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El complejo de Cenicienta: el miedo de las mujeres a la independencia

El complejo de Cenicienta.



El Complejo de Cenicienta (Cinderella Complex) fue desarrollado originalmente por la investigadora Colette Dowling —autora de: El mito de la fragilidad femenina (The Frailty Myth), Por qué las mujeres sabotean su seguridad financiera (Why Women Sabotage Their Financial Security) y El mito del árbol del dinero: el miedo de las mujeres a mantenerse económicamente (The Myth of the Money Tree: Women's Hidden Fear of Supporting Themselves)— en su libro: El Complejo de Cenicienta: el miedo de las mujeres a la independencia (The Cinderella Complex: Women's Hidden Fear of Independence).

El Complejo de Cenicienta puede resumirse del siguiente modo: 

Algunas mujeres, por crianza o presiones coyunturales, cultivan el deseo desmedido e inconsciente de ser cuidadas. Este deseo procede del miedo a la independencia.

Naturalmente, el Complejo de Cenicienta debe su nombre al conocido personaje del cuento de hadas: Cenicienta (Cinderella); historia basada en la idea de que la feminidad debe poseer un fuerte grado de inocencia, belleza y resignación, pero de ningún modo independencia.

Recordemos que, en el cuento, Cenicienta es incapaz de alterar su condición de "esclava" sin la intervención de fuerzas sobrenaturales, como el Hada Madrina, y sobre todo del arquetipo masculino representado en la historia: el Príncipe Azul

Por eso se considera a Cenicienta como el gran paradigma mítico de la Mujer en apuros.

En otras palabras, Cenicienta sintetiza a la mujer que solo puede cambiar el curso de su vida mediante el establecimiento de una relación con un hombre.

El libro de Colette Dowling: El complejo de Cenicienta, alcanza un grado de percepción notable sobre esta coyuntura. En definitiva, la autora propone que los hombres reciben desde muy pequeños una educación que tiende al desarrollo y la superación personal, mientras que las mujeres son adiestradas en la opresiva misión de ajustarse a un modelo predeterminado donde solo pueden alcanzar protagonismo a través de una asociación con lo masculino, es decir, mediante el matrimonio y posteriormente el embarazo y crianza de los hijos.

Una de las características principales del Complejo de Cenicienta es, al igual que en la Cenicienta del cuento de hadas, una apropiación de lo que Colette Dowling denomina "trabajo sucio".

Es decir, la mujer como encargada de los trabajos del hogar: limpieza, cocina y el cuidado de los niños.

Naturalmente, al igual que Cenicienta, las mujeres que viven en esta coyuntura no necesariamente disfrutan de sus vidas. De hecho, el Complejo de Cenicienta lo describe como una especie de tributo que las mujeres pagan a cambio de estabilidad conyugal.

Sin embargo, este tributo de esclavitud no es enteramente una imposición masculina. 

Existe, según la autora, un fuerte grado de comodidad que induce a ciertas mujeres a convertirse en oficiosas y resignadas amas de casa. 

¿Por qué? 

Justamente por el modelo de crianza en el que han sido educadas.

Estas mujeres son capaces de gobernar sobre la casa con absoluta eficiencia; no obstante, sufren un miedo atroz a encargarse de las responsabilidades y presiones que supuestamente recaen sobre el hombre, como la obtención de dinero y la lucha por ascender en el trabajo.

En este contexto el hombre actúa coordinadamente con su crianza, es decir, dispuesto a dar lucha por lo que cree que le corresponde; mientras que la mujer, educada en sentido inverso, se encuentra presa de un sistema cuya máxima aspiración personal es la boda, el matrimonio y los hijos.

Ahora bien, el Complejo de Cenicienta no es excluyente de las mujeres que se dedican a los quehaceres domésticos y la crianza de sus hijos.

Se encuentra, según la autora, en afirmaciones tan inocentes como: ya no hay hombres, todos los hombres buenos tienen pareja, los hombres solo quieren sexo, y otras variantes vernáculas.

Incluso las mujeres independientes, profesionales, determinadas, atractivas, son agitadas de vez en cuando con la sombra ausente del Príncipe Azul.

Para cualquiera de las preguntas habituales del universo femenino que hemos citado Colette Dowling formula la misma respuesta, tan obvia como imposible de asimilar por el reflejo de inferioridad que se desprende del Complejo de Cenicienta:

Ya no hay hombres de verdad.
—Los hay. Pero ninguno se ha fijado en ti.

Todos los hombres buenos tienen pareja.
—Siguiendo ese silogismo, si todos los hombres buenos tienen pareja y tú estás sola entonces no mereces para estar junto a uno de ellos.

Los hombres solo quieren tener sexo.
—Las mujeres también, solo que para acceder al deseo necesitas sentirte cuidada, querida y segura.


Colette Dowling plantea que el Complejo de Cenicienta necesariamente requiere de la certeza íntima de que el Príncipe Azul existe. 

Desde luego, este neo-delfinato aparece despojado de sus atributos ideales pero intensamente identificado con los valores tradicionales de la masculinidad: seguridad, protección y atención, justamente aquello que muchas mujeres se resisten a autoabastecerse mediante el ejercicio de la independencia.

Detrás de todas estas preguntas genéricas que cuestionan la escasez de verdaderos machos protectores y comprensivos se esconde el deseo de que alguien tome decisiones y ocupe el cargo vacante de Príncipe Azul; es decir, que un hombre venga a rescatarlas de un entorno de sujetos plebeyos, de una vida aburrida y sin amor.

Algo que se ajusta a las expectativas de la Cenicienta del cuento.

Por cierto, la mayoría de las mujeres, o al menos de las mujeres sensatas, se esforzarán por manifestar el deceso del Príncipe Azul

De hecho, es habitual que frente a una decepción amorosa aparezca una nueva frase demoledora: "El Príncipe Azul no existe", casi con decepción, como si por un momento (que coincide con el interés y sustentabilidad de los supuestos atributos del hombre) hubiesen creído que existía.

En definitiva las mujeres pueden enamorarse de muchos tipos de hombres pero de ninguno al que no respeten y admiren, ya sea un príncipe de dudosa procedencia o un plebeyo enérgico y trabajador. 

Cuando los objetivos se proyectan fuera de uno mismo, en un otro idealizado que venga a sustituir las precariedades del yo, una simple desviación en el camino conduce al intransitable laberinto de la frustración, al menos para cualquiera que deba recorrerlo con un incómodo calzado de cristal.






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1 comentarios:

Anónimo dijo...

En mi caso tengo miedo porque me enamore una vez y esa persona me hizo daño y no se porque me siento con miedo att kristal