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«Liber Rostrum»: ¿por qué nos vemos más feos en las fotos?


«Liber Rostrum»: ¿por qué nos vemos más feos en las fotos?




Si el lector es una de esas personas que nunca, bajo ningún concepto, ni siquiera con la mejor iluminación, maquillaje, filtros u otros retoques digitales fraudulentos, está conforme con la imagen que le devuelven sus fotografías, selfies, y otras alternativas del paisajismo facial, le recomendamos que asuma una postura de mansa aceptación. Realmente no hay necesidad de alarmarse.

Efectivamente, usted se ve más feo en las fotos que cuando se mira en el espejo; esto es un hecho científico, y el Liber Rostrum ya lo anticipó en el siglo XIX.

Con la invención de las primeras técnicas fotográficas la gente descubrió que no era quien creía ser; y los fotógrafos, por su parte, realizaron un hallazgo igualmente perturbador: nadie está satisfecho con su rostro fotografiado.

Desde hace casi doscientos años, una cifra inconcebible de individuos experimentó en carne propia que siempre se sale más feo en las fotos, o mejor dicho, más feos de lo que creemos que somos.

Incluso si nos tomamos una fotografía junto a otras personas, los demás parecen salir tal cual son, con sus defectos y puntos fuertes, es cierto, pero como realmente son; mientras que nosotros, invariablemente perplejos frente a la evidencia, salimos mucho más feos; casi deformados, como si el sujeto retratado se tratara de un inescrupuloso doppelgänger que ha usurpado nuestro lugar.

El Liber Rostrum —literalmente, El libro del rostro— viene a responder este inquietante enigma.

Sus páginas circularon por los mingitorios de una sociedad llamada: The Linked Ring (El anillo entrelazado) —también conocida como La Hermandad del Anillo Entrelazado (The Brotherhood of the Linked Ring)—; básicamente un grupo de entusiastas, degenerados en su mayoría, cuya fundación responde a la necesidad de defender a la fotografía como un nuevo medio artístico.

Si bien el Liber Rostrum solo se ocupa muy superficialmente del dilema de verse más feo en las fotos que en la «realidad», lo cierto es que sus conclusiones luego serían retomadas exitosamente por la psicología para explicar este curioso fenómeno, el cual abarca a todos los seres humanos por igual, independientemente del nivel de insatisfacción que puedan manifestar con respecto a la imagen que devuelven sus fotografías.

La primera pregunta que se hace el Liber Rostrum es la siguiente: las personas se ven más feas en las fotos, ¿pero en comparación con qué?

Naturalmente, con la imagen que estamos acostumbrados a ver en el espejo.

En términos científicos, está demostrado que somos más feos de lo que creemos. Nuestro cerebro realiza una astuta maniobra para mantener nuestra autoestima de forma más o menos equilibrada; y ese engaño lleva tiempo: años, y quizá décadas, en articular sus delicados mecanismos.

Un niño no se ve más feo en las fotos que al verse en el espejo, pero a medida que el cerebro necesita empezar a reafirmar su autoestima durante la adolescencia, básicamente para forjar su identidad, empieza a tomar como referencia el reflejo que le devuelve el espejo.

Ese reflejo se altera con el tiempo; incluso varía enormemente debido a diferentes factores, como el envejecimiento; pero si comparamos el reflejo de nuestro rostro en el espejo con cualquier fotografía, inclusive con el mismo ángulo, tipo de luz, etc, siempre, inevitablemente, nos veremos más feos en la foto.

Este fenómeno no tiene nada que ver con la objetividad. Una persona puede verse bien, sentirse bien, e incluso admirar su imagen en el espejo y ser considerada sumamente atractiva por la mirada de los demás, y, sin embargo, sentir que no sale bien en las fotos; o mejor dicho, no tan bien como podría salir.

Nuestro cerebro es extremadamente ingenioso para cuidar nuestra autoestima, que no es otra cosa que la imagen mental que uno tiene sobre sí mismo. Esa imagen es el producto de un largo filtrado donde cierta información se mantiene oculta con el objetivo de cuidar los valores que el cerebro considera saludables para la autopercepción.

En otras palabras: el cerebro incrementa el valor de los rasgos positivos por encima de los negativos.

El proceso también funciona a la inversa, aunque no en términos fotográficos, por decirlo de algún modo.

El cerebro también aumenta los rasgos negativos de los demás (con excepción de las personas que estimamos), de modo tal que, por comparación, el resto de las personas parecen menos inteligentes que nosotros, o menos amables, atractivas, intuitivas o espirituales. Esto dependerá de lo que nuestro cerebro haya establecido como parámetro principal de nuestra identidad: imagen, intelectualidad, espiritualidad, sociabilidad, etc.

Por su propia constitución, este proceso o sesgo cognitivo impide que el sujeto advierta lo que está ocurriendo; de hecho, incluso podemos pensar equivocadamente que somos por completo objetivos con los demás, y aún extremadamente duros con nosotros mismos.

Ni una cosa ni la otra.

Al vernos en una fotografía ese sesgo se derriba: nos vemos como realmente somos, no como nuestro cerebro nos dice que somos.

Esto incluye tanto a las personas objetivamente atractivas como a las menos beneficiadas en términos de armonía física: nuestro cerebro, por asociación, mejora todo lo que puede afectar nuestra autoestima; de tal forma que no solo nos autopercibimos más lindos de lo que somos (salvo en las fotos), sino que añadimos asociaciones positivas sobre las personas que estimamos: nuestras parejas son las más atractivas (física y/o intelectualmente); nuestros amigos son los más leales que existen; nuestros hijos los más dotados; nuestras mascotas las más inteligentes; nuestras heladeras las que mejor enfrían.

El sesgo actúa sobre todos, aún sobre los críticos más recalcitrantes; de forma tal que para salvaguardar la autoestima de un individuo en un medio ambiente nocivo para la reafirmación positiva de su identidad, el cerebro lo llevará a concluir, por ejemplo, que sus padres son los peores del mundo, que no ha recibido tanto afecto como sus hermanos, etc.

El Liber Rostrum no lo afirma con este grado de audacia, pero en cierta forma se anticipó por varias décadas a las sagaces elucubraciones de la psicología, estableciendo una especie de regla general que hoy puede aplicarse perfectamente sobre todas las personas del mundo:

Cuanto mayor es nuestro nivel de autoestima, mayor es el esfuerzo que invierte el cerebro en filtrar información negativa para protegerla; de forma tal que a mayor autoestima, mayor desagrado percibiremos en nuestra imagen fotografiada. Por eso nadie, salvo que se encuentre desbordado por el narcisismo, se considerará a sí mismo como fotogénico. Ese, en todo caso, es un supuesto atributo ejercido por un tercero malintencionado, como veremos más adelante.

Ahora bien, la autoestima de un individuo no solo lo abarca a sí mismo, a su imagen, su intelecto, su vida interior, sino que también incluye a su entorno, específicamente a las personas que estima.

Esto significa que cuando vemos que un amigo ha salido mal en una foto, podemos tomarlo como un signo de que realmente lo apreciamos. Por el contrario, podemos deducir que alguien no nos estima en absoluto si éste asegura que hemos salido genial en una foto cuando, en realidad, lucimos como perfectos imbéciles.

Por muy buena que sea la fotografía, siempre saldremos más feos que al mirarnos en el espejo, tanto nosotros como aquellas personas que hayamos incluido como variables de alteración de nuestra propia autoestima.

El Liber Rostrum abunda en referencias sobre este tipo de fenómenos. No en vano emplea la palabra rostrum, que significa «rostro», pero de un modo peyorativo, burlón; ya que el término rostrum designaba en latín al pico de las aves, al hocico de los cerdos, y en general a todas las expresiones faciales poco agradables.




El lado oscuro de la psicología. I Misterios miserables.


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