La marquesa de O: segunda parte

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La Marquesa de O.
Segunda parte:


Transcurrieron varias semanas en las cuales la familia, con muy diversos sentimientos, esperó impaciente el desenlace de tan extraño asunto. El comandante recibió del general K..., el tío del conde, una cortés misiva; el propio conde escribió desde Nápoles; las pesquisas que se realizaron sobre él hablaron muy en su favor; en resumidas cuentas, el compromiso se daba prácticamente por hecho cuando los achaques de la marquesa reaparecieron con mayor fuerza que nunca. Notaba una incomprensible transformación de su figura. Se descubrió con toda franqueza a su madre y dijo que no sabía qué pensar de su estado. La madre, a la que preocupaban sobremanera tan extraños contratiempos para la salud de su hija, exigió que consultara a un médico. La marquesa, esperando vencer por su propia naturaleza, se resistía; pasó aún varios días sin seguir el consejo de su madre entre los más dolorosos padecimientos hasta que una serie de sensaciones recurrentes y de extraordinaria índole la sumieron en la más viva inquietud. Hizo llamar a un médico que contaba con la confianza de su padre, le instó a sentarse en el diván, ya que su madre se encontraba ausente en aquel momento, y tras unos breves preliminares le descubrió entre bromas y veras lo que pensaba de su estado. El médico le lanzó una mirada escrutadora; guardó silencio durante algún tiempo aún después de realizado un reconocimiento exhaustivo, y respondió entonces con la mayor gravedad que la señora marquesa estaba en lo cierto. Tras explicarse, al preguntar la dama cómo entendía él tal cosa, con toda claridad y decir con una sonrisa que no pudo reprimir que estaba completamente sana y no necesitaba ningún médico, la marquesa tiró de la campanilla, lanzándole de soslayo una adusta mirada, y le rogó que se marchara. A media voz, como si no fuera digno de que le hablara, murmuró para sus adentros que no tenía ganas de bromear con él sobre asuntos tales. El doctor replicó ofendido que había de desear que siempre hubiera sido tan poco dada a bromas como en aquel momento; tomó bastón y sombrero e hizo ademán de despedirse en el acto. La marquesa aseguró que informaría a su padre de semejantes agravios. El médico respondió que podía jurar su afirmación ante tribunal, abrió la puerta, se inclinó y se dispuso a abandonar la habitación. La marquesa preguntó, al pararse él a recoger del suelo un guante que había dejado caer: «¿Y la posibilidad de algo así, señor doctor?» Éste replicó que no tendría que explicarle las causas últimas de las cosas, se inclinó una vez más ante ella y marchó.

La marquesa quedó como herida por el rayo. Sacando fuerzas de flaqueza quiso correr junto a su padre; mas la extraña seriedad del hombre por quien se veía agraviada paralizó todos sus miembros. Se arrojó sobre el diván presa de la mayor conmoción. Desconfiando de sí misma, recorrió todos los momentos del año anterior y se tuvo por loca al pensar en el último instante. Por fin apareció la madre, y al preguntar consternada por qué estaba tan agitada, refirió la hija lo que el médico acababa de revelarle. La señora de G... lo tachó de desvergonzado e indigno, y apoyó a su hija en la decisión de descubrir al padre tal ofensa. La marquesa aseguró que aquél lo había dicho completamente en serio y que parecía dispuesto a repetir ante la cara de su padre tan precipitada afirmación. La señora de G... preguntó, no poco espantada, si acaso creía en la posibilidad de tal estado. «¡Antes creo», respondió la marquesa, «en que las tumbas sean fecundadas y el seno de los cadáveres dé a luz!» «Pues entonces, mi querida fantasiosa», dijo la esposa del mayor estrechándola con vehemencia contra sí, «¿qué es lo que te inquieta? Si tu conciencia te declara pura, ¿cómo puede siquiera preocuparte un juicio, aunque fuere el de toda una comisión de médicos? Sea el suyo producto del error o de la maldad, ¿no te es por completo indiferente? Mas conviene que se lo descubramos a tu padre». «¡Oh Dios!», dijo la marquesa con un movimiento convulsivo: «¿Cómo puedo tranquilizarme? ¿Acaso no tengo en contra mía este propio sentimiento interior que demasiado bien conozco? ¿Acaso no juzgaría yo misma de otra, si supiera en ella esta sensación mía, que era cierto?» «Es espantoso», repuso la esposa del mayor. «¡Maldad, error!», prosiguió la marquesa. «¿Qué razones puede tener ese hombre, que hasta el día de hoy nos pareció digno de aprecio, para agraviarme de un modo tan caprichoso y vil, a mí que nunca lo ofendí? ¿A mí que lo recibí con confianza y con el presentimiento de futura gratitud? ¿A mí ante la cual se presentó, como daban fe sus primeras palabras, con la voluntad pura y sin doblez de ayudar y no de causar dolores más lacerantes que los que yo ya sentía? Y si en la urgencia de tener que elegip>, prosiguió mientras la madre la miraba fijamente, «quisiera creer en un error, ¿es acaso posible que un médico, aun cuando sólo fuera de mediana valía, errara en un caso tal?» —La esposa del mayor dijo un tanto mordaz: «Y aún así ha de ser necesariamente lo uno o lo otro.» «¡Sí, carísima madre mía!», repuso la marquesa mientras besaba su mano con expresión de dignidad herida y la grana ardiendo en su rostro, «¡ha de ser! Aun cuando las circunstancias sean tan extraordinarias que me esté permitido dudarlo. Juro, porque es preciso asegurarlo, que mi conciencia está igual de limpia que la de mis hijas; la suya, venerabilísima, no puede estarlo más. A despecho de todo, le ruego que me haga llamar una comadrona para que me convenza de qué pasa y sea lo que fuere me tranquilice.» «¡Una comadrona!», exclamó la señora de G... humillada. «Una conciencia limpia, ¡y una comadrona!» Y se quedó sin habla. «Una comadrona, mi queridísima madre», repitió la marquesa arrodillándose ante ella, «y al momento, si no quiere que me vuelva loca.» «Oh, con mucho gusto», repuso la esposa del mayor; «sólo ruego que el alumbramiento no tenga lugar en mi casa.» Y diciendo esto se puso en pie y se dispuso a abandonar la habitación. La marquesa, siguiéndola con los brazos abiertos, cayó de bruces y se abrazó a sus rodillas. «Si una vida irreprochable», exclamó con la elocuencia del dolor, «una vida llevada con la suya por modelo me da derecho a su aprecio, si en tanto mi culpa no quede demostrada con claridad meridiana algún sentimiento maternal habla por mí en su pecho, entonces no me abandone en estos momentos.» —«¿Qué es lo que te inquieta?», preguntó la madre. «¿No es más que la afirmación del médico? ¿Nada más que tu sensación interior?» «Nada más, madre mía», repuso la marquesa poniéndose la mano sobre el pecho. «¿Nada, Julietta?», prosiguió la madre. «Reflexiona. Un mal paso, por indeciblemente que me doliera, se podría perdonar y yo debería en último término disculparlo; mas si para escapar de la reprensión materna fueras capaz de inventar un cuento de hadas que invierte el orden del mundo y de amontonar juramentos blasfemos para cargárselos a este corazón mío que demasiado crédulo es contigo, entonces sería una infamia; jamás podría perdonártelo.» «Ojalá el Reino de la Redención esté un día tan abierto ante mí como mi alma ante usted», exclamó la marquesa. «No le callo nada, madre mía.» Esta aseveración, cargada de patetismo, conmocionó a la madre. «¡Oh cielos!», exclamó: «¡Mi hija amadísima! ¡Cómo me conmueves!» Y la levantó, y la besó, y la estrechó contra su pecho. «¿Qué temes, por ventura? Ven, estás muy enferma.» Quiso llevarla a la cama. Mas la marquesa, vertiendo abundantes lágrimas, aseguró que estaba muy sana y que no le pasaba nada de nada salvo aquel extraño e incomprensible estado. «¡Estado!», volvió a exclamar la madre, «¿qué estado? Si tu memoria sobre el pasado es tan segura, ¿qué temor delirante se ha apoderado de ti? ¿No puede acaso engañar una sensación interior, que sólo se agita oscuramente?» «¡No, no!», dijo la marquesa, «¡no me engaña! Y si llama a la comadrona oirá que la espantosa verdad, la que ha de aniquilarme, es cierta». —«Ven, hija mía querida», dijo la señora de G..., empezando a temer por su juicio. «Ven, sigúeme y échate en la cama. ¿Qué decías que te ha dicho el médico? ¡Cómo te arde la cara! ¡Cómo te tiemblan todos los miembros! ¿Qué era lo que te había dicho el médico?» Y con ello se iba llevando a la marquesa consigo, sin creer ya toda la escena que le había relatado. La marquesa dijo: «¡Querida, excelente madre!», sonriendo con los ojos llorosos. «Soy dueña de mis sentidos. El médico me ha dicho que me encuentro en estado de buena esperanza. Haga llamar a la comadrona, y tan pronto como ella diga que no es cierto estaré otra vez tranquila.» «¡Bien, bien!», respondió la madre reprimiendo su miedo. «Que venga ahora mismo; que aparezca ahora mismo, si quieres que se ría de ti y te diga que eres una soñadora y nada lista.» Y con esto tiró de la campanilla y envió al momento a uno de sus servidores a llamar a la comadrona. Aún yacía la marquesa, con el pecho agitado, en los brazos de su madre, cuando apareció aquella mujer y la esposa del mayor le explicó de qué extrañas fantasías padecía su hija. Que la señora marquesa juraba haberse conducido virtuosamente y aún así consideraba necesario, engañada por una sensación incomprensible, que una mujer entendida reconociera su estado. La comadrona, mientras la exploraba, habló de sangre joven y de la malicia del mundo; explicó, una vez terminada su tarea, que ya le habían ocurrido cosas similares; las viudas jóvenes que se encontraban en su situación decían todas ellas haber vivido en islas desiertas; tranquilizó entretanto a la señora marquesa y aseguró que ya aparecería el alegre corsario llegado con la noche. Ante estas palabras se desvaneció la marquesa. La esposa del mayor, sin poder dominar su instinto maternal, la devolvió a la vida con la ayuda de la comadrona; más la consternación venció de nuevo cuando hubo vuelto en sí. «¡Julierta!», exclamó la madre con el más vivo dolor. «¿Vas a descubrirte a mí? ¿Vas a nombrarme al padre?» Y aún parecía inclinada al perdón. Mas cuando la marquesa dijo que se iba a volver loca, dijo la madre levantándose del diván: «¡Vete, vete! ¡Eres indigna! ¡Maldita sea la hora en que te parí!», y abandonó la habitación.

La marquesa, a la que a punto estaba de nublársele de nuevo la vista, tiró de la partera hacia sí y apoyó la cabeza sobre su pecho sacudida por fuertes temblores. Preguntó, quebrada la voz, cómo regía la naturaleza por sus caminos. Y si existía la posibilidad de concebir inconscientemente. La comadrona sonrió, le soltó el pañuelo y dijo que no sería ése el caso de la señora marquesa. No, no, respondió la marquesa, ella había concebido conscientemente, sólo quería saber en general si se daba tal fenómeno en el reino de la Naturaleza. La comadrona repuso que, salvo a la Santísima Virgen, no le había ocurrido a ninguna otra mujer sobre la tierra. La marquesa tiritaba cada vez más. Creyó que iba a dar a luz en ese momento y pidió a la partera, aferrándose a ella con miedo convulsivo, que no la dejara. La comadrona la tranquilizó. Aseguró que el parto aún quedaba considerablemente lejos, le indicó los medios con los que evitar en tales casos la maledicencia del mundo y dijo que todo iría bien. Mas como a la infeliz dama tales consuelos le atravesaran el pecho como puñaladas, recuperó el control sobre sí misma, dijo que se encontraba mejor y pidió a su acompañante que se marchara.

No bien hubo salido la comadrona de la habitación cuando le trajeron un escrito de la madre en el que se expresaba de la siguiente manera: «Que el señor de G... deseaba, en las actuales circunstancias, que abandonara su casa. Le adjuntaba los documentos relativos a su fortuna y esperaba que Dios le ahorrara el pesar de volver a verla.» — La carta estaba entretanto cubierta de lágrimas y en una esquina ponía una palabra con la tinta corrida: «Dictado». A la marquesa le rebosaba el dolor por los ojos. Se dirigió, llorando con vehemencia por el error de sus progenitores y por la injusticia a que se veían llevadas tan excelentes personas, a las habitaciones de su madre. Le dijeron que estaba con su padre; trastabillando se llegó a los aposentos de éste. Al encontrarse con la puerta cerrada, se desplomó ante ella poniendo con voz doliente a todos los santos por testigos de su inocencia. Llevaría ya varios minutos allí tendida cuando el guardabosques mayor se asomó a la puerta y le dijo con el rostro flameante que entendiera de una vez que el comandante no quería verla. La marquesa exclamó: «Mi queridísimo hermano»; entre infinitos sollozos se coló en la habitación y exclamó: «¡Mi queridísimo padre!», extendiendo los brazos hacia él. El comandante, nada más verla, le volvió la espalda y se apresuró a entrar en su dormitorio. Gritó, como ella lo siguiera: «¡Fuera!», y quiso cerrar la puerta de un golpe, mas al impedir ella, entre quejas y súplicas, que lo hiciera, cedió él de pronto y, mientras la marquesa entraba en la alcoba tras él, se dirigió a toda prisa a la pared del fondo. Acababa ella de arrojarse a los pies del que le había vuelto la espalda y de abrazarse temblorosa a sus rodillas cuando, en el instante de arrancarla de la pared, se le disparó una pistola, y el tiro fue a clavarse retumbando en el techo. «¡Dios de mi vida!», gritó la marquesa, se levantó pálida como un cadáver y se apresuró a abandonar de nuevo los aposentos de aquél. Que prepararan de inmediato el coche, dijo al entrar en los propios; mortalmente abatida se dejó caer en una butaca, vistió aceleradamente a sus hijas y mandó hacer las maletas. Tenía a la más pequeña entre las rodillas y la estaba envolviendo en un chai para a renglón seguido subir al coche, pues ya todo estaba listo para partir, cuando entró el guardabosques y, por orden del comandante, exigió que dejara allí a las niñas para que se hicieran cargo de ellas. «¿Estas niñas?», preguntó ella poniéndose en pie. «¡Dile a tu desalmado padre que puede venir y matarme de un tiro, pero no arrebatarme a mis hijas!» Y armada con todo el orgullo de la inocencia levantó a sus hijas, las llevó al coche sin que el hermano hubiera osado detenerla y partió.

Habiendo trabado conocimiento consigo misma mediante tal esfuerzo, se elevó de pronto, como llevada de su propia mano, saliendo del hondo abismo en que la arrojara el destino. La conmoción que desgarraba su pecho se calmó tan pronto como estuvo al aire libre, besaba una y otra vez a sus hijas, aquel amado botín suyo, y muy satisfecha consigo misma meditaba qué victoria había obtenido en tal sentido sobre su hermano con la energía de su conciencia libre de culpa. Su juicio, lo bastante fuerte como para no quebrarse en sus extrañas circunstancias, se rindió sin oponer resistencia a la inmensa, sagrada e inexplicable organización del mundo. Veía la imposibilidad de convencer a su familia de su inocencia, comprendió que había de consolarse a tal respecto si no quería sucumbir, y transcurridos tan sólo unos pocos días desde su llegada a V... el dolor cedió por completo al heroico propósito de armarse de orgullo contra los ataques del mundo. Decidió retirarse a lo más profundo de su interior, dedicarse con celo excluyente a la educación de sus dos hijas y a cuidar con todo su amor de madre del don que Dios le había concedido con el tercero. Hizo preparativos para, en pocas semanas, tan pronto como hubiera superado el alumbramiento, volver a arreglar su bonita quinta, que había pese a todo decaído un tanto debido a la larga ausencia; se sentaba en el cenador y pensaba, mientras tejía gorritas y medias para piernecitas diminutas, cómo distribuiría cómodamente las habitaciones; también cuáles llenaría con libros y en cuál sería más conveniente instalar el caballete. Y de este modo no había pasado aún la fecha en que el conde F... debía regresar de Nápoles, cuando ella ya estaba completamente familiarizada con el destino de vivir en un eterno retiro conventual. El portero recibió orden de no permitir a nadie el acceso a la casa. Sólo le resultaba insoportable la idea de que el joven ser que había concebido en la mayor inocencia y pureza y cuyo origen, precisamente a fuer de misterioso, le parecía también más divino que el de los demás seres humanos, hubiera de llevar un estigma en la sociedad burguesa. Se le había ocurrido un recurso singular para descubrir al padre: recurso que, cuando lo pensó por primera vez, hizo que del susto la labor se le cayera de las manos. A lo largo de noches enteras pasadas en blanco por la inquietud lo retorció y revolvió para habituarse a su naturaleza, que hería su más profundo sentir. Continuaba aún resistiéndose a establecer cualquier tipo de relación con la persona que de tal modo la había embaucado, concluyendo con mucha razón que, sin remedio posible, aquél había de pertenecer a la escoria de su estirpe y dondequiera que lo imaginara en este mundo sólo podía haber salido del lodo más inmundo y repugnante. Mas al avivarse cada vez más en ella la sensación de su propia independencia y meditar que la gema mantiene su valor sea cual fuere el engaste, una mañana en que se agitaba de nuevo en sus entrañas la joven vida sacó pues fuerzas de flaqueza e hizo llegar a las gacetas de M... el singular requerimiento que se leía al principio de este relato.

El conde F..., retenido en Nápoles por obligaciones ineludibles, había escrito entretanto por segunda vez a la marquesa exhortándola a mantenerse fiel a la declaración sin palabras que le había hecho, por más extrañas circunstancias que pudieran producirse. Tan pronto logró evitar su ulterior viaje de negocios a Constantinopla y su restante situación lo permitió, salió en el acto de Nápoles y llegó asimismo a tiempo, sólo pocos días después del plazo por él fijado, a M... El comandante lo recibió con semblante abochornado, dijo que un asunto necesario le obligaba a salir y exhortó al guardabosques mayor a darle conversación mientras tanto. El guardabosques lo condujo a su aposento y le preguntó, tras una breve salutación, si ya sabía lo que había acontecido durante su ausencia en aquella casa. El conde respondió, palideciendo fugazmente, que no. A esto lo enteró el guardabosques del baldón que la marquesa había hecho caer sobre la familia y le narró cuanto nuestros lectores acaban de saber. El conde se dio una palmada en la frente. «¡Por qué se me pusieron tantas trabas en el camino!», exclamó olvidado de sí. «¡Si se hubieran celebrado los desposorios nos hubiéramos ahorrado todo el oprobio y todo el disgusto!» El guardabosques preguntó, mirándole con los ojos fuera de las órbitas, si estaba lo bastante loco como para desear estar desposado con aquella indigna. El conde replicó que ella valía más que el mundo entero que la despreciaba; que su declaración de inocencia gozaba de completo crédito por su parte y que aquel mismo día iba a dirigirse a V... y a repetir ante ella su petición. A renglón seguido echó mano a su sombrero, se despidió del guardabosques, que lo creía privado de juicio, y partió.

Montó un caballo y salió como una exhalación hacia V... Tras descabalgar ante la puerta se disponía a entrar en la explanada, cuando le informó el portero de que la señora marquesa no hablaba con persona alguna. El conde preguntó si tal disposición, adoptada para extraños, también era válida para un amigo de la casa, a lo cual respondió aquél que no sabía de ninguna excepción y poco después añadió de modo ambiguo si quizá era el conde F... El conde respondió, lanzando una ojeada inquisitiva, que no, y dijo dirigiéndose a su sirviente, mas de modo que el otro pudiera oírlo, que en tales circunstancias se hospedaría en una fonda y se anunciaría a la señora marquesa por escrito. No bien quedó fuera del alcance de la vista del portero, dobló una esquina y rodeó el muro de un amplio jardín que se extendía por detrás de la casa. Entró en los jardines por una puerta que encontró abierta, recorrió sus alamedas y se disponía a ascender por el talud posterior cuando vio a la marquesa en un cenador algo apartado, con su encantadora y enigmática figura, trabajando afanosa ante una pequeña mesita. Se aproximó a ella de modo que no pudiera verlo antes de llegar a la entrada del cenador, a tres pasitos de sus pies. «¡El conde E..!», dijo la marquesa al levantar los ojos, y el rubor de la sorpresa cruzó por su rostro. El conde sonrió, permaneció algún tiempo de pie en la entrada sin moverse; después, con tan modesto atrevimiento como era preciso para no asustarla, se sentó a su lado y, antes que ella, en su extraña posición, hubiera podido decidir nada, ciñó delicadamente su dulce cuerpo con el brazo. «¿De dónde, señor conde, puede ser que?», preguntó la marquesa bajando tímidamente los ojos al suelo. El conde dijo: «De M...», y la estrechó muy quedo contra sí; «por una puerta trasera que encontré abierta. Creí poder contar con su perdón y entré.» «¿Es que no le han dicho en M...?», preguntó ella, que seguía sin mover ni un miembro en brazos de él. «Todo, amada señora, mas totalmente convencido de su inocencia.» «¡Cómo!», exclamó la marquesa poniéndose en pie y zafándose, «¿y aun así viene?» —«A pesar del mundo», prosiguió mientras la asía, «y a pesar de su familia, y a pesar incluso de esta dulce aparición», a lo que imprimió un ardiente beso sobre su pecho. «¡Fuera!», gritó la marquesa. «Tan convencido», dijo él, «Julietta, como si fuera omnisciente, como si mi alma viviera en tu pecho.» La marquesa exclamó: «¡Déjeme!» «Vengo», concluyó él sin dejarla, «a repetir mi petición y, si quiere prestarme oídos, a recibir de su mano la dicha de los bienaventurados.» «¡Déjeme en el acto!», gritó la marquesa, «¡se lo ordeno!», se soltó violentamente de sus brazos y huyó. «¡Amada! ¡Excelsa!», susurró él, levantándose de nuevo y siguiendo en su pos. —«¡Obedezca!», gritó la marquesa, esquivándolo con un quiebro. «¡Un único susurro, en secreto!», dijo el conde tratando de asir el escurridizo brazo de ella que se le escabullía. «No quiero saber nada», repuso la marquesa, lo apartó con un enérgico golpe sobre el pecho, subió rápidamente por el talud y desapareció. Ya había llegado él a la mitad del terraplén para, costara lo que costara, conseguir que ella lo escuchase, cuando la puerta se cerró de golpe ante él y oyó el contundente estrépito del pestillo al correrse ante sus pasos con transtornada precipitación. Indeciso por un instante sobre qué hacer en tales circunstancias, permaneció allí pensando si debía saltar por una ventana que estaba abierta de aquel lado y perseguir su objetivo hasta alcanzarlo; sin embargo, por difícil que de todo punto le resultara volverse, esta vez parecía exigirlo la necesidad y, amargamente furioso contra sí mismo por haberla dejado ir de sus brazos, se deslizó terraplén abajo y salió del jardín para acudir a sus caballos. Sentía que su intento de declararse al pecho de ella había fracasado para siempre y cabalgó de vuelta a M... al paso, meditando una carta que ya estaba condenado a escribir. Por la noche, encontrándose del peor humor del mundo ante la mesa de un local público, se topó con el guardabosques mayor, quien le preguntó al punto si había llevado a feliz término su petición de mano en V... El conde respondió con un sucinto «¡No!», y se sentía inclinado a despacharlo con acritud; mas, por hacer honor a la cortesía, añadió después de un rato que había decidido dirigirse a ella por escrito y en breve se habría aclarado todo. El guardabosques dijo que lamentaba ver cómo su pasión por la marquesa lo privaba de sus sentidos. Que entretanto había de asegurarle que ella ya estaba en camino de efectuar otra elección diferente: pidió con la campanilla los últimos periódicos y le entregó la hoja en que había aparecido el requerimiento de aquélla al padre de su hijo. El conde recorrió las líneas subiéndole la sangre al rostro. Lo atravesaron sentimientos encontrados. El guardabosques preguntó si no creía que aparecería la persona que buscaba la marquesa. «¡Sin duda!», repuso el conde, mientras echado con toda su alma sobre el papel engullía ansioso el sentido de éste. A continuación, tras aproximarse un instante a la ventana mientras doblaba la hoja, dijo: «¡Está bien! ¡Ahora sé lo que tengo que hacer!», se volvió entonces y aún preguntó cortésmente al guardabosques si volverían pronto a verse, se despidió de él. y, reconciliado por completo con su destino, marchó.

Entretanto se habían producido en casa del comandante los más violentos incidentes. La comandanta estaba sobremanera resentida por la destructiva vehemencia de su esposo y por la debilidad con que, ante la tiránica expulsión de la hija, había consentido que la sojuzgara. Al sonar el disparo en el aposento del comandante y salir la hija precipitadamente de allí, había caído en un desmayo del cual se repuso pronto; mas en el momento en que volvió en sí, el comandante tan sólo había dicho que «lamentaba que hubiera pasado tal sobresalto en vano» y tirado la pistola disparada sobre una mesa. Luego, cuando se habló de retirarle a las niñas, ella osó decir tímidamente que no tenían derecho a dar semejante paso; rogó, con la voz débil y lastimera por el ataque sufrido, que se evitaran incidentes violentos en la casa, mas el comandante, dirigiéndose al guardabosques y lanzando espumarajos de rabia, no replicó más que: «¡Ve y tráemelas!» Cuando llegó la segunda carta del conde F.., el comandante había ordenado que se le enviara a la marquesa a V..., la cual, según se supo luego por el emisario, la había puesto aparte y dicho que estaba bien. La esposa del mayor, a quien de cuanto había ocurrido resultaban enigmáticas tantas cosas, y ante todo la disposición de la marquesa a contraer unas segundas nupcias que le eran de todo punto indiferentes, trató sin éxito de sacar a colación tal circunstancia. El comandante, en un tono idéntico a una orden, le pedía invariablemente que se callara; descolgando en una de tales ocasiones un retrato de ella que aún pendía de la pared, aseguró que deseaba borrarla por completo de su memoria y dijo no tener ya hija. A continuación apareció en los periódicos el extraño llamamiento de la marquesa. La esposa del mayor, vivísimamente afectada por ello, fue con la hoja del diario que le había hecho llegar el comandante a la habitación de éste, donde lo encontró trabajando ante una mesa y le preguntó qué diantres pensaba de todo aquello. El comandante dijo, mientras continuaba escribiendo: «¡Oh, es inocente!» «¡Cómo!», exclamó la señora de G... con el asombro más extremo: «¿Inocente?» «Lo hizo en sueños», dijo el comandante sin levantar la vista. «¡En sueños!», repuso la señora de G... «¿Y un suceso tan terrible sería...?» «¡La muy necia!», exclamó el comandante, amontonó los papeles y se marchó.

Al siguiente día que hubo periódico leyó la esposa del mayor, según estaban desayunando ambos, en una gaceta que acababa de llegar húmeda de la prensa la siguiente respuesta: «Si la señora marquesa de O... se encuentra el día 3 a las 11 de la mañana en casa de su padre, el señor de G..., allí mismo se arrojará a sus pies aquel a quien busca.» —A la esposa del mayor, antes aún de llegar a la mitad de este inaudito artículo, se le fue la voz; sobrevoló el final y tendió la hoja al comandante. El mayor releyó la hoja tres veces como si no pudiera creer lo que veían sus propios ojos. «Ahora dime, por amor de Dios, Lorenzo», exclamó la esposa del mayor; «¿tú qué piensas de esto?» «¡Oh, esa infame!», replicó el comandante poniéndose en pie: «¡Oh, esa redomada hipócrita! ¡Diez veces la desvergüenza de una perra, apareada con una astucia diez veces mayor que la del zorro no alcanzan aún a la suya! ¡Qué carita! ¡Qué dos ojos! ¡Un querube no los tiene más leales!», y gemía sin poder tranquilizarse. «Pero, de ser un truco, ¿qué puede, por todos los santos», preguntó la comandanta, «esperar conseguir con ello?» «¿Que qué espera conseguir? Esa indigna artimaña suya la quiere imponer a toda costa», replicó el mayor. «Ya se saben de memoria la fábula que los dos, él y ella, nos quieren hacer tragar aquí el día 3 a las 11 de la mañana. Hijita mía querida, quieren que diga yo, no lo sabía, quién podía pensarlo, perdóname, toma mi bendición y quiéreme otra vez. ¡Pero una bala al que cruce el umbral de mi puerta la mañana del día 3! Más valdría que los criados me lo sacaran de la casa.» La señora G... dijo, tras otra lectura rápida del periódico, que de tener que conceder crédito a una de entre dos cosas inconcebibles, prefería creer en un inaudita treta del destino antes que en semejante bajeza por parte de su hija, por lo demás tan excelente. Mas antes de que hubiera terminado ya gritó el comandante: «¡Hazme el favor y cállate!», y abandonó la habitación. «Me resulta odioso sólo con oírlo.»

Luego de pocos días recibió el comandante, en relación con este artículo de periódico, una carta de la marquesa en la que le rogaba de modo respetuoso y conmovedor que, por estarle negada la gracia de presentarse en su casa, tuviera la amabilidad de enviarle a V... a quien se presentara la mañana del día 3 ante él. La esposa del mayor se hallaba justamente presente cuando el comandante recibió dicha carta y, notando en su rostro a todas luces que se había confundido en su suposición —pues, ¿a qué motivo, en caso de tratarse de una artimaña, podría ahora deberse ésta, puesto que ella no parecía aspirar a su perdón en absoluto?—, cobrando así atrevimiento contraatacó con un plan que guardaba ya hacía tiempo en su pecho sacudido por las dudas. Dijo, mientras el mayor seguía mirando el papel con gesto insulso, que tenía una idea. Que si le permitía salir para V... por uno o dos días, ella sabría poner a la marquesa en tal situación que, en caso de ya conocer a aquél que le había respondido como desconocido a través de los diarios, su alma tendría que traicionarse aunque fuera la más redomada traidora. El comandante replicó, rompiendo de pronto la carta con un brusco movimiento, que ya sabía que no quería tener nada que ver con ella y le prohibió todo trato. Metió los pedazos en un sobre, lo lacró, escribió la dirección de la marquesa y se los devolvió al mensajero como respuesta. La esposa del mayor, secretamente resentida por tan arbitraria obstinación que anulaba toda medio de aclarar la verdad, decidió entonces poner en práctica su plan contra la voluntad de él. Tomó a uno de los monteros del comandante y a la mañana siguiente, estando aún su esposo en la cama, salió con él para V... Cuando hubo llegado al portón de la quinta el portero le dijo que nadie era admitido a presencia de la marquesa. La señora de G... respondió que estaba enterada de tal disposición, pero que de todos modos hiciera el favor de ir a anunciarle a la esposa del mayor de G... A lo cual aquél repuso que ello no serviría de nada, puesto que la señora marquesa no hablaba con persona alguna en el mundo. La señora de G... respondió que a ella le hablaría puesto que era su madre, y que no se demorase y cumpliera con su obligación. Mas apenas había entrado el portero en la casa para realizar dicho intento, por vano que le pareciera, cuando ya se vio a la marquesa salir corriendo hacia el portón y caer de rodillas ante el carruaje de la comandanta. La señora de G... descendió, ayudada por su montero, y levantó a la marquesa del suelo, no sin alguna emoción. La marquesa, embargada por los sentimientos, hizo una profunda reverencia al besar su mano y con todo respeto la condujo, derramando abundantes lágrimas, a las habitaciones de su casa. «¡Mi queridísima madre!», exclamó, tras haberle indicado el diván, permaneciendo en pie ante ella y enjugándose los ojos: «¿A qué feliz azar debo su inestimable aparición?» La señora de G... dijo, abrazando a su hija con familiaridad, que sólo tenía que decirle que venía a pedirle perdón por la dureza con que había sido expulsada de la casa paterna. «¡Perdón!», la interrumpió la marquesa tratando de besarle las manos. Mas aquélla, evitando el besamanos, prosiguió: «Pues no ha sido únicamente que la respuesta aparecida en los últimos boletines al consabido aviso nos haya persuadido tanto a mí como a tu padre de tu inocencia, sino que también tengo que revelarte que él mismo, para nuestro gran asombro y júbilo, ya se presentó ayer en casa. «¿Quién se ha—?, preguntó la marquesa sentándose junto a su madre; — «¿quién es el que se presentó?» y la expectación contrajo todos y cada uno de sus gestos. «Él», replicó la señora de G..., «el autor de aquella respuesta,él mismo en persona, al que se dirigía tu llamamiento.» «Pues bien», dijo la marquesa con el pecho agitado, «¿quién es?» Y otra vez, «¿quién es?» «Eso», replicó la señora de G..., «quisiera dejar que lo adivinaras tú. Pues imagínate que ayer, según estábamos tomando el té y acabábamos de leer la extraña gaceta, una persona a la que conocemos perfectamente irrumpe en la sala con ademanes de desesperación, cayendo a los pies de tu padre y a continuación a los míos. Nosotros, sin saber qué pensar de ello, le instamos a que hable. A lo cual dice que su conciencia no le deja reposo, que él es el canalla que ha burlado a la marquesa, que necesita saber cómo se juzga su crimen y, si ha de caer sobre él venganza alguna, allí está en persona para someterse a ella.» «Pero, ¿quién?, ¿quién?, ¿quién?», repuso la marquesa. «Como te he dicho», prosiguió la señora de G..., «un hombre joven, por lo demás bien educado, del cual nunca hubiéramos sospechado una iniquidad semejante. Mas no te asustará saber, hija mía, que es de clase humilde y desprovisto de todas las exigencias que en otro caso se le podrían hacer a tu esposo». «Tanto da, excelente madre mía», dijo la marquesa, «no puede ser totalmente indigno puesto que se ha arrojado a sus pies antes que a los míos. Pero ¿quién?, ¿quién? Dígame solamente quién.» «Pues bien», repuso la madre, «es Leopardo, el montero que tomó tu padre hace muy poco del Tirol y al que ya he traído conmigo, si lo aceptas, para presentártelo como futuro esposo.» «¡Leopardo, el montero!», exclamó la marquesa, oprimiéndose la frente con la mano en un gesto de desesperación. «¿Qué te asusta?», preguntó la comandanta. «¿Tienes motivos para dudarlo?» —«¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?», preguntó la marquesa confusa. «Eso», respondió aquélla, «sólo a ti quiere confiártelo. La vergüenza y el amor, dice, le hacen imposible explicárselo a otro que no seas tú. Mas si quieres, abrimos la antecámara donde espera el desenlace con el corazón palpitante y ya verás cómo le arrancas tú su secreto en cuanto yo me retire.» «¡Dios mío de mi vida!», exclamó la marquesa; «¡cierta vez me adormecí en el calor de la siesta y al despertar vi cómo se alejaba de mi diván!» Y según lo dijo cubrió con sus manecitas el rostro que le ardía de pudor. Ante estas palabras la madre cayó de rodillas ante ella. «¡Oh, hija mía!», exclamó; «¡oh, excelente!» y la abrazó. Y «¡oh, indigna de mí!», y ocultó el rostro en su regazo. La marquesa preguntó conmocionada: «¿Qué le ocurre, madre?» «Pues sabe», prosiguió la madre, «oh tú, más pura que los ángeles, que de todo cuanto te he dicho nada es cierto; que mi alma depravada no podía creer en tal inocencia como la que te alumbra, y que precisaba de tan vergonzoso ardid para persuadirme de ella.» «Mi queridísima madre», exclamó la marquesa, inclinándose hacia ella embargada por una emocionada dicha y tratando de levantarla. Aquélla repuso: «No, no me aparto de tus pies hasta que me digas si puedes perdonarme la bajeza de mi conducta, tú tan magnífica, criatura celestial.» «¡Yo perdonarla a usted, madre mía! Levántese, levántese», exclamó la marquesa, «se lo imploro.» «Escucha lo que te digo», dijo la señora de G.., «quiero saber si aún puedes quererme y honrarme tan sinceramente como siempre.» «¡Madre adorada!», exclamó la marquesa, arrodillándose a su vez ante ella; «el respeto y el cariño nunca se apartaron de mi corazón. ¿Quién podía, en tan inauditas circunstancias, concederme crédito? ¡Qué feliz soy de que esté convencida de mi intachabilidad!» «Pues bien», repuso la señora de G..., levantándose ayudada por su hija: «Voy a llevarte en palmitas, hija mía querida. Quiero que des a luz en mi casa; y si la situación fuera tal que esperara de ti un joven príncipe, no podría cuidarte con más ternura ni dignidad. En todos los días de mi vida no me apartaré ya de tu lado. Me enfrentaré al mundo entero; ya no quiero otro honor que tu oprobio; sólo con que vuelvas a quererme y no me guardes rencor por la dureza con que te rechacé.» La marquesa intentó consolarla con caricias y súplicas sin cuento; mas pasó la velada y llegó la medianoche antes de que lo lograra. Al día siguiente, como se hubiera calmado un tanto la emoción de la anciana dama, que durante la noche le había provocado fiebre, regresaron triunfantes madre e hija con las nietas a M... Durante el viaje iban sobremanera alborozadas, bromeaban sobre Leopardo, el montero, sentado en el pescante, y la madre dijo a la marquesa que había notado cómo se ruborizaba cada vez que miraba sus anchas espaldas. La marquesa respondió con una agitación que era mitad suspiro y mitad sonrisa: «¡Dios sabe quién aparecerá al final el 3 a las 11 de la mañana en nuestra casa!» Después, a medida que se aproximaban a M..., más se ensombrecían de nuevo los ánimos presintiendo los acontecimientos decisivos que aún les aguardaban. La señora de G..., sin dejar entrever nada de sus planes, al bajar del coche ante la casa condujo a la hija de nuevo a sus antiguas habitaciones; dijo que se pusiera cómoda, que volvería con ella en un momento, y se escabulló. Al cabo de una hora volvió con el rostro encendido. «Hay que ver, ¡vaya un Santo Tomás!», dijo con secreto gozo en el alma; «¡tan incrédulo como un Santo Tomás! ¿No he necesitado una hora entera de reloj para convencerle? Pero ahora está ahí sentado, llorando.» «¿Quién?», preguntó la marquesa. «Él», respondió la madre. «Quién si no el que más motivo tiene.» «¿No será mi padre?», exclamó la marquesa. «Como un niño», replicó la madre; «que si no hubiera tenido yo misma que enjugarme las lágrimas de los ojos, me hubiera reído sólo salir por la puerta.» «¿Y eso por mi causa?», preguntó la marquesa poniéndose en pie; «¿y usted quería que yo aquí—?» «¡No te muevas de donde estás!», dijo la señora de G... «¿Por qué me dictó la carta? Aquí acudirá él a ti, si quiere volver a verme mientras yo viva.» «Queridísima madre», suplicó la marquesa — «¡Sin compasión!» —la interrumpió la esposa del mayor. «¿Por qué empuñó la pistola?» «Pero se lo imploro—» «No debes», repuso la señora de G... obligando a la hija a sentarse de nuevo en la butaca. «Y si no viene antes de esta noche, mañana nos vamos juntas de aquí.» La marquesa dijo que tal actitud era dura e injusta. Mas la madre replicó: «Cálmate—», pues en ese momento oyó a alguien acercarse sollozando desde lejos: «¡Ya viene!» «¿Dónde?», preguntó la marquesa aguzando el oído. «¿Hay alguien ahí fuera, a la puerta? ¿Son esos fuertes—?» «Por supuesto», repuso la señora de G... «Quiere que le abramos la puerta.» «¡Déjeme!», gritó la marquesa levantándose de un salto de la silla. «No: si me quieres, Julietta», repuso la esposa del mayor, «quédate ahí»; y en aquel preciso instante entró ya el comandante, apretando el pañuelo contra el rostro. La madre se plantó con los brazos abiertos ante su hija y le volvió la espalda. «¡Padre mío amadísimo!», exclamó la marquesa extendiendo sus brazos hacia él. «¡No te muevas de donde estás!», dijo la señora de G..., «¡obedece a lo que te digo!». El comandante seguía plantado en el cuarto y lloraba. «Que te pida perdón», prosiguió la señora de G... «¡Por qué es tan enérgico! ¡Y por qué es tan obstinado! Yo lo quiero, pero también a ti; lo honro, pero también a ti. Y de tener que elegir, tú eres más excelente que él y me quedo contigo.» El comandante se encorvó por completo y lloró a gritos tales que retumbaban las paredes. «¡Pero Dios mío!», exclamó la marquesa, cedió de pronto a la madre y tomó su pañuelo para dejar correr sus propias lágrimas. La señora de G... dijo: «¡Sólo es que no puede hablar!», y se hizo un poco a un lado. A esto se alzó la marquesa, abrazó al comandante y le pidió que se calmara. Ella misma lloraba a mares. Le preguntó si no quería sentarse; trató de hacer que se acomodara en una butaca; le acercó un sillón para que se sentara, mas él no respondía; no hubo forma de moverlo del sitio; tampoco se sentó y continuaba simplemente allí en pie, con el rostro profundamente inclinado a tierra y llorando. La marquesa dijo, sosteniéndolo derecho, vuelta a medias hacia la madre, que iba a ponerse enfermo; la propia madre, como él gesticulara convulsivamente, parecía a punto de perder su entereza. Mas cuando al fin, ante los repetidos ruegos de la hija, él se hubo sentado y ésta, entre caricias sin cuento, cayó a sus pies, retomó aquélla la palabra; dijo que le estaba bien empleado, que entonces sí que entraría en razón, se marchó de la alcoba y los dejó solos.

En cuanto hubo salido se enjugó ella misma las lágrimas, meditó si la violenta conmoción a la que lo había sometido no podría al cabo resultar peligrosa, y si sería aconsejable mandar llamar a un médico. Para la noche le cocinó todo cuanto pudo encontrar reconstituyente y tranquilizante, le preparó y calentó la cama para meterlo en ella en el acto tan pronto como apareciese de la mano de la hija y, puesto que seguía sin venir y ya la mesa estaba puesta para la cena, se deslizó hacia el dormitorio de la marquesa para oír qué acontecía. Al aguzar el oído acercándolo apenas a la puerta, percibió un susurro que, según le pareció, provenía de la marquesa; y según pudo ver por el ojo de la cerradura, estaba ella sentada nada menos que en el regazo del comandante, lo cual él no había consentido en su vida. A esto abrió por fin la puerta y vio entonces, rebosándole el corazón de alegría: la hija en silencio, con la nuca echada hacia atrás, los ojos apretados, en brazos del padre; en tanto que éste, sentado en la butaca, imprimía prolongados, ardientes y ávidos besos en su boca, los grandes ojos cuajados de brillantes lágrimas. ¡Justo como un enamorado! La hija no hablaba, él no hablaba; sentado con el rostro inclinado sobre ella como sobre la muchacha de su primer amor, le colocaba la boca y la besaba. La madre se sintió como una bienaventurada; sin ser vista, de pie tras él, se demoró en interrumpir el goce de la jubilosa reconciliación que había vuelto a su casa. Finalmente se acercó al padre e inclinándose en torno a la silla lo miró de lado, ocupado como estaba en ese instante con dedos y labios presa de indecible deleite sobre la boca de su hija. El comandante, al verla, bajó de nuevo el rostro muy fruncido y quiso decir algo, mas ella exclamó: «¡Oh, qué caras son ésas!», lo compuso de nuevo a su vez con un beso, poniendo fin a las ternuras entre bromas y veras. Invitó y condujo a ambos, que iban como novios, a la mesa, donde el comandante, si bien muy risueño, aún sollozaba de cuando en cuando, comía y hablaba poco, bajaba la vista al plato y jugueteaba con la mano de su hija.

Se suscitó entonces la cuestión, al amanecer un nuevo día, de quién diantres se presentaría a las once de la mañana siguiente; pues ése era el temido día tres. Padre y madre, y también el hermano, que se había personado para reconciliarse a su vez, se inclinaban a toda costa, en caso de que la persona fuera mínimamente aceptable, por las nupcias: debía hacerse todo cuanto fuera posible para que la posición de la marquesa saliera bien librada. Si las circunstancias del susodicho fueran sin embargo tales que éste, incluso ayudándole con ciertas concesiones, aún quedara muy por debajo de la condición de la marquesa, entonces los padres se oponían al casamiento; decidieron mantener de un modo u otro a la marquesa en su casa y adoptar al niño. La marquesa, por el contrario, mostraba voluntad, salvo si dicha persona fuera infame, de cumplir en cualquier caso la palabra dada y, costara lo que costara, dar un padre al niño. Al anochecer preguntó la madre cómo se había de actuar a la hora de recibir a la persona en cuestión. El comandante opinó que lo más adecuado sería dejar sola a la marquesa a las 11. Por el contrario, ésta insistió en que tanto ambos padres como también el hermano debían estar presentes, puesto que no quería ella tener secretos de ninguna clase que compartir con tal persona. Asimismo opinó que este deseo parecía incluso expresado en su respuesta, al proponer la casa del comandante para el encuentro; circunstancia por la cual precisamente dicha respuesta, como había de reconocer con toda franqueza, le había agradado mucho. La madre hizo notar la inconveniencia del papel que el padre y el hermano tendrían en todo ello, pidió a la hija que aceptara que los hombres permaneciesen aparte, mientras que ella correspondería a su deseo de que asistiera a la recepción de la persona. Tras una breve reflexión por parte de la hija se acordó finalmente esta última propuesta. A continuación llegó, tras una noche pasada entre las más inquietas expectativas, la mañana del temido día tres. Al dar la campana las once, estaban sentadas ambas mujeres en el salón de las visitas, vestidas de fiesta como para una ceremonia de compromiso; su corazón latía de tal modo que se hubiera podido escuchar de haber callado el tráfago diario. Aún resonaba la oncena campanada cuando entró Leopardo, el montero que había tomado el padre del Tirol. Las mujeres palidecieron al verlo. «El conde F...», dijo, «ha parado su coche delante de la casa y manda que se le anuncie.» «¡El conde F...!», exclamaron ambas a un tiempo, arrojadas una en brazos de la otra por algo similar a una conmoción. La marquesa gritó: «¡Cerrad las puertas! ¡Para él no estamos!» Se puso en pie para echar ella misma de inmediato el cerrojo a la sala y a punto estaba de sacar a empujones al montero, que se interponía en su camino, cuando ya entraba el conde exactamente con la misma casaca, con medallas y armas como llevaba en la toma del fuerte. La marquesa creyó que la tragaba la tierra de pura turbación; echó mano a un pañuelo que había dejado en la silla y se disponía a huir hacia una habitación adyacente, mas la señora de G..., tomando su mano, gritó: «¡Julietta!», y como ahogada en pensamientos se le fue la voz. Clavó los ojos en el conde y repitió: «¡Por favor, Julietta!», tirando de eíla hacia sí: «¿A quién esperamos pues...?» La marquesa gritó, volviéndose de repente: «¿Y pues? ¿A él no—?», y lo fulminó con una mirada fulgurante como un rayo, mientras una mortal palidez atravesaba su rostro. El conde había doblado una rodilla ante ella; tenía la mano derecha sobre el corazón, la cabeza levemente inclinada sobre el pecho; allí estaba, con la mirada baja y el rostro ardiendo y callaba. «¿A quién si no?», exclamó la comandanta con voz ahogada, «¿a quién, ciegos de nosotros, si no a él?» La marquesa estaba clavada ante él y decía: «¡Voy a enloquecer, madre mía!» «Insensata», replicó la madre, la atrajo hacia sí y le susurró algo al oído. La marquesa se dio media vuelta y se derrumbó en el sofá, ambas manos cubriéndole el rostro. La madre gritó: «¡Desdichada! ¿Qué te ocurre? ¿Qué ha sucedido para lo que no estuvieras preparada?» El conde no se apartaba de junto a la esposa del mayor; aún de rodillas tomó el borde más externo de su vestido y lo besó. «¡Querida señora mía! ¡Venerabilísima!», musitó: una lágrima rodó por sus mejillas. La esposa del mayor dijo:

«¡Levántese, señor conde, levántese! ¡Consuélela a ella, así estamos todos en paz, así todo quedará perdonado y olvidado.» El conde se alzó llorando. Cayó de nuevo ante la marquesa, tomó quedamente su mano, como si fuera de oro y el aroma de la suya pudiera empañarla. Mas ésta gritó: «¡Vayase, vayase, vayase!», mientras se levantaba; «estaba resignada a la idea de un vicioso, pero no de un ... ¡diablo!», abrió la puerta de la sala mientras lo evitaba como a un apestado y dijo: «¡Llamad al comandante!» «¡Julietta!», exclamó la comandanta atónita. La marquesa clavaba sus ojos, con mortal fiereza, ora en el conde, ora en la madre; su pecho volaba, su rostro refulgía; la mirada de una furia no puede ser más aterradora. Acudieron el comandante y el guardabosques mayor. «¡Con este hombre, padre», dijo cuando aquéllos apenas habían llegado a la entrada, «no puedo desposarme!», metió la mano en un recipiente con agua bendita fijado junto a la puerta trasera, roció con ella en un amplio movimiento a padre, madre y hermano y desapareció.

El comandante, afectado por tan extraña escena, preguntó qué había ocurrido y palideció al ver en momento tan decisivo al conde F... en la sala. La madre tomó al conde de la mano y dijo: «No preguntes. Este joven lamenta de corazón cuanto ha sucedido; dale tu bendición, dásela, dásela: así todo terminará felizmente.» El conde estaba anonadado. El comandante posó su mano sobre él; pestañeaba y tenía los labios blancos como tiza. «¡Que la maldición del cielo se aparte de estas cabezas! ¿Cuándo piensa casarse?» «Mañana», respondió la madre por él, pues era incapaz de decir palabra, «mañana u hoy mismo, como tú quieras. El señor conde, que tanto celo ha mostrado en reparar su falta, siempre preferirá la hora más próxima.» «En ese caso tendré el placer de verlo mañana a las once en la iglesia de los. agustinos», dijo el comandante, se inclinó ante él, llamó a su mujer y a su hijo para dirigirse a las habitaciones de la marquesa y lo dejó allí plantado.

En vano se esforzaron por saber de la marquesa el motivo de su extraña conducta; presa de una violenta fiebre, no quería saber absolutamente nada de casamiento y rogaba que la dejaran sola. A la pregunta de «¿por qué había cambiado repentinamente su decisión y qué era lo que le hacía al conde más odioso que otro?», miró ausente al padre, con los ojos muy abiertos, y no dio respuesta alguna. La esposa del mayor dijo que si había olvidado que era madre, a lo cual replicó ella que, en aquel caso, había de pensar más en sí que en el niño y, poniendo por testigos a todos los ángeles y los santos, aseguró una vez más que no se casaría. El padre, viéndola a todas luces en un estado de ánimo sobreexcitado, declaró que tenía que mantener su palabra; la dejó y organizó todo para las nupcias previo el correspondiente acuerdo escrito con el conde. Presentó a éste un contrato matrimonial en el que renunciaba a todos los derechos de un esposo, debiendo por el contrario asumir cuantas obligaciones de él se exigieran. El conde devolvió la hoja, empapada en lágrimas, con su firma estampada. Cuando el comandante, a la mañana siguiente, hizo entrega a la marquesa de dicho documento, ya se habían calmado un tanto los ánimos de ésta. Lo leyó varias veces sentada aún en la cama, lo dobló pensativa, lo abrió y lo releyó de nuevo; y a continuación declaró que se encontraría a las once en la iglesia de los agustinos. Se levantó, se vistió sin decir palabra, al tañer la campana subió al coche con todos los suyos y partió hacia allí.

Al conde no se le permitió unirse a la familia hasta llegar al pórtico de la iglesia. Durante la ceremonia la marquesa mantuvo la mirada fija en el retablo; ni una mirada furtiva concedió al hombre con quien intercambió los anillos. El conde le ofreció su brazo al terminar la boda, mas tan pronto hubieron salido de la iglesia se inclinó la condesa ante él: el comandante preguntó si tendría el honor de verle de cuando en cuando en los aposentos de su hija, a lo cual el conde balbuceó algo que nadie entendió, se descubrió ante la reunión y desapareció. Se instaló en un piso de M... en el cual pasó varios meses sin pisar siquiera la casa del comandante, donde permanecía la condesa. Sólo a su delicado comportamiento, digno y de todo punto ejemplar allí donde quiera que tuviese contacto alguno con la familia hubo de agradecerle que, tras alumbrar la condesa felizmente un hijo, fuera invitado al bautizo de éste. La condesa, que se encontraba guardando el puerperio, cubierta de colchas, sólo le vio un instante, al asomarse él por la puerta y saludarla respetuosamente de lejos. Entre los regalos con que los invitados dieron la bienvenida al recién nacido dejó dos documentos en su cuna, uno de los cuales era, como se vio cuando él ya se había marchado, una donación de 20.000 rublos al niño, y el otro un testamento mediante el cual, en caso de fallecimiento, nombraba a la madre heredera de toda su fortuna. A partir de ese día, a instancias de la señora de G..., se le invitó con mayor frecuencia; la casa estaba abierta para él, pronto no pasó una velada sin que se hubiera presentado. Como su buen sentido le dijera que había sido perdonado por todas las partes, a causa de la frágil condición del mundo, empezó a cortejar de nuevo a la condesa, su esposa; obtuvo de ella, al cabo de un año, un segundo sí y también se celebró una segunda boda, más alegre que la primera, tras contraer la cual la familia entera se mudó a V... Toda una serie de jóvenes rusos siguieron entonces al primero y como el conde, en una hora feliz, le preguntara un día a su esposa por qué aquel terrible día tres, resignada como parecía estar a la idea de cualquier vicioso, había huido de él como del diablo, respondió ella echándosele al cuello que «no se le habría antojado entonces un diablo si la primera vez que lo vio no le hubiera parecido un ángel».

Heinrich Von Kleist (1777-1811)


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