Mi hijo de dos años habla con un espíritu


Mi hijo de dos años habla con un espíritu.




Compartimos otra experiencia en nuestro Consultorio paranormal de El Espejo Gótico, en esta ocasión, relacionada con la posibilidad de que los niños posean la sensibilidad suficiente como para escuchar voces del más allá (ver: Cuando los niños ven fantasmas)


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Soy una mujer de 37 años, y esta es mi experiencia paranormal. Han ocurrido otras últimamente, pero esta es la más significativa, relacionada con mi hijo de dos años..

Hace unas semanas estábamos cenando con mi esposo en la cocina. Nuestro hijo de dos años se encontraba durmiendo una siesta tardía en su habitación. Desde la cocina podemos escuchar perfectamente cuando se despierta. Incluso podemos escuchar los sonidos previos al despertar, como moverse en su cama para quitarse las mantas.

Todo en la casa estaba tranquilo y silencioso esa noche. Ni siquiera teníamos el televisor encendido. Mi esposo acababa de llegar a casa, y yo me disponía a servir la cena. Básicamente estábamos disfrutando de un poco de paz antes de que nuestro hijo despierte.

Entonces lo escuchamos (ver: ¿Amigos imaginarios o espíritus reales?).

Primero, como decía antes, escuchamos los ruidos típicos que él hace antes de llamarnos: da vueltas en su cama, se destapa, y finalmente se sienta. Ahí es cuando habitualmente nos llama para que vayamos a buscarlo. Él suele pedir por mí, o por mi esposo, indistintamente. Pero esa noche no dijo papá o mamá, sino algo que hizo que se me helara la sangre:

—¡Malo!

Mi esposo y yo lo escuchamos claramente. El tono de su voz era tenso, pero no como cuando se despierta de mal humor, sino más bien como cuando tiene miedo de algo.

Los dos fuimos hasta su habitación y lo encontramos sentado en su cama, totalmente despierto y tranquilo. De hecho, estaba de excelente humor (ver: Conocí al amigo imaginario de mi hijo).

Soy fonaudióloga, y sé perfectamente que los niños pequeños suelen hablar cuando están solos. Muchas veces dicen cosas fuera de contexto. Ellos simplemente parlotean cosas inconexas, a veces refiriéndose a sus juguetes o cosas que les interesan. Nunca antes, sin embargo, lo había escuchado decir ¡Malo! con tanta claridad e intencionalidad.

Mi esposo también escuchó lo mismo, pero al encontrar a mi hijo tan calmado lo atribuimos a uno de sus balbuceos (ver: Escuchar fantasmas de niños).

Más tarde esa noche, mi esposo y yo estábamos en la cama. Nuestro hijo dormía en su habitación, contigua a la nuestra, por lo que también podemos escuchar claramente cuando él se despierta.

Entonces esuchamos su vocecita manteniendo un diálogo sumamente inquietante:

—¡Malo! —dijo.

Cinco segundos de silencio.

—¡No me gusta!

Aquí se oyó otra voz, masculina, distorsionada, como si proviniera de un aparato de radio o algo así (ver: El Hombre del Sombrero y la Amiga Imaginaria). Dijo:

¡VEN AQUÍ!

Mi hijo respondió con ese tono de resignación que utiliza cuando recibe alguna reprimenda:

—Bueeenooo.

Entonces se oyó un ruido seco, como el de un objeto que cae al suelo.

Mi esposo y yo salimos disparados hacia el cuarto de nuestro hijo. Lo encontramos tratando de bajar de la cama, con los piecitos en el aire. Uno de sus muñecos, colocado en un estante a buena altura (lo suficiente como para que no pueda alcanzarlo por sí solo) estaba caído.

Nuestra casa es vieja, y han sucedido algunas cosas extrañas, pero nada como esto. Solemos tener semanas de alta actividad y luego meses sin ningún suceso.

Por mi profesión sé que los niños tienen una tendencia a balbucear, o simplemente a repetir frases aleatorias sin contexto, especialmente en el proceso de volverse verbales, cuando el cerebro todavía está en desarrollo y las facultades del habla pueden dispararse sin motivo alguno.

De hecho, atiendo a muchos niños que despiertan en medio de la noche y simplemente hablan, lo cual suele aterrorizar a los padres, aunque lo cierto es que es perfectamente normal que los niños practiquen sus nuevas palabras en privado (ver: «Estoy aquí»: algo susurra debajo de mi cama).

Todo esto explica el parloteo de mi hijo, pero no la otra voz, ese espeluznante ¡VEN AQUÍ!, en el que evidentemente había una nota de enojo (ver: Señales de que hay un espíritu en tu casa).

La voz pudo haber sido cualquier cosa, incluso mi propio cerebro tratando de darle contexto al parloteo de mi hijo. Es la forma en la que me sentí cuando escuché ese ¡VEN AQUÍ! lo que me aterroriza. Sentí un miedo profundo, físico, como cuando todos tus músculos se tensan esperando recibir un golpe o algo así (ver: Sentir que hay un espíritu en casa).

Durante los días siguientes mantuve una especie de guardia nocturna en la habitación de mi hijo (hasta donde el sueño me vencía). Nunca más volví a escuchar nada extraño. Sin embargo, cada vez que oigo que mi hijo comienza a despertarse, en cualquier momento del día, me paralizo, como si de algún modo esperara volver a escuchar esa voz.

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1 comentarios:

Alexander Strauffon dijo...

Tendría su propio tulpa, el niño.



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