«Las tierras malas»: John Metcalfe; relato y análisis


«Las tierras malas»: John Metcalfe; relato y análisis.




Las tierras malas (The Bad Lands) es un relato de terror del escritor inglés John Metcalfe (1891-1965), publicado originalmente en la edición del 15 de abril de 1920 de la revista Land and Water, y luego reeditado en la antología de 1925: La pierna humeante y otros relatos (The Smoking Leg and Other Stories).

Las tierras malas, sin dudas uno de los mejores cuentos de John Metcalfe, relata la historia de Brent Ormerod, un hombre que se recupera de un colapso nervioso en un viejo hotel ubicado una región apartada de Inglaterra. En uno de sus paseos por el campo, descubre una antigua torre, y una tierra extraña que se extiende detrás, una especie de paisaje onírico, surreal, que se superpone sobre nuestro plano de existencia.

SPOILERS.

Las tierras malas de John Metcalfe nos propone una excursión inquietante por aquel territorio incierto, el cual probablemente refleja una parte sombría del subconsciente del protagonista (ver: Los sueños como subrutinas del subconsciente en la ficción). En última instancia, es imposible discernir si esas tierras malas existen objetivamente, o si bien son una proyección de la psique perturbada de Ormerod y su compañero de aventuras, llamado Stanton-Boyles.

En este sentido, la idea de que el subconsciente, en este caso perturbado por un brote psicótico, puede proyectarse de algún modo sobre el paisaje y alterarlo radicalmente, al menos para la percepción del sujeto, contrasta con otras tierras malas de la ficción; igualmente tétricas pero de constitución sobrenatural. Hablamos aquí de un dispositivo conocido como Genius Loci; es decir, sitios protegidos por espíritus guardianes sumamente celosos de sus fronteras.

John Metcalfe se concentra en un tipo de horror muy particular, que involucra un conflicto entre el tiempo y el espacio. Las tierras malas, en términos objetivos, relata el delirio neurótico de dos hombres que creen que una casa, emplazada más allá de remotas dunas, así como los campos circundantes, son el epítome del mal concentrado, aunque el resto de las personas simplemente vean allí una mera granja. Pero el cuento sugiere mucho más que eso, y no hace absolutamente nada por aclarar nuestras dudas.

En muchos sentidos, Las tierras malas de John Metcalfe nos recuerda las mejores páginas de Walter de la Mare, Arthur Machen, Algernon Blackwood y H.P. Lovecraft, quien de hecho tenía en muy alta estima este relato en particular. El Horror Cósmico que evoca John Metcalfe, en definitiva, es insidioso, desconcertante, sobre todo por su carácter furtivo, sigiloso, con el cual se introduce en la vida de la gente ordinaria, cuya realidad se ve sacudida por fuerzas que no pueden entender ni controlar (ver: Cuando lo desconocido se cuela por las grietas de lo cotidiano).

Si bien Las tierras malas de John Metcalfe es un relato impecable en términos de ambientación y atmósfera, posee algunos problemas prácticos que también vale la pena subrayar. Por ejemplo: ¿Ormond irá a la cárcel? ¿Existe algún tipo de trastorno psicótico compartido entre Ormond y Stanton-Boyles, de manera tal que los delirios de uno refuerzan los del otro? (aunque de hecho no tenemos indicios de que éste último sea también neurótico). ¿Stanton-Boyles es el otro hombre que dormía en el granero? ¿El sueño de Ormond es realmente un recuerdo de su sueño caminando por las tierras malas? ¿Por qué están las iniciales de Hackney en la pieza de la rueca, siendo que sin dudas se trata de un producto producido en masa? ¿Es acaso la rueca una especie de máquina capaz de corromper el paisaje?

El final abrupto de Las tierras malas es, al menos para mí, sumamente satisfactorio y frustrante a la vez, debido a su naturaleza discordante. Es uno de esos finales que nos hacen pensar que nos hemos perdido algo en las páginas anteriores. ¿Por qué las iniciales de Hackney adquieren esa relevancia? ¿Qué significado oculto se nos escapa?

No tenemos respuestas concretas para ninguna de estas preguntas. Tal vez el lector sagaz pueda descifrarlas.




Las tierras malas.
The Bad Lands, John Metcalfe (1891-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)


Hace ya quince años que Brent Ormerod, buscando un cambio de escenario que lo ayudara a aliviar una tremenda neurosis, llegó a Todd hacia el final de un día de mediados de octubre. Un coche decrépito lo llevó al único hotel, donde sus habitaciones estaban debidamente ocupadas. Esta visión de sí mismo fue lo que le hizo deducir que era octubre, ya que recordaba claramente la particular tonalidad del ocaso. Hubiese preferido seguir a pie.

Decidió de inmediato que las cinco en punto era un momento inadecuado para llegar a Todd. La atmósfera, por así decirlo, no era receptiva. Había una cierta calidad repelente en el frío aire otoñal, y algo particularmente impactante en la forma en que brotaban pequeños vientos deslumbrantes en las calles oscuras para barrer las hojas caídas en remolinos furtivos.

La cena en el hotel apenas le trajo consuelo. La comida en sí era excepcional, y la habitación era alegre, sin embargo, una circunstancia trivial fue suficiente para enviarlo al piso de arriba con los nervios de punta. Lo pusieron en una mesa con un tuerto, y esa noche el ojo en blanco obsesionó todos sus sueños.

Pero durante los primeros ocho o nueve días en Todd, las cosas le fueron bastante bien. Se tomaba baños fríos frecuentes, hacía ejercicio regularmente, e intentaba regresar al hotel tan cansado físicamente que solo necesitaba meterse en la cama para quedarse dormido de inmediato. Le escribió a su hermana, Joan, en Kensington, comentándole que sus nervios ya habían mejorado y que solo parecía necesitaba dos semanas más para completar la cura.

Aquellos que han estado en Todd lo recuerdan como un lugar de tranquilo y reservado, situado en un pliegue de una larga continuidad de colinas bajas a lo largo de la costa de Norfolk. Ha sido denominado como un lugar tranquilo, un lugar donde las nubes perezosas se detienen sobre la brisa errante. Sin embargo, en sus proximidades el aspecto de la tierra es de alguna manera extraño, y es recomendable mantenerse alejado de las aldeas vecinas, como Salterton, por ejemplo.

Hay largos tramos de dunas de arena al oeste, y a su lado un campo de golf de nueve hoyos. Aquí, se encontraba una torre vieja y desmoronada, una estructura enigmática que a Brent le pareció interesante por su inutilidad. Detrás de ella, un camino inexplicable parecía conducir con gran decisión, incómodamente, a ninguna parte. Todd, pensó, era en muchos aspectos un buen lugar, pero detectó en él una tendencia a crecer desagradablemente.

Llegó a esta conclusión al final del noveno día, porque fue entonces cuando se dio cuenta de una inquietud peculiar, un malestar indescriptible.

Este sentimiento de inquietud, al principio, le fue imposible de explicar o analizar. Pensó que sus nervios habían mejorado mucho desde que había dejado Kensington, y que su salud general era buena. Decidió, sin embargo, que tal vez fuera necesario hacer más ejercicio, por lo que caminó por las dunas de arena hasta la extraña torre y el inexplicable camino que había detrás; en ocasiones, hasta tres veces por día.

Su incomodidad aumentó rápidamente. Al salir a caminar, se volvía consciente de un extraño hundimiento en su corazón y un trastorno moral peculiar que era muy difícil de describir. Estas sensaciones alcanzaban su punto máximo cuando llegaba al lugar, y sufría entonces lo que parecía ser una especie de dolor profundo, insondable, el dolor de la disolución espiritual.

Fue en el undécimo día cuando se le cruzó por la mente un leve indicio del significado de estos peculiares síntomas. Por primera vez se preguntó por qué cada una de sus divagaciones, desde su llegada a Todd, parecían conducirlo inevitablemente al mismo lugar donde las dunas de arena se fundían con la misteriosa torre. Algo en la estructura parecía haberlo magnetizado, y en ese estado de excitación que la visión producía en él, invariablemente, Brent se encontraba observando la torre y dotándola de características casi humanas.

Con su cúpula blanca y sus lados de estuco amarillo pálido, podría parecer en algún momento algo extravagantemente ridículo, una figura divertida de la que uno podría reírse mientras la señala con un dedo. Entonces, lo más probable es que su carácter cambiara un poco, y tomara el aspecto abrumado y abatido de un bufón cuya mejor broma no ha producido risas.

Brent era muy consciente de los peligros de una obsesión como esta, e inmediatamente resolvió robarle a la torre su fascinación malsana simplemente caminando directamente hacia ella, pasando de largo y siguiendo el camino que se extendía detrás.

Fue en la mañana de uno de los últimos días de octubre que salió del hotel con esta intención en mente. Llegó a las dunas a eso de las diez y avanzó con cierta dificultad en dirección a la torre. A medida que se acercaba, sus sensaciones acostumbradas se volvieron dolorosamente y aumentaron hasta tal punto que no pudo continuar su camino.

Recordó haber sido golpeado nuevamente con el carácter peculiar de la sinuosa carretera que se extendía ante él, en una distancia nebulosa donde todo parecía derretirse y nadar en vagas sombras. A su izquierda, la puerta estaba abierta, a su derecha amenazaba la forma grotesca de la torre.

Ahora lo había alcanzado, y su sombra cayó directamente sobre su camino. No se detuvo a examinarlo, sino que avanzó por la puerta abierta y entró en el sinuoso sendero. En el mismo momento, se sorprendió al notar que la dolorosa presión en su corazón se aliviaba de inmediato, y también toda aquella indescriptible inquietud.

Había caminado un poco antes de que otro hecho bastante notable llamara su atención. La zona ya no era un terreno vago, sino peculiarmente distinto, y pudo ver largas distancias sobre lo que parecían extensiones considerables de tierra gris, y de alguna manera triste con la melancolía más conmovedora, pero superficialmente, al menos, bien cultivada. Miró hacia atrás para echar un vistazo a Todd y al mar, pero se sorprendió al descubrir que en esa dirección todo el paisaje se había vuelto asombrosamente indistinto y sombrío.

No pasó mucho tiempo antes de que el aspecto lúgubre de esa tierra comenzara a deprimirlo y a deteriorar sus nervios. Debatió consigo mismo sobre la conveniencia de regresar de inmediato al hotel.

Encontró que lo ordinario, pensamientos insignificantes, se estaban cargando con una sugestión siniestra, y que el paisaje estaba desarrollando rápidamente una tonalidad que iba desde lo desagradable hacia lo macabro. Además, su reloj le decía que eran las once y media y que el almuerzo era a la una. Casi apresuradamente se dio la vuelta y comenzó a descender por el sinuoso camino.

Aproximadamente una hora después, llegó nuevamente a la torre y vio las dunas familiares que se extendían una vez más ante él. Por alguna razón, parecía haber encontrado el camino de regreso mucho más largo y difícil, y fue con un sentimiento de alivio que cruzó la puerta y viró su rostro hacia Todd.

No volvió a salir esa tarde. Se quedó fumando y pensando en el hotel. En el salón habló con un hombre que estaba sentado en una silla a su lado.

—¡Qué lugar tan extraño, detrás de las dunas!

El único comentario de su compañero fue un gruñido algo somnoliento.

—Detrás de la torre —siguió diciendo Brent Ormerod—. El lugar más triste y olvidado de Dios que puedas imaginar. Y estamos a pocos kilómetros de él.

El otro, despertado a la coherencia contra su voluntad, se volvió lentamente.

—No lo sé —dijo—. Hay una gran granja donde dices, y al otro lado de eso hay un río, y luego llegas a Harkaby.

Cerró los ojos y Brent se quedó para reflexionar sobre las muchas dificultades de sus comentarios.

En la cena encontró un oyente más comprensivo. El señor Stanton-Boyle había estado en Todd una semana cuando llegó Brent, y su rostro sensible y joven, con los ojos ansiosos y la rápida y nerviosa contracción de las cejas había llamado la atención del recién llegado desde el principio. Hasta ahora, de hecho, solo habían intercambiado lugares comunes, pero esta noche cada uno parecía más dispuesto a la intimidad. Comenzó Brent Ormerod.

—¿Supongo que has caminado por la zona de la torre? —dijo.

—No —respondió el otro—. Nunca voy allí ahora. Fui allí una o dos veces y eso fue suficiente.

—¿Por qué?

—Oh, me pone de los nervios de punta, eso es todo.

La conversación pasó a otros temas, y no fue hasta que ambos fumaron juntos, bebiendo además aguardiente en el salón, que se volvió al mismo tema. Llegaron a una conclusión notable.

—Esa área —dijo el compañero de Brent— es de alguna manera abominable. Debería explotar o algo así. No digo que siempre haya sido así. El año pasado, por ejemplo, no recuerdo haberlo notado en absoluto. Supongo que puede haber sido lo suficientemente deprimente, pero no era repulsiva como lo es ahora. Se ha vuelto abominable desde entonces, particularmente al suroeste.

Se despidieron después de acordar comparar notas sobre Todd.

Ormerod tuvo un sueño desolador en el que caminaba de un lado a otro en una tierra oscura y extraña, llena de suspiros y susurros abarrotados y sombríos, donde la brisa hueca soplaba de forma irregular, y una casa extraña, rodeada por altos pinos, brillaba blanca contra un cielo espeluznante.

Al día siguiente volvió a caminar más allá de la torre, atravesó la puerta y siguió por el sinuoso sendero. Cuando dejó a Todd detrás de él y comenzó el lento ascenso entre las colinas, se dio cuenta de una extraña influencia que se cernía sobre la zona como un espíritu melancólico. La claridad del día anterior estaba ausente; en cambio, todo parecía nebuloso e indistinto, y el triste paisaje se perfilaba ante él en una entumecida e irreal recesión de un sueño.

Eran alrededor de las cuatro de la tarde, y mientras ascendía lentamente hacia los tristes recodos, el gris del final del día de otoño se estaba volviendo más oscuro. Toda la mañana, las nubes se habían estado acumulando en el oeste, y ahora el dolor sordo del cielo húmedo daba la incómoda sensación de una lluvia inminente. Un viento intermitente soplaba el perfil dorado de una hoja en la penumbra de noviembre, y a lo largo del horizonte grandes masas de plomo marchaban hacia el mar.

Una terrible sensación de soledad cayó sobre el solitario caminante que avanzaba penosamente en esa tierra que suspiraba, e incluso la vista de los claros dispersos, visibles aquí y allá entre las sombras, parecía intensificar su sentimiento de sueño e irrealidad. En todas partes, las tierras altas se tensaron contra el viento húmedo, y las líneas de abetos demacrados que marchaban contra la oscuridad del horizonte cabeceaban siempre hacia el mar.

La pálida aglomeración de los cielos llorosos, la manada de abetos inclinados y el movimiento irregular de las hojas en el frío golpearon su espíritu con una tristeza insoportable. A su derecha, un espino negro y flaco se alzó hacia el cielo gris y apagado; allí delante se apretaba un bosque donde ondeaban banderas irregulares y amarillas contra la penumbra.

Una figura humana apareció ante él, y en ese momento vio que era un hombre, aparentemente, un trabajador. Llevaba herramientas sobre sus hombros, y su cabeza estaba doblada de modo que solo cuando Brent Ormerod se dirigió a él miró hacia arriba y mostró un semblante marchito.

—¿Cómo se llama este lugar? —dijo Brent, con un amplio movimiento de su brazo.

—Esto —dijo el trabajador con una voz tan delgada y cansada que parecía casi como el aliento frío del viento—. es Hayes-in-the-Up. Por supuesto, sin embargo, pasará una milla más adelante antes de llegar a Fennington —señaló en la dirección de la que acababa de llegar, volvió a mirar por un momento a Ormerod y luego se desvaneció rápidamente por el camino descendente.

Brent lo miró, preguntándose muchas cosas, pero mientras miraba a su alrededor gran parte de su asombro desapareció. A su alrededor, la tierra pálida parecía sacudirse vertiginosamente bajo esos cielos bajos, tan pesados con la lluvia que nunca caía. A su alrededor, las tierras altas de parecían agitarse y anhelar bajo el triste sonido del húmedo viento de noviembre. Podía imaginarse que los hombres de esta región del crepúsculo cansado estarían desgastados y viejos antes de tiempo, con una mirada siniestra en los ojos y demacradas penumbras en sus mejillas.

Pensando esto, siguió caminando de manera constante, y no pasó mucho tiempo antes de que ciertas palabras del hombre que había conocido germinaran incómodas sugerencias en la superficie de su mente. ¿Qué, se preguntó, era Fennington? De alguna manera no pensó que el nombre significaba otro pueblo; más bien, la palabra parecía conectarse ominosamente con el sueño que había tenido hacía poco tiempo. Se estremeció y no había caminado muchos pasos más antes de darse cuenta de que su instinto era correcto.

Frente a él, a través de un valle poco profundo, se encontraba esa casa blanca, tenuemente rodeada por pinos gigantes. Aquí, los vientos parecían casi visibles mientras se esforzaban en esos altos árboles. La constante corriente hacía que toda la vista pareciera desgarrarse vertiginosamente a través de un medio acuoso.

Una sorprendente semejanza de los pinos con las palmeras y un extraño efecto de luz hizo que la fachada blanca temblara con fuerza contra las nubes. El efecto fue extrañamente exótico.

Al mirar la casa a través del pequeño valle, Ormerod sintió de alguna manera que este, de hecho, era el centro de esa tierra malvada, el núcleo y la esencia de esta tierra triste y malsana. Esta abominable construcción fue lo que lo magnetizó, lo que atrajo desde lejos con una fascinación fatal. Casi sollozando descendió por una ladera del valle para encontrarse con la casa.

Un terreno similar a un parque rodeaba el edificio, y del suave césped surgían pinos y algunos grupos de arbustos. Entre estos, Ormerod caminó con cuidado hasta que, de repente, estuvo tan cerca de la casa que pudo mirar dentro de una pequeña habitación a través de su ventana abierta, mientras se refugiaba bajo un gran tejo cuyas faldas oscuras barrían el suelo.

La habitación parecía extrañamente desnuda y desierta. Se veía una pequeña mesa cubierta por una espesa capa de polvo. Más cerca de Ormerod aparecieron una o dos sillas y, enfrente, una tapiz negro y triste. En el centro del espacio se encontraba un objeto que parecía dominar el conjunto. Era una máquina de hilar, de tamaño enorme. Brillaba asquerosamente en la tenue luz, y sus muchos puntos moldeados pinchaban el aire de una manera horrible. Esperando allí, en la quietud, el observador imaginó que podía ver el pedal agitarse.

Rápidamente, con el corazón latiendo, asediado por un repentino temor, Ormerod se dio la vuelta, volvió sobre sus pasos entre los arbustos protectores y descendió al fondo del valle. Subió por el otro lado y se alegró de alejarse rápidamente por el sinuoso camino hasta que, al girar la cabeza, ya no era posible ver la casa.

Debían de ser cerca de las seis en punto cuando, al acercarse a la puerta y la torre, cansado de su caminata y ansioso por alcanzar la atmósfera familiar y tranquilizadora del hotel, de repente se encontró con un hombre que caminaba en la misma dirección que él. Era Stanton-Boyle.

Ormerod lo alcanzó rápidamente.

—No tienes idea —le dijo— de lo feliz que estoy de verte. Ahora podemos caminar juntos.

Mientras caminaban hacia el hotel, Brent describió su paseo y vio que el otro temblaba.

En ese momento, Stanton-Boyle lo miró con seriedad.

—Yo también estuve allí —dijo—, y siento lo mismo que tú al respecto. Ese lugar, Fennington, es el centro de la podredumbre que pesa sobre la zona. También miré por la ventana, y vi la rueca y también… —se detuvo de repente—. No —continuó en voz baja un momento después—, no me atrevo a decir más.

—¡Esa casa debería ser destruida! —gritó Ormerod.

Una curiosa emoción hormigueó en su sangre. Su voz era grave, de modo que las personas que pasaban por la calle se volvieron hacia él. Sus ojos brillaban.

—¡La destruiré! —dijo—. ¡Lo quemaré y seguramente romperé esa vieja rueca y sus horribles puntas afiladas.

Tenía la vaga sensación de estar desvariando, pero esto aumentó, en lugar de moderar, su inexplicable sensación de euforia. Stanton-Boyle también lucía un aspecto anormal. Parecía deslizarse por el pavimento con una suavidad y una nobleza totalmente incomparables mientras volvía sus brillantes ojos hacia Brent.

—¡Destrúyela! —le dijo—. ¡Quémala! Antes de que sea demasiado tarde y nos destruya a todos. ¡Haz esto y serás el hombre más valiente que conocí!

Cuando llegaron al hotel, Ormerod encontró un telegrama de Joan. Él no le había escrito durante algún tiempo y ella seguramente estaba ansiosa. Debía actuar antes de que ella viniera. Esa noche, cuando se separó de Stanton-Boyle, sus ojos ardían con una inquebrantable resolución.

—Mañana —dijo, mientras estrechaba la mano del otro— lo intentaré.

La mañana siguiente encontró al neurótico con la misma seguridad que sus palabras de la noche anterior. Llevaba fósforos y una lata de aceite. Sus mejillas, generalmente pálidas, estaban sonrojadas, y sus ojos brillaban extrañamente. Los que lo vieron salir del hotel recordaron después cómo le temblaban las manos.

Stanton-Boyle, quien lo vería en la torre, reflejó estos síntomas en menor grado. Se observó que ambos hombres salían tomados del brazo, como si estuvieran enfrascados en una conversación seria.

Alrededor del mediodía regresó Stanton-Boyle. Había caminado con Ormerod hacia las dunas de arena, y allí lo había dejó para continuar su extraña misión solo. Lo había visto pasar la torre, golpear la puerta fatal bajo el sol de la mañana y luego descender por el camino sinuoso hasta que no fue más que un punto patético en ese camino de misterio.

Cuando regresó se dio cuenta de la compañía a lo largo de la calle. Miró a su alrededor y vio a un policía paseando abstraído a unos cincuenta metros detrás de él. De nuevo en la entrada del hotel, dio media vuelta: la misma figura en uniforme azul era visible, admirando las casas opuestas a la sombra de una farola adyacente. Stanton-Boyle frunció el ceño y se retiró a almorzar.

A las dos y media llegó Joan. Preguntó nerviosamente por Ormerod, y entonces se dirigió a Stanton-Boyle, que la había esperado en el vestíbulo de entrada como lo deseaba Brent.

—El señor Ormerod salió —le dijo él—. ¿Me permite presentarme? Mi nombre es Stanton-Boyle...

Joan leyó la nota que Ormerod le había dejado. Parecía encontrar el contenido insatisfactorio, ya que procedió a hablarle a Stanton-Boyle sobre la salud delicada de su hermano. Después de esto, salió del hotel a toda prisa.

Stanton-Boyle esperó. Los momentos pasaron, pesados, ansiosos, cargados con la sensación de problemas futuros. Se sentó y fumó. Los ruidos discretos y apagados del interior del hotel parecían llenos de presentimientos. Afuera, la calle parecía sombría en la oscuridad de noviembre. Algo, seguramente, sucedería esa noche.

Llegó de repente. Un sonido de pies pisando y gritos excitados que crecieron rápidamente en volumen y despertaron extraños ecos en los caminos otoñales. En ese momento, el tumulto disminuyó abruptamente, y solo una serie de gritos rotos e irregulares apuñalaron el silencio. Stanton-Boyle se puso de pie de un salto y caminó apresuradamente hacia el hall de entrada.

Allí había gritos y bullicio, olores fuertes y mucha emoción reprimida. Vio a Joan hablando muy rápido con el gerente del hotel. Parecía estar desarrollando un punto de vista, y era evidente que no era del agrado del gerente. Durante algún tiempo, el amontonamiento de la gente impidió que descubriera la causa de la conmoción, pero aquí y allá pudo distinguir frases entrecortadas:

—Alguien intentó incendiar la granja de Hackney.

—Al sujeto lo habían visto merodeando, y a otro hombre también.

—Ya se ha quedado dormido en el baño varias veces.

En poco tiempo todos menos los residentes del hotel se habían dispersado, y en el centro de la considerable confusión que aún permanecía, ahora era posible ver a Ormerod sostenido por dos policías. Un tercero flotaba en el fondo con un gran cuaderno.

Mientras Stanton-Boyle miraba, Brent levantó la cabeza para que sus ojos se encontraran.

—Lo hice —dijo—. Destruí la rueca. Tengo una pieza en el bolsillo. Abrigo, mano izquierda... como prueba —habiendo pronunciado estas palabras el señor Ormerod se desmayó.

Durante algún tiempo hubo pequeños disturbios. Las autoridades actuaron para aplacar los ánimos. Después de eso, se le tomó testimonio a Ormerod y fue trasladado a su habitación por cuestiones de salud. Sencillamente estaba demasiado débil.

Recién durante la cena, Stanton-Boyle se aventuró a discutir el asunto durante el café. Había reconocido a uno de los tres policías como el hombre a quien había notado en la mañana. Ahora, sin embargo, se sentía en libertad de explicar sus teorías sobre la situación a los que eligieron escucharlo en el hotel.

Se adelantó con vehemencia peculiar. Habló de un nuevo tipo de tierras malas, de regiones extrañas, conectadas, de hecho, con límites geográficos definidos sobre la tierra, pero de alguna manera separadas entre sí.

—La relación —dijo—, es más una correspondencia que una conexión real. Sinceramente, creo que estas regiones existen y que son tan reales en su forma como el mundo ordinario que conocemos. Podríamos decir que consisten en un conjunto de estímulos especiales, a los que solo ciertas mentes, y en ciertas condiciones, pueden responder. Una de esas tierras malas parece superponerse a nuestro plano al sudoeste de este lugar.

Surgió una carcajada.

—No lograrás que el magistrado crea eso —dijo alguien—. Por qué esas tierras malas de las que hablas, supuestamente, están detrás de las dunas, y allí solo se encuentra la granja de Hackney, nada más.

—Por supuesto —dijo otro—. Parece que el fuego se inició en uno de los viejos graneros de Hackney. Más temprano hablé con uno de los policías al respecto. Dijo que su compañero, Ormerod, había estado merodeando por allí, y que dos veces se había quedado dormido en el granero.

Un tercero habló burlonamente.

—Supongo —dijo— que no esperas que creamos en tus tierras malas, ¿verdad?

—Pueden creer todo lo que quieran —dijo Stanton-Boyle—. Sé que el termino Tierras Malas puede llamarse incorrecto, o mejor dicho, inexacto. Pero te digo que me he topado con este tipo de lugares en el pasado.

El grupo a su alrededor lo miró extrañamente. De repente hubo un revuelo, y un hombre apareció en la puerta. Llevaba el abrigo de Ormerod.

—Esto puede resolver el asunto —dijo—. Lo escuché decir que había puesto algo en el bolsillo.

Stanton-Boyle lo interrumpió con entusiasmo.

—¡Cierto! —dijo—. Me había olvidado por completo de eso. Una pieza de la rueca, si mal no recuerdo. Será interesante ver si efectivamente…

Se detuvo y buscó en los bolsillos. Sacó algo y lo sostuvo en una mano extendida para que todos lo vieran. Formaba parte del mango de una pieza de rueca, lo suficientemente familiar para cualquiera que tuviera un conocimiento escaso de la vida en las granjas. Sobre él aún se podían distinguir las siguientes letras: G. P. H.

—George Philip Hackney —interpretaron los incrédulos con muchas sonrisas.

John Metcalfe (1891-1965)

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)




Relatos góticos. I Relatos de John Metcalfe.


Más literatura gótica:
El análisis, traducción al español y resumen del cuento de John Metcalfe: Las tierras malas (The Bad Lands), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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