«Involución»: Edmond Hamilton; relato y análisis


«Involución»: Edmond Hamilton; relato y análisis.




Involución (Devolution) es un relato de ciencia ficción del escritor norteamericano Edmond Hamilton (1904-1977), publicado originalmente en la edición de diciembre de 1936 de la revista Amazing Stories, y desde entonces recopilado en numerosas antologías.

Involución, uno de los mejores cuentos de Edmond Hamilton, plantea otra posibilidad para la teoría de la evolución, contraria a la de Darwin, en la cual la raza humana no fue evolucionando progresivamente hasta llegar a su máxima expresión, el Homo Sapiens, sino que el ser humano sería el resultado de una constante degradación, de una involución, a partir de seres perfectos llegados a la Tierra hace miles de millones de años.

Estos seres son, en síntesis, extraterrestres de enorme tamaño, translúcidos, unicelulares, que pueden volar por el espacio sin la necesidad de naves. Hace millones de años colonizaron todos los sistemas solares del universo. En solo un planeta, la Tierra, encontraron algún problema. La radiación de los depósitos más profundos de nuestro planeta afectó a estos seres, quienes desarrollaron poco a poco múltiples células, luego ojos, huesos, escamas, garras, cabello. A medida que se volvieron más diversos, perdieron gradualmente sus poderes mentales.

Ya degradados en una amplia variedad de seres a través de las eras: dinosaurios, mastodontes y simios, trataron de enviar una señal de angustia mental a sus compañeros que gobernaban todos los demás sistemas del universo, pero ya era demasiado tarde, sus mentes estaban demasiado degeneradas. Luego llegó la degradación final: las orgullosas criaturas de intelecto perfecto se habían convertido en seres humanos, la máxima expresión de ese estado de involución.

En este sentido, Involución de Edmond Hamilton es un relato sumamente ingenioso, que revierte de algún modo el concepto de progreso dentro de la línea evolutiva.




Involución.
Devolution, Edmond Hamilton (1904-1977)

Ross tenía un temperamento muy tranquilo, pero cuatro días de viaje en canoa entre los bosques de North Quebec habían empezado a alterarlo, La cuarta vez que tocaron la orilla del río para hacer campamento y pasar allí la noche, perdió el dominio de sí mismo y durante unos momentos dirigió a sus dos compañeros algunas palabras fuertes. Abría y cerraba sus ojos negros y gesticulaba con su rostro joven, guapo y falto de afeitado en aquella circunstancia, Al principio, los dos biólogos le escucharon sin responder. El joven y rubio Gray parecía indignado pero Woodin, el más viejo de los dos biólogos, escuchaba pacientemente, con sus ojos grises fijos en el rostro enojado de Ross. Cuando se calló para tomar aliento se oyó la voz serena de Woodin:

—¿Has terminado?

Ross tragó saliva como si se dispusiera a continuar su andanada, pero de súbito recobró el dominio de sí mismo.

—Sí, he terminado —respondió hoscamente.

—Entonces, escúchame —agregó Woodin, como un padre juicioso que reprende a un niño malhumorado—. Te estás alterando por nada. Gray y yo todavía no nos hemos quejado. Nadie ha dicho que no cree en lo que nos dijiste.

—¡No lo habéis dicho, no! —exclamó Ross enfureciéndose otra vez—. ¿Creéis que no sé lo que estáis pensando? Pensáis que os conté un cuento chino sobre lo que vi desde el avión, ¿no? Pensáis que os he arrastrado buscando molinos de viento, seres increíbles que no pueden haber existido nunca, Eso pensáis, ¿verdad?

—¡Ay! ¡Malditos sean los mosquitos! —dijo Gray dándose un tremendo golpe en el cuello y mirando con poca cordialidad al aviador.

Woodin se hizo cargo de la situación.

—Volveremos a discutirlo después de montar el campamento. Vacía los talegos, Gin. ¿Queréis ir a buscar leña, Ross?

Ambos le miraron, ceñudos, y se miraron el uno al otro, pero obedecieron a regañadientes. De momento la tensión cedió. Cuando cayó la noche sobre el pequeño claro a orillas del río, la canoa estaba en la orilla, habían armado la pequeña y excelente tienda de seda para globos aerostáticos, y chisporroteaba una fogata delante de ella.

Gray avivaba el fuego con gruesos maderos de pino, mientras Woodin calentaba café, pasteles y el imprescindible tocino. El resplandor de la hoguera iluminaba débilmente los imponentes troncos de los abetos gigantes que circundaban el pequeño claro por tres lados, así como las tres figuras vestidas de color pardo sucio y el bloque blanco e irregular de la tienda. Se reflejaba en los rápidos del McNorton, que murmuraban mientras seguía su curso hacia el Little Whale. Comieron en silencio, y luego limpiaron los cazos con manojos de hierbas. Woodin encendió su pipa, los otros dos cigarrillos aplastados y luego se tumbaron un rato al lado de la fogata, oyendo el murmullo riente del agua, los suspiros de las ramas más altas de los abetos, el solitario chirrido de los insectos. Por último, Woodin golpeó la pipa en el tacón de la bota y se sentó.

—Ahora, terminemos esa discusión que teníamos —dijo.

Ross parecía avergonzado.

—Supongo que me alteré demasiado —admitió, y luego agregó—: Pero, compañeros, creo que no me dais mucho crédito.

Woodin meneó la cabeza.

—No, Ross; no es cierto, Cuando dijiste que al sobrevolar este bosque habías visto seres diferentes de todos los conocidos, tanto Gray como yo te creímos. De lo contrario, ¿crees que dos biólogos muy ocupados habrían abandonado su trabajo para acompañarte hasta estas soledades en busca de los seres que viste?

—Lo sé, lo sé —respondió el aviador, molesto—. Creéis que vi algo extraño, y os arriesgáis por si el viaje vale la pena. Pero no creéis lo que os he contado acerca del aspecto de esos seres. Os parece demasiado extraño para ser cierto, ¿no?

Por primera vez, Woodin vaciló al responder:

—Al fin y al cabo —Ross eludió la cuestión—, los ojos pueden engañarte cuando crees entrever cosas desde un avión que vuela a mil quinientos metros.

—¿Entreverlas? —repitió Ross—. Viejo, te aseguro que las vi tan claramente como te veo a ti. A mil quinientos metros de altura, es cierto, pero tenía los prismáticos y miré a través de ellos. Fue cerca de aquí, al este de la confluencia del McNorton y el Little Whale. Volaba deprisa hacia el sur después de haber pasado tres semanas en esa investigación cartográfica gubernamental de la bahía del Hudson. Quise situarme sobre la confluencia de los ríos, conque bajé un poco y usé los prismáticos. Entonces, en un claro junto al río, vi algo resplandeciente y... a esas cosas. ¡Te aseguro que eran increíbles, pero sé que las vi con toda claridad! Con verlas dos o tres segundos me olvidé por completo de los ríos. Eran cosas grandes y resplandecientes, como montones de jalea brillante, tan transparentes que se divisaba el suelo a través de ellas. Eran por lo menos doce y, cuando las vi, se deslizaban por ese pequeño claro con un movimiento reptante. Luego desaparecieron bajo los árboles. Si en un radio de ciento cincuenta kilómetros hubiera encontrado un claro lo bastante grande para aterrizar, habría bajado a buscarlas, pero no había ninguno y me vi obligado a continuar, pero necesitaba descubrir qué era y, cuando os conté la historia, estuvisteis de acuerdo en venir hasta aquí en canoa y buscarlas. Pero ahora pienso que nunca me habéis creído del todo.

Woodin contempló la hoguera, pensativo.

—De acuerdo; creo que viste algo extraño, alguna forma de vida extraña. Por eso me presté a acompañarte en esta búsqueda. Pero cosas como las que describes, es decir como jalea, translúcidas, que se deslizan sobre el terreno... no ha existido náda semejante desde los primeros seres protoplasmáticos, antepasados de la vida sobre la tierra, que se deslizaron sobre nuestro joven mundo hace muchos siglos.

—Si existieron cosas semejantes, ¿por qué no pudieron dejar descendientes como ellas? —insistió Ross.

Woodin meneó la cabeza.

—Porque desaparecieron hace muchos siglos. Se convirtieron en formas de vida distintas y superiores, dando comienzo al movimiento ascendente de la vida que ha alcanzado su punto culminante en el hombre. Estos seres protoplasmáticos y unicelulares, que han desaparecido hace mucho, fueron el principio, los burdos y humildes comienzos de nuestra vida, Se extinguieron, y sus descendientes fueron distintos. Nosotros, los hombres, somos esos descendientes.

Ross le miró y frunció el ceño.

—Pero, en primer lugar, ¿de dónde vinieron esas primeras cosas vivientes?

Woodin volvió a menear la cabeza.

—Esto es algo que nosotros, los biólogos, todavía ignoramos. Apenas podemos aventurar una teoría sobre el origen de esas primeras formas protoplasmáticas de vida. Se ha sugerido que se formaron espontáneamente de las sustancias químicas de la tierra, pero el hecho de que no surjan ahora de la materia inerte lo desmiente. Su origen sigue siendo un misterio. Pero, sin tener en cuenta cómo llegaron a existir sobre la tierra, fueron las primeras formas de vida que nos precedieron.

Los ojos de Woodin asumieron una expresión de ensueño, como si viera visiones en el fuego, olvidando la presencia de los otros dos.

—¡Esa maravillosa evolución desde el primitivo ser protoplasmático hasta el hombre es una epopeya grandiosa! Una magnífica serie de cambios que ha ido desde esa primera forma inferior hasta nuestro esplendor actual. ¡Y no pudo ocurrir en ningún otro mundo, salvo la Tierra! Pues ahora la ciencia está casi segura de que la causa de las mutaciones evolutivas son las radiaciones de los minerales radiactivos del interior de la Tierra, que actúan sobre los genes de todo ser viviente.

Se dio cuenta de que Ross no le comprendía y, a pesar de su arrebato, sonrió.

—Veo que esto no significa nada para ti. Trataré de explicarlo. La célula embrionario de todo ser vivo contiene un número determinado de pequeños elementos en forma de bastoncillos, llamados cromosomas. Éstos están formados por cadenas de minúsculas partículas, a las que llamamos genes. Y cada gen ejerce un efecto determinante, poderoso y específico sobre el desarrollo del ser que se forma a partir de esa célula embrionario. Algunos genes determinan el color, otros el tamaño, otros la forma de sus miembros, y así sucesivamente.

»Todas las características del ser están predeterminadas por los genes de su célula embrionario originaria. Pero a veces, los genes de una célula embrionario son muy distintos de los genes normales de esa especie. Cuando esto ocurre, el ser a que dará lugar esa célula embrionario será muy distinto de los compañeros de su especie. De hecho, representará una especie totalmente nueva, Así es como se forman nuevas especies sobre la Tierra. Es el proceso del cambio evolutivo.

»Hace algún tiempo que los biólogos lo saben, y han buscado la causa de estos grandes cambios repentinos, de esas mutaciones, como las denominan. Han intentado descubrir qué es lo que afecta tan radicalmente a los genes. Experimentalmente, han descubierto que los genes de una célula embrionario se modifican notablemente al recibir rayos X y diversos tipos de radiaciones químicas. Así, el ser nacido de esa célula embrionario será un ser totalmente modificado, un mutante. Por eso, en la actualidad, muchos biólogos creen que las emanaciones de los minerales radiactivos de la Tierra, al actuar sobre todos los genes de todas las especies vivientes de la Tierra, causan el cambio incesante de las especies, el desfile de las mutaciones que ha llevado la vida por el camino evolutivo hasta la cumbre donde se encuentra hoy.

»Por eso digo que el desarrollo evolutivo no pudo producirse en ningún otro lugar salvo la Tierra. Pues quizá ningún otro mundo tenga en su interior depósitos radiactivos semejantes, capaces de provocar mutaciones por su efecto sobre los genes. En cualquier otro mundo, los primeros seres protoplasmáticos pudieron continuar igual a través de infinitas generaciones. ¡Cuánto debemos agradecer que no sea así en la Tierra! ¡Que se haya producido una mutación tras otra, que la vida siempre haya cambiado para avanzar hacia especies nuevas y superiores, que las primeras y primitivas entidades protoplasmáticas hayan avanzado a través de formas cambiantes innumerables hasta alcanzar la realización suprema, el hombre!

Woodin se había dejado llevar por su entusiasmo mientras hablaba, pero se interrumpió y sonrió antes de volver a encender la pipa.

—Siento haberte aburrido con una conferencia, como si fueras un alumno mío de primer curso. Pero éste es el punto fundamental de mi pensamiento, mi idée fixe, esa maravillosa evolución de la vida a través de las épocas.

Ross contemplaba el fuego, pensativo.

—Parece maravilloso cuando tú lo cuentas. Una especie convirtiéndose en otra, ascendiendo cada vez más...

Gray se puso en pie y se desperezó.

—Vosotros dos podéis seguir maravillándoos pero este craso materialista va a ponerse a la altura de sus antepasados invertebrados y tornará a la posición postrada, En resumen, me voy a dormir —miró a Ross, con una sonrisa vacilante en su rostro juvenil, y agregó—: ¿Sin rencor, compañero?

—Olvídalo —el aviador le devolvió la sonrisa—. La jornada de hoy fue dura, y vosotros parecíais muy escépticos. ¡Pero ya veréis! Mañana llegaremos a la confluencia del Little Whale, y os apuesto a que tardaremos menos de una hora en hallar esos seres como jalea.

—Eso espero —dijo Woodin, atónito—. Entonces veremos lo buena que es tu vista desde mil quinientos metros de altura, y si has arrastrado hasta aquí a dos respetables científicos por nada.

Más tarde, mientras reposaba entre las mantas, en la pequeña tienda, oyendo los ronquidos de Gray y Ross y mirando soñoliento las ascuas brillantes, Woodin volvió a meditar la cuestión. ¿Qué había visto realmente Ross en aquella ojeada fugaz desde su avión en vuelo? Algo extraño, estaba seguro, tan seguro que había emprendido aquel arduo viaje para encontrarlo. Pero, ¿qué sería exactamente? No unas entidades protoplasmáticas como las que él había descrito. Eso, naturalmente, era imposible. ¿O no? Si entidades semejantes habían existido en otro tiempo, ¿por qué no podrían... ? ¿No podrían... ?

Woodin no supo que se había dormido, hasta que le despertó el grito de Gray, No era una voz cualquiera, sino el alarido de un hombre presa de un terror paralizante. Cuando oyó el grito, abrió los ojos y vio lo Increíble recortándose contra el fondo estrellado, en la puerta abierta de la tienda. Una masa oscura y amorfa, agazapada en la entrada, resplandecía bajo la luz de las estrellas y entraba en la tienda, seguida de otras semejantes. Luego, todo ocurrió con suma rapidez. A Woodin le pareció que las cosas no sucedían consecutivamente, sino en una rápida sucesión de cuadros fijos, semejante a los fotogramas sucesivos de una película.

La pistola de Gray disparó contra el primer monstruo viscoso que entró en la tienda, y el breve fogonazo mostró la masa voluminosa y resplandeciente del ser, el rostro de Gray contraído por el pánico y a Ross buscando su pistola entre las mantas. La escena fue sustituida por otra: Gray y Ross quedándose rígidos de repente, como si estuvieran petrificados, y cayendo pesadamente. Woodin supo que estaban muertos, pero no habría sido capaz de decir cómo lo supo. Los monstruos resplandecientes entraban en la tienda. Rasgó la pared de la tienda y se lanzó al frío del claro iluminado por las estrellas. Dio tres pasos, sin saber a dónde dirigirse, y se detuvo. No supo por qué se detenía en seco, pero lo hizo. Permaneció allí, mientras su cerebro apremiaba con desesperación a los miembros para que se movieran, pero éstos no obedecieron.

Ni siquiera podía volverse; no podía mover un solo músculo de su cuerpo.Se quedó donde estaba, con el rostro vuelto hacia el reflejo de las estrellas en el río, presa de una extraña parálisis total. A su espalda, en la tienda, Woodin oyó movimientos furtivos. Desde atrás, entraron en su campo visual varios seres resplandecientes que se reunieron a su alrededor. Serían como una docena, y en ese momento los distinguió con toda claridad. No, no era una pesadilla. Eran tan reales como él mismo. Allí, a su alrededor, se movían unos bultos amorfos de jalea viscosa y translúcida. Medían sobre un metro veinte de altura y noventa centímetros de diámetro, aunque sus formas cambiaban ligera y constantemente, haciendo difícil calcular sus dimensiones.

En el centro de cada masa translúcida se veía una gota o núcleo oscuro en forma de disco. Los seres no tenían nada más, ni miembros ni órganos sensibles. Pero vio que podían alargar pseudópodos, pues dos de ellos sostenían los cadáveres de Gray y Ross en sus tentáculos. Los estaban sacando y colocando al lado de Woodin. Incapaz de moverse, vio los rostros helados y contraídos de los dos hombres, y las pistolas que sus manos muertas aún empuñaban. Luego, al mirar el rostro de Ross, recordó. ¡Los monstruos que estaban a su alrededor eran las cosas que el aviador había visto desde el avión, los seres de jalea que los tres habían ido a buscar al norte! ¿Cómo habían matado a Ross y a Gray? ¿Cómo lo mantenían a él en aquel estado de parálisis? ¿Quienes eran?

—Permitiremos que se mueva pero no debe tratar de escapar.

El aturdido cerebro de Woodin se desconcertó aún más. ¿Quién le había dirigido aquellas palabras? No había oído nada, pero pensó que oía.

—Permitiremos que se mueva pero no debe tratar de escapar ni hacernos daño.

Oyó tales palabras en su mente, aunque sus oídos no captaron sonido alguno. Luego, su cerebro oyó algo más.

—Le hablamos mediante transferencia de impulsos mentales. ¿Tiene mentalidad suficiente para comprendernos?

¿Mentes? ¿Mentes en aquellos seres? Woodin fue traspasado por este pensamiento mientras observaba a los monstruos resplandecientes. Sin duda, su pensamiento había sido captado por ellos.

—Por supuesto que tenemos mentes —recibió la respuesta mental en su cerebro—. Ahora permitiremos que se mueva, pero no intente huir.

—No.... no lo intentaré —se dijo Woodin mentalmente.

La parálisis que lo había retenido desapareció en seguida. Esperó en medio del círculo de monstruos resplandecientes, mientras las manos y el cuerpo le temblaban de un modo incontenible. Comprobó que los seres eran diez. Diez masas monstruosas de jalea brillante y transparente lo rodeaban como legendarios genios sin rostro salidos de algún arcano escondrijo. Al parecer, uno que se hallaba más cerca de él que los demás, era el portavoz y líder. Woodin observó con detenimiento el círculo, y luego a sus dos compañeros muertos. En medio de los terrores desconocidos que helaban su alma, sintió una compasión súbita y dolorosa al mirarlos. La mente de Woodin recibió del ser más cercano a él otro intenso pensamiento:

—No queríamos matarlos; sólo vinimos aquí para capturarlos y comunicarnos con los tres. Pero cuando captamos que intentaban matarnos, tuvimos que defendemos con rapidez. A usted, como no intentó matarnos sino que huyó, no le hicimos daño.

—¿Qué quieren de nosotros, o de mí? —preguntó Woodin.

Lo susurró a través de sus labios secos, además de pensarlo. Esta vez no obtuvo respuesta mental. Los seres permanecieron inmóviles, un círculo silencioso de figuras pensativas y sobrenaturales. Woodin sintió que su mente desvariaba bajo la tensión del silencio y volvió a hacer la pregunta, la gritó. Entonces recibió la respuesta mental.

—No respondimos, porque estábamos sondeando su mentalidad para comprobar si usted es lo bastante inteligente para comprender nuestras ideas. Aunque su mente es de un orden excepcionalmente inferior, parece capaz de entender en grado suficiente lo que nosotros deseamos transmitir. No obstante, antes de comenzar le advierto que le será del todo imposible escapar, o dañar a alguno de nosotros, y que cualquier intento en tal sentido le será fatal. Es evidente que no sabe nada de la energía mental; pongo en su conocimiento que sus dos compañeros fueron muertos por la mera fuerza de nuestras voluntades. El organismo de usted dejó de responder a las órdenes de su cerebro en virtud de ese mismo poder. Si quisiéramos, con nuestra energía mental podríamos destruirle por completo.

Hubo una pausa durante la cual el cerebro embotado de Woodin se aferró desesperadamente a la cordura, a la entereza. Luego volvió a oír aquella voz mental, que tanto se parecía a una voz verdadera hablándole a su cerebro.

—Somos de una galaxia cuyo nombre, traducido aproximadamente a su idioma, es Arctar. La galaxia de Arctar se halla a muchísimos millones de años-luz de ésta, quedando mucho más allá de la curvatura del cosmos tridimensional. Hace muchas épocas que dominamos esa galaxia. Pues podíamos utilizar nuestra energía mental como medio de transporte, como energía física y para producir prácticamente cualquier cosa que necesitáramos. Por eso conquistamos y colonizamos rápidamente la galaxia, viajando de un sol a otro sin necesidad de vehículo alguno.

»Tras dominar a toda la galaxia de Arctar, empezamos a observar los dominios exteriores. En el cosmos tridimensional existen unos mil millones de galaxias y nos pareció conveniente poblarlas todas, para que el cosmos entero quedase, a su vez, bajo nuestro dominio. Nuestro primer paso consistió en proliferar hasta alcanzar la población necesaria para la gran tarea de colonizar el cosmos. Esto no resultó difícil, naturalmente, ya que para nosotros la reproducción es una mera cuestión de fisiparidad. Cuando el número necesario fue alcanzado, nos dividimos en cuatro partidas. Luego la esfera del cosmos tridimensional fue repartida entre esas cuatro divisiones. Cada una debía poblar su parte del cosmos, y las tremendas multitudes salieron de Arctar hacia las cuatro direcciones.

»Una de las partidas llegó a esta galaxia hace varios evos y se extendió gradualmente para poblar todos sus mundos habitables. Todo esto llevó grandes cantidades de tiempo, como es natural, pero nuestro plazo de vida excede de lejos el suyo, y consideramos que el éxito de la especie lo es todo y el individual no es nada. Una fuerza de varios millones de arctarios llegó a este sistema para iniciar la colonización de esta galaxia y, al descubrir que de los nueve mundos más cercanos sólo este planeta era habitable, se estableció aquí. Ha sido norma que los colonizadores de todos los mundos del cosmos se mantuvieran en comunicación con el hogar originario de nuestra raza, la galaxia de Arctar.

»Así nuestro pueblo, que ahora posee todo el cosmos, puede concentrar en un punto todos sus conocimientos y su poder, y desde allí emitir órdenes que representan grandes proyectos para el cosmos. Pero de este mundo dejaron de recibirse comunicaciones poco después de que llegara la fuerza de arctarios colonizadores. Cuando se reparó en ello, el problema fue aplazado pensando que en millones de años seguramente acabarían por llegar noticias de este mundo. Pero no llegó ninguna y, después de más de mil millones de años de silencio, el consejo dirigente de Arctar ordenó que fuese enviada a este mundo una expedición, para averiguar el motivo de semejante silencio por parte de sus pobladores. Nosotros diez constituimos esa expedición y salimos de uno de los mundos del astro que usted llama Sirio, situado a poca distancia de su Sol y del cual también somos colonizadores.

Se nos ordenó venir con la mayor urgencia a este mundo para averiguar por qué sus pobladores no habían enviado ningún informe. De modo que, viajando por el vacío mediante la energía mental atravesamos el espacio que separa un sol de otro y llegamos a su mundo hace pocos días. ¡Imagine nuestra perplejidad cuando llegamos! ¡En lugar de un mundo poblado hasta el último kilómetro cuadrado por arctarios como nosotros, descendientes de los pobladores originales, de un mundo completamente sometido a su dominio mental, hallamos un planeta que es, en su mayor parte, una mescolanza de formas de vida monstruosas! Nos quedamos donde habíamos aterrizado y durante cierto tiempo emitimos nuestra visión y registramos todo el globo mentalmente. Nuestra perplejidad aumentó, pues nunca habíamos visto formas tan grotescas y degradadas como las que aparecieron ante nosotros, Y no vimos un solo arctario en todo el planeta. Esto nos ha desconcertado porque, ¿qué pudo causar la desaparición de los arctarios que poblaron este mundo? Sin duda, nuestros poderosos emisarios y sus descendientes nunca pudieron ser vencidos y destruidos por las mentalidades lastimosamente débiles que ahora habitan este globo. ¿Pero dónde están, y cómo son ellos? Por eso intentamos capturarle a usted y a sus compañeros.

»Aunque sabíamos que sus mentalidades debían ser muy inferiores, nos pareció que incluso unos seres como ustedes recordarían lo sucedido con nuestros enviados, que en otra época habitaron este mundo.

La corriente de pensamiento se detuvo un instante y luego asaltó la mente de Woodin con una pregunta muy clara:

—¿No sabe qué sucedió con nuestros enviados? ¿Tiene conocimiento de las causas de su extraña desaparición?

El azorado biólogo meneó lentamente la cabeza.

—Nunca.... nunca he oído hablar de seres como ustedes ni de semejantes mentes. Creemos saber que jamás han existido en la Tierra, y ahora conocemos prácticamente toda la historia de ella.

—¡Imposible! —exclamó el pensamiento del líder arctario—. Seguramente, si conoce toda la historia de este planeta, debe saber algo de nuestro poderoso pueblo.

La mente de otro arctario emitió un pensamiento que, aunque iba dirigido al líder, fue captado indirectamente por el cerebro de Woodin:

—¿Por qué no examinamos el pasado del planeta a través del cerebro de este ser, y vemos por nosotros mismos lo que se puede averiguar?

—¡Es una idea excelente! —exclamó el líder—. Será bastante fácil sondear su mentalidad.

—¿Qué van a hacer? —gritó Woodin agudamente, lleno de pánico.

La respuesta fue serena y tranquilizadora.

—Nada que le perjudique. Sólo vamos a sondear su pasado racial revelando los recuerdos heredados por su cerebro. Las células no utilizadas de su cerebro conservan recuerdos raciales heredados, que se remontan a sus antepasados más lejanos. Mediante nuestra energía mental haremos que esos recuerdos enterrados aparezcan transitoriamente en su conciencia, con toda nitidez. Experimentará las mismas sensaciones y verá las mismas escenas que presenciaron sus antepasados remotos hace millones de años. Y nosotros, que estamos a su alrededor, podremos leer su mente como hacemos ahora y ver lo que usted está viendo, para conocer el pasado de este planeta. No correrá ningún peligro. Físicamente seguirá aquí, pero mentalmente viajará a través de las edades. Para empezar, retrotraeremos su mente hasta el momento aproximado en que nuestros pobladores llegaron a este mundo, para averiguar lo que les sucedió.

Apenas acababa de llegar a la mente de Woodin este pensamiento, la escena iluminada por las estrellas y las masas de los arctarios se desvanecieron súbitamente y su conciencia pareció girar en un torbellino de niebla gris. Sabía que físicamente no se había movido, pero mentalmente experimentó una sensación de tremenda velocidad. Era como si su mente cayera por abismos inimaginables al tiempo que se dilataba su cerebro. Luego, de súbito, la niebla gris desapareció. Una escena extraña y nueva se formó poco a poco en la mente de Woodin. Era una escena intuida, y no vista, que se presentó a su mente por medios distintos de la visión, pero no por ello menos auténtica y vívida.

Vio con aquellos sentidos extraños una tierra extraña, un mundo de mares grises y ásperos continentes de roca, sin la menor huella de vida. El cielo estaba encapotado y la lluvia caía continuamente. Woodin se sintió caer sobre aquel mundo con un ejército de compañeros pavorosos. Cada uno era una masa amorfa, resplandeciente, unicelular, con un núcleo oscuro en el centro. Eran arctarios, y Woodin supo que él era un arctario y que había recorrido con los demás un largo camino a través del espacio hacia aquel mundo.

Se posaron en grupos sobre el planeta áspero y sin vida. Esforzaron sus mentes, y mediante la fuerza telecinésica total de la energía mental, modificaron el mundo material para adaptarlo a su favor. Levantaron grandes estructuras y ciudades, ciudades que no eran de materia sino de pensamiento. Pavorosas ciudades construidas con energía mental cristalizada. Woodin no logró comprender ni la millonésima parte de las actividades que veía realizarse en aquellas extrañas ciudades arctarias de pensamiento. Percibió una gran masa ordenada de análisis, investigación, experimento y comunicación, pero fuera del alcance de su actual mente humana en cuanto a sus motivos y logros. De improviso, todo se disolvió de nuevo en nieblas grises. La niebla se levantó casi en seguida, y Woodin vio otra escena. Esta ocurría en una era posterior. Woodin vio que el tiempo había producido cambios extraños en los grupos de arctarios, a los cuales aún pertenecía. Habían pasado de seres unicelulares a seres multicelulares. Y ya no eran todos iguales. Algunos vivían fijos en un lugar, y otros eran móviles. Algunos mostraban atracción por el agua y otros por la tierra. Algunos, al correr de las generaciones, habían modificado la forma corporal de los arctarios, diversificándose en varias ramas.

Esta extraña degeneración de sus cuerpos iba acompañada de una degeneración análoga de sus mentes. Woodin lo advirtió con sus sentidos. En las ciudades de pensamiento, el ordenado proceso de la búsqueda de conocimientos y poder se había vuelto confuso, caótico. Y las mismas ciudades de pensamiento empezaban a decaer, pues los astarios ya no tenían energía mental suficiente para conservarlas.

Los arctarios quisieron averiguar qué era lo que provocaba en ellos aquella extraña degeneración corporal y mental. Supusieron que algo afectaba a los genes de sus cuerpos, pero no lograron averiguar el porqué. ¡En ningún otro mundo habían degenerado así! La escena pasó pronto a otra muy posterior. Ahora Woodin la veía, pues el antepasado a través de cuya mente miraba estaba dotado de ojos. Y vio que la degeneración se había generalizado; los cuerpos multicelulares de los arctarios estaban cada vez más afectados por las enfermedades de la complejidad y la diversificación. La última de las ciudades de pensamiento ya había desaparecido. Los otora poderosos arctarios estaban convertidos en organismos espantosamente complejos que degeneraban aún más. Algunos reptaban y nadaban en las aguas, y otros estaban fijos en la tierra.

Aún conservaban parte de la gran mentalidad original de sus antepasados. Aquellos seres monstruosamente degenerados, terrestres o acuáticos, que vivían en lo que la mente de Woodin conoció ser el final de la era paleozoica, aún hacían frenéticos e inútiles esfuerzos por detener el terrible avance de su degradación. La mente de Woodin presenció otra escena posterior, del mesozoico. El aumento de la degeneración había convertido a los descendientes de los pobladores en un grupo de razas aún más horribles. Ahora eran grandes seres con patas unidas por una membrana, con escamas y garras, reptiles que vivían en la tierra y en el agua. Pero en aquellas criaturas increíblemente modificadas aún alentaba un débil resto del poder mental de sus antepasados.

En vano intentaban comunicarse con los arctarios de soles lejanos para notificarles su desgracia. Pero sus mentes ya eran demasiado débiles. Luego apareció una escena del cenozoico. Los reptiles se habían convertido en mamíferos, y la evolución descendente de los arctarios había avanzado aún más. En aquellos descendientes degenerados sólo quedaban ínfimos residuos de la mentalidad original. Aquella lamentable descendencia dio lugar a una especie aún más estúpida y carente de poder mental que todas las anteriores: simios terrestres que recorrían las frías llanuras en manadas charlatanas y pendencieras. Los últimos despojos de la herencia arctaria, los antiguos instintos de dignidad, limpieza y paciencia habían desaparecido de aquélla.

Luego una última imagen ocupó el cerebro de Woodin. Era el mundo actual el que conocía por sus propios ojos. Pero lo vio y comprendió como nunca: un mundo en donde la degeneración había llegado a su límite extremo. Los simios se convirtieron en seres bípedos aún más débiles que habían perdido hasta el recuerdo de la herencia de la vieja mentalidad arctaria. Aquellas criaturas incluso carecían de muchos sentídos que los simios anteriores a ellos habían poseído. Y estas criaturas, estos humanos, se degradaban con rapidez creciente. Al principio mataron, como sus antepasados animales, para procurarse alimento, pero luego aprendieron a matar sin ton ni son. Y aprendieron a guerrear entre sí, divididos en grupos, tribus, naciones y hemisferios. En la locura de su degradación, se asesinaron entre sí hasta que la Tierra quedó regada de su sangre. Eran aún más crueles que los simios que los habían precedido con la crueldad inútil del loco. Y en su locura sin freno acabaron por morir de hambre en medio de la abundancia, por matarse entre sí en sus ciudades, por soportar el flagelo de unos temores supersticiosos que ningún otro ser antes que ellos conoció.

Eran los últimos y terribles descendientes, el último producto degenerado de los antiguos pobladores arctarios, que otrora fueran reyes del intelecto. Los demás animales fueron prácticamente eliminados. Ellos, los últimos monstruos horrorosos, pronto iban a dar fin a la terrible historia destruyéndose totalmente entre sí en su locura. Woodin volvió en sí de súbito. Se hallaba de pie en el centro del claro, a orillas del río, bajo la luz de las estrellas. Y a su alrededor seguían inmóviles los diez arctarios amorfos, en silencioso círculo. Embotado, mareado por la terrible y espantosa visión que su mente había recorrido con increíble claridad, miró uno a uno a los arctarios. Los pensamientos de éstos aún turbaban su cerebro, poderosos y sombríos, conmocionados de horror y de un desprecio terrible. El horrorizado pensamiento del líder arctario llegó a la mente de Woodin.

—Así pues, eso fue lo que se hizo de los enviados arctarios que vinieron a este mundo. Degeneraron, se convirtieron en formas de vida cada vez más inferiores, y estas entidades lamentables y enfermizas que ahora se aglomeran en este mundo son sus últimos descendientes. ¡Este es un planeta de horror letal! Un planeta que de algún modo daña los genes de nuestra raza y la hace cambiar corporal y mentalmente, motivando que a cada generación empeore más. Ante nosotros tenemos el espantoso resultado.

El temeroso pensamiento de otro arctario preguntó:

—¿Qué podemos hacer ahora?

—No podemos hacer nada —declaró el líder con solemnidad—. Esta degradación, este espantoso proceso ha avanzado demasiado para que podamos invertirlo ahora. En este mundo envenenado, nuestros hermanos inteligentes se convirtieron en entidades horrorosas; ahora nosotros no podemos invertir la situación y restaurarlos a partir de los seres degradados que son sus descendientes.

Woodin recobró la voz y gritó aguda, estentóreamente:

—¡No es cierto! ¡Lo que he visto ha sido una gran mentira! ¡Nosotros, los humanos, no somos el producto de una involución patológica, sino el resultado de muchas eras de evolución ascendente! ¡Lo afirmo! Pues no querríamos vivir, yo no querría vivir si lo contrario fuera cierto. ¡No puede ser cierto!

El pensamiento del líder arctario, dirigido a las demás formas amorfas, penetró en su cerebro delirante. Estaba cargado de compasión, pero su desprecio sobrehumano también era intenso.

—Vámonos, hermanos míos —decía el arctario a sus compañeros—. No podemos hacer nada en este mundo que corrompe el alma. Partamos antes de resultar envenenados y modificados también nosotros. Notificaremos a Arctar que éste es un mundo envenenado, un mundo de degradación, para que ninguno de nuestra raza venga aquí y descienda por el espantoso camino que aquéllos recorrieron. ¡Vamos! Regresemos a nuestro sol.

La abultada forma del líder arctario se acható, adoptó la forma de un disco y luego se elevó en el aire. Los otros también cambiaron, le siguieron en formación, y un Woodin estupefacto les vio subir y convertirse en puntos que se elevaban rápidamente bajo la luz de las estrellas. Se adelantó unos pasos, tambaleándose agitando los puños con delirio hacia los puntos brillantes que se alejaban.

—¡Regresad, malditos! —aulló—. ¡Regresad y juradme que era mentira! ¡Ha de ser una mentira..., tiene que...!

En el cielo tachonado de estrellas ya no quedaba rastro de los arctarios. La oscuridad que rodeaba a Woodin era siniestra y absoluta. Volvió a gritar en la noche, pero sólo le respondió un eco burlón. Con los ojos desencajados, tambaleante y con el alma hecha añicos, su mirada se fijó en la pistola que Ross tenía en la mano. La tomó con un grito ronco. De súbito, la calma del bosque fue rota por un brusco estampido, que retumbó un instante, hasta extinguirse el último eco. Luego todo volvió a quedar en silencio, excepto el riente murmullo del río.

Edmond Hamilton (1904-1977)




Relatos góticos. I Relatos de Edmond Hamilton.


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El análisis y resumen del cuento de Edmond Hamilton: Involución (Devolution), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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