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Winnie the Pooh y la fobia a los espejos

Winnie the Pooh y la fobia a los espejos.



Detrás de todo miedo existe una causa, imaginaria u objetiva, pero también un reverso por el cual se justifica; y las fobias, en definitiva, son una síntesis que individualiza el miedo en bruto al dirigirlo sobre algo concreto.

No hay gran diferencia entre una persona que siente fobia por los payasos y otra que le teme irracionalmente a los gatos. Lo que detona el horror cambia, pero horror es el mismo; ya sea intuyendo a un monstruo abominable detrás del maquillaje de un payaso o a un espíritu vengativo bajo la forma sigilosa del gato.

En resumen: se siente miedo por lo que esas síntesis pueden provocarnos, en general, la muerte. 

La forma, en todo caso, es irrelevante.

Sin embargo, esta dinámica se pone a prueba con una fobia en particular: la fobia a los espejos.

Se la conoce como Spectrofobia, del latín spectrum, "aparición", y el griego phobos, "miedo"; también llamada Catoptrophobia, del griego katoptros, "espejo". 

Las personas que padecen Spectrofobia sienten un horror irracional y mórbido a los espejos, casi siempre producto de algún hecho traumático o supersticioso, por ejemplo, la vieja creencia de que romper un espejo trae siete años de mala suerte.

Lo curioso del asunto es que las personas con Spectrofobia no sienten miedo por lo único que pueden hacer los espejos: reflejarnos.

No existe otra fobia con estas características. 

Si la trasladáramos a otros miedos irracionales sería algo así como sentir vértigo sin tener miedo a las alturas, o claustrofobia sin evitar los lugares cerrados.

La persona con Spectrofobia le teme a los espejos, pero no a lo que los espejos reflejan, para eso existe la Eisoptrofobia; del griego eis, "hacia", y optikos, "mirar". 

Los que padecen Eisoptrofobia no necesariamente temen a los espejos pero, paradójicamente, sienten un horror anormal por el reflejo que éstos proyectan. 

Suelen considerar que los espejos traen mala suerte, que son portales hacia otras realidades y que son habitados por criaturas perturbadoras e insidiosamente zurdas, lo cual es cierto, habida cuenta que su función es reflejarnos.

La Eisoptrofobia tiene un profundo arraigo en el mito y la literatura, baste citar el caso de Narciso, aquel egocéntrico muchacho de los mitos griegos que se enamoró fatalmente de su reflejo; o el de la novela de Oscar Wilde: El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray), especie de reflejo pictórico que se deteriora por fuera mientras el alma de Dorian se corrompe por dentro.

A pesar de estos casos realmente notables ninguno se compara al de  A.A. Milne (1882-1956), creador de las historias de Winnie the Pooh, sobre el cual se teje una anécdota asombrosa.

Al comienzo, las historias de Winnie the Pooh fueron sistemáticamente rechazadas, lo cual sumió a A.A. Milne en una profunda depresión. Se le objetaba el carácter diarréico de sus personajes, cierta abulia, cierto fastidio, que no lograrían capturar el interés del público infantil.

A.A. Milne tomó una decisión que muchos autores de cuentos infantiles deberían seguir. Resolvió invertir un miedo primordial en su obra, en este caso, un miedo que cultivaba secretamente: la Eisoptrofobia.

El encargado de interpretar este miedo fue Tigger, contrario a la fascinación de Winnie the Pooh por su reflejo matinal; a quien se le atribuyó la respetable filosofía de creer que todos los reflejos son impostores, seres que, frente al menor descuido, podrían reemplazarnos y así perpetuar una sociedad gobernada por tipos que se peinan con la mano izquierda.

El miedo de Tigger a los reflejos suele traer aparejado consecuencias más bien inocentes, casi siempre golpes y enredos que luego se solucionan.

De más está decir que Winnie the Pooh se convirtió en un clásico de la literatura infantil, y luego de las series animadas, justo cuando su autor le inyectó una forma individual, particular, precisa, de ese horror informe y arquetípico que a todos nos concierne.

De ahí la supervivencia casi inalterable de los viejos cuentos de hadas.

Consultado a propósito de este asunto, Sigmund Freud respondió:

Si causa miedo debe estar en un cuento de hadas...






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