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Bogifobia: el miedo a las leyendas urbanas

Bogifobia: el miedo a las leyendas urbanas.


La Bogifobia es, por definición, un raro tipo de fobia por lo sobrenatural, un miedo persistente e irracional a las leyendas urbanas.

Extrañamente, el que padece de Bogifobia no le asigna a los monstruos imaginarios que teme una naturaleza posible. Íntimamente sabe que los Payasos diabólicos, el Hombre de arena, el Hombre Polilla, el Hombre de la Bolsa, Slenderman, y tantos otros, son personajes ficticios, sin embargo, nada puede hacer para dejar de sentir miedo por ellos.

La palabra que designa este curioso desorden utiliza el vocablo griego fobos, "miedo", combinándolo con Bogeyman, aquel tenebroso acechador que se oculta en el interior de los armarios o debajo de la cama.

A todos nos gusta sentir miedo, siempre que sea un miedo controlado, es decir, un miedo cuyo origen no nos proporcione ningún tipo de daño real. ¿Pero qué sucede si algún día esos escalofríos que recibimos con secreto regocijo al mirar una película de terror no se evaporan al salir del cine? ¿Qué ocurre cuando el miedo se instala, firme y persistente, y se rehúsa a abandonarnos aún cuando entendemos que su origen no es real?

Algo de esto experimentan los bogifóbicos. El miedo por una leyenda urbana se instala, por ejemplo, por el mítico Hombre Polilla. El sujeto sabe que no es real. Sabe que no existe. Pero de todas formas no logra controlar la sensación de horror atávico e irracional que se apodera de él.

Más curioso que este padecimiento en sí mismo, es la ausencia de "lugares seguros" a los que el sujeto puede acudir frente a un brote de pánico

Supongamos que alguien le tiene fobia a las alturas. Pues bien, en ese caso, aunque demore su tratamiento más de lo aconsejable, podrá seguir con su vida en términos más o menos regulares. El bogifóbico, en cambio, no posee lugares seguros en donde refugiarse. En todas las casas hay espacios oscuros debajo de la cama, armarios donde acechan las sombras y espejos que prometen una aparición diabólica a cierta hora de la noche.

Los que padecen Bogifobia no son seres irracionales, sino personas razonables con miedos irracionales. En todo momento saben que sus temores son absurdos, ridículos, pero también imposibles de evacuar utilizando únicamente la lógica.

La fobia a las leyendas urbanas adquiere consistencia en la infancia, en especial cuando los adultos insisten en amenazar e intimidar a los más pequeños con criaturas ignotas del Más Allá, como el Coco. La psiquis infantil encuentra muy difícil separar la ficción de lo real, de modo que los fantasmas, vampiros, zombies y hombres lobo de las películas y la literatura pueden, en algunos casos, ser vistos como entidades concretas que luego irán por el sujeto.

Los miedos irracionales a veces se instalan a causa de eventos aparentemente inocuos, como una broma sin malas intenciones, pero que se graban en el inconsciente y allí persisten, ocultos y acechantes, aguardando el momento indicado para emerger a la superficie.

El miedo a las leyendas urbanas se intensifica si el sujeto padece de Nictofobia, o miedo a la oscuridad; un marco que aumenta la inseguridad con respecto a la identidad sospechosa que habita en nuestro armario.

En el caso de los más jóvenes, nunca hay que tomar sus miedos como motivo de burla, o peor aún, de descrédito. De nada sirve incomodar a alguien que ya está atravesando un trance delicado. Lo mejor que podemos hacer es ofrecerle seguridad, tranquilidad, y sobre todo una actitud comprensible.

El miedo es un asunto delicado, que nunca debe ser tomado a la ligera; en especial cuando se utiliza como práctica admonitoria y sistemática. No siempre hay una mala intención detrás de los adultos que infunden esta clase de miedos. Por ejemplo, cuando para evitar que un niño merodee por un sitio peligroso se le advierte de la presencia de una criatura monstruosa que acecha a los audaces y a los incautos. Es probable que, en un porcentaje elevado de casos, el sujeto no se aventure al lugar indicado, pero el precio que se paga puede ser demasiado alto, ya este tipo de "instrucciones" se basan en un refuerzo negativo, es decir, de un castigo detrás de cualquier transgresión.

Dicho esto, también hay que mencionar algo a favor de las personas sensibles, capaces de estremecerse ante el crepitar nocturno que simula el avance rasante de un descomunal gusano ciego.

El filósofo Heinrich Heine razonó que las leyendas urbanas, que por entonces tenían mucho de suburbanas, son el residuo colateral de antiguas creencias, tan arraigadas en la mente colectiva de los pueblos que se resisten a abandonarnos a pesar de que la razón y la lógica las han "escondido bajo la cama".

La metáfora no puede ser más acertada. Estas criaturas imaginarias nunca se presentan abiertamente. Están al acecho, se ocultan en las sombras, murmuran, susurran, se visten con tenebrosos harapos, con capuchas; con capas, con velos, son cautelosas; nunca se presentan a la vista de muchos, sino que prefieren los encuentros a solas en esa hora incierta que precede al amanecer...

Heine sospecha que esas características fugitivas hacen de ciertas criaturas imaginarias el residuo atávico de los viejos dioses de antaño, demonizados por la fe celosa en un Dios Único. El filósofo los llamó "dioses en el exilio"; arcanos despojos de mitologías ya perdidas, pero que recuperan toda su fuerza cuando el hombre se encuentra solo con aquello que adoró en otra vida y en otro tiempo.


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