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«¿Por qué no hablamos sobre el miedo?»: la respuesta que terminó la carrera de una psicóloga


«¿Por qué no hablamos sobre el miedo?».




—¿Por qué no hablamos sobre el miedo?

Durante horas había ensayado la pregunta frente al espejo.

Hasta entonces, sus precupaciones como terapeuta recién graduada habían sido únicamente organizativas: amueblar el consultorio, iluminarlo adecuadamente, dotarlo de cierto aire profesional, impersonal, sin referencias casuales a su vida, a sus vínculos, a sus verdaderos intereses.

El único detalle que delataba algo sobre su vida era la fotografía de su padre: un hombre de aspecto erudito, casi marcial, con una barba prusiana recortada con minuciosidad anal. La había ubicado en su escritorio, de espaldas a sus pacientes, de tal modo que esa mirada no perturbara la verba del neurótico y, de paso, no brindara información secundaria al potencial psicópata.

Deseó que la fotografía de su padre se hubiese extraviado durante los arreglos del consultorio. En seguida se sintió culpable, y hasta en deuda con él. Después de todo, su influencia había sido decisiva para que ella siguiera la carrera de psicología.

—Me parece bien.

La voz de la paciente la sobresaltó, y se sintió miserable, totalmente inadecuada para el trabajo. Se había distraído en su primer minuto en la profesión.

Los ojos de su padre la fulminaron desde el retrato.

—Digo, que me parece bien que hablemos sobre el miedo —volvió a apiadarse la paciente.

Evidentemente, la chica tenía experiencia en terapia.

—Entonces —dijo la psicóloga, asumiendo las astucias del oficio—, hablemos un poco de tus miedos.

—Eso no fue lo que usted me preguntó.

Le pareció extraño que la tratara de usted. Probablemente tenía su misma edad.

—Es exactamente lo que me interesa que hablemos.

—Usted preguntó por qué no hablábamos sobre el miedo, no sobre los míos.

—¿Hay alguna diferencia?

—No mucha, supongo.

—Hagamos lo siguiente: por qué no me habla sobre sus miedos y entonces veremos qué pueden tener en común con el miedo en general.

La maniobra no fue elegante.

Hubiese jurado que el retrato de su padre gruñía.

—Me parece un ejercicio interesante —dijo la paciente.

—Entonces la escucho.

—No sé si podría hablarle de mis miedos. Solo tengo uno.

—Trate de describirlo en una sola frase —y en seguida rectificó, entendiendo lo inútil de la simplificación— Trate de explicarme el lugar que el miedo ocupa en su vida.

La paciente se reclinó sobre el sillón.

—En realidad, mi único miedo ocupa el mismo lugar desde que soy chica: está en la luz que brilla debajo de la puerta de mi cuarto, en la sombra de mi padre que la atraviesa, en el sonido del picaporte al abrirse.

Durante horas había ensayado la pregunta frente al espejo.

Esa fue la única respuesta que se obligó a confesar antes de arrojar el retrato a la basura.




El lado oscuro de la psicología. I Egosofía: psicología del Yo.


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