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Eidolon: el Yo en los infiernos

Eidolon, el Yo en los infiernos.

 
El razonamiento de los griegos es irrefutable: si la carne, es decir, el cuerpo, influye en nuestra mente y nuestra alma, cuando logremos desembarazarnos de él nos encontraremos frente a alguien irreconocible.

Este Yo desvestido, desnudo, librado de las ataduras e influencias fisiológicas, era llamado Eidolon (ειδωλον), cuya traducción sería algo así como "imagen". El Eidolon no sólo es una réplica astral más bien difusa del muerto, sino su esencia misma. Es, en definitiva, el original; una versión que no está sujeta a las inclemencias de la carne.

La necesidad del Eidolon es netamente filosófica, y carece de registros en las religiones occidentales. Si el Yo también se conforma desde lo físico, es decir, de deseos, apetitos, predilecciones, enfermedades, experiencias, etc; eso que desciende a los infiernos o asciende a las inalcanzables cúpulas celestiales es todo menos ese Yo que conocemos. 

En otras palabras, el que disfruta (o padece) la vida de ultratumba siempre es otro, nunca uno mismo.

Los griegos pensaban que el Eidolon se originaba en el momento de la muerte, cuando el alma se desvestía de su cuerpo, y se preparaba para acceder al Hades; región donde los espíritus perdían su identidad y erraban como imágenes incompletas. Odiseo, por ejemplo, en su descenso al Hades se encuentra con el Eidola de su madre, una especie de sombra confusa; y cuando abrazarla esta se desvanece en el aire.

Los Eidolon comparten ciertas coincidencias con los fantasmas, al menos con la idea que tenemos sobre ellos. Un Eidolon, en las condiciones apropiadas, puede aparecer en el mundo de los vivos para traer un mensaje o una advertencia, o ambas cosas al mismo tiempo. Como cuando el espíritu extenuado de Aquiles reaparece ante su hijo, Neoptólemo, antes de sacrificar a la hija menor de Príamo.

Es interesante que una visión semejante haya despojado a la muerte de su carácter imprevisible y determinante. Los griegos temían y respetaban a los Eidola, aunque no los veneraban, acaso porque intuían esa naturaleza incompleta del ser que se ha visto despojado de una parte esencial. En este sentido, la fuerza del pensamiento griego contradice las enseñanzas de oriente, en donde el alma es la versión más pura del hombre. Pero cómo podría serlo si ésta es apenas una parte del todo, un todo que también se conforma de miserias, y que encuentra su versión más acabada sobre la faz de la Tierra.

Tal vez por eso los fantasmas del Egeo y el Mediterráneo carecen del horror de sus parientes del norte, justamente porque los primeros saben que no existe una vida más allá, sino apenas un reflejo incierto que se deshace rápidamente cuando intentamos acercarnos.



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