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El secreto de la infelicidad

El secreto de la infelicidad.


El profesor Lugano resolvió salir a estirar las piernas. La mañana era fría y agradable y la ciudad parecía aletargada en la densa niebla que provenía del río.

Nos sentamos a fumar en un banco del parque. Muy cerca, un conciábulo de ancianos debatían sobre las alternancias del clima y su influencia en los dolores articulares, mientras insistían incansablemente en alimentar palomas probadamente obesas.

Desde un extremo del parque, envuelto en la niebla chata que se condensa en torno a los árboles, un muchacho joven se nos acercó.

Sin dudas regresaba de una noche exaltada. Su semblante estaba demacrado, menos por los sobresaltos de la vigilia que por esa naturaleza triste, un poco nostálgica y melancólica, que trasmite el alma de ciertos jóvenes.

El profesor Lugano lo invitó sentarse y fumar con nosotros.

La flor compartida apresuradamente, por temor a la humedad y a la policía, indujo al muchacho a realizar una confesión formal.

—Me han engañado. —dijo.

—¿Su novia?

—No. Todos me han engañado.

—¿A qué se refiere, joven?

—Justamente a eso, a ser joven. Nos han llenado la cabeza con una idea un poco absurda: ser joven es igual a ser feliz, lo cual es imposible siendo joven. ¿Me entienden?

El profesor Lugano suscribió en silencio a esa paradoja.

—La mayoría del tiempo me siento miserable, solo, desubicado, perdido, aburrido del aburrimiento, cansado incluso del cansancio.

El profesor volvió a asentir, esta vez exhalando una larga columna de humo que se extravió en la cerrazón.

—Realmente me gustaría ser feliz, al menos por un rato. No sé qué piensa usted, señor —agregó el muchacho, dirigiéndose al profesor—, pero no creo que para ser feliz alcance únicamente con ser joven.

—Desde luego que no alcanza.

—¿Y cómo se logra?

—Perdiendo el miedo.

—¿Pero cómo?

—No siendo necesariamente joven sino embriagándose de juventud. Borrachos así, indiferentes al futuro, libres del pasado, lívidos pasajeros del presente, es imposible advertir que somos infelices aún en la más efímera felicidad.



Filosofía del profesor Lugano. I Crónicas de la licenciada Safo.


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1 comentarios:

Anónimo dijo...

Que sabes tu de esto heh me parece que el muchacho fue muy inteligente de su parte ese detalle me gusto