«La señorita Cubbidge y el dragón del romance»: Lord Dunsany; relato y análisis


«La señorita Cubbidge y el dragón del romance»: Lord Dunsany; relato y análisis.




La señorita Cubbidge y el dragón del romance (Miss Cubbidge and the Dragon of Romance) es un relato fantástico del escritor británico Lord Dunsany (1878-1957), publicado originalmente en la edición del 8 de marzo de 1911 de la revista The Sketch, y luego reeditado en la antología de 1912: El libro de las maravillas (The Book of Wonder).

La señorita Cubbidge y el dragón del romance, quizás uno de los cuentos de Lord Dunsany más destacados de aquella colección, y sin dudas entre los mejores relatos de dragones del período, presenta algunas curiosidades innovadoras, entre ellas, la de ser uno de los primeros ejemplos de jinetes de dragones en la literatura.




La señorita Cubbidge y el dragón del romance.
Miss Cubbidge and the Dragon of Romance, Lord Dunsany (1878-1957)

Esta historia se cuenta en los balcones de Belgrave Square y entre las torres de Pont Street; los hombres la cantan al anochecer en Brompton Road.

Poco antes de su decimoctavo cumpleaños, la señorita Cubbidge, que vivía en el número 12A de Prince of Wales' Square, pensó que antes de que otro año pasara de largo ella perdería de vista aquel deforme rectángulo que por tanto tiempo había sido su casa. Y si además le hubieran dicho que en ese mismo año se habría desvanecido de su memoria cualquier vestigio de aquella supuesta plaza y del día en que su padre fue elegido por abrumadora mayoría para tomar parte en la dirección de los destinos del imperio, simplemente habría dicho con esa voz afectada que tenía:

—¡Sí, ya!

La prensa diaria no dijo nada al respecto, la política del partido de su padre no lo había previsto, no apareció ni por asomo en las conversaciones de las reuniones vespertinas a las que acudía la señorita Cubbidge: nada hubo que le avisara de que un repugnante dragón de escamas doradas, que agitaba al andar, surgiría limpiamente de la flor y nata del romance y atravesaría Hammersmith de noche (por lo que sabemos), y vendría a Ardle Mansions, para luego torcer a la izquierda, lo que le conduciría por supuesto a la casa del padre de la señorita Cubbidge.

La señorita Cubbidge se sentó al atardecer en su balcón completamente sola a esperar que a su padre le nombraran baronet. Llevaba botas, sombrero y un traje de noche escotado; pues un pintor estaba haciendo su retrato en aquel momento, y ni ella ni el pintor vieron nada raro en la extraña combinación. Ella no reparó en el estruendo de las escamas doradas del dragón, ni distinguió por encima de las múltiples luces de Londres el insignificante brillo rojo de sus ojos.

De pronto levantó la cabeza, un resplandor dorado, hacia el balcón; no parecía un dragón amarillo, pues sus relucientes escamas reflejaban la belleza que Londres únicamente luce al atardecer y por la noche. Ella gritó, mas no a un caballero; no sabía a qué caballero llamar, ni adivinaba dónde estaban los vencedores de dragones de los lejanos tiempos románticos, ni cuáles eran las piezas más poderosas que ahora perseguían, o las batallas que libraban; tal vez estuviesen ocupados todavía al servicio de Armageddon.

En el balcón de la casa de su padre en Prince of Wales' Square, pintado de gris oscuro y cada año más ennegrecido, el dragón, desplegando sus rápidas alas, alzó a la señorita Cubbidge y Londres desapareció como una moda anticuada. Y desapareció Inglaterra, y el humo de sus fábricas, y el sonoro mundo material que despliega gran actividad alrededor del sol, agitado y perseguido por el tiempo; hasta que aparecieron las eternas y antiguas tierras del romance, que permanecían ocultas bajo los mares místicos.

No os imaginaríais a la señorita Cubbidge acariciando distraídamente con una mano la cabeza dorada de uno de los dragones de la canción, mientras con la otra jugaba de cuando en cuando con perlas procedentes de solitarios parajes marinos. Llenaron de perlas enormes conchas de haliotis y las pusieron a su lado; le llevaron esmeraldas que ella se apresuró a ostentar entre las trenzas de su larga cabellera negra; le llevaron zafiros ensartados para su manto; todo eso hicieron los príncipes de fábula y los elfos y gnomos de la mitología. Y, aunque todavía estaba viva, también formaba parte del pasado y de aquellos sagrados cuentos que las nodrizas contaban cuando los niños se portaban bien, y había llegado la noche y el fuego estaba encendido, y el suave golpeteo de los copos de nieve en el cristal era como la huella furtiva de las espantosas criaturas de los antiguos bosques encantados.

Si al principio ella echó de menos aquellas primorosas novedades entre las cuales se había criado, el viejo y competente cántico del mar místico celebrando la tradición de las hadas la apaciguó momentáneamente y acabó por consolarla. Incluso se olvidó de aquellos anuncios de píldoras que son tan queridos en Inglaterra; incluso olvidó los tópicos políticos y las cosas de las que se suele discutir, y aquellas de las que no; y por fuerza debió contentarse viendo navegar enormes galeones cargados de oro para Madrid, y la divertida calavera y las tibias cruzadas de los piratas, y el diminuto nautilo saliendo al mar, y los navíos de los héroes que circulan por los romances o de los príncipes que buscan islas encantadas.

No fue con cadenas como el dragón la retuvo allí, sino con un sortilegio de los de antaño. Para aquellos a los que durante tanto tiempo las facilidades de la prensa diaria les han sido concedidas, los sortilegios han perdido todo su encanto —habría que decir— así como, al cabo de un tiempo, los galeones y todas las cosas anticuadas. Al cabo de un tiempo. Pero ella no sabía si habían pasado siglos o años o nada de tiempo en absoluto. Si algo indicaba el paso del tiempo, era el ritmo de los cuernos de los elfos ascendiendo a las alturas. Si los siglos pasaron para ella, el sortilegio que le ataba le dio también juventud eterna y mantuvo siempre encendido el farol a su lado, y libró del deterioro al palacio de mármol situado frente al mar místico.

Y si el tiempo no pasó por ella, su único momento en aquellas maravillosas costas se convirtió, por así decirlo, en un cristal que reflejaba miles de escenarios. Si todo fue un sueño, fue un sueño que no conoció comienzo ni se desvaneció. La corriente siguió su curso cuchicheando misterios y mitos, mientras cerca de aquella dama cautiva, dormido en su tanque de mármol, el dragón dorado soñaba. Y no muy lejos de la costa, todo lo que soñaba el dragón se veía borrosamente en la neblina que cubría el mar. Nunca soñó con ningún caballero salvador. Mientras soñaba, llegó el crepúsculo; mas cuando salió ágilmente de su tanque, cayó la noche y brillaron las estrellas en sus chorreantes escamas doradas.

Tanto él como su cautiva vencieron allí al Tiempo, o nunca se enfrentaron del todo a él. Mientras tanto, en el mundo que conocemos hacía estragos Roncesvalles u otras batallas todavía por venir... desconozco qué parte de los romances le contó a ella. Tal vez se convirtiese ella en una de esas princesas de las que nos hablan las fábulas amorosas, mas baste decir que vivía allí junto al mar; y gobernaron reyes y demonios, y volvieron de nuevo los reyes, y muchas ciudades retornaron a su polvo originario, y ella permaneció todavía allí, y su palacio de mármol no pasó aún a mejor vida, ni la fuerza del sortilegio del dragón.

Y tan sólo en una ocasión llegó hasta ella un mensaje del mundo que conocía de antiguo. Llegó en un barco nacarado a través del mar místico; procedía de una antigua amiga del colegio que había tenido en Putney, simplemente una nota, no más, con letra pequeña, clara y redonda. Decía:

—No es propio de ti estar allí sola.

Lord Dunsany (1878-1957)




Relatos góticos. I Relatos de Lord Dunsany.


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El análisis y resumen del cuento de Lord Dunsany: La señorita Cubbidge y el dragón del romance (Miss Cubbidge and the Dragon of Romance), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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