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Por qué no podemos terminar de leer un libro: abandonadores seriales


Por qué no podemos terminar de leer un libro: abandonadores seriales.




Existe cierto pudor cuando uno se confiesa incapaz de terminar de leer un libro prestigioso. Por respeto, quizás, o por temor a la observación crítica del otro, el lector se obliga a leer muchas más páginas de las que desearía antes de darse por vencido.

Quizás albergamos la esperanza de que la cosa mejore, como en las malas películas, o que el autor consiga atraparnos en su mundo. Pero a veces ni siquiera se puede argumentar que el libro era malo, lento o pesado; de hecho, muchas veces dejamos de leer libros que realmente nos gustan.

Muchos autores trabajan para que sus libros lleguen a la mayor cantidad de gente posible, es decir: para ser leídos; lo cual es perfectamente legítimo. Cualquiera puede averiguar, sin recibirse de detective, cuántos libros ha vendido tal o cuál autor. Pero la pregunta sería: ¿cuántos de esos libros han sido leídos de principio a fin?

Las plataformas digitales nos ofrecen una respuesta alarmante.

Por ejemplo, uno de los bestsellers más impresionantes de los últimos años: El Goldfinch (The Goldfinch), de la escritora Donna Tartt, solo fue leído en su totalidad por el 44% de sus compradores; promedio que fue deducido de la información extraída en distintas plataformas digitales, como Kobo, por ejemplo.

Podemos suponer que un libro leído a medias es un síntoma de que algo anda mal en el autor, en el lector o en la relación que se establece entre ambos.

Ciertamente hay libros mejor escritos que otros y lectores que asumen el desafío de leer una obra densa. Sin embargo, no podemos sentenciar que un libro leído a medias sea un fracaso o que su lector lo haya abandonado por escasez de paciencia.

Durante muchos años, siglos, quizás, se ha asumido que los hábitos del lector son inmutables; que se sienta frente a una novela, devora cuatrocientas páginas y recién entonces, al final, decide sobre el valor de la obra. O bien la abandona tras unas veinte o treinta páginas, probablemente debido a deficiencias propias.

Desde luego, esto es absurdo. Lo mismo que valorar una novela por lo fácil que resulte leerla.

En cierta forma, todo depende del grado de compromiso que el lector esté dispuesto a asumir, siempre que no sea traicionado por el autor. Pero incluso cuando todas las condiciones están dadas para que la lectura sea fluida, ordenada, progresiva, algo ocurre.

Todos los lectores apasionados cultivamos distintas facetas: abandonamos algunos libros que no nos disgustan por completo y leemos de principio a fin novelas que odiamos desde la primera página. Por eso, insisto, leer un libro por la mitad no indica que la obra sea un fracaso, así como leerla por completo tampoco determina su éxito.

Tampoco la escala de valores del lector es clara. Sabemos que hay novelas mejores que otras, sin embargo, muchas veces esto no se ajusta al tiempo que le dedicamos a cada una.

Terminar de leer una novela difícil, llena de símbolos, recovas y penumbras, como Moby Dick o Ulysses, por ejemplo, nos deja con una sensación muy parecida a la satisfacción, pero no proveniente del goce estético sino del trabajo terminado. El esfuerzo o facilidad a los que nos obliga una lectura determinada no siempre es proporcional a su calidad.

El periódico The Guardian publicó hace algún tiempo un resumen estadístico de aquellas novelas que nadie termina de leer. Curiosamente, los bestsellers poseen el porcentaje más alto de abandonadores seriales.

Quizás esto se deba al perfil de sus consumidores, con un promedio de lectura por año que no supera los tres o cuatro libros. De todas formas, las cifras dejan mucha tela para cortar, en especial sobre la forma en la que valoramos el éxito o fracaso de un libro.

En lo personal barajo la posibilidad de que los libros, particularmente las novelas, son un poco como nuestras vidas. Pocas veces las cosas se ponen interesantes en los primeros años. Hay libros —y vidas— que no empiezan hasta la página cuarenta.

También siento que muchas novelas que me han demandado cierto esfuerzo terminaron siendo las lecturas más gratificantes.

Lo cierto es que no hay fórmulas al respecto, ni para el éxito ni para el fracaso, y mucho menos para deducir cómo y bajo qué circunstancias es posible emitir esos juicios acerca de una obra.

Hay abandonadores seriales a los que incluso les cuesta empezar a leer un libro; otros se emperran en lecturas que, ya de antemano, saben que no terminarán.

La forma del abandono también tiene sus variantes: hay quien corta de cuajo la lectura, los que se autoconvencen que la retomarán más adelante, los que preservan libros inconclusos sobre la mesa de luz, creyendo que su regreso a la biblioteca marca un punto de no retorno; los que abandonan progresivamente, de apoco, tímidamente; los que saltan capítulos, los que van directamente al final, los que releen los mismos episodios, los que leen sin leer y descubren, alarmados, que no tienen ni idea de lo que ha ocurrido en las últimas cinco páginas; los que se enfadan, los que se aburren, los olvidadizos.

Todos somos, o fuimos, este tipo de lectores. Desde luego, no con los mismos libros ni en la misma época de nuestras vidas.

Nadie termina dos relaciones sentimentales de la misma manera. Algunas requieren un rápido punto final, otras demandan largas reflexiones o retornos esporádicos en los que verificamos lo que ya intuíamos: nada ha cambiado.

El problema no sos vos, Rowling, soy yo.




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El artículo: Por qué no podemos terminar de leer un libro: abandonadores seriales fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

5 comentarios:

Laura Lauman dijo...

La filosofía de mi yo lectora se rige, más que nada, por una realidad: mi existencia en este mundo es efímera, tengo un tiempo limitado. ¿Para qué usarlo en leer libros malos, o que no conectan conmigo, o que pasan un punto y ya no le veo el sentido a seguir? Hay muchos más allá afuera. Aunque lo recomiende Rowling, si no tengo ganas de seguir leyéndolo, no lo leeré.

Sebastián Beringheli dijo...

Postura tan irrefutable como epicúrea, Lau. Ojalá pudiésemos aplicarla a todos las actividades superfluas de la vida. Beso!

Alexz dijo...

En mi opinión no hay libros buenos ni malos. Sino adecuados a cada tipo de lector. A esto agrego que redactar una novela no es algo que pueda redactar cualquiera. Se requiere pasión y determinación para llegar a terminarla.
Volviendo a la "problemática" del abandono de X ejemplar. Como leí en este blog un artículo que hace referencia al lector inteligente, no avalando géneros superiores sino aquel que sabe lo que le gusta. No es cuestión de leer libros por el vano acto de hacerlo, sino ser consiente del género a elegir.
Como ejemplo. Stephen King siendo un excelente escritor hay personas que no disfrutaran sus libros, seguro preferirán a E.L. James y sus 4 entregas eróticas (blanco del aborrecimiento del buen percusor del terror y suspenso). Esto no implica que uno sea mejor que otro. Simplemente son diferentes. Como personas cultas amantes de la lectura fomentemos el respeto hacia cada preferencia. En mi caso eh leido libros tanto como Eclipse de Stephen King como Crossfire de Sylvia Day, eh dejado lecturas como La candidatura de Rojas pero no me da derecho de tacharlo de mala lectura y redacción. Hay de todo para todos.
Saludos amigos amantes de los libros ♡

le lolit dijo...

Yo no puedo terminar de leer el libro de La vuelta al mundo en 80 días porque no me gusta que acepten la esclavitud como algo normal y bueno (aún teniendo en cuenta la época y la mentalidad del autor o de los personajes). No sé, eso me impide continuarlo, ¿Qué dirían?.

Sebastián Beringheli dijo...

Diría que, siguiendo tu razonamiento, habría que excluir a la Biblia de todas las bibliotecas.