En la tumba de Abdul Ali: E.F. Benson


En la tumba de Abdul Ali (At Abdul Ali's grave) es un relato de terror del escritor inglés E.F. Benson, publicado en 1912.







En la tumba de Abdul Alí.
At Abdul Ali's grave, E.F. Benson (1867-1940)

Luxor, tal y como reconocerá la mayoría de los que allí han estado, es un lugar de notable encanto, y ofrece al viajero muchos atractivos, entre los que destacan un excelente hotel con su sala de billar, unos jardines dignos de que los dioses se sentasen en ellos, un número ilimitado de visitantes, al menos un baile por semana a bordo del vapor fluvial para los turistas, la caza de la codorniz, un clima propio de Avalón y gran número de fantásticas reliquias históricas para los aficionados a la Arqueología. Para algunos otros, sin embargo, en realidad los menos, aunque convencidos de una manera casi fanática de su propia ortodoxia, el encanto de Luxor es como el de una bella durmiente: sólo se despierta cuando cesan todas esas actividades anteriormente mencionadas: cuando el hotel se ha vaciado y el encargado de los billares se ha marchado a El Cairo «para disfrutar de un buen descanso» cuando tanto las diezmadas codornices como el turista diezmador han regresado al norte; cuando el llano Tebano, Dánae para un sol tropical, se convierte en una parrilla a través de la cual ningún hombre haría voluntariamente un viaje durante el día, ni siquiera aunque la Reina Hatasoo en persona se hubiera dignado a ofrecerle una audiencia en los bancales de Deir-El-Bahari. La sospecha, en todo caso, de que aquellos pocos fanáticos pudieran tener razón, ya que en otros aspectos se mostraban hombres de juiciosas opiniones, me indujo a examinar sus convicciones por mí mismo, y así vino a suceder que hace dos años, cierto día de finales de junio, me vi aún allí, transformado en un converso convencido.

Mucho tabaco y la longitud de los días nos habían ayudado a analizar el encanto del cual está poseído el verano en el sur. Weston (uno de los primeros conversos) y yo mismo lo llevábamos discutiendo desde hacía cierto tiempo, y aunque nos reservábamos como ingrediente principal un «algo» sin nombre que podría desconcertar a cualquier químico que buscara su composición, y que debe ser sentido para ser entendido, fuimos capaces de detectar con facilidad otras drogas para la vista y el oído que, coincidimos, contribuían sobremanera al resultado final. A continuación enumero algunas de ellas.

• Despertar en la cálida oscuridad justo antes del amanecer para descubrir que el deseo de quedarse en la cama se desvanece al despertarse.
• Atravesar el río, en silencio y sosegadamente, con nuestros caballos, los cuales, al igual que nosotros, se detienen para olfatear la increíble dulzura que trae consigo la llegada de la mañana, sin encontrarla aparentemente menos maravillosa pese experimentarla día tras día.
• El momento, infinitesimal en duración pero infinito en sensación, previo a que salga el sol, cuando el río gris y amortajado se ve despojado repentinamente de las tinieblas para convertirse en una verde sábana de bronce.
• El rubor rosáceo, fugaz como un cambio de color en una combinación química, que atraviesa el cielo de este a oeste, seguido inmediatamente por la luz del sol, que va a dar en los picos de las colinas occidentales y se desparrama sobre ellas como un líquido luminoso.
• La agitación y los susurros que se extienden por el mundo: una brisa se despierta; una alondra atraviesa el cielo y canta; el barquero grita «Alá, Alá»; los caballos sacuden las cabezas.
• Nuestro consiguiente paseo.
• El consiguiente desayuno a nuestro regreso.
• La constante ausencia de algo que hacer.
• Durante el ocaso, el paseo a caballo a través de un desierto impregnado por el aroma de la arena caliente y estéril, que huele como ninguna otra cosa en este mundo, porque no huele a nada en absoluto.
• El fulgor de la noche tropical.
• La leche de camella.
• Las conversaciones con los fellahin, que son la gente más encantadora y considerada que hay sobre la faz de la tierra, salvo cuando hay turistas cerca, y cuando por lo tanto no existe en sus mentes otro pensamiento que el regateo.
• Por último, lo que aquí nos ocupa: la posibilidad de vivir extrañas experiencias.

El suceso que puso en marcha los acontecimientos que forman este relato acaeció hace cuatro días, cuando Abdul Alí, el hombre más viejo de la aldea, murió súbitamente, colmado de días y riquezas. Ambos elementos, pensaron algunos, serían probablemente producto de la exageración, pero sus conocidos afirmaban sin excepción que tenía tantos años como libras esterlinas, lo que venía a suponer cien de cada cosa. La bella redondez de la cifra resultaba incontestable, era demasiado bonita como para no ser cierta, y no llevaba Abdul veinticuatro horas muerto cuando ya se había convertido en una ortodoxia. En lo que respecta a sus amistades, pronto convirtieron su duelo en una fuente de absoluta consternación en vez de resignación piadosa, ya que no pudo encontrarse ninguna de todas aquellas libras británicas, ni siquiera en su equivalente algo menos satisfactorio de billetes bancarios, los cuales, fuera de la temporada turística, eran tenidos en Luxor por una variante no demasiado fiable de la piedra filosofal, aunque ciertamente capaz de producir oro en circunstancias favorables. Abdul Alí estaba muerto con sus cien años, su siglo de soberanos (igualmente podrían haber sido una renta anual) había muerto con él, y su hijo Mohamed, que previamente había disfrutado de un breve estallido de euforia al anticipar el evento, arrojó bastante más arena al aire de la que podría considerarse justificada por una sincera aflicción incluso en el caso de una plañidera profesional.

Abdul, es de temer, no era un hombre de estereotipada respetabilidad; aunque colmado de años y riquezas, nunca disfrutó de mucha reputación por su honor. Bebía vino donde y cuando pudiera conseguirlo; comía durante los días del Ramadán, burlándolo cada vez que su apetito así lo deseaba; se le suponía el don del mal de ojo, y durante sus últimos momentos fue atendido por el célebre Achmet, bien conocido por estos lares por practicar la Magia Negra, y sospechoso del mucho más horrendo crimen de robar los cuerpos de los difuntos recientes. Y es que en Egipto, mientras despojar los cuerpos de antiguos reyes y sacerdotes es un privilegio por el que sociedades avanzadas y cultas compiten entre sí, el robar cadáveres de contemporáneos está considerado un hecho propio de perros. Mohamed, que pronto cambió el arrojar arena al aire por un modo más natural de expresar consternación, consistente en roerse las uñas, nos confió su sospecha de que Achmet había descubierto el secreto de dónde estaba el dinero de su padre. Pero, al parecer, Achmet había exhibido la misma cara de pasmado que todos los demás cuando su paciente, que estaba intentando comunicarle algo, se marchó hacia el gran silencio, de modo que la sospecha de que sabía dónde estaba el dinero dio paso, en las mentes de aquellos que creían conocer su carácter, a un ambiguo pesar por no haber sido capaz de averiguar un dato tan importante.

De modo que Abdul murió y fue enterrado, y todos acudimos al festín funerario, en el que comimos más carne asada de la que normalmente uno se molestaría ni siquiera en mirar a las cinco de la tarde de un día de junio, a consecuencia de lo cual, Weston y yo, sin necesidad de cenar, nos detuvimos en casa después de nuestro paseo a caballo por el desierto, y hablamos con Mohamed, el hijo de Abdul, y con Hussein, su nieto más joven, un chico de unos veinte años, que además ejerce para nosotros de ayuda de cámara, cocinero y señora de la limpieza. Juntos nos contaron con tristeza lo del dinero que había estado y ya no estaba, y nos narraron escandalosas historias sobre Achmet, referentes a su debilidad por los cementerios. Bebieron café y fumaron con nosotros, ya que aunque Hussein era nuestro sirviente, habíamos sido ese día invitados de su padre, y poco después de que se hubieran marchado llegó Machmout.

Machmout, que dice tener doce años, aunque no lo sabe con certeza, es nuestro pinche de cocina, mozo de cuadra y jardinero, y posee un extraordinario nivel de un poder oculto parecido a la clarividencia. Weston, que es miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, y que considera como la mayor tragedia de su vida la detención de la señora Blunt, aquella médium fraudulenta, dice que se trata de un caso clarísimo de lectura del pensamiento, y ha tomado notas de muchas de las actuaciones de Machmout, que podrían llegar a ser de interés. La lectura del pensamiento, en todo caso, no me parece suficiente explicación para lo que nos sucedió una vez superado el funeral de Abdul, y respecto a las cualidades de Machmout yo debería inclinarme o bien por la Magia Blanca, que debería ser un término muy inclusivo, o bien por la Pura Coincidencia, que es un término más inclusivo aún, y que podría cubrir todos los fenómenos inexplicables del mundo tomados individualmente. El método de Machmout para liberar las fuerzas de la Magia Blanca es muy simple, y el procedimiento, conocido por muchos como el espejo de tinta, es tal y como sigue:

Se derrama un poco de tinta negra sobre la palma de la mano de Machmout. En su defecto, ya que últimamente la tinta se ha convertido en un artículo de lujo debido a que el último barco correo procedente de El Cairo en el que nos enviaban los artículos de papelería quedó atrapado en un banco de arena, un pequeño trozo de tela negra americana de dos centímetros y medio de diámetro sirve como sustituto perfecto. Machmout concentra su mirada sobre él. Tras cinco o diez minutos, su astuta expresión de mono desaparece de su cara, sus ojos completamente abiertos permanecen fijos en el trapo, una completa rigidez se apodera de sus músculos, y entonces nos cuenta las curiosas cosas que ve. En cualquier posición que esté, en esa posición permanece, sin moverse ni un pelo hasta que la tinta es lavada o la tela recogida. Entonces levanta la mirada y dice: «Khalás», que significa «Se acabó».

Tomamos los servicios de Machmout como segundo empleado de la casa hace tan sólo quince días, pero ya la primera noche que pasó con nosotros subió las escaleras cuando hubo finalizado su trabajo y dijo; «Les mostraré Magia Blanca; déme tinta», y a continuación procedió a describir el recibidor de nuestra casa de Londres, diciendo que había dos caballos esperando a la puerta, y que un hombre y una mujer salieron de la misma, dieron a cada caballo un trozo de pan, y montaron. Esto era tan probable que con el siguiente correo le escribí a mi madre pidiéndole que me contara exactamente qué había hecho a las cinco y media (hora inglesa) del 12 de junio. A la hora correspondiente en Egipto, Machmout nos había hablado de una «sitt» (dama) que tomaba el té en una habitación que describió con bastante minuciosidad, por lo que estoy esperando ansioso su carta. La explicación que da Weston a este fenómeno es que en mi cabeza hay un retrato mental de la gente que conozco, aunque pudiera ser que yo no me diera cuenta de ello (pero según él está presente en mi yo subliminal), y que soy yo quien le ofrece sugerencias no habladas a Machmout cuando éste entra en estado hipnótico. Mi explicación es que no hay ninguna explicación, ya que ninguna sugerencia por mi parte podría hacer que mi hermano saliera a dar un paseo a caballo en el preciso momento en el que Machmout dice que lo está haciendo (si es que averiguamos que las visiones de Machmout son cronológicamente correctas). En consecuencia, prefiero mantener una mente abierta y estoy preparado para creer cualquier cosa. Weston, en todo caso, no habla tan calmada o científicamente de la última representación de Machmout, y desde entonces ha dejado totalmente de urgirme para que me convierta en miembro de la Sociedad para la Investigación Psíquica, dado que yo ya no estoy chapado a la antigua por vanas supersticiones.

Machmout no ejercita sus poderes si su propia gente se encuentra presente, ya que dice que cuando está en ese estado, si un hombre que conociera la Magia Negra se encontrara en la habitación o supiera que estaba practicando la Magia Blanca, podría enviar al espíritu que preside la Magia Negra para que matase al espíritu de la Magia Blanca, ya que la Magia Negra es más potente y las dos son enemigas. Y ya que el espíritu de la Magia Blanca es en ocasiones un poderoso aliado (su amistad con Machmout había llegado a unos niveles que yo considero increíbles), Machmout desea fervientemente que pueda seguir a su lado. Pero los ingleses no parecen conocer la Magia Negra, de modo que con nosotros está a salvo. El espíritu de la Magia Negra, con el que hablar supone la muerte, fue visto en una ocasión por Machmout «entre el cielo y la tierra, y la noche y el día», tal y como él lo expresa, en la carretera de Karnak. Puede ser reconocido, nos dijo, por el hecho de que su piel es más pálida que la de su gente, porque tiene dos largos dientes que le sobresalen uno por cada extremo de la boca, y porque sus ojos, completamente blancos, son tan grandes como los ojos de un caballo.

Machmout se acuclilló cómodamente en una esquina y le di el trozo de tela americana negra. Como han de pasar algunos minutos antes de que consiga entrar en el estado hipnótico en el que comienzan las visiones, salí al balcón buscando el frescor. Era la noche más calurosa que habíamos tenido hasta entonces, y aunque ya hacía tres horas que se había puesto el sol, el termómetro aún estaba cercano a los 38°. Sobre nosotros, el cielo parecía velado por el gris, cuando debería haber sido de un azul aterciopelado y oscuro, y un viento racheado procedente del sur amenazaba con tres días de intolerable y arenoso khamseen. Un poco más arriba de la calle, a la izquierda, había un pequeño café frente al cual brillaban y menguaban las chispas que brotaban como luciérnagas de las pipas de agua de los árabes que se sentaban en la oscuridad. Desde el interior llegaba el sonido de las castañuelas de metal que llevaría en las manos alguna bailarina, sonando agudas y precisas contra la gimiente música de las cuerdas y las nautas que suelen acompañar a esos movimientos que los árabes adoran y los europeos encuentran tan desagradables. Hacia Oriente el cielo se mostraba más claro y luminoso, ya que la luna estaba a punto de alzarse, y mientras yo contemplaba el reborde rojo del enorme disco, éste empezó a recortarse sobre la línea del desierto. En ese preciso instante, siguiendo un curioso sentido de la oportunidad, uno de los árabes que se encontraban en el exterior del café inició un maravilloso canto.

No puedo dormir pues os echo en falta, oh luna llena. Lejano se encuentra vuestro trono, allá en La Meca; descended, oh amada, junto a mí.

Inmediatamente después oí la monótona y aflautada voz de Machmout, y al cabo de unos instantes entré.
Hemos descubierto que los experimentos dan un resultado más rápido si existe un contacto, hecho que reafirmó a Weston en su explicación de una especie de elaborada transferencia de pensamientos, que confieso no acabo de entender. Estaba escribiendo en una mesa junto a la ventana cuando entré, pero me miró.
—Tómale de la mano —dijo—; de momento está siendo bastante incoherente.
—¿Cómo explicas eso? —pregunté.
—Es una especie de comportamiento análogo, o eso piensa Myers, al que se tiene cuando se habla en sueños. Ha dicho algo sobre una tumba. Sugiérele alguna cosa, a ver si lo asimila. Es notablemente sensible, y responde mejor ante ti que ante mí. Probablemente el funeral de Abdul le sugirió lo de la tumba.
Una idea repentina me asaltó.
—Calla —dije—. Quiero escucharle.
La cabeza de Machmout estaba echada un poco hacia atrás, y mantenía la mano en la que tenía el trozo de tela bastante elevada sobre la cara. Como de costumbre estaba hablando muy lentamente, y con una voz muy aguda, en absoluto semejante a su tono habitual.
—A un lado de la tumba —exclamó— hay un tamarindo con el que fantasean los escarabajos verdes. Al otro lado hay una pared de barro. Hay muchas otras tumbas alrededor, pero están todas dormidas. Ésta es la tumba, porque está despierta, y está húmeda y no arenosa.
—Ya me lo imaginaba —dijo Weston—. Está hablando de la tumba de Abdul.
—Hay una luna roja sentada sobre el desierto —continuó Machmout—, y el momento es ahora. Se percibe el aliento del khamseen y hay mucha arena en camino. La luna está roja debido al polvo y a su escasa altura.
—Aún es sensible a los estímulos externos —dijo Weston—. Eso es bastante curioso. Pellízcale ¿quieres?
Pellizqué a Machmout; no me prestó la más mínima atención.
—En la última casa de la calle, en el portal, hay un hombre. ¡Ah, ah! —gritó de repente el muchacho—. Conoce la Magia Negra. ¡No le dejen entrar! Está saliendo de la casa —chilló—. ¡¡Viene hacia aquí...!! No, se va en la otra dirección, hacia la luna y la tumba. La Magia Negra le acompaña, puede levantar a los muertos y lleva consigo una daga asesina y una pala. No puedo verle la cara porque la Magia Negra se interpone entre él y mis ojos.
Weston se había levantado y, como yo, estaba totalmente pendiente de las palabras de Machmout.
—Iremos allí —dijo—. Ahora tenemos una oportunidad de ponerle a prueba. Escucha.
—Está caminando, caminando, caminando —continuó Machmout—, aún camina hacia la luna y la tumba. La luna ya no se sienta sobre el desierto, sino que ha empezado a elevarse.
Señalé a la ventana.
—Desde luego eso es completamente cierto —dije.
Weston retiró la tela de la mano de Machmout y el soniquete cesó. En un momento se estiró y se restregó los ojos.
—Khalás—dijo.
—Sí, Khalás.
—¿He vuelto a hablarle de la sitt de Inglaterra?
—Sí, oh, sí —contesté—, Gracias, pequeño Machmout. La Magia Blanca ha sido muy propicia esta noche. Puedes irte a la cama.
Machmout trotó obedientemente saliendo de la habitación y Weston cerró la puerta tras él.
—Debemos darnos prisa —dijo—. Merece la pena acercarse y ver si es cierto, aunque me gustaría que su visión hubiera sido menos siniestra. Lo curioso es que él no estuvo en el funeral, y sin embargo ha descrito la tumba con precisión. ¿Qué te parece?
—Supongo que la Magia Blanca le ha mostrado a Machmout que alguien en posesión de la Magia Negra se dirige a la tumba de Abdul, quizá con la intención de robar en ella —contesté con resolución.
—¿Qué haremos cuando lleguemos allí? —preguntó Weston.
—Contemplar la Magia Negra en acción. Personalmente, estoy completamente dispuesto. Y lo mismo te pasa a ti.
—No existe ninguna cosa parecida a la Magia Negra —dijo Weston—, Ah, ya lo tengo. Dame esa naranja.
Weston la peló con rapidez y cortó en la monda dos círculos del tamaño de una pieza de cinco chelines y dos largos y blancos colmillos. Los primeros se los colocó sobre los ojos, los segundos, en los extremos de la boca.
—¿El espíritu de la Magia Negra? —pregunté.
—En persona.
Tomó una larga y negra capa y se envolvió en ella. Incluso a la viva luz de la lámpara, el espíritu de la Magia Negra parecía un personaje lo suficientemente aterrador.
—No creo en la Magia Negra —dijo—, pero otros lo hacen. Si es necesario poner fin a... a lo que sea que esté pasando, combatiremos a ese tipo con sus propias armas. Vámonos. ¿Quién supones que será... me refiero, por supuesto, a en quién estabas pensando cuando tus pensamientos fueron transferidos a Machmout?
—Lo que dijo Machmout —respondí—, me recordó a Achmet.
Weston dejó caer una risa de incredulidad científica y nos pusimos en marcha.

La luna, tal y como nos había dicho el muchacho, se veía claramente en el horizonte, y a medida que se iba elevando, su inicial color rosáceo, como el resplandor de una explosión lejana, fue diluyéndose hacia un amarillo leonado. El árido viento del sur, que soplaba no ya de manera racheada sino con una violencia continuada y cada vez más intensa, llegaba cargado de arena y de un calor increíblemente abrasador; las copas de las palmeras en el jardín del desierto hotel se inclinaban a un lado y a otro provocando un áspero sonido con sus hojas secas. El cementerio se encontraba a las afueras del poblado y, mientras nuestro camino siguió por entre las paredes de adobe de las calles encerradas sobre sí mismas, el viento sólo llegó a nosotros como el calor agazapado tras las puertas de un horno. De vez en cuando sus susurros y silbidos se alzaban hasta provocar un estruendoso aleteo, y un repentino remolino de polvo podía recorrer unos veinte metros de calle antes de acabar por romper como una ola contra uno de los muros de adobe, o arrojarse violentamente contra una de las casas y despedazarse en una lluvia de arena. Pero una vez libre de obstáculos, el viento nos opuso toda su fuerza y calor. Era el primer Khamseen del año, y por un momento deseé haberme marchado al norte con el turista, la codorniz y el encargado de los billares, ya que el khamseen es capaz de arrancar hasta el tuétano de los huesos, convirtiendo el cuerpo en un papel secante. No nos encontramos con absolutamente nadie en la calle, y el único sonido que oímos, aparte del viento, fue el aullido que los perros dedicaban a la luna.

El cementerio está delimitado por un gran muro de adobe, bajo el que nos refugiamos un momento mientras discutíamos los pasos a seguir. La hilera de tamarindos, junto a la que se encontraba la tumba, atravesaba el cementerio por el centro, y rodeando el muro por el perímetro exterior y escalándolo por la parte más cercana a los árboles, la furia del viento podía ayudarnos a acercarnos hasta la tumba sin ser vistos, si es que había alguien allí. Acabábamos de decidirnos a hacerlo así cuando el viento cesó por un momento, y en el silencio pudimos escuchar el sonido de una pala introduciéndose en la tierra, y también algo que me provocó un repentino escalofrío de íntimo horror: el chillido de una ave carroñera que surgió del cielo crepuscular justo por encima de nuestras cabezas.

Dos minutos más tarde estábamos arrastrándonos a la sombra de los tamarindos, hacia el lugar en el que Abdul había sido enterrado. Los enormes escarabajos verdes que viven en los árboles volaban a ciegas, y en una o dos ocasiones se estrellaron contra mi cara con un zumbido de alas acorazadas. Cuando nos encontramos a unos veinte metros de la tumba, nos detuvimos un momento y, observando con cautela desde nuestro refugio entre los tamarindos, pudimos ver la silueta de un hombre hundido hasta la cintura en la tierra, cavando en la tumba reciente. Weston, que se encontraba detrás de mí, había vuelto a caracterizarse como el espíritu de la Magia Negra, para estar preparado en caso de alguna eventualidad. Al girarme de repente y encontrarme cara a cara con aquella personificación, pese a que mis nervios no suelen hallarse excesivamente a flor de piel, pude notar en mi interior un grito que pugnaba por surgir. Aquel antipático hombre de hierro agitó la cabeza conteniendo la risa y, guardando los ojos en la mano, me indicó sin hablar que siguiera avanzando hacia donde los árboles se espesaban aún más. Desde allí estábamos a menos de doce metros de la tumba.

Esperamos, supongo, durante unos diez minutos, mientras el hombre, que según comprobamos era Achmet, seguía concentrado en su impía tarea. Estaba completamente desnudo y su piel morena brillaba a la luz de la luna con el rocío del esfuerzo. A veces parloteaba consigo mismo de una manera fría y misteriosa, y en una o dos ocasiones se detuvo para tomar aliento. Después empezó a retirar la tierra con sus propias manos, y poco después rebuscó entre sus ropas, que yacían allí al lado, hasta encontrar un trozo de cuerda, con el que se introdujo en la tumba, para reaparecer un momento después con ambos extremos entre las manos. Después se colocó a horcajadas sobre la tumba, estiró con fuerza y uno de los extremos del ataúd asomó a la superficie. Cortó un trocito de la tapa para comprobar que lo había sacado por el extremo correcto y, después, tras colocarlo verticalmente, arrancó con la ayuda de su cuchillo la parte superior. Allí estaba, apoyado contra la tapa del ataúd, el pequeño y arrugado cuerpo de Abdul, vendado como si fuese un niño recubierto de talco.

Estaba a punto de animar al espíritu de la Magia Negra a que hiciera su aparición cuando me vinieron a la cabeza las palabras de Machmout: «La Magia Negra le acompaña, puede levantar a los muertos», y una repentina e irresistible curiosidad, que redujeron el horror y el disgusto a meras sensaciones sin efecto, me asaltó.

—Espera —le susurré a Weston—. Va a usar la Magia Negra.
De nuevo el viento se detuvo un instante, y de nuevo, en el silencio que siguió, oí las protestas del carroñero, esta vez más cerca, y pensé que en esta ocasión había oído a varias aves. Achmet, mientras tanto, había dejado la cabeza libre de envoltorios y había retirado la venda que, tras la muerte, se suele colocar rodeando la barbilla para que la mandíbula permanezca cerrada, y que en los entierros árabes siempre se deja atada. Desde donde nos encontramos pude ver perfectamente cómo se abría la mandíbula al desatarse la venda, como si, aunque el viento nos acercara los atroces olores de la mortalidad, los músculos aún no hubieran adquirido la rigidez propia de un hombre que llevaba muerto sesenta horas. Pero aun así, una curiosidad cruda y ardiente por ver qué haría a continuación aquel demonio impío, sofocó cualquier otro sentimiento en mi interior. Él no pareció notar, y mucho menos sentirse importunado por aquella boca siniestramente abierta, y siguió moviéndose ágilmente a la luz de la luna.

Tomó de un bolsillo de sus ropas, que estaban al lado, dos pequeños objetos negros que ahora reposan a buen recaudo entre el cieno del lecho del Nilo, y los restregó enérgicamente entre sí. Gradualmente, empezaron a iluminarse, cada vez con más intensidad, con una luz pálida, enfermiza y amarillenta, y de sus manos surgió una ondulante y fosforescente llama. Colocó uno de estos cubos en la boca del muerto, y el otro en la suya propia, y tomando al difunto entre sus brazos, como si pensara bailar con él, empezó a pasar bocanadas de aliento de su boca a la del muerto, que presionaba contra la suya. De repente retrocedió con una fugaz expresión de maravilla, y quizá de horror, y por un momento permaneció aparentemente indeciso, ya que el cubo que el difunto tenía en la boca no yacía cómodamente en su interior, sino que estaba fuertemente apresado entre sus dientes. Tras aquel momento de indecisión, regresó rápidamente hasta sus ropas y tomó el cuchillo con el que había abierto la tapa del ataúd, y mientras lo agarraba con una mano escondida tras la espalda, con la otra retiró el cubo de la boca del muerto, no sin esfuerzo, y habló.

—Abdul —dijo—, soy tu amigo, y juro que le entregaré tu dinero a Mohamed si me dices dónde está.
Estoy completamente seguro de que los labios del muerto se movieron y de que los párpados se contrajeron por un instante como las alas de un pájaro herido, pero a la vista de tal horror fui incapaz de ahogar el grito que subió a mis labios, y Achmet se giró en redondo. A continuación el espíritu de la Magia Negra surgió de entre las sombras de los árboles y se plantó frente a él. El miserable permaneció un momento sin saber cómo reaccionar; después, con las rodillas temblando, se dio la vuelta para iniciar la huida, pero tropezó y cayó al interior de la tumba que acababa de abrir.

Weston se volvió hacia mí con enfado, dejando caer los ojos y los dientes de su disfraz.
—¡Lo has estropeado todo! —gritó—. Podría haber sido lo más interesante...
Después, sus ojos se posaron en el difunto Abdul, que nos contemplaba con los ojos completamente abiertos desde su ataúd. A continuación empezó a balancearse, se tambaleó y acabó por caer, quedando boca abajo en la tierra. Por un momento permaneció allí, y después el cuerpo rodó lentamente sobre sí mismo sin una causa visible que justificara el movimiento hasta que quedó de cara al cielo. El rostro estaba cubierto de polvo, y el polvo se había mezclado con sangre fresca. Un clavo se había enganchado en las vendas que le rodeaban, desgarrando las ropas con las que había fallecido (ya que los árabes no lavan a sus muertos) y dejando al descubierto el hombro desnudo.

Weston intentó decir algo, pero no lo logró. Por fin se recompuso.
—Iré a informar a la Policía —dijo—, si te quedas aquí y te aseguras de que Achmet no salga de ahí.
Pero me negué en redondo a hacerlo y, tras cubrir el cuerpo con el ataúd para protegerlo de los carroñeros, inmovilizamos a Achmet con la cuerda que él mismo había utilizado esa noche y le llevamos hasta Luxor.
A la mañana siguiente Mohamed vino a vernos.
—Ya decía yo que Achmet sabía dónde estaba el dinero —dijo exultante.
—¿Dónde estaba?
—En una pequeña bolsa atada alrededor del hombro. El muy perro ya había empezado a buscarla. Vean —y la extrajo de su bolsillo—. Está todo aquí, en billetes bancarios ingleses de cinco libras cada uno, y hay veinte en total.

Nuestra conclusión era ligeramente diferente, ya que incluso Weston podrá admitir que la intención de Achmet era descubrir el secreto del tesoro de los labios del muerto, para después volver a asesinarlo y enterrarlo. Pero eso es pura conjetura. El otro punto de interés de la historia reside en los dos cubos negros que recogimos, y que resultaron estar grabados con curiosos caracteres. Una noche los puse en la mano de Machmout, mientras exhibía para nosotros sus curiosos poderes de «transferencia mental», y el efecto fue que gritó con fuerza, diciendo que la Magia Negra había llegado. Aunque no acababa de estar convencido, me pareció que estarían más a salvo en el fondo del Nilo. Weston refunfuñó un poco, y dijo que le hubiera gustado llevarlos al Museo Británico, pero estoy seguro de que eso es algo que se le ocurrió después.

E.F. Benson (1867-1940)


Más relatos de E.F. Benson. I Relatos góticos. I Relatos de terror.


Más literatura:
El resumen del cuento de E.F. Benson: En la tumba de Abdul Ali (At Abdul Ali's grave) fue escrito por El Espejo Gótico. Para su utilización escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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