«Los creyentes»: Robert Arthur; relato y análisis


«Los creyentes»: Robert Arthur; relato y análisis.




Los creyentes (The Believers) es un relato de terror del escritor norteamericano Robert Arthur (1909-1969), publicado originalmente en la edición de julio de 1941 de la revista Weird Tales, y luego reeditado en la antología de 1963: Fantasmas y más fantasmas (Ghosts and More Ghosts), en esta ocasión con el título: ¿Usted cree en fantasmas? (Do You Believe in Ghosts?).

Los creyentes, uno de los mejores cuentos de Robert Arthur, relata la historia Nick Deene, un conductor de un programa de radio dedicado a lo paranormal, quien decide pasar la noche en una casa embrujada, la Mansión Carriday, y desde allí trasmitir un programa especial, relatando minuto a minuto todo lo que allí suceda (ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror).

SPOILERS.

Una estrella radial esposada a una vieja cama de bronce en una casa embrujada, armada solo con una linterna, una Biblia y un crucifijo, mientras espera la llegada de la Cosa: una entidad amorfa, una abominación de los pantanos, no parece una mala idea para un programa de radio en 1941... excepto que Nick Deene acaba de inventarlo todo, la maldición de la casa y la Cosa, con la ayuda de un viejo fanático desencantado, Danny Lomax. De este modo, Nick Deene espera la medianoche, y millones de oyentes en todo el país esperan con él, pegados a sus aparatos de radio, atentos al crujido de las tablas del suelo, a cada sonido extraño.

Nick Deene no cree en fantasmas, ni la Mansión Carriday está embrujada. Sin embargo, y a pesar de ser un fraude, Nick Deene posee carisma, y una habilidad inusual para describir los frutos de su imaginación. Tal es así que logra que su audiencia crea, realmente crea, en todo lo que está narrando.

En este contexto, Los creyentes de Robert Arthur introduce el concepto de Tulpas en la ficción; es decir, seres creados a partir del pensamiento, de la voluntad, o de la creencia de las personas (ver: Los Tulpas y el Horror: nos acecha lo que pensamos), aunque habitualmente este fenómeno refiere a la posibilidad de crear seres inmateriales, astrales. En el caso de Los creyentes, más de un millón de personas están escuchando el programa de Nick Deene, y creen en él, en sus descripciones exageradas, en su eficacia para ambientar su relato, y sobre todo en la aparición de una criatura espantosa, surgida de los pantanos, con la que Nick Deene finaliza la transmisión (ver: Tulpas, Seres Interdimensionales y una teoría sobre el Horror).

En definitiva, Los creyentes es un cuento que trata de explorar los alcances del poder de la sugestión para transformar la realidad. Robert Arthur encontró aquí una veta que pocos han explorado a continuación, me refiero los potenciales peligros de esta especie de pensamiento o creencia colectiva infecciosa capaz de distorsionar la realidad.

Aquí es el horror de la audiencia, de los creyentes, el combustible que da forma a esa criatura odiosa que Nick Deene describe con macabra precisión en su programa.

Hay una nota de ironía en Los creyentes de Robert Arthur, pero no burlándose de los creyentes, es decir, de la audiencia que cree en el fraude que se le está narrando, sino en el materialismo de Nick Deene. Sin dudas, Los creyentes se basa en la ambientación, más que en las limitaciones obvias de la trama. Robert Arthur deja que su protagonista, Nick Deene, prepare la escena para sus lectores, y luego conduce la historia de manera experta, primero a un falso clímax, y luego a otro, el verdadero, con un desenlace sobrio.

Además de este concepto del pensamiento colectivo como factor capaz de alterar la realidad, Los creyentes tiene un monstruo del pantano. Aunque estas entidades son actualmente un cliché del género, todavía eran una rareza en 1941.




Los creyentes.
The Believers, Robert Arthur (1909-1969)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


—La encontramos —dijo Nick Deene con entusiasmo, después de mirar la vieja casa de los Carriday durante un par de minutos—. Esto es lo que tenía en mente. Hasta la última bisagra oxidada y tabla de piso crujiente.

Danny Lomax expresó un gran alivio.

—¡Gracias a Dios! —entonó—. Hemos perdido casi una semana buscando un lugar que se adapte perfectamente a ti. Aunque —Danny entrecerró los ojos hacia el inquietante montón de piedra y madera que aún conservaba algunos rastros de la dignidad de antaño—, admitiré que al fin te has revelado como un tipo suave. No es una casa embrujada, pero servirá hasta que encontremos una.

Nick Deene se detuvo un momento más, evaluando la mansión Carriday, en cuya entrada arqueada una figura tallada de 1784 aún desafiaba los elementos corrosivos. El edificio era una casa colonial alargada en forma de L, con cimientos de piedra y estructura superior de tablillas aserradas a mano. Había sido pintada de un color oscuro una vez, pero este se había ido con los años, dejando la estructura de un tono moteado y escabroso que, a los ojos de alguien que la hubiese mirado demasiado tiempo en la luz incierta del crepúsculo, daba una apariencia desagradable de movimiento lento y sinuoso.

El edificio era de dos pisos, con áticos, y parecía contener varias habitaciones. Los árboles del bosque, una vez mantenidos a raya, se habían deslizado casi hasta las paredes exteriores, y aunque solo eran pinos y cedros le daban al lugar una sensación de opresión y hacinamiento. Un camino de carruajes, lleno de maleza, que conectaba con una carretera del condado, medio intransitable y en desuso, y las ruinas derruidas de un par de dependencias remataban la escena.

—¡Lo tiene todo, Danny! —prosiguió Nick Deene, con animación—. Absolutamente todo menos un fantasma.

—Lo cual está bien para mí —dijo el asistente técnico de los patrocinadores de su programa de radio: So-Pure Soaps presenta: ¡Atrévete al peligro con Deene! —. Por supuesto, no creo en los fantasmas, como dijo Hill-Billy sobre el hipopótamo, pero esa es una razón más por la que no quiero ir a encontrarme con uno. Soy demasiado mayor para andar revisando mis creencias simplemente para complacer a un fantasma.

—Eso es todo —le dijo Nick Deene—. Los rumores son lo de menos, obstaculizan mi estilo. Por supuesto, nadie viene aquí, y es lo suficientemente espeluznante como para hacer que cualquier transeúnte casual tome otro camino, pero no hay una leyenda definida adjunta a la casa, y eso es lo que he estado buscando, eso, además de un trasfondo adecuado. Y esto tiene el trasfondo adecuado. Tres generaciones de Carriday murieron aquí: malaria, probablemente; mira el pantano allá atrás. El último Carriday se escapó al mar y murió en Java. El lugar ha estado vacío desde hace quince años, a excepción de un vagabundo encontrado muerto de neumonía en el invierno. Nadie la comprará, no aquí en una zona pantanosa del bosque; y por un par de miles de dólares, el agente inmobiliario estará encantado de dejarnos la llave y hacer lo que queramos con ella, incluso amueblarla con un fantasma nuevo y agradable, que es justo lo que voy a hacer. Y créeme, será fantástico.

—Nicholas Deene, fantasmas hechos a mano, creador de fantasmas para la nobleza —gruñó Danny Lomax—. Sabes, solía leer tus libros y creer en ellos. Ese capítulo sobre la virgen bailarina condenada en el antiguo templo de Anghor Vat, y cómo la salvaste justo antes de que los sacerdotes vinieran por ella, me dio una gran impresión en su momento. ¡Era lo suficientemente tonto como para pensar que realmente había sucedido!

—Bueno, el templo de Anghor Vat sí existe —sonrió Nick Deene—. Y las bailarinas también. Por lo que sé, alguna de ellas puede ser virgen. Entonces, si te gustó la historia, ¿por qué quejarte? Lo creíste cuando la leíste, ¿no es así?

—Sí —asintió Danny Lomax, apagando un cigarrillo—. Lo creí.

—Entonces obtuviste lo que buscabas —afirmó el hombre alto y bronceado (tratamientos con lámpara solar todas las noches, cuidadosamente cronometrados por su ayuda de cámara, Walters—. Y un millón de personas también lo harán, porque todavía lo creen. Al igual que cinco millones de personas van a creer en la maldición de los Carriday.

—Está bien, está bien —asintió el hombre pequeño y enjuto—. No estoy aquí para discutir. Vamos a largarnos. Incluso si la maldición de Carriday es estrictamente una farsa de Nick Deene, no me gusta este vertedero en estas sombras. Si tuviera muchos bebés fantasmas, quisiera criarlos para que fueran buenos y grandes. Los traería aquí y los plantaría. ¡La atmósfera es tan malsana!

Dick Deene sonrió de nuevo, la sonrisa de dientes destellantes que le había valido la indulgencia en todo el mundo, había sido fotografiada contra las columnas del Ateneo, a mitad de camino del Monte Everest, encima de un elefante que cruzaba los Alpes y en muchos otros lugares.

Se echó hacia atrás el pelo negro azabache que le caía tan suavemente sobre el cráneo y se encaminó hacia la carretera desde la pequeña loma por la que habían subido para tener una vista de la casa. Danny Lomax lo siguió, haciendo planes en voz alta.

—Podemos hacer que instalen aquí una unidad de retransmisión en un camión —decidió—. Tendrás un transmisor portátil en la espalda, y el camión lo recogerá y lo retransmitirá a Hartford. Hartford lo canalizará a Nueva York. Comprobaremos minuciosamente el equipo y no hay muchas posibilidades de que algo salga mal. Su rating ha estado cayendo últimamente, pero esto hará que la taquilla vuelva a subir a la cima. La mayoría de tus oyentes ya han leído las cosas que has estado dramatizando sobre el éter, ¿sabes? Una transmisión directa desde una casa embrujada en la noche del viernes 13, los atraerá. Eres un farsante, Deene, pero tienes algo bueno: ideas, y esta es una de las mejores.

—No discutiré eso —dijo Nick mientras llegaban a la carretera y se preparaban para subir al reluciente vehículo que los había llevado allí.

Danny Lomax se sentó en el asiento de la derecha y cerró la puerta de golpe.

—A muchos periódicos no les agradas demasiado, y si algo huele mal, se reirán a carcajadas. Tiene que haber un fantasma , y tu audiencia debe creer en ello. No te equivoques al respecto.

—Habrá un fantasma —Nick Deene se encogió de hombros, poniendo el vehículo en movimiento—. Y creerán en él. Estaré en la habitación con ellos. Ahora estoy trabajando en el guión. Les voy a pedir a los oyentes que apaguen la luz cuando escuchen e imaginen que están conmigo, esperando en la oscuridad a que aparezca la Cosa que durante cien años ha sido la Maldición de los Carriday. Estaré armado solo con una linterna, una Biblia y...

—Y un contrato —interrumpió Danny—. Lo siento. No te preocupes por mi cinismo. Es de nacimiento.

—Y un crucifijo —continuó Deene, un poco irritado a estas alturas—. Oirán el crujir de las tablas y el tic-tac de un reloj que acecha la muerte en la pared. Y muchos otros detalles. Los inventaré sobre la marcha. La espontaneidad siempre da el efecto más convincente. Y estarán convencidos. ¿No es así siempre?

—Sí —asintió a regañadientes el pequeño publicitario—. Cuando enciendes la calefacción, las ancianas se desmayan de emoción y los niños pequeños gritan toda la noche en sus cunas. Hubo una insuficiencia cardíaca, una solterona en Dubuque, después del espectáculo del mes pasado, en el que estabas luchando contra un pulpo a cuarenta pies bajo la superficie, en las aguas malayas.

—Habrá media docena esta vez —profetizó Nick Deene complacientemente—. Cuando entre en la casa de los Carriday para encontrarme con la Cosa con cara de ostra...

—Una cara como una ostra, ¿eh? —Danny Lomax repitió y tragó saliva—. ¿Así es como se verá?

Nick Deene se rio entre dientes y asintió.

—Si hay algo más muerto que una ostra azul acuosa que ha estado abierta demasiado tiempo —dijo—, no sé qué es. ¿Qué estaba diciendo? Oh, sí. Bueno, cuando empiece a entrar en esa casa a esperar la llegada de la Cosa con cara de ostra, contraeré el hígado de cinco millones de oyentes, si ustedes hacen bien su trabajo.

—Lo haremos, lo haremos —prometió Danny—. Enviaremos fotos de la casa. Plantaré la historia que los lugareños deberían repetirle a un par de compañeros en el pueblo, les hablaremos durante todo el camino. Lo único que no haremos es intentar arreglar al meteorólogo para que sea una noche tormentosa. Tendrás que arriesgarte en eso.

—Generalmente hay niebla aquí en los pantanos por la noche —respondió Deene, muy seriamente—. La niebla es tan buena como una tormenta en cualquier momento.

—Sí —asintió Danny Lomax, girándose para mirar hacia la casa.

La carretera los había llevado por una pendiente detrás de ella. La niebla ya se estaba formando en tenues mechones grises, cuando la desaparición del sol trajo corrientes de aire fresco rodando hacia el valle pantanoso.

—La niebla es lo suficientemente buena para mí —continuó Danny Lomax—. Sabes, Deene, quizás sea bueno que no creas en los fantasmas.

—Tal vez —sonrió Nick Deene mientras subían a una colina y la Casa Carriday desapareció de la vista.

No era una noche de niebla. Sin embargo, había brumas en la Casa Carriday cuando Danny Lomax, Nicholas Deene y dos periodistas, Ken Blake y Larry Miller, se preparaban para entrar.

Situada en el fondo de una pequeña cañada, de modo que cualquier corriente de aire frío que produjera niebla fluyera hacia ella, estaba envuelto en un vapor pálido que bailaba y se movía en movimientos lentos y majestuosos. Un cuarto de luna arrojó un débil dedo de resplandor hacia el bosque. Eran las once en punto y era hora de que Atrévete al peligro con Deene saliera al aire con su transmisión especial.

Danny Lomax tenía los auriculares pegados a las orejas, tentáculos de alambre que se arrastraban hasta el camión de transmisión junto a la carretera, a unos cuatrocientos metros de distancia.

Danny Lomax se quitó un auricular. Nick Deene captó la señal, lo que significaba que el tema principal estaba terminado, así como el extenso anuncio que describe las circunstancias de la transmisión desde el estudio de Nueva York. Su voz profunda y expresiva retomó el relato sin problemas.

—Habla Nicholas Deene —dijo—. La vieja mansión Carriday se encuentra en una depresión debajo de mí, a unos cuatrocientos metros de distancia. La luz de la luna la ilumina. Velos de niebla la envuelven como para ocultarla de la mirada del hombre. Durante quince años, ningún ser humano ha pasado una noche bajo su techo… vivo.

Su voz se detuvo para permitir que su audiencia experimentara su primera punzada de placentero terror.

—Pero esta noche voy a desafiar la maldición de los Carriday. Voy a entrar en la casa, y en el gran dormitorio principal donde murieron tres generaciones de esa familia. Allí esperaré la aparición de la Cosa desconocida que cuentan las leyendas.

»Voy hacia la casa ahora, con dos periodistas de renombre a mi lado. Uno de ellos tiene un par de esposas, el otro, la llave. Me van a esposar a los robustos postes de la cama del dormitorio principal. Eso es para asegurarme de que no me iré antes de la medianoche de este viernes 13.

La voz de Nick Deene continuó, subiendo y bajando en ritmos cuidadosamente cadenciados, jugando con las emociones de los oyentes, algunos a pocas millas, otros a miles de distancia. Él, Danny Lomax y los dos reporteros caminaron cuesta abajo hacia la casa.

Esta fue una inspiración de último minuto de Nick Deene, el asunto de las esposas. La prensa había tomado una nota un tanto burlona de la transmisión, pero el instinto de showman de Nick Deene había estado a la altura de las circunstancias. La idea de un hombre encadenado en una casa abandonada, embrujada o no, sin poder irse, era convincente, lo que había impresionado los columnistas que seguían los distintos programas de radio.

Deene siguió hablando mientras se acercaban a la vieja mansión, los rayos de las linternas bailaban delante de ellos. Describió el bosque, los sonidos de la noche, la niebla danzante, la apariencia de la mansión vacía y silenciosa frente a ellos, e hizo un buen trabajo. No es que fuera necesario para los tres hombres que lo acompañaban. Incluso antes de llegar a la casa, el escepticismo cuidadosamente cultivado que habían mostrado Blake y Miller había desaparecido de sus rostros. A pesar de lo cínicos que eran, Danny Lomax pensó que podía percibir rastros de inquietud en sus rostros. El lugar tenía ese tipo de atmósfera.

—Ahora estamos parados en el porche podrido y crujiente —le decía Deene a su audiencia—. Un reportero está cerrando la puerta con la llave que nos dio a regañadientes el agente inmobiliario, un hombre cuya expresión nos dice que sabe muchas cosas sobre esta casa que sus labios cerrados no revelarán. La puerta cruje al abrirse. Nuestras luces sondean la garganta negra del pasillo. El polvo está por todas partes, aparentemente de pulgadas de espesor. Se eleva y gira a nuestro alrededor a medida que avanzamos...

Entraron, y el paso de Nick Deene fue el más firme de los cuatro mientras recorrían un pasillo estrecho y llegaban a las escaleras. Sus luces mostraban habitaciones laterales, llenas de muebles viejos cuyas cubiertas de polvo no se habían quitado en casi dos décadas. Las escaleras serpenteaban y crujían. El aire estaba tan mohoso como siempre en las casas cerradas desde hace tanto tiempo.

Llegaron al piso de arriba y un dedo de luz de luna se entrometió a través de una ventana del fondo. Las linternas se reflejaban en un espejo polvoriento, y Larry Miller saltó inquieto. Nick Deene se rio entre dientes por el micrófono y un millón de oyentes asintieron en rápida aprobación por su valor.

—Mis amigos están nerviosos —les decía Nick Deene—. Sienten la atmósfera que pende tan pesadamente en estas silenciosas habitaciones pisoteadas solo por criaturas de lo invisible. No los culpo. Yo también me sentiría nervioso si no creyera completamente en la incapacidad de cualquier criatura espiritual para dañar a un hombre vivo. No niego su existencia. En cambio, lo afirmo resueltamente. Pero estoy convencido de su carácter inofensivo.

»Ahora estamos en el dormitorio donde esperaré hasta...

El dormitorio era grande. Sin embargo, la puerta que conducía a él era baja y estrecha, y las ventanas eran pequeñas. Una persiana rota que colgaba afuera crujió muy levemente en una corriente de aire invisible.

Había un escritorio, dos sillas viejas, un cofre de cedro, una alfombra y la cama con dosel. Sobre el colchón había una película gris de polvo. Nick Deene hizo una mueca al verla, pero su voz no vaciló.

Danny Lomax quitó la colcha de la cama y la sacudió. El polvo llenó el aire y tosió mientras colocaba la colcha en su lugar. Deslizó una silla al lado de la cama y Nick Deene, sin interrumpir la transmisión, se quitó el transmisor de su mochila y lo colocó en la silla. Se acostó en la cama y Larry Miller, con un par de esposas en el bolsillo, unió un tobillo al poste izquierdo de la cama. Danny Lomax ajustó el micrófono para que Nick Deene pudiera hablar por él sin tener que sujetarlo, y Deene hizo un gesto con la mano en señal de preparación.

—Mis amigos se están preparando para partir —le dijo a su audiencia, y sus palabras saltaron de la habitación al camión que esperaba, de allí a Hartford, a veinte millas de distancia, y de allí a Nueva York, luego al mundo, o cualquier parte de podría estar escuchando—. En un momento estaré solo. Tengo una linterna, pero la apagaré para conservar las baterías.

»¿Puedo hacer una sugerencia? ¿Por qué usted, que escucha, no apaga también las luces y esperamos juntos en la oscuridad a que se acerque la criatura conocida como la Maldición de los Carriday, una criatura que, espero, se manifestará pronto.

»No sé qué es ni qué aspecto tiene. El único hombre que podría decirlo: el agente de la propiedad, fiel a su confianza, no hablará al respecto, aunque el último Carriday haya muerto en la lejana Java hace mucho tiempo. Sin embargo, si los presagios son favorables, nosotros, usted y yo, podremos verlo esta noche.

Inteligente, pensó Danny Lomax, su truco de identificar a la audiencia con él mismo, haciéndoles sentir como si también estuvieran en el lugar. Uno de los grandes secretos de su éxito.

—Ahora —decía Nick Deene—me despido de mis compañeros.

Entonces Danny y los dos reporteros se marcharon. Nick Deene le dio una patada en la pierna, la cadena de las esposas vibró y Larry Millet saltó. Nick agitó una mano sardónica tras ellos.

Bajaron las escaleras, sin perder el tiempo, y nadie habló hasta que estuvieron afuera. Entonces Blake respiró hondo.

—Es un farsante —dijo con una admiración renuente—. Y tú sabes tan bien como yo que si ve algo esta noche, será estrictamente producto de su imaginación, o de esa botella en el bolsillo de su abrigo. Pero de todos modos, no pasaría una hora en ese lugar, esposado a los muebles, ni por el pago de un mes.

Sin vacilar se dirigieron al camión, y el pequeño grupo de hombres (técnicos, reporteros y agentes de publicidad) se apiñó a su alrededor. Y, mientras se apresuraban, en Boston, en Sioux Falls, Kalamazoo, Santa Bárbara y en miles de otras ciudades, las luces se apagaron mientras algunos de los oyentes de Nick Deene obedecían su sugerencia melodramática de escucharlo en el oscuridad. Unas doscientas mil familias se acomodaron para esperar con él, pendientes de cada una de sus palabras, aceptando completamente todo lo decía. Su fe era absoluta.

Cuando los tres llegaron de nuevo al camión el pequeño grupo de media docena de hombres se apiñaba en la parte trasera, donde un semicírculo de luz ardía en la oscuridad y un altavoz repetía cada palabra de Nick Deene.

Deene todavía estaba creando atmósfera. Su voz resonante estaba imaginando la casa, las sombras, el polvo, la oscuridad que parecía acechar en los pasillos, y mientras hablaba, no había un hombre que pudiera ver las imágenes que evocaba alzándose ante sus ojos.

—Escucha —decía Nick Deene, y Danny Lomax pudo visualizarlo sonriendo con ironía mientras hablaba—, escucha conmigo los pequeños sonidos nocturnos que infestan esta antigua morada dominada por los espíritus. En algún lugar, una tabla cruje, quizás sin una causa tangible. No puedo decir. Pero se me ocurre claramente...

Escuchando, ellos también podían oírlo. El crujido espeluznante de una tabla en el suelo o una escalera, en el silencio de la medianoche. Nick Deene tenía dos trozos de madera en el bolsillo que frotó para conseguir ese efecto, pero solo Danny Lomax lo sabía. E incluso sabiendo, no le gustó el sonido.

—Escucho el crujido… —la voz de Nick Deene era grave, llena de suspenso ahora—. Escucho el crujido y algo más. Un tic-tic-tic monótono que parece hacerse más y más fuerte a medida que lo escucho, el aterrador latido del escarabajo del reloj de la muerte dentro de las paredes de esta habitación...

Ellos también pudieron escuchar eso, ya que la voz de Nick Deene se apagó. Al escucharlo, su propia respiración fue disminuyendo como si ellos también estuvieran en esa habitación, escuchando con un hombre atado a la gran cama con dosel.

En Atlanta, en Rochester, en Cincinnati, en Memphis, Mobile, Reno, Cheyenne y mil otras ciudades, en doscientas mil casas, los oyentes de Nick Deene también lo escucharon en silencio, y miraron a su alrededor con cierta inquietud, y sonrieron, sonrisas que eran palpablemente artificiales.

Y ellos creyeron.

Danny Lomax también habría creído si no hubiera sabido del pequeño artefacto de metal con el que Nick Deene manejaba los ruidos del escarabajo del reloj de la muerte. Aun sabiendo, admitió para sí mismo que era una actuación impresionante. Cuando Nick Deene se jactó de que haría creer a millones de personas en la Maldición de los Carriday, pensó que había exagerado en la cifra, pero no en su fe. Su audiencia probablemente no superaba el millón, pero ya tenía a ese millón en un estado de completa aceptación de cualquier cosa que dijera a continuación.

Danny miró su reloj y giró la muñeca para que este captara la luz.

Pasaron treinta y cinco minutos. Era hora de que Deene empezara a encender la calefacción. Había construido la historia, su experiencia, y vendido un futuro desenlace aterrador a su audiencia. Ahora debería empezar a darles algo más.

Y lo hizo. Un momento después, la voz de Nick Deene se detuvo abruptamente. El repentino silencio tuvo más suspenso que cualquier palabra que pudiera haber dicho. Se mantuvo durante diez segundos, veinte, treinta. Luego lo rompió solo con un anuncio a medio susurrar.

—Creo que puedo escuchar algo que se mueve fuera de la casa.

Alrededor del camión de sonido hubo un silencio absoluto, salvo por el zumbido del generador que estaba bombeando la transmisión sobre las colinas y los bosques hacia Hartford.

—Sea lo que sea —la voz de Nick Deene seguía siendo baja—, se está acercando. Parece estar subiendo lentamente desde el pantano al sur de la casa.

Distraídamente, Danny Lomax tomó un cigarrillo entre los dedos. Nick se apegaba al guión general que habían delineado. Casi en el último minuto, se habían decidido en contra de una manifestación espiritual, un fantasma, puro y simple. En cambio, con su instinto habitual de conseguir la nota correcta, Nick Deene había cambiado al fantasma por una cosa, por un algo sin nombre, sin forma, algo inclasificable; algo salido de la noche y el pantano y lo desconocido, algo que podría estar vivo o no.

—Sea lo que sea, se está acercando —informó Nick Deene en ese momento—, escucho un sonido sordo y arrastrado, como el de algo pesado moviéndose a través de la maleza muerta. Puede ser solo un animal, tal vez incluso una vaca perdida, o un caballo o un cerdo que se escapó de un corral cercano.

Un millón de oyentes contuvieron la respiración un momento y luego se prepararon para soltarla. Por supuesto, cabía la posibilidad de que esa cosa solo fuera un caballo hambriento o una vaca. Algo cálido, familiar, inofensivo. Pero…

—¡Está tirando de las tablas que cubren las ventanas del sótano! —exclamó Nick Deene—. ¡Está intentando entrar en la casa!

Danny Lomax sostuvo el cigarrillo sin encender hasta que la cerilla le quemó los dedos. A pesar de su decidido escepticismo, había un gesto extraño en los rostros de los reporteros y técnicos reunidos junto al camión de sonido. Sabían o suponían que esto era falso. Sin embargo, la repentina sacudida, después de que Deene les había dado a sus nervios un momento para relajarse, los atrapó a todos.

Danny Lomax, tras años de escuchar programas de radio entre bastidores, había desarrollado un sexto sentido propio. Podía decir casi hasta cierto punto cómo iba un programa. Podía sentir la reacción de la audiencia, y podía sentir cuáles eran sus reacciones. Ahora algo tiraba de él, algo tenso e incómodo. Un millón de personas o más escuchaban, creían, vivían la escena con Nicholas Deene y, en la noche fría junto al camión de transmisión, Danny Lomax podía sentir las vibraciones de esa creencia pasando a su lado, impalpables pero muy reales.

La voz de Nick Deene se había acelerado. Ahora informaba el sonido de clavos chirriando mientras se soltaban al ceder las tablas. Describió un cuerpo pesado, aplastado, que se abría paso a través de la pequeña ventana. Hizo que sus oyentes escucharan los sonidos blandos de algo grande y flácido moviéndose por la oscuridad del sótano de la casa, encontrando las escaleras, subiéndolas lentamente, lentamente, lentamente...

—Ahora está en el pasillo. Viene hacia la puerta. Escucho tablas crujir bajo su peso. Siente que estoy aquí. Me está buscando. Confieso que tengo miedo. Ningún hombre cuerdo podría dejar de tenerlo. Sin embargo, estoy convencido de que no puede hacerme daño. Si se trata de una manifestación psíquica, es inofensiva, por horrible que sea su apariencia. Así que estoy controlando firmemente mis nervios. Solo si me traicionan puedo estar en peligro, pero no me traicionarán.

»Sea lo que sea, ahora está justo afuera de la puerta. La habitación está a oscuras. La luna se ha ocultado; sin embargo, tengo mi linterna y la voy a encender para iluminar cuando esa cosa atraviese la puerta. Puedo sentir un olor a humedad, como a pantanos. Es muy fuerte. Casi abrumador. Pero ahora voy a encender la luz…

La voz de Nick Deene cesó. El reloj de pulsera de Danny Lomax sonó tan fuerte como un despertador. Pasaron los segundos. Diez. Veinte. Treinta. Cuarenta. Alguien cambió de posición. La respiración de alguien era ronca como la de un durmiente. Entonces…

—Se está yendo —la voz de Nick Deene era un susurro—. Me miró y habría entrado. Podía sentir lo que deseaba. Me deseaba. Pero tengo la Biblia y el crucifijo que traje en mi mano, la luz ha estado brillando de lleno en su… rostro, si es que puedo llamarlo así. No bajé la mirada, y ahora se va. Ya no puedo verlo. La luz de mi linterna cae sobre el marco vacío y negro de la puerta. Se está deslizando por el pasillo, hacia los escalones. Está volviendo al pantano del que vino cuando sintió mi presencia aquí.

»Difícilmente puedo describirlo. No sé qué era. Era tan alto como un hombre, sin embargo, sus piernas eran solo muñones grises, sin pies de ningún tipo. Su cuerpo era largo y bulboso, como un tubérculo, su piel era grisácea y desigual, brillaba un poco, como si tuviera limo adherido, o pequeñas gotas que captaban la luz de mi linterna.

»Tenía una cabeza, una gran cabeza redonda que no tenía pelo como el resto del cuerpo. Y una cara, no puedo hacer que la veas como yo la veía. Mirándola, sólo pude pensar en una ostra. Una monstruosa ostra húmeda, grisácea, con dos manchas más oscuras que debían de ser ojos. También tenía brazos. Al menos, dos masas de materia unidas a cada lado de su cuerpo se extendían un poco hacia mí. No había manos en los extremos. Solo hilos de… corrupción.

»Eso fue todo lo que pude ver. Luego giró. Ahora se ha ido. Ha llegado a los escalones inferiores, bajando con un ruido de golpes y arrastramientos. Se está moviendo hacia las escaleras del sótano, el piso cruje debajo de él, de regreso al ventana del sótano a través de la cual forzó su entrada, de regreso a las profundidades del pantano del que emergió. Sin embargo, la sensación, su presencia, todavía pende en esta habitación, y sé que si mi voluntad se aflojara, podría sentirlo y regresar. No. No lo permitiré. Debe regresar al lodo sin fondo de donde vino...

Danny Lomax se tocó los labios secos con la lengua. Este era el punto alto. Aquí era donde Nick Deene lo lograba, o caía de bruces. Danny sabía que fuera lo que fuera, sería capaz de sentirlo.

Y lo sintió. ¡Éxito! Las corrientes invisibles que se arremolinaban a su alrededor eran creencias. La creencia de un millón de personas, envuelta en una madeja tejida de palabras. La creencia de un millón de oyentes que ven en sus mentes algo que nunca había existido, pero que Nick Deene había creado y puesto allí.

Mañana podrían reír. Podrían menospreciar y ridiculizar el hecho mismo de haber escuchado. Pero nunca podrían olvidar cómo se sintieron. Y ahora, al menos por el momento, creían.

Danny dejó escapar un suspiro y miró su reloj. Casi medianoche. Nick Deene estaba hablando de nuevo.

—Se ha ido. Está afuera de nuevo, buscando el pantano de donde vino. Habla Nicholas Deene. Voy a despedirme ahora. He pasado por una gran tensión nerviosa. Gracias por escuchar a todos. Me alegro de que no se sintieran decepcionados, de que algo haya sucedido esta noche para que valga la pena escuchar esta transmisión. Buenas noches a todos. Soy Nicholas Deene diciéndoles buenas noches.

Danny Lomax vio al jefe del equipo de retransmisiones accionar un interruptor y asentir con la cabeza. Se inclinó hacia adelante, hacia un micrófono secundario en el camión, poniéndose un par de auriculares.

—Está bien, Nick —dijo—. Estás fuera del aire. Vamos a bajar para desbloquearlo ahora.

—Está bien —respondió la voz de Nick Deene, un poco entrecortada—. Date prisa, ¿quieres? Me estoy cansando de esto aquí. Los últimos minutos, podría jurar que escuché ruidos afuera. Quizás soy demasiado bueno. Me estoy creyendo mi propia historia. ¿Qué opinas? ¿Fue buena?

—Estuvo bien —dijo Danny—. Se lo tragaron, eso es seguro. Un millón de personas están sentadas en sus salones en este momento, quitando la rigidez de sus músculos y tratando de fingir que no te creyeron.

—Te dije que lo harían —la voz de Deene fue momentáneamente complaciente. Luego volvió a sonar afilada—. Escucha, date prisa, ¿quieres? Maldita sea, hay algo moviéndose fuera de esta casa. ¿Dices que se lo tragaron?

—De un bocado —dijo Danny Lomax—. Podía sentirlo. Todos todavía están viendo esa cosa que describiste, con la cara de ostra, arrastrándose por la ventana del sótano, subiendo las escaleras, de pie en tu puerta...

—¡Ya basta! —Deene ordenó abruptamente—. Y ven aquí. Estoy... Hay algo entrando por la ventana del sótano donde aflojamos las tablas para que los reporteros lo encuentren.

Lomax se volvió.

—Joe —le gritó al conductor—. Lleva el camión al frente a la casa, ¿quieres? ¿Qué dijiste entonces, Nick? Me lo perdí.

—¡Dije que algo está entrando por la ventana del sótano! —la voz de Nick Deene era casi estridente—. Está dando vueltas en el sótano. ¡Viene hacia las escaleras!

—Tranquilo, Nick —advirtió Danny Lomax—. No dejes que tus nervios se desborden. Tú y yo sabemos que es solo una broma.

—¡Madre del Cielo! —la respiración de Deene estaba entrecortada. Danny podía oír cómo silbaba sobre el micrófono—. ¡Algo sube por las escaleras! ¡Ven y sácame de aquí!

Danny miró hacia arriba con el ceño fruncido.

—Joe, apresúrate, ¿quieres? —espetó.

El conductor lo miró con cierta molestia.

—De inmediato —gruñó, y la camioneta dio un tirón hacia adelante—. ¿Esto es lo suficientemente rápido?

Danny Lomax no respondió.

—Nick, ¿estás bien? —preguntó al micrófono y la voz de Deene, casi irreconocible, volvió.

—Danny, Danny —balbuceó—, hay algo que sube por las escaleras. Puedo oler gas de pantano y amoníaco. Hay algo que hace un sonido deslizante. ¡Te digo que algo ha entrado en esta casa desde el pantano y viene por mí!

El camión avanzaba por el largo camino sin usar. Los reporteros habían seguido adelante. Estaban mirando a Danny, sintiendo que algo, no sabían qué, iba mal. Danny, con los auriculares apretados, se aferraba al micrófono.

—Tómatelo con calma —lo tranquilizó—. Tomaste un trago de más, Nick. Escribimos todo eso que acabas de narrar. Es solo lo que está en el papel. Lo acabas de decir. Un millón de personas lo creyeron, pero tú y yo no tenemos por qué hacerlo, Nick. Nosotros…

—¡Cristo! —el grito de Nick fue una oración, no una maldición—. Hay algo en el pasillo. Algo que raspa y golpea. Las tablas del piso crujen. Danny, ¿no sabes que estoy encadenado y viene detrás de mí? —la voz de Nick Deene era histérica—. Está en la puerta. Sus…

La voz fue ahogada por un chirrido de grava cuando las ruedas del camión lucharon por mantener la tracción. Un espacio embarrado lo había hecho girar hacia un lado. Las ruedas traseras se deslizaron hacia la zanja junto a la carretera. El camión se sacudió, y volcó sobre un banco de arcilla. Los periodistas se sobresaltaron. Danny Lomax salió despedido del micrófono y el movimiento le arrancó los auriculares de la cabeza.

Se apresuró a regresar hacia el micrófono, levantándose contra la inclinación del cuerpo. Los auriculares estaban rotos. Accionó un interruptor cortando el altavoz.

—¡Nick! —gritó—. ¡Nick!

—… en la puerta ahora! —se oyó el alarido aterrador del que hablaba—. ¡Está llegando! ¡Tiene cara de ostra! ¡Cara de ostra acuosa, Danny! Ponme de nuevo en el aire, diles a todos que es solo una broma, diles que lo inventamos. ¡Diles que no lo crean! Danny, ¿me oyes? ¡Diles que no crean!

»¡Está entrando! Me quiere! Huele, y está todo mojado y acuoso y su cara… ¡Dios, su cara! ¡Danny, diles que no crean! Es porque creen. No existía. Lo imaginamos, pero todos me creyeron. ¡Un millón de personas, todas creyendo al mismo tiempo! ¡Creyendo lo suficientemente fuerte! ¡Lo han logrado, Danny, lo han traído a la vida! ¡Danny! ¡Ayúdame! ¡AYÚDAME!

El parlante vibró estridentemente por la sobrecarga y guardó silencio. Y en el silencio repentino, llegó un eco de la noche. No, no un eco, sino el grito mismo que habían estado escuchando. Débil y espantoso, les alcanzó, y Danny Lomax fue incapaz de moverse por un instante que se alargó una y otra vez mientras escuchaba.

Luego cobró vida y, mientras se lanzaba hacia la oscuridad, los demás lo siguieron. Con horrible brusquedad, los débiles gritos de Nick Deene habían cesado. Podía ver la casa de los Carriday delante, oscura, silenciosa, como una tumba. Estaba a trescientos metros de distancia, y la curva de la carretera (no podían atravesar la maleza en la noche negra) la ocultó momentáneamente.

Los trescientos metros tardaron casi un minuto. Entonces, Danny, jadeando, entró en el antiguo camino de carruajes, las palabras de Nick Deene todavía gritaban en su mente.

Un millón de personas, todas creyendo al mismo tiempo.

Podría ser... Podría... Su mente no se haría la pregunta ni la respondería. Pero había sentido las corrientes de la fe. En doscientos mil hogares, un millón de personas se sentaron, escucharon y creyeron. Y en el poder concentrado de su fe quizás avivaron alguna chispa de fuerza a la vida, si hubiera cuajado en la forma de su creencia, una criatura que...

Los pies golpeaban detrás de él. Alguien tenía una linterna. Su haz, arrojado al frente, apuñaló la noche.

Y Danny Lomax vislumbró un movimiento.

Un vago destello de movimiento blanco, grisáceo, una forma a medio ver que se movía con rapidez a través de la densa vegetación hacia el pantano, al sur de la casa. Por un instante brilló débilmente, como si tuviera limo y humedad adherida a la piel.

Si hubo algún sonido, Danny Lomax no lo escuchó, porque el forcejeo de pies corriendo y la respiración ronca de los hombres corriendo detrás lo ahogaron. Pero mientras escuchaba con atención, creyó sentir la vibración de un solo grito, cortado abruptamente, como si un hombre hubiera intentado gritar con la boca casi cubierta por algo húmedo, suave y pulposo...

Danny Lomax se detuvo, mientras los periodistas y técnicos se le acercaban y pasaban corriendo. Apenas los oía, apenas se daba cuenta de ellos, porque todo su cuerpo estaba frío, algo le apretaba las entrañas con una mano gigante, y sabía que en tan solo un instante estaría mortalmente enfermo.

Ya sabía que el dormitorio de arriba estaba vacío. Que los buscadores encontrarían sólo la mitad de una esposas colgando del pie de la cama, con la cadena retorcida, algunas marcas en el polvo y unas gotas de agua viscosa que indicaban hacia dónde había ido Nick Deene.

Sólo eso y un olor acre flotando en los pasillos.

Robert Arthur (1909-1969)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de Robert Arthur.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de Robert Arthur: Los creyentes (The Believers), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Poky999 dijo...

Es interesante como en la actualidad los medios de comunicación masiva nos siguen manipulando.
La situación me recuerda a la escena de la radio en la que muchas personas fallecieron por considerar que era real. La invasión no recuerdo de Orwell

Sebastian Beringheli dijo...

Es probable que haya alguna relación con lo de Orwell, pero allí solo entraron en pánico los que empezaron a escuchar el programa unos minutos tarde, luego de que se advirtiera que era una adaptación de "La guerra de los mundos". En todo caso, la manipulación de los medios de comunicación sigue siendo un tema muy vigente, tal vez mucho más que antes.



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