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«Vidas sombrías»: Pío Baroja; libro y análisis


«Vidas sombrías»: Pío Baroja; libro y análisis.




Vidas sombrías (Vidas sombrías) es una colección de relatos fantásticos del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en 1900.

En Vidas sombrías podemos encontrar buena parte de los mejores cuentos de Pío Baroja, en su mayoría, relacionados con el relato de terror, los cuales expresan aquellas particulares obsesiones que luego volverían a aparecer en su producción literaria posterior.




Vidas sombrías.
Vidas sombrías, Pío Baroja (1872-1956)
  • El reloj.
  • El trasgo.
  • La caja de música.
  • La sima.
  • Médium.
  • Águeda.
  • Angelus.
  • Bondad oculta.
  • Caídos.
  • Conciencias cansadas.
  • El amo de la jaula.
  • El carbonero.
  • El vago.
  • Errantes.
  • Hogar triste.
  • La mujer de luto.
  • La trapera.
  • La venta.
  • Lo desconocido.
  • Los coles del cementerio.
  • Los panaderos.
  • Mari Belcha.
  • Marichú.
  • Nihil.
  • Noche de médico.
  • Parábola.
  • Piedad postrera.
  • Playa de otoño.




Antologías. I Libros de Pío Baroja.


El análisis y resumen del libro de Pío Baroja: Vidas sombrías (), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Pío Baroja: cuentos destacados


Pío Baroja: cuentos destacados.




Pío Baroja (1872-1956) fue un formidable escritor español, mucho más reconocido por sus novelas que por sus relatos de terror, sin embargo, los cuentos de Pío Baroja son, tal vez, uno de los mejores ejemplos del relato fantástico en la literatura española de la primera mitad del siglo XX.


En esta ocasión iremos repasando los mejores cuentos Pío Baroja.




Cuentos de Pío Baroja:
  • El reloj.
  • El trasgo.
  • La caja de música.
  • La sima.
  • Medium.
  • Olaberri el macabro.
  • Vidas sombrías.
  • Agonías de nuestro tiempo.
  • Arlequín, mancebo de botica.
  • Artículos periodísticos.
  • Aurora roja.
  • Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
  • Aviraneta o la vida de un conspirador.
  • Ayer y hoy.
  • Bagatelas de otoño.
  • Camino de perfección.
  • Canciones del suburbio.
  • César o nada.
  • Chinchín, comediante.
  • Ciudades de Italia.
  • Con la pluma y con el sable.
  • Crónica escandalosa.
  • Desde el principio hasta el fin.
  • Desde la última vuelta del camino.
  • Días aciagos.
  • Divagaciones apasionadas.
  • El amor, el dandysmo y la intriga.
  • El aprendiz de conspirador.
  • El árbol de la ciencia.
  • El caballero de Erlaiz.
  • El cabo de las tormentas.
  • El cantor vagabundo.
  • El cura de Monleón.
  • El diablo a bajo precio.
  • El dolor, estudio de psicofísica.
  • El escritor según él y según los críticos.
  • El escuadrón del «Brigante».
  • El gran torbellino del mundo.
  • El horroroso crimen de Peñaranda del Campo.
  • El hotel del Cisne.
  • El laberinto de las sirenas.
  • El mar.
  • El mayorazgo de Labraz.
  • El mundo es ansí.
  • El pasado.
  • El puente de las ánimas.
  • El sabor de la venganza.
  • El tablado de Arlequín.
  • Familia, infancia y juventud.
  • Final de siglo XIX y principios del XX.
  • Galería de tipos de la época.
  • Humano enigma.
  • Idilios vascos.
  • Intermedios. Vitrina pintoresca.
  • Juan van Halen, el oficial aventurero.
  • Juventud, egolatría.
  • La busca.
  • La casa de Aitzgorri.
  • La caverna del humorismo.
  • La ciudad de la niebla.
  • La dama errante.
  • La estrella del capitán Chimista.
  • La familia de Errotacho.
  • La feria de los discretos.
  • La Guerra civil en la frontera.
  • La intuición y el estilo.
  • La Isabelina.
  • La juventud perdida.
  • La leyenda de Jaun de Alzate.
  • La lucha por la vida.
  • La nave de los locos.
  • La obra de Pello Yarza y otras cosas.
  • La raza.
  • La ruta del aventurero.
  • Las aventuras de Silvestre Paradox.
  • Las ciudades.
  • La selva oscura.
  • La senda dolorosa.
  • La sensualidad pervertida.
  • Las figuras de cera.
  • Las furias.
  • Las horas solitarias.
  • Las inquietudes de Shanti Andía.
  • Las mascaradas sangrientas.
  • Las noches del Buen Retiro.
  • Las tragedias grotescas.
  • Las veleidades de la fortuna.
  • Laura o la soledad sin remedio.
  • La veleta de Gastizar.
  • La venta de Mirambel.
  • La vida fantástica.
  • La voluntad.
  • Libertad frente a sumisión.
  • Locuras de carnaval.
  • Los amores tardíos.
  • Los caminos del mundo.
  • Los caprichos de la suerte.
  • Los caudillos de 1830.
  • Los confidentes audaces.
  • Los contrastes de la vida.
  • Los pilotos de altura.
  • Los recursos de la astucia.
  • Los últimos románticos.
  • Los visionarios.
  • Mala hierba.
  • Memorias.
  • Memorias de un hombre de acción.
  • Miserias de la guerra.
  • Momentum catastrophicum.
  • Nocturnos del hermano Beltrán.
  • Paradox rey.
  • Rapsodias. Pequeños ensayos.
  • Reportajes.
  • Saturnales.
  • Susana y los cazadores de moscas.
  • Tierra vasca.
  • Todo acaba bien... a veces.
  • Vidas sombrías.
  • Zalacaín el aventurero.




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Pío Baroja: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El reloj»: Pio Baroja; relato y análisis.


«El reloj»: Pio Baroja; relato y análisis.




El reloj (El reloj) es un relato fantástico del escritor español Pio Baroja (1872-1956), escrito alrededor de 1920.

El reloj es un relato simbólico, rico en imágenes y sugerencias. Responde a la estética global de los cuentos de Pio Baroja. En otras palabras, El reloj quiebra con las costumbres narrativas, rompe el esquema tradicional de la narración y el argumento para convertirse en un experimento, delicioso, refinado, con resultados asombrosos.





El reloj.
El reloj, Pio Baroja (1872-1956)

Porque todos sus días, dolores, y sus ocupaciones,
molestias, aún de noche su corazón no reposa.
Eclesiastés

Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.

Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.

Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.

Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento. En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.
«¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.

¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.

-Tú también -le decía al cantor de la noche- vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.

Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.

Pio Baroja (1872-1956)




Relatos de Pio Baroja. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Pio Baroja: El reloj fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La caja de música»: Pio Baroja; relato y análisis.


«La caja de música»: Pio Baroja; relato y análisis.




La caja de música (La caja de música) es un relato fantástico del escritor español Pio Baroja (1872-1956), escrito alrededor de 1911.

La caja de música, uno de los grandes cuentos de Pio Baroja, es un símbolo, el recuerdo tenaz de un anticuario, imposible de vender, no importa cuál sea el precio.





La caja de música.
La caja de música, Pío Baroja (1872-1956)

I. El pintor anticuario.

Hacia finales del siglo XIX conocí en París a uno de tantos españoles que pululan por allí. Era un riojano, a quien llamábamos Luis el de Nájera, porque hablaba con frecuencia de este pueblo, que debía de ser el suyo. Luis no sabía el francés necesario para hacerse servir en el restaurante, y se mostraba al mismo tiempo reclamador y exigente, como si quisiera que le atendieran los que no le entendían. Él creía que eso de hablar francés era como una mala broma que algunos se empeñaban en sostener por capricho, cuando hubiera sido mucho más fácil que se hubieran puesto a hablar en castellano.

Al parecer, aquel hombre era de casa rica, gastador y muy decidido. Él contaba una anécdota que demostraba su decisión. Había estado en Londres en una casa de huéspedes española poco tiempo. Un día, en un restaurante, había encontrado una muchacha muy bonita que le sonreía. Él no sabía una palabra de inglés ni ella de español; pero él quería manifestar su admiración a la damisela. Luis, muy expedito, llamó por teléfono a la casa de huéspedes donde vivía y después hizo que la muchacha inglesa tomara el auricular del aparato, y los piropos del riojano fueron por teléfono pasando por la casa de huéspedes a la chica que estaba a su lado y que reía a carcajadas, sin duda asombrada del procedimiento y de la imaginación de los españoles.

Una tarde vi al riojano en el bulevar y me dijo que quería vender un esmalte. Me explicó que era de su casa de Nájera. Pretendía que le acompañara a varias tiendas de antigüedades del barrio latino.

-Bueno -le indiqué -, no tengo nada que hacer. Ya le acompañaré.

Entramos en varios comercios del bulevar Saint Germain. El esmalte era un poco tosco, pero tenía su valor. Los anticuarios ofrecían alrededor de mil francos. No pasaban de ahí. En una tienda de la calle de Rennes, el encargado se alargó hasta ofrecer dos mil quinientos francos.

-¿Que le parece a usted? -me preguntó el de Nájera.
-Yo no sé lo que vale eso -le contesté-. No tengo idea. Usted haga lo que le parezca.

El hombre se decidió: dejó el esmalte, tomó el dinero y se puso a redactar un recibo, por indicación del anticuario. Mientras tanto, yo miraba algunos de los objetos, entre ellos una caja de música antigua con cinco muñecos músicos que se movían y dos bailarinas que se deslizaban por un alambre.

-Es bonito eso -le dije al amo-. ¿Vale mucho?
-No le he puesto precio. No lo vendo. Está como muestra de la casa.
-¡Ah, ya!
-Ustedes, ¿son españoles? -preguntó el de la tienda de antigüedades.
-Sí
-Yo también soy español, pero ya llevo mucho tiempo aquí, en París.
-¡Ah! ¿Es usted español? -preguntó el de Nájera, mientras presentaba el recibo para cobrar.
-Sí.
-¿Quiere usted cenar con este señor y conmigo?
-¡Muchas gracias! Me espera la familia.
-¡Qué le importa a usted por una noche!

El de Nájera insistió tanto, que el de la tienda de antigüedades cedió y dijo que iría después de cerrar su comercio a donde se le indicase.

-Yo quisiera cenar en un restaurante bueno -dijo el de Nájera.
-Nosotros, algunos del oficio -indicó el anticuario-, solemos ir al restaurante Marais.
-No se dónde está.
-En los grandes bulevares.
-¿Cuanto costará el cubierto allí?
-Quince o veinte francos.
-Es poco.
-¡Bah! No tenga usted cuidado. Ya se le acabarán pronto los francos.
-Bueno. Pues iremos al restaurante Marais. ¿Cualquier cochero nos llevará allí?
-Sí.
-Entonces a las ocho le esperamos.

Al salir de la tienda de antigüedades vi que en la muestra decía:

"A LA CAJA DE MÚSICA". Téllez, Ferrari

Fuimos el de Nájera y yo a un café de la plaza de San Germán de los Prados. El riojano bebió cerveza y habló por los codos, y poco antes de la hora señalada tomamos un café, cruzamos el río y bajamos delante del restaurante Marais. Nos llevaron a un comedor aparte, de techo alto y de cierto lujo ostentoso, como el segundo Imperio. Parecía que el encargado del restaurante se había dado cuenta de que teníamos dinero fresco. Vino poco después el anticuario. Se llamaba Ángel Téllez. Era un buen tipo: esbelto, correcto, moreno, con la cabeza ya entrecana y la tez pálida. Vestía de luto. Tenía una cortesía un poco exagerada, que contrastaba con la turbulencia bárbara del riojano. Hicimos el menú y comimos muy bien.

-Ahora vamos a algún teatro. A ver mujeres guapas -dijo el de Nájera.
-Yo no puedo estar más de las once -advirtió Téllez.
-Tiene usted tiempo.

El anticuario nos condujo a una plaza y entramos en un teatro, que creo era el Folies -Berguére. Después de ver el acto de una revista, nos sentamos en el paseo. Era verano. La noche estaba caliente. Se nos acercaron algunas mujeres, que, al oírnos hablar castellano, decían:

-¡Ah! ¡Españoles! ¡Ole ya!

El que tenía más éxito era Téllez, el anticuario. Al de Nájera le vimos poco después con una muchacha guapa, que dijo que era de Valladolid. El hombre, que había estudiado en esta ciudad, se conmovió y perdió los estribos. Bebió, se exaltó, se puso a hablar como un descosido con el sombrero en el cogote, y lo perdimos de vista.

-Este paisano nuestro va a liquidar el esmalte en un momento -dijo el anticuario.
-Sí; poco le van a durar los cuartos.
-Bueno; yo me voy.
-¿Va usted hacia la orilla izquierda?
-Si. Vivo cerca del jardín del Luxemburgo.
-Pues yo también. Si quiere usted, iremos andando.
-Muy bien.

Salimos del teatro a los grandes bulevares, y luego por el bulevar Sebastopol, a cruzar el río y tomar el bulevar Saint-Michell. La noche era tibia y hermosa.

-Este mozo se va a gastar el dinero en cuatro o cinco días -dijo Téllez.
-Probablemente.
-Y quizá lo necesite.
-No sé, yo apenas le conozco.
-Pues mire usted: yo comencé mi fortuna por un esmalte que adquirí por casualidad, mejor dicho, que no lo adquirí, porque me vino como llovido del cielo. Le contaré el caso, si no le aburre.
-Hombre, no.

Se veía que al anticuario le gustaba hablar castellano, sin duda para convencerse de que lo recordaba.

II. De bohemio.

-Pues verá usted. Hace diez años vivía yo en una buhardilla de la calle de Vaugirard, enfrente del jardín del Luxemburgo. La casa, por fuera, era elegante. Tenía un patio palaciego; hasta el segundo piso, una escalera muy ornamental, y del segundo al tercero, una escalerilla de madera apolillada y estrecha.

Yo era pintor. Había estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Madrid y tenía una pequeña pensión del Ayuntamiento de mi pueblo. Vivía en un cuartucho, por el que pagaba treinta francos al mes, con una alcoba con su balconcillo al tejado y un rincón que yo llamaba mi estudio, con una claraboya en el techo. En la alcoba había una chimenea, y en el estudio, una estufa. En invierno se pasaba un frío terrible, y en verano, de día, no se podía estar de calor. En invierno había el recurso de meterse en la cama, con todas las mantas y abrigo encima. En verano, después de las horas de calor, se abría y se refrescaba el cuarto, y si no quedaba del todo fresco, se podía salir a dormir al tejado.

No había aún luz eléctrica, y para trabajar empleaba un quinqué de petróleo, y para acostarme, una vela. Entonces yo era un hombre un poco salvaje y consideraba que no necesitaba de nadie. Era capaz de ponerme unas medias suelas, de coserme los botones que se me caían y de zurcirme la ropa. No sabía apenas hablar francés ni me importaba. En invierno yo mismo guisaba en la estufa; en verano comía en restaurantes de un franco y de un franco y diez, y estaba contento. Muchas veces no hacía más que una comida al día. No me importaba más que lo mío. Para mí no había más que la pintura, y discutía de ella con vehemencia y terquedad. Tenía algunos conocidos y paseaba con ellos en el Jardín de Luxemburgo.

A pesar de esto, no estaba a la moda. La moda entonces era ser impresionista, usar barba, melenas y pipa y pintar paisajes con mucha pasta de color. A mí no me gustaba ni la barba ni las melenas ni la pipa, y hacía una pintura correcta y discreta. Sabía dibujar de una manera un poco académica. No tenia sentido del color. Esto tardé bastante en comprenderlo; pero al último lo comprendí. Los compañeros me decían que era pompiet, lo que me indignaba un tanto; pero yo vendía alguno que otro cuadro, y esto para mí era una compensación. Era también exacto en el cumplimiento de mis obligaciones; pagaba al casero y al sastre, y no hacía tonterías.

Después comprendí, como le digo a usted, que no era un artista. Generalmente, el artista es un extravagante y no tiene buen sentido. Casi todos los sábados, por la noche, solíamos ir a un café que hace esquina a la calle Soufflot y al bulevar Saint-Michell, que se llamaba, y supongo que se llama, La taberna del Panteón. Estábamos una noche diez o doce bohemios charlando, entre los cuales abundaban los melenudos de barba y pipa. En el grupo había cuatro o cinco chicas y una que era modelo de escultor. Esta muchacha, griega, tenía formas clásicas. Vivía o había vivido hasta entonces con un artista italiano, pequeño y calvo.

-Y ese escultor italiano, ¿dónde anda? -preguntó alguno a la griega.
-Ése es un cochino-contestó ella.
-¿Pues? ¿Qué ha hecho?
-Se ha marchado sin pagar la casa. Esos italianos son unos cerdos. Quisiera que los mataran a todos.
-Son muchos -dijo uno- para hacer esa matanza.

La griega siguió diciendo improperios contra los italianos, cuando vimos a un señor viejo, de barba blanca, que estaba en una mesa próxima acompañado de una muchacha pálida, que se ponía rojo, miraba a la que le acompañaba con aire triste y al mismo tiempo indignado, se levantaba, pagaba y se marchaba con ella.

-Ha afrentado usted a ese pobre viejo, que debe de ser italiano -advirtió uno.
-¿Por qué no ha protestado? -dijo la griega-, hubiéramos discutido.
-Sí; podían haber discutido lo que han hecho los italianos desde Rómulo y Remo hasta la Triple Alianza -aseguró alguien con ironía.
-Yo no sé quiénes son Rómulo y Remo -afirmó la griega.
-Naturalmente; ¿para qué?
-Pero hay que reconocer que hablando se entiende la gente.
-Otros creen lo contrario.
-También hay que reconocer que eso de no pagar el hotel no es exclusivo de los italianos, sino internacional -dijo uno de los pintores.

Nos olvidamos de la cuestión y seguimos hablando de nuestras cosas. La modelo griega encontró pronto un rumano que le acompañaba. Unos días después, en el jardín de Luxemburgo, vi al viejo italiano y a la muchacha pálida que habían estado cerca de nosotros en el café, y a quien las palabras de la modelo griega había hecho levantarse con aire de indignación.


III Lorenzo Borda.

El viejo italiano era un tipo de garibaldino: barba tupida y blanca, melenas, sombrero de ala ancha, corbata flotante y carrick con esclavina. La muchachita tenía aire de madonna: las facciones muy finas y la expresión amable. Les seguí a los dos. Ella se dio cuenta enseguida. Vivían en una casa próxima a la mía. Me dediqué al espionaje amoroso, y vi que solían ir con frecuencia a una tienda de antigüedades de la calle del Bac. Me presenté en la tienda, hablé con el dueño y me ofrecí como restaurador. En la conversación me referí al viejo italiano y a la muchacha y averigüé que él se llamaba Lorenzo Borda; ella, que era su nieta, Carlota Ferrari. Hacían juguetes y restauraciones.

Sabiendo su nombre, escribí a la muchacha e intenté dejar la carta en la portería; pero la portera me dijo que tenía orden de no recibir ninguna carta para aquellos inquilinos. Un día, sospechando si desde los tejados próximos a mi casa se vería el cuarto de Carlota Ferrari, salí de exploración, gateando, y desde una azotea de cinc vi a Carlota delante de una ventana, trabajando. Ella me vio también y quedó estupefacta. La mostré un papel, dándole a entender que tenía una carta para ella. Ella movió la cabeza como aceptando. Al día siguiente se la di en el paseo, y desde entonces comenzaron nuestros amores.

Carlota Ferrari hizo, poco después, que el dueño de la tienda de la calle del Bac me presentara oficialmente a Lorenzo Borda, el viejo italiano, abuelo de la muchacha. Desde entonces comencé a acompañarlos en el paseo a los dos, y más tarde entré en su casa. El señor Lorenzo era muy suspicaz en ocasiones, y en otras muy confiado. El viejo italiano y su nieta hacían juguetes mecánicos y restauraban muebles y porcelanas. De esto vivían. Por entonces trabajaban casi únicamente para la tienda de antigüedades de la calle del Bac. Yo comencé a ayudarles, y a cambio de mi colaboración comía con ellos. Tenían el señor Lorenzo y su nieta una casa pequeña, formada por un cuarto con una ventana al tejado, con su hornillo para hacer la comida, mesa de trabajo y dos alcobas estrechas con tragaluces. La alcoba de Carlota solía estar siempre cerrada; la del viejo Lorenzo tenía un camastro bajo, una silla y un baúl grande lleno de herrajes.

Ya sabe usted la vida de los extranjeros aislados y sin conocimiento en un pueblo inmenso como París. A las pocas semanas son como de la familia. Luego, con la misma facilidad que se hacen amigos, riñen y se separan para siempre. El viejo Lorenzo me contó su vida. Hablaba conmigo una jerga entre italiana y francesa que estaba a la altura de la francoespañola que yo empleaba. El padre de Lorenzo le había dejado, al morir, un taller de relojero en la calle principal de la ciudad de Pavía, en el Corso di Porta Nuova. Lorenzo Borda tenía gran cariño por su ciudad y protestaba de que algunos lo considerasen como un pueblo triste.

-¿Oh, no! Yo no digo que sea tan grande y animada como Parigi...
-No, no. Es evidente -replicaba su nieta, sonriendo.

En la juventud, Lorenzo había tomado parte en las intrigas del revolucionario Mazzini. Su taller de relojero había sido un punto de reunión de carbonarios. Su yerno Ferrari, el padre de Carlota, abogado venido de Brescia, que anduvo mezclado en la política, fue perseguido y marchó a vivir a Marsella.. Lorenzo Borda, ya viudo, no podía vivir sin Carlota. Traspasó la relojería, cogió algún dinero y se fue a Marsella.. Ferrari murió, y entonces el viejo y la niña se trasladaron a París, donde vivían con gran modestia de su trabajo. El viejo italiano se lamentaba siempre de sus apuros. Carlota y yo estábamos cada vez más unidos. Nuestra gran ilusión era pasear por el jardín de Luxemburgo. Lorenzo no se expresaba bien en francés. Esto ya, para él, era imposible. Carlota, sí; lo hablaba como una parisiense, pero no del pueblo, sino de la clase ilustrada.

Carlota me convenció de que debía aprender el francés. Cada día me obligaba a estudiar una relación de Chateaubriand o unos versos de Racine, y me corregia la pronunciación. Íbamos también al teatro del Odeón. El anticuario de la calle del Bac nos daba, a veces billetes de favor. En esto, un día descubrimos en el escaparate de una tienda de antigüedades de la calle de Babilonia una caja de música con unos muñecos. No era ninguna maravilla. Desde que la vio, el abuelo comenzó a hablar a todas horas de una caja de música que había en su casa, en Pavía. ¡Aquélla era caja! La tenía su hermana Matilde; pero no era sólo suya, sino de los dos. Habían heredado por partes iguales la caja y otros muebles, pero él no había retirado ninguno. Su hermana Matilde, viuda de un empleado, era un poco avara. Le había dicho a Lorenzo que la caja de música estaba tasada en mil liras, y que si le enviaba la mitad, quinientas, se la daría.

-Pero, ¿es que vale? -le pregunté yo.
-¡Oh, sí; mucho, mucho!

Y el viejo la describía con grandes extremos.

-¿Y de dónde procede?

Según Lorenzo, su tío abuelo Paolo había sido médico del ejército austriaco y había estado en Francia, cuando la caída de Napoleón, con los aliados. Se decía que allí había comprado objetos de mucho valor. Estos objetos de gran valor no habían salido a la superficie. El padre de Lorenzo, sobrino del médico, no había heredado más que algunos cuadros, libros, relojes; nada de gran importancia. Lorenzo pensaba si la caja de música tendría algún secreto.

-¡Ah, si yo tuviera esas quinientas liras para mandárselas a mi hermana! -decía el abuelo.

De oír con frecuencia esta lamentación, me comenzó a preocupar, y dije a Carlota:

-¿Tú crees que valdría la pena de pedir esa caja de música?
-No sé. El abuelo está ya tan trastornado...
-Porque yo tengo ahorrados unos quinientos francos.
-No sé qué decirte. Yo no he visto la caja de música.
-¿Y si es algo que vale?

Me decidí, y le dije al señor Lorenzo que le prestaba las quinientas liras. El abuelo se puso loco de contento. Escribió a su hermana Matilde, que contestó que si le enviaban de antemano las quinientas liras mandaría la caja de música a porte debido.

-Mi hermana es avara, muy avara -repitió Lorenzo.

Se envió el dinero a la signora Matilde Borda, y ésta mandó a su hermano unas cartas y un talón. Pasó el tiempo y la caja no llegaba. Fuimos varias veces a la estación. Nada. Habíamos hecho un mal negocio. El abuelo estaba abatido.

-Es la jettatura -decía-, la jettatura. A mí no me puede salir nada bien.

Y se lamentaba y se quejaba amargamente. Carlota y yo solíamos ir a los almacenes de la compañía del ferrocarril adonde llegaban las mercancías de Italia y de la zona mediterránea francesa. Al fin un mes y medio más tarde, después de varios viajes infructuosos, apareció la caja de música en un rincón de un almacén, metida en un baúl viejo, negro y roto y atado con unas cuerdas zarrapastrosas. Sin duda, nadie lo había tomado en cuenta ni había querido quedarse con aquel bulto, que había andado seguramente tirado por los rincones de las estaciones. Los mozos nos dieron algunas bromas a Carlota y a mí al mostrarnos aquel baúl destrozado y lleno de Polvo, y al tomar un coche y poner el baulito en el pescante, el cochero nos preguntó con ironía si era nuestro equipaje o nuestro ajuar de bodas.

Carlota se encolerizó al oír estas bromas. Llegamos a la casa, y yo subí como pude el baúl hasta la buhardilla, ayudado por la muchacha. Al sacar la caja de música, su mal aspecto nos dejó desilusionados. Los muñecos que tenía sobre la tabla de arriba estaban doblados y con muchas piezas rotas, y a los cilindros de cobre les faltaban púas; así que el aparato sonaba muy mal.

“Esto creo que no vale nada -pensé yo-. Hemos hecho, indudablemente, un mal negocio.”

El abuelo miraba su caja de música con la sonrisa del conejo. Comenzó a ver si la arreglaba, y notando que no lo conseguía, la envió al taller de un mecánico de la calle de Babilonia, amigo suyo. Éste tardó en componerla cerca de un mes. Le puso las púas que faltaban a los cilindros de cobre y renovó una porción de piezas de los muñecos que tocaban y de las dos bailarinas. El mecánico puso, como cuenta de su arreglo, doscientos francos, que tuve que pagar yo.

-Esto va a ser un negocio ruinoso para nosotros -me decía Carlota.
-Sí, me parece que sí.

Al abuelo le entró la manía de perfeccionar la mecánica y de restaurar la cara, las manos y los trajes de los muñecos. Quedó la caja de música muy bien, como la ha visto usted. Como el viejo no trabajaba, yo le tenía que sustituir. Carlota y yo hacíamos muñecos con rapidez. El señor Lorenzo miraba y oía su caja, la arreglaba y perfeccionaba constantemente; limaba una palanca, sustituía una rueda, ponía aquí una cuerda de guitarra y restauraba con pintura las desconchaduras de los muñecos. El hombre estaba loco de entusiasmo con su aparato.


IV. La princesa.
Al llegar al bulevar Saint-Germain, Téllez, el anticuario, me invitó a sentarme y a tomar un bock en la terraza del café de Flora. Hacía una noche templada. Téllez prosiguió su relación.

-No sé si usted se ha fijado en mi caja de música -dijo-. Tiene sobre la tapa cinco muñecos músicos, articulados, en fila, con trajes de 1830 al 1850, o quizá más tarde. El de en medio, con frac azul, de botones dorados, chaleco blanco, barba y melenas, dirige la orquesta; a sus dos lados, uno toca el violín, y el otro el violonchelo; en los extremos, un negro toca la flauta, y el otro el tambor. Alrededor de ellos corren y giran dos bailarinas.

La caja no tiene marca de fábrica ni fecha. Delante, bajo un cristal, hay un tarjetón en el que se leen, con letras manuscritas, las piezas de música que tiene. Éstas son: El carnaval de Venecia, de Paganini; «Ecco ridente il cielo», de El barbero de Sevilla, de Rossini. Carlota y yo estábamos ya aburridos de oír todo esto. El viejo señor Lorenzo no se cansaba, y miraba con ojos ansiosos a sus muñecos para ver si realizaban sus movimientos con toda perfección o fallaban en algo. No sé si porque se lo contó el mecánico del taller de la calle de Babilonia o por qué, una tarde se presentó un señor elegante, vestido de negro, con el pelo blanco y monóculo, y dijo que quería ver la caja de música.

La hicimos funcionar delante de él, y dijo que daría por ella hasta tres mil francos. El abuelo contestó que no la podía vender y que tenía que consultar con su hermana.

-Bien; consúltelo usted. Hasta tres mil quinientos francos le doy.

El señor, al marcharse, dejó su tarjeta. Por ella vimos que era vizconde y que vivía en la avenida de los Campos Elíseos. Carlota dijo a su abuelo que no había más remedio que vender la caja, porque aquellos francos nos estaban haciendo mucha falta. El viejo replicó que no quería venderla; que primero había que hacer pruebas.

-¿Qué pruebas? -preguntó Carlota.
-Destornillarla y deshacerla. El tío Paolo recomendó en una carta que no se vendiera la caja, y que si por una extrema necesidad nos viéramos en la precisión de venderla, que la deshiciéramos antes.
-¿En dónde lo dijo? -preguntó la muchacha.
-Aquí.

El abuelo sacó una cartera vieja del bolsillo del pecho, y, de ella, una carta amarillenta. Estaba escrita en italiano, con tinta de color de ala de mosca. Era del tío Paolo, el médico del ejército austríaco, y estaba dirigida a su sobrino, el padre de Lorenzo. Al último, le decía:

"Si no encontráis el secreto de esta caja de música de los muñecos, no la vendáis. Deshacedla. Rota os valdrá más que entera."

Esto tenía un aire misterioso y daba la impresión de que allí existía algún secreto. El abuelo había pensado muchas veces si en la actitud de los muñecos habría alguna indicación especial que diera la clave o si esta clave estaría en la combinación de las letras del tarjetón. Lo que no quería de ninguna manera era ni vender ni romper en pedazos la caja de música. Para impedirlo, el viejo metió el aparato en el baúl de su cuarto, y lo cerró con llave. Seguimos Carlota y yo trabajando. Lo malo era que desde la cuestión de la caja de música el señor Lorenzo estaba inquieto y no se ocupaba de nada. Al último se puso enfermo. Pasamos días y más días. El dinero en la casa se iba acabando.

-¿Qué hacemos? -preguntaba yo a Carlota.
-Esperaremos otra semana, a ver.

Esperamos. Ya no fue posible esperar más, y le dijimos al abuelo que no había más remedio que vender la caja, porque si no, habría que llevarle a él al hospital, cosa que no queríamos. El señor Lorenzo refunfuñó, dijo que le dejaran morir en paz y guardó la llave de su baúl debajo de la almohada. Al día siguiente, por la mañana, Carlota habló con el señor Lorenzo.

-Mira, abuelo -le dijo-: tú ya sabes que nos pagan poco; con lo que ganamos Ángel y yo no hay para sostener la casa con un enfermo. Yo desearía que no fueras al hospital y que empeñáramos o vendiéramos la caja de música para sacar algún dinero; tú no quieres, pero una de las dos cosas hay que hacer: o ir al hospital o vender la caja a ese señor. Tú decide.

El viejo se lamentó e invocó a todos los santos y a la Madonna. Apretado, dijo:

-Bueno; pues antes de hacer una de las dos cosas, id a ver a una señora italiana conocida mía, a ver si quiere venir aquí y me presta algún dinero.
-¿Quién es esa señora?
-Es la princesa de Olevano-Visconti. Yo le arreglaba los relojes en su palazzo de Pavía.
-¿Vive en París?
-Sí.
-¿En dónde?
-En la calle de la Universidad.

Indicó el número, y por la tarde Carlota y yo fuimos a su casa y no encontramos a la princesa. En vista de ello, dejamos las señas del señor Lorenzo. Al día siguiente estábamos Carlota y yo trabajando en nuestros muñecos, cuando oímos voces a la puerta y apareció una vieja de lo más estrambótica posible. Tenía una cara de polichinela con la nariz corva y la barba en punta, los ojos claros y el pelo blanco. Hablaba como una cotorra. Vestía con un traje de seda gris; llevaba muchas joyas y unos impertinentes colgados del cuello.

Era la princesa de Olevano-Visconti. La princesa preguntó por el señor Lorenzo, el pobre relojero que le arreglaba los relojes en su palazzo de Pavía. “Povero! Benedetto!”, dijo.

Carlota le preguntó si le quería ver. Ella contestó que sí, que le quería ver. Mi novia le pasó a la alcoba, y allí estuvieron hablando la princesa y el relojero durante largo tiempo. Luego me llamaron a mí, porque, sin duda, había llegado la cuestión difícil de pedir dinero a la princesa. Ésta quería ver primero la caja de música. El señor Lorenzo dio a regañadientes la llave del baúl y sacamos el aparato entre Carlota y yo, y lo pusimos encima de la mesa del taller y le dimos cuerda. La princesa hizo una de esas exageraciones cómicas. Le pareció un aparato magnífico, admirable.

-Lo más sencillo es que me lo lleve a casa. Yo llamaré a una persona entendida, y lo que ella diga que vale yo pagaré.

El señor Lorenzo protestó. Él estaba enfermo y era su único consuelo el ver aquellos muñequitos y oír la música, que le recordaba su querida ciudad de Pavía.

-Pero entonces, ¿qué quiere usted, señor Lorenzo, que yo le regale el dinero? -dijo la princesa-. ¡Oh, no! Eso, no Benedetto!; eso, no.
-Lo que podría usted hacer, señora princesa -dijo Carlota-, si fuera usted tan amable, sería darnos una cantidad a cuenta de la caja de música, y si nosotros no podemos devolvérsela, se la entregamos.
-¿En cuánto está tasada?
-Hay un señor que nos da por ella tres mil quinientos francos.
-¿No es mucho?
-El señor nos ha ofrecido esa cantidad. Si no le hemos dado la caja ha sido porque el abuelo no quiere.

La princesa reflexionó un instante, y dijo:

-Bueno. Yo aquí no tengo dinero. Yo les daré en casa mil quinientos francos, y si no me los devuelven dentro de un mes, les daré otros dos mil y me quedaré con la caja.
-Está bien. Haremos un papelito.

La princesa dictó a Carlota una cláusula de compromiso muy comercial y muy sabia. Hizo que la firmaran el señor Lorenzo y Carlota.

-Fírmelo usted también -me dijo la vieja dama.

Lo firmé

-Ahora, cualquiera de ustedes dos viene conmigo a mi casa: yo le doy el dinero y me deja el papel.

Se decidió que fuera Carlota. Yo me quedé con el viejo, que comenzó a lamentarse amargamente.

-La princesa es avara -me dijo-. ¡Una Olevano! ¡Una Visconti! ¡Yo, que creía que me prestaría el dinero! ¡Ella, que es tan rica y que es de Pavía!
-Usted también es de Pavía -le contesté yo-; pero no habrá usted prestado a todos los paisanos que le hayan pedido dinero.

El pobre hombre comenzaba a divagar un poco. De pronto, me preguntó:

-¿Ya habéis guardado la caja de música?
-Sí -le contesté yo, aunque no era verdad.
-Pues cierra el baúl, y dame la llave.

Cerré el baúl y le di la llave, que la metió debajo de la almohada. Poco después vino Carlota con el dinero.

-Aquí están los francos -dijo-; podremos pagar las deudas y seguir viviendo; pero será imposible devolver el dinero a la princesa, que se quedará con la caja de música, porque esa señora me parece que es tan comerciante como cualquiera.
-Sí; yo también lo creo.

Al ver la caja sobre la mesa del taller, me preguntó:

-¿Esto se ha quedado aquí?
-Sí.
-¿Y el abuelo no ha reclamado que la guardes en el baúl?
-Sí; me ha preguntado si la había encerrado, le he contestado que sí, y me ha pedido la llave del baúl, y se la he dado.
-Y ¿con qué objeto has dejado la caja fuera?
-Con el objeto de ver definitivamente si tiene algún secreto.
-¿Aunque haya que romperla?
-Claro; aunque haya que romperla.


V. El secreto.
Para engañar al señor Lorenzo, Carlota le pidió con insistencia la llave del baúl para ver la caja de música.

-No, no doy la llave -decía el viejo-. Cuando venga por ella la princesa, ya veremos qué se hace.
-Se la tendremos que dar -replicaba su nieta.
-Bueno, bueno; ya se verá.
-Me voy a llevar la caja de música a mi estudio -le dije a Carlota-, por si hay que andar con ella y deshacerla, que tu abuelo no se entere.
-Bueno, sí; llévala.

Busqué un carrito de mano y bajé la caja con grandes esfuerzos, y luego la tuve que subir a mi buhardilla.

«Este trasto va a ser nuestra desesperación», pensé cuando lo dejé, rendido, encima de la mesa.

Desde entonces comencé a examinarla detenidamente y a hacer suposiciones para si encontraba algún indicio que revelara su secreto. No se podía creer que el viejo médico italiano dijera lo que decía en su carta para burlarse de sus descendientes. Todas las hipótesis que ideé, algunas complicadas y de cierto ingenio, no dieron el menor resultado. Entonces me dirigí a un muchacho, joven mecánico del taller de la calle de Babilonia, donde habían compuesto el aparato, y le propuse que viniera a mi casa una hora después de su trabajo a destornillar la caja y los muñecos, por lo que le pagaría cinco francos. Le expliqué de qué se trataba. El joven aceptó mi proposición.

-¿Qué espera usted que haya? -me dijo.
-No sé; quizá un papel con una indicación o alguna joya le contesté.

Yo no quería que la caja quedara rota. Destornillamos todas las palancas de los muñequitos con dificultad y no se encontró nada. En el interior del cilindro, con púas, donde yo sospechaba si habría algo, no había nada tampoco.

-Vamos a desarmar también la caja.

La desarmamos. Separadas ya las tablas, encontramos que la parte del suelo tenía doble fondo. La madera de encima era distinta que las otras y estaba apolillada.

-Bueno. Mañana veremos si hay aquí algo -dije, para hacer la investigación solo.

El mecánico se marchó y me quedé con las tablas encima de la mesa. Primero cogí un taladro, y en una esquina probé con él; hice un agujero y vi que la punta daba sobre metal. Vacilaba en meter la hoja del cortaplumas por la rendija de la tabla. Al último me decidí. "Esta madera, aunque se rompa al arrancarla, no puede costar gran cosa el sustituirla. Así que... adelante."

Por si la punta del cortaplumas arañaba, iba a meter por la hendidura una espátula y a hacer saltar la tabla, cuando vi que en los ángulos había tornillos. Los fui sacando despacio, y cuando levanté la tabla y descubrí el suelo de la caja, vi en medio un cuadro de metal, a juzgar por el peso, envuelto en un lienzo basto.¿Qué podría ser esto? Quité la tela; después, un papel amarillento, y apareció una lámina de cobre rojizo. Le di la vuelta. Era un esmalte magnífico, intacto. Le pasé por encima el pañuelo humedecido y aparecieron sus colores espléndidos.

Representaba la coronación de la Virgen. Las figuras tenían unos mantos azules y unas coronas doradas, de un color y de una transparencia ideales. Alrededor de la Virgen había una guirnalda de rosas, y en los cuatro ángulos figuras más pequeñas que representaban La Anunciación, La huída a Egipto, La adoración de los pastores y El portal de Belén. Con la idea de que podía haber hecho una huella con el taladro, me comenzó a latir el corazón; pero no: la muesca quedaba por la parte de atrás, no esmaltada. Dentro del lienzo había un papel. Era, sin duda, del tío Paolo, el médico del ejército austríaco. Contaba cómo había entrado en Francia con los aliados cuando la caída de Napoleón y había comprado por quinientos francos el esmalte en Chalon-sur-Saone. Decía después que le habían asegurado que valía mucho y que como vivía en una época de guerras, revoluciones y trastornos, lo había quitado del marco donde lo tenía en la pared para guardarlo en la caja de música.

«Esto debe de valer muchísimo», me dije.

No pude dormir con la preocupación. Había que obrar con cautela. Tenía miedo de que me robasen. Al día siguiente, con el esmalte envuelto en un papel, fui a casa de Carlota. Se lo mostré y le expliqué dónde lo había encontrado. ¿Sería mejor decírselo al abuelo o callárselo? No fuera a considerarlo como algo que no se podía vender.

-Es mejor que lo guardes tú -dijo Carlota.

Lo guardé detrás de un bastidor pintado por mí, le puse encima un remiendo de tela y lo dejé colgado en la pared. No le advertí nada a la portera, que a veces entraba allí a limpiar. En los días siguientes, entre el joven mecánico y yo, compusimos la caja de música, y la volví a llevar a casa de Carlota. Quería saber el valor exacto del esmalte, y fui a varias tiendas de antigüedades de la orilla derecha y expliqué y describí cómo era. Me pidieron que lo llevara para que lo examinaran. Pude sacar en consecuencia que era un esmalte lemosín, de los pintados, y que en el Museo del Louvre estaban las piezas más importantes de esta clase de obras.

-Si ese esmalte que me describe usted no está falsificado -me dijo un anticuario-, yo le doy por él ciento cincuenta mil francos.

Estuve en el Museo del Louvre y me convencí de que el esmalte era auténtico. Tenía un conocido fotógrafo, y fui a su taller para que hiciera varias fotografías de mi tesoro. Naturalmente, no me separé de él. Pensaba enviar las pruebas fotográficas a varios museos con una carta en francés y en inglés que escribiría Carlota. Todo aquel tiempo lo pasé inquieto y nervioso.

El viejo Lorenzo estaba enfermo ya grave. Se había olvidado del préstamo de la princesa de Olevano-Visconti y quería tener la caja de música delante y oírla y ver sus muñecos. Como la princesa se presentaría al terminar el plazo a exigir que se le pagara o a llevarse la caja de música, pensamos Carlota y yo que podíamos ir a visitar al vizconde que había ofrecido antes tres mil quinientos francos y que vivía en los Campos Elíseos y contarle una historia, pedirle un anticipo y devolverle el dinero a la princesa. Así se hizo.

Se le dijo al vizconde que el viejo Lorenzo quería venderle la caja de música, pero que como no era suya, sino también de su hermana, necesitaba que ésta diera su consentimiento, y que ella no quería darlo mientras no viera el dinero. El vizconde aceptó el prestar dos mil francos, y se le dijo que se le devolverían al mes si por una eventualidad la hermana de Lorenzo no aceptaba la venta, y si la aceptaba, se le llevaría la caja y él entregaría mil quinientos francos más.

La situación nuestra iba siendo cada vez más difícil. El viejo Lorenzo estaba ya en las últimas. De los museos adonde yo había escrito y mandado fotografías no contestaban. De pronto se presentó un agente del Museo Británico. Subió a mi casa. Venía a ver el esmalte. Fui al estudio, busqué el bastidor en la pared... No estaba. Me habían robado. Estuve a punto de caerme. Me serené. Pensé que la portera entraba a veces a arreglar aquel rincón. Quizá había movido los bastidores. Efectivamente, aquel en donde estaba el esmalte lo había puesto tapando un agujero que daba al tejado. Descubrí mi tesoro y se lo presenté al agente del Museo Británico. Lo examinó con atención con una lente, y dijo:

-Sí, efectivamente, es auténtico. ¿Cuánto quiere usted por él?
-Está tasado en doscientos cincuenta mil francos.
-No sé si encontrará quién se los dé.
-Ya veremos.
-Yo le podría ofrecer doscientos mil.
-Venga usted dentro de ocho días. Yo se lo diré al dueño.

El agente del Museo Británico se fue, y cuatro días más tarde apareció otro de un museo de Nueva York. Se resistía a dar los doscientos cincuenta mil francos; pero yo me manifesté inexorable, y tuvo que darlos. El mismo día que terminé este asunto murió Lorenzo Borda. Después de colocar en un Banco doscientos cuarenta y cinco mil francos, fui a su entierro. Pagamos al vizconde, y pocas semanas después nos casamos Carlota y yo.

Luego tomamos en traspaso una tienda pequeña de antigüedades, y después otra mayor. La caja de música fue siempre como nuestro emblema. El anticuario Téllez estaba, sin duda, muy satisfecho de la inteligencia que había demostrado en aquellos asuntos que habían sido la base de su riqueza. Todas aquellas combinaciones daban la impresión de que el anticuario tenía una habilidad de judío.

-¿Y su mujer? ¿Vive? -le pregunté.
-No. Murió la pobre.
-¿Tiene usted hijos?
-Sí, un chico y una chica.
-¿Les dejará usted su establecimiento?
-Al hijo. A la chica le daré una buena dote.
-Y ¿hay muchos judíos en la profesión de anticuario?
-¿Por qué lo pregunta usted? -me preguntó como alarmado.
-No sé. Parece que debe de haber entre ellos gente inteligente en esas materias.
-Sí, los hay.

Como si la pregunta mía hubiera abierto un surco entre el anticuario y yo, nos despedirnos fríamente, y cada cual se marchó a su casa.

Pio Baroja (1872-1956)




Relatos de Pio Baroja. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Pio Baroja: La caja de música fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Olaberri el macabro»: Pío Baroja; relato y análisis.


«Olaberri el macabro»: Pío Baroja; relato y análisis.




Olaberri el macabro (Olaberri el macabro) es un relato gótico del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en la antología de 1900: Vidas sombrías.

Olaberri el macabro es considerado como uno de los mejores cuentos de Pio Baroja.





Olaberri el macabro.
Olaberri el macabro, Pío Baroja (1872-1956)

Olaberri era un pesimista jovial. No encontraba en el mundo más que vanidad y aflicción de espíritu. No tenía fe más que en la cal hidráulica y en el cemento armado. Para él, detrás de toda satisfacción venía algo negro y doloroso, que eran principalmente las facturas.

-¿Ve usted esa chica que se ha casado con el carabinero? -me preguntó hace tiempo con aire de profunda conmiseración.

-Sí.

-¡Qué infelices! Ahora mucha alegría, ¿eh?, y de viaje, pero luego ya vendrán las facturas.

A Olaberri le preocupaban las facturas. Para Olaberri, que era contratista en pequeño, las facturas eran como la sombra de Banquo, que aparece en el banquete de la vida.

Si Olaberri hubiera tenido el sentido estadístico de nuestro amigo Berecoche, ya difunto, diría que en la vida hay un 75 por ciento de facturas.

-Ya le he dicho al párroco -me contó una vez-: usted, con un cubo de agua y un hisopo, ya tiene para todo el año, y a vivir bien; nosotros, en cambio, pobres contratistas, siempre a vueltas con las facturas.

Olaberri tenía gustos macabros. Había construido en el cementerio varios sepulcros y trasladado cadáveres y huesos y algunos cuerpos recién muertos.

Al hacer la descripción de estos traslados sentía, sin duda, un ardor explicativo de artista medieval y macabro. Los huesos, las calaveras revueltas con tierra, los trozos de hábito o de ropa, la madera podrida de los ataúdes, todo daba pábulo a su charla pintoresca.

Al relatar el traslado de algún cuerpo recién enterrado, se lucía; entonces los detalles realistas eran tan terribles que a cualquier persona sencilla se le ponían los pelos de punta.

Salían a relucir los busanos blancos y las gurgujas verdes, y al último la gente no sabía si temblar de asco o echarse a reír.

Él no tenía repugnancia por nada.

-Los mejores caracoles que hay comido -solía decir-, los hay cogido en la tumba del difunto párroco. Nunca los hay comido mejores.

Pio Baroja (1872-1956)




Relatos de Pio Baroja. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Pío Baroja: Olaberri el macabro (Olaberri el macabro) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«La sima»: Pío Baroja; relato y análisis


«La sima»: Pío Baroja; relato y análisis.




La sima (La sima) es un relato de terror del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en la antología de 1900: Vidas sombrías.

La sima, uno de los grandes cuentos de Pío Baroja, relata la historia del nieto de un pastor, quien al perseguir al macho cabrío de una mujer, a la cual se le acredita el hábito de ser bruja, cae de repente a un abismo, del cual nadie se atreve a rescatarlo por temor a una superstición muy arraigada en la zona: la sima es el hogar del diablo.




La sima.
La sima, Pio Baroja (1872-1956)

El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.

El pastor y su nieto apacentaban su rebaño dé cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja. El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.

El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga, argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas. El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en flor...

En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de carrascas y de roble bajo. Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y gigantescos cetáceos.

Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo. Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.

—Volvamos, muchacho —dijo el pastor—. El sol se esconde.

El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual, acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.

—¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño? —preguntó el pastor.

—Lo vide, abuelo —repuso el muchacho.

—Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si no le tengo malquerencia a esa bestia.

—Y eso, ¿por qué vos pasa, abuelo?

—¿No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?

—¿Y eso será verdad, abuelo?

—Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar. Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la veyeron por los aires entre bandas de culebros.

El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado. Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del antiguo castillo de los señores del pueblo.

—Abre el zarzo, muchacho —gritó el pastor al zagal.

Este retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar por la puerta del cercado, estrujándose unas con otras. Asustóse en esto uno de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo velozmente.

—Corre, corre tras él, muchacho —gritó el viejo, y luego azuzó al mastín, para que persiguiera al animal huido.

—Anda, Lobo. Ves a buscallo.

El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.

—¡Anda! ¡Alcánzale! —siguió gritando el pastor—. Anda ahí.

El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma; a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama, iba haciendo cabriolas y dando saltos. El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta.

Al llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos, era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío. El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.

—¡Maldita bestia! —murmuró el viejo—. Ahora volveremos, zagal. Habemos primero de meter el rebaño en el redil.

Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera sordamente.

—Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré —dijo el zagal.

—Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.

—Descuidad vos, abuelo.

El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla, dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el fondo del abismo.

No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve. El viejo se asomó a la boca de la caverna.

—¡Zagal, zagal! —gritó, con desesperación.

Nada, no se oía nada.

—¡Zagal! ¡ Zagal!

Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso que subía desde el fondo de la caverna. Loco, trastornado, durante algunos instantes, el pastor vacilaba en tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y echó a correr hacia el castillo. Este parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino, aun marchando a campo traviesa, era un castillo ojival derruido, se levantaba sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones fantásticas.

El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte, dulce y soñadora pupila que contempla el valle.

El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada; atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la antigua mansión señorial. En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho con estacas y, paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos tizones encendidos. El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los hombres, tomó uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo. Dirigidos por el viejo, fueron camino. del descampado, en donde se hallaba la cueva.

La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los cabreros grandes y extrañas proporciones.

—¿Y si esa bestia fuera el dimoño? —dijo uno.

—Bien podría ser —repuso otro.

Todos se miraron, espantados.

Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas; brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores. Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a revolotear en el aire.

—¿Quién abaja? —preguntó el pastor, con voz apagada.

Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de haber llegado. De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.

—¿Qué viste? ¿Qué viste? —le preguntaron todos.

—Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.

El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.

—No abaja nadie —murmuró, desolado, el pastor—. ¿Vais a dejar morir al pobre zagal?

—Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño —dijo uno—. Abajad vos, si queréis.

El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del negro agujero. Oyóse en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.

—No me atrevo... Yo tampoco me atrevo —dijo, y comenzó a sollozar amargamente.

Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces y seguían su camino hacia el pueblo.

Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella, vago, lejano y misterioso.

Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor curiosidad. Oyóse de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último. Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó, lo que pasaba.Al ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se arrodillaron todos.

A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acercarse hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos; contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia; chisporroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.

Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito. Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos, lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.

Pío Baroja (1872-1956)




Relatos góticos. I Relatos de Pío Baroja.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Pío Baroja: La sima (La sima), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El trasgo»: Pío Baroja; relato y análisis


«El trasgo»: Pío Baroja; relato y análisis.




El trasgo (El trasgo) es un relato fantástico del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en la antología de 1900: Vidas sombrías (Vidas sombrías).

El trasgo, uno de los cuentos de Pío Baroja más destacados de aquella colección, nos enfrenta con una serie de hechos sin explicación racional; en los cuales el protagonista es acechado por Trasgo: una criatura sobrenatural proveniente de las leyendas del norte de España.

Lo interesante de El trasgo es que nunca queda del todo claro si la criatura es real, o bien el producto de una mente perturbada. En cualquier caso, el relato trasmite con exquisita maestría la inquietud que supone enfrentarse con la posibilidad de que tales entidades existan.




El trasgo.
El trasgo, Pío Baroja (1872-1956)

El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.

Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.

La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter, recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona, en vascuence, significa «bueno»), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto. Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas, colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos, la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el cuarto.

Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino, y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición, Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor categoría y representación social. Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos en la mesa del centro.

Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes. Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la venta.

Estaban jugando su partida de, tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:

—Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?

—¿Cómo han de estar? Mal —contestó el médico incomodado—, locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.

—Y, oiga su merced, señor médico —siguió diciendo la patrona—, ¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?

—Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!

—Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era bueno —saltó el empleado de la fundición—. Nosotros tuvimos una criada en Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía que había sido el trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.

—Pero, en fin —dijo el médico—, se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.

—¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.

—¿Y eso es verdad? —preguntó el cartero, cándidamente.

Todos nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.

—Algunos dicen que sí —contestó el empleado de la fundición, siguiendo la broma.

—Y se citan personas que han visto los trasgos —añadió uno.

—Sí —repuso el médico en tono doctoral—. En eso sucede como en todo. Se le pregunta a uno: «¿Usted lo vio?», y dicen: «Yo, no; pero el hijo de la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio», y resulta que todos aseguran una cosa que nadie ha visto.

—Quizá sea eso mucho decir, señor —murmuró una humilde voz a nuestro lado.

Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.

—Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? —dijo el cartero, con curiosidad.

—Sí, señor.

—¿Y cómo fue eso? —preguntó el empleado, guiñando un ojo con malicia—. Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto —y el empleado volvió a guiñar el ojo.

—Pues verán ustedes —dijo el buhonero, sentándose a nuestra mesa—. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino. La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire.

El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo. Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios que recorría no estaba seguro.

De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme.

—¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo? —me pregunté.

Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.

La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo; pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.

Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado. Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.

Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca con un jardín. Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con lostejados muy bajos y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban cerradas. Solo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En el interior, un hombre desarrapado, con una boina, hablaba con una mujer vieja, calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.

—¿Y el perro se ha quedado aullando? —preguntó con interés el hombre.

—Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de la calle.

—Era el trasgo —murmuró la vieja—, y ha venido a anunciarle la muerte.

—¿A quién? —pregunté yo, asustado.

—Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.

Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a caballo, y por delante un criado con un farol.

—¿Y el enfermo, señor médico? —preguntó la vieja, saliendo al umbral del cobertizo.

—Ha muerto —contestó una voz secamente.

—¡Eh! —dijo la vieja—; era el trasgo.

Entonces tomó un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor, una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo.

—Es para librarse de los trasgos —añadió la vieja.

Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos perfectamente.


Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir a casa.

Pío Baroja (1872-1956)




Relatos góticos. I Relatos de Pío Baroja.


Más literatura gótica:
El análisis y resumen del cuento de Pío Baroja: El trasgo (El trasgo), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Médium»: Pío Baroja; relato y análisis


«Médium»: Pío Baroja; relato y análisis.




Médium (Médium) es un relato fantástico del escritor español Pío Baroja (1872-1956), publicado en la antología de 1900: Vidas sombrías (Vidas sombrías).

Médium, uno de los grandes cuentos de Pío Baroja, narra la historia de un hombre que, a pesar de sus desequilibrios, asegura no estar loco, y de una extraña mujer, llamada Ángeles, la cual parece tener increíbles poderes sobrenaturales.




Médium.
Médium; Pío Baroja (1872-1956)

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.

Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.

La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.

Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:

Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.

Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.

A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.

La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.

Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.

Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.

Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.

La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...

—Hay que estudiar —dijo, a modo de conclusión, la madre.

Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.

Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.

Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...

Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.

—¿Qué tienes? —le pregunté.

Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.

Luego, en voz baja, murmuró:

—Ha sido mi hermana.

—¡Ah! Ella...

—No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.

Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie. Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta... llamaban... abríamos... nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida... llamaban... nadie.

Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.

—Es mi hermana, mi hermana —dijo Román.

Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: Abracadabra.

Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.

Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.

Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.

Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.

Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.

Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.

¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.

Pío Baroja (1872-1956)




Relatos góticos. I Relatos de Pio Baroja.


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El análisis y resumen del cuento de Pío Baroja: Médium (Médium), fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com



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