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Oliver Onions: cuentos destacados


Oliver Onions: cuentos destacados.




Oliver Onions (1873-1961) fue un gran escritor inglés, quien además de incursionar en la novela nos dejó algunos de los ejemplos más importantes del relato de terror y el relato de fantasmas de la época. En este sentido, los cuentos de Oliver Onions poseen un estilo muy particular, fácil de distinguir, y sobre todo eficiente para encarar lo sobrenatural.

Aquí iremos recorriendo todos los cuentos de Oliver Onions.




Cuentos de Oliver Onions:
  • Dos bagatelas (Two Trifles)
  • El buque fantasma (Phantas)
  • Arras de juventud (Arras of Youth)
  • Benlian (Benlian)
  • Cierto hombre (A Certain Man)
  • Circo catalán (Catalan Circus)
  • Ciudad hongo (Mushroom Town)
  • Conforme a la evidencia (In Accordance with the Evidence)
  • El accidente (The Accident)
  • El amo de la casa (The Master of the House)
  • El caso del cigarrillo (The Cigarette Case)
  • El cohete (The Rocket)
  • El mortal (The Mortal)
  • El rencor del cielo (The Spite of Heaven)
  • El rostro pintado (The Painted Face)
  • El secreto abierto (The Open Secret)
  • El soltero completo (The Compleat Bachelor)
  • El sueño ascendente (The Ascending Dream)
  • El tapiz del hombre pobre (Poor Man's Tapestry)
  • El Tirso perdido (The Lost Thyrsus)
  • Fantasmas a la luz del día (Ghosts in Daylight)
  • Gris juventud (Gray Youth)
  • Hic Jacet (Hic Jacet)
  • IO (IO)
  • John Gladwin dice (John Gladwin Says)
  • La bella que saluda (The Beckoning Fair One)
  • La cuenta deudora (The Debit Account)
  • La cuerda en las vigas (The Rope in the Rafters)
  • La gente real (The Real People)
  • La historia de Louie (The Story of Louie)
  • La historia de Ragged Robyn (The Story of Ragged Robyn)
  • La luna nueva (The New Moon)
  • La mano de Kornelius Voyt (Hand of Kornelius Voyt)
  • La miel en la pared (The Honey in the Wall)
  • La mujer en el camino (The Woman in the Way)
  • La puerta de palo de rosa (The Rosewood Door)
  • Las campanas tañen hacia atrás (Bells Rung Backward)
  • La sonrisa de Karen (The Smile of Karen)
  • La torre del olvido (The Tower of Oblivion)
  • Los cerdos de éter (The Ether-Hogs)
  • Querida dríada (Dear Dryad)
  • Resurrección en bronce (Resurrection in Bronze)
  • Rooum (Rooum)
  • Un caso a puertas cerradas (A Case in Camera)
  • Un chelín para gastar (A Shilling to Spend)
  • Un penique para el arpa (A Penny for the Harp)
  • Widdershins (Widdershins)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


El artículo: Oliver Onions: cuentos destacados fue realizado por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

13 cuentos de terror de cementerios



13 cuentos de terror de cementerios.




Excelente colección de 13 cuentos de terror de cementerios, un escenario clásico que se repite en innumerables relatos de terror.

La antología [editada por Cynthia Asquith en 1931 y, con algunas mejoras y omisiones, reeditada en 1963] se titula: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn), publicado en 1931 y reeditado con .




Cuando los cementerios bostezan.
When Churchyards Yawn, 1931-1963
  • Abrir la puerta (Opening the Door, Arthur Machen)
  • La puerta sin cerrojo (The Unbolted Door, Marie Belloc Lowndes)
  • Señora Lunt (Mrs. Lunt, Hugh Walpole)
  • Como en un cristal oscuro (As in a Glass Dimly, Shane Leslie)
  • Dios quiera que siga quieta (God Grante That She Lye Stille, Cynthia Asquith)
  • El cordón de tres dobleces (A Threefold Cord, Algernon Blackwood)
  • El cotillón (The Cotillion, L. P. Hartley)
  • El hombre que regresó (The Man Who Came Back, William Gerhari)
  • El manzano (The Apple Tree, Elizabeth Bowen)
  • El salón Buick (The Buick Saloon, Ann Bridge)
  • John Gladwin dice (John Gladwin Says, Oliver Onions)
  • Los cuernos del toro (The Horns of the Bull, W. S. Morrison)
  • Nuestros amigos emplumados (Our Feathered Friends, Philip MacDonald)
  • Un pequeño fantasma (A Little Ghost, Hugh Walpole)




Antologías. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del libro: Cuando los cementerios bostezan (When Churchyards Yawn) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«El buque fantasma»: Oliver Onions; relato y análisis.


«El buque fantasma»: Oliver Onions; relato y análisis.




El buque fantasma (Phantas) es un relato de terror del escritor inglés Oliver Onions (1873-1961) —seudónimo de George Oliver—, publicado originalmente en la edición de febrero de 1910 de la revista Nash's Magazine, y luego reeditado en la antología de 1911: Widdershins.

El buque fantasma es considerado como uno de los mejores cuentos de Oliver Onions.




El buque fantasma.
Phantas, Oliver Onions (1873-1961)

Mientras Abel Keeling yacía en la cubierta del galeón —por donde tan sólo el propio peso de su cuerpo y su atezada mano extendida sobre los tablones le impedían rodar— su mirada se extraviaba, pero volvía siempre a la campana suspendida del pequeño campanario ornamental, a popa del palo mayor, y atascada por la peligrosa inclinación del barco. La campana era de bronce fundido, con realces casi obliterados que fueron antaño cabezas de querubines; pero el viento y la espuma salina del mar habían depositado en ella una gruesa capa de verdín, semejante a una hermosa y brillante capa de líquenes. Era ese color verde el que gustaba a Abel Keeling.

En efecto, en cualquier otro lugar del galeón donde descansaban sus ojos, sólo encontraban blancura, la blancura de la extrema edad. Había diversos grados en esa blancura: aquí cintilaba como gránulos de sal, allá simulaba un blanco grisáceo de creta, y más lejos la pátina amarillenta de la decadencia; pero en todas partes era la inmóvil e inquietante blancura de las cosas sin vida. Sus jarcias estaban blanqueadas como el heno seco; la mitad del cordaje conservaba su forma apenas con mayor firmeza que las cenizas de un hilo por el que acaba de pasar el fuego; sus maderos albeaban como descarnados huesos en la arena; y aun el incienso silvestre con que por falta de alquitrán lo habían calafateado al tocar puerto la última vez, estaba convertido en resina dura y descolorida que brillaba como el cuarzo en las desfondadas junturas de los tablones. El sol era todavía un broquel de plata, tan pálido detrás de la bruma inmóvil y blanca, que ni una sola jarcia, ni un madero proyectaban sombra; y únicamente la cara y las manos de Abel Keeling eran negras, carcomidas y carbonizadas por el inexorable resplandor. Era el Maria de la Torre, terriblemente escorado de estribor, tanto que su palo mayor hundía una de sus vergas de acero en el agua cristalina, y si hubiera conservado su palo de trinquete o algo más que el roto muñón de la mesana, habría volcado de través. Muchos días atrás habían desaparejado el palo mayor y pasado 1a vela por debajo de la quilla, en la esperanza de que cegara la vía de agua. Y así sucedió, en parte, mientras el galeón se deslizó sobre una banda; pero después, sin virar, empezó a deslizarse sobre la banda opuesta, los cabos se rompieron y el barco arrastró en pos de sí la vela, dejando una gran mancha en el mar de plata.

En efecto, el galeón se deslizaba de costado, casi imperceptiblemente, escorándose cada vez más. Escorándose como si lo atrajera una piedra imán. Y al principio, en verdad, Abel Keeling pensó que era una piedra imán la que tironeaba de sus hierros, arrastrándolo a través de la bruma gris que se extendía como un sudario sobre el agua y que ocultó en pocos instantes la mancha dejada por la vela. Pero después comprendió que no era eso. El movimiento se debía —seguramente— a la corriente de aquel estrecho de tres millas de extensión. Tendido contra el carro de un cañón, a punto de rodar por la cubierta, volvió a imaginar aquella piedra imán. Pronto sucedería nuevamente lo que había sucedido durante los últimos cinco días. Oiría los chillidos de los monos y el parloteo de las cotorras, la alfombra de malezas verdes y amarillas avanzaría sobre el María de la Torre a través del mar de mercurio, una vez más se elevaría la pared de rocas, y los hombres correrían...

Pero no; esta vez los hombres no correrían para soltar las defensas: No quedaba ninguno para hacerlo, a menos que Bligh viviera aún. Quizá vivía. Poco antes del súbito anochecer del día anterior había bajado hasta la mitad de la escalera real, después había caído, permaneciendo un minuto inmóvil (muerto, supuso Abel Keeling, observándolo desde el lugar que ocupaba junto a la cureña del cañón). Pero luego se levantó otra vez y se encaminó tambaleando en dirección al castillo de proa. Tambaleando y agitando sus largos brazos. Desde entonces Abel Keeling no lo había visto. Seguramente había muerto en el castillo de proa durante la noche. Si no estuviera muerto, habría vuelto a popa en busca de agua...

Al acordarse del agua, Abel Keeling levantó la cabeza. Las delgadas fibras de músculos que rodeaban su boca extenuada se contrajeron. Apretó levemente contra la cubierta la mano ennegrecida por el sol como si quisiera comprobar el grado de inclinación de aquélla y lo estable de su propio equilibrio. El palo mayor estaba a unas siete u ocho yardas de distancia... Encogió una de sus piernas rígidas, y sentado corno estaba, empezó a bajar la pendiente con una serie de enviones de su cuerpo.

Su aparato para recoger agua estaba sujeto al palo mayor, cerca del campanario. Consistía en un lazo de cuerda más bajo de un lado que del otro (pero eso era antes de que el mástil se hubiera inclinado tanto en relación con el cenit) y ensebado en su extremo inferior. Las nieblas duraban más en aquel estrecho que en alta mar, y el lazo servía para recoger el rocío que se condensaba en los mástiles. Las gotas caían en un pucherito de barro colocado en la cubierta.

Abel Keeling tomó el cacharro y miró en su interior. Estaba lleno hasta un tercio de agua dulce. Perfecto. Si Bligh, el contramaestre, había muerto, Abel Keeling, capitán del María de la Torre, tendría más agua. Hundió dos dedos en el cacharro y se los llevó a la boca. Repitió varias veces la operación. No se atrevía a acercar el recipiente a los labios negros y llagados, recordando con espanto la agonía de dolor que lo asaltaba días atrás cuando, tentado por el demonio, vació de un trago, por la mañana, el contenido del cacharro y debió pasar el resto del día sin agua... Humedeció una vez más sus dedos y los chupó; después permaneció tendido contra el mástil, mirando ociosamente cómo caían las gotas de agua.

Era extraño cómo se formaban las gotas. Crecían lentamente en el borde del lazo ensebado, temblaban un instante en su plenitud, caían, y el proceso recomenzaba en seguida. Abel Keeling se entretenía mirándolas. ¿Por qué —se preguntó— tenían todas el mismo tamaño? ¿A qué causa, a qué compulsión obedecían para no variar nunca? ¿Qué frágil tenuidad mantenía intactos los diminutos glóbulos? Recordó que la goma aromática del incienso silvestre con que habían calafateado el barco pendía de los cubos en grandes goterones perezosos, obedeciendo a una ley diferente; el aceite también era distinto, y los zumos de las frutas y los bálsamos. Sólo el mercurio (quizá el mar pesado e inmóvil le trajo a la memoria el mercurio) no parecía obedecer a ley alguna... ¿Por qué? Bligh, desde luego, lo habría explicado a su modo: era la Mano de Dios. Eso era suficiente para Bligh, que la tarde anterior se había ido a proa, y a quien Abel Keeling recordaba ahora, vagamente y a la distancia, como un fanático de voz profunda que entonaba sus himnos mientras lanzaba, uno a uno, los cadáveres de la tripulación a las honduras del mar. Bligh era de esa clase de hombres: aceptaba las cosas sin discusión; se contentaba con tomar las cosas como venían y con tener preparadas las defensas de cabos de acero cuando la pared rocosa surgía de la bruma opalescente. Bligh, como las gotas de agua, tenía su Ley, que regía para él y para nadie más...

De algún cabo podrido descendió flotando una partícula de suciedad que entró en el cacharro. Abel Keeling, apático, la vio moverse hacia la pared del recipiente. Cuando hundió en él los dedos, el agua formó un pequeño remolino, arrastrando la brizna consigo. Después el agua se aquietó, y una vez más aquella partícula se dirigió hacia la pared de la vasija y se adhirió a ella, como si ésta la atrajera. Exactamente del mismo modo, el galeón se deslizaba hacia la pared rocosa, hacia las malezas verdes y amarillas, los monos y las cotorras. Llevado nuevamente al centro del canal (mientras hubo hombres para realizar la maniobra) no tardó en deslizarse hacia la pared apuesta. La misma fuerza atraía a la brizna en el cacharro y al barco en el mar estático. Era la Mano de Dios, según Bligh...

Abel Keeling, cuya mente observaba a veces las cosas más pequeñas, y otras se hundía en el embotamiento, no oyó al principio la voz temblorosa que se alzaba en el castillo de proa; una voz que se acercaba y a la que parecía prestar acompañamiento el rumor del agua.

Oh Tú, que a Jonás en el pez
tres días preservaste del dolor
que fue un presagio de tu muerte
y resucitando nuevamente...
Era Bligh, que cantaba uno de sus himnos:
Oh Tú, que a Noé salvaste de las aguas,
Y a Abraham un día y otro día
cuando atravesaba Egipto
señalaste el camino...

La voz calló, dejando incompleta la piadosa frase. Bligh, de todas maneras, estaba vivo... Abel Keeling prosiguió sus vagas meditaciones. Sí, la Ley de la vida de Bligh era llamar a las cosas la Mano de Dios; pero la Ley de Abel Keeling era diferente; ni mejor ni peor, sino diferente. La Mano de Dios, que atraía las briznas y los galeones, debía obrar mediante otro sistema; y los ojos de Abel Keeling se clavaron una vez más, desganados, en el cacharro, como si el sistema estuviera allí. Después extravió el sentido, y cuando lo recobró había perdido todo contacto con sus anteriores ideas. El remo, por supuesto, ésa era la solución. Con él, los hombres podían reírse de las calmas chichas. Ahora sólo lo usaban las pinazas y las galeras, aunque había tenido sus ventajas. Pero los remos (que es como decir un sistema, porque si uno quiere, puede sostener que la Mano de Dios empuña el timón, así como el Soplo de Dios llena la vela); los remos eran anticuados, pertenecían al pasado, y usarlos equivalía a abandonar todo lo que era bueno y nuevo, volver a la época en que el espolón de proa era el arma más poderosa de los barcos, cuando éstos pasaban un día o dos en el mar antes de volver a puerto en busca de provisiones. Remos... no. Abel Keeling era de los hombres nuevos, los hombres que juraban en nombre de las andanadas de sacres y aculebrines, acostumbrados a pasarse semanas y meses sin avistar tierra. Quizá algún día el ingenio de hombres como él inventaría un barco impulsado no por remos (porque los remos no podían penetrar en los mares remotos del mundo) ni tampoco por velas (porque los hombres que confiaban en las velas sé encontraban de pronto en un estrecho de tres millas de anchura, sin un soplo de brisa, suspendidos entre las nubes y el agua, derivando hacia un muro rocoso), sino un barco... un barco...

A Noé y a sus hijos
habló Dios diciendo:
"Firmo un pacto gon vosotros
y con vuestra descendencia..."

Era Bligh nuevamente, que ambulaba por el combes. La mente de Abel Keeling volvió a quedar en blanco. Después, despacio, muy despacio, con la misma lentitud con que crecían las gotas en el lazo de cuerda, sus pensamientos tomaron forma nuevamente.

¿Una galeaza? No. La galeaza quería ser dos cosas a la vez y no era la una ni la otra. Este barco, que la mano del hombre construiría alguna vez para que la Mano de Dios lo guiase, absorbería y conservaría la fuerza del viento, almacenándola como almacenaba sus provisiones. Permanecería inmóvil cuando quisiera, cuando quisiera avanzaría. Volvería contra sí misma la fuerza de la calma chicha y de la tormenta. Porque, naturalmente, su fuerza debía ser el viento, viento almacenado, una bolsa de los vientos, como en la fábula de los niños; un chorro de viento dirigido contra el agua, a popa, impulsando el agua en un sentido y' el barco en otro, actuando por reacción.

Tendría una cámara de viento, donde éste sería introducido por medio de bombas. Para Bligh sería también la Mano de Dios esa fuerza impulsora del barco del futuro que Abel Keeling, tendido entre el palo mayor y la campana, volviendo de tanto en tanto los ojos desde los cenicientos tablones al vívido cardenillo verde de la campana, presentía vagamente...

El rostro de Bligh, curtido por el sol y devastado desde adentro por la fe que lo consumía, apareció en lo alto de la escalera del alcázar. Su voz palpitaba incontrolable:

Y ya no queda en la tierra
un lugar de refugio,
ni en el mar ni en el río
que fluye bajo tierra.

II.
Bligh cerraba los ojos, como contemplando su éxtasis interior. Tenía la cabeza echada hacia atrás, y sus cejas subían y bajaban con expresión atormentada. Su ancha boca permaneció abierta cuando su himno fue bruscamente interrumpido: en algún lugar, en la trémula luminosidad de la niebla, el canto fue retomado desde su nota final: un bramido ventoso, ronco y lúgubre, alarmante y sostenido, creció y reverberó a través del estrecho. Bligh se estremeció. A tientas, como un ciego, se alejó de la escalera del alcázar, y Abel Keeling vio detrás de sí su figura escuálida, que parecía más alta por la inclinación de la cubierta. Y al extinguirse aquel sonido vasto y hueco, Bligh se echó a reír en su demencia.

—Señor, ¿la ancha boca de la tumba tiene lengua para alabarte? Ah, otra vez...

Nuevamente el cavernoso sonido dominó el aire, más potente y cercano. En seguida se oyó otro ruido, un pausado latir, latir, latir... Después volvió el silencio.

—El mismo Leviatán ha alzado su voz en alabanza —sollozó Bligh.

Abel Keeling no levantó la cabeza. Habíha vuelto el recuerdo (le aquel día en que, antes de que se alzaran sobre el estrecho las brumas del amanecer, vació de un trago el cacharro de agua que constituía su única ración hasta la noche. Durante esa agonía de sed habíha visto formas y escuchado sonidos con ojos y oídos que no eran los suyos, mortales, y aun en sus intermitencias de lucidez, cuando sabía que eran alucinaciones, esas formas y esos sonidos regresaban... Había oído las campanas dominicales en su casa de Kent, los gritos de los niños en sus juegos, las despreocupadas canciones de los hombres en su trabajo cotidiano, y la risa y los chismes de las mujeres cuando tendían la ropa blanca en el seto o distribuían el pan en grandes bandejas.

Esas voces habían tintineado en su cerebro interrumpidas de tanto en tanto por los quejidos de Bligh y de otros dos hombres que aún vivían entonces. Algunas de las voces que escuchara habían estado silenciosas en la tierra muchos años, pero Abel Keeling, torturado por la sed, las había oído con la misma claridad con que oía ahora ese gemido sordo y lúgubre y esa pulsación intermitente que llenaba el estrecho de alarma.

—¡Alabado sea! ¡Alabado sea! ¡Alabado sea ! —deliraba Bligh.

Después una campana pareció sonar en los oídos de Abel Keeling, y como si algo se hubiera zafado en el mecanismo de su cerebro, en su fantasía surgió otra imagen: la partida del María de la Torre, saludado por un bullicio de campanas, de estridentes gaitas, de valerosas trompetas. Entonces no era un galeón blanco de lepra. La bruñida voluta de su proa centelleaba; el dorado de la campana, de los corredores de popa, de las cinceladas linternas relucía al sol; y sus. cofas y el pabellón de guerra en el combés estaban ornados de pintados escudos y emblemas. Llevaba cosidos a las velas vistosos leones rampantes de seda escarlata, y de la verga mayor, ahora sumergida en el agua, colgaba el pendón de dos colas, con la Virgen y el Niño bordados...

De pronto le pareció oír una voz cercana que decía:

"Y medio... siete... siete y medio..." y en un centelleo la
imagen de su cerebro cambió. Ahora estaba de nuevo en su
casa, enseñando a su hijo, el joven Abel, a lanzar la sonda
desde el esquife en que se habían alejado del puerto.

—Siete y medio... —parecía gritar el muchacho.

Las labios ennegrecidos de Abel Keeling murmuraron:

—¡Muy buen tiro, Abel! Muy buen tiro.
—Y medio... siete... siete y medio... siete... siete.
—Ah —murmuró Abel Keeling—, ese tiro no fue tan bueno. Dame la sondaleza. Debes lanzarla así... eso es. Pronto navegarás conmigo en el María de la Torre. Ya conoces las estrellas y el movimiento de los planetas. Mañana te enseñaré a usar el astrolabio...

Durante uno o dos minutos siguió murmurando. Después se quedó dormido. Cuando volvió a un estado de semiconsciencia, oyó nuevamente un sonido de campanas, débil al principio, después más fuerte y convertido al fin en un potente clamor que resonaba sobre su cabeza. Era Bligh. Bligh, en otro ataque de delirio, había aferrado la cuerda de la campana y la hacía repicar como un demente. La cuerda se rompió en sus dedos, pero él siguió agitándola con la mano, al tiempo que clamaba:

—Con un arpa y un instrumento de diez cuerdas... ¡el Cielo y la Tierra alaben tu Nombre!

Y clamaba a voz en cuello y sacudía la enmohecida campana de bronce.

—¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése?

Parecía un verdadero saludo que salía de la bruma. Pero Abel Keeling conocía esas voces que surgían de las brumas. Venían de barcos que no existían.

—Sí, pon un buen vigía y no pierdas de vista la brújula —volvió a murmurar, hablando con su hijo.

Pero así como a veces un hombre dormido se incorpora en el lecho, o se levanta y empieza a caminar, del mismo modo Abel Keeling, con las manos y las rodillas apoyadas sobre cubierta, miró por encima del hombro. En alguna profunda región de su espíritu tuvo conciencia de que la inclinación de la cubierta se habíha vuelto más peligrosa, pero su cerebro recibió la advertencia y la olvidó en seguida. Sus ojos se clavaban en una niebla luminosa y desconcertante. El escudo del sol era de una plata más ardiente; debajo, el mar se esfumaba en radiantes evaporaciones. Y entre el sol y el mar, suspendido en la bruma, no más sustancial que las vagas sombras que pasan ante los ojos encandilados, flotaba espectralmente una forma piramidal. Abel Keeling se pasó la mano por los ojos, pero cuando la retiró la sombra aún estaba allí, deslizándose lentamente hacia la popa del María de la Torre. Y a medida que la observaba, su forma iba cambiando. La espectral silueta gris con forma de pirámide pareció disolverse en cuatro segmentos verticales, de altura levemente decreciente. El más próximo a la popa del María de la Torre era el más alto, y el de la izquierda el más bajo. Parecía la sombra de una gigantesca flauta de cañas, en la que hubiera resonado poco antes aquel son cóncavo y plañidero. Y mientras miraba con ojos engañados, nuevamente fueron engañados sus oídos:

—¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése? ¿Es un barco?...

Oye, dame el altavoz... —Y en seguida un ladrido metálico—: ¡Ea! Quién diablos son ustedes? ¿No tocaron una campana? Tóquenla de nuevo, hagan algún ruido...

Todo esto llegó borrosamente a los oídos de Abel Keeling, como a través de un intenso zumbido. Después creyó oír una risa breve e intrigada, seguida por un diálogo que venía de algún lugar situado entre el mar y el cielo.

—Oye, Ward, pellízcame, ¿quieres? Dime qué ves allí. Quiero saber si estoy despierto.
—Qué veo adónde?
—Hacia la serviola de estribor. (Para ese ventilador; no puedo oírme pensar). Ves a lgo? No me digas que es ese maldito Holandés... No me vengas con esa vieja historia de Vanderbecken. Cuéntame algo más creíble, para empezar; algo sobre una serpiente marina... Oíste la campana, ¿verdad? —Calla un momento... escucha.

Nuevamente se alzaba la voz de Bligh:

Éste es el pacto que celebro:
de ahora en adelante, nunca
destruiré el mundo nuevamente
por el agua como antaño...

La voz de Bligh tornó a extinguirse en los oídos de Abel Keeling.

—Oh, por las barbas del profeta —dijo la voz que parecía venir de entre el cielo y el mar. Después habló más fuerte. —Escuchen —dijo con deliberada cortesía—, si eso es un barco, por qué no nos dicen dónde se celebra la mascarada? Se nos ha descompuesto la radio, y no estábamos enterados... Oh, ves eso, Ward, ¿no? ¡Por favor, dígannos qué diablos son ustedes!

Una vez más Abel Keeling se había movido como un sonámbulo, incorporándose junto a los maderos del campanario, mientras Bligh caía hecho un bulto sobre cubierta. El movimiento de Abel Keeling derribó el cacharro, que rodó por cubierta, en pos del diminuto arroyo de su contenido, y quedó encajado allí donde el inmóvil y rebosante mar formaba; por así decirlo, una cadena con la esculpida balaustrada del alcázar: un eslabón el borde todavía reluciente, después un balaustre oscuro, después otro eslabón reluciente. Por un momento apenas, Abel Keeling reflexionó que lo que había lanzado a. Bligh hacia la popa era el ascenso del agua en el combés, que ahora estaba enteramente sumergido. Después fue absorbido una vez más por su sueño, por las voces, por aquella silueta entre las brumas, que había tomado nuevamente la forma de una pirámide.

—Por supuesto —volvía a quejarse una de las voces, siempre a través del confuso zumbido que llenaba los oídos de Abel Keeling—, por supuesto, no podemos apuntarle con un cuatro—pulgadas... Y desde luego, Ward, yo no creo en ellos. ¿Llamamos al viejo A. B.? Tal vez esto interese a Su Científica Majestad el Capitán.
—Oh, baja un bote y rema hacia él.. . dentro de él...sobre él....a...través de él....
—Mira a nuestros muchachos apiñados allá. Lo han visto. Mejor no dar una orden que tú sabes que no será obedecida...

Abel Keeling, aferrado al campanario, comenzaba a interesarse en su sueño. Porque si bien no conocía su estructura, aquel espejismo era la forma de un barco. Una proyección, sin duda, de sus anteriores reflexiones. Y eso era extraño... Aunque no tanto, quizá. Sabía que aquello no existía realmente; sólo su apariencia existía; pero las cosas debían existir de ese modo antes de existir en realidad. Antes de existir, el María de la Torre había sido una forma en la imaginación de algún hombre; antes de eso, algún soñador había soñado la forma de un buque de remos; y aun antes, allá lejos en el alba y la infancia del mundo, antes de que el hombre se aventurase a atravesar el agua sobre un par de leños, algún vidente había columbrado en una visión el esquema de —la balsa. Y puesto que esa forma que flotaba ante sus ojos era una forma de su sueño, él, Abel Keeling, era dueño de ella. Su mismo ser pensante la había concebido, y había sido botada en el océano ilimitable de su propia alma...

Y nunca he de olvidar
este mi convenio celebrado
entre tú y yo y toda carne
mientras dure el mundo...

Cantaba Bligh, en éxtasis. Pero así como el que sueña, aun en el sueño, suele escribir en la pared contigua una clave, una palabra que mañana le recuerde su visión perdida, así Abel Keeling empezó a buscar una señal como prueba para mostrar a quienes fuesen ajenos a su visión. El mismo Bligh buscaba eso... no podía estarse callado en su éxtasis, tendido sobre cubierta, sino que elevaba, en un arpa y en un instrumento de diez cuerdas, como él decía, apasionados amenes y alabanzas a su Hacedor. Lo mismo Abel Keeling. Habría sido el Amén de su vida alabar a Dios, no con un arpa, sino por medio de un barco que llevara su propia energía impulsora, que almacenara el viento o su equivalente como almacenaba sus provisiones, algo arrancado al caos y a la inercia, algo ordenado y disciplinado y subordinado a la voluntad de Abel Keeling... Y allí estaba, esa forma de barco de un gris espectral, con sus cuatro tubos verticales, que, vistos ahora de frente y de igual longitud, parecían un órgano fantasma. Y los tripulantes espectrales de ese barco hablaban nuevamente...

La interrumpida cadena de plata junto a la balaustrada del alcázar ahora se había vuelto continua, y los balaústres formaban con sus propios reflejos inmóviles el esqueleto de un pez. El agua volcada del cacharro se había secado, y el cacharro había desaparecido. Abel Keeling se paró junto al mástil, erguido como Dios creó al hombre. Con su mano de cuero golpeó la campana. Aguardó un minuto y gritó:

—¡Ah del barco!... ¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése?

III.
No tenemos conciencia en el sueño de que estamos jugando un juego, cuyo principio y cuyo fin están en nosotros mismos. En este sueño de Abel Keeling una voz replicó:

—Bueno, ha recobrado el habla... ¡Eh! ¿Qué son ustedes?
En voz alta y clara Abel Keeling dijo:
—¿Es eso un barco?
La voz contestó con una risa nerviosa:
—Somos un barco, verdad, Ward? Ya no me siento muy seguro...Sí, por supuesto, éste es un barco. Por nosotros no hay cuidado. La cuestión es quién diablos son ustedes.

No todas las palabras que utilizaban aquellas voces eran inteligibles para Abel Keeling; y sin saber por qué, algo en el tono de aquella última frase le recordó el honor debido al María —de la Torre. Blanco de llagas y al término de su vida estaba el galeón, pero Abel Keeling era todavía el custodio de su dignidad. La voz tenía un acento juvenil; no estaba bien que jóvenes lenguas se movieran en desprecio de su galeón. Habló con dureza. —¿Sois el capitán de esa nave?

—Oficial de guardia —volvieron a él flotando las palabras—. El capitán está abato.
—Entonces id a buscarlo. Los amos hablan con los amos —respondió Abel Keeling.

Podía ver las dos figuras, chatas y sin relieve, paradas en una estructura alta y angosta provista de una barandilla. Uno de ellos silbó por lo bajo y pareció abanicarse la cara; pero el otro murmuró algo sordamente, ante una especie de chimenea. Después las dos siluetas se convirtieron en tres. Hubo cuchicheos, como de consulta, y en seguida habló una nueva voz. Al oír su vibración y su acento, un súbito temblor recorrió el cuerpo de Abel Keeling. Se preguntó qué fibra hería aquella voz en los olvidados recovecos de su memoria.

—¡Ea! —gritó esta voz nueva, aunque vagamente recordada—. ¿Qué ocurre? Escuche. Éste es el destructor británico Seapink, que salió de Devonport en octubre último, y no tiene nada de particular. ¿Quiénes son ustedes?
—Él María de la Torre, que zarpó del puerto de Rye el día de Santa Ana, y ahora con sólo dos hombres...
Una exclamación lo interrumpió.
—¿De dónde? —dijo temblorosa aquella voz que conmovía tan extrañamente a Abel Keeling, mientras Bligh estallaba en gemidos de renovado éxtasis.
—Del puerto de Rye, en el condado de Sussex.. . ¡Ea, prestad atención; de lo contrario no podréis oírme mientras luchen el espíritu y el cuerpo de ese hombre! ¡Eh! ¿Estáis ahí?

Las voces se habían convertido en un débil murmullo; y la forma del buque se había desvanecido ante los ojos de Abel Keeling. Los llamó a gritos una y otra vez. Quería enterarse de la estructura y manejo de la cámara de viento...

—¡La cámara de viento! —gritó atormentado por el temor de perder la revelación tan próxima—. Quiero que me digáis cómo funciona...
Como un eco volvieron a él las palabras, pronunciadas con acento de incomprensión:
— ¿La cámara de viento?
—...lo que impulsa al barco —quizá no sea viento; un arco de acero tendido también conserva la fuerza— la fuerza que almacenáis, para moveros a voluntad a través de la calma y las tormentas... — ¿Tú entiendes lo que dice?
—Oh, en el momento menos pensado nos despertaremos...
—Un momento, ya sé. Las máquinas. Quiere saber algo de nuestras máquinas. Si seguimos así, acabará por pedirnos la documentación de a bordo. ¡El puerto de Rye!... Bueno, nada se pierde con seguirle la corriente. Veamos qué saga en limpio de todo esto. ¡Ah del barco!—retornó la voz a Abel Keeling, un poco más fuerte ahora, como llevada por un viento cambiante, y hablando cada vez más de prisa—. No es viento, sino vapor, ¿me oye? Vapor. Vapor de agua en ocho calderas Yarrow. Vapor, v - a - p - o - r. ¿Comprende? Y tenemos motores gemelos de triple expansión, son cuatro mil caballos de fuerza. 430 revoluciones por minuto. ¿Entendido? ¿Quiere saber algo de nuestro armamento, señor fantasma?

Abel Keeling murmuraba temeroso para sus adentros. Le irritaba que palabras percibidas en su propio sueño no tuviesen significado para él ¿Cómo le llegaban en su sueño palabras que estando despierto no conocía?

—En cuanto a armamento —prosiguió la voz que turbaba tan profundamente los recuerdos de Abel Keeling —tenemos dos tubos lanzatorpedos Whitehead, tres seis libras en la cubierta superior, y ese que ve junto a la torre de mando es un doce libras. Olvidaba mencionar que el buque es de acero níquel, que llevamos unas sesenta toneladas de hulla en las carboneras, y que nuestra velocidad máxima es aproximadamente de treinta nudos y cuarto. Quiere subir a bordo?
Pero la voz siguió hablando, aún más rápida y febril, como para llenar de cualquier modo el silencio, y la figura que hablaba se inclinaba ansiosamente hacia adelante sobre la barandilla.
—¡Uf! Me alegro de que esto haya ocurrido en plena luz del día —murmuró otra voz.
—Ojalá estuviera seguro de que está ocurriendo... ¡Pobre viejo fantasma!
-Supongo que se mantendría de pie aunque la cubierta estuviese en posición vertical. ¿Crees que se hundirá, o que simplemente se disolverá en el aire?
—Probablemente se hunda... sin oleaje... —Oigan... Ahí está el otro...

En efecto, Bligh cantaba nuevamente:

Señor, tú nos conoces
y sabes que si el triunfo
obtenemos de tu mano
sin sentir dolor ni pena,
bien poco lo apreciamos.
Pero tras la suerte adversa
es mil veces más precioso
todo don que recibimos...

—¡Pero, oh, miren... miren... miren al otro! Diablos, ¿no es un tipo magnífico? ¡Miren!

En efecto, Abel Keeling, transfigurado como un profeta en el momento del rapto, acababa de sentir su cerebro inundado por la blanquísima luz de la perfecta comprensión; de recibir aquello que él y su sueño habían estado esperando. Como si Dios hubiese grabado sus líneas en su cerebro, conoció aquel barco del futuro. Lo conoció milagrosamente, totalmente, como conocen las cosas aquellos que ya bajan al sepulcro y aceptan con un gesto de natural asentimiento las imposibilidades de la vida. Desde las bocas ardientes de sus ocho calderas hasta la última gota de sus lubricadores, desde el montaje de sus máquinas hasta las recámaras de sus cañones de tiro rápido. Calculó su arqueo, tomó su posición, leyó las distancias de tiro en el telémetro, y vivió la vida de quien lo comandaba.

Ya mañana no olvidaría la revelación, como había olvidado tantas otras veces, porque al fin había visto el agua bajo sus pies y sabía que no restaba para él ningún mañana en este mundo. Y aun en aquel momento, cuando sólo quedaban uno o dos gránulos en su reloj de arena, indomable, insaciable, soñando sueño sobre sueño, se sintió incapaz de morir sin saber más. Le quedaban dos preguntas por formular, y aun una tercera pregunta, la más fundamental. Y sólo disponía de un instante. Estridente se oyó su voz:

—¡Oídme! Este viejo barco, el María de la Torre, no puede hacer treinta nudos y cuarto, pero aun así puede navegar. ¿Qué más hace el vuestro? ¿Se eleva sobre las aguas, como las aves que surcan el espacio?
—Santo Dios, cree que esto es un avión... No, no vuela...
—¿Y puede sumergirse, como los peces del mar?
—No... Ésos son los submarinos... Esto no es un submarino.

Pero Abel Keeling ya no lo escuchaba. Lanzó una risa de júbilo.

—Oh, treinta nudos, y en la superficie del agua... ¿nada más que eso? ¡,Ja, ja, ja!... Mi barco, os digo... navegará... ¡Cuidado ahí abajo! ¡Acuñad ese cañón!
El grito brotó súbito y alerta, al tiempo que se oía en las entrañas de la nave un rumor sordo y un temblor siniestro sacudía al galeón.
—¡Por Dios!, se han soltado los cañones... Es el fin...
—¡Acuñad ese cañón y amarrad los otros! —gritó nuevamente la voz de Abel Keeling, como si hubiera alguien para obedecerle.

Se había abrazado a los maderos del campanario, pero en mitad de la orden siguiente su voz bruscamente se quebró. La silueta de su barco, por un instante olvidada, apareció nuevamente ante sus ojos. Llegaba el fin, y aún no había formulado la pregunta decisiva, el temor de cuya respuesta le torturaba el rostro y parecía a punto de hacerle estallar el corazón.

—Un momento... el que habló conmigo... el capitán —gritó con voz penetrante— ¿está ahí todavía?
—Sí, sí —repuso la otra voz, enferma de suspenso—. ¡Oh, pronto!

Por un instante se mezclaron indescriptiblemente roncos gritos de muchas voces, un golpe seco, un rodar sobre planchas de madera, un estallido de tablones, un gorgoteo y una zambullida; el cañón bajo el cual había estado Abel Keeling acababa de cortar sus amarras podridas, precipitándose por la cubierta y arrastrando consigo el cuerpo inconsciente de Bligh. La cubierta quedó vertical, y por un instante más Abel Keeling se aferró al campanario.

—No puedo ver vuestro rostro —gritó—, pero me parece conocer vuestra voz. ¿Cómo os llamáis? En un desgarrado sollozo vino la respuesta: —Keeling... Abel Keeling... iOh, Dios mio! Y el grito de triunfo de Abel Keeling, dilatado hasta convertirse en un ¡Hurra! de victoria, se perdió en el descenso vertical del María de la Torre, que dejó el estrecho vacío, salvo por el ígneo resplandor del sol y la última humosa evaporación de las brumas.

Oliver Onions (1873-1961)




Relatos de Oliver Onions. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Oliver Onions: El buque fantasma (Phantas) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

«Dos bagatelas»: Oliver Onions; relato y análisis.


«Dos bagatelas»: Oliver Onions; relato y análisis.




Dos bagatelas (Two Trifles) es un relato de terror del escritor inglés Oliver Onions, publicado originalmente en la antología de 1934: Un siglo de historias espeluznantes (A Century of Creepy Stories).

Dos bagatelas, uno de los grandes cuentos de Oliver Onions, es en realidad una mezcla de dos historias: Los piratas del éter (The Ether-Hogs) y El mortal (The Mortal).





Dos bagatelas
Two Trifles, Oliver Onions (1873-1961)

Los piratas del éter:

Con un pie apoyado en un rincón para defenderse del movimiento del barco, los auriculares puestos y una mano en el transmisor mientras la otra revoloteaba sobre botones y clavijas, el joven operador de T. S. H. intentaba establecer comunicación. Ya la tuvo establecida antes, pero o la había perdido o algo le había pasado al barco desconocido después de que emitió aquella urgente y solitaria llamada de socorro. La bombilla, en forma de pera, arrojaba sombras cavernosas bajo bajo sus cejas anhelantemente fruncidas, e iluminaba severamente cuadros de instrumentos y esferas graduadas, timbres y alambres, clavijas y tubos, mientras toda la habitación, pintada de blanco, se inclinaba lentamente hacia un lado para luego encabritarse violentamente hacia el otro, cuando el barco giraba en la tormenta.

El operador parecía capaz de comunicar con cualquier barco excepto con el que quería. Igual que una tensa cuerda de violín que variase al ser afinada, o como si una caracola puesta en su oído le cantase, no la Canción del Mar, sino mil canciones distintas, así fluctuaba él de onda en onda por el diapasón de mensajes que iba sucesivamente captando el aparato. Habrían resultado cómicamente variados si el operador no hubiera tenido la cara tan lívida, ansiosa y rígida: «Felices Pascuas… compre Erie Railroads… buenas noches… el precio del cobre… Felices Pascuas…». La noche susurraba mensajes igual que en un teléfono se intercambian murmullos; y, muy por encima de la cubierta del barco sucia de huellas de pies, la antena dibujaba amplias curvas en el cielo invernal, que de cuando en cuando hablaba, con un rugido que rasgaba la noche.

Pero, a pesar de la multitud de interferencias que le rodeaba, lo que a continuación se relata es una conferencia que precisamente no oyó el joven telegrafista.

Los Espiritus del Comité Especial de Tráfico Etéreo y Derecho de Paso estaban celebrando una Junta General Extraordinaria. Lo hacían porque últimamente las molestias habían llegado a ser intolerables. Los mensajes de los mortales rasgaban con tanta frecuencia el espacio, y con tan descuidada inobservancia de las Normas de Regulación Etérea, que ningún fantasma de entre ellos se había librado de sus nefastas consecuencias. Un espectro está encantando pacíficamente el lugar que le ha correspondido en suerte; surge de pronto una de esas ráfagas radiotelegráficas; y he aquí que su ser queda reducido a fragmentos que sólo pueden ser reunidos de nuevo una vez que ha pasado la horrible confusión.

Y cuando decían «encantar», querían decir no simplemente aquella forma de aterrorizar, ya pasada de moda, a base de sábanas blancas y ruidos de grilletes, ni tampoco las más modernas formas de intimidación, que son independientes del toque de la media noche y del canto del primer gallo, sino también – y especialmente- las más benignas sugestiones, sus gentiles insinuaciones a los poetas del mundo, la inspiración que cuchichean a los pintores, sus desvelos en pro de las bellas letras, su inclinación a la benevolencia, su afición a la teatralidad y, en pocas palabras, cualquier otra noble ocupación conocida sólo por aquellos inquilinos de la tierra, que prestan su fuerza y su trabajo a cosas de las que no van a sacar provecho alguno y en las que creen sin haberlas visto nunca.

Habló un venerable espíritu que aún conservaba adherido un tenue halo de barba plateada.

—Creo que todos estamos de acuerdo en que tenemos que hacer algo —dijo—. Precisamente ahora, uno de los espectros jóvenes más agradables que conozco, que llegaba con un «» «motivo» a un pobre músico sin inspiración, acaba de ser alcanzado por una ráfaga de radio y sus fragmentos han sido dispersados, de modo que, aunque su esencia no haya sido dañada permanentemente, su inspiración le abandonó por completo y jamás podrá recobrarla.
—En efecto —añadió otro testigo—. Acertaba yo a proyectarme cerca de allí y pude ver todo lo ocurrido. Pobre muchacho, no tuvo ni tiempo de huir. Se trataba de uno de esos mensajes «directos», así los llaman ellos, y ningún fantasma de su categoría habría podido resistirlo en pie ni un instante.
—Sin embargo, los peores de todos son esos que llaman mensajes universales, que lanzan en todas direcciones por igual. Estos son nuestra mayor amenaza.
—Completamente cierto. Con los «urgentes» siempre nos queda una posibilidad de hurtarnos a su camino; pero con los «universales» no tenemos escapatoria.
—¡Atención! ¡Ahí viene uno! —exclamó otro espíritu, y señaló con rapidez-; por fortuna aún está bastante lejos.

Se elevó un clamor de indignación.

—¡Vándalos!
—¡Hunos!
—¡Salvajes!
—¡Sinvergüenzas!

Habló un fantasma femenino. Era sabido que debía su condición actual a un accidente de automóvil.

—Recuerdo —dijo— un nombre que usaba la gente grosera para denominar a los que se excedían en velocidad guiando sus automóviles por las carreteras. Los llamaban «Los Piratas de la carretera». De la misma manera, nosotros deberíamos llamar «Piratas del éter» a los causantes de tan molestos inconvenientes.

Esta propuesta fue acogida con grandes aplausos, que el joven telegrafista, que todavía seguía buscando su onda, tomó erróneamente por una radioconmoción general que se le venía encima.

—Sí —prosiguió el fantasma femenino (siempre era un poco charlatana cuando se sabía escuchada)—; yo era sorda, y por ese motivo tenía que pagar un suplemento extra en esa horrible cosa que llaman póliza de seguros. ¡Oh, queridos, la de veces que se me habrá subido el corazón a la boca cuando oía el estruendo de sus automóviles!

En ese momento, dos espíritus que había allí al efecto -era su oficio-, la hicieron «apagarse» amable pero firmemente; es decir, se mezclaron con ella y ratificaron su coherencia astral; todos habían oído ya aquella historia muchísimas veces. Continuaron las deliberaciones. Se decidió que tenían que adoptar sanciones y medidas. Con este motivo se suscitó una nueva cuestión: ¿Sobre quién recaería el primer castigo ejemplar?

—Echa una ojeada —dijo el espíritu del halo de plata en la barba; y partió un mensajero, que regresó inmediatamente con la noticia de que en ese mismo momento un joven operador de T. S. H., provisto de una condición nerviosa extremadamente sensible, estaba intentando provocar un nuevo atropello.
—¡Dios mío! —exclamó el venerable, despidiendo de nuevo a su esbirro—. Tenemos que decidir ahora mismo quién será el encargado de visitarle. La Presidencia les invita a hacer sugerencias.

Ahora bien, la elección de un visitador es siempre asunto delicado que debe tratarse con suma moderación. No todo fantasma puede visitar a todo el mundo. Por supuesto, los más fluidos encuentran con frecuencia muchas dificultades para manifestarse por completo, de tal modo que, en la práctica, el delegado suele ser uno de los espíritus más materializados. Así, pues, ésta es la causa de que aquí en la tierra sólo conozcamos a los menos fantasmales de los fantasmas, es decir, a aquellos casi tan recién destetados del pecho de la madre tierra; y éste es precisamente el punto flaco de las visitas desde el punto de vista de los fantasmas. El mensaje perfecto debe ir a través del camino imperfecto. Los grandes fantasmas planean, pero son los más toscos los que ejecutan.

Pero como esto tampoco se desconoce en la tierra, no hace falta que nos extendamos demasiado en ello.

De momento, no disponía el Comité de ningún embajador menor que el espíritu de cierto maquinista escocés que había sufrido su cambio de estado ya en los días de la navegación a vapor. Cierto era que tenían que tener mucho cuidado con él, pues era espíritu sospechoso de excesivas inquietudes y deseos; pero esto, que en cierto sentido era un defecto, aumentaba su eficacia en otro, y nada menos que un espíritu de la categoría del propio Vanderdecken le había recomendado para toda clase de comisiones marítimas. Se le izo comparecer y se le explicó su misión.

—Comprenda —le dijeron, un tanto severamente, después—, sus instrucciones son precisas, recuérdelo; no tiene por qué excederse de ellas.
—Ay, ay, —dijo el torpe espíritu—; conozco los barcos de vela y de vapor y he trabajado mucho tiempo en una barcaza. No pueden hacer nada mejor que encargarme a mí el asunto.

Había, pese a todo, un acento tan sincero y bien intencionado en sus palabras, que quedaron sumamente satisfechos.

—Muy bien —dijo el espíritu presidente—. Ya sabe usted dónde encontrarle. Váyase.
—Ay, ay, señor, no se preocupe. ¡Menuda sacudida voy a dar al muchacho!

Pero en aquel momento una terrorífica ráfaga, procedente de la Estación de Cape Cod, dispersó la asamblea como si la hubiera arrojado por la boca de una escopeta. Y tengan ustedes en cuenta que toda la escena anterior no había durado absolutamente nada de tiempo, al menos de lo que se considera tiempo en la tierra.

II.
—¡Oh, quítese de mi camino, estúpido! Necesito comunicar con un barco que me llamó hace cinco minutos… el Bainbridge. ¿Ha captado usted también su llamada?… ¡Oh, señor, he aquí otro lunático…! ¡Quiere saber quién ha ganado el match de boxeo! ¿Es ahí el Bainbridge? ¡Entonces, corte! ¡Largo!… ¡Eh, ahí! ¿Han recibido ustedes una llamada del Bainbridge? Sí, hace cinco minutos. Creo que dijo que tenían fuego a bordo, pero no estoy seguro y no consigo volver a comunicar con él. Inténtelo usted… elimine ese estúpido «Felices Pascuas»… Sí, Bainbridge…B-a-i-n… No, pero creo… digo que cre… eso dijo… quizá ya no pueda transmitir…

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

De nuevo recorría de arriba abajo la gama musical, en busca del barco que emitió aquel mensaje vago e incierto y después quedó en silencio.

Un barco incendiado… en algún sitio…
Estaba casi seguro de que le dijeron que había fuego a bordo…
Quizá no habían podido seguir transmitiendo…
De todos modos, existían ya media docena de barco intentando dar con él.

Fue en aquel preciso instante en que toda la borrascosa noche vibraba de llamamientos dirigidos al Bainbridge, cuando el fantasma llegó a su destino para convertir al joven telgrafista en ejemplo que sirviese de aviso a los Transgresores Etéreos en general. Realmente entre todos los barcos estaban armando una barahúnda abominable. Desde las antenas el morse rasgaba el vacío y si un espectro errante conseguía evitar una aniquiladora longitud de onda, era sólo para encontrarse con otra quizá peor. Se encolerizaban. ¿Dónde estaba la ventaja de ser la Gran Mayoría, si podían ser intimados en sus propios dominios por una minoría humana gracias a esos devastadores inventos?

Incluso aquel espectral vengador que se cernía, pronto a la acción, sobre la oscilante cabina de radio, sentía que era desgarrado por estremecimientos desintegradores. Los dedos del joven operador accionaban de nuevo en el manipulador del aparato.

—¿Consigue comunicar con el Bainbridge? ¡Oh, inténtelo otra vez, por amor de Dios!… ¿Está ustéd ahí? ¿Nada todavía?… Doric, ¿no puede comunicar…?

Bandazos para un lado, bandazos para otro; en la cresta y en lo hondo de las olas; un viraje hacia puerto, un ángul,o de cuarenta y cinco grados a estribor; en los movimiento del barco, la antena giraba allá arriba, describiendo círculos vertiginosos y amatrallando la noche con su morse.

Punto, raua, punto, raya, punto, raya…

Pero, ya, a punto mismo de manifestarse, vaciló aquel viejo fantasma que en su día había conocido veleros y vapores y servido en una barcaza. Sabía que no era más que un fatasma de ínfimo grado al que se había encomendado, más que confiado, una misión; y la confianza, evidentemente escasa, que en él se tenía no era lo más adecuado para fortalecer su lealtad hacia sus superiores. Empezó a añorar sus huesos y su sangre y sintió revivir su antigua pasión terrenal por los trabajo del mar. Había sido un buen maquinista en sus tiempos, al tanto siempre de los últimos adelantos de aquella época, y lo que ahora veía le intrigaba extraordinariamente. En virtud de su instantaneidead y ubicuidad, nada más llegar ya había echado una completa ojeada general por todo el barco. Mucho de lo que había visto era nuevo para él; la mayor parte, sin embargo, no. Las máquinas eran más poderosas, pero iguales en esencia. En la sala de máquinas, al fondo de interminables escaleras, lñas cosas seguían igual que antaño. Como había presenciado los primeros balbucéos de la luz eléctrica, las relucientes bombillas no constituían para él ningún motivo de asombro; y había prestado poca atención a las frivolidades del barco, salones dorados, gimnasios, pintados camarotes y cómodos cuartos de baño. Sin embargo, al ir concentrándose para hacerse visible, vaciló. Intentó justificarse ante sí mismo. Se dijo que probablemente le asustaría mucho más eficazmente si, tras alejarse durante un rato, estudiase y hallase el punto débil por donde sería más fácilmente vulnerable. Se dijo que sus superiores (siempre un poco condescendientes y despectivos con él) habían dejado a su arbitrio y discreción gran parte del asunto (el cual, de paso, quizá excediese sus posibilidades). Se dijo que, de regresar sin haber llevado felizmente a cabo su misión, no podrían portarse peor con él, después de todo, de como se habían portado ya.

En una palabra, se dijo todo lo que nosotros, meros mortales, nos solemos decir cuando queremos persuadirnos de que nuestros deseos y deberes coinciden, punto por punto, exactamente. Mientras tanto, se dedicaba a atisbar y fisgar en torno a un pequeño y movible haz de alambres que se enrollaba en dos poleas de madera engranadas con una especie de reloj provisto de ciertas espirales de alambre y una pareja de imanes de herradura, todo lo cual iba conectado con los auriculares ceñidos a la cabeza del joven pirata del éter. Le picaba la curiosidad de saber para qué serviría todo aquello.

Era, naturalmente, el receptor acústico, el oído esencial del instrumento. Entonces, el dedo del joven comenzó de nuevo a golpear en la llave del transmisor.

-Doric…¿nada todavía?… ¿Es ahí el Imperator?… ¿Está usted también intentando comunicar con el Bainbridge?

Ahora bien, el fantasma, a pesar de no saber nada acerca del receptor, conocía perfectamente el morse; y, aunque no se le había ocurrido aún comprimirse y quedarse entre los oídos del operador y el receptor telefónico, leyó fácilmente el mensaje transmitido. Tampoco dejó de observarse que el joven tenía la cara contraída y sudorosa. Parecía necesitar cierto barco, un tal Bainbridge, y, a juzgar por el fruncimiento de sus cejas, que las convertía en un verdadero enrejado a la luz de la bombilla, y por la vidriosidad de sus ojos, lo necesitaba con urgencia. Y al parecer, lo mismo les sucedía a aquellos otros buques cuyos misteriosos aparatos rasgaban el éter con sus puntos y sus rayas…

Además, al verse de nuevo a bordo, aquel viejo fantasma pensativo empezó a sentirse como en su propia casa, o, mejor dicho, se habría sentido así de poder comprender el significado de aquel inquieto manipulador, de aquel alambre que vibraba y oscilaba en el aire y de aquella correa sin fin, de alambre también, que se movía lentamente y pasaba por los imanes y estaba conectada finalmente con los auriculares que ceñían la frente del joven pirata del éter. Pensasen lo que pensasen de él quienes lo habían enviado, había sido persona de no poca importancia en la tierra y un mecánico altamente experto en la materia. De repente se dio cuenta de que era presa de la tentación. No tenía por qué asustar a este joven. De hacerlo podía pasarle algo a aquel desconocido instrumento y encontes quizá no pudiesen ya comunicar con aquel barco que intentaba localizar a través de la noche.

¡Ah, si pudiese averiguar por qué le buscaban tan urgentemente! Encontrarle sería la cosa más fácil del mundo para un fantasma. Y entonces, por fin, mientras husmeaba en torno al detector, se le ocurrió interponer una porción de su imponderable estructura entre el auricular y la oreja del joven. Un momento después se había vuelto a retirar felinamente, como un polo de la brújula repelido por otro del mismo nombre. ¡Estaba temblando como jamás le había hecho temblar radiomensaje alguno!

¡Fuego! ¡Un barco ardiendo!

¡Esa era la razón de que aquellos simpáticos y jóvenes operadores se afanasen en acribillar a fantasmas inocentes hasta reducirlos a añicos!…

¡El Bainbridge!¡Ardiendo!…

¿Qué les importaba a todos los fantasmas del universo que ardiera un barco? Pero aquel infiel emisario no dudó ni un instante. Que el fantasmal Concilio le arrojara de su seno si así lo quería. No le preocupaba. ¡Que fueran perseguidos y acribillados hasta el día del Juicio Final si había de haber un solo barco ardiendo en los mares del mundo! ¿Un barco ardiendo? En cierta ocasión había visto arder un barco y no le quedaron ganas de volver a ver otro, ni siquiera en su estado fantasma.

En lo que ha tardado usted en leer esto ya se había marchado él en busca del Bainbridge.

Por supuesto, no tuvo que ir de un lado a otro para encontrarlo. No obstante ser un fantasma de mala calidad y baja condición poseía el don de la ubicuidad. Un doble cambio instantáneo de tensión, y al mismo tiempo ya estaba allí y ya había regresado con los datos de la situación del Bainbridge, la ruta que seguía y la certidumbre de que aún no era demasiado tarde. El operador continuaba escuchando, angustiado, por los auriculares. El fantasma se sintió agradecido por no haber olvidado el morse que aprendió estando en la barcaza. Velozmente se precipitó sobre el manipulador y empezó a manejarlo.

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

El operador oyó. Se puso en pie como si se hubiera autoacribillado a ondas. Los ojos, desorbitados; la boca, horriblemente abierta. ¿Qué pasaba con su aparato?

Punto, raya, punto, raya, punto, raya…

No era el teléfono, por supuesto. La mirada del joven cayó al fin sobre el transmisor. El manipulador se movía rápidamente de arriba abajo. Leyó Bainbridge y una situación: era su aparato el que transmitía a los otros.

Se lanzó febrilmente al teléfono.

El Doric estaba ya acusando recibo. Lo mismo hacía el Imperator. Y él no había enviado mensaje alguno…

Sin embargo, aunque le perturbara pensar en ello, no le concedió mucha importancia. Si un barco se volvía loco, ya cualquier cosa podía volverse loca. De todas formas, lo importante era que no se le había ocurrido dudar de aquella primera llamada, de aquella primera llamada espeluznante: «¡Bainbridge… fuego!».

Se lanzó sobre el tubo y llamó al puente.

Mediada la mañana del día de Navidad encontraron los botes del Bainbridge. En cuanto a aquél impenitente y viejo espectro marinero, al regresar al lugar de donde había venido, produjo escasa satisfacción a sus superiores. Por su parte, se mantuvo inalterable frente a todas sus indignadas amenazas, limitándose a repetir obstinadamente una y otra vez:

—¡Vaya nervios de acero que tenía el muchacho! ¡Repetidamente me manifesté a él, pero no le causé más impresión que si hubiera intentado asustar a Saturno o a su anillo! En mi opinión, un fantasma no es ya lo que fue. Hay demasiados adelantos modernos en estos días.

Pero su espectral corazón se sentía secretamente pesaroso por no haber sido capaz de comprender absolutamente nada tocante al receptor.


El mortal.

-Oh, Egbert —imploró la Dama Blanca—, permitid que os poda que abandonéis esa absurda y loca idea!

Sir Egbert «El impávido», que en aquel momento trataba de atravesar la pared de la galería norte, se volvió, quedando una mitad suya a este lado del panel y la otra en la Cueva del Moro, que se hallaba en el espesor del muro.

—No, Rowena —replicó firmemente—. Juzgasteis conveniente dudar de mi valentía delante de todos los antepasados de la familia, y ahora voy a intentar hacerlo. Si algo me sucede, que caiga mi ectoplasma sobre vuestra cabeza.

Lady Rowena sollozó. En su agitación se retorció las manos de tal modo que ambas se intrapenetraron.

—¡No, Egbert, fue solamente una broma! En la tierra fuisteis conocido por «El impávido»; nuestros descendientes se encuentran orgullosos de vos. ¿No podéis olvidar mis estúpidas palabras?
—No — replicó Sir Egbert severamente—. ¡Aunque me cueste mi no existencia, pasaré la noche en una Cámara Humana!
—¡Egbert…! ¡Egbert…! Conteneos… ¡eso no!… ¡La del Clérigo, no! Pensad… ¿y si os exorciza?
—Demasiado tarde; ¡ya he hablado! —dijo Sir Egbert con un brusco movimiento de la mano. Se desvaneció en la quinta dimensión. No bien había terminado de hacerlo cuando se escuchó una lamentanción general.
—¡Oh, lo será, lo será, sé que lo será! —sollozó la Dama Blanca.

Volver a ser confinado en los límites de la materia, de tal modo que no se pueda hablar sino sirviéndose de una lengua, ni moverse sino accionando piernas; tornar a ser aprisionado en las tres dimensiones de la grosera vida material, he ahí la máxima amenaza que se cierne sobre la condición de los espectros.

—Pobre chico… incluso ya me pareció ver a su alrededor unas ciertas trazas de visibilidad —murmuró el fúnebre Sir Hugo.
—¡Oh, esto ya es jugar con la carne! —gritó otro, con un estremecimiento.
—¡Un disparate casi humano!
—Su modo de deslizarse ya noes como fue —suspiró melancólica Lady Aunice, que, en la tierra, había sido célebre por su asiduidad a los funerales.
—Nunca más volveré a ver su querida Aura —gimió la Dama Blanca, que se había vuelto ya casi totalmente opaca—. ¡Esto me va a costar la no existencia!
—Si almenos no se le hubiese metido en la cabeza ir a la cámara de un clérigo precisamente —dijo Lady Aunice con acento melancólico.
—¡Eh! ¡Aprisa, cogedla! ¡Se está solidificando! —gritaron, de pronto, media docena de ellos.

Sólo tras muchas dificultades consiguieron torntar a la Daba Blanca a un estado que, pese a todo, no era de total evaporación.

Era medianoche y el Clérigo roncaba. Se volvió, intranquilo en su sueño. Quizá advertía la presencia de Sir Egbert. El mismo Sir Egbert temía acercarse al Lecho Mortal situado más allá de la celosía. El miedo le daba el aspecto de un finísimo entramado rojo, peligroso síntoma premonitorio de la aparición de venas y sangre; y sabía que, aunque tenuemente, se dibujaba sobre él la entrecruzada sombra de la celosía. Para salvar su nonentidad, ni siquiera podría ya deslizarse hacia arriba por el dardo de luz de la luna que se derramaba a través de la ventana.

De repente, una violenta Onda Hertziana atravesó el éter de Sir Egbert. Saltó hasta casi salirse de su dimensión. El Clérigo había abierto los ojos. ¿Ser o no Ser? ¿Le había visto?

Le había visto, sí. Sus horribles ojos materiales estaban clavados en el pobre espectro inocente. Los dos se miraron fijamente; el uno, acobardado a la luz de la luna; el otro, envuelto en todo el horror de la solidez, medio incorporado en su lecho. Entonces, el Mortal empezó a llevar a cabo sus amedrentadoras prácticas.

Primero lanzó ese grito ronco que tanto temen todos los fantasmas, y Sir Egbert sintió de repente que su peso había aumentado en más de una libra. Pero recordó su apodo: «El impávido». No cejaría.

Entonces los dientes del Clérigo empezaron a entrechocar. Sus labios bisbisearon algo, y Sir Egbert se preguntó si no sería el principio del Exorcismo. Si lo era, nunca más volvería a ver la feliz y vieja galería ancestral, nunca volvería a estrechar a su querida Rowena en perfecta intrapenetración… nunca volvería a atravesar un sólido… nunca volvería a experimentar el antiguo y voluptuoso placer de estar aquí e inmediatamente hallarse allá, en cualquier otro sitio.

—¡Misericordia, misericordia! —intentó gritar; y su voz, ciertamente, llegó a agitar el aire palpable.

Pero no había misericordia en aquél horrible Clérigo. Su única propuesta consistió en erizar fuertemente el cabello de la cabeza.

Después desorbitó los ojos. Luego contrajo la cara. Y más tarde empezó a hablar, por así decirlo, como los sordomudos, con los dedos.

La semisustancia de Sir Egbert era ya como un polvillo rojo y cristalino; era el principio de la agonía. Se dio cuenta de lo cerca que se hallaba ya de la Precipitación en lo Mortal, cuando súbitamente se sorprendió a sí mismo pensando casi con miedo en su adorada Dama Blanca ¡Ella era un fantasma!

Entonces el Mortal, empezó a farfullar palabras. Era el exorcismo. ¡Oh! ¿Por qué, por qué, por qué no se le habría ocurrido a Sir Egbert ir a visitar a un Abogado?

El parloteo continuó. Color… calor… peso… se fueron asentando en Sir Egbert, «El impávido». Ya casi era.

Y mientras seguía haciéndose irremisiblemente, las palabras del Clérigo aumentaron su velocidad. Los pies de Sir Egbert sintieron el suelo; gritó, y se dejó oír un tenue quejido en el espacio. El Clérigo levantó un pie por encima de la cama y lanzó una almohada al aire.

¿No tenía, pues, salvación Sir Egbert?

Ah, sí. Aquellos que lleven una No-existencia humilde y recta nunca serán arrojados a los errores de lo sólido y conocido. De algún lugar más allá del rayo de luna vino un agudo sonido.

Era el canto de un gallo.

El Clérigo se cubrió la cara con la almohada, cuando se la quitó, y volvió a mirar, ya no había nadie.

Sir Egbert, de regreso en su confortable Cuarta Dimensión, descansaba de nuevo junto a la querida e indivisible textura de su amada Dama Blanca.

Oliver Onions (1873-1961)




Relatos de Oliver Onions. I Relatos góticos.


El análisis y resumen del cuento de Oliver Onions: Dos bagatelas (Two Trifles) fueron realizados por El Espejo Gótico. Para su reproducción escríbenos a elespejogotico@gmail.com

Oliver Onions: relatos y novelas


Oliver Onions: relatos y novelas.




Oliver Onions (1873-1961) fue un interesante escritor inglés dedicado al relato y la novela, y cuyo estilo se asemeja al de autores de la talla de Walter de la Mare. En este sentido, las novelas y relatos de Oliver Onions son mucho menos conocidas que las de De la Mare, pero sin dudas esenciales para el relato de terror y la novela de terror de la época.




Oliver Onions: obras completas:
  • Dos bagatelas (Two Trifles)
  • El buque fantasma (Phantas)
  • Oliver Onions: cuentos destacados.
  • Arras de juventud (Arras of Youth)
  • Benlian (Benlian)
  • Cierto hombre (A Certain Man)
  • Circo catalán (Catalan Circus)
  • Ciudad hongo (Mushroom Town)
  • Conforme a la evidencia (In Accordance with the Evidence)
  • El accidente (The Accident)
  • El amo de la casa (The Master of the House)
  • El caso del cigarrillo (The Cigarette Case)
  • El cohete (The Rocket)
  • El mortal (The Mortal)
  • El rencor del cielo (The Spite of Heaven)
  • El rostro pintado (The Painted Face)
  • El secreto abierto (The Open Secret)
  • El soltero completo (The Compleat Bachelor)
  • El sueño ascendente (The Ascending Dream)
  • El tapiz del hombre pobre (Poor Man's Tapestry)
  • El Tirso perdido (The Lost Thyrsus)
  • Fantasmas a la luz del día (Ghosts in Daylight)
  • Gris juventud (Gray Youth)
  • Hic Jacet (Hic Jacet)
  • IO (IO)
  • John Gladwin dice (John Gladwin Says)
  • La bella que saluda (The Beckoning Fair One)
  • La cuenta deudora (The Debit Account)
  • La cuerda en las vigas (The Rope in the Rafters)
  • La gente real (The Real People)
  • La historia de Louie (The Story of Louie)
  • La historia de Ragged Robyn (The Story of Ragged Robyn)
  • La luna nueva (The New Moon)
  • La mano de Kornelius Voyt (Hand of Kornelius Voyt)
  • La miel en la pared (The Honey in the Wall)
  • La mujer en el camino (The Woman in the Way)
  • La puerta de palo de rosa (The Rosewood Door)
  • Las campanas tañen hacia atrás (Bells Rung Backward)
  • La sonrisa de Karen (The Smile of Karen)
  • La torre del olvido (The Tower of Oblivion)
  • Los cerdos de éter (The Ether-Hogs)
  • Querida dríada (Dear Dryad)
  • Resurrección en bronce (Resurrection in Bronze)
  • Rooum (Rooum)
  • Un caso a puertas cerradas (A Case in Camera)
  • Un chelín para gastar (A Shilling to Spend)
  • Un penique para el arpa (A Penny for the Harp)
  • Widdershins (Widdershins)




Autores en El Espejo Gótico. I Autores con historia.


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