«El vigilante»: Sheridan Le Fanu; relato y análisis


«El vigilante»: Sheridan Le Fanu; relato y análisis.




El vigilante (The Watcher) es un relato de terror del escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), publicado por primera vez en la edición de noviembre de 1847 de la revista Dublin University Magazine, y luego reeditado en la antología de 1851: Historias de fantasmas y cuentos de misterio (Ghost Stories and Tales of Mystery); en esta ocasión con el título: El familiar (The Familiar), probablemente entre los más conocidos cuentos de Sheridan Le Fanu, el cual también apareció anteriormente en la colección: En un cristal oscuro (In a Glass Darkly).

El vigilante, probablemente uno de los más importantes relatos de fantasmas de Sheridan Le Fanu y un auténtico clásico de la literatura gótica, narra la historia de James Barton, un marinero que vive en la ciudad de Dublín, Irlanda, quien es acechado por una extraña criatura de aspecto pequeño y repulsivo, como un enano grotesco, que a su vez se asemeja a alguien a quien conoció en el pasado.

Pronto el capitán Barton comienza a escuchar voces que lo acusan por oscuros actos cometidos en el pasado. Sus temores, por fin, se revelan bajo la forma de un pájaro aterrador, un búho, mascota de Clara Montague, su prometida.




El vigilante.
The Watcher; Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873)

En 1794, el hermano menor de un barón llamado James Barton, regresó a Dublín. Había servido en la marina con cierta distinción, mandando una fragata de Su Majestad durante casi toda la guerra con América. El capitán Barton contaba con cuarenta y dos a cuarenta y tres año de edad. Era un compañero agradable e inteligente cuando estaba de buen humor, aunque por regla general era reservado y, a veces, hasta extravagante. No obstante, en sociedad se comportaba como un hombre de mundo, como el más cumplido caballero. A pesar de los años transcurridos navegando, no adquirió los modales bruscos y toscos de los marinos, sino al contrario. Era de mediana estatura y robusto, y su rostro de líneas acusadas, tenía una agradable expresión grave y melancólica. Su aspecto personal, el nombre de familia y su posición le abrieron de par en par las puertas de las mejores casas de Dublín.

En sus necesidades personales, el señor Barton gastaba poco. Habitaba en una linda mansión de una calle aristocrática, y tenía un solo criado y un caballo, y aunque se le Juzgaba de ideas avanzadas y libre pensador, llevaba una existencia ordenada y absolutamente moral, careciendo de vicios en absoluto. Por consiguiente, siendo Barton prudente, ahorrador y poco sociable, según todos los indicios, mantendría su soltería contra todos los intentos de las jóvenes, y era posible que muriese de vejez, dejando toda su fortuna a un hospital o un asilo. De pronto, los chismosos se dieron cuenta de que no interpretaban bien los sentimientos del capitán Barton.

En un baile le presentaron a una encantadora joven llamada Clara Montague. Se trataba de una muchacha de carácter alegre, inteligente y muy linda, digna de ser elegida reina de los salones. Fue la tía de la joven, la rica viuda lady L. quien se la presentó. Sin embargo, todas las cualidades de la muchacha no le proporcionaban más que una admiración superficial, pues la joven tenía algo peor que un defecto, ya que por toda dote sólo podía aportar al matrimonio su inteligencia y su atractivo personal. Conocidos tales antecedentes, no es de extrañar la sorpresa que ocasionó la noticia de la formal petición de mano, por Barton, hecho que la tía, halagada por su perspicacia, se cuidó de esparcir por la capital.

Para formalizar el compromiso matrimonial, faltaba el consentimiento del padre de Clara, que 'en aquellos momentos regresaba con licencia ilimitada de la India, y cuya llegada tendría lugar tres semanas más tarde. Naturalmente, no existía ninguna duda respecto a tal consentimiento y el retraso era, por tanto, mera fórmula. Se les consideraba ya como prometidos oficiales, y la tía de Clara, con el rigor de su anticuado decoro, del que su sobrino hubiese prescindido gustoso, la separó de todas las reuniones juveniles de la ciudad. El capitán Barton menudeaba sus visitas, quedando casi siempre invitado con los privilegios que otorga una intimidad entre dos prometidos. La tía de Clara residía en una cómoda y hermosa residencia de la parte norte de Dublín, o sea la opuesta a donde vivía el novio, que era en el extremo sur. La distancia entre ambas casas era considerable, y el marino tenía la costumbre de recorrer a pie el camino, sin ningún acompañante, cuando por la noche se despedía de las damas.

El trayecto más corto cruzaba, durante largo trecho, por una calle recién abierta en la que apenas se habían echado los cimientos de los edificios. Una noche, poco después de hacerse público su compromiso, Barton se retiró ya muy avanzada la hora. La conversación con ambas mujeres se desvió hacia las pruebas de revelaciones, y Barton, escéptico por naturaleza, rebatió todos los argumentos presentados. Era medianoche cuando se despidió, emprendiendo el regreso a su domicilio. Poco después llegó a la calle en construcción, obstruida por tabiques, maderos y montones de piedras, a los cuales la luna, brillando borrosa, esfumaba los contornos, dándoles un aspecto verdaderamente lúgubre e impresionante.

Reinaba un absoluto silencio, ese silencio indefinible, emocionante, y el eco de las fuertes pisadas del marino quedaba roto de manera rítmica y uniforme. Iba ya por la mitad de la calle, cuando de repente oyó otros pasos, acompasados y al parecer a unos veinte metros de distancia. La sospecha de ser seguido siempre es desagradable, de manera especial cuando se trata de un lugar solitario. Esta sospecha resultó tan fuerte en el espíritu del capitán, que de repente se volvió bruscamente para enfrentarse con su seguidor. Pero aunque había suficiente resplandor para distinguir cualquier cuerpo próximo, en todo lo largo de la calle no descubrió la menor sombra o vestigio de un ser humano.

Aquel rumor de pasos no podía ser el eco de los suyos, ya que efectuó diversas pruebas para demostrarlo, consiguiendo siempre un resultado negativo. Aunque no era un individuo de imaginación enfermiza Barton tuvo que rendirse a la evidencia de que aquellos pasos eran puramente producto de su mente. Tranquilizado por estos razonables, reanudó la marcha y, antes de haber recorrido una docena de pasos, las misteriosas pisadas fueron de nuevo audibles a su espalda. Esta vez, como si hubiera un designio especial de demostrar que los sonidos no eran resonancias de un eco, los pasos se apresuraban unas veces, moderando otras la marcha, y avanzando con lentitud. A pesar de su profundo escepticismo, Barton experimentó un temor supersticioso, y con esta sensación inusitada y desagradable, reanudó el camino. Inmediatamente se repitieron las fantasmales pisadas, con súbitas ráfagas de velocidad que amenazaban con llevar al invisible perseguidor al lado del alarmado capitán.

Éste volvió a detenerse, ya que las naturales e inexplicables sensaciones amedrentaban su ánimo, y cediendo a la excitación del momento, gritó con voz severa:

—¿Quién anda ahí?

El sonido de la propia voz, en medio de un absoluto silencio, siempre contiene una nota de espanto. Los pasos le persiguieron hasta el estreno de la solitaria calle y tuvo que realizar un enorme esfuerzo para resistir el impulso de echar a correr. Al hallarse en su casa, sentado junto al hogar, empezó a serenarse y a coordinar sus ideas, considerando con calma el caso que de manera tan súbita le hizo perder la tranquilidad.

El capitán Barton se desayunaba a la mañana siguiente, reflexionando sobre los incidentes de la noche anterior, con más curiosidad que temor, ya que las impresiones más lúgubres desaparecen con el influjo sedante del día El timbre de la puerta resonó en la habitación y poco después su criado le entró una misiva que acababa de llegar. No había nada extraordinario en las señas de la carta, excepto la letra desconocida, quizás disfrazada; y con la expectación de tales casos, contempló intrigado la inscripción un minuto antes de abrirla.

—El señor Barton, excapitán del "Delfín", queda avisado del peligro. Obrará con prudencia si evita la calle... (Aquí se citaba el nombre de la calle recién abierta por donde tenía costumbre que pasar de pasar.) Si no hace caso de mi aviso, puede costarle un serio disgusto. Que estas líneas le sirvan de primero y último aviso. —El vigilante.

El capitán leyó varias veces tan extraña misiva. La examinó en todos sentidos, contemplándola a trasluz, sin conseguir un resultado positivo. Luego, dedicó su atención al sobre. Estaba lacrado y encima se veía imperfectamente la impresión accidental de un pulgar. Nada permitía adivinar su origen. El autor, la carta y su verdadero objetivo eran un enigma inexplicable; sin embargo, sugerían por asociación de ideas una finalidad común con la aventura de la noche anterior. Obedeciendo a un sentimiento desconocido, quizás de orgullo, el capitán no comunicó ni a su novia lo ocurrido. Aunque le parecía una broma pesada, afectó de manera desagradable su imaginación, y no quiso revelarle a la joven lo que ésta pudiera tomar como un signo de debilidad.

Mas a pesar de considerar el asunto como indigno de pensar más en él, le perseguía con obstinación, atormentándole con dudas de perplejidad que le deprimían con aprensiones indefinidas. Lo cierto es que durante algún tiempo evitó pasar por la calle prohibida, dando un largo rodeo para llegar a casa.

Una semana más tarde de recibir la extraña misiva le ocurrió algo que le recordó su contenido, o contrarrestó la desaparición gradual de su mente de la impresión recibida. Regresaba una noche del teatro, de donde al salir acompañó a su prometida y a la tía de ésta hasta su coche, en compañía de unos desconocidos. Se separó de ellos por el camino y por último quedó completamente solo. Era ya la una y las calles estaban desiertas. Ya durante el trayecto que realizó en compañía notó con creciente sobresalto el ruido de unos pasos que al parecer le seguían.

Miró atrás un par de veces, con la inquieta impresión de ser otra vez víctima de las mismas aprensiones que le desconcertaron una semana antes. Deseaba con todas las fuerzas de su ser, ver algo que justificase de manera natural el rumor de aquellos pasos. Pero la calle continuaba desierta. Junto a la tapia del parque de un colegio, los pasos resonaron casi simultáneamente con la cadencia de sus propias pisadas. Dos o tres veces miró con rapidez y sigilo por encima del hombro, mas siempre con resultado negativo. La irritación que le produjo este misterio intangible llegó a ser casi intolerable. Y cuando ¡al fin llegó a su domicilio, tenía los nervios tan excitados que no pudo descansar y ni siquiera intentó acostarse hasta después de amanecer.

Ya entrada la mañana le despertó un discreto golpe dado a la puerta de su habitación. Su criado entró con la correspondencia. Al momento, llamó la atención del capitán una de las cartas. Una sola mirada al sobre le permitió reconocer al momento el carácter de letra.

—Le será imposible, capitán Barton, escapar de su propia sombra como de mí. Tome las precauciones que guste, todo será en vano, pues le veré cuando me plazca. No pretendo ocultarme como usted se imagina. Que ello no le turbe el descanso, capitán Barton. —El vigilante.

No hay por qué describir la sensación experimentada después de la lectura de tan extrañas frases. Durante unos días, el capitán estuvo extraordinariamente retraído, mas nadie pudo adivinar la causa. No obstante, además de la proximidad de la boda, el capitán tenía un asunto de importancia relacionado con una reclamación judicial de un antiguo litigio sobre ciertas propiedades. Las incidencias del caso disiparon un poco el pesimista estado de su espíritu, y al poco tiempo había recobrado ya su antiguo buen humor. Sin embargo, constantemente se sentía aterrado, por repeticiones oídas de una manera oscura y confusa, que no sabía distinguir a su entera satisfacción entre la realidad y la mera sugerencia de una mente excitada.

Varios días más tarde, el capitán Barton acompañado de un amigo, pasaba por el pasaje de College Green, cuando un individuo con una gorra de piel hundida hasta los ojos, avanzó rápidamente, como si estuviera muy excitado, murmurando algo entre dientes con extraña vehemencia. El desconocido se dirigió a Barton y se detuvo mirándole un momento, furioso y con mal velada amenaza. Luego, volviéndose con brusquedad, se retiró con el mismo paso agitado, desapareciendo por un pasaje lateral.

El efecto de esta aparición inesperada fue sorprendente. El capitán Barton era hombre valiente, sereno y orgulloso del dominio que ejercía sobre sus nervios, pero al ver avanzar al desconocido retrocedió unos pasos en silencio, asiendo el brazo de su amigo en un terrible espasmo de dolor o terror. Luego, cuando desapareció aquel extraño personaje empujándole hacia atrás, lo persiguió dos pasos, se detuvo excitado y se desplomó en un banco cercano. Jamás se vio un rostro más pálido y macilento que el suyo.

—¿Qué le sucede, amigo Barton? —le preguntó alarmado su acompañante—. No está herido ¿verdad? ¿Se siente indispuesto?

—¿Qué dijo ese hombre? No le oí. —inquirió Barton, sin contestar a las anteriores preguntas.

—Tonterías. ¿Qué pueden importarle las frases de un esquizofrénico? Usted no se encuentra bien, Barton. Está indispuesto. Permita que llame un coche.

—¿Indispuesto? No, no lo estoy. Pero a decir verdad —continuó el antiguo marino, esforzándose para recobrar la serenidad—, me siento fatigado, abrumado por el exceso de trabajo de estos días, y quizás algo inquieto. Como sabe, he estado en Chancery y un pleito largo siempre agota el sistema nervioso. Ya me repongo. ¿Reanudamos el paseo?

—No, Barton. Siga mi consejo y váyase a casa. Realmente, necesita descansar. Le acompañaré hasta allí.

Costó poco persuadirlo, pues era cierto que el capitán deseaba encontrarse en su casa. Pero rehusó la compañía de su amigo y cuando al día siguiente, éste fue a interesarse por su salud, el criado le manifestó que su amo no había salido de su habitación, pero que no se trataba de nada grave y que al cabo de unos días estaría totalmente restablecido. Aquella misma noche, el capitán mandó a buscar al médico, reputado entre la alta sociedad de Dublín, y la entrevista resultó muy extraordinaria. Entró en detalles sobre los síntomas de su postración, pero de manera vaga, como si careciese de interés en su propia salud. Sin embargo, el doctor comprendió que su paciente tenía en la mente algún asunto de mayor importancia que su enfermedad. Le preguntó, entre otras cosas, si alguna circunstancia irritante ocupaba sus pensamientos. El enfermo lo negó presuroso y casi con enojo. Entonces, el doctor diagnosticó una leve indisposición con una fuerte alteración nerviosa, y para justificar su visita recetó un ligero calmante. Al despedirse, Barton exclamó, como recordando algo importante:

—Perdone, doctor, pero iba ya a olvidarme. ¿Me permitirá que le dirija unas preguntas médicas un tanto extrañas? No obstante, de su solución depende una apuesta. ¿Me perdonará asimismo si le parezco poco razonable?

El médico asintió y volvió a sentarse. Barton parecía tener cierta dificultad en comenzar el propuesto interrogatorio, pues guardó silencio unos minutos bajo la escrutadora mirada del médico; luego, se acercó a la biblioteca y permaneció de pie junto a ella.

—Opinará que son unas preguntas infantiles —comenzó por fin—, pero no puedo cobrar mi apuesta sin una aclaración. Deseo saber primero algo respecto del tétano. Si un hombre padece de esa dolencia y fallece por ella, según asegura un forense de mediana habilidad ¿puede volver a la vida?

El médico sonrió, moviendo la cabeza negativamente.

—Supongamos —continuó Barton— que se trata de un ignorante, que pretende poseer la habilidad de un médico. ¿Podría equivocarse hasta el punto de confundir la muerte con un proceso de la enfermedad?

—Nadie, ni el más profano que haya presenciado una muerte, podría equivocarse en un caso de tétano.

—Voy a formularle una pregunta, quizás aún más ingenua. Pero antes dígame: ¿son los hospitales extranjeros, por ejemplo el de Napóles, muy vagos y complicados? ¿No puede caber algún error en la inscripción del nombre y señas de un paciente?

—Lo siento, mas no puedo contestarle esa pregunta porque desconozco por completo el régimen interior de los hospitales extranjeros.

—Gracias, doctor. Ahora, mi última pregunta. ¿Existe alguna enfermedad, en el vasto campo de las dolencias humanas, que produzca el efecto de contraer el esqueleto humano, haciendo que un hombre reduzca sus proporciones y sin embargo conserve la exacta semejanza con la sola excepción del volumen y la estatura? ¿Alguna dolencia o afección, no importa lo rara o poco conocida que sea, que pueda producir semejante efecto?

El médico replicó con una sonrisa francamente negativa.

—Entonces —prosiguió el capitán bruscamente—, si un hombre teme razonablemente el asalto de un loco que anda suelto ¿no puede conseguir un mandato de detención?

—En realidad, esta pregunta debe de hacerla a un abogado —contestó el galeno—. Pero a mi -entender, si se formula tal petición a un magistrado, en un caso justificado, la misma será atendida.

El doctor se despidió al fin, mas al llegar a la calle recordó haber olvidado los guantes y subió para recogerlos. Su reaparición fue igualmente embarazosa para los dos hombres, pues un papel que el médico reconoció como su receta ardía en ¡el fuego del hogar, y Barton expresaba un profundo abatimiento. El doctor poseía demasiado tacto para hacer demostración alguna, mas ya había visto lo bastante para temer la seguridad de que la dolencia que afectaba al capitán era puramente moral. Unos días después apareció en un periódico de Dublín el siguiente anuncio:

Si Silvestre Yalland, antiguo hombre de trinquete, a bordo de la fragata de Su Majestad, Delfín, o su pariente más próximo, se dirigen al señor Hubert Smith, abogado, en su oficina, se les comunicará algo que puede interesarles. Puede irse allí a cualquier hora, hasta las doce de la noche, si se desea evitar las horas de despacho. Se observará el silencio y la discreción más absolutos sobre las comunicaciones que tengan carácter confidencial.

El Delfín era el navío que el capitán Barton había mandado antaño. Los esfuerzos realizados para dar una gran publicidad al anuncio le sugirieron al médico ya mentado la idea de que la extraña inquietud de su extraordinario paciente guardaba alguna secreta relación con el citado individuo.

El agente de publicidad no divulgó la menor información sobre el verdadero propósito del anuncio, y ni siquiera insinuó quién podía ser el anunciante.

Durante este período, Barton recobró sus antiguos hábitos, algo más sosegado ya. Sin la menor vacilación, aceptó una invitación de sus camaradas de club y aunque al principio se mostró melancólico y abstraído, bebió mucho más de lo acostumbrado, posiblemente con la secreta esperanza de disipar sus angustias bajo los efectos del alcohol. Cuando terminó estaba excitado y sus chistes provocaron ruidosas carcajadas. A las ocho y media se despidió de sus compañeros y se le ocurrió dirigirse a casa de la tía de Clara a pasar el resto de la velada junto a ésta.

Así, en simpática y bulliciosa camaradería volaron las horas y al acercarse la medianoche, su artificial alegría comenzó a flaquear, pues los pensamientos penosos y el temor a lo desconocido volvieron a filtrarse de nuevo en su espíritu, desapareciendo como por ensalmo todo su buen humor. Al fin, se despidió con un desagradable presentimiento, y la mente acosada por mil aprensiones misteriosas que se esforzaba valientemente en desdeñar. Fue este orgulloso desafío a lo que consideraba como su debilidad, lo que le indujo aquella noche a tomar el camino que provocó su nueva aventura.

Hubiera podido fácilmente buscar un coche, pero consciente de que la poderosa inclinación que sentía para ello nacía de lo que motejaba de temor supersticioso, no quiso acceder. También pudo regresar por un camino distinto al que le fue prohibido por su misterioso comunicante. Jamás ningún ser humano vio sus resoluciones tan sometidas a prueba como el capitán Barton cuando, conteniendo la respiración, puso los pies en la desierta calle que, a pesar de todo su escepticismo, estaba infestada por algún poder maligno en lo que a él concernía. Prosiguió rápidamente su camino casi sin respirar por la creciente ansiedad de aquel momento. No obstante, no se vio molestado por ningún ruido sospechoso, y empezaba ya a felicitarse de su decisión cuando, ya casi al extremo de la calle, vislumbró los faroles de otras más iluminadas y concurridas.

Sin embargo, tal sentimiento de alivio fue momentáneo. La detonación de un arma de fuego a unos cien metros de distancia, a sus espaldas, y el zumbido de una bala rozándole la cabeza, disiparon su euforia de una manera desagradable y escalofriante. Su primer impulso fue volver sobre sus pasos en persecución del frustrado asesino, pero el camino a ambos lados estaba entorpecido por los cimientos de las casas, y más allá se extendían extensos solares llenos de estiércol y basura, y todo estaba tan silencioso como si jamás un disparo hubiese alterado aquella soledad. La futilidad de intentar la búsqueda del asesino era patente, sobre todo cuando no había la menor pista. Con las sensaciones tumultuosas, propias de un hombre cuya vida ha estado expuesta a un atentado criminal, el capitán Barton se volvió de nuevo y, sin apresurar el paso, continuó su camino.

De pronto, después de unos minutos y como brotando del suelo, topó con el hombrecillo de la gorra de piel. El encuentro fue de lo más inesperado. El hombre andaba al mismo paso exagerado y con la misma expresión de amenaza que la vez anterior. Al pasar por su lado, le pareció oírle proferir unas nuevas amenazas, añadiendo:

—¡Todavía vivo! ¡Todavía vivo!

La inquietud provocada por estos acontecimientos produjo una alteración natural en la salud de Barton, de modo que el cambio no pudo pasar inadvertido. Mas por ciertas razones sólo de él conocidas, no hizo la menor gestión para denunciar el atentado a la policía; por el contrario, lo guardó celosamente para sí. De tal forma ocultó la verdadera causa de sus sufrimientos, que parecía dictada por la sospecha de que conocía el origen de su extraña persecución, pero que era de tal naturaleza que no se atrevía a revelarlo. El marino se concentró en sí mismo y constantemente ocupado por una ansiedad de persecución que no se atrevía a revelar a nadie, se excitó cada día más y más, sufriendo varios ataques que produjeron desastrosos efectos en su sistema nervioso. Y en esta condición, se vio obligado a soportar con frecuencia creciente las sigilosas visitas de aquella aparición.

Llegó el momento en que el capitán Barton, abandonando sus escrúpulos, decidió realizar una visita a un famoso predicador al que conocía levemente, mas de quien aguardaba un consuelo. Encontró al clérigo en sus habitaciones particulares del colegio, rodeado de innumerables libros que versaban sobre diversas materias de su devoción, como filosofía, teología, ciencias; al ser anunciada su visita, el doctor abandonó su trabajo para atenderle. En las maneras de Barton había algo embarazoso y excitado que contrastaba con su rostro macilento y descolorido de tal forma que impresionó al predicador, dándole la desagradable sensación de que su visitante sufría mucho, tanto moral como físicamente.

Tras el usual intercambio de saludos y unas cuantas banalidades, el capitán Barton, que evidentemente observó la sorpresa que despertaba su visita, interrumpió una breve pausa para manifestar:

—Sé que es ésta es una visita extraña. Quizás injustificada entre dos personas que tan sólo han sido presentadas. En circunstancias ordinarias, jamás me hubiera atrevido a molestarle, pero mi visita no es una intrusión vana ni impertinente. Estoy seguro de que comprenderá y disculpará mi intención cuando le exponga mis motivos.

El pastor, sorprendido por el extraordinario preámbulo, le interrumpió dándole las seguridades que la buena educación exigía.

—He venido a poner a prueba su paciencia —prosiguió Barton—, solicitando su consejo y ayuda. Cuando digo paciencia, podría añadir algo más, y tal vez sería mejor llamarle sus sentimientos humanitarios, su compasión, pues he sido y soy actualmente víctima de un tremendo sufrimiento.

—Para mí será una verdadera satisfacción poder aliviarle en algo; aunque usted ya sabe que...

—Conozco sus objeciones —le atajó Barton—. Se me considera un incrédulo y, por tanto, incapaz de apreciar los auxilios de la religión, pero no dé tal cosa por cierta. No soy lo que se llama un creyente fervoroso, pero las circunstancias me han obligado a examinar recientemente a través de otro prisma la cuestión religiosa, y ello con un espíritu desprovisto de prejuicios.

—Entonces, debo entender que su visita tiene relación directa o indirecta con las pruebas de la revelación —sugirió el clérigo.

—No es esto exactamente; en realidad, me avergüenza confesar que no he considerado siquiera mis objeciones lo suficiente para expresarlas de manera concreta. Pero pero hay un tema sobre el cual me siento particularmente interesado.

Hizo una pausa y el reverendo le instó a proseguir.

—Lo cierto es —siguió Barton—, que sea cual sea mi incertidumbre respecto a la autenticidad de lo que hemos dado en llamar revelación, estoy profunda y horriblemente convencido de un hecho: que más' allá de los límites de nuestra humana comprensión existe un mundo espiritual que a veces se nos puede revelar de una manera terrible. Estoy cierto, sé que existe un Dios justiciero y que la retribución sigue al delito, de maneras misteriosas, por medio de agentes inexplicables y espantosos. Existe un castigo espiritual. ¡Dios santo, cómo me he convencido de ello! ¡Un castigo implacable y omnipotente, bajo cuya persecución estoy sufriendo los tormentos de los malditos... los fuegos y el furor del infierno!

Mientras Barton así se expresaba, su agitación era tan vehemente, que el reverendo se alarmó ante aquel extraordinario penitente. La frenética y excitada rapidez con que hablaba, y el indefinible horror que expresaban sus facciones descompuestas, en contraste con su frialdad y flema habituales, eran sorprendentes y penosos...


Sigue leyendo la segunda parte de: «El vigilante», de John Sheridan Le Fanu.




El análisis y resumen del cuento de Joseph Sheridan Le Fanu: El vigilante (The Watcher), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

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