Hacia el Más Allá: una claraboya para vislumbrar fugazmente lo Desconocido


Hacia el Más Allá: una claraboya para vislumbrar fugazmente lo Desconocido.




Todos sabemos a qué nos referimos cuando hablamos del Tiempo, el Amor, el Más Allá, lo Desconocido, aunque de hecho no tengamos una sola precisión acerca de esas abstracciones. Captamos la referencia, a veces la sustancia, pero no la condición.

Lo que sí sabemos, o intuimos, es que más allá de esta realidad se encuentra otra, una realidad fantástica a la cual se refieren todas las religiones, la mitología, la ficción, la ciencia, la filosofía, la magia, la metafísica, quienes han tomado la precaución de recurrir a distintos nombres para desanimar la curiosidad del profano.

Pero, ¿qué es realmente el Más Allá? ¿Cuáles son sus características?

En El libro de la magia ceremonial (The Book of Ceremonial Magic), Arthur Edward Waite define el amplio territorio de lo Desconocido como la antítesis de la posibilidad admitida. Es decir, el sitio en el que todas las paradojas, todas las contradicciones, coexisten lógicamente.

Esta definición, exigua para el racionalismo, nos permite jugar con las posibilidades del Más Allá.

Si el Más Allá es la antítesis de la posibilidad admitida, allí, entonces, dos líneas rectas pueden encerrar un espacio. En esa tierra donde lo único ausente es la metáfora, el círculo, entre otras cosas, es matemáticamente cuadrado.

Claro que, para subsistir en esa realidad, es necesario aprender algunas mañas. Tengamos en cuenta que, según esa doctrina, en el Más Allá las palabras y los deseos poseen un poder creativo. Si los pensamientos son cosas, incluso capaces de crear aquello que el deseo forjó en primer lugar, uno tiene que tener mucho cuidado con lo que piensa.

Pensar en algo peligroso en el Más Allá es, en esencia, crear algo peligroso; pero uno debe suponer también que evitar este tipo de pensamientos no debe ser más complicado que saltar un charco en nuestro plano, o eludir una bosta de perro en la vereda.

Existe un requisito indispensable para llegar a comprender, siquiera superficialmente, las posibilidades del Más Allá: aceptar que esas posibilidades contradicen la perspectiva materialista con la que hemos sido educados.

Desde Descartes, por citar un nombre arbitrario, aprendimos a confiar en lo que puede ser medido y estudiado de acuerdo al método científico. Los beneficios de la doctrina materialista son enormes, y nos han proporcionado una existencia más confortable. ¿Quién, después de todo, puede concebir un mundo sin la medicina moderna, sin las comunicaciones, sin una licuadora?

El error más común es suponer que las posibilidades del Más Allá, es decir, de lo Desconocido, y la existencia de trasplantes de corazón (y de licuadoras) son excluyentes entre sí.

Lo más interesante, al menos para mí, no es el concepto de Más Allá propiamente dicho, y menos aún la forma en la cual las religiones creen tener cierto entendimiento privilegiado acerca de lo Desconocido. Son las pequeñas puertas, las aberturas, las grietas, las claraboyas de nuestra realidad, las que me resultan particularmente interesantes.

En definitiva, si uno habitara en un lugar —o en un no lugar— donde todo es posible, el margen para el estupor es bastante estrecho. No, lo interesante es vislumbrar fugazmente el Más Allá a través de las claraboyas de nuestro materialismo. Observar cómo cambian, cómo se ensanchan o se reducen o se desfiguran dependiendo de factores sobre los cuales no tenemos control alguno.

No existe rama del saber, incluida la ciencia, que no se aproxime a la idea de algo Más Allá, con o sin connotaciones religiosas y espirituales. Todo tiende hacia allí, como atraído por una fuerza misteriosa. Lo curioso es que todas esas herramientas para aproximarse a lo Desconocido comienzan por imaginarlo como algo cercano a nuestro plano.

En ocasiones, la proximidad es tan reducida que la transición desde un plano a otro es extremadamente fácil, en lo teórico, y en ambas direcciones.

La ciencia utiliza sus propios recursos para comprender esa dinámica, pero hay otros, sumamente antiguos, que tratan de alcanzar el mismo objetivo con artilugios más rudimentarios. Por ese motivo, y desde épocas ancestrales, se cree que ciertos lugares y tiempos precisos facilitan la transición entre planos, dimensiones o realidades.

Podemos incluso pensar que esa claraboya hacia lo Desconocido se forma a partir de la combinación entre lugares y horas precisas, entre Espacio y Tiempo. Cuando se da esa particular condición, lo sobrenatural se transforma en lo normal.

El Tiempo dado siempre coincide con un momento de cambio: Halloween, año nuevo, la medianoche, el mediodía, ciertas fases lunares.

Algo parecido ocurre con el Espacio. La claraboya se abre en los límites, los umbrales, los cruces de caminos, los vados, los puentes, en la cima de túmulos y montículos, en lo profundo de cavernas y pozos.

Una clave para entender esta claraboya es la ambigüedad, pero no en términos de algo confuso, sino como el atributo de dos elementos —Espacio y Tiempo— que se unen para dar forma a un tercero.

Una persona racional podría utilizar el ejemplo del gato de Schrödinger, cuyo estado posible lo determina como vivo y muerto simultáneamente. Nosotros, mucho más irracionales, pensamos en un hombre de pie en el vértice de una encrucijada, exactamente a la medianoche. ¿En qué camino se encuentra? ¿En qué lado del día?

Ese terreno fronterizo nos libera del Espacio y el Tiempo tal como los concebimos para funcionar con relativa eficiencia, pero sobre todo revierte nuestra conducta, quizás el factor más preponderante para observar a través de la claraboya. Sabemos que no estamos en ninguno de los dos caminos, sino sobre los dos, o los cuatro, al mismo tiempo, y que esa hora incierta de la medianoche nos permite estar simultáneamente en el ayer, el ahora y el mañana.

Es decir que estos sitios singulares y estas horas y fechas precisas, que de algún modo ratifican la suma de lo impreciso, son apenas recursos para revertir la conducta humana. Lo sobrenatural se manifiesta especialmente de noche, sostiene el folclore, pero no por un capricho astrológico, sino porque lo normal es que en esas horas el resto de las personas esté durmiendo.

Es en esas recónditas circunstancias, donde el Espacio tiene algo de abstracto, algo de equívoco, donde el Tiempo es indefinible, vago, pero sobre todo donde nosotros mismos no somos exactamente lo que deberíamos ser, que la claraboya se abre, fugazmente, en ambos sentidos.




Egosofía. I Fenómenos paranormales.


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