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La chica de los ojos hambrientos: Fritz Leiber, relato y película

La chica de los ojos hambrientos (The Girl with the Hungry Eyes) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Fritz Leiber (1910-1992) —autor de: Ciclo Fafhrd y el ratonero gris, El hombre que nunca llegaba a joven (The Man Who Never Grew Young), La orilla triste (The Bleak Shore), Próximas atracciones (Coming attraction) y Nave de sombras (Ship of Shadows)—, publicado en la antología de 1949: La chica de los ojos hambrientos y otras historias (The Girl with the Hungry Eyes, and Other Stories).

La chica de los ojos hambrientos regresa sobre un tema central del cuento de vampiros: el vampirismo psíquico, también llamado vampirismo emocional o vampirismo energético; en esta ocasión, a través de una chica con voraces apetitos moralmente cuestionables.

Antes de pasar al relato de Fritz Leiber compartimos una verdadera rareza cinematográfica: una película de vampiros inspirada en La chica de los ojos hambrientos, por cierto, económica y sumamente bizarra.






La chica de los ojos hambrientos.
The Girl with the Hungry Eyes, Fritz Leiber (1910-1992)

Muy bien, le explicaré por qué la chica me pone la piel de gallina. El por qué no puedo ir al centro a ver como la multitud babea ante la torre donde se encuentra su efigie, con esa botella de refresco o ese paquete de cigarrillos, o lo que sea que tenga alado. ¿La razón?, que ya no puedo soportar echarle un vistazo a las revistas porque sé que aparecerá en alguna página luciendo un sostén o en un baño de esponja. El por qué no me gusta pensar que millones de norteamericanos absorben arduamente esa media sonrisa ponzoñosa. Es toda una historia – más de lo que espera.

No, no es que haya sufrido un ataque de repentina indignación ante los males de la publicidad y la obsesión nacional por las chicas guapas y seductoras. Eso sería más bien risible en un hombre de mi profesión ¿verdad? Aunque de todas formas creo que estará de acuerdo conmigo de que haya algo levemente perverso en que el hecho de que el sexo se ha utilizado de esta manera. Claro que eso no me importa. Y sé que hemos tenido la Cara, el Cuerpo y la Mirada y muchas otras cosas más, así que porque no íbamos a acabar teniendo a alguien que poseyera todo eso resumiéndolo de una forma tan completa y que no nos quedó más remedio que llamarla "La Chica" y colocar su efigie y hasta todos sus grafitis por todas las vallas publicitarias del Times Square al Telegraph Hill?

Pero la Chica no se parece a ninguna de las otras, lo suyo no es algo natural, es algo morboso y maligno.

Oh si claro! Estamos hablando de 1948 y el tipo de cosas a las que estoy haciendo alusión salieron con la brujería, ¿verdad? Pero verá, más allá de cierto punto no me siento demasiado seguro a que estoy haciendo alusión. Hay vampiros y vampiros que no todos chupan sangre.

Y hubo asesinatos, si es que fueron asesinatos.

Además, permítame preguntarle esto. Si Norteamérica está tan obsesionada con la Chica, ¿por qué no sabemos más de ella? ¿Por qué no se ha merecido el honor de aparecer en la portada del Time con una biografía incluida? ¿Por qué no le han hecho un artículo en el Life o el Post? ¿Un perfil en el New Yorker? ¿Por qué el Charm o Mademoiselle no le han hecho una saga de su carrera? No están listos para eso? ¡Tonterías!

¿Por qué el cine no arriesgó con una de sus películas? ¿Por qué no ha aparecido en el Information, Please? ¿Por qué no la hemos visto besando a los candidatos políticos para las elecciones? ¿Por qué no ha sido escogida como reina de cualquier porquería u otra en alguna convención?

¿Por qué no leemos nada de sus gustos y aficiones, sus opiniones acerca de la situación Rusa? ¿Cómo es que los columnistas no la han entrevistado con un kimono en el hotel más alto de Manhattan para decirnos quien es su novio?

Finalmente –y eso es lo que realmente me mata– ¿Por qué nunca ha sido dibujada o pintada?

Oh, no lo han hecho. Si usted supiera algo sobre arte comercial lo sabría. Cada una de esas imágenes bendecidas se trabajó a partir de una fotografía. ¿Experto? Por supuesto. Tiene a los mejores artistas trabajando en ello. Así es como lo hace ahora.

Y ahora le diré el porqué de todo esto. Es porque todo el mundo de la publicidad, de las noticias y de los negocios, ninguna alma solitaria que supo de donde vino la Chica, donde vivía, que hace, quién es y ni tan siquiera cuál es su nombre.

Me ha oído bien. Más aún, nadie llega a verla nunca – excepto un pobre y maldito fotógrafo, que está haciendo más dinero que nunca esperó hacer en su vida y que pasa cada minuto del día sintiéndose asustado y confuso.

No, no tengo ni la más leve idea de quién es y donde tiene su estudio. Pero sé que ese hombre debe existir y tengo la más absoluta certeza moral que se siente justo como lo he dicho.

Cierto, estaba dispuesto a encontrarla, y si lo hice. No estoy muy seguro pero por ahora probablemente tenga otros medios de protección. Además, no quiero intentarlo.

¡Oh!, estoy fuera de balance ¿lo estoy? Son la clase de cosas que no pueden ocurrir en este nuestro año átomo 1948, nadie puede mantenerse oculto de esa forma, no siquiera Greta Garbo?

Bueno, sucede que sé cómo puede hacerse, porque el año pasado yo era ese pobre condenado fotógrafo del que le he estado hablando.

Si, el año pasado, en 1947, cuando la chica hizo su primera salpicada venenosa en esta nuestra pequeña gran ciudad. Si, escuchó bien, sabía que usted no estuvo aquí el año pasado y que no estaba enterado de esto. Incluso la Chica tuvo que empezar poco a poco. Pero si usted husmea en los archivos de los periódicos locales encontrará algunos anuncios y quizá hasta pueda mostrarle parte del material antiguo –creo que Lovelybelt continua utilizando alguna de esos retratos. Solía tener una montaña de fotos hasta que terminé por quemarlas todas.

Si, saqué una buena tajada de ellas. Nada comparado como las que debe estar haciendo algún otro fotógrafo, pero las suficientes para comprar whisky la chica tenía una actitud extraña hacia el dinero. Ya le contaré sobre eso.

Pero mi primera foto no fue sino hasta 1947. Tenía un estudio en el cuarto piso de una ratonera en el edificio Hauser pegadito al parque Ardleigh. Yo había estado trabajando en los estudios Marsh-Manson hasta que me harté de eso y decidí trabajar en solitario. El edificio Hauser era un completo desastre –nunca olvidaré como crujían las escaleras– pero el alquiler era barato y había un tragaluz que me proveía de luz natural.

El negocio andaba fatal, recorrí todos los circuitos anunciantes y agencias, y algunas de ellas se interesaron por mí, pero no conseguí cerrar ningún trato. Estaba muy cerca de la quiebra. Tenía retraso en el alquiler. Diablos, ni siquiera tenía dinero suficiente para tener una chica.

Era una de esas tardes grises y obscuras. El edificio estaba terriblemente silencioso – apenas había conseguido alquilar la mitad del Houser. Acababa de arreglar algunas fotos que pensaba ofrecerle en fajas a Lovelybelt y Buford's Pool de las últimas escenas de la playa. Mi modelo ya se había marchado. Ella era una profesora de una escuela secundaria y también hacía algún trabajito para mí que sólo le pagaba si vendía algo. Después de ver las impresiones, decidí que la señorita León no era lo que Lovelybelt estaba buscando – tampoco mi fotografía. Estaba por terminar el día.

Y entonces la puerta que daba a la calle azotó cuatro pisos abajo y unos pasos hicieron eco en la escalera y ella entró. Traía un vestido de tela obscura barata. Zapatos negros. Sin medias, sus brazos eran muy delgados y estaban desnudos, ¿se ha dado cuenta?, es posible que ya no sean capaces de fijarse en esas cosas? Y luego el cuello delgado y ese rostro levemente enflaquecido casi austero, la cascada de cabello negro y por debajo se asomaban los ojos más hambrientos del mundo.

Esa es la única razón por la que sea se haya expandido por todo el mundo hoy en día, usted sabe – esos ojos. Nada vulgar, pero solo justo lo mismo que todo el mundo ha buscado con un hambre lo que llama al sexo y algo más. Eso es lo que todo el mundo ha ido buscando desde el año uno, algo más que sexo.

Bueno amigos, ahí estaba solo con la Chica, en un estudio que comenzaba a llenarse de sombras en un edificio vacío. En una situación que estoy seguro que millones de norteamericanos han imaginado con toda variedad de pequeños detalles y lapsos. ¿Cómo me sentí? Asustado. Sé que el sexo puede dar miedo. Ese frío palpitar de tu corazón cuando te encuentras a solas con una chica y te das cuenta que vas a tocarla, pero si esto era sexo, estaba recubierto por algo más. Al menos yo no estaba pensando en sexo.

Recuerdo que dí un paso hacia atrás y que mi mano comenzó a temblar de tal forma que las fotografías que había estado revisando cayeron al suelo. Sentí un mareo casi imperceptible como si algo estuviera saliendo de mi cuerpo. Sólo un poquito. Eso fue todo. Entonces ella abrió la boca y todo volvió a la normalidad, por un rato.

–Veo que usted es fotógrafo señor, ¿podría ser su modelo?–me dijo.

Su voz no era muy refinada.

–Lo dudo, –le dije levantando el fajo de fotografías. Verá, no estaba impresionado. Aun me tardaba mucho en captar las posibilidades comerciales en sus ojos.

–¿Que ha hecho hasta ahora?

Bueno, me contó una historia bastante vaga así que me dediqué a indagar hasta donde llegaban sus conocimientos sobre las agencias de modelos y tarifas así que no tarde mucho en hacerme una idea.

–Oiga, usted no ha posado para un fotógrafo en toda su vida? ¿Éste es el primer estudio fotográfico que pisa verdad?

Admitió que así era, más o menos. Durante la charla tuve la impresión de que se movía y hablaba con cierta vacilación, como lo hacemos todos cuando nos encontramos en un lugar desconocido. No era ningún titubeo por su parte o por mí, sino solo la situación en general.

–Y usted cree que cualquiera puede modelar? –le pregunté con compasión.

–¡Claro! –respondió.

–Mire –dije–. Un fotógrafo puede desperdiciar una docena de negativos tratando de obtener una foto donde una mujer corriente aparezca con un aspecto medio humano. ¿Cuántos cree que pueda mal gastar antes de que pueda conseguir una instantánea donde luzca realmente atractiva?

–Podrá hacerlo –repuso ella.

Bueno, pude haberla echado a patadas de mi estudio en ese instante. Quizás sentí cierta admiración ante la frialdad con la que pregonaba sus modestos atractivos, tal vez me dejé conmover por su aspecto desnutrido. Lo más probable es que estuviera irritado por la forma en que todos habían rechazado mis fotos y tuviera ganas de desquitarme con ella dándole una lección.

–De acuerdo. Le voy a tomar unas fotos –le dije–. Entienda que es estrictamente una prueba. Por si alguien quiere utilizar una foto suya. Lo cual es una oportunidad en dos millones, Le pagaré la tarifa habitual por su tiempo. De ninguna otra manera.

Sonrió por primera vez.

–Por mí está bien. –dijo.

Bueno, le saqué tres o cuatro fotos, los primeros planos de su rostro ya que su vestido me parecía muy feo, y debo reconocer que soportó bastante bien mi sarcasmo. Entonces recordé que todavía tenía el material de Lovelybelt y supongo que todavía estaba irritado porque tenía un fajín y le pedí que fuera atrás del biombo a ponérselo y lo hizo, sin ruborizarse como yo esperaba, y ya que habíamos llegado tan lejos pensé en que podríamos hacer la escena de la playa, y eso fue todo.

Durante ese tiempo no sentí nada en particular, salvo que de vez en cuando volvía a tener esa especie de mareo y me pregunté si tendría algún problema de estómago o si hubiera sido un poco más descuidado que de costumbre con mis productos químicos. Aun así, ya sabes, el miedo estaba en mí todo el tiempo. Le arrojé una tarjeta y una pluma. 

–Escriba su nombre, dirección y número telefónico. –le dije, y me fui al cuarto obscuro.

Se marchó unos minutos después, no me despedí de ella. Estaba molesto porque había obedecido todas mis órdenes sin rechistar y ligeramente ansioso por sus poses, ni siquiera me agradeció, excepto por esa sonrisa. Terminé de hacer los negativos, hice algunas impresiones, les eché un vistazo y decidí que eran tan buenas como las de la señorita León. Tuve un impulso y las puse junto a las otras fotos que pensaba llevar a la siguiente mañana a la siguiente ronda. A estas alturas había trabajado lo suficiente como para sentirme fatigado y nervioso, pero no estaba dispuesto a gastar el dinero restante para solucionar eso. No tenía hambre. Creo que fui a ver una película barata.

No pensé en la Chica por un tiempo, excepto solo al preguntarme en mi condición sin mujeres no me le arrojé. Ella no parecía pertenecer, he... bueno, a un estrato social más accesible que la señorita León. Pero naturalmente había muchas razones por las cuales no me le insinué. La mañana siguiente hice las rondas. La primera parada fue la Cervecería Munsch. Estaban buscando a la 'Chica Munsch'. Papá Munsch sentía un especial afecto hacia mí, a pesar que mis fotos le parecían horribles. El poseía un talento natural para juzgar las cosas. Cincuenta años antes podría haber sido uno de los tipos que crearon Hollywood.

En este momento se dedicaba a su empresa favorita. Dejó la jarra de cerveza en la mesa, se lamió los labios, me soltó no sé qué tecnicismo sobre la espuma, se limpió las manos gordas en el delantal que llevaba puesto y cogió el delgado fajo de fotos. Después de haber repasado la mitad del fajo, haciendo ruidos nasales llegó a ella. Me arrepentí por haber metido su foto.

–Es ella –dijo–. La fotografía no es la gran cosa, pero es la chica.

Eso decidió todo. Ahora me pregunto porque Papá Munsch captó lo que tenía la chica al instante, cuando yo no me había dado cuenta de nada. Creo que fue porque la primera vez que la vi fue en carne y hueso, aunque no sé si es la palabra correcta. En ese momento lo único que sentí fue debilidad.

–¿Quién es? –me preguntó.

–Una de mis nuevas modelos. –traté de sonar lo más natural posible.

–Tráigala mañana temprano –me dijo–. Venga con su equipo. La fotografiaremos aquí. Quiero enseñarle unas cuantas cosas. Vamos, no ponga tan mala cara –agregó–. Beba una cerveza.

Bueno, me marché diciéndome que solo fue una casualidad, ya que probablemente ella lo echaría a perder con su inexperiencia y ese tipo de cosas. Aun así, cuando dejé reverente mi siguiente fajo de fotos frente al señor Finch de Lovelybelt junto a su secante color rosa, su foto era la primera. El señor Finch hizo todos los gestos que se esperan de un crítico de arte. Se reclinó en el asiento, entrecerró los ojos, agitó sus largos dedos y dijo:

–Hmmm. ¿Qué opina señorita Willow? Con esta luz. Por supuesto que el fotógrafo no muestra el corte de la modelo. Y probablemente podríamos utilizar el diablillo de Lovelybelt en lugar del ángel. Aun así, la chica... Venga aquí Binns. Quiero ver la reacción de un hombre casado.

No pudo ocultar que había quedado fascinado. Lo mismo pasó en la piscina y juegos de Buford, excepto en Da Costa donde no necesitaron el visto bueno de un hombre casado, digo.

–Que ardiente  –dijo chupándose los labios–. ¡Ustedes los fotógrafos sí que tienen suerte!

Volví a toda prisa al estudio y cogí la tarjeta que le había entregado para que anotará sus datos. Estaba en blanco. No me importa confesarle que los siguientes días fueron los peores por los que jamás había pasado, aunque ese peor no salió de los corrientes. A la mañana siguiente no había logrado ponerme en contacto con ella, tuve que empezar a ganar tiempo.

–Ella está enferma .–le dije a Papá Munsch por teléfono.

–¿Esta en el hospital? –me preguntó.

–No, no es nada serio. –le dije.

–Tráigala aquí entonces. ¿Qué es un pequeño dolor de cabeza?

–Lo siento, no puedo.

Papá Munsch sospechó:

–¿Realmente tiene a la chica?

–Claro que la tengo.

–Bueno, no sé. Si no fuera por su pésimo estilo fotográfico pensaría que es una modelo de Nueva York.

–Bueno mire, la traerá aquí mañana en la mañana, me oyó?

–Trataré.

–Tratará nada. La traerá aquí mañana.

Nunca llegó a saber ni la mitad de lo que me esforcé por conseguirlo. Fui a todas las agencias de empleo. Hice algo de labor detectivesca en los estudios fotográficos. Gasté parte de mis últimas monedas poniendo anuncios en los periódicos de la ciudad. Examiné anuarios de la secundaria y fotos de empleadas en casas de música. Fui a restaurantes y farmacias, buscando camareras, tiendas y almacenes buscando auxiliares. Observé la multitud que salía de los cines. Vagué por las calles.

Por la noche me pasé recorriendo la calle de los ligues, de alguna manera, me parecía el lugar correcto. Al final de la quinta tarde supe que estaba frito. Papá Munsch ya me había dado varios plazos, pero este último expiraba a las seis. El señor Finch ya había cancelado. Estaba al pie de la ventana contemplando el parque Ardleigh.

Ella entró. Había repasado mentalmente ese instante tantas veces que no me costó nada actuar de manera instintiva, ni siquiera la leve sensación de mareo logró ponerme nervioso.

–Hola. –le dije casi sin mirarla.

–Hola. –respondió.

–¿Ha perdido el interés?

–No.

No pareció ni incomoda ni desafiante. Era solo una afirmación. Le eche un vistazo a mi reloj y me puse de pie.

–Mire, le voy a dar una oportunidad –dije secamente–. Tengo un cliente que está buscando a una chica de su estilo. Si hace un trabajo de verdad puede que pueda entrar al negocio del modelaje. Si nos damos prisa podremos verle esta misma tarde –le dije y recogí mi equipo– Vamos. Y para la próxima vez, si necesita favores, no olvide dejar su número telefónico.

–Uh, uh – dijo sin moverse.

–¿A qué se refiere? –le pregunté.

–No voy a ver a ninguno de sus clientes.

–Qué demonios... mire chiflada, de un respiro.

Meneo la cabeza lentamente:

–No me engañas cariño, nunca lo has hecho. Ellos me quieren.

Y me regaló la segunda sonrisa.

Entonces pensé que debió haber visto mis anuncios en el periódico. No estoy tan seguro.

–Ahora te diré como trabajaremos –prosiguió–. No sabrás mi nombre, mi dirección o mi número telefónico. Nadie lo tiene. Y haremos todas las fotografías aquí. Solo tú y yo.

Se puede imaginar el jaleo que armé. Lo mostré todo, enojo, sarcasmo, paciencia en los argumentos, chiflado, amenazante, suplicante. Le abría roto la cara a bofetadas, no lo hice pensando en el capital fotográfico. Al final lo único que pude hacer fue llamar por teléfono a Papá Munsch y decirle sus condiciones. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero no tuve otra opción. Me dio una muy molesta respuesta, dijo 'no' varias veces y colgó. Ella no se dejó impresionar. 

–Bueno empezaremos la sesión a las diez en punto de mañana. –afirmó.

Típico de ella, usando esa clase de frases idiotas de las revistas de cine. A la media noche llamó Papá Munsch.

–No sé de qué manicomio contrató a esta chica –dijo–, Pero la quiero. Venga en la mañana y le trataré de meter en la cabeza cuanto quiero esas fotos. ¡Me alegro de haberlo levantado de la cama!

Después todo fue una brisa. Incluso el señor Finch cambió de parecer y después de dos días que se pasara diciéndome que era imposible aceptar las condiciones, las acepto. Naturalmente todos se encontraban bajo el hechizo de la Chica, entonces podrá suponer el sacrificio que hizo el señor Finch cuando renunció a supervisar las fotos de mi modelo llevando al diablillo de Lovelybelt o a Vixen o al maldito modelo que finalmente utilizamos.

A la mañana siguiente ella llegó a la hora acordada, y empezamos a trabajar. Tengo que admitir algo sobre ella, y es que nunca se cansaba, nunca se negó a la hora de repetir las fotos. No tuve ningún problema aunque sentía la misma sensación de estar perdiendo algo indefinible, como si me lo quitaran de una manera muy suave. Puede que usted también lo haya sentido, al mirar su fotografía. Cuando terminamos descubrí que había más reglas. Sucedió a media tarde. Me dispuse a bajar con ella a tomar un bocadillo y café.

–Uh uh. –me dijo–. Bajaré sola. Mira cariño, si alguna vez intentas seguirme, o si intentas asomar la cabeza por la ventana cuando me vaya, puedes irte buscando otra modelo.

Se puede imaginar que todas estas locuras me pusieron de mal humor, hicieron funcionar mi cabeza a toda velocidad. Recuerdo que abrí la ventana después de que se marchó – primero esperé unos minutos – tratando de respirar aire fresco, de imaginarme que había detrás de todo eso, si se estaba escondiendo de la policía, o si era la hija de algún ricachón arruinado, o si tal vez se le había metido en la cabeza la gran idea de ser temperamental, Papá Munsch tenía razón, le faltaba un tornillo. Pero tenía que terminar las fotografías.

Mirando hacia atrás, es increíble pensar la rapidez con la que su magia se apoderó de la ciudad. Cuando recuerdo lo que vino después, me asusta pensar en lo que está ocurriendo en todo el país – y tal vez en el mundo entero. Ayer leí un comentario en el Time, decía que la imagen de la Chica aparecía en las vallas publicitarias de Egipto.

El resto de mi historia le ayudará a comprender el porqué de mi temor. Pero tengo una teoría que ayude a explicar aunque es una de esas cosas que va más allá de 'cierto punto'. Es sobre la Chica y se lo diré en pocas palabras.

Usted sabe que la publicidad moderna hace que la mente del público vaya en la misma dirección, todos quieren lo mismo, todos imaginan lo mismo. Usted sabe que los psicoanalistas ya no sienten el mismo escepticismo hacia la telepatía como antes.

Añada las dos ideas. Suponga que los deseos de millones de personas se concentran en una sola persona que tiene el don de la telepatía. Digamos que la persona es la Chica. Moldeándola a su imagen. Reflexione que conoce los apetitos más ocultos de millones de hombres. Piense lo que sería comprenderlos y captarlos de una manera más profunda que las personas que los experimenta viendo el odio y deseo de la muerte que hay detrás de la lujuria. Imagínesela moldeándose a sí misma para adoptar esa apariencia, manteniéndose tan altiva y distante como si estuviera hecha de mármol. Aun así suponga el hambre que ella podía sentir en respuesta al hambre de esos millones de personas.

Pero eso es alejarse mucho de mi historia. Y ninguno de esos hechos son tan condenadamente sólidos. Como el dinero. Ganamos mucho dinero. Eso fue un hecho gracioso, es lo que le iba a contar. Estaba temeroso de que la Chica fuera a aprovecharse de mí. Ella me tenía atado de pies y manos, usted sabe. Pero se conformó con las tarifas habituales. Después de presionar lo suficiente aceptó más dinero. Pero ella siempre lo tomó con el mismo desprecio, como si fuera a tirarlo en la primera alcantarilla en cuanto saliera de mi estudio.

Y tal vez lo hizo. En cualquier caso, yo tenía dinero. Por primera vez en meses tenía suficiente para emborracharme, comprar nueva ropa, tomar taxis. Podía incluso conseguirme una chica. Bastaba con elegir alguna. Y naturalmente tuve que escoger. Pero primero permítame platicarle sobre Papá Munsch.

Papá Munsch no fue el primero en querer conocer a mi modelo pero creo que si fue el primero en ser sutil con ella. Podía ver el cambio en sus ojos cuando veía las fotografías. Comenzó a portarse sentimental, respetuoso. Mamá Munsch había muerto dos años antes.

Era muy astuto en la forma en que empezó a planear todo. Me hizo soltarle alguna información sobre cuando iría a trabajar a mi estudio, y luego una mañana llegó golpeando las escaleras minutos antes de la sesión.

–Tengo que verla Dave. –me dijo.

Discutí con él, lo paré. Le expliqué que tan seria era ella con sus ideas locas. Le señalé que nos cortaría la garganta. Me sentí amenazado por como berreó. Él no era habitualmente de esa forma. Solo repetía 

–Pero Dave, tengo que verla.

La puerta de la entrada azotó.

–Es ella –le dije bajando la voz–. Tiene que irse ahora.'

Él no lo haría, así que lo metí en el cuarto obscuro. 

–Y guarde silencio –le susurré–. Le diré que no puedo trabajar hoy.

Sabía que él trataría de verla y probablemente venir a molestarla, pero no había nada que yo pudiera hacer. Los pasos vinieron del cuarto piso. Pero ella nunca se mostró en la entrada. Me perturbó.

–¡Saca a ese vago de aquí! –gritó detrás de la puerta no muy fuerte pero habitual tono de voz.

–Me voy a parar en el siguiente descanso y si ese vago grasoso no se va en línea recta a la calle, nunca conseguirá otra foto de mí excepto escupiendo su asquerosa cerveza .–dijo.

Papá Munsch salió del cuarto obscuro. Estaba blanco. No volteó a verme cuando salió. Nunca volvió a ver sus fotos frente a mí.

Ese fue Papá Munsch. Ahora soy yo de quien estoy hablando. Hablé del tema con ella, me di a entender y eventualmente me le insinué. Ella levantó mi mano como si fuera un trapo húmedo.

–Nix, bebé, es hora de trabajar. –me dijo.

–Pero después de todo presioné.

–Las reglas se mantienen.

Y creo que me regaló la quinta sonrisa.

Por difícil que sea de creer, ella nunca se movió un ápice de esa loca postura. No debí insinuarme en la oficina, porque nuestro trabajo era muy importante y ella lo amaba, no debía haber ninguna distracción.

Y que no pude verla en ningún otro sitio, y vaya que lo intenté. Nunca presione para obtener otra foto de ella con todo ese dinero entrando todo el tiempo, nunca lo suficientemente estúpido como para pensar que mi estilo fotográfico tenía que hacer algo con ella. Claro que no hubiera sido humano si hubiera dado más pasos. Lo que obtuve fue el trato de 'trapo mojado' y no hubo más sonrisas.

Cambié. Fui una clase de loco y aturdido. Algunas veces sentí que mi cabeza iba a estallar. Por lo que empecé a hablar con ella todo el tiempo. De mí mismo. Era como estar en un delirio constante que nunca interfirió con los negocios. No prestaba más atención a la sensación constante de mareo. Parecía natural. Caminé alrededor, por un momento el reflector me pareció más una hoja de acero al rojo vivo, o las sombras que parecían ejércitos de polillas, o incluso la cámara era como si fuera un auto grande negro como el carbón. Pero para el siguiente momento vinieron otra vez.

Pienso que en algunas ocasiones me aterraba que ella muriera. Me parecía la persona más extraña y horrible del mundo. Pero en otra circunstancia... Y hablé. No importaba que estaba haciendo –iluminándola, su representación, si me quejaba de los accesorios, si ajustaba las tomas– o donde estaba –en la plataforma, detrás de la pantalla, distrayéndose con una revista– Mantuve una charla constante.

Le dije todo lo que sabía de mí mismo. Sobre mi primera chica. Sobre la bicicleta de mi hermano Bob. Cuando huí en un transporte de mercancía y de el regaño de Pa cuando regresé a casa. Le hablé sobre los gastos de envío a Sudamérica y del cielo azul de noche. Le conté sobre Betty. Sobre mi madre muriendo de cáncer. De lo que es ser golpeado en una pelea callejera detrás de un bar. Le dije sobre Mildred. Le hablé sobre la primera foto que vendí. Como se ve Chicago desde un velero. La borrachera más larga en la que he estado. Le hablé sobre Marsh-Manson. Le hablé sobre Gwen. Le dije como fue que conocí a Papa Munsch. Sobre como la estaba cazando. Como me sentía ahora.

Ella nunca prestó atención a lo que le dije. Probablemente ni siquiera me escuchó.

Fue entonces cuando obtuvimos nuestra primera ganancia de anunciantes nacionales y decidí seguirla cuando se fuera a casa. Espere, puedo darle algo mejor que eso. Algo recordará de los periódicos foráneos –esos de los posibles asesinatos que le mencioné. Creo que fueron seis en total.

Digo 'posiblemente' porque la policía nunca confirmó si fueron ataques al corazón. Pero hay muchas posibilidades de sospecha cuando los ataques al corazón suceden a personas cuyos corazones están bien, y siempre de noche cuando se encontraban solos y lejos de casa y no hay una explicación de lo que estaban haciendo.

Las seis muertes generaron uno de esos 'misterios venenosos' que asustan. Y después de todo, no hubo una seguridad de que hubieran parado realmente, pero que continúan sucediendo de una forma menos sospechosa.

Hay una situación que me aterroriza en este instante. Pero en ese momento lo único que me podía dar alivio era seguirla. Trabajamos hasta el anochecer. No necesité ninguna excusa. Nos nevaron las órdenes. Esperé hasta que azotó la puerta de la calle, entonces corrí hacia abajo. Llevaba puestos unos zapatos de goma. Me había metido en un abrigo negro que nunca me había visto con un sombrero negro.

Me paré en la puerta hasta que la ubiqué. Iba caminando por el Parque Ardleigh hacia el corazón de la ciudad. Era una de esas cálidas noches de otoño. La seguí por el otro lado de la calle. Mi idea para esta noche era averiguar donde vivía. Eso me daría el control. Se detuvo frente al escaparate de la tienda de departamentales Everly, parada justo detrás del resplandor. Se quedó mirando al interior. Recordé que habíamos hecho una fotografía enorme para Everly, un modelo plano para una exhibición de ropa interior. Eso era lo que ella estaba viendo.

En ese momento me pareció que con toda razón se estaba adorando a sí misma, si eso era lo que estaba haciendo. Cuando la gente pasaba ella se alejaba un poco o se desviaba hacia las sombras. Entonces vino un hombre en solitario. No pude ver su cara con claridad, parecía de mediana edad. Paró y se quedó viendo por la ventana. Ella salió de las sombras y se paró justo a un costado de él.

Amigos, ¿cómo se sentirían si estuvieran viendo el poster de la Chica y de repente percatarse que ella está a tu lado, con un brazo conectado al suyo?

La reacción de este sujeto fue clara como el día. Lo que era solo un sueño había llegado a su vida. Hablaron por un momento. Inmediatamente llamó un taxi a la acera. Subieron y desaparecieron.

Esa noche me emborraché. Es como si ella hubiera sabido que la seguía y que lo hizo de esa forma para herirme. Y tal vez lo hizo. Tal vez esa era la meta. Pero a la mañana siguiente ella llegó a la hora habitual y yo estaba de vuelta al éxtasis, solo que ahora con ángulos agregados. Esa noche cuando la seguí nuevamente eligió un lugar debajo de un farol, frente a una valla de la Chica Munsch.

Ahora me aterroriza pensar que ella estaba al acecho de esa manera.

Después de veinte minutos un auto convertible lentamente llegó por ella, con el respaldo arriba se acercó a la acera. Estaba más cerca esta vez. Tuve una buena vista del rostro del individuo. Era un poco más joven que yo.

A la mañana siguiente el mismo rostro me miró desde la primera página del periódico. El vehículo descapotable se había encontrado estacionado en una calle secundaria. El hombre había estado en el auto. Tal como en los otros casos de posible–asesinato, la causa de muerte era incierta. Ese día toda clase de pensamientos giraron en mi cabeza, pero solo había dos cosas que daba por hecho. Que tuve el primer verdadero ofrecimiento de un publicista nacional, y que iba en camino a tomar el brazo de la Chica y bajar las escaleras cuando termináramos de trabajar.

No pareció sorprendida.

–¿Sabes lo que estás haciendo? –me dijo.

–Lo sé.

Ella sonrió.

–Me preguntaba hasta cuando lo ibas a hacer.

Me empecé a sentir bien. La despedida estaba por llegar, pero todavía tenía mi brazo alrededor de su figura. Era otro de esos cálidos atardeceres de otoño. Cruzamos por el parque Ardleigh. Estaba obscuro, pero todo el cielo estaba rosa e iluminaba todos los carteles publicitarios.

Caminamos por el parque un largo rato. Ella no dijo nada y ni siquiera me miró, pero podía ver que sus labios temblaban, después de un momento se aferró a mi brazo. Nos detuvimos. Habíamos estado caminando por el pasto. Se dejó caer e hizo que yo cayera encima de ella. Puso sus manos en mis hombros. Yo la veía directamente al rostro. Era de un pálido rosa reflejado del cielo. Sus ojos hambrientos tenían manchas obscuras.

Busqué a tientas su blusa. Entonces apartó mi mano, no como en el estudio. 

–No quiero eso. –dijo.

Le diré primero lo que hice y posteriormente porque lo hice. Por último lo que ella dijo.

Lo que hice fue salir corriendo. No recuerdo todo a causa del constante mareo, el cielo se balanceaba otra vez contra los árboles negros. Después de un rato me tambaleaba debajo de las luces de la calle. Al siguiente día cerré el estudio. El teléfono estaba sonando cuando cerré las puertas y las letras cayeron al suelo. Nunca volví a ver a la Chica en persona. Si es la palabra correcta.

Lo hice porque no quería morir. No quería que me sacara la vida. Hay vampiros y los que chupan sangre no son los peores. De no haber sido por la advertencia de los constantes mareos o la cara de papel de Papá Munsch en aquella mañana, habría seguido el camino de los demás. Me di cuenta de lo que tenía en contra y todavía tenía tiempo de alejarme. Reflexioné sobre que de donde sea que haya venido, en cualquier forma, era la quinta esencia del horror detrás de la brillante cartelera. Su sonrisa engaña para que tires tu dinero y tu vida a la basura. Sus ojos te llevan sin cesar para después mostrarte la muerte. Ella es la criatura a la que le dan todo sin nunca ser suficiente. Ella ha empezado o tomar todo lo que quiere sin dar nada a cambio. Cuando llegue a anhelar su rostro en los carteles, recuerde lo que le digo. Ella es el señuelo. Ella es el cebo. Ella es la Chica.

Esto es lo que ella ha dicho:

–Los quiero, quiero tu instante más alto. Quiero ser todo lo que te hace feliz y todo lo malo que te lastima. Quiero ser tu primera chica. Quiero esa bicicleta resplandeciente. Quiero acariciarte. Quiero esa cámara esteopeica. Quiero las piernas de Betty. Quiero el cielo azul lleno de estrellas. Quiero la muerte de tu madre. Quiero tu sangre en los adoquines. Quiero la boca de Mildred. Quiero la primera fotografía que vendiste. Quiero las luces de Chicago. Quiero la ginebra. Quiero las manos de Gewn. Quiero que esperes por mí. Quiero tu vida. Aliméntame cariño, aliméntame.

Fritz Leiber (1910-1992)





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El resumen del relato de vampiros de Fritz Leiber: La chica de los ojos hambrientos (The Girl with the Hungry Eyes) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

1 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Da la sensación de que el protagonista no va a sobrevivir, para contar el final de la historia. ¿Es lo que teme o lo que desea?