«La sonrisa muerta»: F. Marion Crawford; relato y análisis.


«La sonrisa muerta»: F. Marion Crawford; relato y análisis.




La sonrisa muerta (The Dead Smile) es un relato de terror del escritor británico Francias Marion Crawford (1854-1909), publicado originalmente en la edición de agosto de 1899 de la revista Ainslee's; y luego reeditado en la antología de 1911: Cuentos misteriosos (Uncanny Tales). Posteriormente aparecería en 65 relatos para temblar de miedo (65 Great Spine Chillers) y Un siglo de historias de terror (A Century Of Horror Stories)

Antes de comenzar a analizar La sonrisa muerta, uno de los mejores cuentos de Francis Marion Crawford, es pertinente mencionar algunas influencias. Dos de ellas son evidentes: Edgar Allan Poe y Nathaniel Hawthorne, particularmente los cuentos Berenice (Berenice), La caída de la Casa Usher (The Fall of the House of Usher) y La Casa de los Siete Tejados (The House of the Seven Gables). Estas son historias sobre males familiares que son heredados por las generaciones más jóvenes, casi como una infección que se activa cuando el miembro más viejo de la familia fallece. En otras palabras, F. Marion Crawford emplea esta herencia maldita que parece entrar en conflicto entre el libre albedrío y el destino [ver: El horror hereditario y la enfermedad de Lovecraft]

En Berenice, Edgar Allan Poe sigue la obsesión morbosa de un hombre con los dientes de su prima. Es una historia cuyo punto de ebullición combina la necrofilia, entierros en vida y mutilación dental. E.A. Poe utilizó el motivo de los dientes para simbolizar el punto de contacto entre la lujuria física y la adoración espiritual. En La sonrisa muerta, F. Marion Crawford emplea el rictus post-mortem como símbolo de carnalidad, odio y maldad.

El risus sardonicus [«risa sardónica»] es un espasmo involuntario de los músculos faciales que produce una especie de sonrisa [al parecer, era común en los ahorcados]. El término también se utiliza para referirse a un fenómeno post-mortem que consiste en el retraimiento de los labios del difunto durante las primeras fases de la descomposición, generando lo que parece ser una sonrisa. Si bien la sonrisa muerta del relato de F. Marion Crawford tiene una fuente más sobrenatural que médica, funciona del mismo modo, al menos en el cuerpo de los difuntos Ockram; porque en este caso es un rictus contagioso, capaz de aparecer inesperadamente en el rostro de las personas vivas en Ockram Hall [ver: Psicología de las Casas Embrujadas]

La historia comienza con sir Hugh Ockram. El anciano está muriendo y sabe que irá al infierno. Fue un notorio libertino que arruinó la vida de muchas mujeres. Ahora yace en su lecho de muerte con el gesto de suficiencia del pecador impenitente que nunca se arrepentirá. Sir Hugh es anciano, pero la mujer que fue su nodriza [la señora MacDonald, una mujer centenaria] contempla con horror su rostro amarillento y contorsionado por la maldad. También están presentes su sobrina, Evelyn, y su hijo, Gabriel, que han venido a pedir su bendición para casarse. Malévolo hasta el final, sir Hugh señala cínicamente que su bendición no importa, pero que hay una muy buena razón por la que no deberían casarse, una razón que se niega a revelar. Se queda dormido y los novios salen a reflexionar sobre el significado de este secreto.

En la bóveda familiar, debajo de Ockram Hall, yacen los cadáveres de generaciones de libertinos. Gabriel solo espera no haber heredado su maldad. El joven relata la historia de un antepasado que fue decapitado, cuya cabeza tiene el pernicioso hábito de salir rodando de su ataúd y mostrar una sonrisa muy parecida a la de sir Hugh, una rictus presente en todos los Ockram desde entonces. Adentro, mientras oscurece, la nodriza MacDonald cree ver a una mujer en la ventana, una mujer que se parece a Evelyn, con los labios fríos y muertos manchados de sangre. El fantasma de repente muestra sus colmillos y emite un gemido espeluznante. La nodriza supone que es un sueño, pero cuando la sirvienta menciona que ella también ha visto a la figura [y comenta su similitud con Evelyn], la nodriza decide que era el alma en pena de la familia y se estremece de miedo.

Conmovida, la señora MacDonald se coloca al lado de la cama de sir Hugh y le ruega que revele su «secreto» en nombre de todas las mujeres que ha destruido: su madre [no sabemos cómo], su desconsolada esposa y su amante abandonada. Sin preocuparse por su alma, sir Hugh la rechaza, sonriendo maliciosamente. De repente, Evelyn entra en la habitación, mira hacia afuera y ve a su doppelgänger en la ventana. Momentos después, sir Hugh muere con el rostro contorsionado en esta sonrisa malvada; y Evelyn siente que en su propio rostro comienza a insinuarse un rictus similar, que no puede detener a pesar de sus esfuerzos. Sir Hugh es llevado a la bóveda. Los sirvientes que lo trasladan se niegan a mirarse: cada uno luce una macabra sonrisa involuntaria que no se desvanece hasta que han salido de la bóveda.

Tiempo después, Gabriel y Evelyn organizan una fiesta para anunciar su próxima boda. Cuando los invitados se disponen a brindar, resuenan gritos en el salón: el rostro de cada persona está torcido por la sonrisa macabra que no pueden reprimir. Se produce una huida precipitada. Los únicos que quedan son Gabriel y Evelyn, sentados uno junto al otro, incapaces de mirarse porque saben que en el rostro del otro está la sonrisa muerta. Sin embargo, esto no es lo peor. Ambos comienzan a sentir el impulso irresistible de visitar la bóveda para ver el rostro de sir Hugh una vez más.

Una noche, casi al borde de la locura, Gabriel se arrastra hasta la bóveda para ver a su padre muerto. Mientras camina por los pasillos, baja las escaleras y se adentra en la oscuridad y el moho, reprime la sonrisa muerta en sus propios labios. Finalmente encuentra el ataúd y retira la mortaja. El rostro de sir Hugh, horriblemente deteriorado, todavía muestra una sonrisa de odio, pero Gabriel se siente atraído por algo que el cadáver sostiene entre sus dedos: un paquete que contiene su «secreto». No se trata de una confesión, sino de un alarde escrito, una jactancia del mal que sir Hugh ha cometido en vida.

Según este testimonio, la madre de Evelyn [que era hermana de la esposa de sir Hugh] había estado casada con uno de los camaradas de sir Hugh en el ejército británico. El hombre murió en Afganistán. Sir Hugh la llevó a vivir a Ockram Hall, la sedujo, la embarazó y rechazó a su esposa [madre de Gabriel], que murió de vergüenza. Poco después del nacimiento de Evelyn, hizo lo mismo con su madre, y crió a la niña como su sobrina. Su deseo era ver a su hijo casarse con su media hermana para atormentar el alma de estas dos mujeres: su difunta esposa y su cuñada. Escribió el relato de sus acciones con la esperanza de que algún día, quizás cuando Gabriel y Evelyn estuviesen casados y con hijos, se enteraran de su incesto. En cierto modo, les heredaría el «secreto», que Gabriel y Evelyn se verían obligados a perpetuar para no arruinar la vida de sus propios hijos [endogámicos].

Al leer esto, Gabriel agradece que hayan retrasado la boda. Levanta la vista y ve que la mandíbula de sir Hugh se relaja y se abre; su sonrisa se desvanece. De repente nota a alguien más detrás de él. Es Evelyn, que lo ha seguido hasta la bóveda y ha leído el manuscrito por encima de su hombro. Por un momento se miran, luego se abrazan, tristes pero agradecidos, como hermanos.

Hay muchos elementos para analizar en La sonrisa muerta de F. Marion Crawford. Lo primero que asombra es la cantidad de tropos góticos: amantes desafortunados, maldiciones familiares, incesto, antiguas mansiones familiares, bóvedas decrépitas, patriarcas siniestros, fantasmas, secretos y... banshees. Su delicioso goticismo se adentra en lo sobrenatural pero sin hacerlo obvio, empleando sugerencias e insinuaciones para forzar al lector a interpretar los eventos más sensacionales. El alma en pena, la cabeza que se rehúsa a permanecer en el ataúd, el cadáver de pie, las sonrisas inquietantes y todas las coincidencias que unen a Gabriel y Evelyn en una red, parecen genuinamente sobrenaturales, pero en realidad son vulnerables a la investigación escéptica: la cabeza y el cadáver pueden haber sido movidos por un sirviente bromista [o rencoroso], la mujer en la ventana y las sonrisas pueden ser muestras de histeria colectiva. Sin embargo, tal vez son exactamente lo que parecen [ver: Casas como metáfora de la psique en el Horror]

La sonrisa muerta parece terminar con una nota feliz: Gabriel y Evelyn descubren que son hermanos, se aceptan como tales y la boda se cancelará. El plan siniestro de sir Hugh ha sido desbaratado. El lector sacude la cabeza, se frota los ojos, y se pregunta si todos estos elementos sobrenaturales fueron causados sólo por sugerencias y completados con sus propias expectativas. Sin embargo, tampoco estamos seguros de que sea un final feliz. En efecto, al final Evelyn llama a Gabriel «mi hermano», y se abrazan, pero, en una consideración más detallada, no sabemos qué ocurrió después. Es un final relativamente vago, donde la posibilidad de que Evelyn y Gabriel se casaran más adelante, aún sabiendo que son hermanos, sigue siendo válida [ver: Casa Tabú]

De hecho, podríamos preguntarnos si los jóvenes amantes ya sospechaban de su relación incestuosa, autoproclamándose actores condenados de un melodrama gótico. Al principio esperan la «bendición» de sir Hugh [que no obtienen], pero después de la muerte del anciano no hay razón para postergar la boda; sin embargo, la postergan durante varios meses. Más aún, F. Marion Crawford no hace mucho por ocultar que hay algo extraño entre Evelyn y Gabriel; más bien todo lo contrario. La insinuación de que son dos hermanos a punto de contraer un matrimonio es bastante obvia desde el principio

Si bien este final seguramente resulta artificial o insatisfactorio para el lector moderno, es importante mencionar que Francis Marion Crawford estaba derribando el final convencional de las novelas góticas, el cual generalmente involucra alguna forma de incesto involuntario y cuya revelación conduce a la locura o el suicidio de alguno de los protagonistas. Al hacer que Evelyn y Gabriel sobrevivan a esta prueba, F. Marion Crawford no solo está desafiando un motivo común en la literatura gótica, sino que no les hace perder la razón [o la vida], sino que les permite recuperarla. En efecto, Evelyn y Gabriel no enloquecen ni son empujados a una furia homicida al descubrir que son hermanos: se abrazan y siguen adelante.

De este modo, una maldición familiar puede ser vencida por la fuerza de voluntad; los pecados del padre pueden ser absueltos por la resolución del hijo. Uno no puede simplemente aceptar que los errores de nuestros padres se perpetúan invariablemente en nosotros. No podemos refugiarnos en la predestinación. Sin embargo, F. Marion Crawford no cierra la puerta a una interpretación inversa: Evelyn y Gabriel se reconocen como hermanos, se abrazan y siguen adelante... como pareja.

Ahora bien, el elemento central del relato es la «sonrisa muerta», este rictus que vemos en el rostro de sir Hugh y luego sobre los labios de Evelyn y Gabriel. ¿Se trata de una maldición familiar? ¿De un rasgo degenerativo en la familia? Si es así, ¿por qué la centenaria nodriza Macdonald también lo tiene? ¿Acaso ella también es la hija bastarda de algún Ockram? Ciertamente es curiosa la presencia de esta mujer centenaria que cuidó a sir Hugh cuando era un bebé, y que ahora está maternalmente presente en su lecho de muerte. De hecho, la nodriza MacDonald intenta que sir Hugh confiese su «secreto» [que ella sospecha y calla] para que su alma descanse en paz. ¿La malevolencia de sir Hugh, queriendo hacer sufrir eternamente a sus mujeres a través de la unión incestuosa entre Evelyn y Gabriel es una especie de castigo a su verdadera madre? Quizás la señora MacDonald es su madre después de todo, quizás no. Nunca lo sabremos [ver: La Casa Embrujada como representación del cuerpo de la mujer]

¿Y qué hay de la banshee con la cara de Evelyn que aparece en la ventana? Casi con certeza es el fantasma de la madre de Evelyn, seducida y abandonada por sir Hugh.

La sonrisa muerta de F. Marion Crawford tiene una cadencia singular, pero el horror de la historia no está unido de manera explícita y coherente. Evelyn parece decididamente lenta en la comprensión de las insinuaciones de la señora Macdonald, aunque dada su declaración final, tal vez deberíamos concluir que no se permitió darse cuenta de talas implicaciones. Uno se pregunta sobre el plan de sir Hugh. Causó de alguna manera la obsesión de Gabriel, pero calculó mal la intensidad apropiada para hacerle descubrir el documento solo después de haberse casado y engendrado hijos con Evelyn. A propósito, ¿cómo terminó el documento en manos del cadáver? ¿Acaso sir Hugh dispuso que algún sirviente lo colocara entre sus manos tiempo después de ser inhumado en la bóveda? Esta sería una explicación lógica, pero sabemos que las cosas se mueven solas en esa cripta todo el tiempo, como la cabeza inquieta de Vernon Ockram.




La sonrisa muerta.
The Dead Smile, F. Marion Crawford (1854-1909)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Sir Hugh Ockram sonrió sentado junto a la ventana abierta de su estudio a finales de agosto por la tarde. Una nube curiosamente amarilla oscureció el sol poniente, y la clara luz del verano se volvió espeluznante, como si de repente hubiera sido envenenada y contaminada por los viles vapores de una plaga. El rostro de sir Hugh parecía, en el mejor de los casos, estar hecho de un fino pergamino, como una piel sobre una máscara de madera. Los ojos hundidos miraban desde abajo de los párpados arrugados, vivos y vigilantes como sapos en sus agujeros, uno al lado del otro y exactamente iguales. Pero cuando la luz cambió, un pequeño resplandor amarillo brilló en cada uno. Sonrió, estirando los labios pálidos sobre los dientes descoloridos en una expresión de profunda autosatisfacción, mezclada con el odio y el desprecio más implacables por la muñeca humana.

La nodriza Macdonald, que tenía cien años, dijo que cuando sir Hugh sonrió, vio los rostros de dos mujeres en el infierno: dos mujeres muertas a las que había traicionado. La sonrisa se ensanchó.

La espantosa enfermedad de la que sir Hugh se estaba muriendo le había tocado el cerebro. Su hijo estaba a su lado, alto, blanco y delicado como un ángel en un cuadro antiguo. Y aunque había una profunda angustia en sus ojos violetas mientras miraba el rostro de su padre, sintió la sombra de esa sonrisa repugnante atravesando sus propios labios, separándolos y atrayéndolos contra su voluntad. Era como un mal sueño, porque trató de no sonreír y sonrió aún más.

A su lado, extrañamente parecida a él en su pálida y angelical belleza, con el mismo cabello dorado oscuro, los mismos ojos violetas tristes, el mismo rostro luminoso y pálido, Evelyn Warburton apoyó una mano en su brazo. Mientras miraba a los ojos de su tío, no pudo apartar los suyos y también supo que la sonrisa mortal se cernía sobre sus propios labios rojos, atrayéndolos con fuerza sobre sus pequeños dientes, mientras dos lágrimas brillantes corrían por sus mejillas hasta su boca. La sonrisa era como la sombra de la muerte y el sello de la condenación sobre su rostro puro y joven.

—Por supuesto —dijo sir Hugh muy lentamente, sin dejar de mirar los árboles—, si ha decidido casarse, no puedo impedírselo, y supongo que no concederá la menor importancia a mi consentimiento.

—¡Padre! —exclamó Gabriel con reproche.

—No. No me engaño a mí mismo —continuó el anciano, sonriendo terriblemente—. Te casarás cuando yo esté muerto, aunque hay una muy buena razón por la que es mejor que no —dijo con mucho énfasis, y lentamente volvió sus ojos de sapo hacia los amantes.

—¿Qué razón? —preguntó Evelyn con voz asustada.

—No importa la razón, querida. Te casarás como si no existiera —hubo una larga pausa—. Dos se han ido —dijo, bajando la voz extrañamente—, y dos más serán cuatro, todos juntos por los siglos de los siglos, ardiendo, ardiendo, ardiendo brillantemente.

Con las últimas palabras, su cabeza se hundió lentamente hacia atrás, y el pequeño brillo de sus ojos de sapo desapareció bajo los párpados hinchados. Sir Hugh se había quedado dormido, como solía hacer cuando estaba enfermo, incluso mientras hablaba.

Gabriel Ockram apartó a Evelyn y salieron al vestíbulo en penumbras. Cerrando suavemente la puerta detrás de ellos, cada uno respiró audiblemente, como si hubieran pasado algún peligro repentino. Mientras ponían sus manos el uno en el otro, sus ojos se encontraron en una larga mirada en la que el amor y la perfecta comprensión se vieron oscurecidos por el terror secreto de una cosa desconocida. Sus rostros pálidos reflejaban el miedo del otro.

—Es su secreto —dijo Evelyn por fin—. Nunca nos dirá qué es.

—Si muere con él —respondió Gabriel—, ¡que sea sobre su propia cabeza!

—¡Sobre su propia cabeza! —repitió el oscuro salón.

Fue un eco extraño. Algunos se asustaban con eso, porque decían que si fuera un eco real, debería repetirlo todo y no devolver una frase aquí y allá, ahora hablando, ahora callando. La nodriza Macdonald dijo que el gran salón nunca resonaba una oración cuando un Ockram estaba a punto de morir, aunque devolvería las maldiciones diez por una.

—¡Sobre su propia cabeza! —se repitió en voz muy baja, y Evelyn se sobresaltó y miró a su alrededor.

—Es sólo el eco —dijo Gabriel, llevándola lejos.

Salieron a la luz de la tarde y se sentaron en un asiento de piedra detrás de la capilla, que había sido construida al final del ala este. Estaba muy silencioso. Ni un suspiro se agitó, y no se oía ningún sonido cerca de ellos. Sólo a lo lejos, en el parque, un pájaro silbaba el alto preludio del coro vespertino.

—Es muy solitario aquí —dijo Evelyn, tomando la mano de Gabriel con nerviosismo y hablando como si temiera perturbar el silencio—. Si estuviera oscuro, tendría miedo.

—¿De qué? ¿De mí?

Los ojos tristes de Gabriel se volvieron hacia ella.

—¡Oh, no! ¡Nunca de ti! Pero sí de los viejos Ockram. Dicen que están justo debajo de nuestros pies, aquí en la bóveda norte fuera de la capilla, todos en sus mortajas, sin ataúdes, como solían enterrarlos.

—Como siempre lo harán. Como enterrarán a mi padre y a mí. Dicen que un Ockram no yacerá en un ataúd.

—Pero no puede ser verdad. ¡Estos son cuentos de hadas, historias de fantasmas!

Evelyn se acurrucó más cerca de su compañero, agarrando su mano con más fuerza cuando el sol comenzó a ponerse.

—Por supuesto. Pero está la historia del anciano sir Vernon, quien fue decapitado por traición bajo el reinado de James II. La familia trajo su cuerpo del patíbulo en un ataúd de hierro con cerraduras pesadas y lo puso en la bóveda norte. Cada vez que se abría la bóveda para enterrar a otro miembro de la familia, encontraban el ataúd abierto de par en par, el cuerpo de pie contra la pared y la cabeza rodando en un rincón, sonriendo.

—¿Cómo sonríe el tío Hugh?

Evelyn se estremeció.

—Sí, supongo que sí —respondió Gabriel, pensativo—. Por supuesto, nunca lo vi, y la bóveda no se ha abierto en treinta años. Ninguno de nosotros ha muerto desde entonces.

—Y si... si el tío Hugh muere, ¿tú...?

Evelyn se detuvo. Su hermoso rostro delgado estaba bastante blanco.

—Sí. Lo veré acostado allí también, con su secreto, sea lo que sea —Gabriel suspiró y apretó la manita de la chica.

—No me gusta pensar en eso. Oh Gabriel, ¿cuál puede ser el secreto? Dijo que sería mejor que no nos casáramos. No es que lo prohibiera, pero lo dijo de manera tan extraña, y sonrió. ¡Ugh! —sus pequeños dientes blancos castañetearon con miedo, y miró por encima del hombro mientras se acercaba aún más a Gabriel—. De alguna manera, lo sentí en mi propia cara.

—Yo también —respondió Gabriel en voz baja y nerviosa—. La nodriza Macdonald... —se detuvo abruptamente.

—¿Qué? ¿Qué hizo ella?

—Oh, nada. Me ha dicho cosas... Te asustarían, querida. Ven, que hace frío.

Se levantó, pero Evelyn sostuvo su mano entre las suyas, todavía sentada y mirándolo a la cara.

—Pero nos casaremos de todos modos. ¡Gabriel, di que lo haremos!

—Claro, cariño, claro. Pero mientras mi padre esté tan enfermo, es imposible...

—¡Oh Gabriel, Gabriel, querido! ¡Ojalá estuviéramos casados ahora! —Evelyn gritó con repentina angustia—. Sé que algo lo impedirá y nos mantendrá separados.

—¡Nada lo hará!

—¿Nada?

—Nada humano —dijo Gabriel Ockram, mientras la atraía hacia él.

Y sus rostros, que eran tan extrañamente parecidos, se encontraron y se tocaron. Gabriel sabía que el beso tenía un maravilloso sabor a maldad. Los labios de Evelyn eran como el aliento fresco de un miedo dulce y mortal que ninguno de los dos entendía, pues eran inocentes y jóvenes. Sin embargo, ella lo atrajo con su toque más ligero, como una planta carnívora se estremece, agita sus hojas delgadas y se dobla y se cierra suavemente sobre lo que quiere. Él se dejó atraer por ella voluntariamente, como lo haría incluso si su toque hubiera sido mortal y venenoso, porque extrañamente amaba ese voluptuoso aliento de miedo, y deseaba apasionadamente el mal sin nombre que acechaba en sus labios de doncella.

—Es como si nos amáramos en un sueño extraño —dijo.

—Temo despertar.

—No despertaremos, querida. Cuando el sueño termine, ya se habrá convertido en muerte, tan suavemente que no lo sabremos. Pero hasta entonces...

Hizo una pausa mientras sus rostros se acercaban lentamente. Era como si cada uno tuviera pensamientos en sus labios que preveían y conocían al otro.

—Hasta entonces —dijo de nuevo, muy bajo, su boca cerca de la de él.

—Sueño, hasta entonces.


II

La nodriza MacDonald dormía sentada en un gran y viejo sillón de cuero; muchas mantas calientes la envolvían, incluso en verano. Apoyaba los pies en un taburete forrado con piel de cordero mientras, a su lado, sobre una mesa de madera, había una lamparilla que ardía por la noche, y una vieja copa de plata en la que siempre había algo para beber.

Su rostro estaba muy arrugado, pero las arrugas eran tan pequeñas y finas y tan juntas que formaban sombras en lugar de líneas. Dos finos mechones de cabello, que iban cambiando del blanco al amarillo ahumado, caían sobre sus sienes por debajo de su gorra blanca almidonada. De vez en cuando se despertaba de su sueño, sus párpados se contraían en pequeños pliegues como pequeñas cortinas de seda rosa, y sus extraños ojos azules miraban directamente a través de puertas y paredes y mundos a un lugar lejano más allá. Luego volvía a dormir con las manos una sobre la otra en el borde de la manta, con los pulgares más largos que el resto de los dedos.

Era casi la una de la madrugada, y la brisa de verano agitaba las ramas de hiedra contra los cristales de la ventana con una caricia silenciadora. En la pequeña habitación de más allá, con la puerta entreabierta, la joven doncella que cuidaba de la nodriza Macdonald dormía profundamente. Todo estaba muy tranquilo. La anciana respiraba regularmente y sus labios dibujados temblaban cada vez que exhalaba.

Pero fuera de la ventana cerrada había una cara. Los ojos violetas miraban fijamente a la anciana durmiente. Extraño, ya que había veinticinco metros desde el alféizar de la ventana hasta el pie de la torre. Era como el rostro de Evelyn Warburton, pero las mejillas eran más delgadas que las de Evelyn y tan blancas como una sábana. Los ojos miraban fijamente y los labios estaban rojos de vida. Eran labios muertos pintados con sangre nueva.

Lentamente, los párpados arrugados de la nodriza Macdonald se plegaron y miró directamente a la cara que estaba en la ventana.

—¿Es tiempo? —preguntó con su vocecita vieja y lejana.

Mientras miraba, el rostro de la ventana cambió, los ojos se abrieron más y más hasta que el blanco brilló alrededor del violeta y los labios ensangrentados se abrieron sobre dientes relucientes. El sombrío cabello dorado que rodeaba la cara se levantó y ondeó contra la ventana con la brisa nocturna y, en respuesta a la pregunta de la nodriza Macdonald, se oyó un sonido que le heló la carne.

Era una voz quejumbrosa, que se elevó de repente, como el grito de una tormenta. Luego pasó de un gemido a un aullido, y de un aullido al chillido de los muertos torturados. Quien lo ha oído antes sabe, y puede dar fe, que el grito de la banshee es un grito maligno que solo se oye en la noche profunda.

Cuando terminó y la cara desapareció, la nodriza Macdonald se estremeció en su gran sillón. Miró el cuadrado negro de la ventana, pero allí no había nada más que la noche y la rama susurrante de la hiedra. Volvió la cabeza hacia la puerta que estaba entreabierta y allí estaba la joven doncella con su vestido blanco, con los dientes castañeteando de miedo.

—Ya es hora, niña —dijo la nodriza Macdonald—. Debo ir a él, porque es el final.

Se levantó lentamente, apoyando sus manos marchitas en los brazos del sillón mientras la muchacha le traía un vestido de lana, un gran manto y su muleta. Pero, muy a menudo, la niña miraba hacia la ventana y estaba destrozada por el miedo. Entonces la nodriza Macdonald sacudía la cabeza y decía palabras que la criada no podía entender.

—Era como la cara de la señorita Evelyn —dijo la chica temblando.

Pero la anciana miró hacia arriba bruscamente y con enojo. Sus extraños ojos azules brillaron. Se sujetó con la mano izquierda al brazo del gran sillón y levantó el bastón para golpear a la doncella con todas sus fuerzas. Pero no lo hizo.

—Eres una buena chica —dijo—, pero eres una tonta. Reza por ingenio, niña. Reza por ingenio, o encuentra servicio en una casa que no sea Ockram Hall. Ahora trae la lámpara y ayúdame a levantarme.

Cada paso que daba la nodriza Macdonald era un trabajo en sí mismo, y mientras se movía, las zapatillas de la criada repiqueteaban a su lado. Por el chasquido, los otros sirvientes sabían que se acercaba mucho antes de verla.

Ahora nadie dormía, y había luces, susurros y rostros pálidos en los pasillos cercanos al dormitorio de sir Hugh. A menudo, alguien entraba y alguien salía, pero todos dejaban paso a la nodriza Macdonald, que había cuidado al padre de sir Hugh hacía más de ochenta años.

La luz era suave y clara en la habitación. Gabriel Ockram estaba de pie junto a la cama de su padre, y allí estaba Evelyn Warburton de rodillas, con el pelo cayendo como una sombra dorada sobre los hombros y las manos entrelazadas con nerviosismo. Frente a Gabriel, una enfermera estaba tratando de hacer que sir Hugh bebiera. Sus labios se separaron, pero sus dientes estaban apretados. Estaba muy, muy delgado, y cuando sus ojos captaban la luz de costado eran como brasas amarillas.

—No lo atormente —dijo la nodriza Macdonald a la mujer que sostenía la taza—. Déjeme hablar con él, porque ha llegado su hora.

—Déjala hablar con él —dijo Gabriel con voz apagada.

La anciana se inclinó sobre la almohada y apoyó el peso ínfimo de su mano marchita —que era como una polilla adulta— sobre los dedos amarillos de sir Hugh. Entonces ella le habló con seriedad, mientras que solo Gabriel y Evelyn se quedaron en la habitación para escuchar.

—Hugh Ockram —dijo—, este es el final de tu vida; y como te vi nacer, y vi nacer a tu padre antes, vengo a verte morir. Hugh Ockram, ¿me dirás la verdad?

El moribundo reconoció la vocecita lejana que conocía de toda la vida y muy lentamente volvió su cara amarilla hacia la nodriza Macdonald, pero no dijo nada. Luego ella habló de nuevo.

—Hugh Ockram, nunca volverás a ver la luz del día. ¿Dirás la verdad?

Sus ojos de sapo aún no estaban apagados.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó, cada palabra sonaba más hueca que la anterior—. No tengo secretos. He vivido una buena vida.

La nodriza Macdonald se echó a reír, una risa diminuta y entrecortada que hizo que su vieja cabeza se balanceara y temblara un poco, como si su cuello estuviera sobre un resorte de acero. Pero los ojos de sir Hugh se enrojecieron y sus pálidos labios empezaron a torcerse.

—Déjame morir en paz —dijo lentamente.

Pero la nodriza Macdonald negó con la cabeza y su mano morena, parecida a una polilla, dejó la de él y aleteó hasta su frente.

—¡Por la madre que te dio a luz y murió de dolor por los pecados que cometiste, dime la verdad!

Los labios de sir Hugh se apretaron sobre sus dientes descoloridos.

—No en la tierra —respondió lentamente.

—¡Por la esposa que dio a luz a tu hijo y murió con el corazón roto, dime la verdad!

—Ni a ti en vida, ni a ella en muerte eterna.

Sus labios se retorcieron, como si las palabras fueran carbones, y una gran gota de sudor rodó por el pergamino de su frente. Gabriel Ockram se mordió la mano mientras veía morir a su padre. Pero la nodriza Macdonald habló por tercera vez.

—¡Por la mujer a la que traicionaste y que te espera esta noche, Hugh Ockram, dime la verdad!

—Es demasiado tarde. Déjame morir en paz.

Sus labios retorcidos comenzaron a sonreír a través de sus dientes amarillos, y sus ojos de sapo brillaron como joyas malignas en su cabeza.

—Hay tiempo —dijo la anciana—. Dime el nombre del padre de Evelyn Warburton. Entonces te dejaré morir en paz.

Evelyn miró a la nodriza Macdonald y luego a su tío.

—¿El nombre del padre de Evelyn? —repitió lentamente, mientras la espantosa sonrisa se extendía por su rostro moribundo.

La luz se estaba volviendo extrañamente tenue en la gran sala. Mientras Evelyn miraba, la sombra torcida de la nodriza Macdonald en la pared se hizo gigantesca. La respiración de sir Hugh se estaba volviendo espesa, traqueteando en su garganta, mientras la muerte se deslizaba como una serpiente y lo ahogaba. Evelyn oró en voz alta, alto y claro.

Entonces algo golpeó en la ventana y ella sintió que se le erizaba el cabello. Miró a su alrededor a pesar de sí misma. Y cuando vio su propio rostro blanco mirando por la ventana, sus propios ojos mirándola fijamente a través del vidrio —grandes y temerosos— su propio cabello ondeando y sus propios labios salpicados de sangre, se levantó lentamente y se quedó rígida antes de gritar una vez y caer de nuevo en los brazos de Gabriel. Pero el grito que respondió fue el grito de miedo de un cadáver atormentado, de un alma que no puede salir por vergüenza de los pecados capitales.

Sir Hugh Ockram se sentó derecho en su lecho de muerte, vio y gritó en voz alta:

—¡Evelyn!

Su voz áspera se quebró y traqueteó en su pecho mientras se hundía. Pero la nodriza Macdonald aún lo torturaba, porque aún le quedaba un poco de vida.

—Has visto a la madre mientras te espera, Hugh Ockram. ¿Quién era el padre de esta niña Evelyn? ¿Cómo se llamaba?

Por última vez, la espantosa sonrisa se dibujó en los labios torcidos, muy lentamente, ahora con mucha seguridad. Los ojos de sapo brillaron en rojo y la cara de pergamino resplandeció un poco en la luz parpadeante; por última vez llegaron las palabras.

—Lo saben en el infierno.

Entonces los ojos brillantes se apagaron rápidamente. El rostro amarillo se puso pálido como la cera, y un gran escalofrío recorrió el delgado cuerpo cuando Hugh Ockram murió.

Pero en la muerte todavía sonreía, porque sabía su secreto y lo mantuvo. Lo llevaría con él al otro lado, para yacer con él para siempre en la bóveda norte de la capilla donde los Ockram yacen sin ataúd en sus mortajas, todos menos uno. Aunque estaba muerto, sonrió, porque había guardado su tesoro hasta el final. No quedaba nadie para decir el nombre, solo el mal que no había deshecho para dar fruto.

Mientras miraban, la nodriza Macdonald y Gabriel, que sostenían a Evelyn, aún inconsciente en sus brazos mientras él miraba al padre, sintieron que la sonrisa muerta se arrastraba por sus propios labios. Luego se estremecieron cuando ambos miraron a Evelyn mientras ella yacía con la cabeza sobre el hombro de Gabriel, pues aunque era muy hermosa, la misma sonrisa repugnante también torcía su boca joven, y era como el presagio de un gran mal que no pudieron entender.

Poco a poco sacaron a Evelyn y, cuando abrió los ojos, la sonrisa desapareció. Desde la lejanía de la gran casa, el sonido del llanto y el canturreo subía por las escaleras y resonaba por los lúgubres pasillos mientras las mujeres comenzaban a llorar al amo muerto al estilo irlandés. El salón tuvo ecos propios durante toda la noche, como el aullido lejano del alma en pena entre los árboles del bosque.

Cuando llegó el momento, tomaron a sir Hugh en su mortaja sobre un féretro de caballetes y lo llevaron a la capilla, a través de la puerta de hierro, y bajaron por el largo descenso hasta la bóveda norte iluminada con velas, para acostarlo junto a su padre. Los dos hombres entraron primero para preparar el lugar y regresaron tambaleándose como borrachos, con el rostro blanco. Pero Gabriel Ockram no tenía miedo. Cuando entró, solo, vio el cuerpo de sir Vernon Ockram apoyado contra la pared de piedra. Su cabeza yacía en el suelo con la cara hacia arriba. Los labios de cuero seco sonreían horriblemente al cadáver, mientras que el ataúd de hierro, forrado con terciopelo negro, estaba abierto.

Gabriel tomó el cuerpo en sus manos —que era muy ligero, pues estaba bastante reseco por el aire de la bóveda— y los que se asomaron por la puerta vieron que lo volvía a poner en el ataúd. Lo oyeron susurrar al tocar los costados y el fondo, como un manojo de cañas. También colocó la cabeza sobre los hombros y cerró la tapa, que cayó con el chasquido de su resorte oxidado.

Después de eso, acostaron a sir Hugh junto a su padre, en el féretro sobre caballetes en el que lo habían traído, y regresaron a la capilla. Pero cuando se miraron a la cara, amo y hombres, todos sonreían con la sonrisa muerta del cadáver que habían dejado en la bóveda. No pudieron soportar mirarse de nuevo hasta que se desvaneció.


III

Gabriel Ockram se convirtió en sir Gabriel, heredando el baronet con la fortuna medio arruinada dejada por su padre, y Evelyn Warburton siguió viviendo en Ockram Hall, en la habitación sur que siempre había sido suya desde que podía recordar. No podía irse, porque no había parientes a los que pudiera acudir y, además, no parecía haber ninguna razón por la que no pudiera quedarse. El mundo nunca se preocuparía por lo que hicieran los Ockram en sus propiedades irlandesas. Hacía mucho tiempo que los Ockram se habían retirado del mundo.

Así que sir Gabriel ocupó el lugar de su padre en la vieja y oscura mesa del comedor, y Evelyn se sentó frente a él, hasta que terminara el duelo y pudieran casarse. Mientras tanto, sus vidas continuaron como antes, ya que sir Hugh había sido un inválido durante el último año de su vida, y lo habían visto solo una vez al día, pasando la mayor parte de su tiempo juntos en una compañía extrañamente perfecta.

Aunque el final del verano dio paso al otoño, y el otoño oscureció al invierno, y la tormenta siguió a la tormenta, y la lluvia cayó sobre la lluvia durante los días cortos y las noches largas, Ockram Hall parecía menos lúgubre desde que sir Hugh fue colocado en la bóveda norte junto a su padre.

En Víspera de Navidad Evelyn adornó el gran salón con acebo y ramas verdes. Enormes fuegos ardían en cada hogar. Se invitó a todos los inquilinos a asistir a una cena de Año Nuevo en la que comieron y bebieron bien, mientras sir Gabriel se sentaba a la cabecera de la mesa. Evelyn entró cuando trajeron el oporto y el más respetado de los inquilinos pronunció un discurso sobre su salud.

Cuando el orador dijo que había pasado mucho tiempo desde que Lady Ockram había existido, sir Gabriel se cubrió los ojos con la mano y miró hacia la mesa; un leve color apareció en las mejillas transparentes de Evelyn. Y, dijo el granjero canoso, hacía mucho tiempo que no había una Lady Ockram tan hermosa, y bebió a la salud de Evelyn Warburton.

Entonces todos los inquilinos se pusieron de pie y gritaron por ella. Sir Gabriel también se puso de pie, al lado de Evelyn. Pero cuando los hombres dieron la última y más fuerte ovación de todas, se oyó una voz que no era la de ellos, más alta, más feroz, más fuerte: un grito sobrenatural por la novia de Ockram Hall. Era tan fuerte que el acebo y las ramas verdes sobre la gran chimenea se estremecieron como si una brisa fresca soplara sobre ellas.

Los hombres se pusieron muy pálidos. Muchos dejaron sus vasos, otros los dejaron caer al suelo. Mirándose los unos a los otros, vieron que todos sonreían de forma extraña, una sonrisa muerta, como la del difunto sir Hugh.

El miedo a la muerte se apoderó repentinamente de todos, de modo que huyeron aterrorizados, cayendo unos sobre otros como bestias salvajes en el bosque en llamas cuando el espeso humo corre delante. Las mesas se volcaron, los vasos y las botellas se rompieron, y el vino se arrastró como sangre sobre el piso pulido.

Sir Gabriel y Evelyn se quedaron solos ante los restos de su banquete, sin atreverse a volverse para mirarse, porque cada uno sabía que el otro sonreía. Pero el brazo derecho de Gabriel la sujetó y su mano izquierda la apretó con fuerza. De no haber sido por las sombras de su cabello, uno podría no haber diferenciado sus rostros.

Escucharon largo rato, pero el grito no volvió a oírse y finalmente la sonrisa muerta se desvaneció de sus labios al recordar que sir Hugh Ockram yacía en la bóveda norte sonriendo en su mortaja, en la oscuridad, porque había muerto con su secreto.

Así terminó la cena de Año Nuevo. A partir de ese momento, sir Gabriel se volvió cada vez más silencioso y su rostro se volvió aún más pálido y demacrado que antes. A menudo, sin previo aviso y sin palabras, se levantaba como si algo lo moviera en contra de su voluntad. Salía a la lluvia o al sol hacia el lado norte de la capilla, se sentaba en el banco de piedra y miraba al suelo como si pudiera ver a través de él, a través de la bóveda de abajo y de la mortaja blanca en la oscuridad, a la sonrisa muerta que no moriría.

Siempre que salía de esa manera, Evelyn lo seguía y se sentaba a su lado. Una vez, como en el pasado, sus hermosos rostros se acercaron de repente; sus párpados estaban caídos y sus labios rojos estaban casi juntos. Pero cuando sus ojos se encontraron, se agrandaron y se volvieron salvajes, de modo que el blanco apareció en un anillo alrededor del violeta intenso. Les castañeteaban los dientes y sus manos eran como manos de cadáveres, por miedo a lo que había debajo de sus pies, y a lo que sabían pero no podían ver.

Una vez, Evelyn encontró a sir Gabriel solo en la capilla, de pie ante la puerta de hierro que conducía al lugar de la muerte con la llave en la mano, pero no la había metido en la cerradura. Evelyn se lo llevó, temblando, porque ella también se había sentido impulsada a ver de nuevo esa cosa terrible y a averiguar si había cambiado desde que la habían puesto allí.

—Me estoy volviendo loco —dijo Sir Gabriel, tapándose los ojos con la mano mientras se iba con ella—. Lo veo en mis sueños. Lo veo cuando estoy despierto. Me atrae, día y noche y, a menos que lo vea, moriré.

—Lo sé —respondió Evelyn—, lo sé. Es como él tejiese hilos de araña, atrayéndonos —ella se quedó en silencio por un momento, luego se sobresaltó violentamente, agarró su brazo con la fuerza de un hombre, y casi gritó las palabras—. ¡Pero no debemos ir allí! ¡No debemos ir!

Los ojos de sir Gabriel estaban medio cerrados y la agonía de su rostro no lo conmovió.

—Moriré, a menos que lo vuelva a ver —dijo en una voz tranquila que no era como la suya.

Y todo ese día y esa noche apenas habló, pensando en ello, siempre pensando, mientras Evelyn Warburton temblaba de pies a cabeza con un terror que nunca había conocido.

Una mañana gris de invierno fue sola a la habitación de la nodriza Macdonald, en la torre, y se sentó junto al gran sillón de cuero, apoyando su mano delgada y blanca sobre los dedos marchitos.

—Nodriza —dijo—, ¿qué fue lo que el tío Hugh debería haberte dicho la noche antes de morir? Debe haber sido un terrible secreto y, sin embargo, aunque le preguntaste, siento que lo sabes, y que sabes por qué solía sonreír tan terriblemente.

La cabeza de la anciana se movió lentamente de un lado a otro.

—Solo supongo... Nunca lo sabré —respondió lentamente con su vocecita rota.

—¿Pero qué supones? ¿Quién soy yo? ¿Por qué preguntaste quién era mi padre? Sabes que soy la hija del coronel Warburton y mi madre era la hermana de Lady Ockram, por lo que Gabriel y yo somos primos. Mi padre fue asesinado en Afganistán. ¿Qué secreto puede haber?

—No lo sé. Solo puedo suponer.

—¿Suponer qué? —preguntó Evelyn, suplicante, apretando las suaves manos marchitas, mientras se inclinaba hacia delante.

Pero los párpados arrugados de la nodriza Macdonald cayeron repentinamente sobre sus extraños ojos azules, y sus labios temblaron un poco, como si estuviera dormida.

Evelyn esperó.

Junto al fuego, la criada irlandesa tejía rápidamente. Sus agujas chasquearon como tres o cuatro relojes marcando uno contra el otro. La mujer tenía cien años y no le quedaban muchos días. Afuera, la rama de hiedra golpeó la ventana con la ráfaga invernal, como había golpeado contra el vidrio cien años atrás.

Entonces, mientras Evelyn estaba allí sentada, volvió a sentir el despertar de un horrible deseo: el repugnante deseo de bajar, bajar a la cosa de la bóveda norte, y abrir el toldo y ver si había cambiado; y tomó las manos de la nodriza Macdonald como para mantenerse en su lugar y luchar contra la terrible atracción de los malvados muertos.

Pero el viejo gato que calentaba los pies de la nodriza Macdonald, tendido siempre en el taburete, se levantó, se estiró y miró a Evelyn a los ojos, mientras arqueaba el lomo, engrosaba y erizaba la cola y sus feos labios rosados se contraían en una sonrisa diabólica, mostrando sus afilados dientes. Evelyn lo miró fijamente, medio fascinada por su fealdad. Luego, la criatura de repente sacó una pata con todas sus garras extendidas y arañó a la niña. De repente, el gato sonriente fue como el cadáver sonriente de abajo. Evelyn se estremeció hasta sus pequeños pies y se cubrió la cara con la mano libre para que la nodriza Macdonald no se despertara y viera la sonrisa muerta allí, porque podía sentirla.

La anciana ya había vuelto a abrir los ojos y tocó a su gato con la punta del bastón, con lo cual su espalda se hundió y la cola se encogió, y se deslizó de nuevo a su lugar. Pero sus ojos amarillos miraron de soslayo a Evelyn, entre las rendijas de sus párpados.

—¿Qué es lo que supone, nodriza? —preguntó la joven de nuevo.

—Algo malo, algo perverso. Pero no me atrevo a decírtelo, no sea que no sea cierto, y el solo pensamiento arruine tu vida. debéis casaros y pagar con vuestras almas su viejo pecado.

—Solía decirnos que no debíamos casarnos.

—Sí, él te dijo eso, tal vez. Pero fue como si un hombre pusiera carne envenenada frente a una bestia hambrienta y dijera no comas, pero nunca levantó la mano para quitar la carne. Esperaba que lo hicieras; porque de todos los hombres, vivos o muertos, Hugh Ockram fue el hombre más falso que alguna vez dijo una mentira cobarde, y el más cruel que jamás lastimó a una mujer débil, y el peor que jamás amó.

—Pero Gabriel y yo nos amamos —dijo Evelyn muy triste.

Los viejos ojos de la nodriza Macdonald miraban a lo lejos, a visiones lejanas que se elevaban en el aire gris del invierno en medio de las brumas de una antigua juventud.

—Si aman, pueden morir juntos —dijo, muy lentamente—. ¿Por qué has de vivir, si es verdad? Tengo cien años. ¿Qué me ha dado la vida? El principio es fuego, el final es un montón de cenizas, y entre el final y el principio está todo el dolor del mundo, déjame dormir, ya que no puedo morir.

Entonces los ojos de la anciana se cerraron de nuevo y su cabeza se hundió un poco más sobre su pecho.

Así que Evelyn se fue y la dejó, con el gato dormido en el taburete. La joven trató de olvidar las palabras de la nodriza Macdonald, pero no pudo, porque las escuchó una y otra vez en el viento, y detrás de ella en las escaleras. Y a medida que se enfermaba de miedo por el espantoso mal desconocido al que estaba ligada su alma, sintió que algo corporal la presionaba, la empujaba, la obligaba a pasar del otro lado. Sintió hilos que la atraían misteriosamente, y cuando cerró los ojos, vio en la capilla detrás del altar, la puerta baja de hierro por la que debía pasar para ir a la cosa.

Mientras yacía despierta por la noche, se cubrió la cara con la sábana para no ver sombras en la pared que la llamaban. El sonido de su propio aliento susurraba en sus oídos, mientras sostenía el colchón con las manos, para no levantarse e ir a la capilla. Hubiera sido más fácil si no hubiera habido un camino a través de la biblioteca, por una puerta que nunca estaba cerrada. Sería terriblemente fácil tomar su vela y atravesar suavemente la casa dormida. La llave de la bóveda estaba debajo del altar, detrás de una piedra que giraba. Ella conocía ese pequeño secreto. Podía ir sola y ver.

Pero cuando pensó en ello sintió que se le erizaba el cabello. Se estremeció tanto que la cama tembló, luego el horror la atravesó en un escalofrío que volvió a ser agonía, como una miríada de agujas heladas clavándose en sus nervios.


IV

El viejo reloj de la torre de la nodriza Macdonald dio la medianoche. Desde su habitación podía oír el crujido de las cadenas y las pesas en su caja en la esquina de la escalera, y el traqueteo de la palanca oxidada que levantaba el martillo. Lo había oído toda su vida. Sonó once golpes con claridad, y luego llegó el duodécimo con medio golpe sordo, como si el martillo estuviera demasiado cansado para continuar y se hubiera quedado dormido contra la campana.

El viejo gato se levantó del taburete y se estiró. La nodriza Macdonald abrió sus ojos y miró lentamente alrededor de la habitación a la luz tenue de la lámpara de noche. Tocó al gato con el bastón y éste se echó a sus pies. Bebió unas gotas de su taza y volvió a dormirse.

Pero abajo, sir Gabriel se irguió cuando sonó el reloj, porque había tenido un terrible sueño. Se despertó cuando se detuvo y volvió a latir furiosamente con su aliento, como una cosa salvaje liberada. Ningún Ockram había conocido el despertar del miedo, pero a veces sir Gabriel lo experimentaba mientras dormía.

Presionó sus manos contra sus sienes mientras se sentaba en la cama. Sus manos estaban heladas, pero su cabeza estaba caliente. El sueño se desvaneció lejos y en su lugar llegó el pensamiento que atormentaba su vida. Con este también vino la enfermiza torcedura de sus labios en la oscuridad. A lo lejos, Evelyn Warburton soñó que la sonrisa muerta estaba en su boca, y despertó —empezando por un pequeño gemido— con el rostro entre las manos, temblando.

Pero Sir Gabriel encendió una luz, se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro de su gran salón. Era medianoche y apenas había dormido una hora. En el norte de Irlanda las noches de invierno son largas.

—Me volveré loco —se dijo a sí mismo, tocándose la frente.

Sabía que era verdad. Durante semanas y meses, la posesión de la cosa se había apoderado de él como una enfermedad, hasta que no pudo pensar en nada sin pensar primero en eso. Y ahora, de repente, superó su fuerza, y supo que debía ser su instrumento o perder la cabeza. Sabía que debía hacer lo que odiaba y temía, si podía temer algo, o que algo se rompería en su cerebro y lo separaría de la vida mientras todavía estaba vivo. Tomó el candelabro en su mano, el pesado candelabro antiguo que siempre había usado el jefe de la casa. No pensó en vestirse, sino que fue como estaba, con su camisón de seda y sus pantuflas, y abrió la puerta.

Todo estaba muy quieto en la gran casa antigua. Cerró la puerta detrás de él y caminó sin hacer ruido sobre la alfombra a través del largo pasillo. Una brisa fresca sopló sobre su hombro y casi apagó la llama de su vela. Instintivamente se detuvo y miró a su alrededor, pero todo estaba en silencio y la llama vertical ardía constantemente. Siguió caminando e instantáneamente una fuerte corriente de aire estuvo detrás de él, casi extinguiendo la luz. Parecía impulsarlo en su camino, cesando cada vez que se volvía, regresando cuando continuaba: invisible, helada.

Bajó la gran escalera hasta el salón lleno de ecos y no vio nada más que la llama de la vela que se alzaba sobre la cera. El viento frío sopló sobre su hombro y a través de su cabello. Atravesó la puerta abierta y entró en la biblioteca de libros antiguos y estanterías talladas. Atravesó la puerta con estantes y lomos de incunables, que se cerró tras él con un suave clic.

Entró en el pasadizo de arco bajo, y aunque la puerta estaba cerrada detrás de él y encajaba firmemente en su marco, la brisa fría aún soplaba la llama hacia adelante mientras caminaba. No tenía miedo; pero su rostro estaba muy pálido y sus ojos estaban muy abiertos y brillantes, viendo ya en el aire oscuro la imagen de la cosa más allá. Pero en la capilla se quedó inmóvil, con la mano sobre la pequeña tablilla de piedra giratoria en la parte posterior del altar. En la tablilla estaban grabadas las palabras:

Clavis sepulchri Clarissimorum Dominorum De Ockram.

[«La llave de la bóveda de los señores más ilustres de Ockram»]

Sir Gabriel hizo una pausa y escuchó. Le pareció oír un sonido a lo lejos, en la gran casa donde todo había estado tan silencioso, pero no volvió a oírse. Sin embargo, esperó y miró hacia la puerta baja de hierro. Más allá, en el largo descenso, yacía su padre sin ataúd, muerto desde hacía seis meses, corrupto en su sudario pegajoso. El aire extrañamente preservado de la bóveda aún no había hecho su trabajo. Pero en las facciones espantosas de la cosa, con sus ojos medio secos y abiertos, todavía estaría la espantosa sonrisa con la que el hombre había muerto, la sonrisa que obsesionaba.

Cuando el pensamiento cruzó por la mente de sir Gabriel, sintió que sus labios se retorcían, y se golpeó la boca con el dorso de la mano tan ferozmente que una gota de sangre le corrió por la barbilla, y otra, y más, cayendo de nuevo sobre el pavimento de la capilla. Pero aun así sus labios magullados se torcieron.

Dio vuelta a la tablilla. No necesitaba un cierre más seguro, porque si cada Ockram hubiera sido encerrado en oro puro, y si la puerta hubiera estado abierta de par en par, no habría un hombre en Tyrone lo suficientemente valiente como para bajar a ese lugar, excepto el mismo Gabriel Ockram, con su rostro de ángel, sus manos delgadas y blancas, y sus ojos tristes e inquebrantables. Tomó la gran llave y la metió en la cerradura de la puerta de hierro. El ruido pesado y traqueteante resonó como pasos, como si un observador se hubiera parado detrás del hierro y estuviera corriendo dentro con pesados pies muertos. Y aunque estaba silencioso, el viento fresco venía detrás y sopló la llama de la vela contra el panel de hierro. Giró la llave.

Sir Gabriel vio que su vela estaba corta. En el altar había nuevas, con candelabros largos, así que encendió una y dejó la suyo ardiendo en el suelo. Apenas lo hizo su labio comenzó a sangrar nuevamente, y otra gota cayó sobre las piedras.

Abrió la puerta de hierro y la empujó contra la pared de la capilla, para que no se cerrara sola mientras él estaba dentro; y la horrible y fétida corriente de aire del sepulcro le golpeó el rostro. Entró. Bajó la suave pendiente con pasos firmes, sus pantuflas sueltas golpeando el pavimento mientras caminaba.

Sombreó la vela con la mano, y sus dedos parecían estar hechos de cera y sangre cuando la luz brilló a través de ellos. Y, a pesar de él, la corriente sobrenatural empujó la llama hacia adelante, hasta que estuvo azul sobre la mecha negra y pareció como si fuera a apagarse. Pero siguió adelante, con los ojos brillantes.

El pasadizo descendente era ancho, y no siempre podía ver las paredes por la luz que luchaba, pero sabía orientarse por el eco más grande y más lúgubre de sus pasos en el espacio mayor, y por la sensación de una pared distante. Se quedó inmóvil, casi encerrando la llama de la vela en el hueco de su mano. Podía ver un poco, porque sus ojos se estaban acostumbrando a la penumbra. Formas sombrías se perfilaban en la oscuridad, donde los féretros de los Ockram se amontonaban, uno al lado del otro, cada uno con su cuerpo erguido y amortajado, extrañamente preservado por el aire seco, como el caparazón vacío que arroja la langosta en verano. Y unos pasos delante de él vio claramente la forma oscura del ataúd de hierro sin cabeza de sir Vernon, y supo que estaba cerca de lo que buscaba.

Era tan valiente como cualquiera de esos muertos. Eran sus padres, y sabía que tarde o temprano él mismo yacería allí, junto a sir Hugh, secándose lentamente hasta convertirse en una cáscara de pergamino. Pero hasta el momento, todavía estaba vivo. Cerró los ojos mientras tres grandes gotas cayeron sobre su frente. Luego volvió a mirar, y por la blancura de la mortaja reconoció el cadáver de su padre, porque todos los demás estaban pardos por la edad. Dio cuatro pasos hasta llegar a él, y de repente la luz brilló recta y alta, derramando un resplandor amarillo, deslumbrante, sobre el fino lino que era todo blanco, excepto sobre la cara, y donde las manos unidas estaban apoyadas sobre el pecho. En esos lugares se habían extendido feas manchas, oscurecidas por los contornos de los rasgos y de los dedos fuertemente entrelazados. Había un hedor espantoso a muerte seca.

Mientras sir Gabriel miraba hacia abajo, algo se movió detrás de él, suavemente al principio, luego con más ruido, y algo cayó al suelo de piedra con un ruido sordo y rodó hasta sus pies. Empezó a retroceder y vio una cabeza marchita casi boca arriba en el pavimento, que le sonreía. Sintió el sudor frío en su rostro y su corazón latió dolorosamente.

Por primera vez en toda su vida, esa cosa maligna que los hombres llaman miedo se estaba apoderando de él, frenando las fibras de su corazón como un cruel conductor detiene a un caballo tembloroso, arañando su columna vertebral con manos heladas, levantándole el pelo con un aliento helado, trepando por su vientre con peso de plomo.

Sin embargo, se mordió el labio y se inclinó, sosteniendo la vela en una mano para levantar el sudario con la otra. Estaba pegada a la piel medio seca de la cara, y su mano temblaba como si alguien le hubiera golpeado en el codo, tiró de la tela, de modo que se desprendió con un pequeño sonido espantoso. Contuvo el aliento mientras lo sostenía, sin devolverlo todavía y sin mirar siquiera. El horror estaba trabajando en él y sintió que el viejo Vernon Ockram estaba de pie en su ataúd de hierro, sin cabeza, pero observándolo con su cuello cortado.

Mientras contenía la respiración sintió la sonrisa muerta retorciéndose en sus labios. Lleno de súbita ira por su propia miseria, arrojó hacia atrás el lino manchado de muerte y miró por fin. Apretó los dientes para no gritar en voz alta. Allí estaba lo que lo obsesionaba, lo que obsesionaba a Evelyn Warburton como una plaga. El rostro muerto estaba salpicado de manchas oscuras, y el fino cabello gris estaba apelmazado sobre la frente descolorida. Los párpados hundidos estaban entreabiertos y la luz de las velas brillaba sobre algo repugnante donde habían estado los ojos de sapo.

Pero, sin embargo, la cosa muerta sonreía como había sonreído en vida. Los espantosos labios estaban entreabiertos sobre los dientes lobunos, maldiciendo aún y desafiando al infierno, para siempre sonriendo en la oscuridad.

Sir Gabriel movió el sudario donde estaban las manos. Los dedos ennegrecidos y marchitos estaban cerrados sobre algo manchado. Temblando de pies a cabeza, pero luchando como un hombre en agonía por su vida, trató de tomar eso que parecía un paquete. Pero, cuando tiró de él, los dedos parecieron cerrarse con más fuerza. Cuando tiró con más fuerza, las manos y los brazos encogidos se levantaron del cadáver con una horrible apariencia de vida siguiendo su movimiento; luego, cuando por fin soltó el paquete sellado, las manos cayeron en su lugar aún dobladas.

Dejó la vela en el borde del féretro para romper los sellos. Arrodillado para tener una mejor luz, leyó lo que había dentro, escrito hacía mucho tiempo con la extraña letra de sir Hugh. Ya no tenía miedo.

Leyó cómo sir Hugh lo había escrito todo para que tal vez fuera un testimonio del mal y de su odio. Había escrito cómo había amado a Evelyn Warburton, la hermana de su esposa; y cómo su esposa había muerto de un corazón quebrantado con su maldición sobre ella. Escribió cómo Warburton y él habían luchado codo con codo en Afganistán, y Warburton había caído; pero Ockram había traído a la esposa de su camarada un año después, y la pequeña Evelyn, su hija, había nacido en Ockram Hall.

Y escribió cómo se había cansado de la madre, y ella había muerto con su maldición; y cómo Evelyn había sido criada como su sobrina, y cómo había confiado en que su hijo Gabriel y su hija, inocentes y sin saberlo, podrían amarse y casarse, y las almas de las mujeres a las que había traicionado podrían sufrir otra angustia antes de que la eternidad llegara. Y, por último, esperaba que algún día, cuando nada se pudiera deshacer, los dos encontraran su escritura y siguieran viviendo, como marido y mujer, sin atreverse a decir la verdad por el bien de sus hijos y la palabra del mundo.

Esto lo leyó, arrodillado junto al cadáver en la bóveda norte, a la luz de la vela del altar. Lo había leído todo y luego agradeció a Dios en voz alta por haber encontrado el secreto a tiempo. Cuando finalmente se puso de pie y miró el rostro muerto, éste había cambiado. La sonrisa se había ido. La mandíbula había caído un poco y los labios cansados y muertos estaban relajados. Y entonces hubo un soplo detrás de él, no frío como el que había soplado la llama de la vela cuando llegó, sino cálido y humano. Se volvió de repente.

Allí estaba ella, toda de blanco, con su cabello dorado. Ella se había levantado de la cama y lo había seguido sin hacer ruido. Cuando lo encontró leyendo, leyó por encima de su hombro.

Se sobresaltó violentamente cuando la vio, porque sus nervios estaban alterados. Entonces él gritó su nombre en ese tranquilo lugar de muerte:

—¡Evelyn!

—¡Mi hermano! —respondió ella suave y tiernamente, extendiendo ambas manos para encontrar las suyas.

F. Marion Crawford (1854-1909)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de F. Marion Crawford.


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El análisis, traducción al español y resumen del cuento de F. Marion Crawford: La sonrisa muerta (The Dead Smile), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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