El recuerdo de la tía Albertina en terapia


El recuerdo de la tía Albertina en terapia.




Pensaba en la entrepierna de la tía Albertina, que alguna vez tuve ocasión de observar de forma clandestina, y pensaba también que estamos tan atravesados por el glosario del psicoanálisis, por no decir directamente empalados, que de a poco nos fuimos habituando a interpretar nuestras propias fantasías de acuerdo al indescifrable sentido común de los psicoanalistas.

Si los sueños son una elaborada telaraña cuya función es expresar los misterios de nuestra alma, convengamos en que la mayoría de las veces esos enigmas tienen la profundidad de una charca.

Extraer conclusiones asombrosas a partir de sucesos más o menos obvios es parte del sutil oficio del psicoanálisis: un tigre soñado es, para el profesional del rubro, un símbolo del padre, y como tal representa los aspectos más incómodos del complejo de Edipo. El mismo sueño, en manos de William Blake, se transforma en un poema universal.

Al momento de analizar un sueño el psicoanalista deduce lo anómalo a partir una menudencia, cuando muchas veces el proceso pide a gritos que se inviertan los términos.

Hechos insignificantes como ir al dentista pueden detonar sueños monstruosos en los que somos torturados por agentes de inteligencia. Un flato casual en la iglesia acaso nos induzca a soñar con el mismísimo Torquemada avivando el fuego de nuestra propia hoguera.

Que los los sueños exageren ciertos miedos, haciéndolos asumir siluetas totalmente descabelladas para poder enfrentarlos, es algo comprensible, ¿pero por qué también son capaces de reducir miedos mucho más grandes y concretos, como el temor a la muerte, a dimensiones casi microscópicas?

—Esa persona vestida de negro con la que ha soñado —acaso podría conjeturar nuestro psicoanalista en terapia—, ese trastabillar, ese andar subacuático, ese chimango que vuela en círculos, representan su miedo a la muerte.

—No, mi amigo —tal vez le responderíamos—, usted ni siquiera empieza a entender lo mucho que le temo a la muerte como para reducirla de ese modo. ¿Un desventurado pedo en misa crece hasta volverse Torquemada, pero en otro sueño la mismísima Muerte se desvirtúa en un vago desequilibrio motriz? Sepa disculpar mi escepticismo.

Es lógico suponer que, en ausencia de una mente imaginativa capaz purgar sus propias fantasías y temores, los sueños cumplen esa función de manera más o menos eficaz. El problema se resume a la presunción de que el inconsciente es incapaz de mentirnos.

Y vaya que nos miente.

Si realmente existe un abismo insondable entre el Yo y el inconsciente, si éste último es capaz de albergar nuestro lado más oscuro, nuestra Sombra, según Jung, ese doppelgänger que almacena nuestros impulsos básicos, elementales, atávicos, y si además disponemos de todos los signos del lenguaje arquetípico para expresar individual y colectivamente nuestros mayores miedos y anhelos, ¿por qué casi siempre recaemos en sueños francamente miserables?

No se olvide, querido paciente, que el tigre es su padre, que Torquemada es su miedo a la vergüenza pública, que el insecto bulboso que repta por las cortinas deshilachadas es sinónimo de la hirsuta entrepierna de la tía Albertina, y las cortinas, quizá, representaciones comparativas de la blancura marmórea que usted, en su saludable proceder, le atribuye a las bombachas de mamá.

Si la propuesta del psicoanálisis es correcta debemos concluir que el inconsciente es una región mezquina y absolutamente falta de solemnidad. Que un tigre sea mi padre, vaya y pase, pero que la entrepierna de la tía Albertina se presente bajo la forma de una cascarudo, me resulta inaceptable.

Mi alma, como la suya, cuenta con un variado desfile de horrores para ser representados. El psicoanálisis afirma que estos salen a la luz bajo formas inciertas que solo el licenciado matriculado es capaz de interpretar debidamente, y cuya función es exponer de manera más o menos simbólica aquello que no nos atrevemos, o no podemos, procesar directamente.

Modestamente, nos gustaría tomar un camino alternativo.

A lo mejor nuestro inconsciente hace todo lo posible para ridiculizar nuestros miedos, para volverlos absurdos, no para exponerlos en una proporción desmesurada. Nuestro fracaso, y el del psicoanálisis, es desatender esa ironía: su padre es apenas un tigre que puede ser vencido, la delicada y prohibida entrepierna de la tía Albertina no es más que un insecto que merodea en la noche.

¿Se da cuenta?

Realmente no hay nada que temer.




El lado oscuro de la psicología. I Egosofía: psicología del Yo.


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