El hombre que nunca llegaba a joven: Fritz Leiber


El hombre que nunca llegaba a joven (The man who never grew young) es un relato fantástico del escritor norteamericano Fritz Leiber, publicado en la colección de cuentos fantásticos de 1947: Los agentes negros de la noche (Night's black agents).

El hombre que nunca llegaba a joven es un magnífico juego temporal, nétamente simbólico, como la mayoría de los relatos que invierten o bifurcan el trazado del tiempo. Su ejemplo más conocido, quizá, es El curioso caso de Benjamin Button (The curious case of Benjamin Button) de F. Scott Fitzgerald.


El hombre que nunca llegaba a joven.
The man who never grew young, Fritz Leiber (1910-1992)

Maot se está impacientando. Muchas veces, al caer de la tarde, se encamina lentamente a donde la tierra negra se encuentra con la arena arnarwa y allí se queda, avizorando el desierto, hasta que empiezan a soplar los vientos.

Yo en cambio me siento de espaldas a la mampara de cañas y contemplo el Nilo.

No es únicamente porque está llegando a joven. También empieza a hastiarse de los campos. Deja a mi cuidado las tareas de labranza y prodiga su atención al rebaño. Cada día lleva las cabras y las ovejas más lejos a pastorear.

Yo he estado viendo los síntomas durante mucho tiempo. En el transcurso de las últimas generaciones los campos cultivados se han vuelto cada vez más escasos y se los riega con menos diligencia. Se diría que llueve más a menudo. Las casas se han tornado más simples, meras tiendas cercadas por muros. Y cada año hay alguna familia que recoge sus rebaños y emprende la lenta marcha hacia el oeste.

¿Por qué aferrarme tan tenazmente a estas pobres reliquias de civilización, yo que he visto a los hombres del rey Keops desarmar piedra por piedra la Gran Pirámide y transportarla de nuevo a las montañas?

Me he preguntado a menudo por qué yo nunca llego a joven. Ese hecho es todavía para mí un misterio tan grande como el de los labriegos de tez morena que se arrodillan con temerosa veneración cuando paso a su lado.

Envidio a los que llegan a jóvenes. Sueño con desprenderme de esta cáscara de sensatez y responsabilidad, con zambullirme en un período de amores borrascosos y pasiones intensas, los años felices que preceden al fin.

Pero sigo siendo un hombre barbado de unos treinta años, y visto hoy la piel de cabra como otrora vestí el jubón o la toga, siempre a punto de dar el gran salto, pero sin llegar jamás a darlo.

Tengo la impresión de que siempre fui así. Ni siquiera puedo recordar mi propio desentierro, y eso es algo que todo el mundo recuerda.

Maot es sutil. No pide lo que quiere, pero al anochecer, cuando regresa a casa, se sienta lejos del fuego y murmura incitantes fragmentos de canciones y se frota los párpados con pigmento verde para hacerse deseable a mis ojos, y trata por todos los medios de contagiarme su desasosiego. Me tienta a interrumpir el trabajo abrasador del mediodía y me hace ver lo robustas que se están poniendo nuestras cabras y ovejas.

Ya no quedan más hombres jóvenes entre nosotros. Cuando llegan a jóvenes, o acaso antes, todos toman el camino del desierto. Incluso patriarcas desdentados, macilentos, se levantan de sus sepulcros y sin detenerse casi a reponer sus fuerzas con las vituallas y los brebajes excavados con ellos, juntan sus manadas y sus esposas y parten, cojeando, rumbo al poniente.

Recuerdo el primer desentierro que presencié. Era en un país de maquinarias y humo e incesantes noticias. Pero lo que voy a relatar ocurrió en un remanso donde había aún granjas pequeñas y caminos estrechos y formas de vida simples.

Había dos viejecitas llamadas Flora y Helena. Seguramente ellas mismas habían sido desenterradas hacía unos pocos años, pero eso no lo recuerdo. Creo que yo era algo así como un sobrino, pero no estoy seguro.

Empezaron a visitar a una vieja tumba en el cementerio, a un kilómetro del pueblo. Recuerdo los ramilletes de flores que traían cuando regresaban. Sus rostros severos, plácidos, habían empezado a agitarse. Yo veía que el dolor iba entrando en sus vidas.

Pasaron los años. Sus visitas al cementerio se hicieron más frecuentes. Una vez, al acompañarlas, advertí que la borrosa inscripción de la lápida se iba tomando más nítida y clara, al igual que las facciones de los rostros de las dos ancianas. «John, amante esposo de Flora...»

A menudo Flora sollozaba hasta la medianoche, y Helena iba y venía por la casa con el semblante atribulado. Llegaban los parientes y les decían palabras de consuelo, pero con eso sólo parecían ahondarles el dolor.

Por último la lápida llegó a ser totalmente nueva, y el césped que la cubría se puso verde y tierno y desapareció en la húmeda tierra pardusca. Como si estas fueran las señales que sus oscuros instintos habían estado aguardando, Flora y Helena dominaron su pena y visitaron al pastor y al encargado de la funeraria y al médico, e hicieron ciertos arreglos.

En un frío día de otoño, cuando las rizadas hojas castañas remolineaban entre los árboles, partió el cortejo: el vacío coche fúnebre, los silenciosos automóviles negros. En el cementerio vimos a un par de hombre provistos de palas que se alejaban discretamente de la tumba recién abierta. Entonces, mientras Flora y Helena lloraban desconsoladamente y el pastor pronunciaba palabras solemnes, una caja larga y estrecha fue retirada de la tumba y transportada a la carroza.

En la casa desatornillaron y levantaron la tapa del féretro, y vimos a John, un anciano ceroso con una larga vida por delante.

Al día siguiente, en obediencia a lo que al parecer era un antiguo ritual, lo sacaron del ataúd, y el hombre de la funeraria le extrajo de las venas un líquido acre y le inyectó la sangre roja. Luego lo llevaron y lo acostaron en una cama. Al cabo de algunas horas de petrificada espera, la sangre empezó a actuar. El hombre se agitó, y el primer hálito de vida le resonó ásperamente en la garganta. Flora se sentó en la cama y lo estrechó contra su pecho en un tímido abrazo.

Pero estaba muy enfermo y necesitado de reposo, y el médico le indicó por señas a Flora que saliera de la alcoba. Recuerdo la expresión de su rostro en el momento de cerrar la puerta.

También yo hubiera debido sentirme feliz, pero me parece recordar que tuve la sensación de que había un no sé qué de malsano en todo el episodio. Tal vez nuestras primeras experiencias de las grandes crisis de la vida nos afecten siempre en esa forma.

Estoy enamorado de Maot. Los centenares de mujeres que antes he amado en mi largo errar por el mundo no desmedran la sinceridad de mi afecto. Yo no entré en su vida, ni en la de las otras, como lo hacen normalmente los amantes: desde la tumba o en la pasión de una terrible querella. Yo siempre voy a la deriva.

Maot sabe que en mí hay algo extraño. Pero no deja que eso interfiera en sus esfuerzos por hacerme hacer lo que ella quiere.

Amo a Maot y sé que en última instancia accederé a su deseo. Pero antes quiero seguir un tiempo más a la orilla del Nilo y de la magnífica pompa que su pasar conjura.

Mis primeros recuerdos son siempre los más difíciles, y lucho con todas mis fuerzas por interpretarlos. Tengo la sensación de que si pudiera retroceder un paso más en la memoria llegaría a poseer una sabiduría aterradora. Pero, al parecer, nunca puedo hacer el esfuerzo necesario.

Esos recuerdos comienzan sin nada que los preceda, en nubes y torbellinos, en oscuridad y miedo. Soy ciudadano de una grande y lejana nación, no uso barba y visto ropas feas y incómodas, pero por mi aspecto y mi edad no soy distinto del que soy ahora. El país es cien veces más grande que Egipto, y sin embargo es sólo uno de tantos. Todos los pueblos del mundo se conocen entre sí, y el mundo es redondo, no plano, y flota en una inmensidad sin límites, jalonada por archipiélagos de soles, no circunscripta por una bóveda tachonada de estrellas.

Hay máquinas en todas partes, y las noticias dan la vuelta al mundo como un grito, y los deseos son muchos. Existe una abundancia jamás soñada, oportunidades sin par. Y sin embargo los hombres no son felices. Viven con miedo. Miedo, si la memoria no me engaña, de una guerra que nos envolverá y acaso destruirá a todos y que se cierne sobre nosotros como una amenaza de oscuridad.

Las armas que tienen preparadas para esa guerra son terribles. Grandes máquinas que navegan sin timonel, no a través del agua sino del aire, dando la vuelta al mundo para ir a destruir una ciudad enemiga. Otras que surcan el cielo como dardos hasta más allá del aire, para venir a atacarnos desde las estrellas. Nubes envenenadas. Partículas letales de polvo luminoso.

Pero las peores de todas son las armas que sólo se rumorean.

Durante meses que parecen eternidades esperamos el estallido de esa guerra. Sabemos que los errores ya fueron cometidos, que se han dado los pasos irrevocables, que se han perdido las últimas oportunidades. Sólo esperamos el momento.

Se diría que debiera existir alguna razón especial para que hayamos llegado a tales extremos de horror y desesperanza. Como si hubiera habido otras guerras mundiales anteriores y hubiésemos luchado desesperadamente por salir de ellas prometiéndonos que esa sería la última Pero de esas guerras nada recuerdo. Y bien pudiera ser que el mundo y yo hayamos sido creados a la sombra de esa catástrofe, en un desentierro universal.

Lentos pasan los meses. De pronto, misteriosamente, increíblemente, la guerra empieza a replegarse. Las tensiones se alivian. Las nubes se disipan. Hay gran actividad, conferencias y planes. Se multiplican las esperanzas de una paz duradera.

Pero no dura. En súbito holocausto, surge un opresor llamado Hitler. Curioso que este nombre me vuelva a la memoria después de tantos milenios. Sus ejércitos se despliegan por todo el globo.

Pero sus triunfos son efímeros. Sus soldados son rechazados y Hitler cae en el olvido. Al final, es un oscuro agitador, casi un desconocido.

Otra paz, entonces, pero tampoco duradera. Una nueva guerra, menos cruenta que la anterior, que también trae consigo un período más apacible.

Y así sucesivamente.

Algunas veces pienso (debo aferrarme a esto) que en otras eras el tiempo ha de haber fluido en el sentido opuesto y que, en violenta reacción a la postrer guerra total, ha de haber vuelto sobre sus pasos para desandar su primitivo curso. Que nuestras vidas presentes no son más que un retorno y un retroceso. Una gran retirada.

En ese caso es posible aún que el tiempo vuelva a invertir su curso. Quizá tengamos otra posibilidad de escalar la valla.

Pero no...

El pensamiento se ha desvanecido en las ondas del Nilo.

Otra familia se marcha del valle en este día. Toda la mañana han estado escalando penosamente la garganta de arena. Y ahora, al volver las cabezas para contemplar acaso por última vez el borde de los amarillos acantilados, se perfilan contra el cielo de la mañana: motas verticales los hombres, motas horizontales las bestias.

Junto a mí, Maot los sigue con la mirada. Pero no hace ningún comentario. Está segura de mí.

El acantilado queda otra vez desierto. Pronto habrán olvidado al Nilo con sus turbadores fantasmas de recuerdos.

Nuestra vida entera es un olvidar y un retornar. Del mismo modo que las madres absorben a los niños, así los grandes pensamientos son absorbidos por las mentes geniales. Al principio están en todas partes. Nos rodean como el aire. Luego hay una merma. Ya no todos los hombres los conocen. Y surge entonces un gran hombre y los toma para sí, y se convierten en un secreto. Sólo subsiste la inquietante convicción de que algo maravilloso se ha desvanecido.

He visto a Shakespeare desescribir las grandes tragedias. He visto a Sócrates despensar los profundos pensamientos. He oído a Jesús desdecir las divinas palabras.

Hay una inscripción en la piedra, y parece eterna. Al volver, siglos después, la encuentro igual, apenas un poco menos borrosa, y pienso que ella, el menos, puede durar. Pero un día llega un escriba y laboriosamente rellena los surcos hasta que queda tan solo la piedra lisa.

Entonces solo él sabe lo que allí estaba escrito. Y cuando llega a joven, ese conocimiento se extingue para siempre.

Lo mismo ocurre con todo cuanto hacemos. Nuestras casas se vuelven nuevas y las desmantelamos, y arrumbamos los materiales en minas y canteras, bosques y campos. Nuestras ropas se vuelven nuevas y las abandonamos. Y nosotros mismos nos volvemos nuevos y olvidamos y buscamos ciegamente una madre.

Ahora todos se han marchado. Solo Maot y yo nos demoramos.

No pensé que ocurriría tan pronto. Ahora que estamos acercándonos al fin, la naturaleza parece apresurarse.

Supongo que aquí y allá, a lo largo del Nilo, ha de haber otros rezagados, pero a mí me gusta pensar que nosotros somos los últimos, los últimos que veremos desaparecer los sembrados, los últimos que miraremos el río sabiendo algo de lo que antaño simbolizó, antes de hundirse en el eterno olvido.

Nuestro mundo es el del triunfo de las causas perdidas. Después de esa segunda guerra de que hablé hubo en mi país natal, del otro lado del mar, un largo período de paz. Había en ese entonces entre nosotros un pueblo primitivo al que llamábamos indios, un pueblo desdeñado y dominado, obligado por nosotros a vivir aislado, en áreas miserables. No nos causaban ninguna preocupación. Si alguien nos hubiera dicho que tenían poder para dañarnos, nos habríamos reído.

Pero repentinamente surgió entre ellos una chispa de rebelión. Formaron bandas, se procuraron arcos y armas inferiores y vinieron a nosotros en pie de guerra.

Nosotros los enfrentamos en pequeñas batallas que jamás eran del todo decisivas. Ellos persistían, volvían siempre a la lucha, tendían emboscadas a nuestros hombres y nuestras carretas, nos hostigaban sin cesar y finalmente sus incursiones se volvieron respetables.

Sin embargo, los considerábamos tan insignificantes que hasta encontramos tiempo para librar entre nosotros una guerra civil.

El desenlace de esa guerra fue triste. Una porción de la población de piel oscura fue esclavizada y obligada a trabajar para nosotros en las casas y los campos.

Las fuerzas de los indios crecieron de una manera formidable. Poco a poco nos expulsaron de los anchos ríos y llanuras del oeste medio, obligándonos a atravesar las boscosas montañas hacia el este.

En la costa oriental los resistimos durante algún tiempo, principalmente por habernos aliado con una nación isleña transoceánica, a la que cedimos nuestra independencia.

Hubo un hecho alentador. Los negros esclavizados fueron reunidos y amontonados en navíos y traídos a las playas australes de este continente, y aquí fueron liberados o puestos en manos de tribus guerreras que finalmente les concedieron libertad.

Pero la presión de los indios, esporádicamente ayudados por aliados extranjeros, fue en aumento. Ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, caserío por caserío, levantamos nuestras viviendas y también nosotros nos embarcamos para surcar el mar. Hacia el final los indios se tornaron extrañamente pacíficos, y los últimos cargamentos de hombres parecían huir no tanto por miedo físico sino por el terror sobrenatural que inspiraban las verdes florestas silenciosas que habían engullido sus hogares.

En el sur los aztecas empuñaron sus cuchillos de vidrio y sus espadas con filo de pedernal y echaron a los... creo que se llamaban españoles.

Un siglo más y todo el continente occidental cayó en el olvido, salvo algunas vagas, obsesivas remembranzas.

La tiranía y la ignorancia crecientes, una incesante contracción de las fronteras, rebeliones de los oprimidos, que a su vez se convertían en opresores: estos hechos constituyeron la siguiente era de la historia.

Una vez pensé que la marea había cambiado de rumbo. Surgió un pueblo pujante y disciplinado, el pueblo romano, y sometió bajo su férula a la mayor parte del mundo debilitado.

Pero esa estabilidad resultó transitoria. Una vez más los gobernados se levantaron contra los gobernantes. Los romanos fueron expulsados: de Inglaterra, de Egipto, de la Galia, de Asia, de Grecia. De los campos yermos surgió Cartago para disputarle y arrebatarle a Roma su hegemonía. Los romanos buscaron refugio en Roma, su importancia menguó, se perdieron en un laberinto de migraciones.

Sus ideas revitalizantes resplandecieron durante un siglo glorioso en Atenas, luego cesaron de gravitar.

Después de eso, la declinación continuó a un ritmo uniforme. Ya nunca más me dejé engañar con el pensamiento de que el curso de las cosas había cambiado.

Excepto esta última vez.

Porque era pétreo y seco, porque el sol lo bañaba a raudales, porque estaba lleno de templos y sepulcros, porque era afecto a las tradiciones y a la calma, pensé que Egipto podría perdurar. El casi inmutable correr de los siglos alentó en mí esa creencia. Pensaba que si no habíamos llegado al momento crucial habíamos al menos llegado al reposo.

Pero han comenzado las lluvias, los templos y sepulcros llenan los peñascos de los acantilados, y la tradición y la calma han dado paso a los impacientes afanes del nómade.

Si hay un momento crucial, no llegará hasta que el hombre sea uno con las bestias.

Y Egipto deberá desaparecer como todo lo demás.

Mañana Maot y yo emprenderemos la marcha. Ya hemos reunido nuestros animales y enrollado nuestra tienda.

Maot arde de juventud. Está muy cariñosa.

Será extraño andar por el desierto. Pronto, demasiado pronto, nos daremos nuestro último y más dulce beso, y ella parloteará conmigo como una niña y yo velaré por ella hasta que encontremos a su madre.

O quizá un día la abandonaré en el desierto, y su madre la encontrará.

Y yo, yo seguiré eternamente.

Fritz Leiber (1910-1992)


Más relatos de Fritz Leiber. I Relatos góticos. I Relatos fantásticos.


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El resumen del cuento de Fritz Leiber: El hombre que nunca llegaba a joven (The man who never grew young) fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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