«Mi verdadera historia de fantasmas»: Rudyard Kipling; relato y análisis


«Mi verdadera historia de fantasmas»: Rudyard Kipling; relato y análisis.




Mi verdadera historia de fantasmas (My Own True Ghost Story) es un relato de fantasmas del escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936), publicado originalmente en la edición del 25 de febrero de 1888 de la revista The Week’s News, y luego reeditado en la antología de ese mismo año: La litera fantasma y otros relatos (The Phantom 'Rickshaw and Other Tales).

Mi verdadera historia de fantasmas, probablemente uno de los más enigmáticos relatos de Rudyard Kipling, narra la historia de un hombre que pernocta en un bungalow bastante siniestro. Durante la noche, escucha el sonido inconfundible de un juego de billar que se juega en la sala de al lado, la cual no no existe. Por la mañana, un sirviente le informa que allí, en efecto, había una sala de billar donde se produjo la muerte de un hombre. El narrador, emocionado de haber encontrado lo que parece ser una verdadera historia de fantasmas, inicia sus investigaciones, las cuales lo conducen al final más decepcionante posible.

En este sentido, Mi verdadera historia de fantasmas no se parece a ningún otro cuento de Rudyard Kipling, quien de hecho no veía con malos ojos los relatos de fantasmas del siglo XIX. En este caso, sin embargo, el autor derrumba la posibilidad de lo sobrenatural a través de la lógica.

Mi verdadera historia de fantasmas, quizás para entusiasmar al lector con la probable presencia de lo paranormal, comienza con una breve referemncia al exquisito poema de James Thomson: La ciudad de la noche pavorosa (The City of Dreadful Night).




Mi verdadera historia de fantasmas.
My Own True Ghost Story, Rudyard Kipling (1865-1936)


Mientras atravesaba el Desierto, así sucedió.
Mientras atravesaba el Desierto,

La ciudad de la noche pavorosa, James Thomson.


En algún lugar del Otro Mundo, donde existen libros, cuadros, obras de teatro, escaparates, y miles de hombres que dedican su vida a producir estas cuatro cosas, vive un caballero que escribe historias reales sobre los sentimientos reales de la gente. Se llama Walter Besant. Sin embargo, insistirá en que se trate a sus fantasmas —ha publicado un buen número de libros sobre ellos— con cierta frivolidad. Mr. Besant hace que los que han visto fantasmas hablen con familiaridad y, en algunos casos, flirteen escandalosamente con los espectros. El hecho es que uno puede tratar cualquier cosa, desde un Virrey a un Periódico Vernáculo, con cierta frivolidad; no obstante, se debe mostrar respeto hacia un fantasma, y, en particular, hacia un fantasma de la India.

En esta tierra existen fantasmas que adoptan la apariencia de cadáveres gordos, fríos y descompuestos, que se esconden en los árboles, al borde del camino, hasta que pasa un viajero. Entonces se tiran al cuello y no hay forma de quitárselos de encima. Existen también fantasmas horribles de mujeres que han muerto al dar a luz. Éstos vagan sin rumbo por los caminos al anochecer, o se esconden en los campos de cultivo, cerca de las aldeas, y atraen a la gente con voces seductoras. Pero atender a sus demandas significa morir en este mundo y en el otro. Sus pies están vueltos hacia atrás, de manera que cualquier hombre en su sano juicio puede reconocerlos.

Existen fantasmas de niños que han sido arrojados al fondo de un pozo. Éstos deambulan por los brocales de los pozos y los márgenes de las junglas, y lloran bajo las estrellas, o agarran a las mujeres de las muñecas y les suplican que les lleven en brazos. Tanto estos fantasmas como los que adoptan apariencia de cadáveres son, sin embargo, patrimonio indígena y no atacan a los Sahibs. Hasta la fecha no hay ningún informe comprobado sobre un inglés asustado por un fantasma indígena; por el contrario, muchos fantasmas ingleses han dado un susto de muerte tanto a blancos como a negros.

Casi todas las estaciones de la India poseen un fantasma. Se dice que hay dos en Simla, sin contar a la mujer que acciona los fuelles en el dâk-bungalow de Syree, en el Camino Viejo; Mussie tiene una casa encantada por una Cosa un tanto escandalosa; se supone que una Dama Blanca hace la guardia nocturna en los alrededores de una casa de Lahore; en Dalhousie se dice que una de sus casas «repite» en las noches de otoño los horribles detalles de la caída de un caballo por un precipicio; Murrie tiene un fantasma muy alegre, y, ahora que la población ha sido diezmada por una epidemia de cólera, habrá espacio de sobra para un fantasma triste; en Mian Mir hay una Residencia de Oficiales cuyas puertas se abren sin razón aparente, y se asegura que los muebles chirrían, no a causa del calor de junio, sino por el peso de Seres Invisibles que van a matar el tiempo en sus cómodos sillones; Peshawar posee casas que nadie se atreve a alquilar; y hay algo anormal —algo que no tiene nada que ver con la fiebre— en un gran bungalow de Allahabad. Las Provincias antiguas están sencillamente atestadas de casas encantadas, y a lo largo y ancho de los caminos principales desfila un ejército de espectros.

Algunos dâk-bungalows del Gran Camino están situados cerca de pequeños cementerios —mudos testigos de los cambios y azares de esta vida mortal—, que datan de los tiempos en que la gente viajaba en coche desde Calcuta al Noroeste. Es desagradable instalarse en esos bungalows. Por regla general son muy viejos y están invariablemente sucios, aparte de que el khansamah es tan viejo como el propio bungalow. A menudo desvarían en tono senil, o caen en prolongados estados de trance propios de la edad. Tanto en un caso como en otro, son inútiles. Y si uno se enfada, empezará a contarte historias acerca de algún Sahib muerto y enterrado en los últimos treinta años, y asegurará que cuando estaba al servicio de dicho Sahib no había un solo khansamah en la Provincia que pudiera compararse a él. Después se pondrá a divagar de forma ininteligible, a hacer muecas, a temblar, a pasearse nerviosamente entre los platos, y uno terminará por arrepentirse de haberse enfadado.

En estos dâk-bungalows es más probable tropezarse con fantasmas, y, en caso de que se encuentren, sería aconsejable tomar buena nota. No hace mucho tiempo, mis ocupaciones personales me obligaron a alojarme en dâk-bungalows. Nunca pasaba tres noches seguidas en la misma posada, así que terminé siendo un erudito en la materia. Viví en casas construidas por el gobierno, con paredes de ladrillo rojo, techos de cañizo, un inventario de los muebles en cada habitación y una cobra entusiasmada en el umbral, preparada para darte la bienvenida. Viví en posadas «habilitadas» —viejas casas convertidas en dâk-bungalows— donde la última inscripción en el libro de huéspedes estaba fechada quince meses atrás y se cortaba la cabeza del cabrito con una espada.

Tuve la fortuna de tropezar con toda clase de hombres, desde sobrios misioneros ambulantes y desertores de los regimientos británicos hasta vagabundos que arrojaban las botellas de whisky a los transeúntes; y aún tuve mayor fortuna al escaparme por los pelos de un caso de maternidad. Si tenemos en cuenta que una parte considerable de las tragedias de nuestras vidas en la India suceden en los dâk-bungalows, me resultaba sorprendente que no me hubiera tropezado con ningún fantasma. Un fantasma que eligiera voluntariamente rondar por un dâk-bungalow tenía que estar, a la fuerza, mal de la cabeza; pero son tantos los hombres que se han vuelto locos en ddkbungalows que parece posible que haya un alto porcentaje de fantasmas lunáticos.

A su debido tiempo me encontré por fin con mi fantasma, o mejor dicho, con mis fantasmas, porque fueron dos. Hasta ese momento yo era partidario de la forma de tratarlos recomendada por Mr. Besant, tal como se expone en The Strange Case of Mr. Lucraftand other Stories. Ahora estoy en la Oposición. Llamaremos al bungalow de Katmal dâk-bungalow. Pero esto es lo menos horroroso de mi relato. Una persona de piel sensible debe evitar dormir en dâk-bungalows. Debería casarse. El dâk-bungalow de Kaimal estaba viejo, podrido, y necesitaba reparaciones urgentes. Los baldosines del suelo estaban desgastados, las paredes cubiertas de inmundicias y las ventanas ennegrecidas de mugre. Se levantaba en un camino secundario, muy frecuentado por asistentes indígenas de subsecretarios de toda clase, desde hacienda a forestales; pero los verdaderos Sahibs eran raros. El khansamah, que estaba completamente doblado por los años, así lo afirmaba.

Cuando llegué a aquel lugar, una lluvia caprichosa e indecisa caía sobre la faz de la tierra, acompañada por un viento turbulento, y cada ráfaga que golpeaba las palmeras del exterior producía un sonido similar al de una carraca de huesos secos. El khansamah perdió la cabeza con mi llegada. Había servido a un Sahib en el pasado. ¿Conocía yo a aquel Sahib? Me dio el nombre de una persona muy conocida, que llevaba muerta y enterrada más de un cuarto de siglo, y me enseñó un viejo daguerrotipo de aquel hombre en su prehistórica juventud. Yo había visto un grabado de dicho personaje entre las páginas de un volumen doble de memorias apenas un mes antes, y me sentí indescriptiblemente viejo. El cielo se cerraba y el khansamah fue a prepararme la cena. No empleó la rebuscada palabra khana: alimentos para consumo humano. Empleó ratub, y eso significa, entre otras cosas, «bazofia»: raciones de perro. No había elegido el término para insultarme. Sencillamente había olvidado la otra palabra, supongo.

Una vez explorado el dâk-bungalow, me acomodé en un sillón mientras el khansamah se dedicaba a despedazar cadáveres de animales. Había tres dormitorios, además del mío, que era un miserable cuchitril situado en una esquina, y cada uno de ellos comunicaba con los otros por medio de una mugrienta puerta de color blanco, atrancada con largas barras de hierro. El bungalow era bastante sólido, pero los tabiques de las paredes eran de pacotilla. Cada paso o golpe de baúl producía ecos que se expandían desde mi habitación a las otras, y cada pisada regresaba a mis oídos con un tono trémulo, tras atravesar las paredes distantes. Por ese motivo cerré la puerta. No había lámparas, sólo velas dentro de largas pantallas de vidrio. En el baño había un pabilo.

Por su abandono, por su estado de pura miseria, aquel dâk-bungalow era el peor de los muchos en los que yo había plantado los pies. No tenía chimenea, y las ventanas se negaban a cerrarse, de modo que un brasero de carbón habría resultado inútil. La lluvia y el viento salpicaban, gorgoteaban y gemían alrededor de la casa, y las palmeras vibraban y rugían. Media docena de chacales aullaban por las proximidades, y una hiena se reía de ellos a cierta distancia. Una hiena podría convencer a un saduceo de la Resurrección de los Muertos... de los muertos de la peor calaña. En ese momento llegó el ratub —una curiosa mezcolanza, mitad indígena mitad inglesa— acompañada por el viejo khansamah, que murmuraba detrás de mi asiento un sinfín de bobadas acerca de ingleses muertos y enterrados, mientras las candelas, agitadas por el viento, jugaban a hacer sombras con la cama y las gasas del mosquitero. Era esa clase de comida, esa clase de noche, que hacen que un hombre se acuerde de cada uno de sus pecados pasados, y de todos los que desearía cometer si siguiera vivo.

Dormir, por centenares motivos, no resultaba fácil. La lámpara del baño proyectaba en la habitación las sombras más absurdas, y el viento susurraba cosas sin sentido. Justo cuando los motivos se empezaban a adormecer con las picaduras de los chupadores de sangre, escuché en el recinto del bungalow el habitual gruñido:
br /> —Atrapémoslo y arriba —propio de los porteadores de doolies.

Primero llegó un doolie, después otro, y finalmente un tercero. Escuché el ruido que hacían los doolies al posarse en el suelo, seguido por el movimiento del cerrojo de la puerta de enfrente.

—Alguien intenta entrar —pensé.

Pero nadie dijo una palabra y me convencí a mí mismo de que no había sido más que una ráfaga de viento. Entonces, el cerrojo del dormitorio de al lado se agitó, se descorrió y la puerta se abrió.

—Será algún asistente de subsecretario —me dije—, y ha traído a sus amigos. Ahora se pasarán una hora hablando, escupiendo y fumando.

Pero no se oyeron voces, ni pasos. Nadie dejó su equipaje en el dormitorio contiguo. La puerta se cerró y yo agradecí a la Providencia por restituirme la paz. Pero sentía curiosidad por saber adónde habían ido a parar los doolies. Me levanté de la cama para escrutar la oscuridad. No había la menor señal de doolies. Justo cuando iba a volverme a la cama, escuché en el dormitorio de al lado un sonido de una bola de billar deslizándose a lo largo del tapete cuando el que ha golpeado la bola está preparándose para sacar. Ningún otro ruido se parece a ése. Un minuto después se produjo el mismo sonido, y me metí en la cama. No estaba asustado... ciertamente, no lo estaba. Sentía una curiosidad creciente por saber qué había pasado con los doolies. Esta curiosidad me impulsó a saltar de la cama.

Un minuto después escuché los dos golpes secos de una carambola, y los pelos se me pusieron de punta. No es exacto decir que los pelos se ponen de punta. La piel de la cabeza se pone tensa y se siente un escozor vago y punzante por todo el cuero cabelludo. Eso es lo que significa exactamente que «los pelos se ponen de punta». Se escuchó de nuevo el deslizamiento, seguido de un golpe seco, y ambos sonidos sólo podían haber sido producidos por una cosa: una bola de billar. Discutí conmigo mismo los pormenores de la situación, y cuanto más los discutía menos probable me parecía que una cama, una mesa y dos sillas —a eso se reducía el mobiliario del dormitorio de al lado— pudieran reproducir los sonidos de una partida de billar. Cuando se produjo la siguiente carambola, dejé de discutir.

Me había encontrado con mi fantasma, y habría dado cualquier cosa por escapar de aquel dâk-bungalow. Seguí escuchando, y a medida que escuchaba, me parecía más evidente que se trataba de una partida. El deslizamiento de las bolas y los golpes secos se sucedían con ritmo monótono. A veces se producía un doble golpe, luego un deslizamiento, y a continuación otro golpe. Sin lugar a dudas, había gente jugando al billar en el cuarto de al lado. ¡Y el cuarto de al lado no era lo bastante grande para albergar una mesa de billar!

Seguí escuchando el desarrollo de la partida en los intervalos que dejaban las ráfagas de viento, golpe tras golpe. Intenté convencerme de que no se escuchaban voces; en vano. ¿Saben ustedes lo que es el miedo? No me refiero al miedo ordinario a una ofensa, al dolor o la muerte, sino al miedo abyecto, al estremecimiento de terror provocado por algo que no se puede ver, al miedo que seca el interior de la boca y la mitad de la garganta, al miedo que hace sudar las palmas de las manos y tragar saliva para que no se paralice la campanilla. Eso es el puro Miedo: una enorme cobardía, y hay que sentirlo para saber lo que es realmente. La imposibilidad de una partida de billar en un dâk-bungalow me confirmaba la autenticidad del extraño fenómeno. Ningún hombre —borracho o sobrio— puede imaginarse una partida de billar, o inventarse el golpe seco y preciso de una carambola.

Un riguroso cursillo de dâk-bungalows tiene la siguiente desventaja: fomenta una infinita credulidad. Si un hombre le dice a un inveterado huésped de dâk-bungalow. «Hay un cadáver en el cuarto de al lado y una mujer ha enloquecido en el de más allá, y, además, el hombre y la mujer que van en aquel camello son amantes y se acaban de fugar de un lugar situado a sesenta millas de aquí», el inveterado huésped se lo tragará todo, porque sabe muy bien que nada es tan extraño, grotesco u horrible, que no pueda suceder en un dâk-bungalow. Esta credulidad, por desgracia, se extiende a los fantasmas. Una persona racional, recién llegada a esta tierra, se habría vuelto y se habría dormido. Yo no lo hice. Estoy tan seguro de que la multitud de bichos que pululaban por la cama me consideraba un cadáver inmundo al que no valía la pena seguir picando, pues todo el torrente sanguíneo se me había concentrado en el corazón, como lo estoy de que escuché cada golpe de una larga partida de billar que se desarrolló en el dormitorio contiguo al mío, cuya puerta estaba atrancada con una pesada barra de hierro. El miedo que me obsesionaba consistía en pensar que los jugadores quisieran un árbitro. Era un miedo absurdo, claro está, porque unos seres capaces de jugar en la oscuridad deben estar por encima de cosas tan superfluas. Sólo sé que ése era el terror que me obsesionaba; y era real.

Al cabo de un largo rato, el juego concluyó y la puerta se cerró de golpe. Me dormí porque estaba muerto de cansancio. De otro modo, habría preferido mantenerme despierto. No hay nada en Asia que me hubiera inducido a descorrer la barra de la puerta y echar una mirada en la oscuridad del cuarto de al lado. Cuando llegó la mañana, me dije que había obrado con sensatez y prudencia, y le pedí información al khansamah sobre los medios para salir de allí cuanto antes.

—A propósito, khansamah —dije—, ¿qué demonios pasó con los tres doolies que llegaron anoche?

—Aquí no llegó ningún doolie —dijo el khansamah.

Entré en el dormitorio de al lado. La luz del sol penetraba por la puerta abierta e inundaba el interior. Sentí un coraje inmenso. A esa hora me habría atrevido a jugar al Black Pool con el mismísimo propietario del gran salón de allá abajo.

—¿Este lugar ha sido siempre un dâk-bungalow? —pregunté.

—No —contestó el khansamah—. Hace diez o veinte años, ya no recuerdo cuántos, era un salón de billar.

—¿Un... qué?

—Un salón de billar para los Sahibs que construyeron el Ferrocarril. Yo era entonces khansamah en la gran casa donde vivían los Sahibs del Ferrocarril, y solía venir aquí a servirles un brandy. Estos tres dormitorios formaban el salón, y había una mesa grande donde jugaban los Sahibs todas las noches. Pero ahora los Sahibs están muertos y el Ferrocarril, usted ya lo sabe, llega casi hasta Kabul.

—¿Recuerdas alguna cosa referente a los Sahibs?

—Ha pasado mucho tiempo, pero recuerdo que uno de los Sahibs, un hombre gordo, que se pasaba el día enfadado, estaba jugando aquí una noche y me dijo: «Mangal Khan, brandy.» Yo llené el vaso, y el Sahib se inclinó sobre la mesa para golpear la bola... y entonces su cabeza fue bajando y bajando hasta chocar con la mesa, y se le cayeron las gafas. Y cuando nosotros —los Sahibs y yo— corrimos a levantarle, estaba muerto. Yo les ayudé a sacarlo. ¡Era un Sahib muy fuerte! Pero ahora está muerto, y yo, el viejo Mangal Khan, estoy vivo todavía, para servir al Sahib.

¡Aquello fue más que suficiente! Tenía por fin mi fantasma... un fantasma de primera mano, un fantasma auténtico. Escribiría a la Sociedad de Investigaciones Psíquicas... ¡paralizaría el Imperio con la noticia! Pero, antes que nada, pondría ochenta millas de tierra de cultivo entre mi persona y aquel dàk-bungalow antes de que cayera la noche. La Sociedad podía enviar a su agente habitual para que investigara el caso un poco más tarde. Entré en mi dormitorio, tomé buena nota de los hechos y preparé mi equipaje.

Mientras fumaba, volví a escuchar el sonido del juego, pero esta vez con una pérdida considerable, pues el recorrido de la bola era más corto. La puerta estaba abierta y era posible ver el interior del dormitorio. ¡Cloc-cloc! Una carambola. Entré sin miedo, pues la luz del sol bañaba el cuarto y soplaba una ligera brisa. El juego invisible continuaba con una tremenda animación. Y no era extraño: una inquieta rata corría de un lado a otro por el interior de la mugrienta tela del techo y un trozo desprendido del marco de la ventana golpeaba a un ritmo constante el alféizar, agitado por la brisa.

¡Imposible confundir el sonido de las bolas de billar! ¡Imposible confundir el sonido que hace una bola de billar al deslizarse por el tapete! Al menos tenía una excusa. Cerré los ojos. El ruido era sorprendentemente similar al de una partida de billar. En ese instante entró en el cuarto, muy enfadado, mi fiel compañero de penas, Kadir Baks.

—¡Este bungalow es inmundo, y de la peor casta! No me extraña que su Presencia haya sido molestado y esté lleno de picaduras. Tres grupos de porteadores de doolies llegaron al bungalow ya muy entrada la noche, mientras yo dormía fuera, ¡y dijeron que tenían la costumbre de dormir en las habitaciones reservadas para los ingleses! ¿Acaso no tiene honor este khansamah? Intentaron entrar, pero yo les dije que se fueran. No me extraña, si es que esos Ooryas han estado aquí, que su Presencia haya sufrido grandes molestias. ¡Es una vergüenza, un comportamiento propio de hombres sin decencia!

Lo que no dijo Kadir Baks es que había cobrado por anticipado a cada grupo de porteadores dos annas de alquiler, y que luego, cuando se encontraban fuera del alcance de mi oído, les había propinado una tunda con el enorme paraguas verde, cuya utilidad yo no había sospechado hasta entonces. Pero Kadir Baks no tenía nociones de moralidad. Tuve una entrevista con el khansamah, pero enseguida se le fue la cabeza. Mi cólera se convirtió en lástima, y la lástima dio paso a una larga conversación, en el curso de la cual el viejo situó la trágica muerte del gordo Sahib ingeniero en tres estaciones diferentes... dos de ellas a cincuenta millas de distancia. El tercer lugar era Calcuta, y allí el Sahib murió mientras conducía un dog-cart.

Si hubiera animado un poco más al khansamah, habría recorrido toda Bengala con su cadáver. No me fui tan pronto como había previsto. Me quedé a pasar la noche, mientras el viento, la rata, el marco y el alféizar jugaban una partida verdaderamente reñida, con una tediosa repetición de golpes. Luego el viento cesó y la partida de billar concluyó. Comprendí que mi genuina y verdadera historia de fantasmas había quedado completamente arruinada. Si hubiera suspendido las investigaciones en el momento oportuno, podría haber redactado algo interesante.

¡Esto era lo que más me amargaba!

Rudyard Kipling (1865-1936)




Relatos góticos. I Relatos de Rudyard Kipling.


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El análisis y resumen del cuento de Rudyard Kipling: Mi verdadera historia de fantasmas (My Own True Ghost Story), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com