«Submicroscópico»: S.P. Meek; relato y análisis


«Submicroscópico»: S.P. Meek; relato y análisis.




Submicroscópico (Submicroscopic) es un relato fantástico del escritor norteamericano S.P. Meek (1894-1972), publicado originalmente en la edición de agosto de 1931 de la revista Amazing Stories. Poco después aparecería una secuela: Awlo de Ulm (Awlo of Ulm). El cuento original luego sería reeditado por Isaac Asimov en la antología de 1974: Antes de la Edad Dorada de la ciencia ficción (Before the Golden Age of Science Fiction).

Submicroscópico, quizás el mejor cuento de S.P. Meek, deja de lado los universos paralelos, las máquinas del tiempo, los portales interdimensionales, y franquea el umbral hacia lo desconocido a través de la mecánica cuántica, es decir, de la naturaleza de lo diminuto. En efecto, Submicroscópico propone que en las partículas más pequeñas del cosmos se extienden universos enteros en miniatura.

Si bien esta noción es en la actualidad un cliché de la ciencia ficción, resultaba bastante asombroso en la época de su publicación. Los estudiosos de la mecánica cuántica harán bien en ser piadosos con Submicroscópico. El relato de S.P. Meek no aspira a tanto, sino que más bien intuye que los átomos podrían ser, en esencia, sistemas solares en miniatura; y lo que es aún más asombroso: que esos sistemas estén habitados por civilizaciones a una escala inconcebiblemente pequeña.




Submicroscópico.
Submicroscopic, S. P. Meek (1894-1972)

Después de muchos meses de sacrificio agotador, mi tarea está terminada. Hoy, al ponerse el sol, he soldado la ultima conexión de mi Mecanismo de Vibración Electrónica y lo he probado mientras anochecía. Funciona perfectamente y mañana, al amanecer, abandonaré este plano, espero que para siempre.

Al principio pensaba desaparecer sin dejar rastro, como hice la primera vez, pero mientras estoy sentado esperando el amanecer, esta opción me parece poco justa. En conjunto, este plano me ha tratado bastante bien y realmente conviene que deje algún testimonio de mis descubrimientos y de mis aventuras, que probablemente son las más extrañas que haya vivido un hombre de este plano. Además, esto me ayudará a pasar el tiempo hasta que pueda emprender viaje.

Me llamo Courtney Edwards. Nací hace treinta y cuatro años en la ciudad de Honolulu, hijo único del productor de azucara más acaudalado de las islas. Cuando alcancé la edad de asistir a la escuela secundaria, fui enviado al continente y aquí me he quedado. La muerte de mis padres hizo de mi un hombre rico, y ya no deseé retornar al escenario de mi infancia. Durante la guerra estuve en Aviación, y cuando terminó me despojé del traje oliva y regresé a la universidad de Minneconsin para terminar mis estudios. Mi interés hacia la ciencia nació cuando asistí a una conferencia sobre la composición de la materia. Era una conferencia para estudiantes de carreras no científicas de modo que podía comprender lo que se decía. El conferenciante era el doctor Harvey, uno de los catedráticos más populares. Incluso hoy me parece estar viéndole allí, de pie, y recuerdo algunas de sus palabras.

—Para darnos una idea sobre el tamaño de un átomo —dijo—, tomaré como ejemplo un milímetro cúbico de gas hidrógeno a una temperatura de cero grados centígrados y a presión normal. Este contiene aproximadamente noventa cuatrillones de átomos. Una cantidad casi inconcebible. Pensar en este enorme número de partículas contenidas en un cubo cuya arista mide un milímetro; a su vez, cada átomo es tan pequeño en relación con el espacio que existe entre ellos que, en comparación, el sistema solar está atestado. Sin embargo, y a fin de averiguar la composición final de la materia, nos vemos obligados a analizar unidades aún más pequeñas. El átomo no es una partícula indivisible, sino que está formado por partículas menores llamadas protones y electrones. Los protones son partículas cargadas de electricidad positiva, que forman el centro o núcleo de los átomos; los electrones son partículas cargadas de electricidad negativa, algunas de las cuales giran alrededor del centro y, en la mayoría de los elementos, otras forman parte del núcleo. Cada una de estas partículas es tan pequeña comparada con el espacio que existe entre ellas como los átomos comparados con la molécula.

La cabeza me daba vueltas cuando salí del salón de conferencias. Mi imaginación había quedado cautivada por la idea de contar y medir estas partículas infinitesimales. Al día siguiente fui al despacho del doctor Harvey y solicité una entrevista.

—Doctor, me gustaría hacerle algunas preguntas sobre su conferencia de anoche —le dije.

Sus afables ojos grises parpadearon y me indicó que me sentara.

—Según comprendí, doctor —comencé a decir—, el espacio entre los átomos y entre los electrones y protones de cada átomo es tan vasto comparado con su volumen, que si se pudieran concentrar los protones y electrones de un kilómetro cúbico de gas hasta que se tocaran, la masa resultante no sería visible ni siquiera bajo el microscopio.

—Ha expresado aproximadamente la idea, pero así es —respondió.

—En nombre del sentido común, ¿qué es lo que los mantiene separados? —inquirí.

—Cada átomo se halla en estado de movimiento violento —respondió—, recorriendo el espacio a gran velocidad, chocando continuamente con otros átomos y rebotando hasta que vuelve a chocar con otro átomo y rebota nuevamente. Los electrones también se hallan en un estado de agitación violenta, girando alrededor de los protones, y esta combinación de fuerza centrífuga y atracción eléctrica mantiene al átomo en un estado de equilibrio dinámico.

—Una última pregunta, doctor, y le dejo. ¿Estas cosas que me ha dicho son hechos reales, susceptibles de demostración, o son, meramente, productos de una imaginación excesivamente activa?

Sonrió; luego se inclinó sobre el escritorio y respondió seriamente:

—Algunos son hechos probados que puedo demostrarle en el laboratorio. Por ejemplo, usted mismo, con los conocimientos adecuados, podría contar el número de átomos que hay en un volumen dado. Otras cosas que he dicho son meramente teorías o suposiciones audaces, que explican del mejor modo posible los hechos que conocemos. En la fisicoquímica existe un enorme campo de trabajo abierto a los hombres dotados de capacidad y paciencia para investigar. Nadie sabe lo que el futuro puede dar de sí.

El doctor me había comunicado su evidente entusiasmo.

—¡Seré uno de los hombres que harán esa tarea, si me acepta usted como alumno! —exclamé.

—Me agradaría mucho, Edwards —respondió—. Creo que usted tiene capacidad y voluntad. Solo el tiempo podrá decir si posee la paciencia.

Al día siguiente renuncié a mi curso y me matriculé por libre como alumno del doctor Harvey. Después de un período de intenso estudio de métodos, me hallé preparado para lanzarme a lo desconocido. Los trabajos de Bohr y Langmuir me atraían especialmente, y dediqué mis energías a estudiar el supuesto movimiento de los electrones alrededor de los protones del núcleo. Esta línea de investigación me llevó a intuir que el movimiento no era circular y constante, sino periódico y armónico simple, salvo cuando los períodos armónicos quedaban interferidos por los frecuentes choques. Concebí un experimento que me demostró satisfactoriamente este hecho, y presenté los resultados al doctor Harvey para que lo comprobara. Aquella noche se llevó mis datos a su casa con intención de leerlos en la cama, como era su costumbre pero jamás volvió a levantarse de su lecho.

La muerte me robó a mi preceptor, y fue nombrado decano de la Facultad de Química el doctor Julius. Le llevé mis resultados, pero solo recibí desdén y risas. El doctor Julius era un analista capaz, pero carecía de perspectiva y los árboles nunca le dejaban ver el bosque. A consecuencia de mi entrevista con él, abandoné rápidamente Minnenconsin y decidí continuar mi investigación en otro centro de estudio. El problema que me interesaba analizar era la reducción de período de vibración de los átomos y de sus partes constitutivas. Si mi teoría acerca de su movimiento era correcta, sería posible amortiguar sus vibraciones y así condensar la materia y hacerla ocupar un volumen menor en el espacio.

Pronto descubrí que los hombres como el doctor Harvey podían contarse con los dedos de una mano. No encontré un solo encargado de un departamento universitario que poseyera perspectiva suficiente como para comprender las posibilidades de mi investigación. Furioso, decidí seguir con mis experimentos a solas y apartado del mundo, hasta demostrar el acierto de mis teorías. Pilotaba aviones por diversión y un día, mientras volaba de Salt Lake City a San Francisco, sobrevolé un valle fértil y verde oculto en los despeñaderos casi inaccesible de Timpahute, al sur de Nevada. Interrumpí mi paseo y aterricé en Beatty para hacer averiguaciones. No encontré a nadie que hubiera oído hablar de mi valle escondido. Hasta los más viejos exploradores ignoraban su existencia y se burlaron de mí cuando les aseguré que había visto correr agua y crecer árboles copudos en los yermos de Timpahute.

Comprobé la situación del valle, volé a San Francisco y ordené mis asuntos. Regresé en avión a Beatty, compré algunos pertrechos, aterricé al pie de los desfiladeros que ocultaban el valle y me puse a buscar a pie una entrada. Me costó un mes de cuidadosa búsqueda el encontrarla. Si se practicaban algunas voladuras, podría abrirse un camino transitable para los mulos. Los materiales que había pedido en San Francisco ya habían sido enviados a Beatty, y contraté muleros para que los transportaran a Timpahute. Establecí un deposito a kilómetro y medio del paso e hice descargar allí los materiales. Cuando se fueron, cargué mis propios mulos y me metí en el valle. No me interesaba que nadie supiera donde me hallaba y, por lo que sé, nadie se enteró. Cuando terminé de trasladarlo todo, me puse a trabajar.

En pocos días pude aparejar en la corriente una rueda hidráulica de admisión inferior que me proporcionó energía suficiente para poner en marcha un generador eléctrico; de este modo, tuve a mi disposición la fuerza de veinte hombres. Construí una barraca de madera como laboratorio, con un cuarto para cocinar y dormir. Tuve la suerte de no sufrir ningún revés importante en mi investigación, y unos catorce meses después había puesto a punto mi primer aparato. No pienso consignar como lo hice, pues creo que el mundo no está preparado para ello, pero daré alguna idea acerca de su aspecto y de cómo funcionaba. El mecanismo tiene una base circular de metal plateado (se trata de una aleación de paladio) que sustenta los seis soportes de la cúspide. Ésta, construida con la misma aleación que la base, es de forma parabólica, y cóncava hacia abajo. La parábola contiene una bobina de inducción coronada por un espinterómetro, de modo tal que el mecanismo se encuentra en el foco del reflector, pues eso es en realidad la cúspide.

La bobina y el espinterómetro están conectados con otras bobinas y condensadores que son alimentados por grandes baterías de reserva colocadas alrededor del borde de la base. En cada uno de los seis soportes se ajusta un pequeño reflector parabólico con una bobina y un espinterómetro pequeños en el foco. Los pequeños reflectores están dispuestos de tal modo que enfocan la cúspide con el rayo generador, mientras que el gran espinterómetro superior baña el resto del aparato. Cuando los espinterómetros y bobinas son recorridos por la corriente eléctrica, generan un rayo de longitud de onda similar a la de las vibraciones electrónicas y atómicas pero con un desfase de media onda. El rayo solo es eficaz si puede fluir libremente; la base y la cúspide actúan como conductores y también como aisladores, ya que absorben y transforman las vibraciones que caen sobre ellas de modo que no afectan a lo que está fuera del aparato ni a lo que se halla entre la base y la cúspide.

Naturalmente, tan pronto estuvo terminado lo probé. El aparato funciona al accionar un interruptor. Tomé una varilla de acero y lo puse en marcha. En seguida, el aparato comenzó a encoger. Proferí un grito y me felicité a mí mismo. Me arrodillé para observar cómo disminuía rápidamente, pero de pronto comprendí que se volvería demasiado pequeño y que dejaría de verlo si no conseguía desconectar. Quise tocar el interruptor con la varilla, pero me había demorado demasiado. La vara no pasaba por el hueco existente entre los soportes laterales. Sentí la mortificación de ver cómo el producto de un año de trabajo disminuía cada vez más, hasta que finalmente se desvaneció. La pérdida de mi máquina fue un gran golpe pero, al menos, había verificado mi teoría.

Tras descansar algunos días, me puse a construir un duplicado. La senda ya estaba abierta, y necesité menos de un año para completar el segundo aparato. Lo probé y detuve el proceso de encogimiento cuando el mecanismo estaba aproximadamente a la mitad de su tamaño original. Entonces invertí la polaridad de las bobinas, comprobando con satisfacción que la máquina volvía a dilatarse hasta recuperar sus proporciones originales. En ese momento la desconecté, y comencé a planear experimentos para conocer sus limitaciones. Cuando determiné a mi satisfacción que todo objeto inanimado colocado en la base se dilataba o contraía, ensayé con organismos vivientes. Primero experimenté con una liebre y descubrí que podía aumentar su tamaño hasta el de un pony de Shetland o reducirlo al de un ratón sin consecuencias nocivas aparentes. Concluido este experimento, probé el mecanismo en mí mismo.

El primer experimento consistió en aumentar mi tamaño. Me coloqué sobre el platillo de la base y di paso a la corriente, pero no sentí ningún efecto. Miré el paisaje y, contrariado, descubrí que algo había salido mal. Yo tenía el mismo tamaño, pero la casa y los terrenos cercanos habían sufrido la influencia de mi aparato y se encogían rápidamente. Alarmado, corté la corriente y salí. La casa se había encogido a la mitad de su tamaño normal y yo no pasaba por la puerta, ni siquiera a gatas. Tuve una idea. Metí la mano, saqué una balanza y me pesé. Pesaba poco más de quinientos cuarenta kilos. Entonces comprendí que había tenido éxito más allá de mis sueños más descabellados, por lo que entré de nuevo en la máquina y me encogí hasta diez centímetros de estatura, sin experimentar efectos nocivos, aunque sí la impresión de que la casa y el paisaje crecían. Regresé a mi tamaño normal y, aunque me sentía débil por efecto de la excitación, por lo demás me encontraba totalmente normal.

Mi primera idea fue regresar a la civilización y confundir a los hombres que se habían burlado de mí. Pero, cuanto más analizaba la cuestión, más comprendía la importancia de mi invento y la necesidad de ser precavido al presentarlo. Sea como fuese, me di cuenta de que necesitaba descansar, y me quedé en el valle para ultimar mis planes antes de anunciar el descubrimiento. Pronto empecé a aburrirme. Siempre me ha gustado la caza mayor; poseía un excelente rifle y municiones en abundancia, pero las piezas no abundan en Timpahute. En el valle había muchísimas hormigas y se me ocurrió que, si reducía mi persona y mi rifle a dimensiones adecuadas, me servirían para mi deporte. La novedad de la idea me fascinó tanto como la posibilidad de cazar, y rápidamente me apoderé de una pistola y una cartuchera antes de entrar en la máquina.

Accioné el interruptor. La casa y el paisaje comenzaron a adquirir proporciones ciclópeas, pero continué hasta que los granos de arena semejaron rocas inmensas. Entonces quise cerrar el interruptor. Estaba atascado. Muy intranquilo, traté de moverlo a la fuerza y, como resultado, rompí la palanca... El aparato siguió funcionando y yo me volvía cada vez más pequeño. Los granos de arena se convirtieron en altísimas montañas y luego me sentí caer. Comprendí que la máquina había estado en equilibrio sobre un grano de arena. Ahora había resbalado y caía por el abismo existente entre dos granos. Poco después quedó colgada sobre un precipicio tenebroso, pero siguió funcionando, y luego volví a caer.

Una mirada a la escala del indicador de tamaño relativo me señaló que la aguja casi había llegado al punto que yo había marcado como infinito. Golpeé desesperadamente el interruptor estropeado con la culata del rifle, pero era de construcción sólida. Finalmente lo rompí. La bobina emitió un gemido que recorrió todas las notas de la escala hasta quedar en silencio. Había dejado de encogerme, pero ya era mucho más pequeño de lo que cualquier microscopio podía detectar; revisé el interruptor y me convencí de que estaba totalmente roto; me llevaría varias horas el repararlo. Cuando terminé esta revisión, miré por primera vez a mi alrededor. Apenas daba crédito a mis ojos. La máquina descansaba en un hermoso claro iluminado por el sol, alfombrado con césped y alegrado por variopintas flores.

Ahora debo explicar una cosa. Como decía, no me daba cuenta de cuándo mi tamaño aumentaba o disminuía; era el paisaje el que aparentemente sufría una modificación. Por eso, mientras estuve en Ulm jamás me acostumbré a pensar que todo era realmente submicroscópico, sino que persistía en referirlo todo a mi altura normal de un metro ochenta. En realidad, el claro donde se hallaba la máquina sólo medía una ínfima fracción de centímetro, pero a mí me pareció de ochocientos metros y tardé diez minutos en cruzarlo. Ni siquiera ahora estoy seguro de cuan pequeño era realmente, de modo que no intentaré describir el tamaño absoluto de las cosas, sino que las describiré tal como las percibía. En síntesis, me referiré al tamaño relativo que tenían para mí.

Observé el paisaje y me froté los ojos, intentando convencerme de que estaba soñando, pero la escena no cambió y comprendí que había ocurrido algo insospechado hasta ese momento: es decir, que nuestro mundo es muy complejo y oculta muchos tipos de vida desconocidos para nosotros. Todo lo que estaba al alcance de mi visión parecía normal, el césped, los árboles e incluso algunos mosquitos se arremolinaban a mi alrededor y uno se posó en mi muñeca y me picó. ¡Imaginad, si podéis, cuál debía ser el tamaño real de ese mosquito! Convencido de que no soñaba, salí de la máquina y me detuve en el césped. Pensaba echar una mirada y ver cómo era este mundo en miniatura antes de reparar el interruptor. Sólo había caminado unos pocos pasos desde la máquina, cuando un poderoso gamo apareció en el prado y saltó. Levanté instintivamente el rifle, disparé y el gamo cayó pataleando. Seguro de que mis armas funcionaban correctamente, comencé a recorrer el claro a paso rápido.

Me orienté cuidadosamente con la brújula de bolsillo para no tener problemas al buscar el camino de regreso. Durante los diez minutos que tardé en atravesar el claro, tuve varias oportunidades de cazar venados, pero no lo hice. No quería desperdiciar municiones ni llamar la atención hasta averiguar dónde me hallaba. Hacía un calor asfixiante en el claro y levanté la mirada hacia el sol, esperando verlo enorme, pero no parecía más grande que de costumbre, fenómeno que no pude entender en ese momento, ni tampoco ahora. Antes de llegar al bosque que bordeaba el claro, noté que el horizonte estaba totalmente cercado de enormes montañas, las más altas que había visto en mi vida. Quedé asombrado al comprender que aquellas poderosas e imponentes masas de roca sólo eran, en realidad, granos de arena o tal vez algo más pequeño; tal vez eran partículas de ese polvo impalpable que hay entre los granos de arena.

Tardé alrededor de diez minutos en llegar al lindero de la selva, pues eso era. La mayoría de los árboles eran de especies desconocidas, aunque reconocí algunos típicamente tropicales, entre ellos el baobab, o uno de sus parientes, y el lignum vitae. El paisaje me recordó las selvas amazónicas. El suelo estaba cubierto de restos vegetales en estado de descomposición, y los bejucos entorpecían mis pasos. Me interné en la espesura y diez minutos después estaba perdido como nunca en mi vida. La frondosidad de los árboles me impedía orientarme por el sol, y además había olvidado consultar la brújula al adentrarme en la selva. Me fijé un rumbo con la brújula y avancé con mucha dificultad. Media hora de caminata incesante me convenció de que había tomado una dirección equivocada. La selva era demasiado espesa como para retroceder, de modo que elegí otra orientación con el compás y seguí adelante.

Anduve quizá diez minutos por mi nuevo camino cuando oí un sonido que me detuvo, haciéndome dudar de mis sentidos. Había oído un grito lanzado por una voz humana. Presté atención y volví a oírlo en la misma dirección y un poco más cerca. Alguien se acercaba a mí, y busqué un lugar donde esconderme. Un grupo de raíces de baobab me permitió emboscarme bastante bien y me agaché, con el rifle preparado, esperando lo que pudiera aparecer. Poco después oí pasos apresurados y atisbo desde mi escondite. Imaginad mi sorpresa al ver aparecer a una muchacha, de raza blanca al parecer, corriendo a toda velocidad. A menos de cincuenta metros la seguía un grupo de hombres o de bestias, pues a primera vista no se distinguía lo que eran. Eran oscuros como boca de lobo, de labios gruesos, narices chatas, y casi desprovistos de frente. Medían, o parecían medir, unos dos metros de altura; su tórax era enormemente fornido, y los brazos les llegaban más abajo de las rodillas.

A veces se inclinaban hacia delante, para apoyar los nudillos en el suelo y avanzar a gatas, a mayor velocidad de la que les consentían sus piernas relativamente cortas y torcidas cuando se hallaban en posición erguida. Tenían la cabeza, el pecho y los brazos cubiertos de espeso pelo negro, aunque las piernas, el vientre y la espalda eran casi lampiños. Sus bocas eran anchas y la mandíbula inferior saliente dejaba ver unos colmillos amarillentos que les prestaban una expresión espantosamente bestial. Tenían dos ojos, pero no colocados como en los monos antropoides o en el hombre. Un ojo se situaba en medio de la frente y el otro en la nuca. Sólo llevaban taparrabos y cintos de los que colgaban espadas cortas y pesadas. En las manos portaban lanzas de unos tres metros de largo. El peso medio de un hombre de aquellos sería de unos ciento ochenta kilos en nuestro mundo. Naturalmente, no observé todo esto a primera vista, pero más tarde me familiaricé con los menas —así se llamaban— hasta acostumbrarme a su aspecto.

Me bastó una mirada para comprender que la muchacha estaba cansada y que aquellos brutos le daban caza. Ella era un ser humano, y la visión de aquellos salvajes hizo que mi acto siguiente fuese una reacción puramente instintiva. Salí de mi escondite dando un grito, y me llevé el rifle al hombro. La muchacha me vio y cambió de dirección para acercarse a mí. Los oscuros también me vieron y avanzaron hacia mí, esgrimiendo sus lanzas. Soy buen tirador; ellos estaban cerca y constituían un blanco fácil. Tenía cuatro cartuchos en el rifle, y cuatro oscuros cayeron a medida que yo iba apretando el gatillo. Los demás se detuvieron un instante, lo cual me dio tiempo a cargar el rifle. Mientras lo hacía, elegí al que parecía ser su jefe y lo liquidé con el siguiente disparo. Esto volvió a detenerlos, pero otro demonio dio un salto para tomar la iniciativa y tuve que colocarle un trocito de plomo en la cara. Cayó como un tronco, y como ninguno de los demás parecía deseoso de asumir la jefatura, distribuí los tres proyectiles restantes donde pensé que caerían mejor.

Mientras bajaba el rifle para recargarlo, otro salvaje saltó, corrió hacia mí y los demás le siguieron. No me daba tiempo a cargar, por lo que saqué el Colt 45, y cuando se hallaba a menos de veinticinco metros le metí plomo en el pecho, iniciando una escabechina general. Cuando el Colt quedó descargado, había catorce oscuros en el suelo y el resto huía a toda velocidad. Recargué el rifle y la pistola, y luego busqué a la muchacha. Al principio no la vi, y luego descubrí un mechón de pelo rubio en la maraña que había bajo mis pies. Se había emboscado en la vegetación, ocultándose perfectamente mientras yo disparaba. Me agaché y la toqué pero, cuando notó que su escondite había sido descubierto, se levantó de un salto y huyó como un conejo asustado. La llamé, me miró por encima del hombro y cuando vio que estaba solo se detuvo. Dudó un instante y luego regresó para echarse de rodillas a mis pies. La levanté y le palmeé el hombro.

—Eh, no llores —dije estúpidamente, en parte porque no sabía qué decir y, además, porque su aspecto me tenía totalmente embelesado.

Era sin duda la muchacha más hermosa que he visto en mi vida, alta y esbelta, llena de curvas y gracia, con los ojos azules como el mar que rodea Oahu y una cabellera donde los rayos del sol aprisionados luchaban permanentemente por recuperar la libertad, lanzando destellos a través de las redes de su prisión. Rodeaba su cabeza una cinta de oro que tenía engarzada una inmensa piedra cuadrada de brillo y reflejos maravillosos. Recogía sus prendas de vaporosa gasa gris un cinturón también dorado, del que colgaba una bolsita que tenía una gema incrustada en oro. En la hebilla del cinturón lucía otra gema cuadrada como la que adornaba la cinta de su cabello. Siempre he tratado con franqueza a las muchachas, sobre todo porque nunca me fijé demasiado en ellas, pero no supe qué decir ante aquella salvaje sucia pero hermosa como el amanecer. Sólo pude tragar saliva y tartamudear.

—Esto... ¿Crees que esos bribones volverán a por más? —proferí al fin.

Me echó una mirada de reojo, haciéndome perder la cabeza, y mi corazón saltó emocionado. Luego habló. Su idioma era maravillosamente fluido y me sonaba vagamente familiar. No la entendí, pero estaba seguro de haber oído antes aquella lengua. Luego capté una palabra y repentinamente lo supe. Era como una variedad del hawaiano. Desesperado, intenté recordar el idioma de Leilani, mi vieja niñera, pero la única frase que logré recordar fue E nac iki ne puu wai. No parecía muy apropiado decir a una muchacha a quien acababa de conocer «Rubia, séme fiel», pero como era la única frase que lograba recordar, la dije. Lo entendió y tuvo una reacción de dignidad ofendida. Lanzó un fluido discurso a tal velocidad, que no comprendí una sola palabra. Pensé rápidamente y luego recordé otra frase:

—Pau hawaiano.

Tuve que repetirla dos veces, hasta que ella comprendió, no la palabra hawaiano, sino pau —«se acabó»— y entonces interpretó que mi primera frase era lo único que yo sabía decir en su idioma. Al comprender mi apuro, depuso su indignación y rió. Me alegré al verla otra vez contenta, aunque seguía preocupado por la posibilidad de que los otros regresaran. Mi ignorancia de su idioma me obligó a recurrir al lenguaje de los gestos con objeto de hacerme entender. Me comprendió fácilmente y se mostró preocupada un instante, hasta que vio mi rifle. Lo tocó inquisitivamente y, dando un puntapié al cuerpo del salvaje más cercano, volvió a reír. Evidentemente, creía que el arma me hacía invencible, pero yo sabía que no era así. Sólo me quedaban dos cargas para el revólver y ochenta y cinco cartuchos de rifle, que no bastarían para rechazar un ataque en regla. Toqué el rifle, sacudí con tristeza la cabeza y dije:

—Pau.

Su rostro volvió a ensombrecerse y se puso a hablar muy despacio, repitiendo varias veces la palabra «Ulm». Gradualmente recordé el hawaiano y, aunque su idioma no era el que yo había aprendido en mi juventud, ya que ella empleaba las consonantes «s» y «t», ambas desconocidas en hawaiano, logré deducir lo que quería decir. Me invitaba a ir con ella a Ulm. Yo no tenía la menor idea acerca de Ulm, pero ya había renunciado a la esperanza de regresar a mi máquina y, desde que había visto a la muchacha, tampoco tenía mucha prisa en encontrarla. Me pareció que podría interesarme visitar Ulm y luego regresar al claro con un guía competente. En consecuencia, le hice comprender que aceptaba su proposición. Asintió alegremente, me precedió y empezó a abrirse paso hacia el nordeste.

Caminamos más de tres horas a través de la selva, siguiendo una línea recta por medio de la brújula. Más tarde supe que la gente de Ulm posee un asombroso sentido de orientación y sabe encontrar su camino por el mundo en miniatura sin ayuda de guías. La muchacha habló todo el tiempo en su idioma y, a medida que recordaba el hawaiano que aprendí de niño, descubrí que lograba comprender el sentido de lo que decía si hablaba muy despacio. Incluso, en cierto modo, podía contestar.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—Awlo Sibi Tam —respondió, alzando orgullosamente la cabeza.

—Me llamo Courtney —agregué.

Intentó repetir mi nombre, pero tuvo problemas con el sonido de la «r», que, por lo visto, le era desconocido. Lo repitió varias veces mientras avanzábamos, y por último, logró una imitación bastante buena. De todos modos, pensé que nunca mi nombre había sido tan encantadoramente pronunciado. De súbito, Awlo se interrumpió y escuchó con atención. Volvió hacia mí su rostro lleno de temor y dijo:

—Vienen.

—¿Quiénes? —pregunté.

—Los menas —respondió.

Presté atención, pero no oí nada.

—¿Hay muchos? —inquirí.

—Muchos —repuso—, creo que cientos. Están siguiendo nuestra senda. ¿No los oyes?

Apoyé la oreja sobre la tierra y percibí un débil rumor. Jamás habría logrado adivinar de qué se trataba.

—¿Qué podemos hacer? —consulté. Levanté el rifle—. Éste matará a cien, pero luego estamos perdidos.

—Correr —dijo—, correr lo más rápido que podamos. No servirá de mucho, ya que los menas pueden alcanzarnos. Tú eres lento y yo estoy cansada pero, si tenemos suerte, lograremos llegar a las llanuras de Ulm y allí estaremos a salvo.

Su consejo me pareció bueno y comencé a seguirla tan rápido como podía. Soy buen corredor, pero no podía seguir el paso de Awlo, que volaba como un ciervo sobre el terreno. El rifle me estorbaba, pero desde luego no era cuestión de abandonarlo. Poco después oí claramente los gritos de los menas que nos perseguían.

—¿Falta mucho? —jadeé.

—No —respondió por encima del hombro—. ¡Apúrate!

Jadeé tras ella. La selva empezó a clarear delante de nosotros y salimos a una inmensa llanura abierta. Awlo se detuvo y exhaló un grito de desesperación.

—¿Qué sucede? —pregunté imperativamente.

No respondió, sino que señaló hacia delante. Nuestro camino estaba cortado por un ancho río, de sereno caudal. Había un puente, pero una mirada me bastó para ver que el arco central estaba derruido; en medio de la estructura se abría una brecha de seis metros.

—¿Sabes nadar? —pregunté.

Me miró, interrogante. Era manifiesto que la palabra le resultaba desconocida.

—Nadar, correr por el agua —expliqué.

Una expresión de pánico cerval desfiguró su rostro.

—Es tabú —replico—. Entrar es mortal.

—Quedarse a este lado es lo mortal —señalé.

—Es mejor morir en manos de los menas que por obra de los dioses —respondió.

Hablaba en serio. Prefería enfrentarse a la muerte segura en manos de aquellos salvajes espantosos, antes que meterse en el agua. Sólo podía hacer una cosa: buscar un refugio desde donde vendería cara mi vida. Pensé en esto y recorrí la orilla del río, buscando una depresión que nos defendiese de las lanzas de los menas. Al rebasar un grupo de árboles me tocó a mí el turno de gritar, aunque éste fue un grito de alegría y no de temor. Allí, entre los árboles y la orilla del río, había un objeto que me resultaba familiar: el Mecanismo de Vibración Electrónica.

—Estamos salvados, Awlo —grité de alegría mientras corría hacia la máquina.

Comprendí que era el primer modelo, construido hacía casi un año. Tal como me había figurado, se redujo a pequeñez infinitesimal. Quedé un instante desconcertado, preguntándome cómo no se había encogido hasta desaparecer, pero no era momento para análisis científicos. Los gritos de los menas ya se oían peligrosamente cerca.

—Awlo, aléjate unos metros y no te asustes —ordené—. Te salvaré fácilmente.

Me obedeció y entré en la máquina. Al pronto temí que las baterías estuvieran agotadas. Pero al tomar la palanca del interruptor y moverla para aumentar el tamaño, el paisaje comenzó a disminuir como otras veces, sin que yo notase nada. Mantuve los ojos fijos en el río, hasta ver su anchura reducida a dimensiones que yo podría saltar fácilmente; luego corté el contacto y salí. Al principio no vi a Awlo, pero luego la hallé caída boca abajo sobre el terreno. Me incliné sobre ella y entonces vi algo más. Cientos de menas habían salido de la selva y se acercaban por nuestro sendero. No dudé ni un minuto más. Tomé a Awlo con la mayor precaución, y salté el río con ella. Me volví para ver si los menas intentaban seguirnos, pero, evidentemente, al ver mis proporciones gigantescas huyeron a toda velocidad. Luego supe que el río era tan tabú para ellos como para Awlo, y que por ningún motivo habrían cruzado la corriente de agua, salvo por medio de un puente o una barca.

Levanté a Awlo hasta mis ojos para tranquilizarla, pero se había desmayado. Regresé a la otra orilla del río, volví a entrar en la máquina y bajé la palanca reductora. En vista de que la máquina funcionaba, decidí no detenerla hasta averiguar por qué había dejado de funcionar súbitamente. No logré que redujera más su tamaño ni el mío. La única explicación que se me ocurre consiste en que el mundo de Ulm debe hallarse en el límite de la pequeñez, o sea en la magnitud de la vibración de los átomos y sus partes constituyentes. Sin duda es el límite inferior del movimiento, y toda reducción mayor produciría la inmovilidad y, por consiguiente, la aniquilación de la materia.

Me había propuesto cruzar a nado el río mientras Awlo permanecía inconsciente, pero pensé que la máquina también podía serme útil en la otra orilla, de modo que volví a aumentar mi tamaño para poder cruzarlo a pie. Salí y, para reducir sólo la máquina, moví la palanca reductora con un palito hasta que alcanzó el tamaño de un juguete. Tomé la máquina con la mano, salté nuevamente el río, y con mi navaja de bolsillo accioné la palanca en sentido contrario. Cuando aumentó al tamaño adecuado la detuve, volví a entrar y pronto, tanto ella como yo, quedamos al tamaño mínimo. Awlo seguía inconsciente. Me incliné sobre ella y le froté las manos. Pronto volvió en sí y se sentó. Fijó una mirada distraída en la máquina, se estremeció y luego volvió sus ojos asustados hacia mí.

—¿Qué ha sucedido, Courtney Siba? —preguntó con voz temblorosa—. Creí que te habías convertido en un kahuma, un hechicero de la antigüedad. ¿He soñado?

Reflexioné rápidamente. Resultaba evidente que un kahuma era alguien digno de respeto y, a la vez, alguien ajeno a la categoría humana. Las ventajas e inconvenientes de serlo parecían equivalentes, pero al contemplar el rostro asustado de Awlo tomé una decisión:

—No soy un kahuma, Awlo —repliqué—. Hice lo que hice gracias a esto, que me permitió aparecer ante los menas más grande de lo que soy. Por eso huyeron. Mientras lo hacían, os pasé a ti y a la máquina. Ahora estamos a salvo y, si los menas no hallan una manera de cruzar, no volverán a molestarnos.

Awlo pareció contentarse con mi explicación. Le propuse descansar un rato para recuperarse del susto, pero se burló de esta idea.

—Ulm está muy cerca —explicó— y hemos de apresurarnos. No quiero que mi padre se inquiete demasiado por mi ausencia.

—Esto me recuerda algo que quería preguntarte, Awlo —dije mientras nos poníamos en marcha—. ¿Por qué estabas en la selva donde te perseguían los menas cuando te encontré?

—Había ido a la ciudad de Ame para visitar a mi tío Hama —respondió—. Mi visita concluyó ayer y emprendí el camino de regreso. Desde hace tres años los menas no se atrevían a atacarnos. Por eso llevaba una escolta reducida, de sólo unos trescientos soldados. Estábamos a mitad de camino entre las dos ciudades y avanzábamos pacíficamente por la selva cuando, sin previo aviso, los menas atacaron. Los soldados lucharon violentamente, pero los menas eran muchos y demasiado fuertes, y toda la escolta fue asesinada. Dos de mis doncellas y yo fuimos capturadas. Los menas nos llevaron a una de sus ciudades en la selva y prepararon el banquete.

—¿El banquete? —inquirí.

—Para los menas, somos comida —respondió con sencillez.

Me estremecí ante la idea y apreté los dientes al pensar en aquellos monstruos que huían, y que pocos minutos antes habían estado a mi merced. Si hubiera sabido cuan salvajes eran, los habría castigado a placer.

—Anoche sacaron primero a una y después a la otra doncella de la cueva donde estábamos prisioneras, las mataron y las arrastraron hacia la caldera. Luego me tocó a mí, y dos menas me atraparon y me llevaron a rastras. Luego me soltaron y uno levantó una lanza para terminar con mi vida. Me eche al suelo, la lanza pasó por encima de mi cabeza y luego huí. Intenté correr hacia Ulm, pero adivinaron la dirección que emprendería y enviaron a un destacamento para que me cortara el paso mientras otros seguían mi rastro. Durante la noche pude despistarlos y avanzar en menos tiempo del que ellos tardaban en rastrearme, pero al amanecer descubrieron mis huellas y pronto los tuve a mis espaldas. Corrí tanto como pude, pero ellos me alcanzaron fácilmente y creí que estaba perdida cuando te oí gritar. Awlo Sibi Tam y Ulm jamás olvidarán que la salvaste, Courtney Siba. Mi padre, Kalu, te recompensará como mereces.

—Si los menas son tan salvajes, ¿por qué tus soldados no les hacen la guerra hasta exterminarlos? —pregunté.

—Durante años guerrearon contra ellos —respondió—, pero hay demasiados menas y no podemos cazarlos a todos. En otras épocas, los menas no existían y había guerra entre Ulm y Ame. A veces una salía victoriosa, en otras ocasiones la otra, pero siempre dejaban de luchar antes de aniquilarse. Entonces llegaron los menas a través de los desfiladeros del desierto norte. Vinieron a millares y atacaron Ame. Los hombres de Ulm olvidaron la antigua enemistad y nuestros ejércitos salieron para socorrer a la ciudad amenazada. Durante algún tiempo nuestros ejércitos rechazaron a los invasores, pero llegaron del norte cada vez más menas, y llevaron la batalla hasta las puertas de la misma Ame. Allí nuestros ejércitos los detuvieron, pues ellos no podían escalar las murallas ni irrumpir en la ciudad. Cuando comprendieron que no lograrían tomar la ciudad, atacaron Ulm. Nuestro ejército regresó rápidamente para defender la ciudad y los hombres de Ame lo acompañaron, quedando sólo los necesarios para proteger las murallas. Nuevamente los menas lucharon ante las murallas, y nuevamente fueron detenidos. Cuando comprendieron que no podían tomar ninguna de las ciudades, se replegaron hacia la selva y fundaron poblados de cabañas. Ésta es la situación actual. Los menas luchan entre sí y, cuando están numéricamente debilitados, los ejércitos de Ulm y Ame salen a atacarlos. Siempre los han derrotado. Hemos intentado expulsarlos, y a veces no se ven menas durante una generación, pero siempre regresan más fuertes que nunca y atacan alguna de las ciudades. Han pasado varios años desde que se les hizo la última guerra, y es posible que piensen atacar de nuevo.

—¿Ulm y Ame están en guerra actualmente? —pregunté.

—No; reina la paz entre nosotros. Hermanos de la misma sangre se sientan en ambos tronos, y la vieja enemistad ha sido olvidada. ¡Mira, allí está Ulm!

Habíamos coronado una pequeña elevación que dominaba los campos cultivados. Ante nosotros se extendían, una tras otra, hileras de plantaciones, la mayoría de las cuales eran de keili, cuya nuez es el alimento básico de las clases más pobres de Ulm. Unos tres kilómetros más allá se alzaba en la llanura una maciza ciudad amurallada. La llanura estaba salpicada de pequeñas casamatas de piedra, que me recordaron los antiguos fortines que solían erigirse en las llanuras norteamericanas para protegerse de los ataques indios. De hecho, aquella era también la función de las casamatas. Mientras nos acercábamos, una figura apareció en la muralla y nos observó atentamente. Emitió un sonido musical y Awlo levantó la vista.

—Awlo Sibi Tam ordena que te presentes —gritó ella imperiosamente.

El centinela se frotó los ojos, volvió a mirar y bajó de la muralla a toda prisa. Las macizas puertas se abrieron y salió un oficial que se postró y besó el suelo delante de Awlo.

—¡Levántate! —ordenó Awlo.

Se levantó, sacó a medias la espada de la vaina y le presentó la empuñadura a Awlo. Ella la tocó; el oficial volvió a envainarla con un movimiento brusco y se cuadró.

—Voy hacia Ulm —dijo—. Envía mensajeros que anuncien a mi padre mi llegada, y ordena a mi escolta que venga aquí.

El funcionario hizo una profunda reverencia; Awlo me tomó de la mano y me condujo al interior del edificio. Era un típico cuarto de guardia, exactamente igual a los que se encuentran en todas las naciones y todas las épocas. Nos sentamos y escuché el sonido de los cascos que se perdían rápidamente en dirección a la ciudad.

—¿Quién eres, Awlo? —pregunté—. ¿Eres la hija de un jefe o algo por el estilo?

—Soy Sibi Tam —repuso.

—No conozco ese rango —expliqué—. ¿Cuál es su importancia?

Me miró sorprendida, y luego se echó a reír.

—En su momento lo sabrás, Courtney Siba —dijo riendo.

Quise insistir, pero se negó a responder y desvió la conversación hacia otros temas. Al cabo de media hora escuché un rumor confuso que se acercaba desde la ciudad. Awlo se puso en pie.

—Sin duda alguna, es nuestra escolta —dijo—. Salgamos a recibirla.

La seguí hasta el patio bordeando la gruesa muralla que rodeaba el edificio. Por el camino se acercaba la cabalgata más suntuosa que haya visto nunca. Primero apareció un escuadrón de caballería montado en magníficos corceles y armado con largas lanzas. Usaban cascos dorados de los que salían penachos colgantes de crin color carmesí. Llevaban coraza de oro y grebas doradas en las piernas, con los muslos desnudos. Además de la armadura usaban una prenda corta, también carmesí, semejante a una falda, que cubría hasta la mitad del muslo, y una vaporosa capa roja ribeteada de piel marrón. Al lado izquierdo de sus cintos colgaban pesadas espadas, y al derecho dagas que, sumadas a las lanzas de tres metros y medio, constituían sus armas ofensivas. Detrás de la caballería apareció un cortejo de carrozas suntuosamente adornadas, ocupadas por hombres ricamente engalanados con todos los colores imaginables. Otro escuadrón de caballería semejante al primero, salvo en las plumas y ropa? que eran azules, cerraba el desfile.

Cuando el primer escuadrón de caballería quedó frente a la puerta, Awlo se irguió al borde de la muralla. Su aparición fue celebrada con una salva de aplausos y saludos, y la caballería roja refrenó los caballos para inclinar sus lanzas hacia ella, presentando la empuñadura. Correspondió al saludo con un movimiento de la mano y, a una orden, la tropa rebasó la torre, maniobrando para formar en cuadro frente a ella. Las carrozas se acercaron; un anciano se apeó de la primera y cruzó la puerta, subió hasta la muralla e hincó una rodilla ante Awlo, desenvainando la espada y presentando la empuñadura. Awlo tocó la espada y el anciano se incorporó:

—Te saludo, Moka —dijo ella—. Ven, pues deseo hablar contigo.

Él obedeció, siguiéndola a algunos metros, sin apartarse de la muralla, y vi que ella hablaba con rapidez. A juzgar por las miradas de Moka, yo era el tema de la conversación. Sus acciones, cuando Awlo terminó de hablar, lo demostraron ampliamente. Moka se acercó, desenvainó la espada y la echó a mis pies. Saqué mi pistola y la dejé junto a su arma. Moka apoyó su mano izquierda sobre mi pecho, y yo le imité.

—Mi hermano y señor —dijo mientras se apartaba.

Awlo interrumpió antes de que yo pudiera responder.

—Quiero ir a Ulm —dijo.

Moka hizo una profunda inclinación, y ambos recogimos nuestras armas. Seguí a Awlo hasta las carrozas. La más grande y lujosa estaba vacía y ella subió ágilmente, indicándome que acompañase a Moka en la suya. Todo el cortejo dio media vuelta y regresó hacia la ciudad. Pasamos bajo un portal inmenso que se abrió ante nosotros, y recorrimos una ancha avenida que conducía directamente al centro. Aquella vía desembocaba en un parque donde se alzaba el palacio más espacioso y bello de la ciudad. Bajamos de las carrozas, cruzamos a pie el parque y entramos en el palacio entre filas de guardias, que desenvainaban sus espadas, ofreciendo la empuñadura al paso de Awlo. Awlo se detuvo al final de la galería.

—Seguramente estás tan cansado como yo, Courtney Siba. Moka te dará ropas adecuadas a tu rango y un refrigerio. Mi padre te recibirá cuando hayas descansado, y te premiará como mereces.

Había aprendido algunas cosas sobre las costumbres de Ulm, de modo que hinqué una rodilla y desenfundé mi pistola, ofreciéndole la culata. La tocó sonriente, y luego me levanté para acompañar a Moka. Lo seguí y después de subir algunos peldaños entramos finalmente en un aposento digno de un verdadero príncipe. Llamó a los sirvientes y me dejó entregado a sus atenciones. No había notado el cansancio hasta que un baño caliente reveló la verdadera naturaleza de mi fatiga. Uno de los sirvientes se acercó y mediante gestos me indicó que me tendiera en un diván. Obedecí y me hizo maravillosos masajes con una esencia de olor dulce que disipó maravillosamente mi cansancio. Luego se acercaron otros sirvientes con prendas que, evidentemente, pretendían que me pusiera. Hice grandes esfuerzos por conversar con ellos, pero se limitaron a menear la cabeza. No era extraño; luego descubrí que eran mudos.

El atavío que trajeron consistía en una falda semejante a la de los soldados, salvo que era de color blanco níveo. Además, me dieron un manto blanco que llegaba hasta debajo de la cintura y se abrochaba al cuello con un diamante del tamaño de una nuez. Calzaron mis pies con sandalias de cuero que tenían incrustaciones de oro y diamantes, y alrededor de mis piernas ataron tiras de cuero que también estaban adornadas con gemas. Ciñeron mi cabeza con una corona de oro que tenía un diamante cuadrado en el centro, y mi cintura con un cinto provisto de hebilla de diamante, a cuyo lado izquierdo pendía una larga espada y al derecho una daga profusamente enjoyada. Como detalle final colocaron sobre mi cabeza un casco de oro semejante a los que se ven en las antiguas monedas griegas, adornado con un penacho de crin color blanco. Por último, me presentaron un espejo para ver si me sentía satisfecho.

Sólo rectifiqué un detalle. Tomé mis viejas ropas, tomé mi Colt y colgué la cartuchera del cinturón, reemplazando la inútil daga. Tal vez no quedaba tan elegante pero, si iba a necesitar armas, sabía cuáles me serían de mayor utilidad. Cuando les di a entender que estaba satisfecho, mis sirvientes se retiraron con muchas reverencias y me dejaron solo. Como no sabía a qué esperábamos, me tendí en el diván para descansar. Aguardé cerca de una hora; luego se abrió la puerta y entró Moka.

—Mi señor —dijo con una reverencia—, Kalu Sabama te espera.

—Estoy dispuesto —respondí mientras me ponía de pie.

Al cruzar el umbral, apareció una escolta de guardias. Cuando salimos apoyaron sus lanzas en el suelo, produciendo un ruido estruendoso, y nos rodearon. Recorrimos un pasillo, bajamos por la escalera hasta el salón principal y nos acercamos a una gran puerta doble cerrada, donde otro destacamento nos detuvo y exigió el santo y seña. Moka lo pronunció y las grandes puertas se abrieron con un clarinazo. Una voz sonora pronunció algunas palabras que no comprendí, aunque estoy seguro de que dijo «Awlo y «Courtney». Evidentemente, se trataba de una presentación. Cuando la voz calló, Moka me invitó a entrar. Me adelanté con la cabeza erguida. Los guardias me acompañaron unos pasos, luego formaron cuadro y me cedieron el paso, dejándome avanzar solo por el salón.

Era un lugar inmenso, con el centro despejado y los lados llenos de gente vistosamente ataviada. Por todas partes había guardias y al fondo se alzaba un estrado sobre una escalinata de siete escalones. Sobre el mismo había cuatro tronos. Debajo, a distintos niveles, aparecía un grupo de hombres y mujeres vestidos con todos los colores imaginables salvo el verde, que estaba reservado a los ocupantes de los tronos. En el penúltimo escalón aguardaba una figura solitaria que también vestía de verde. Me adelanté hasta detenerme al pie de la escalinata. A medida que avanzaba escuché un murmullo en el salón, pero, al ignorar si era de aprobación o desaprobación, proseguí en línea recta y luego hice una profunda reverencia. Me erguí y miré a los ojos a los ocupantes de los tronos.

Los dos tronos centrales estaban ocupados por un hombre y una mujer ancianos, de gran presencia y dignidad; el asiento derecho estaba desocupado y el izquierdo era el de Awlo. Por los honores que le prodigaban, había pensado que ella era un personaje bastante importante, pero me sorprendió comprobar que era uno de los más importantes. Me dedicó una breve sonrisa y luego adoptó un continente tan serio y oficial como los otros dos. El hombre que ocupaba uno de los tronos centrales se puso en pie y se dirigió a mí:

—Courtney Siba —dijo gravemente con voz sonora y melodiosa—, mi hija ya me ha referido, cuando todos podían escuchar, las grandes victorias que has obtenido contra los menas. Y tú, que salvaste a mi hija, en quien están puestas las esperanzas de la dinastía de Kslu, mereces y recibirás la gratitud de la nación. El reconocimiento de un padre por la vida de su única hija, lo tienes asegurado. En mi poder no hay premio suficiente para tus méritos, pero, si expresas tus deseos, serán cumplidos en la medida que Ulm pueda satisfacerlos. Por este acto confirmo tu rango de Siba de Ulm y Ame y ordeno que tu jerarquía esté por encima de todas las demás del imperio, a excepción de los miembros de la familia real. ¿Qué recompensa deseas?

—Te agradezco, ¡oh rey! —respondí—, y recordaré tus benevolentes palabras. Ya he sido honrado en demasía por mis pobres méritos, pero tal vez llegue el día en que te recuerde tus promesas.

—Mis promesas están grabadas en mi memoria, Courtney Siba —agregó el rey con una cordial sonrisa— y el tiempo no las borrará. Tu rango te da derecho a un sitio en el segundo nivel de mi trono, debajo sólo de mi amado sobrino Lamu Siba.

Señaló al hombre que se hallaba en el penúltimo escalón, y noté que vestía de verde, al igual que Kalu. Lo miré y descubrí que me contemplaba con rostro amenazador. Interesado, devolví la mueca de desdén y tomé nota mentalmente. Medía cerca de cinco centímetros menos que yo, su cuerpo era deforme y su actitud evidenciaba una gran tensión. Su cabellera negra, que, como a todos los hombres de Ulm, le llegaba hasta los hombros, correspondía a su piel cetrina. Lo que me previno contra él fue la expresión ladina de sus ojos muy juntos, que eran de color gris, en lugar del sencillo negro o castaño que hubiera correspondido a su tez. A un gesto del rey (o Sabama, que era su verdadero título), subí al estrado y me coloqué un escalón por debajo de Lamu, haciendo frente a Awlo. Cuando ocupé mi lugar, el Sabama se dirigió a la corte y comenzó a recitar con su voz sonora unas palabras que, evidentemente, eran una fórmula protocolaria.

—La casa de Kalu es como un árbol marchito que sólo tiene una rama verde —dijo—. Si esa rama fuese cortada, el árbol moriría y no quedaría resto alguno de vida. La rama ha estado a punto de ser cortada. La esperanza de todo Ulm reside en que esta rama dé nueva vida al árbol, pero las leyes inmemoriales de Ulm establecen que la Sibi Tam será libre de elegir esposo cuándo y cómo desee, y que ni siquiera el Sabama podrá forzar su elección. Awlo, hija mía, rama verde del árbol de la casa de Kalu, ¿estás preparada para hacer tu elección?

—Así es —declaró con voz armoniosa.

La respuesta causó sensación. El público había escuchado con interés las palabras del Sabama, pero era evidente que no esperaba la respuesta de Awlo. La sorpresa fue general. Un murmullo rápidamente reprimido recorrió el salón, y el Sabama impuso silencio. Noté que Lamu apretaba la empuñadura de la daga.

—Hija mía, ¿a quién has elegido como tu príncipe? —preguntó Kalu.

Awlo bajó dos escalones y se acercó a mi lado.

—Cuando la rama estuvo a punto de ser cortada, apareció un hombre que detuvo la mano de los menas e impidió que el árbol se convirtiera en un tronco seco y estéril. ¿Quién sino él merece ser elegido para el honor más alto de Ulm y como su gobernante futuro? Padre mío, elijo por esposo a Courtney Siba.

Cuando concluyó, tomó mi mano derecha y la alzó sobre mi cabeza. Hubo un momento de silencio en el salón, y luego empezaron los aplausos. Evidentemente, la elección de Awlo había agradado al pueblo. El Sabama avanzó y levantó la mano reclamando silencio. El clamor se apagó en seguida y él se dispuso a hablar. Fue ininterrumpido por un gesto dramático. Lamu le hizo frente, espada en mano.

—¿Autorizas a la Sibi Tam para que haga semejante elección? —preguntó, imperativo.

—La Sibi Tam elige a quien quiere —respondió Kalu con sequedad—. Guarda tu arma. Estás en presencia del Sabama.

—Mi arma seguirá desenfundada hasta que sea vengado el honor de Ame —gritó Lamu ásperamente—. Tío mío, ¿has perdido tu sensatez hasta el punto de entregar a tu única hija, orgullo y esperanza de Ulm, a un aventurero sin nombre cuya procedencia ignoramos? ¿Quién sabe si no es un kahuma que destruirá la tierra? Awlo dice que mató a los menas mediante brujerías.

—Awlo ha escogido —afirmó Kalu serenamente, pero con cierta amenaza en su tono de voz—. ¿Con qué derecho te opones a su elección?

—La he cortejado durante años, intentando consolidar la alianza de Ulm y de Ame —replicó Lamu— y, hasta que llegó a Ulm este extranjero, tenía motivos para creer que favorecía mis intenciones. Tío mío, ¿quieres alzar una barrera de sangre entre Ulm y Ame, para que los menas puedan destruir ambas?

—¿Qué quieres decir? —atronó Kalu.

—Exijo que el extranjero se presente ante el Tribunal de los Señores para demostrar que no es un kahuma.

—Lamu preside el Tribunal de los Señores —intervino Awlo con amargo sarcasmo—. ¿Crees que voy a permitir que mi elegido se presente ante tus esbirros para ser juzgado?

El golpe dio en el blanco y Lamu se mordió los labios.

—¿Apruebas la elección de Awlo? —preguntó con insolencia al Sabama.

—Sí —fue la respuesta.

—Entonces, apelo a los antiguos fueros de Ulm. Todo Siba de sangre real tiene derecho a desafiar y luchar a muerte con el elegido de la Sibi Tam. A ti que pretendes el rango de Siba, te desafío a muerte.

—Courtney Siba —dijo Kalu gravemente—. ¿Aceptas este desafío? Debes renunciar a tu rango o luchar por él.

Dudé, pero Awlo me tocó el brazo. La miré y ella miró la pistola con significativo ademán. Tuve una idea.

—Lucharé con él, pero no hasta su muerte —grité—. Si él vence, que disponga de mí como guste, pero yo lucho con mis armas y, si venzo, le perdono la vida.

—Entonces, saca tu arma, Courtney Siba, y defiéndete —gritó Lamu mientras acometía.

Me dirigió un golpe bajo sin darme tiempo a sacar mi arma. Lo esquivé saltando ágilmente hacia atrás. Volvió a lanzarse sobre mí, pero me hice a un lado y saqué el Colt. Cuando me atacó por tercera vez, apunté la pistola y disparé. Como ya he dicho, soy buen tirador y no tiré a matar, a pesar de que nos separaba muy poca distancia. Disparé a la mano que empuñaba la espada, y tuve la suerte de acertar en la empuñadura del arma. El poderoso proyectil del 45 le quitó la espada del puño y la hizo volar por el aire. Guardé en seguida la pistola y aguardé su próxima reacción. Ésta se produjo en seguida.

Se frotó un instante la mano derecha, que sin duda tendría entumecida. Desenvainó la daga y se abalanzó sobre mí con el arma en la izquierda. Yo era un poco más alto que él y estaba prevenido, con que lo detuve en pleno ataque. Intentó clavarme la daga, pero hice una finta y luego le propiné un poderoso directo a la mandíbula, que lo hizo caer como un buey apuntillado. En el salón se alzó un tremendo murmullo y estalló una salva de aplausos. Llegué a la conclusión de que Lamu no era un personaje popular. Cuando el clamor se apagó, el Sabama habló:

—¿Alguien más desea desafiar al elegido de la Sibi Tam? —preguntó irónicamente.

No hubo respuesta, y él hizo una seña de asentimiento a Awlo. Ella se adelantó, tomó mi mano derecha con la suya, la volvió, me besó la palma y luego apoyó mi mano sobre su cabeza. Cuando concluyó la ceremonia me miró, expectante. Como no estaba muy seguro de lo que debía hacer, le tomé la mano, la besé y luego la coloqué sobre mi cabeza, tal como ella había hecho. Un momento después me rodeó con los brazos y la asamblea prorrumpió en aplausos. Luego Awlo se apartó y el Sabama descendió de su trono. Algunos funcionarios se acercaron, me quitaron el manto blanco y lo cambiaron por uno de color verde. El Sabama en persona me ciñó la frente con una cinta de oro que tenía una piedra cuadrada, semejante a las que usaban él y Awlo. Luego me tomó de la mano y me acompañó hasta el trono vacío. Hubo otro clarinazo, y el Sabama me proclamó oficialmente «Courtney Siba Tam». De este modo yo, Courtney Edwards, ciudadano de los Estados Unidos de América, en el año del Señor de 1922, me convertí en Príncipe de la Casa de Kalu, Príncipe Heredero del Imperio de Ulm y esposo de la única hija del monarca reinante.

Pronto me acostumbré a mi rango de Siba Tam. Mi primera misión oficial consistió en dictar sentencia con respecto a Lamu. Cuando me enteré de la situación, comprendí su enfado. Era el único hijo del monarca de Ame, y había cortejado a Awlo durante años. Por su rango era general en jefe de los ejércitos aliados de Ulm y Ame. Cuando vio que yo, un extranjero, llegaba, lo despojaba de su encumbrada posición y tomaba a su amada por esposa, perdió la cabeza. El Sabama quiso reducirlo a condición plebeya y encerrarlo en la cárcel, pero Awlo y yo intercedimos, por lo que fue perdonado, y lo nombré jefe adjunto del ejército. A pesar de sus errores, era buen soldado y muy popular entre los militares. Durante un par de años se mostró muy frío conmigo, pero luego superó esta actitud y llegó a ser uno de mis mejores amigos.

Uno de mis primeros actos consistió en enviar un grupo de tropas para que trajeran a Ulm mi máquina. Saqué el electrolito de las baterías, la revisé de cabo a rabo y la guardé en la bodega del palacio. Era totalmente feliz y no pensaba abandonar Ulm, pero más valía estar prevenido ante cualquier eventualidad. En cualquier momento, algún explorador podría encontrar mi valle, dar una palada de tierra y destruir Ulm. Cuando esto ocurriese, me proponía tomar a Awlo, aumentar nuestro tamaño y salvarnos. Durante cinco años, la paz y el orden reinaron en Ulm. Éramos la pareja más feliz de todo el imperio. Ella era el ídolo de la ciudad y el hecho de ser su salvador me favoreció. Pronto fui popular, y cuando Lamu se convirtió en mi amigo, el ejército se unió al pueblo en el afecto que sentían hacia mí.

En otoño de 1927 comenzamos a oír rumores sobre una gran concentración de menas. Al principio, tanto Lamu como yo nos sentimos inclinados a rechazar la idea, pero los rumores se hicieron más insistentes y finalmente tuvimos que considerar la posibilidad de que los menas estuvieran preparándose para un ataque realmente fuerte. Tomamos nuestras disposiciones para soportar el asedio, y aguardamos el ataque. Una de las cosas que más me sorprendieron en Ulm era que desconociesen el uso de armas arrojadizas. Ni siquiera habían creado el arco y la flecha. Creyendo haber descubierto el modo de aplastar a los menas, construí un arco y una flecha y se los mostré a Kalu, proponiéndole que nuestro ejército fuera equipado con este tipo de armas. Sonrió enigmáticamente y me aconsejó que las presentara al consejo.

Lo hice, y tuve la sorpresa de que Lamu y el consejo ni siquiera se dignasen escuchar mi propuesta. Cuando explicaron sus motivos, comprendí que tenían razón. Los menas, aunque no tienen capacidad inventiva, poseen un gran instinto de imitación. El consejo temía que, si bien rechazaríamos el primer ataque mediante la superioridad de nuestras armas, luego los menas también se proveerían de arcos, y entonces nos veríamos en dificultades para repeler un segundo asalto. Los de Ulm conocían bien el principio del arco y la flecha pero jamás los habían empleado, por la razón expuesta. El año pasado atacaron los menas. Me parecieron millones, y se mostraban terriblemente temerarios, dispuestos a soportar pérdidas inmensas con tal de ganar cualquier posición. Como eran más fuertes que nosotros, no los desafiábamos fuera de las murallas, sino que nos limitábamos a defender la ciudad. Traían escaleras e intentaron escalar las murallas; además, llevaban arietes para derribar las puertas.

Nosotros nos mantuvimos en las murallas y les arrojábamos rocas y aceite hirviendo. Cuando lograban alzar una escalera, la derribábamos y matábamos a estocadas y lanzazos a quienes lograban poner los pies sobre las murallas. Por los relatos históricos conocía precedentes de este tipo de defensas, lo cual me permitió introducir algunos trucos nuevos que sorprendieron desagradablemente a los menas. Después de tres meses de lucha, la situación no había variado lo más mínimo. Supe que los asedios de diez o veinte años no eran infrecuentes. En la ciudad teníamos nueces de keili suficientes para alimentamos durante cincuenta años, y una abundante provisión de agua. No éramos lo bastante fuertes para salir en descubierta; lo único que podíamos hacer era defendernos y aguardar a que los menas se cansaran y se retiraran, o empezaran a pelear entre sí.

Esto último sucedía cada vez que un asedio se prolongaba demasiado. La continua lucha me mantenía mucho tiempo apartado de Awlo, y naturalmente tenía ganas de terminar cuanto antes. Un día pasé por el arsenal, vi mi máquina y tuve una gran idea. Si podía utilizar armas de fuego, rompería el sitio de los menas en un instante. El consejo no me permitiría emplear arcos y flechas, por temor a que nuestros enemigos los copiasen para emplearlos contra nosotros, pero desafiaba a cualquier artesano mena, o aunque fuese de Ulm, a copiar un rifle moderno y sus municiones. ¿Por qué no emplear la máquina para aumentar mi tamaño, regresar al mundo normal, adquirir armas y municiones, y reducirlo todo a un tamaño conveniente? Me apresuré a proponer mi idea ante Kalu y el consejo.

No sé si alguno de los miembros del consejo creyó alguna vez la historia de mis orígenes, aunque jamás dijeron nada. No conviene dudar de la palabra de quienes poseen gran autoridad. Cuando me ofrecí modestamente a aumentar mi tamaño y conseguir armas y municiones, menearon la cabeza y se pusieron a analizar la cuestión. Los conduje a la muralla, les mostré cuál sería el efecto de un disparo de rifle contra los menas, y toda oposición a mi plan desapareció. Muy excitado, recargué las baterías con el electrolito que había guardado años antes, y me preparé para emprender el viaje. Pronto descubrí que no había contado con la opinión de Awlo. Mi princesa se negó, lisa y llanamente, a separarse de mí. Al principio me sentí desconcertado, pero la misma Awlo propuso una solución para el problema que había planteado.

—Courtney, ¿por qué no puedo acompañarte? —preguntó—. Si regresamos bien, el viaje será útil, y si no regresamos, al menos estaremos juntos.

La idea era lógica y se la comuniqué a Kalu. No quería que Awlo partiera, pero finalmente consintió bajo mi solemne promesa de regresar con ella. Como sabía que la misión iba a ser bastante difícil, solicité que me acompañara un voluntario. Con gran sorpresa por mi parte, se ofreció Lamu. Esto me alegró, aunque no me parecía conveniente que el ejército se quedase temporalmente sin jefes. Insistió y señaló que los riesgos del viaje debían ser compartidos por los dos hombres de más alta graduación, y finalmente acepte. La máquina fue transportada hasta la azotea del palacio, e hice algunas adaptaciones para aumentar su velocidad de acción e impedir que aplastara bajo su peso toda la ciudad antes de que la base se dilatase lo suficiente como para necesitar una superficie de apoyo más elevada. Finalmente, cuando todo quedó dispuesto, los tres nos apiñamos en la máquina, y con un saludo final para todos accioné la palanca.

Con la nueva disposición, la máquina funcionó a una velocidad superior a la prevista. Antes de que pudiera cerrar el interruptor medíamos tres metros y medio. Volví a ponerla a baja velocidad y reduje nuestro tamaño hasta que el indicador me mostró mi altura normal de un metro ochenta. Awlo y Lamu salieron a un nuevo mundo, aunque para mí no lo era tanto. Fuimos hasta mi cabaña y la revisamos. Todo estaba intacto y nadie había pasado por allí. Por tanto, Awlo podía esperarnos en ella mientras Lamu y yo íbamos a Beatty, nos poníamos en contacto con mis banqueros y adquiríamos los pertrechos necesarios. Discutimos la cuestión y Awlo quiso acompañarnos. No había motivo para oponerse ni, por cierto, dejar de hacer una visita a Nueva York si ella lo deseaba, de modo que convine en ello. Lamu sugirió que podía ser una buena idea el aprender a manejar el mecanismo, por si nos parecía aconsejable enviar el material en varias partidas. Él podría recibirlo y devolver la máquina; de este modo Awlo y yo no tendríamos que separarnos. La idea era buena, por lo que puse la máquina a poca velocidad y le enseñé su sencillo manejo.

Lo comprendió fácilmente y la redujo varias veces hasta un tamaño sumamente pequeño, declarándose luego satisfecho de lo aprendido. ¡Ojalá hubiera adivinado entonces lo que maquinaba su negro corazón de villano! La mañana siguiente me hallaba en la cabaña preparando las mochilas para la caminata hacia Beatty, cuando Awlo, que estaba fuera, dio un grito de alarma. Abandoné todo y salí corriendo. Al principio no vi a Awlo ni a Lamu, y luego escuché un gemido casi inaudible. Miré al lugar de donde provenía, y vi la máquina. Su tamaño era unas diez veces más pequeño del normal, y noté que seguía encogiendo. Salté hacia la máquina con la esperanza de alcanzar el interruptor e invertir la acción, pero era demasiado tarde. Me dejé caer de rodillas y la observé. Lamu había raptado a mi princesa y tenía la mano sobre la palanca. Detuvo la acción un minuto, pero el aparato ya era demasiado pequeño como para poder introducir el dedo entre las columnas, y temí romper la máquina. Me acerqué y escuché sus minúsculas vocecillas.

—Courtney Siba Tam —gritó Lamu triunfalmente—, te he oído decir que quien ríe último ríe mejor. Una vez me robaste mi reino pero, cuando regresemos y les diga cómo pensabas abandonar Ulm en su hora de dificultades y raptar a la princesa, recobraré todo lo que he perdido. Durante años he planeado cómo derribar tu ambición y por eso refrené mis impulsos y fingí ser tu amigo. Despídete de Awlo, pues es la última vez que la ves.

—Awlo —grité en un susurro—, ¿no puedes hacer nada?

—No, Courtney —respondió su vocecilla—, es demasiado fuerte y no me atrevo a luchar. ¡Ven a rescatarme, Courtney! Sálvame de este monstruo peor que los menas, de cuyas manos me sacaste una vez. ¡Te esperaré, Courtney!

Ésas fueron las últimas palabras que oí de ella, y respondí:

—Amor mío, iré a buscarte tan pronto como pueda —gemí—. En cuanto a ti, Lamu Siba, el juego todavía no ha terminado. ¡Cuando regrese, me pagarás esto con la sangre de tu corazón!

—Sí, Courtney Siba Tam —me llegó su voz burlona—. Cuando regreses.

Volvió a accionar la palanca, y la máquina que contenía mi más preciado bien desapareció. No recuerdo lo que ocurrió durante los días siguientes. De algún modo, conseguí llegar a Beatty e identificarme. Puse varios telegramas a San Francisco pidiendo los materiales necesarios para construir otra máquina. Tampoco olvidé a mi pueblo. Con los materiales pedí las armas y municiones que necesitaba. Creí que tardaban una eternidad en llegar a mi valle, pero al fin estuvieron en mi poder. Desde entonces he trabajado día y noche. Esta tarde he terminado el aparato, lo he emplazado donde estuvo el otro, y mañana dejaré este plano tratando de llevar a Ulm las armas y municiones.

Tengo la esperanza de localizar Ulm, pero no estoy absolutamente seguro de lograrlo. He marcado el sitio donde estuvo mi máquina anterior, mas era fácil cometer un error al colocar el nuevo modelo en el sitio donde estuvo el viejo. Si no he logrado colocarla en el punto exacto, desviándome aunque sólo sea una fracción de centímetro, apareceré a muchos kilómetros de distancia de la ciudad. Incluso puedo llegar a un mundo desconocido, muy lejos de mi imperio, y no saber qué camino tomar. He hecho cuanto me ha sido posible, y sólo el tiempo podrá decir si me he equivocado. Hay algo que sé con certeza. No importa lo que Lamu haga o diga, Awlo me espera y me es fiel. Tengo el rifle, muchas municiones y, aunque la raza mena quiera cerrarme el paso, hallaré el modo de destruirlos y abrazar una vez más a mi princesa.

S. P. Meek (1894-1972)




Relatos góticos. I Relatos de terror.


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El análisis y resumen del cuento de S. P. Meek: Submicroscópico (Submicroscopic), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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