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"El muerto viviente": Robert Bloch; vampiros en la Segunda Guerra Mundial

El muerto viviente (The Living Dead) es un relato de vampiros del escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado originalmente en la edición de abril de 1967 de la revista Ellery Queen's Mystery bajo el título: Subterráneo (Underground).

El muerto viviente es un relato de vampiros bastante singular, hasta se podría decir que es único dentro del género.

Robert Bloch nos ubica en plena Segunda Guerra Mundial, escenario óptimo para que los abominables apetitos de los vampiros se confundan con la barbarie generalizada. Allí, un actor parisino que se desarrolla en movimientos culturales más bien subterráneos resuelve interpretar a un vampiro para colaborar con la causa nacional.

Así como Quentin Tarantino resuelve que uno de los miembros de su compañía de avanzada en la película Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds) interprete una especie de leyenda urbana, el Oso Judío (Bear Jew), con el propósito de atemorizar a sus enemigos, Robert Bloch se anticipa a esta tendencia en El muerto viviente a través de aquel actor parisino que interpreta el rol de un vampiro para estimular el carácter supersticioso de sus adversarios.

Naturalmente, aún las personas probadamente supersticiosas son capaces de perseguir y cazar a un vampiro, sea o no producto de una brillante interpretación teatral.






El muerto viviente.
The Living Dead, Robert Bloch (1917-1994)

Había descansado durante todo el día, mientras abajo, en la villa, tronaban las armas. Entonces, cuando comenzaban a cernirse las sombras oblicuas de la noche y los ecos del combate se atenuaban hasta casi desaparecer, supo que había llegado la hora. El avance americano concluyó con el cruce del río. Los ocupantes tendrían que retirarse y él seguiría a salvo.

En las ruinas del castillo que se alzaba sobre la villa, en la colina rodeada de bosque, el Conde Barsac salió de la cripta.

El Conde era alto y delgado, cadavéricamente delgado, apropiadamente delgado... Su cara y sus manos tenían la palidez de la cera; su cabello era negro, pero no tanto como sus ojos y las cuencas que los rodeaban. Su capa era también negra y sólo el rojo de sus labios ponía un toque de color en su figura cuando esbozaba una sonrisa.

Ahora sonreía, precisamente porque había llegado el crepúsculo, la hora de iniciar su juego.

El nombre de ese juego era Muerte. Un juego que el Conde había practicado en numerosas ocasiones.

Había actuado en el Grand Guignol de París bajo el nombre de Eric Karon, obteniendo cierta reputación por sus interpretaciones de papeles bizarros. Cuando estalló la guerra vio llegada la gran oportunidad de poner en práctica su juego favorito.

Desde mucho antes de que los alemanes tomaran París había trabajado en ello, también en las sombras, para deleitarse en la interpretación de sus papeles. Como actor era impagable.

Se disponía a representar su último papel, pero no en el escenario, sino en la vida real. Un papel sin el artificio de las luces, sino en la más cierta oscuridad, para convertir en realidad el sueño del actor. Ya tenía donde llevarlo a cabo.

–Es muy sencillo –había dicho a sus superiores alemanes–. El castillo de Barsac está deshabitado desde la Revolución y los campesinos de la región apenas se atreven a acercarse siquiera de día, por esa leyenda, óiganlo bien, según la cual el último Conde de Barsac era un vampiro.

Así que todo estaba previsto. Habían instalado el transmisor de onda corta en la cripta del castillo en ruinas, atendido por tres operadores. El Conde Barsac, al mando real de las operaciones que allí se verificaban, era su ángel guardián. O, más bien, su demonio guardián.

–Hay un cementerio en las faldas de la colina –les dijo–. Un lugar para el descanso eterno de estas pobres gentes ignorantes. En ese cementerio hay una cripta, en la que reposan los restos de los antiguos Barsac. Debemos abrir la cripta, abrir igualmente el ataúd del último Conde, y mostrar a esas gentes ignorantes que está vacío. Así nos aseguraremos de que ninguno de ellos se atreva a acercarse ni al cementerio ni al castillo, pues eso probará que la leyenda es cierta. Creerán que el Conde Barsac es un vampiro y vaga por ahí una vez más.

–¿Y qué ocurrirá si son escépticos, si hay entre ellos alguien que no crea en esas cosas? –le preguntaron.

Tuvo rápida la respuesta:

–Lo creerán firmemente... Yo soy el Conde Barsac y saldré a demostrárselo.

Después de que lo vieran maquillado y con su capa, como dispuesto a salir a la escena, no hubo más preguntas. El papel era suyo.

El papel era suyo y estaba dispuesto a representarlo bien. El Conde asentía complacido de sí mismo mientras subía las escaleras del castillo, en cuya techumbre las telarañas velaban el radiante fulgor de la luna.

Pero estaba a punto de bajarse el telón. Si el avance americano barría las defensas de la villa que se extendía bajo el castillo, habría que rendirse a la evidencia y buscar una buena salida. Todo tenía que estar previsto, bien organizado.

Durante la retirada alemana se le habían encontrado otros usos al cementerio. Las obras de arte robadas por el mariscal Goering hallaron allí buen refugio, sobre todo en la cripta. Un camión aguardaba en el castillo para trasladarlas. Los tres operadores del transmisor de onda corta se encargarían también de cargar los objets d'art en el camión cuando llegara el momento de huir a la carrera, bajando hasta las faldas de la colina donde estaba el cementerio.

Cuando el Conde llegó allí todo había sido perfectamente embalado. Los operarios tenían uniformes americanos robados y tarjetas de identificación falsificadas, con todo lo cual esperaban atravesar las líneas del enemigo junto al río y reunirse con las tropas alemanas en retirada en un lugar previamente convenido. Nada podía dejarse a la improvisación. Cuando el Conde, algún día, escribiera sus memorias...

Pero no era el caso pensar en ello ahora. El Conde alzó la vista para mirar a través de uno de los agujeros que presentaba la techumbre. La luna era llena. Había que salir.

Detestaba hacerlo de aquella manera. Donde otros no veían más que polvo y telarañas, él veía un escenario, el lugar donde llevar a cabo sus más grandes interpretaciones. Hacer el papel de vampiro no le había convertido en un adicto a la sangre, si bien, como actor, disfrutaba profundamente del sabor del éxito. Y aquí triunfaba.

La despedida es un dulce dolor.

Eso lo escribió Shakespeare. Shakespeare escribió sobre fantasmas, sobre brujas, sobre apariciones sangrientas. Shakespeare sabía que su público, una masa estúpida, creía en esas cosas, igual que aún se cree hoy día en todo ello. Un gran actor sabe cómo hacer que su público crea en su papel.

El Conde iba a través de la penumbra hacia las puertas del castillo. Veía ya el sendero flanqueado por los grandes árboles que parecían saludarle con una leve inclinación.

Había sido allí, entre los árboles, donde había abordado a Raymond por la noche, unas semanas atrás. Raymond era su espectador favorito, un hombre respetable, de blanca cabellera, inteligente; el alcalde de la villa de Barsac. Pero nada de eso lo adornó aquella noche, nada de su dignidad mantuvo aquella noche cuando se le apareció el Conde, pues gritó aterrorizado como una mujer y salió corriendo.

Probablemente, Raymond andaba por allí espiando, pero se olvidó de todo cuando el Conde le salió al paso entre los árboles. El alcalde era uno de los que había dado pábulo a los rumores según los cuales el Conde había vuelto a las andadas. Junto a Clodez, el estúpido molinero, había organizado una banda que asaltó el cementerio para profanar la tumba de Barsac. ¡Vaya susto el suyo cuando descubrieron que el ataúd del Conde estaba vacío!

En el ataúd no había más que polvo, pero nada más supieron. No supieron tampoco qué le había sucedido a Suzanne.

El Conde iba ahora por la orilla del arroyo. Aquí, otra noche, se encontró con la muchacha, la hija de Raymond, que amaba al joven Antoine LeFevre. Antoine se había librado del alistamiento en el ejército a causa de la invalidez de una de sus piernas, pero no obstante corrió como un gamo en cuanto vio al Conde embozado en su capa. Suzanne, para su desgracia, no pudo seguirle a igual velocidad. Su cuerpo quedó enterrado en el bosque, bajo un montón de piedras, sin que pudieran descubrirlo. Fue un incidente lamentable y doloroso.

Aquello, a fin de cuentas, sirvió para que todos en el pueblo cobraran conciencia de lo que ocurría. El tonto y supersticioso Raymond estaba ya plenamente convencido de que el vampiro andaba suelto. Él mismo había visto a la desalmada criatura; él mismo, al igual que quienes lo acompañaron, vio su ataúd vacío... Y hasta su propia hija había desaparecido. Como no la encontró ni en el cementerio ni en el bosque, espiaba en los alrededores del castillo.

¡Pobre Raymond! Nunca más volvería a ser alcalde de su villa, pues poco después quedaba reducida a cenizas por un bombardeo. Echó la culpa, como un pobre hombre destrozado y con la razón perdida, al muerto viviente.

El Conde sonreía al recordar todo aquello, mientras caminaba, aleteada su capa por la brisa, proyectando sobre el suelo la sombra de un gran murciélago. Ya veía el cementerio, ya veía las tumbas que bajo la luz de la luna parecían los dedos podridos de un leproso moviéndose.

Dejó de sonreír. No le gustaba tener esos pensamientos. Quizá radique el mayor tributo que se pueda rendir a su talento de actor en que tenía una exquisita aversión hacia la muerte, hacia la oscuridad, hacia la confusión que auspician las sombras de la noche. Odiaba además la mera visión de la sangre. Y su larga permanencia en el ataúd, tanto tiempo encerrado en la cripta, le había provocado claustrofobia.

Pero se le había presentado la ocasión de representar un gran papel.

Y por suerte estaba a punto de concluir tan extraordinaria interpretación. Quería representarse como hombre una vez más y olvidar esa criatura maldita de su creación.

A medida que se aproximaba a la cripta vio el camión aparcado entre las sombras. La entrada a la cripta estaba abierta, pero no se escuchaba ruido alguno. Eso significaba que sus compañeros habían concluido la tarea encargada de subir al camión las obras de arte y ya estaban prestos para partir.

El Conde se dirigió hacia el camión estacionado entre las sombras.

Y entonces... Entonces sintió el cañón de un arma de fuego en su espalda y oyó una orden inequívoca:

–¡No se mueva!

No se movió. De inmediato reconoció a quienes le rodeaban: Antoine, Clodez, Raymond... Y una docena más de campesinos de la villa. Una docena de campesinos armados que lo miraban a la vez con rabia y temor, sin dejar de apuntarle.

¿Qué pretendían hacerle?

Un cabo americano se interpuso entre el Conde y los campesinos. Ahí tenía la respuesta a su pregunta; el cabo americano y un soldado que lo acompañaba le apuntaban también con sus fusiles. Eran los responsables de la operación. No había visto el Conde aún los cadáveres de los tres operadores de onda corta alemanes, que estaban en el camión. Los campesinos les habían sorprendido mientras trabajaban, abriendo fuego contra ellos.

El cabo y el soldado comenzaron a interrogarle, en inglés, naturalmente. El Conde entendía bien el idioma, pero no lo hablaba tanto como para poder responder.

–¿Quién eres? ¿Estaban a tus órdenes esos alemanes? ¿Adónde pretendías ir con el camión?

El Conde sonrió y movió la cabeza, negando. Poco después dejaban de preguntarle lo mismo, como había supuesto el Conde que harían.

–Vale –dijo el cabo al soldado–. Vámonos.

El soldado asintió, se puso al volante del camión y encendió el motor. El cabo se disponía a subir también al camión, cuando se volvió para dirigirse a Raymond.

–Tenemos que ir con esto a la otra orilla del río –dijo–. Seguid vigilando a este tipo, enviaremos en una hora a varios hombres para que se lo lleven.

Raymond asintió.

El camión se perdía poco después en la oscuridad.

La luna se ocultó tras las nubes y la oscuridad fue absoluta. El Conde sonrió complacido mientras observaba a quienes lo custodiaban. Una pandilla de imbéciles presuntuosos, ignorantes y cobardes. Pero iban armados. No tenía modo de escapar. Lo miraban con odio y murmuraban.

–Llevémosle a la cripta –dijo Raymond y fue prontamente obedecido por los otros, que empujaban al Conde con sus horcas para aventar el heno. Y fue entonces cuando el Conde acertó a ver un rayo de esperanza. A pesar de la rabia con que lo miraban, lo empujaban sin aproximarse mucho a él, por miedo. Y cuando les miraba a la cara bajaban los ojos.

Lo llevaban a la cripta precisamente porque le temían. Los americanos se habían ido y los campesinos estaban desamparados, temerosos de él, temerosos de sus posibles poderes sobrenaturales. A pesar de todo, era a sus ojos un vampiro; seguramente temían que pudiera convertirse de golpe en un murciélago y escapárseles volando. Así que trataban de meterlo a toda prisa en la cripta, a la espera de la llegada de la patrulla americana.

El Conde, crecido ante el temor de los campesinos, mostró su más siniestra sonrisa y rechinó los dientes. Los otros dieron un paso atrás mientras se dirigía a la entrada de la cripta. Entonces se volvió de pronto, abriendo su capa. Fue un gesto instintivo, el más propio para el papel que representaba, que naturalmente obtuvo de los campesinos la respuesta que esperaba. Se aterrorizaron, el viejo Raymond se santiguó. Aquello fue mejor que un aplauso.

En la oscuridad de la cripta el Conde se permitió un descanso. Lamentaba no haber hallado la oportunidad de escaparse, como se le había pasado por la cabeza hacerlo, pues aquellos hombres, aun asustados, no huyeron al abrir él su capa. Pero por suerte estaban en guerra. Muy pronto sería conducido al cuartel general de los americanos, donde lo interrogarían. Desde luego que no sería algo precisamente grato, pero todo se solucionaría con unos pocos meses interno en un campo de prisioneros. Y además seguro que los americanos sabían apreciar sus grandes dotes interpretativas, apenas oyeran de sus labios la historia de su decepción con los alemanes.

La cripta musgosa estaba oscura. El Conde se movía por allí ciertamente cansado. Sus rodillas tropezaron con su ataúd. Se le cayó la capa que llevaba anudada al cuello. Tenía ganas de salir de allí de una vez, de abandonar para siempre el papel de vampiro. Un papel que había interpretado muy bien, pero del que ya estaba harto.

Le llegó desde el exterior un ruido inidentificable, a medias un murmullo y a medias cualquier otra cosa, quizá unas astillas. El Conde se dirigió a la puerta para pegar la oreja en ella y tratar de oír. Pero pronto volvió a hacerse el silencio.

¿Qué harían aquellos imbéciles ahí fuera? Deseaba que los americanos llegasen cuanto antes. Además comenzaba a sentir calor.

¿A qué se debía aquel silencio que siguió al ruido que no supo identificar?

Quizá se habían largado.

Sí. Eso era. Los americanos les habían ordenado que lo vigilasen, pero muertos de miedo se habían largado. Realmente lo creían un vampiro, el viejo Raymond era quien más convencido estaba de eso. Así que habían huido. Era libre, ya podía escaparse...

El Conde abrió la puerta de la cripta.

Vio ante él al viejo Raymond y a los otros, que parecían esperarle. El viejo Raymond dio un paso al frente. Tenía algo en una mano. El Conde lo reconoció al instante, de ahí aquel ruido como de astillas que había escuchado.

Era una larga estaca de madera muy afilada.

Entonces abrió la boca para gritar, para decirles que todo había sido una broma, que él no era un vampiro, que eran un hatajo de imbéciles supersticiosos...

Pero antes de que pudiera decir nada lo empujaron violentamente al interior de la cripta, metiéndole después, aún más violentamente, en el ataúd, para sujetarle de manos y pies mientras Raymond ponía la bien afilada punta de la estaca en su pecho, a la altura del corazón.

En realidad, sólo cuando la estaca comenzó a clavarse en él, interpretó debidamente el papel de vampiro.

Robert Bloch (1917-1994)





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El resumen y análisis del relato de vampiros de Robert Bloch: El muerto viviente (The Living Dead) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com