«Un visitante del exterior»: August Derleth y Mark Schorer; relato y análisis


«Un visitante del exterior»: August Derleth y Mark Schorer; relato y análisis.




Un visitante del exterior (A Visitor from Outside) es un relato de terror de los escritores norteamericanos August Derleth (1909-1971), y Mark Schorer (1908-1977), publicado por Arkham House en la antología de 2000: Maestros del horror de Arkham (Arkham's Masters of Horror).

Un visitante del exterior, probablemente uno de los relatos de August Derleth menos conocidos, narra una serie de misteriosos asesinatos en los cuales podría estar involucrado un Elemental, acaso invocado mediante odiosos ritos y capaz de reducir a cenizas a sus víctimas. El caso, finalmente, recae sobre un detective paranormal lo suficientemente astuto como para identificar la procedencia extradimensional de la criatura.




Un visitante del exterior.
A Visitor from Outside, August Derleth (1909-1971) y Mark Schorer (1908- 1977)

Si no hubiera estado caminando por Sheridan Road a las tres de la tarde, y si Alice John, mi prometida, no hubiera estado en la plataforma de observación de la Torre de la Tribuna a las cinco, todo el asunto podría haber pasado inadvertido, aunque un horror insospechado podría haber sido liberado sobre Chicago.

Cuando iba a cruzar la intersección de la Avenida Wilson con Sheridan Road, me fijé en una pelea que estaba teniendo lugar en la parte de atrás de un autobús que iba en dirección contraria a la mía. Un hombre parecía estar forcejeando con otros dos individuos que, me dio la sensación, intentaban capturarle. Con un brusco movimiento, el sujeto consiguió liberarse, saltó a la escalerilla del autobús y luego se lanzó en medio del tráfico. Pero apenas se encontraba a más de un metro del autobús cuando se produjo un gran destello de luz en el lugar en el que debía estar el cuerpo y, un momento después, hubo un tremendo golpe en el capó de un coche que se dirigía hacia el este a menos de tres metros de la curva donde yo me encontraba.

Estaba en primera fila de la multitud que se había arremolinado en el lugar. El coche se había detenido y su conductor estaba fuera para ver contra qué había chocado. El cuerpo del hombre que se había arrojado del autobús yacía a un costado del coche. En la atmósfera había un olor acre y muy definido a ropas y cabellos chamuscados. Un policía se abrió paso y miró el cuerpo. Estaba claro que había que trasladarlo ya que estaba interrumpiendo el tráfico; las bocinas de los coches aullaban en la avenida.

El policía se inclinó para recoger el cuerpo y, con la ayuda del tembloroso conductor y de un peatón, logró arrastrar el cadáver hasta la curva. Lo primero que vi es que el rostro del hombre era, sin lugar a dudas, extranjero, seguramente oriental. Tenía los ojos abiertos de par en par, aterrorizados, como si contemplara un horror invisible. Me estremecí, y estaba a punto de abandonar la escena, cuando me di cuenta de que había un sobre en el lugar en el que había estado tendido el cuerpo y, un poco más allá, una pequeña tablilla cuadrada rota por la mitad.

Me detuve para recogerla. El sobre estaba chamuscado y apenas se podía leer lo que estaba allí escrito. El apellido estaba completamente borrado, todo lo que pude leer fue «Clark Str…». Una de las caras de la tablilla estaba lisa, por la otra había un extraño grabado de diseño geométrico, algo parecido a una tela de araña con un círculo y una estrella de cinco puntas.

—Curioso —pensé, y guardé el sobre y la tablilla dentro de mi bolsillo.

Luego, caminando con más rapidez, bajé por la Avenida Wilson y seguí andando durante un rato por Sheridan Road. Hasta que no había recorrido una distancia considerable no empecé a preguntarme cómo era posible que la víctima del accidente que acababa de contemplar estuviera chamuscada de aquella manera. Un par de horas después me hallaba en el ascensor que subía hasta el piso veintiuno de la Torre de la Tribuna, lugar en el que se encuentra la oficina de Alice John.

Ella no estaba en el despacho, y uno de los empleados me dijo que había subido a la plataforma de observación, en la azotea de la torre, junto con su compañera Hannah. Así que yo también subí. Las dos estaban allí, pero parecía que estaba sucediendo algo. Vi que Alice hablaba con Hannah, pero esta última no daba muestras de estar escuchándola. Hannah estaba inclinada sobre la barandilla de la plataforma, mirando hacia abajo, a la calle. Durante un rato Alice dejó de hablar; luego se echó hacia delante, con los labios apretados firmemente, y miró por encima de la pared occidental de la plataforma. Una multitud parecía estar congregándose un poco más allá de la Avenida Michigan. Hannah tosió con fuerza y miró a Alice.

Su rostro estaba pálido.

—¿Qué crees que está pasando ahí abajo? —preguntó.

Alice John la miró durante unos instantes; luego sonrió, aunque su sonrisa no resultaba muy convincente.

—No seas tonta —dijo de manera cortante—; sé lo que estás pensando, pero no tiene sentido. Está demasiado lejos para tratarse de un hombre que haya caído desde la torre, Hannah.

—Sí —dijo Hannah, aún insegura—. Supongo que sí.

Entonces me vieron.

—¿Qué sucede? —pregunté.

Se miraron entre sí. Luego, Hannah empezó a hablar.

—Un hombre acaba de desaparecer de esta plataforma. No creo que se haya caído, pero el caso es que ya no está aquí. Debería haberse tirado y, sin embargo... no sé.

Alice y yo seguimos la dirección que Hannah señalaba con el dedo y vimos a lo lejos, en la Avenida Michigan, una gran multitud que interrumpía el tráfico y que se congregaba alrededor de un grupo más pequeño que había en el centro. Era la clase de aglomeración que podría haberse congregado si alguien hubiera caído de la torre. Sin embargo, si alguien hubiera caído desde la plataforma de observación, habría ido a parar al parapeto que se extendía un poco más abajo y, aunque hubiera rebotado en él, aunque lo hubiera sorteado de alguna manera, habría caído directamente debajo de la torre, y no al final de la Avenida.

Alice John se retiró bruscamente de la baranda. Empezó a hablar con precipitación.

—El sujeto venía aquí todos los días, y solía mirar hacia el Oeste por el telescopio durante horas y horas, sin dejar que nadie más lo utilizara. Hannah y yo le hemos seguido hoy, y le hemos estado espiando. Íbamos a pedirle que nos dejara usar el telescopio cuando sucedió algo. No sé exactamente de qué se trataba. Hubo un destello —como un relámpago— y de repente el hombre se puso a gritar de manera espantosa. Cuando volvimos a mirar se había ido.

Cuando Alice mencionó lo del destello de luz, pensé en el incidente similar que había tenido lugar en la Avenida Wilson, pero Hannah me interrumpió antes de que pudiera decir nada.

—¿Qué es eso? —preguntó.

También ella había retrocedido y señalaba un punto en el muro, cerca del telescopio. Alice y yo miramos, y vimos un garabato renegrido que en seguida me resultó familiar: una tela de araña con un círculo y la estrella de cinco puntas. Daba la sensación de haber sido escrito allí mismo, pues había restos de carbonilla. Aquella firma doblaba las coincidencias entre el accidente del que yo había sido testigo y el extraño suceso que Alice había contemplado.

—Lo hizo él —decía Alice—. Debía de tener una tea, o algo así.

Pero Hannah no estuvo de acuerdo.

—No puede ser —dijo—. No estaba ahí cuando nosotras llegamos, y no encendió ninguna tea mientras nos encontrábamos aquí. Ese destello de luz...

Hannah echó un rápido vistazo a la calle y luego se volvió hacia el extraño diseño. Entonces nos miró y dijo apresuradamente:

—Señor Carr, Alice, ¿por qué no bajamos y vemos qué es lo que anda mal?

La multitud había empezado a disiparse cuando salimos del vestíbulo del edificio, pero aún había pequeños grupos de personas que hablaban entre murmullos mientras nos acercábamos. Tres hombres se habían detenido cerca de la entrada del edificio, y pudimos oír algún que otro retazo de su conversación. Escuchamos con atención.

—Jamás había visto un cuerpo tan destrozado. Era horripilante; desearía no haberlo visto nunca. Jamás podré quitármelo de la cabeza.

—Pues tú no has visto su cara; da gracias al Cielo de que haya sido así. No sólo era la expresión, que ya de por sí resultaba espeluznante, pero es que además estaba totalmente chamuscada, ¡como si el sujeto hubiera estado caminando dentro de una hoguera!

Sentí que alguien me agarraba con fuerza por el hombro y me volví para contemplar los ojos aterrorizados de Hannah.

—Era, era... —susurró—. ¡Sí se cayó!

—No pudo haberse caído desde aquí —dijo uno de los hombres—, pero tenía que haber algún tipo de descarga eléctrica o magnetismo estático en el lugar desde el que cayó. He oído que un reportero decía algo así.

—Bueno, ya veo que habéis visto bastante, pero podéis sentiros dichosos de no haber contemplado lo que vi yo. Me encontraba justo enfrente cuando levantaron el cadáver, y sus ropas se le desprendieron de una forma horrible. Pude verle la espalda y uno de sus costados, y las marcas que allí había. Ya lo leeremos en los periódicos. Si se atreven a publicarlo.

—¿Qué marcas? No escuché comentarlo a nadie.

—Supongo que nadie quería hablar de eso. A mi tampoco me apetece mucho. ¿Puedes imaginarte cómo sería la marca de una mano o zarpa enorme de entre 30 y 50 centímetros? Soy demasiado imaginativo, creo, pero esas cosas me crispan los nervios. Varias líneas paralelas, como de unos dedos gigantescos, que medían más de treinta centímetros y que recorrían su espalda y parte del costado. Y estaban impresas a fuego en la carne con una profundidad de unos tres centímetros.

Me puse a su lado.

—¿Qué ha sucedido? —pregunté.

—Que un hombre ha caído desde la torre —contestó uno de ellos.

Luego, una cuarta persona, que hasta entonces no había dicho nada, se adelantó un poco y dijo:

—No, no se ha podido caer desde allí. Y tampoco ha saltado; el parapeto que sobresale en el piso veintiuno habría detenido su caída. Alguien arrojó a ese sujeto, ¿de qué otra manera podría haber llegado hasta este lugar de la Avenida?

Mientras volvíamos al edificio y subíamos a la planta veintiséis, las dos mujeres permanecieron en silencio.

—Bueno, parece que nos hemos topado con un misterio desde dos ángulos diferentes —dije.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Alice.

—He visto a un hombre que, aparentemente, se tiraba de un autobús en el cruce de la Avenida Wilson con Sheridan Road hace apenas dos horas. Una especie de accidente, creo. El sujeto saltó del autobús, y parecía tener una enorme carga eléctrica, por el destello que vi. Cuando cayó al asfalto, estaba terriblemente chamuscado.

Hannah se estremeció.

—Ya es suficiente —dijo—. Me estoy asustando, y no sé por qué. Los dos hombres sufrieron un terrible impacto lumínico, y ambos acabaron chamuscados.

—El mío era un oriental de algún tipo —dije.

Alice se volvió hacia mí con una mirada extraña.

—¿Crees que podría tratarse de un persa?

—¿Por qué? —pregunté.

Habló con precipitación.

—Porque nuestro hombre era persa, y porque si el tuyo también lo era, entonces creo que se trata de algo más que una simple coincidencia.

—Sé que hay algún tipo de conexión —dije—. Los signos que había en el muro de la plataforma de observación eran exactamente iguales a los que hay en una pequeña tablilla que se salió del bolsillo del accidentado y que yo recogí.

Saqué la tablilla para enseñársela a Alice y Hannah, junto con el sobre chamuscado. Fue en esto último en lo que Alice prestó mayor atención, y en la dirección que allí figuraba. Apenas fue capaz de susurrar una pregunta:

—¿También encontraste eso?

Asentí.

—Sí, junto con la tablilla.

Alice miró a Hannah.

—La noche anterior, aquel hombre dejó enfocado el telescopio en un punto. Hannah y yo intentamos determinar lo que había estado observando. Era una casa de la calle North Clark.

Habíamos hecho el trasbordo en el piso veintitrés y ya nos encontrábamos tres plantas más arriba, en las oficinas del estudio de arquitectura donde Alice estaba empleada. Nos paramos nada más entrar y hablamos en voz baja.

—Estás muy pálida —le dije a Hannah, con una tímida sonrisa—. Si no te conociera mejor pensaría que habías visto a un fantasma.

Alice me interrumpió con un tono de voz seco y cortante que me resultaba ajeno a ella.

—Creo que se trata —dijo— de algo mucho peor que un fantasma.

Leo J., el arquitecto para el que trabajaban Alice y Hannah, salió de su oficina. Nos miró por encima de sus lentes y sonrió.

—¿Ya estás aquí, Hannah? —dijo—. Necesito que tomes un dictado, por favor.

—¿Me va a necesitar para alguna otra cosa? —preguntó Alice.

—¿Con el señor Carr merodeando por aquí? —bromeó—. Creo que no.

Mientras descendíamos hacia el vestíbulo de la Torre de la Tribuna, le dije a Alice:

—Estoy empezando a pensar hay algo más en todo este asunto, Alice, algo que ni tan siquiera sospechamos. La casa de la calle North Clark parece ser el único punto de conexión entre los dos casos.

Alice asintió.

—El persa tenía el telescopio enfocado en ella, y había estado observándola con suma atención durante casi una hora. Creo que estaba mirando algo, o esperando para ver algo, mientras Hannah y yo le espiábamos. Ya había estado en la torre en otras ocasiones. Su sigilo despertó nuestra curiosidad.

—Conoces la casa —pregunté.

—Sí. Paso delante de ella todos los días de camino al trabajo.

Medité un rato; luego Alice, que también había estado pensativa, exclamó:

—Escucha, Don, ¡vamos hasta allí!

—¿Por qué? —inquirí.

—Tan sólo para echar un vistazo, a lo mejor descubrimos algo interesante, algo que pueda conectar ambos sucesos.

—De acuerdo —contesté sin dudarlo.

Creo que el instinto de los detectives está presente en todos nosotros; al fin y al cabo, es otra forma de curiosidad. Cuando llegamos a la calle, hice parar a un taxi. Una vez dentro, Alice se inclinó sobre el conductor, dándole instrucciones.

—Vaya despacio por la calle North Clark. Ya le diremos dónde tiene que parar.

El taxi viró en la esquina y Alice se echó hacia atrás junto a mí. No habíamos avanzado mucho cuando Alice volvió a inclinarse y ordenó al taxista que parase. Salimos y le pedimos que nos esperara. Un hombre, que nosotros pensamos que debía de ser el propietario, apareció en la puerta después de que llamáramos al timbre. Nos miró inquisitivamente tras la hoja exterior que hacía las veces de mosquitero.

—¿Tiene habitaciones? —le pregunté, pues había visto un cartel que anunciaba habitaciones en alquiler.

Era lo único que podía decir, ya que no quería que se supiera el verdadero motivo de nuestra visita.

—Sí, señor. Pase, por favor.

—Gracias.

Fuimos a dar a un recibidor desierto.

—Queremos varias habitaciones —dije.

—El tercer piso está completamente vacío ahora. ¿Desean verlo? Hay cuatro habitaciones.

Subimos dos tramos de escaleras y llegamos a la tercera planta. Primero nos enseñó las dos habitaciones traseras y luego una de las de delante.

—¿Qué les parecen? —preguntó.

—No están mal —dije, y luego, curioso por ver todas las habitaciones—: Pero usted dijo que había cuatro.

—Así es. Pero el otro cuarto necesita papel nuevo en las paredes. Y la madera está un poco deteriorada. Estará lista para ustedes en unos cuantos días.

—Déjenos ver la otra habitación, por favor —exclamó Alice.

Cruzamos la puerta que faltaba y entramos en una habitación vacía, pero apenas llevábamos un rato dentro cuando vimos el ahora familiar diseño chamuscado en la pared: la tela de araña con la estrella de cinco puntas.

—¿Qué es eso? —pregunté casualmente.

—No lo sé. Lo dejaron sus antiguos inquilinos.

—Qué raro, ¿verdad? —dijo Alice.

—Sí, señora, así es. Pero los inquilinos también eran muy raros. Persas, siete, y todos vivían en esta habitación. Al final tuve que echarles; eran demasiado peligrosos. Encendían fuego en la habitación, y no siempre en el hogar de la chimenea —señaló las jambas de la puerta y la repisa de la chimenea.

Fuego, pensé, y en seguida me acordé de aquel peculiar resplandor que se había producido cuando murieron los dos persas. Decidí instintivamente que el fuego era la conexión. ¿Qué extraños sucesos habían tenido lugar en esta habitación antes de que nosotros llegáramos? ¿En qué extraño asunto me había visto inmerso de repente? Volví la vista y pude contemplar la Torre de la Tribuna irguiéndose más allá de la ventana de la habitación. En esos momentos sonó el timbre de la puerta. El dueño de la casa se dirigió hacia el recibidor.

—Discúlpenme. Miren lo que quieran. En un minuto estaré de vuelta.

Le oímos bajar las escaleras. Alice estaba cerca de la pared, mirando la gran cantidad de símbolos que allí estaban dibujados. Yo examinaba la madera chamuscada. Justo entonces pensé que olía a humo, y un momento después, a pesar de que el dueño de la casa se encontraba abajo, sentí que no estábamos solos.

No puedo explicar el porqué de aquella sensación; era un sentimiento del todo intangible. En ese mismo instante supe por primera vez que Alice y yo nos hallábamos involucrados en un asunto de una importancia siniestra. Que nos enfrentábamos a algo, o a alguien, que pretendía destruirnos, como ya había hecho con los persas. Pero entonces olvidé todas esas sensaciones de peligro, ya que Alice, sin previo aviso, se puso a gritar. Giré sobre mis talones; en ese instante brotó una columna de fuego de la pared que Alice había estado examinando.

Me abalancé sobre ella y la aparté de un empujón. La llama se perdió en el aire, luego volvió a aparecer de repente, y se dirigió hacia nosotros. La esquivamos de milagro, cruzamos la puerta y corrimos escaleras abajo. A medio camino nos encontramos con el dueño.

—¡Hay fuego en la habitación! —grité.

—¿Fuego? —tartamudeó.

Pero nosotros seguimos corriendo escaleras abajo hasta salir del edificio. Mientras me acercaba al taxi, que aún seguía esperándonos, una especie de miedo se apoderó de mí. De nuevo no existía ninguna explicación, excepto que allí había algo tan sorprendente, tan inexplicable y poderoso —en aquel repentino estallido de fuego que había tenido lugar justo después de sentir que nos enfrentábamos a una fuerza desconocida— como para hacer que temblara de los pies a la cabeza acosado por un terror invisible.

Mientras nos alejábamos rápidamente del lugar, vimos por la ventanilla trasera del vehículo que el piso de arriba de aquella casa estaba completamente en llamas, unas llamas que se movían con una increíble velocidad. Fuera cual fuera la fuerza capaz de hacer aquello, parecía querer vengarse del casero, envolviéndolo todo en un fuego rojizo y un denso humo negro.

Sentí que Alice y yo nos enfrentábamos a un poder que no era totalmente de este mundo. Aquella sospecha hizo que, mientras nos dirigíamos a la Torre de la Tribuna, que era a donde le había dicho al taxista que nos llevara tras nuestra espantosa retirada, le dijera a Alice:

—Me gustaría contarle todo esto a Dave Windemere.

—¿Mi amigo, el investigador psíquico? —preguntó Alice, intentando recuperar la calma después de nuestra precipitada huida.

Asentí.

—Creo que es una estupenda idea —dijo.

Ya en el edificio, llamé a Dave Windemere desde una cabina telefónica y conseguí una cita para reunirnos. Llegó antes que nosotros. Dave, todavía un hombre joven con sus treinta y pocos años, estaba sentado en la mesa de un rincón cuando Alice y yo entramos. Ante sus ojos tenía una edición extraordinaria del American y, cuando nos sentamos junto a él, señaló los titulares:

—Me habéis llamado por esto, ¿verdad?

Los titulares decían:


CUATRO ASESINATOS ELÉCTRICOS:
LOS CRÍMENES ELÉCTRICOS DE LA SEMANA CULMINAN CON EL ASESINATO DE LA TORRE DE LA TRIBUNA Y EL DE SHERIDAN ROAD.


—Todos persas —dijo Dave Windemere con sequedad—, como los otros dos. No creáis que intento asustaros pero, a no ser que alguien encuentre una manera de evitarlo, va a haber más crímenes. —Sonrió a Alice, que estaba muy pálida—. Ya he pedido la cena para todos, y sospecho que sabéis algo de primera mano sobre lo acontecido en la Torre.

Alice asintió con rapidez, y le resumió todo el asunto en unas cuantas frases. Luego, yo le conté lo que había visto en el autobús de la Avenida Wilson y le di el sobre y la tablilla rota.

—Sí —dijo Windemere, tomando la tablilla—. En todos los asesinatos, que la gente ha dado en llamar «eléctricos», ha aparecido el mismo signo. El primer contacto que tuve con todo este asunto fue por un crimen que tuvo lugar en Ravenswood a principios de esta semana. Un criado persa murió de la misma manera que en los asesinatos eléctricos. Me acerqué a ver el cuerpo y la mujer del dueño me comentó que el persa había venido de la casa de la calle North Clark. Fui allí en una ocasión y estuve con el casero. Allí se confirmaron mis sospechas. Siete persas habían ocupado la tercera planta.

»El dueño los había echado por sus extraños escarceos con el fuego, que ponían en peligro su vivienda. Parecía que estuvieran llevando a cabo algún tipo de ceremonia, y me dijo que una vez les había estado espiando desde la ventana de un edificio vecino. Aunque llevaba unos prismáticos de los que se utilizan en la ópera, no pudo ver mucho, pero confesó que se había sentido espantado. Contempló a todo el grupo realizando una especie de ceremonia delante de un rudimentario altar, como si estuvieran adorándolo.

»De repente, me dijo, algo les lanzó al suelo y se produjo un destello cegador. Justo después, el altar estalló en llamas. Desde entonces decidió echarles. Tuvo bastantes problemas para conseguir que se fueran, porque clamaban que la cosa a la que adoraban —ese fuego elemental— estaba ligada a ellos y a la casa, y que se vengaría de ellos con la fuerza de lo elemental. Por fin pudo echarlos, pero desafortunadamente no sabía adónde habían ido.

—Bien —dije con excitación—, pues el elemental, o lo que quiera que sea, se ha tomado cumplida venganza hace una media hora.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Windemere.

Le narré brevemente nuestra visita a la casa de la calle North Clark, junto con los extraños sucesos que allí tuvieron lugar y que, finalmente, me llevaron a contactar con él. Su rostro empalideció cuando le hablé del ataque que habíamos sufrido Alice y yo.

—¡Por Dios! —exclamó involuntariamente—. Entonces estáis metidos en esto. ¡Ahora mismo os encontráis expuestos a un terrible peligro!

Alice se puso un poco pálida, pero en seguida se recobró.

—¿Qué es un fuego elemental, Dave? —preguntó.

Dave Windemere frunció los labios.

—Un elemental —por fin comenzó a hablar con cierto recelo— es la fuerza que hay detrás de los elementos: aire, fuego, agua y tierra, o cualquiera de sus elementos; y aunque no tiene que ser necesariamente maligno, en este caso sí ha resultado particularmente perverso. Sospecho que ha habido algún tipo de error en las ceremonias que realizaron los persas, pero como mucho tan sólo podemos suponer las causas. El peligro reside en el hecho de que se trata de una cosa completamente intangible, y en que, tras eliminar a los persas, ahora podría atacar a cualquiera, sembrar el pánico en la ciudad. Tenemos que acabar con él antes de que eso suceda.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Alice.

Windemere sonrió con ironía.

—Sólo hay una manera, tenemos que exorcizar al elemental, pero, desafortunadamente, para llevar a cabo esta ceremonia, necesitamos a uno de los persas. Y aunque ya llevo una semana buscando, jamás he podido encontrar a ninguno de ellos antes de que fuera demasiado tarde. El lunes fue el asesinato de Ravenswood, al día siguiente eliminó al persa que estaba empleado en el Hotel Southside, y ya estamos a jueves y el número de víctimas asciende a cinco. Todavía quedan otros dos persas en algún lugar. He puesto un anuncio, pero aún no he obtenido resultados. Sin embargo, no pierdo la esperanza.

—Esa cosa actúa con gran rapidez.

Windemere asintió gravemente.

—Lo sé. Y eso significa que nosotros, también, tenemos que apresurarnos. De alguna manera, esos persas han convocado a la cosa desde el exterior, y ahora ya no quiere regresar. Su poder crece con cada nuevo asesinato.

Alice se estremeció; pude sentir cómo temblaba. Windereme prosiguió.

—Y justo ahora —dentro de 60 minutos, para ser más exactos—, tengo que tomar un tren con destino a Madison por asuntos de negocio con la tienda. Volveré mañana al mediodía, pero incluso la pérdida de unas pocas horas puede resultar vital. Cuando el elemental se sienta libre —una vez que todos los persas estén muertos— será extremadamente difícil exorcizarle.

Alice seguía temblando.

—Comamos.

Pero no me apetecía comer nada. Aproximadamente a las cinco de la tarde del día siguiente llamé a Alice.

—¿Eres tú, Alice? No digas nada. Escucha. Te llamo desde la Northwestern Station. ¿Puedes venir aquí en seguida? Estoy con Dave Windemere. Hemos descubierto el rastro de uno de los persas. Vienen en el expreso de las cinco y cuarto desde Madison. ¿Puedes esperarnos en las puertas de la entrada?

A las cinco y cuarto Alice se encontró con nosotros en la entrada de la Northwestern Station, sonriéndonos amigablemente.

—Espero que hayáis encontrado a uno —dijo.

—Pues sí —contesté entusiasmado.

—Contádmelo —se volvió hacia Dave Windemere.

—Bueno —empezó—. En realidad no es nada. La noche pasada, en el tren de Madison, estaba releyendo las noticias sobre los últimos asesinatos cuando me di cuenta de que enfrente de mí había un oriental, y que estaba visiblemente agitado. Entonces descubrí que estaba leyendo las mismas noticias. Sospeché que se trataba de uno de los persas de la casa de la calle Clark, así que me puse a su lado y me presenté. Al principio se negó a hablar del asunto, pero le convencí al asegurarle que lo único que pretendía era devolver al espacio exterior a la entidad maligna que su pequeño grupo de adoradores había convocado.

Logré que me contara toda la historia: cómo habían invocado al elemental sin quererlo y lo habían encerrado en la casa de North Clark, y cómo habían escapado de su furia cuando consiguió liberarse. Él, y otro persa que vivía en la Avenida Wilson, eran los únicos supervivientes que quedaban. Conseguí que el sujeto accediera a verse conmigo aquí cuando regresara a Chicago esta noche, y estoy casi seguro de que terminaremos con este horror durante las siguientes doce horas. Si no es así, sólo Dios sabe lo que puede ocurrir.

—Aquí llega el tren —dijo Alice.

—¿Vamos en su busca? —pregunté.

—No os preocupéis, él nos encontrará.

La multitud empezó a llenar la estación. Había muchos jóvenes, hombres y mujeres, que acababan de ingresar en la Universidad de Wisconsin el día anterior. Algunos se reían excitados y otros hablaban a voces en la parte posterior del recinto. Fue esta conversación la que atrajo la atención de Alice sobre los estudiantes recién llegados. Se volvió repentinamente hacia Windemere.

—He oído que uno de los chicos decía quemado como una patata frita, y a otro que comentó algo acerca de unas ropas en llamas.

Windemere se acercó al grupo.

—¿Qué ha sucedido, chicos?

—Un accidente en el camino —dijo uno de ellos.

—¿Accidente? —añadió otro—. ¡Fue un asesinato, puro y simple!

—No seas idiota. Fue un accidente. Seguro.

—Vamos, vamos, chicos. ¿Qué ha pasado?

Uno de los estudiantes avanzó un poco y empezó a hablar.

—Han matado a un tipo entre Beloit y Harvard. Electrocutado, según parece. Estaba tan churruscado como una patata frita. Un extranjero, o al menos eso me parecía; probablemente persa. Estaba en el descansillo enfrente de nosotros cuando, de repente, una corriente eléctrica surgida de no sé dónde le alcanzó, y ¡plaf! ¡estaba muerto!

—¿Una corriente eléctrica? —intervino un segundo estudiante—. Escucha, gran hombre, tú no te encontrabas tan cerca como yo cuando se lo llevaron, así que no has visto ni la mitad de lo que yo pude contemplar. Aquel sujeto estaba tan quemado como una patata frita, eso es cierto, y sus ropas habían quedado reducidas a cenizas por el fuego, pero en su espalda estaba impresa una maldita marca que, lo juraría, ¡no estaba allí antes, cuando aún vivía! Se trataba de una especie de tela de araña, con un círculo y una estrella en el medio. Y no podía tenerla cuando aún estaba vivo por que el símbolo estaba demasiado profundamente impreso en su carne, y nadie puede tener eso y seguir vivo.

—¡Venga ya!

—Es cierto —dijo otro—. Yo también lo vi.

Dave Windemere había oído lo suficiente. Se dio la vuelta con rapidez y regresó a donde estábamos Alice y yo, lo suficientemente cerca como para enterarnos de todo lo que habían dicho.

—Lo atrapó —dijo sucintamente—. Tenemos que ir a la Avenida Wilson y acabar con la cosa antes de que encuentre a su última víctima. Sólo Dios sabe cuando parará.

No nos costó mucho explicar la situación al persa que vivía en el 5134 de la Avenida Wilson, quien, a pesar de que le aterrorizaba la idea de tener al elemental que habían invocado enfrente, no puso ningún reparo en colaborar con los preparativos del exorcismo.

—Lo primero que debemos hacer es un sacrificio de sangre.

—¿Bastará con un gato? —preguntó el persa tras unos momentos de duda.

—Sí, el gato servirá. Cuando estemos listos para empezar habrá que matar al gato y verter su sangre en un cuenco, que servirá para atraer al elemental. Ya tengo todo lo demás: sal, incienso, alcanfor, sulfuro y resina blanca, que tendremos que mezclar para llevar a cabo el exorcismo final del espíritu que estamos a punto de convocar.

—¿Cómo... —balbució Alice de repente—, cómo vas a exorcizarle?

—Cualquier elemental puede ser exorcizado, pero antes tiene que materializarse. El mejor agente para conseguirlo es la sangre recién derramada, que tiene un atractivo especial para el ente y ayuda a su materialización. Entonces, cuando tenga una forma, podremos lanzar el exorcismo ayudándonos de las otras cinco sustancias que ya he mencionado.

—¡Tendremos que cegar las ventanas! —exclamó el persa.

—Sí, aunque apenas entra luz por ellas. Necesitaré su fajín rojo para tapar esa lámpara de mesa, la luz roja vibra a un rango inferior y no afectará a la materialización. Una luz más fuerte la impediría.

El persa y Windemere llevaron a cabo todos los preparativos. Cerraron los cortinones y los ataron a los extremos de las ventanas. Taparon la lamparita con la tela roja. El persa abandonó la habitación, pero regresó al rato con un cuenco que contenía la sangre recién derramada de su gato. Puso el recipiente enfrente de Windemere, en el centro de la habitación. Ni Alice ni yo nos sentíamos demasiado cómodos. Dave nos pidió que nos sentáramos en dos de los cuatro asientos que él había colocado en semicírculo alrededor del cuenco.

—Permaneced totalmente quietos; no os mováis, ocurra lo que ocurra. Sobre todo, manteneos a salvo, ya que, si estáis completamente convencidos, eso hará que vuestra seguridad sea mayor. Es una forma de autosugestión que resulta muy eficaz.

Se sentó en el semicírculo con una copa en la que había mezclado los ingredientes que antes mencionara; la copa estaba tapada con una tela de color negro.

—Tened cuidado —susurró—. No os mováis por nada del mundo, no importa lo que veáis o escuchéis.

Al persa se le notaba muy intranquilo bajo aquella luz tenebrosa. Se hubiera sentido mucho mejor si todo estuviera a oscuras; no podía dejar de pensar que era el cebo que atraería a ese adversario invisible. Alice confiaba plenamente en Dave y respiraba agitadamente consumida por los nervios; sin embargo, yo tenía miedo por ella, y me descubrí lanzándole continuas miradas.

Durante cerca de una hora no hubo ni el más mínimo sonido en la habitación; incluso el rozar de nuestras vestimentas, cuando alguno de nosotros cambiaba de posición, apenas era audible. No existía ninguna clase de movimiento, excepto un leve vapor que ascendía del cuenco que estaba en el centro de la habitación. Este vapor pronto se disipaba en medio de las tinieblas reinantes.

Y entonces, bruscamente, detectamos algo que nos era ajeno. Alice fue la primera en darse cuenta de este cambio apenas perceptible, y sentí su mirada nerviosa sobre nosotros tres mientras seguíamos contemplando el cuenco con los rostros inmutables. Durante un rato volvió a sentarse tranquila. Luego, de nuevo, sentí que volvía a mirarnos. El persa también se había dado cuenta, y entonces detecté una presencia extraña y volví a sentir la misma sensación que había tenido en la habitación superior de la casa de la calle North Clark. Todos, excepto Dave, mirábamos nerviosamente la oscuridad reinante.

Alice fue la primera en descubrir la sombra sobre el suelo. Vi que su mano se movía un poco hacia adelante, como señalando algo. La sombra parecía provenir de algún punto por encima del cuenco y, sin embargo, no había nada. La contemplábamos fascinados. Fue creciendo y se situó sobre la figura del persa. Dave le miró, advirtiéndole con la mirada que no se traicionase a sí mismo. Al mismo tiempo, la sangre que había en el cuenco empezó a ascender en una especie de remolino. Espumaba y burbujeaba. El rostro del persa empalideció mientras aguardaba con una calma forzosa. De repente la oscuridad pareció llenarse de movimiento.

Aumentó en intensidad, ondulando de un lado a otro, remolineando y circulando entre nosotros, como oleadas de un humo espeso. De las tinieblas surgió una luz espectral, y acto seguido, a lo que parecía ser una gran distancia, varias Figuras de fuego apenas visibles: triángulos, cruces, círculos, estrellas, rombos. Su resplandor latía en la oscuridad reinante; disminuyeron en intensidad y, de pronto, volvieron a brillar con fuerza. Escuchamos un sonido muy débil delante de nosotros, como un siseo sibilante.

De repente todo desapareció y volvimos a encontrarnos como antes. Luego la sombra volvió a tomar cuerpo lentamente, irguiéndose esta vez justo encima del cuenco. Dave se levantó muy despacio, sujetando en una mano la copa que ahora estaba descubierta y en la otra una cerilla con la que pretendía encender su contenido. La cosa fue elevándose en el aire, ensanchándose hacia los costados, como una nube de humo. Poco a poco, con suma lentitud, fue tomando forma en medio de un silencio aterrador. La sangre del cuenco disminuyó rápidamente. Las gigantescas extremidades de la cosa se movieron de un lado a otro en el aire.

De pronto, su cabeza repugnante y aterradora comenzó a hacerse visible.

Lo primero que vimos fue un repentino foco de luz, que en el acto fue seguido por otro, paralelo al primero: los ojos de la criatura. Luego la luz roja brilló sobre unos colmillos blancos y en los babeantes labios del monstruo. El rostro espantoso y lascivo de la cosa se irguió en el espacio por encima de nuestras cabezas.

Con un movimiento rápido y repentino, Dave Windemere prendió el fósforo y lo acercó al contenido de la copa, arrojándoselo acto seguido a la cosa con todas sus fuerzas. Al mismo tiempo profirió una serie de sonidos guturales que nos resultaban completamente extraños. Y luego...

—¡Cuidado! —gritó—. ¡Fuego!

Se produjo una tremenda llamarada y un destello deslumbrante que nos obligó a cerrar los ojos. Inmediatamente después hubo una explosión de calor. El persa dio un grito, se levantó, trastabilló y cayó al suelo de golpe. Dave quitó el fajín rojo de la lámpara. El oriental no estaba herido. En el suelo yacía el cuenco, vacío, y en la pared de enfrente se podían ver los restos de la copa.

Alice se incorporó temblorosa. El persa empezó a farfullar su agradecimiento al triunfal Windemere, y yo seguí sentado contemplando el cuenco vacío.

—¡Se ha ido! —dijo Dave, despidiéndose del persa—. Y ahora me doy cuenta de que aún no hemos cenado. ¿Qué os parece si vamos a Henrici? Ya son las nueve en punto.

August Derleth (1909-1971)
Mark Schorer (1908-1977)




Relatos góticos. I Relatos de August Derleth.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de August Derleth y Mark Schorer: Un visitante del exterior (A Visitor from Outside), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta su blog. Comparto en Facebook!

Unknown dijo...

Genil relato



Lo más visto esta semana en El Espejo Gótico:

Artículo.
Relato de Charles R. Tanner.
Etimologías y curiosidades.

Relato de Amelia Reynolds Long.
Artículo.
Poema de Louise Bogan.