en vano. A mi pesar, estampé mi firma al documento.

Han pasado varios días desde que escribí lo anterior. Ahora soy como un animal. Mi cabello está enmarañado y descuidado, mi barba enredada y despeinada. Paso la mayor parte de mis horas de vigilia en una especie de trance en mi habitación desolada y sin muebles que, al parecer, comparto con el hombre de las cejas de escarabajo. Duerme en el suelo, acurrucado como un perro. A veces me pregunto si es Ogden. Le he preguntado varias veces, pero no me responde. Parece no tener el poder de comprender. Es un autómata. Él trae la comida a nuestra habitación y la devoramos como bestias hambrientas. Soy casi tan salvaje y descuidado como él.

He intentado varias veces salir de este maldito lugar. Se me permite correr por el patio y no parece haber ningún guardia. Pero cada vez que me acerco a la puerta algo parece arrastrarme hacia atrás. Estoy atado por cadenas invisibles.

Veo poco a Lessman y menos a Meta. No parezco un prisionero, pero, como dije antes, no tengo la fuerza de voluntad para irme. El otro día encontré este cuaderno en una de las habitaciones. Afortunadamente, mi lápiz todavía estaba en mi bolsillo. Lessman, al pasar, notó que escribía y miró por encima del hombro. Se rio entre dientes, medio para sí mismo, pero no dijo nada. Como no hizo ninguna objeción, continuaré.

Últimamente he estado sujeto a sueños, pesadillas extrañas y horribles. Me asustan. Déjame explicarte. Ayer hubo un funeral en el pequeño cementerio que ya he descrito justo en el límite de este extraño lugar. Lo miré desde la ventana mientras bajaban tiernamente el ataúd a su lugar de descanso final.

¡Lugar de descanso final! ¡Dios, qué burla! Me pregunto si realmente ocurrió. Soñé con eso anoche. ¡Uf! ¡Qué realista era ese sueño! Estaba en el cementerio con el hombre de la cejas de escarabajo. Estábamos armados con palas. Lessman estaba cerca y dirigía las operaciones mientras Meta sostenía la linterna con la que trabajábamos. Abrimos la tumba y sacamos el cuerpo del ataúd —un hombre joven y guapo— luego volvimos a llenar la tumba y llevamos el cadáver a la casa. Todo parecía horriblemente real.

Esta mañana, cuando me desperté, estaba cansado y todos los músculos de mi cuerpo me dolían como por un ejercicio no acostumbrado. Apenas me moví de mi cama en todo el día. Empiezo a preguntarme si lo de anoche no fue un sueño.

No, no estoy loco. Sin embargo, Lessman dice que vine aquí y le pedí que me tratara. Debo haber estado sufriendo de amnesia, porque no recuerdo nada salvo lo que he escrito aquí. Sé que estoy tan cuerdo como siempre, excepto por las alucinaciones y la incapacidad de obedecer mi propia voluntad. Pero si continúo soñando estas pesadillas pronto seré un loco delirante.

Tuve otro sueño anoche. ¡Dios, fue diabólico! Intentaré describirlo. Lessman parecía estar llamándome. Salté de mi sofá y me apresuré a través de los pasillos a oscuras hasta una enorme habitación en la parte trasera de la casa. La puerta estaba abierta y el lugar estaba brillantemente iluminado. Lessman, vestido con una bata de cirujano, me estaba esperando. Meta, con su elegante atuendo de enfermera, estaba un poco atrás. Ella sonrió cuando entré y asintió amistosamente.

La habitación estaba acondicionada como el interior de un hospital. En el centro había una mesa de operaciones. Había frascos y estantes llenos de botellas y cajas con instrumentos brillantes. A un lado había una puerta. Lessman me ordenó que la abriera. Su voluntad era la mía. Una corriente de aire frío me recibió cuando entré. Era como una casa de hielo, solo que el aire estaba muerto y mohoso. Me sentí como dentro de una morgue. Era lo mismo: había una sensación de muerte incluso en la atmósfera.

Se encendió una luz eléctrica. Era una morgue. Sobre losas de mármol yacían varios cadáveres con sus ropas funerarias. Más cerca de la puerta estaba el joven que había soñado en la tumba la noche anterior. A la orden de Lessman tomé la forma fría en mis brazos, la llevé a la habitación exterior y la dejé en un sofá cubierto de cuero.

Cuando me enderecé, vi fugazmente los ojos de Lessman. Miraron a través de mí como rayos X. Escuché su voz llamándome desde una gran distancia, diciéndome que me separara de mi cuerpo. Luego vino una sensación de disolución. Una y otra vez me parecía estar cayendo por el espacio, cayendo, cayendo, cayendo. Me agarraba a mí mismo con un tirón, de pie en otra parte de la habitación, pero mi cuerpo estaba frente a Lessman. Me quedé perplejo. Justo cuando mi alma parecía dejar mi cuerpo, me encontré mirando a Lessman a los ojos.

—No puedo hacerlo esta noche —le oí murmurar a Meta—. Sin embargo, no es culpa del sujeto, sino mía. Por alguna razón, no puedo concentrarme. Tendrás que ser tú de nuevo .

Mi último recuerdo fue escuchar a Meta sollozar.

Me desperté de nuevo con la misma sensación de lasitud e inercia.

¡Dios! No fue un sueño. Ahora todo está claro para mí. Tengo la satisfacción de saber, sin embargo, que no estoy loco. Hoy, al merodear por la casa, encontré abierta la puerta del quirófano o laboratorio. Entré. El lugar estaba desocupado. El interior era tal como había aparecido en mi visión, sueño o lo que fuera. Al otro lado de la habitación estaba la puerta que se abría a la pequeña morgue. Sabía que dentro estaban los cuerpos de los muertos. Ya tenía mi mano en el pomo cuando escuché las voces de Lessman y Meta en la oficina. Salí disparado y estaba a la mitad de las escaleras cuando aparecieron.

¿Qué es este osario? ¿Cuál es la trama espantosa en la que parezco ser una de las figuras centrales?


Una noche de terror.

Mi mente está en una neblina mientras escribo estas líneas. Algo me ha sucedido, algo tan extraño, tan increíble que apenas puedo creerlo. ¡No soy yo mismo! ¡Soy otra persona! Soy el hombre muerto que fue enterrado en el pequeño cementerio contiguo a este lugar asqueroso, el mismo que desenterramos con el hombre de cejas de escarabajo. Y, sin embargo, soy... debo ser... Carter Cope. Pienso como Carter Cope. Mis acciones son las de Carter Cope. ¡Dios! ¡Es horrible! No hay nadie con quien pueda hablar. Debo escribir o mi mente ya tambaleante se quebrará por completo.

Digo que soy Carter Cope y, sin embargo, soy otro. El cuerpo de Carter Cope yace en la pequeña morgue en la parte trasera del laboratorio del doctor Lessman. Lo he visto con mis propios ojos. Sin embargo, soy Carter Cope. Estoy aquí. ¿Pero soy yo? ¿Por dónde comenzaré este capítulo?

Anoche escuché la voz de Lessman llamándome nuevamente. Sin embargo, no había voz salvo en mi propia mente. Deben haber sido las ondas de pensamiento de su maravilloso cerebro golpeando contra mi subconsciente. Me levanté de mi humilde catre y obedecí su orden. Él y Meta (¡malditas sean sus almas inmundas!) estaban en el laboratorio. Ella estaba vestida con una especie de material delgado y transparente a través del cual se mostraba cada curva de su hermoso y sensual cuerpo. Cuando entré, me miró con una mirada de indescriptible añoranza. Sus labios rojos sangre estaban entreabiertos sobre sus dientes nacarados; sus maravillosos ojos estaban llenos de lánguida pasión. Dio un paso hacia mí, sus suaves y blancas manos extendidas seductoramente, sus redondeados pechos subían y bajaban con cada respiración.

Lessman se volvió y le hizo un gesto de espaldas al sofá en el que había estado medio reclinado. Lessman es mi dueño. Me posee en cuerpo y alma. Yo soy suyo. Ahora sé esto. Deseaba a esta mujer, pero no hice ningún movimiento hacia ella porque él quería lo contrario. A su orden, me aparté de esta rara criatura de carne y hueso hacia la puerta de la pequeña morgue y avancé tambaleándome con el cuerpo rígido y helado del joven al que había desenterrado. Lo coloqué sobre la mesa de operaciones, luego miré a mi maestro, a Lessman, inquisitivamente.

—Mis experimentos contigo no han sido del todo exitosos —dijo con su voz tranquila y baja—. En algún lugar, en lo profundo de tu mente subconsciente, tu voluntad está luchando. Para que mi experimento sea un éxito debes ser complaciente.

»Estoy, amigo mío, intentando cambiar la ley establecida por el Creador de todas las cosas. Estoy intentando la transferencia del alma. ¡Piénsalo! Para aquellos que conocen mi secreto, no habrá tal cosa como la muerte, sólo un paso de una forma a otra cuando el cuerpo se desgaste, solo necesitas desecharlo y asumir otro, y así hasta el final de los tiempos.

»La ciencia, amigo mío, nos ha demostrado que la vida, el alma, la esencia del ser, pesa sólo la parte infinitesimal de una onza. Sin embargo, sin ella, dejamos de ser. El joven cuyo caparazón carnal yace ante ti pesa prácticamente lo mismo que en vida. El mismo entramado de huesos sostiene su carne. Sin embargo, él no es nada. ¿Por qué? Porque falta lo que llamamos vida. Es esa chispa que, con tu ayuda, propongo darle por el momento.

»Una y otra vez lo he logrado con la ayuda de Meta, pero nunca con otro. Mírala, amigo mío. ¿No es hermosa? Es tuya si me ayudas. Deja que tu mente subconsciente permanezca dormida hasta que atrape tu alma. ¿Lo harás? Vale la pena ganar el premio.

¡Tonto! ¡Qué tonto era! ¿No sabía que Meta no era más que el cebo para llevarme a la trampa? Ella me sonrió. Algo dentro de mí se rompió.

Yo era un vapor, un vapor delgado, transparente, parecido a la niebla. Mi cuerpo, el cuerpo de Carter Cope, yacía tendido en el suelo en el medio de la habitación mientras yo, es decir, mi aura, flotaba, como un fantasma, sobre él. Lessman se inclinó hacia adelante, sus ojos brillaban como fuegos gemelos del infierno, sus brazos estaban extendidos hacia mí.

Podía pensar. Mi cerebro estaba despejado. Me di cuenta de todo lo que estaba sucediendo, pero no podía resistir la llamada de mi amo. Su voz me llamaba, ordenándome entrar en el cuerpo del muerto en la mesa de operaciones. Ya no luché. Estaba demasiado lejos para luchar contra sus órdenes.

Negrura… Oscuridad egipcia… la oscuridad de las regiones infernales. Y el frío, el frío helado de la muerte... el frío ártico de la carne muerta y congelada…

Sentí un estremecimiento de vida latiendo por mis venas. Luego vino una sensación de delicioso calor. Me levanté.

Tan cierto como que hay un Dios en el cielo, yo era el hombre muerto. Sin embargo, no estaba muerto. Estaba vivo.

Mi propio cuerpo desechado, el cuerpo de Carter Cope, yacía ante mí como una prenda sucia. Casi sonreí cuando noté un pequeño desgarro en la pernera de los pantalones que me había hecho con una zarza el día anterior. La ropa que llevaba ahora era nueva, la ropa de la tumba del muchacho que acababa de ser enterrado.

Lessman se volvió hacia Meta. Su voz temblaba de emoción cuando se dirigió a ella.

—¡Éxito! ¡Éxito al fin! —exclamó triunfalmente—. Este, entonces, es el comienzo del fin de mis largos años de trabajo.

Se inclinó hacia adelante y le susurró algo al oído. Ella se echó hacia atrás con un pequeño gesto de disgusto. Sacó el látigo de debajo de la bata y la golpeó en los hombros. Con el primer golpe, cayó de rodillas ante él, con los brazos extendidos y la cara vuelta. En sus ojos había una mirada de felicidad extática.

La prenda espectral cayó de sus hombros redondeados, a través de los cuales el cruel látigo levantó una cruz de marcas. La sangre goteaba de ellas en pequeños chorros sobre la carne suave y blanca.

—¡Mas, mas! —suplicó en voz baja y suave—. Soy Laela, sacerdotisa de Isis. ¿Me equivoqué al amar, a pesar de que haber hecho el voto de celibato? Dime, oh Sumo Sacerdote, antes de recibir tu azote nuevamente.

La arrojó lejos de él como si fuera inmunda. Ella se puso de pie lentamente y se echó la prenda sobre los hombros ensangrentados. Dio un paso hacia él con los brazos extendidos.

—Golpéame, mi amo —se lamentó—. Pero no me alejes de mi amado.

La golpeó de nuevo. Ella se volvió hacia mí. Algo, no sé qué era, pasó sobre mí. Ella me estaba llamando. Sin embargo, no emitió ningún sonido. Avancé hacia ella. Ella me reconoció. Por un instante nos quedamos parados frente a frente. La miré a los ojos. Entonces nuestros labios se encontraron en un beso largo, muy largo.

Me invadió una sensación de felicidad. Las palabras no pueden describirlo. Miré por encima del hombro de Meta. Los ojos de Lessman estaban sobre mí. Mi cuerpo temporal pareció desaparecer, dejando a mi alma sola para encontrarse con la de Meta.

De nuevo me invadió una sensación de nada. Luego vino una extraña flotabilidad..

¡Yo era Meta Varietta!

Ante mí estaba el hombre muerto, no muerto, pero palpitando con vida. Sus brazos estaban alrededor de mí. Me abrazó, acercándome tanto que mi cara se presionó contra su hombro.

Yo era dos seres: yo y Meta.

¿Cómo puedo explicarlo? Yo era Meta Vanetta. ¿Pero era Meta Carter Cope? ¡Imposible! Todavía era Carter Cope. Sin embargo, el cuerpo de Carter Cope yacía en el suelo donde lo había dejado cuando entré en el caparazón del hombre que estaba frente a mí. Tenía las manos manchadas de sangre, sangre de los apestosos cortes hechos por el látigo en los hombros de Meta.

¡Los ojos de Lessman! Una vez más, ese sentimiento de olvido, o de nada, me invadió. Estaba a la deriva… a la deriva por el espacio… a la deriva…

Desperté. Estaba apoyado contra la pared, balanceándome. Meta estaba al otro lado de la habitación. Ella estaba inclinada hacia adelante, sus ojos mirándome, hambrientos, sus brazos blancos extendidos hacia mí suplicantes.

—¡Amado!

Luego la nada de nuevo.

¡Gran Dios! No puedo entenderlo.

Cuando desperté estaba acostado en mi cama de paja. Jake, el hombre de cejas de escarabajo, se sentó cuando me escuchó moverme y me miró asustado. Luego salió corriendo de la habitación. Sus ojos estaban muy abiertos por el terror.

No hay espejo por el cual pueda confirmar mis pensamientos. ¡Pero sé que no soy Carter Cope! ¡Soy el hombre muerto que sacamos de la tumba! Jake lo sabe. Por eso huye de mí.

Mis manos están cubiertas de sangre, ¡la sangre de Meta!


Danza de los muertos.

Han pasado dos días desde que escribí la última entrada en este relato de mi vida aquí en esta diabólica Casa de los Muertos Vivientes. ¡La Casa de los Muertos Vivientes! ¡Qué título sería ese para una historia! Pero el autor estaría encerrado el resto de su vida en algún asilo. Nadie creería que era otra cosa que los vagabundeos de una mente enferma.

Lessman me está tratando mejor ahora, ya que su experimento conmigo resultó ser un éxito. Me sacaron de la habitación que compartía con Jake y ahora estoy alojado en un apartamento en el primer piso. Aquí están todas las comodidades de la vida moderna salvo una: una navaja. Hay una bañera. Puedo mantenerme limpio. Y también me han dado ropa limpia. Lessman insiste, sin embargo, en que debo dejar que me crezca la barba y que no me corte el pelo. Probablemente se imagina que una masa enmarañada de bigotes y cabello largo y oscuro resultará un disfraz eficaz si alguien que me conoce me ve desde la carretera. Y tiene razón. Hay un espejo en la habitación que ocupo ahora. Lo miré ayer y casi no me reconozco en el hombre alto, demacrado y con bigotes que me miraba.

Lessman es un demonio encarnado. Creo que se ha vendido al gobernante del infierno. Él sabe que amo a Meta y que no puedo oponerme a su voluntad. Y yo, pobre tonto, sé que Meta no es más que su herramienta. Ella también lo sabe. Ella me ama, pero aun así obedece cada una de sus órdenes. Diariamente, cada hora, siento que mi fuerza de voluntad se debilita cada vez más. El cerebro del doctor Darius Lessman es mi cerebro. No puedo pensar por mí mismo cuando él quiere lo contrario. Por eso este relato es tan incoherente. Sólo cuando él lo desea puedo moverme. Pasa el tiempo y no lo sé. Ni siquiera sé qué día del mes es este. No me importa.

Me pregunto por qué Lessman me permite continuar escribiendo. Alguien puede encontrar este cuaderno. Sin embargo, no parece preocuparse. Meta cree que él sabe que esta efusión de mi alma es el vínculo que me une a la cordura, la válvula de escape que evita que me vuelva totalmente loco. Quizás ella tenga razón. Lessman es un hombre maravilloso. Me gusta cada vez más, por muy diabólico que sea.

He tenido varias conversaciones con Meta. Ella es una mujer en un millón. Ella está más, mucho más, subordinada a la voluntad de Lessman que yo. Por alguna razón, cuando estamos juntos, retira su poder sobre nosotros y nos permite pensar por nosotros mismos. Pero ¿lo hace? ¿O simplemente pensamos que ese es el caso? Su mente está en blanco sobre muchas cosas que han sucedido. No recuerda sus constantes afirmaciones, cuando estaba bajo la influencia del látigo de Lessman, de que era la reencarnación de alguien, una sacerdotisa muerta hace mucho tiempo de algún extraño culto egipcio. Sin embargo, dice que siempre sale de esos hechizos sintiéndose optimista y alegre. Dice que no sufre ningún dolor cuando el cruel látigo le corta la carne, sino que, al contrario, cada golpe la llena de un extraño e incontrolable amor por su torturador. No una pasión sexual, sino más bien el amor de un neófito por el Creador. A modo de experimento, me pidió que la golpeara; en varias ocasiones he intentado infligirle dolor corporal, pero el efecto es diferente del que produce cuando Lessman la golpea. Incluso un leve golpe de mi mano la lastima y hace que se aleje de mí.

No recuerda otra vida que con Lessman. Lleva tanto tiempo con él que casi forma parte de él. No sabe cuántos años tiene, ni tiene ningún recuerdo de una infancia. Lee y escribe con facilidad y es una música consumada. Sin embargo, dice que nunca asistió a la escuela y no sabe dónde obtuvo sus logros.

Ella cree que Lessman ha dividido su alma y que la mitad ocupa su cuerpo. Cree que la otra es muy mayor. A veces, dice, tiene recuerdos confusos de un país lejano, de otra vida en medio de flores de loto y sacerdotes y sacerdotisas con túnicas. Nunca ha estado en Egipto, pero está segura de que sueña con Egipto. Cree que ocupa el cuerpo temporal de otra persona, pero que su alma es tan vieja como el tiempo mismo.

¿Quién es Darius Lessman? Meta no lo sabe. Dentro de su cráneo se concentra la sabiduría de las edades. Sus posesiones más preciadas, dice ella, son dos cajas: en una está el cuerpo momificado de una sacerdotisa de Isis y en el otro el de un sacerdote de ese extraño culto egipcio de antaño. Los mantiene bajo llave en una bóveda. Meta cree que él es la reencarnación de ese sacerdote y que ella es la sacerdotisa. ¿Quién sabe?

Meta y yo hemos intentado dos veces escapar de este extraño e impío lugar. En ambas ocasiones hemos llegado hasta la puerta, pero no hemos podido atravesarla. El hechizo de Lessman es demasiado fuerte para que podamos romperlo.

Lessman rara vez se muestra de día. Es un habitante de la oscuridad. Lo imagino en mi mente como confraternizando con los murciélagos y búhos y otros habitantes de la noche. Solo por la noche lo vemos, salvo en raras ocasiones. Meta dice que puede trabajar mejor con sus encantamientos infernales después de la puesta del sol.

Esta tarde lo buscamos en la casa. No estaba ni dentro ni en el terreno. Incluso nos asomamos a la pequeña morgue. La oficina estaba desocupada. La puerta de la pequeña bóveda estaba abierta y miré dentro. Los dos sarcófagos estaban contra la pared. Me di la vuelta y, un instante después, Lessman cruzó la puerta. Sin embargo, estoy dispuesto a jurar que, salvo por las dos cajas con las momias, la bóveda estaba vacía. Estaba demasiado asombrado para hablar. Él tampoco dio ninguna explicación.

Más tarde hablé del asunto con Meta. Ella cree que Lessman tiene el poder de proyectarse a sí mismo en el cuerpo de la momia y que de esa manera toma el descanso que necesita. Si es así, ¿dónde deja su cuerpo mortal? Hemos registrado la casa y no hemos encontrado nada. Meta dice que no recuerda haberlo visto nunca dormido. ¿A dónde desaparece durante el día a menos que esté dentro de la caja de la momia?

¡Más horror! ¡Un baile de muertos!

Lessman está teniendo éxito mucho más allá de sus sueños más locos. Dice que yo fui el punto de inflexión en sus experimentos.

Anoche nos ordenó a Jake ya mí que trajéramos de la morgue los tres cuerpos que contenía. Estaba el joven cuya forma había asumido antes y una chica joven y hermosa. También había un hombre joven, rubio, con el cuello cortado de oreja a oreja. En estos caparazones transfirió las almas de Meta, Jake y yo. Luego, con la música de una radio, como si estuviésemos en el salón de uno de los mejores hoteles de Nueva York, nosotros, los muertos, bailamos.

Durante horas bailamos y retozamos mientras nuestros propios cuerpos yacían desparramados, como prendas desechadas en el suelo. ¡Dios! Es horrible pensar en ello ahora bajo la clara y brillante luz del mediodía. Anoche fue diferente.

Meta asumió el cuerpo de la chica, yo el del joven que habíamos robado del cementerio, mientras que Jake asumió la forma temporal del hombre de la garganta cortada.

Que Jake es Priestly Ogden es ahora una certeza. Me lo dijo él mismo mientras la orquesta descansaba entre bailes y bailes en esa lejana estación de radio. Sin embargo, su historia es tan extraña, tan increíble, que apenas sé cómo contarla.

Lessman lo mató. El corte en su garganta lo hizo una navaja que le atravesó la tráquea y la yugular. ¡Piénsalo! Un hombre con el cuello cortado de oreja a oreja, bailando, retozando, brincando al son de una orquesta moderna que toca Betty Coed; una orquesta cuya música nos llegó a través del aire sobre las invisibles ondas sonoras.

Lessman lo atrajo a este lugar. La chica estaba aquí, la chica cuya forma había asumido Meta. Al pasar por delante de la casa, Ogden la vio en el patio y, al detenerse, entabló conversación con ella. Se había enamorado a primera vista. Lessman, que apareció de la nada, lo había invitado a regresar. Así fue como le entregó el papelito con su nombre. Regresó al día siguiente. Más tarde, cuando estaba bajo el hechizo de Lessman, descubrió que estaba enamorado de una mujer muerta, una chica que había sido arrebatada de la tumba seis meses antes y cuyo caparazón albergaba el alma de Meta.

Dentro de la morgue yacía el cuerpo de Jake. Noche tras noche, Lessman trabajó con Ogden en un esfuerzo por forzar su alma en la arcilla fría, pero sin éxito. En un ataque de ira, había matado a su víctima.

Luego, cuando el alma de Ogden abandonaba su caparazón, Lessman la confinó dentro del cuerpo de Jake, el imbécil. Todo esto me dijo, y más, mientras estábamos allí esperando a que la orquesta tocara otra melodía. Sí, es horrible, demasiado horrible para mencionarlo, ahora que estoy temporalmente fuera del hechizo de la mente maestra. Pero anoche fue diferente.

Lessman estaba satisfecho con el éxito del experimento de anoche. Tiene un regalo reservado para nosotros, dice. Nos contó eso anoche, después de habernos despojado de los cuerpos de los muertos y haber asumido nuestras propias formas, nos lo dijo después de que hubiéramos llevado los cuerpos fríos y desnudos a la lúgubre morgue.

Un grupo de obreros erigió una lápida sobre la tumba del joven cuyo cuerpo robamos del cementerio. Su nombre es John Reid. Tenía veintiséis años. Está grabado en la losa de mármol.

¡Si supieran la verdad!


El alma robada.

Debo escribir. Si no lo hago, me volveré loco. Ya siento que mi razón se tambalea. Anoche ayudé a Lessman a robar un alma. A los ojos de Dios y de los hombres, soy tan criminal como él. Sin embargo, ¿lo soy? Lo que hice fue a su dictado. No tengo voluntad propia. Sería un buen caso para los tribunales, algo para que los jueces y abogados eruditos hablaran y deliraran hasta el día del juicio final.

¿Cómo puedo describir lo que hicimos? Sé tan poco de psicología, de filosofía, de teología. Me resulta difícil escribir de forma inteligente. Baste decir que es la teoría de Lessman, hasta donde entiendo, que la doctrina de la reencarnación es correcta. Las almas, dice, nunca mueren, sino que siguen cambiando los cuerpos viejos por nuevos tan rápidamente como se gasta el caparazón antiguo. Cree que hay tantas personas en el mundo ahora como al principio, ni más ni menos. Dice que no existe la nada. La materia muere, se descompone y regresa a la tierra de donde proviene. El globo en el que vivimos pesa tanto como cuando fue creado. Una onza más lo desequilibraría; una onza menos haría lo mismo. Así como el agua se evapora, se congela y regresa a la tierra en forma de granizo, nieve y lluvia, él cree que las almas abandonan un caparazón y vuelven a ocupar otro mientras el cuerpo vuelve al polvo.

Su idea es que el alma puede seguir y seguir de una manera diferente, cambiando su lugar de residencia antes de que ocurra esa cosa extraña llamada muerte. Puede extraer el alma y amoldarla a sus propias necesidades, pero en su opinión siempre debe tener un lugar para vivir. Hasta que no se encuentre tal morada, el alma está condenada a vagar por el espacio, un espectro o, como lo llamamos, un fantasma.

Anoche tomamos unas vacaciones. Lessman obtuvo un automóvil de alguna fuente desconocida. Nos llevó a todos. ¿Pero fuimos nosotros los que ocupamos los asientos? No lo sé. Mi propia alma ocupó el caparazón de John Reid. Jake estaba en su propia forma, pero ahora sé que es Priestly Ogden. El ego de Meta se transfirió al cuerpo de la novia de Ogden. La chica muerta se llamaba Nona Metzgar, nos ha dicho. ¿Por qué no nos permitió usar nuestras propias formas terrenales? Reuní el valor suficiente para preguntarle. Dijo que era para asegurar nuestra seguridad en caso de que nos vieran. En otras palabras, se sabía que Jake, Nona y el joven Reid estaban muertos. ¿Quién, entonces, creería la historia de cualquiera que afirmara haberlos visto?

Nos dio ropa nueva. Él mismo asumió el caparazón de Priestly Ogden y tomó el volante. El horrible corte en su garganta se veía justo por encima del cuello de su camisa. ¡Uf! Me estremezco incluso ahora al pensar en ello. ¡Imaginen a un hombre con la garganta cortada de oreja a oreja conduciendo un automóvil ocupado por muertos vivientes!

En las afueras de una ciudad, a una docena o más de millas de distancia, había un cementerio. Aquí paramos. Lessman, que evidentemente se había apostado con anticipación, abrió el camino a través de la oscuridad hacia una tumba reciente. Jake y yo lo seguimos con las palas mientras Meta aparecía en la parte trasera con una linterna. Caía una llovizna constante. Si no hubiéramos estado muertos, el trabajo de desenterrar el ataúd habría sido lamentable.

Un sonido entre los arbustos nos detuvo repentinamente. Un instante después, media docena de hombres salieron corriendo de la maleza. A la orden de Lessman, pusimos manos a la obra. Nos gritaron una orden. Luego, cuando no paramos, dispararon una andanada. El rango estaba cerca y no podían fallar. Una docena de balas atravesaron nuestra carne muerta. Pero, ¿de qué sirve disparar balas de plomo en el cadáver de un hombre que ya está muerto? Nos reímos de solo pensarlo. El infierno de nuestra alegría hizo que se detuvieran. Uno de ellos estaba casi encima de nosotros. Al oír nuestra risa, dirigió el haz de su linterna hacia nosotros. A Lessman le dio en la cara. Echaron un vistazo al espantoso corte en su garganta. Dejaron caer los brazos y echaron a correr mientras nosotros regresábamos a nuestro coche y escapamos.

Condujimos bajo la lluvia otra docena de millas o más, y finalmente llegamos a otro gran cementerio. Esta vez, sin embargo, Lessman no se detuvo en el borde del terreno, sino que atravesó la puerta y subió por uno de los caminos de grava que se curvaban a través de los árboles y el follaje cuidadosamente recortado. Cinco minutos después estábamos frente a un gran mausoleo. Por un instante tanteó la cerradura; luego se abrieron las puertas enrejadas y entramos.

Había una docena de ataúdes en los nichos. Se volvió hacia el más cercano y le ordenó a Jake que lo abriera con su pala. El imbécil obedeció. Un instante después, contemplábamos el rostro inmóvil y frío de un hombre de mediana edad.

El amanecer no estaba muy lejos, así que nos vimos obligados a trabajar rápido. Lessman sólo tardó un instante en proyectar su alma —o ego, si lo desea— de Ogden a la del hombre del ataúd. Un instante después, este último se levantó de su estrecho catre, la sangre vital fluía por sus venas.

Por orden de Lessman, recogimos el cuerpo de Priestly Ogden y lo colocamos en el ataúd. Luego salimos a hurtadillas al aire exterior.

Una vez más estábamos destinados a ser interrumpidos. Estábamos a punto de entrar en el coche cuando el vigilante se apresuró a doblar la esquina de la enorme bóveda. Vislumbró el auto y, al mismo tiempo, las puertas abiertas del mausoleo, y nos gritó una orden de detenernos.

No prestamos atención a su pedido. Nos dirigió el haz de luz de su linterna tal como lo había hecho el hombre del otro cementerio.

Cuando la luz golpeó a Lessman directamente en la cara, el sorprendido vigilante lanzó un grito de horror. ¡Cuál debe haber sido su asombro al ver a un hombre a quien había ayudado a colocar en la tumba solo unos días antes, sentado al volante de un automóvil frente a su último lugar de descanso! Lessman se rió, una risa infernal y diabólica. El hombre se volvió y huyó. Lo oímos trepar por los arbustos y la maleza, aullando de terror. Lessman encendió el motor y, una hora después, volvimos a entrar en nuestros propios cuerpos.

Al comienzo de este capítulo dije que había ayudado a Lessman a robar un alma. Permíteme que me explique.

Amanecía cuando llegamos al lugar que llamamos hogar: la Casa de los Muertos Vivientes. Lessman envió a Jake a algún lugar con el auto y, un momento después, asumió su propia forma.

Poco antes de las ocho en punto apareció un hombre en la puerta, un individuo alto, corpulento, bien vestido y de aspecto próspero. Lessman evidentemente había estado esperando al visitante; se apresuró a decirme lo que tenía que hacer, y ahora yo, en el papel de mayordomo, respondí a la llamada e hice pasar al hombre a la oficina.

No vi lo que pasó entre el médico y el visitante. Solo sé que, quince minutos después de haber entrado en la casa, Lessman volvió a llamarme para que lo ayudara, esta vez para llevar al extraño al laboratorio. El pobre diablo no estaba muerto. Su cerebro aparentemente estaba bien, pero todas sus facultades estaban paralizadas, al igual que las mías la primera vez que conocí a Lessman. Había una mirada de atractivo en sus ojos cuando entré en la habitación. Evidentemente, pensó que podría esperar alguna ayuda de mí. Pero el poder de Darius Lessman sobre mí es tan fuerte que no le presté atención.

Una vez en el laboratorio, Lessman trabajó rápido. Lentamente el espíritu abandonó el cuerpo y, flotando por un instante en el aire, entró en el caparazón del hombre de mediana edad que habíamos robado del mausoleo.

Lessman se volvió hacia mí, con una mirada de triunfo en su semblante melancólico.

—Ya puedes ver por qué quería el cuerpo —dijo con el aire de un profesor hablando a su clase—. El alma, amigo mío, debe tener un lugar de descanso o de lo contrario estará condenada a vagar para siempre. Ahora, quiero tomar prestado el cuerpo de este hombre por un día o dos. ¿Por qué? Porque debo hacer un viaje a la ciudad. Necesito dinero para realizar mi trabajo aquí, dinero y otras cosas. Este hombre es rico. Tiene influencia. Más tarde, cuando haya terminado, devolveré su alma al lugar de descanso que le corresponde y le permitiré responder por las cosas que he hecho, por las libertades que me he tomado. Pero, primero, dejaré su mente en blanco en lo que respecta a los acontecimientos ocurridos aquí. ¿Entiendes ahora?

Negué con la cabeza en silencio, todavía sin comprender.

Así como uno se despoja de un abrigo viejo, Lessman se despojó de su propia forma y entró en el caparazón del extraño. Se puso de pie y aspiró profundamente.

—¡Eureka! ¡El mundo es mío! —exclamó.

Lessman acaba de hablarme mientras escribía lo anterior.

—Escribe Finis en tu cuaderno —ordenó—. ¿Crees que te he permitido poner tus pensamientos en un papel sin tener un propósito definido en mente? Estoy apurado. Así que apresura tu trabajo.

Esta, entonces, es mi última línea. Me apresuro a despedirme.

Carter Cope.


Rider se encuentra con Lessman.

El rostro de Rider tenía una mirada extraña y lejana mientras dejaba el extraño manuscrito sobre el escritorio. De nuevo llenó y encendió lentamente su pipa, tan absorto en sus pensamientos que la llama del fósforo le chamuscó los dedos antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Lo arrojó con un insulto y tomó el recorte de periódico que acompañaba a la comunicación de Carter Cope.


¡ACONTECIMIENTOS MISTERIOSOS EN EL CEMENTERIO OAKWOOD!

Cuerpo de un hombre destacado fue robado de su tumba. El cuidador cuenta que vio al hombre muerto en un automóvil.

El cuerpo de Amos Hoskins, prominente filántropo, fue robado del mausoleo en el cementerio de Oakwood el lunes por la noche y en su lugar fue sustituido por el cuerpo de un joven llamado Priestly Ogden, quien ha estado desaparecido durante los últimos meses y que ahora, a juzgar por el estado del cuerpo, se ha determinado que se ha suicidado.

Jabez Heckwood, el cuidador del cementerio, que vive en una pequeña casa dentro de los terrenos, se despertó alrededor de las 3 de la mañana por el sonido de un automóvil que entró en el cementerio. Se vistió apresuradamente, se armó con un revólver y una linterna y se apresuró al mausoleo principal, donde notó que el automóvil se había detenido.

Llegó justo a tiempo para ver a cuatro personas, tres hombres y una mujer, que salían corriendo del mausoleo al automóvil. Les gritó que se detuvieran, al mismo tiempo que apuntaba con la linterna en su dirección. El líder del grupo de cuatro, según Heckwood, era Amos Hoskins.

En vista del hecho de que el señor Heckwood, sólo dos días antes, había ayudado a colocar el cuerpo del señor Hoskins en la tumba, que murió el jueves en su casa de 1739 South Masfield St., es innecesario afirmar que estaba muy asustado. Dejando caer la linterna y el arma, se apresuró a volver a su casa, donde telefoneó a los funcionarios del cementerio y a los miembros de la familia Hoskins.

Al llegar al cementerio, el grupo descubrió que se había abierto la cerradura del mausoleo y se había retirado el cuerpo del señor Hoskins. En el ataúd yacía el cuerpo de un joven al que le habían cortado el cuello de oreja a oreja. Según las descripciones oficiales, la policía lo identificó como Priestly Ogden, del 4519 Lenroot Ave., quien desapareció de su casa hace varios meses. Más tarde, los parientes completaron la identificación.

Lo de Ogden fue, sin duda, un suicidio.

La policía está investigando. La familia del señor Hoskins ha ofrecido una recompensa de $ 5,000 por información que conduzca a la recuperación del cuerpo y la condena de los ghouls.

***


Por un instante, Rider se sentó en silencio. Luego tomó el teléfono, descolgó el auricular y marcó un número.

—¿Lincoln Tavern? —preguntó. Luego—: Me gustaría hablar con el señor John Harper.

Un instante después se estableció la conexión. Cuando la voz de Harper resonó por el cable, Rider volvió a hablar.

—Habla Rider —dijo lacónicamente—. Estoy aceptando su comisión. Visito a Lessman mañana por la mañana.

Colgó el auricular y su rostro volvió a tener una expresión extraña y distante.

Aún faltaban dos horas para el amanecer cuando Rider, con su coche aparcado a un cuarto de milla de distancia, atravesó la maraña de maleza que rodeaba la Casa de los Muertos Vivientes y, oculto en las sombras, finalmente alcanzó su objetivo.

Había luz en una de las habitaciones de la parte trasera de la casa. Se acercó a las ventanas e intentó escuchar. Solo el silencio saludó sus oídos. Las cortinas estaban bien cerradas, sin dejar ni una grieta a través de la cual pudiera mirar.

¿Por qué le había dicho a John Harper una falsedad? ¿Por qué le había dicho al abogado que visitaría a Lessman por la mañana, solo para apresurar la visita unas dos horas? Él mismo apenas lo sabía. Asa Rider era un hombre que creía en las corazonadas. Algo, un sexto sentido vago e indescriptible, le había advertido del peligro. Había hecho averiguaciones apresuradas.

John Harper había desaparecido de su casa veinticuatro horas antes. No había dejado ninguna palabra sobre el lugar al que se dirigía, ni tampoco las cautelosas averiguaciones en la oficina del abogado le permitieron obtener información.

¿Eran John Harper y el doctor Darius Lessman uno y el mismo? ¿Era John Harper el hombre que había aparecido en la casa del horror de Lessman en las primeras horas de la mañana? ¿Era su alma la que ahora reposaba en el cadáver de Amos Hoskins mientras Lessman se enmascaraba en su cuerpo robado? ¿Lessman le había dado el extraño e increíble manuscrito escrito por Carter Cope en un esfuerzo por atraparlo? Rider creía que sí. ¿Pero por qué? El pseudo abogado había respondido él mismo a la pregunta cuando le había dicho a Rider que lo había seleccionado para la peligrosa tarea de buscar a Carter Cope.

En la parte trasera de la casa había un pequeño cobertizo. Encima había una ventana. Cope había dicho que el piso superior estaba desocupado, salvo por el hombre, Jake, y que, con toda probabilidad, estaba con los demás en la habitación iluminada.

Rider se quitó los zapatos y trepó por la celosía hasta el techo de la pequeña dependencia. La ventana estaba abierta. La levantó un poco y dejó que el haz de su linterna jugara sobre la habitación vacía. Un instante después estaba dentro.

Ahora podía oír el sonido tenue de una conversación. Tomó su revólver. Luego recordó la declaración hecha por Carter Cope. Las balas de plomo no tienen efecto en hombres y mujeres que ya estaban muertos. Con un encogimiento de hombros, se guardó el arma en el bolsillo y, abriendo cautelosamente la puerta, entró en el pasillo largo y sin luz.

La puerta de la habitación en la parte trasera de la casa estaba abierta. Bajó las escaleras y se detuvo un instante frente a la oficina que Carter Cope había descrito. La puerta estaba entreabierta, la habitación a oscuras. Dirigió el haz de su linterna aquí y allá sobre el interior palaciego. Una segunda puerta a la izquierda llamó su atención. También estaba desbloqueada. La abrió y permitió que el rayo de su lámpara disipara la oscuridad.

La pequeña habitación estaba vacía, salvo por dos cajas de momias egipcias apoyadas contra la pared.

Escuchó el sonido de unos pasos detrás de él. Se volvió, pero demasiado tarde. Una docena de luces eléctricas se encendieron cuando alguien presionó el interruptor.

John Harper estaba ante él.

Por un instante, el abogado no dijo nada. Luego dio un paso adelante, con una sonrisa de reconocimiento en su rostro.

—Ah, veo que me encontraste —se rió entre dientes—. Tiene razón, señor Rider, soy Lessman, Lessman en el caparazón de John Harper. Afortunadamente, algo, un sexto sentido, me llamó a esta habitación; de lo contrario, podría haber escapado.

Hizo un gesto hacia una silla, sentándose en el lado opuesto de la mesa. Por un instante, Rider vaciló. Luego él también se sentó.

Lessman lió un cigarrillo.

—Como dedujiste, Rider, ves que puedo leer tu mente hasta cierto punto, necesitaba otro hombre con quien experimentar. Quería un espécimen sano y limpio, un hombre cuyos hábitos fueran tales que apareciera y desapareciera con frecuencia y cuyos familiares no harían mucho escándalo si él nunca regresara.

Rió entre dientes.

John Harper escribió varios cheques hoy. De hecho, prácticamente todo el efectivo disponible está ahora en mis manos. Ahora tengo suficiente dinero para completar mis experimentos. Mañana Harper volverá a sus lugares habituales. Las últimas cuarenta y ocho horas serán un espacio en blanco para él. Lo atribuirá a amnesia temporal, guardará su pérdida y no dirá nada. Mientras tanto...

Se inclinó hacia adelante. Una sensación de inercia se apoderó del detective. Luchó contra ella en vano. Estaba paralizado.

Sus músculos se negaron a coordinarse. Los ojos del hombre en el lado opuesto de la mesa parecían perforarlo. Su cerebro estaba claro, sin perder ni un solo detalle. Convocó toda su fuerza de voluntad en un esfuerzo por resistir al otro.

A pesar del hecho de que sabía que las balas no tendrían ningún efecto sobre el hombre que estaba sentado frente a él, Rider, cuando la extraña sensación de la nada lo invadió, involuntariamente alcanzó el revólver que reposaba en su funda de cuero debajo de su brazo izquierdo. Ahora, cuando su mano cayó, sin nervios, sus dedos tocaron accidentalmente el diminuto crucifijo que colgaba, suspendido de una fina cadena de oro, alrededor de su cuello.

Por un instante cesó la influencia hipnótica de la mente maestra. Rider sintió que la sangre vital fluía por sus venas una vez más. Se puso de pie de un salto, sus dedos rasgaron los botones de su camisa mientras sacaba la pequeña cruz de su lugar de descanso sobre su corazón y la sostenía en alto.

Lessman gritó. Se puso de pie de un salto. La cerilla que acababa de encender y que estaba a punto de aplicar a la punta del cigarrillo se le cayó de los dedos insensibles.

—¡La Cruz! ¡La Cruz! —gritó con voz ronca, tambaleándose hacia atrás.

Hubo un destello. La cerilla encendida, al caer en la papelera, la había encendido. Ahora, mientras los dos hombres estaban uno frente al otro, las llamas se arrastraron hasta las cortinas de las ventanas. Un instante después, la habitación se convirtió en un infierno.

Rider, luchando por abrirse paso a través del humo y el fuego, con la pequeña cruz todavía en alto, cayó en un pequeño montón en medio del patio. Durante cinco minutos permaneció tumbado aspirando el aire fresco de la noche en sus torturados pulmones.

Desde el interior de la casa escuchó gritos. Luego silencio.

La puerta se abrió. Lessman, tambaleándose bajo el peso de dos cajas de momias, atravesó la puerta rodeada de llamas. Las arrojó. Luego cayó. Se puso de pie y, volviéndose, volvió a entrar en el edificio en llamas.

A través del humo que brotaba del rugiente infierno se deslizaban dos formas blancas parecidas a la niebla. Por un momento fueron arrastradas aquí y allá por la succión de las llamas. Luego, como niebla, se posaron sobre las dos cajas de momias. Más y más abajo revolotearon hasta cubrir las cajas como rocío. Entonces, incluso mientras Rider, con los dientes castañeteando como por la fiebre, observaba, el vapor desapareció dentro de las cajas.

—Lessman y Meta —murmuró en un susurro asombrado—. Carter Cope tenía razón. Dentro de las formas momificadas de ese sacerdote y sacerdotisa muertos hace mucho tiempo, las almas de esos dos demonios tienen su hogar.

Rider se lanzó hacia adelante para arrastrar las cajas más lejos del edificio en llamas, pero era demasiado tarde, porque el techo se derrumbó y la pared cayó sobre las cajas de las momias, envolviéndolas en una hoja de llamas.

Con la llegada de la mañana, los residentes cercanos, que se apresuraron desde los cuatro puntos cardinales del paisaje, arrasaron las ruinas humeantes. Se encontraron los restos de seis cuerpos, quemados más allá del reconocimiento. De la Casa de los Muertos Vivientes no quedó nada.

Harold Ward (1879-1950)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Harold Ward.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Harold Ward: La Casa de los Muertos Vivientes (The House of the Living Dead), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Y un recurso sorpresivo, el de la cruz, detuvo al científico loco.
Y el incendio que destruye todo. Buen recurso.

Poky999 dijo...

Realmente me gustan los relatos en los que no hay resignación por algún elemento. Se valora el recurso.



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