«La isla que no estaba en los mapas»: Clark Ashton Smith; relato y análisis


«La isla que no estaba en los mapas»: Clark Ashton Smith; relato y análisis.




La isla que no estaba en los mapas (The Uncharted Isle) —a veces publicado como: La isla que no aparecía en los mapas— es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de noviembre de 1930 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por Arkham House en la antología de 1942: Fuera del espacio y el tiempo (Out of Space and Time).

La isla que no estaba en los mapas, uno de los grandes cuentos de Clark Ashton Smith, narra la historia de un náufrago, llamado Mark Irwin, quien despierta después de varios días de delirio en alta mar, y se encuentra en la laguna de una misteriosa isla. Todo el lugar es extraño, desde su extraña flora arcaica y su fauna, hasta el extraño posicionamiento del sol en el cielo.

Algo anda mal, horriblemente mal, en esa isla. La confusión inicial de Irwin se torna en un extraño desconcierto, como si de repente hubiese sido arrojado en las costas de un planeta desconocido.

En La isla que no estaba en los mapas, Clark Ashton Smith difumina hábilmente la frontera entre realidad y delirio. El narrador bien podría estar describiendo una pesadilla cuando, por ejemplo, sube a una cima y observa la arquitectura desconocida de una antigua ciudad portuaria. A medida que explora la ciudad y observa a sus extraños habitantes, los elementos del ensueño (o de la pesadilla) se intensifican. No puede atraer la atención de los habitantes; de hecho, parece ser invisible a sus ojos. No obstante, hay una actividad frenética entre la gente. ¿Qué están haciendo?

Al parecer, los habitantes de esta isla están preocupados desplegando mapas y artilugios que calibran la posición del sol en lo alto. Algo no está bien, quizás con el tiempo y el espacio mismos. Por la noche, Irwin verifica esa posibilidad al observar que las estrellas y las constelaciones están completamente distorsionadas. Desesperada, la gente por fin recurre a una solución que horroriza a nuestro narrador y lo hace huir despavorido de la isla.




La isla que no estaba en los mapas.
The Uncharted Isle, Clark Ashton Smith (1893-1961)

No sé cuánto tiempo había estado vagando errante en el bote. Hay varios días, y varias noches, que tan sólo recuerdo como espacios vacíos, de gris y de oscuridad, alternándose; y, después de éstos, hubo una fantasmagórica eternidad de delirio y una inmersión indeterminada en el más negro olvido. El agua del mar que me tragué debió revivirme; porque, cuando recuperé el sentido, estaba tumbado sobre el fondo del bote, con la cabeza un poco apoyada en la popa y con seis pulgadas de salmuera lamiéndome los labios. Estaba jadeando y atragantándome a causa de los sorbos que había bebido; el bote se estaba sacudiendo violentamente y le entraba más agua por cada costado a cada sacudida; y podía oír, no muy lejos, el sonido de las rompientes.

Intenté incorporarme, y lo conseguí después de un esfuerzo prodigioso. Mis pensamientos y sensaciones se encontraban curiosamente confundidos y me resultaba especialmente difícil orientarme de manera alguna. La sensación física de sed extrema dominaba sobre todo lo demás. Mi boca estaba forrada de un fuego móvil, palpitante, me sentía atontado, con el resto del cuerpo extrañamente lánguido y hueco. Me resultaba difícil recordar lo que había sucedido; y, durante un momento, ni siquiera me sorprendió el hecho de encontrarme solo en el bote. Pero, incluso para mis atontados y confusos sentidos, el sonido de aquellas rompientes transmitía un claro aviso de peligro; y, sentándome, intenté alcanzar los remos.

Los remos habían desaparecido; pero, en mi estado febril, no era probable que pudiese haber hecho mucho uso de ellos. Miré a mi alrededor y vi cómo el bote estaba siendo arrastrado por el flujo de una corriente que se dirigía a la orilla, por entre dos arrecifes de color oscuro, ocultos a medias por la espuma de las olas. Un acantilado, empinado y árido, se cernía frente mí; pero, al aproximarse el bote, el acantilado pareció partirse milagrosamente, revelando un estrecho canal por el que floté hasta las aguas espejadas de una tranquila albufera. El paso del violento mar exterior al refugio del silencio y el aislamiento, fue no menos abrupto que los cambios de acontecimientos y de paisajes que, con frecuencia, acontecen en un sueño.

La albufera era alargada y estrecha, y se alejaba sinuosamente entre dos orillas parejas que estaban bordeadas por vegetación ultravegetal. Había muchos helechos de una variedad que nunca había visto y muchas rígidas palmeras gigantescas y arbustos de anchas hojas, más altos que árboles jóvenes. Incluso entonces, me sentí un poco asombrado ante ellos, aunque, mientras el bote se movía hacía la playa más próxima, estaba ocupado principalmente en clarificar y poner en orden mis ideas. Esto me causó más problemas de lo que podría imaginarse.

Aún debía estar un poco atontado; y la salmuera que había bebido no podía haberme sentado demasiado bien tampoco, aunque había ayudado a revivirme. Recordaba, por supuesto, que yo era Mark Irwin, piloto del carguero Auckland, que hacía la ruta entre Callao y Wellington; y demasiado bien me acordaba de la noche en que el capitán Melville me había arrancado de mi litera, desde el sopor sin sueños en que me había arrojado cansadísimo, gritándome que el barco ardía. Recordaba aquel rugiente infierno de llamas y humo a través del cual tuvimos que abrirnos camino hasta la cubierta, sólo para descubrir que la nave era ya irrecuperable, dado que las llamas habían alcanzado el petróleo, que constituía la parte principal de su carga: y, entonces, la rápida botadura de las lanchas bajo el vívido brillo del incendio.

La mitad de la tripulación había quedado atrapada en el ardiente castillo de proa; y aquellos de nosotros que escapamos nos vimos obligados a hacerlo sin agua ni provisiones. Habíamos remado durante días en medio de una calma chicha, sin avistar nave alguna, y estábamos sufriendo las torturas de los condenados cuando se había levantado una tormenta. En estas tormentas se habían perdido dos de los botes; y el tercero, que estaba tripulado por el capitán Melville, el segundo piloto, el contramaestre y yo mismo, fue el único que sobrevivió. Pero, en algún momento durante la tormenta, o durante los días y noches de delirio que siguieron, mis compañeros debieron caerse al agua.

Al menos esto recordaba, pero todo ello resultaba de algún modo irreal y remoto, y parecía afectar solamente a otra persona que no era la que estaba flotando en dirección a la orilla de las aguas de una tranquila albufera. Me sentía muy contemplativo y distante; y ni siquiera mi sed me molestaba tanto ahora como lo había hecho al despertarme.

No comencé a preguntarme dónde estaba y a hacer conjeturas de sobre qué costas había alcanzado hasta que el bote no llegó a la orilla de una playa de fina arena nacarada. Sabía que nos habíamos encontrado a cientos de millas al sudoeste de la isla de Pascua, la noche del incendio, en una zona del Pacífico donde no hay ninguna otra tierra; y, desde luego, ésta no era la isla de Pascua. ¿Qué podría ser entonces? Me di cuenta, con un cierto sobresalto, de que no debía encontrarse en ninguna ruta cartografiada ni en ningún mapa geológico. Por supuesto, se trataba de una especie de isla; pero no conseguía formarme una idea de su posible extensión; y no tenía manera de decidir de antemano si estaba habitada o deshabitada.

A excepción de la vegetación, algunos pájaros y mariposas de aspecto raro, y algunos peces de aspecto igualmente raro, no había vida visible en la albufera. Me bajé del barco, sintiéndome muy débil e inestable, bajo la cálida y blanca luz solar que se vertía sobre todo como una inmóvil catarata universal. Mi primera idea fue buscar agua potable; y me adentré al azar entre los grandes helechos, separándolos con gran esfuerzo, apoyándome en ocasiones contra sus troncos para evitar caerme. Veinte o treinta pasos, sin embargo, y llegué hasta un fino riachuelo que saltaba cristalino desde un bajo desnivel, formando un plácido estanque donde el musgo, de diez pulgadas, y anchas floraciones, parecidas a anémonas, se reflejaban. EI agua estaba fría y dulce; bebí profundamente, y noté el alivio de su frescura empapar todos mis resecos tejidos.

Entonces, comencé a buscar a mi alrededor alguna clase de fruta comestible. Cerca del riachuelo, encontré un arbusto que arrastraba su carga de drupas amarillo salmón sobre los musgos gigantes. No pude identificar la fruta; pero su aspecto era delicioso, y decidí arriesgarme. Estaban llenas de una pulpa azucarada; y recuperé fuerzas ya en el mismo acto de comerlas. Mi cerebro se aclaró y recuperé, si no todas, muchas de mis facultades que habían estado parcialmente apagadas. Regresé al bote y achiqué toda la salmuera; entonces, intenté arrastrarlo todo lo lejos que pude sobre la arena, por si llegase a necesitarlo en alguna ocasión futura. Mi fuerza resultó inadecuada para esta tarea; y, temiendo aún que la marea pudiese arrastrarlo, corté algunas de las altas hierbas con mi navaja y las trencé en una larga soga, con la cual sujeté el bote a la palmera más próxima.

Ahora, por primera vez, examiné mi situación con un ojo analítico, y me di cuenta de muchas cosas en las que hasta el momento no me había fijado. Una mezcla de raras impresiones se amontonaban sobre mí, algunas de las cuales no podrían haberme llegado por la vía de los sentidos conocidos. Para empezar, vi más claramente la anormalidad de las plantas que me rodeaban: no eran los helechos, hierbas y arbustos que son nativos de los mares del sur. Sus hojas, sus tallos, su follaje, eran principalmente de toscos tipos arcaicos, tales como podrían haber existido durante evos anteriores, sobre los perdidos litorales marítimos de Mu. Eran diferentes de cualquier otra cosa que hubiese visto en Australia o Nueva Guinea, esos asilos para flora antiquísima; y, mirándolos. me sentí impresionado por la sugerencia de una antigüedad oscura y prehistórica.

Y el silencio en torno mío pareció convenirse en el silencio de las edades muertas y de las cosas que se han hundido bajo la marea del olvido. A partir de ese momento, sentí que había algo que estaba equivocado en la isla. Pero, de alguna manera, no sabía decir lo que era, o captar claramente todo lo que contribuía a formarme esa impresión. Aparte de la vegetación de aspecto extraño, noté que había cierta rareza alrededor del sol. Estaba demasiado elevado en el cielo para cualquier latitud a la que concebiblemente pudiese haber flotado; y, de todos modos, era demasiado grande; y el cielo era antinaturalmente brillante, con una cegadora incandescencia. En el aire había un hechizo de eterna quietud, y nunca el menor movimiento de las hojas ni del agua; y todo el paisaje colgaba ante mí como una visión monstruosa de reinos increíbles más allá del tiempo y del espacio. De acuerdo con todos los mapas, esta isla no podría existir, de todos modos.

De una manera cada vez más clara, supe que había algo que estaba mal: noté una fantasmal confusión, un extraño pasmo, como si hubiese sido arrojado a las costas de otro planeta; me parecía que estaba separado de mi vida anterior, y de todo lo que alguna vez había conocido, por un intervalo de distancia más irremediable que todas las azules leguas de cielo y mar; que, al igual que la propia isla, estaba perdido para toda posible reorientación. Por unos breves instantes, este sentimiento se convirtió en un pánico nervioso, en un horror paralizante.

Esforzándome para vencer mi nerviosismo, partí a lo largo de la orilla de la albufera, andando con rapidez febril. Se me ocurrió que sería buena idea explorar la isla; y quizá, después de todo, podría encontrar alguna pista para el misterio, podría tropezar con algo que explicase o me tranquilizase. Después de varios giros serpentinos de la tortuosa costa, llegué al final de la albufera. Aquí el terreno comenzaba a elevarse en dirección a un alto cerro, en el que abundaba la misma vegetación que ya había encontrado, a la cual se añadía ahora una araucaria de largas hojas. Este cerro no era, aparentemente, la mayor elevación de la isla, y, después de media hora de tantear entre los helechos, los rígidos arbustos y las araucarias, conseguí ascenderlo.

Aquí, a través de una brecha en el follaje, bajé mi vista sobre una escena no menos increíble que inesperada. La orilla opuesta de la isla era visible debajo de mí; y, por toda la extensión de la playa curvada, ¡eran visibles los techos de piedra y las torres de una ciudad! Incluso a esa distancia, podía ver que la arquitectura era de un tipo desconocido; y no estuve seguro a primera vista de si los edificios eran ruinas antiguas o la morada de seres vivientes Entonces, más allá de los techos, vi que varias naves de aspecto extraño estaban amarradas a una especie de muelle, mostrando sus velas naranjas bajo la luz del sol. Mi emoción fue indescriptible; como mucho (si es que la isla estaba habitada en absoluto), había esperado encontrar unas pocas chozas de salvajes; y aquí, frente a mí, ¡había edificios que indicaban un grado elevado de civilización!

Qué eran, o quién los había construido, quedaban seguramente más allá de toda hipótesis; pero, mientras me apresuraba a descender la colina, una ansiedad muy humana estuvo mezclada con el atontamiento y la estupefacción que había estado sintiendo. Por lo menos, había gente en la isla, y, al darme cuenta de esto, el horror que había sido parte de mi sorpresa quedó disipado por el momento. Cuando me acerqué a las casas, vi que eran verdaderamente raras. Pero su extrañeza no era por completo inherente a sus formas arquitectónicas; tampoco fui capaz de encontrar su fuente, o de definirlo de ninguna manera, ni mediante palabras ni mediante imágenes.

Las casas estaban construidas con una piedra cuyo color concreto no consigo recordar, ya que no era ni marrón ni rojo ni gris, sino un tono que parecía combinar todos ellos, siendo distinto; y recuerdo solamente que el tipo general de las construcciones era bajo y cuadrado, con torres también cuadradas. La extrañeza descansaba en algo más que en todo eso.... en la sensación de remota y pasmosa antigüedad que emanaba de ellas como un olor: supe inmediatamente que eran tan antiguas como los toscos árboles e hierbas primordiales, y, como ellos, formaban parte de un mundo largo tiempo olvidado. Entonces, vi a la gente..., esa gente ante la cual no sólo mis conocimientos etnográficos, sino también mi propia cordura, quedarían confusos. Había docenas de ellos a la vista entre los edificios, y todos parecían estar gravemente preocupados con una cosa o con la otra.

Al principio, no pude darme cuenta de qué era lo que estaban haciendo, o intentando hacer; pero estaba claro que se lo tomaban muy en serio. Algunos estaban mirando el sol y el mar, y largos pergaminos de material parecido al papel que sujetaban entre las manos; y muchos estaban reunidos en torno a una plataforma de piedra que sostenía un aparato metálico, grande e intrincado, que parecía una esfera armilar. Todas estas personas estaban vestidas con prendas parecidas a túnicas de raros tonos de ámbar, azul cielo y púrpura de Tiro, cortadas según una moda que es desconocida para la historia; y, cuando me acerqué, sus caras eran anchas y planas, con un vago aviso de lo mongol en sus ojos oblicuos.

Pero, de una manera que no se puede especificar, los rasgos de sus caras no eran los de ninguna raza que haya visto el sol desde hace un millón de años; y las palabras bajas, líquidas y de muchas vocales con las que se hablaban los unos a los otros no se parecían a ningún lenguaje estudiado. Ninguno de ellos pareció fijarse en mí; y me dirigí a un grupo de tres que estaba estudiando uno de los largos pergaminos que antes he mencionado. Como única respuesta, se inclinaron aún más sobre su pergamino; e, incluso cuando le cogí a uno de ellos de la manga, era evidente que él no me observaba. Muy sorprendido, les miré a la cara, y me quedé estupefacto ante la mezcla de extrema confusión y de intensidad monomaniaca de las expresiones que mostraban.

Había mucho del loco, y más del científico absorbido por un problema irresoluble. Su vista era fija y brillante; sus labios se movían y murmuraban en una fiebre de continuo nerviosismo; y, siguiendo sus miradas, vi que la cosa que estaban estudiando era una especie de carta o de mapa, cuyo papel amarillento y tintas decoloradas pertenecían, de una manera manifiesta, a edades pasadas. Los continentes, mares e islas de este mapa no eran aquellos del mundo que yo conocía; y sus nombres estaban escritos en los caracteres irregulares de algún alfabeto perdido. Había un inmenso continente en particular, con una isla diminuta cerca de su costa del sur; y, una y otra vez, uno de los seres que estudiaban el mapa tocaría esta isla con la yema del dedo, y entonces se quedaría mirando al horizonte vacío, como si estuviese intentando descubrir una costa desaparecida.

Recibí una impresión clara de que esta gente estaba tan profundamente perdida como yo mismo; de que ellos también estaban molestos y confusos ante una situación que no podía solucionarse ni redimirse. Continué hasta la plataforma de piedra, que se levantaba en un amplio claro entre las casas delanteras. Tenía, quizá, unos diez pies de altura, y un tramo de tortuosas escaleras proporcionaba acceso a ella. Ascendí los peldaños e intenté llamar la atención de la gente agrupada en torno al instrumento que parecía una esfera armilar. Pero me ignoraban de una manera demasiado completa, y estaban concentrados en las observaciones que realizaban.

Algunos de entre ellos daban la vuelta hacia la gran esfera; otros estaban consultando distintos mapas geográficos y celestiales; y, basado en mis conocimientos náuticos, podía ver que algunos de sus compañeros estaban tomando la altura del sol con una especie de astrolabio. Todos tenían la misma expresión de perplejidad y de concentración de sabio que había observado en los demás.

Viendo cómo mis esfuerzos para llamar su atención resultaban estériles, abandoné la plataforma y vagabundeé por las calles en dirección al puerto. Lo extraño y lo inexplicable de todo esto era demasiado para mí; me sentía cada vez más alienado de los reinos de la experiencia y de la conjetura racionales; que había caído en algún limbo ultraterreno de confusión y de irracionalidad, en el callejón sin salida de una dimensión ultraterrestre. Estos seres estaban confusos y perdidos de una manera bastante palpable; era evidente que sabían tan bien como yo que había algo que estaba mal con la geografía, y quizá con la cronología, de su isla. Me pasé el resto del día vagabundeando, pero no encontré en ningún sitio a alguien que fuese capaz de notar mi presencia; y en ningún sitio había nada que me tranquilizase o disminuyese mi siempre creciente confusión de mente y espíritu.

Por todas partes había hombres, y también mujeres; y, aunque comparativamente pocos entre ellos estaban grises y arrugados, todos me comunicaban una sensación de vejez inmemorial, de años y de ciclos más allá de los archivos y del cuento. Todos estaban preocupados. todos tenían una concentración febril, y estaban estudiando mapas o consultando antiguas tabletas y volúmenes, o mirando fijamente el mar y el cielo, o estudiando las tabletas de bronce de los paralelos astronómicos por la calle, como si, haciéndolo así, pudiesen, de alguna manera, encontrar el error en sus cálculos. Había hombres y mujeres de edad madura, y algunos con rasgos frescos y tersos de la juventud; pero en todo el lugar vi solamente un niño, que no estaba menos perplejo y preocupado que sus mayores.

Si alguien comió o bebió o hizo algunos de los actos normales de la vida diaria, no fue ante mi vista; y concebí la idea de que habían vívido de esta manera, obsesionados por el mismo problema, a través de un periodo de tiempo que habría parecido eterno prácticamente en cualquier otro mundo que no fuese el suyo.

Llegué hasta un gran edificio, cuyo abierto portal era tan oscuro como las sombras que había en su interior. Mirando, descubrí que se trataba de un templo; porque, a lo largo de su crepúsculo desierto, con el ambiente carga do por el humo estancado de incienso quemado, los ojos rasgados de una imagen maligna y monstruosa se fijaron en mí. La cosa estaba hecha aparentemente con madera o con piedra, con brazos como de gorila, y las malignas facciones de una raza subhumana. Por lo poco que pude ver en las tinieblas, no era agradable de contemplar; y abandoné el templo y continué con mis paseos. Entonces, llegué al puerto, donde los barcos de vela naranja estaban amarrados a un muelle de piedra. Habría unos cincos o seis en total: eran pequeñas galeras, con una única fila de remos, y mascarones de proa metálicos modelados con la forma de dioses primordiales.

Estaban indescriptiblemente gastados por las olas de años incontables; sus velas eran trapos pudriéndose; y, no menos que el resto de las cosas en esta isla, daban la impresión de una terrible antigüedad. Era fácil suponer que sus mascarones grotescamente tallados habían tocado los muelles, hundidos desde hacía evos, de Lemuria. Regresé a la aldea; y nuevamente intenté, en vano, que sus habitantes notasen mi presencia. Después de un rato, mientras andaba de calle en calle, el sol se puso más allá de la isla; las estrellas aparecieron rápidamente en un cielo de terciopelo púrpura.

Las estrellas eran grandes y brillantes, y de una densidad innumerable; con los ojos de un marinero experto, las estudié con ansiedad; pero no conseguía descubrir las constelaciones acostumbradas, aunque aquí y allá creí notar una distorsión o un alargamiento de algún grupo conocido. Todo estaba desesperadamente torcido, y el desorden se arrastró hasta mi propio cerebro, al intentar de nuevo orientarme, y notar que los habitantes de la ciudad seguían ocupados con una empresa similar... No tengo manera de medir la duración de mi estancia en aquella isla. El tiempo no parecía tener ningún significado correcto allí; y, aunque lo hubiese tenido, mi estado mental no admitía un cómputo preciso.

Todo era tan imposible y tan irreal, tan parecido a una absurda y preocupante alucinación; y, la mitad del tiempo, pensaba que se trataba sencillamente de una continuación de mi delirio, que probablemente seguía flotando a la deriva en el bote. Después de todo, ésta era la hipótesis más razonable; y no me extraña que aquellos que han escuchado mi narración se nieguen a admitir otra. Yo estaría de acuerdo, a no ser por uno o dos detalles bastante materiales. La manera en que yo vivía también me resulta bastante vaga, además. Recuerdo haber dormido debajo de las estrellas, fuera de la ciudad; recuerdo haber comido y bebido; y haber observado a aquellas gentes día tras día, mientras continuaban con sus cálculos desesperados.

A veces, iba a las casas y me servía comida; y una o dos veces, si es que lo recuerdo correctamente, dormí en el sofá de una de ellas sin que los dueños me lo impidiesen o me hiciesen caso. No había nada que pudiese romper el hechizo de su obsesión u obligarles a hacerme caso; y enseguida abandoné el intento. Me parecía, conforme transcurría el tiempo, que yo mismo no era menos irreal, menos dudoso o insustancial, que lo que su desprecio parecía indicar. En medio de mi asombro. me descubrí preguntándome si resultaría posible alejarse de la isla. Me acordaba de mi bote, y recordaba, además, que no tenía remos. Y entonces, hice preparaciones de tanteo para el viaje. A plena luz del día, ante la vista de los habitantes de la ciudad, cogí dos remos de una de las galeras del puerto, y me los llevé acarreándolos al lugar en que estaba oculto mi bote.

Los remos eran pesados, sus palas eran anchas como abanicos, y sus empuñaduras estaban decoradas con jeroglíficos de plata. Además me apropié de dos jarras de barro de una de las casas, pintadas con figuras barbáricas, y me las llevé a la albufera, con la intención de llenarlas de agua potable cuando me marchase. También reuní una provisión de comida. Pero, de alguna manera, el rompecabezas de la isla había paralizado mi iniciativa, e, incluso cuando todo estaba preparado, retrasaba mi partida. Además. yo sentía que los habitantes de la isla deberían haber intentado marcharse innumerables veces en sus galeras, y siempre habían fracasado.

Así, me quedé como un hombre atrapado en una ridícula pesadilla.

Una tarde, cuando habían salido todas aquellas estrellas distorsionadas, me di cuenta de que algo fuera de lo normal estaba sucediendo. La gente ya no estaba parada en grupos, con sus estudios y discusiones habituales, sino que todos se apresuraban al edificio que parecía un templo. Les seguí y miré por la puerta. El lugar estaba iluminado por antorchas encendidas que proyectaban sombras demoníacas sobre la multitud, y sobre el ídolo ante el cual se inclinaban. Se quemaban perfumes y se entonaban cantos en la lengua, con una miríada de vocales, a la cual mi oído se había acostumbrado. Estaban invocando a aquella terrible imagen de brazos de gorila y rostro mitad humano y mitad animal; y no me resultaba difícil adivinar el propósito de esa invocación.

Entonces las voces se apagaron hasta un triste susurro, el humo de los hisopos se hizo más tenue, y el niño pequeño que una vez había visto fue empujado adelante al espacio vacío entre la congregación y el ídolo. Había creído, por supuesto, que el dios era de piedra o de madera, pero, en un chispazo de terror y consternación, me pregunté si había estado equivocado. Porque los ojos oblicuos se habían abierto más, y los largos brazos terminados en uñas como cuchillos se levantaron lentamente y alcanzaron adelante. Y colmillos afilados como flechas fueron mostrados en la sonrisa bestial de la cara inclinada.

El niño estaba tan inmóvil como un pájaro ante los ojos hipnóticos de una serpiente; y ya no había un solo movimiento, ni siquiera un susurro, partiendo de la multitud que esperaba... No puedo recordar lo que sucedió entonces; siempre que intento recordarlo, hay una nube de horror y de oscuridad en mi cerebro. Debo haber salido del templo y escapado a lo largo de la isla bajo la luz de las estrellas; pero de esto tampoco recuerdo nada. Mi primer recuerdo es remar en dirección al mar a través del estrecho canal por el que había entrado a la albufera. Y, después de eso, huyo, día tras día, sobre un mar calmado y sin una onda bajo un sol de incandescencia cegadora; y más noches debajo de las estrellas enloquecidas; hasta que los días y las noches se convirtieron en una eternidad de torturado cansancio; y mi comida y mi agua se agotaron; y mi hambre y mi sed, y una calentura febril con alucinaciones hirvientes que me hacían revolverme, eran todo de lo que yo era consciente.

Una noche, recuperé los sentidos un rato, y me quedé tumbado mirando al cielo. Y, una vez más, las estrellas eran las de los cielos correctos; y di gracias a Dios por ver la cruz del sur, antes de que volviese a hundirme en el coma y en el delirio. Y, cuando recobré la conciencia de nuevo, estaba tumbado en la cabina de un buque, y el médico de a bordo estaba inclinado sobre mí. En ese barco, todos fueron muy amables conmigo. Pero, cuando intenté contarles mi historia, sonreían compasivos; y, después de algunas intentonas, aprendí a guardar silencio. Sentían curiosidad por los dos remos con mangos de plata y por las jarras pintadas que encontraron conmigo en el bote; pero fueron, si acaso, demasiado francos a la hora de rechazar mi explicación. Ni una isla ni una gente semejante podrían concebiblemente existir, dijeron; era contrario a todos los mapas que se habían trazado, y llamaba mentirosos, directamente, a todos los etnólogos y geógrafos.

A veces, yo mismo me hago preguntas al respecto, porque hay bastantes cosas que no puedo explicar. ¿Hay una parte del océano Pacífico que existe más allá del tiempo y del espacio? ¿Un limbo oceánico en el cual, a través de un cataclismo desconocido, esta isla desapareció en un periodo desconocido, como la propia Lemuria se hundió debajo de las aguas? ¿Y, si así es, por qué ruptura de las leyes dimensionales se me permitió alcanzar esa isla y partir de ella? Estas cosas quedan mas allá de mi capacidad de especular. Pero a menudo veo en mis sueños las estrellas irreconociblemente distorsionadas, y comparto la confusión y la frustración de una gente perdida, mientras se inclinan sobre sus inútiles cartas y toman la altitud de un sol desviado.

Clark Ashton Smith (1893-1961)




Relatos góticos. I Relatos de Clark Ashton Smith.


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El análisis y resumen del cuento de Clark Ashton Smith: La isla que no estaba en los mapas (The Uncharted Isle), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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