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La paradoja del Destino

La paradoja de creer en el destino.


Creer en el destino, como todo acto de fe, prescinde de la lógica. Más aún, creer o no en el destino se parece demasiado a una obligación, ya que si el destino realmente existe estamos predestinados a la fe o al escepticismo.

Si creemos en el destino debemos admitir que el futuro ya existe y que es inalterable, que los hechos del presente invariablemente nos llevarán hacia algún lugar preciso que no puede ser modificado, justamente porque cualquier alteración o cambio de rumbo que realicemos ya está previsto y es parte de ese plan.

Muchas personas, casi siempre frente a hechos que pueden ser tanto venturosos como desgraciados, suelen hallar consuelo en la idea de que lo que debe suceder, sucederá, y que es inevitable que las cosas sean de otro modo del que son. Sin embargo, este consuelo resulta bastante deplorable si esperamos que la vida nos depare alguna capacidad de maniobra. Semejante filosofía sugiere que cada evento de nuestras vidas, cada persona con la que nos relacionamos a lo largo de ella, están predestinados a cumplir un rol invariable, inalterable. 

Hagamos lo que hagamos, el resultado de todas nuestras acciones siempre nos llevarán hacia un punto fijo, incierto para nosotros, pero trazado de antemano por raras combinaciones astrales.

En este sentido, la elección no existe, solo la ilusión de que elegimos algo que en realidad nos está destinado.

Aquí surge la primera paradoja. El hombre puede alterar el mundo que lo rodea, puede modificarlo, para bien o para mal, pero si creemos en el destino esa capacidad para moldear la realidad es completamente ilusoria. 

Cuando creemos que estamos cambiando radicalmente el curso de nuestras vidas, en realidad estamos dirigiéndola hacia donde debe ir.

Algún lector sagaz podrá decir que existen personas que ciertamente cambiaron el mundo, lo cual sería absurdo negar. No obstante, si el destino existe, esas personas estaban destinadas a realizar aquellos cambios. Y si creemos que esto es así, ¿cuál es el mérito de los grandes hallazgos, de los descubrimientos asombrosos, de las victorias insospechadas? Si Cervantes estaba predestinado a escribir el Quijote, ¿qué mérito podemos asignarle? Nada de lo que hubiese hecho habría podido evitar su escritura. 

Y si Cervantes estaba destinado a escribir el Quijote, ¿no sería éste anterior al propio Cervantes? ¿No existiría en algún orbe incierto de ideas y fantasías, esperando que su "autor" lo convocara en el momento convenido por el Destino?

Ahora bien, tal vez muchos de ustedes se sientan un tanto escépticos ante la idea del Destino. No obstante, si esa cifra de escépicos es proporcional al número de creyentes, no importa de qué religión, el porcentaje de adoradores del Destino aumentará exponencialmente.

Creer en Dios es también creer en el Destino. Y si creemos en un Dios omnipotente y omnisciente, la idea del libre albedrío queda razonablemente desechada. Si Dios es omnisciente, ¿cómo podríamos elegir algo que no esté ya en su mente? ¿Cómo podríamos amar o matar sin que ese amor y ese crimen no hayan sido previstos por la gran mente cósmica?

Lo que ocurre no solo debe ocurrir, sino que ya ocurrió en alguna parte...

Si a pesar de todo aquel lector sagaz resuelve creer en Dios, lo incitamos a creer en un Dios que no se someta a las conveniencias de las religiones, a menudo atadas a una cronología absurda que prescinde de toda grandeza. Si Dios realmente existe, no lo hace como un gran contemplador de su obra, observando el discurrir de los eones para castigar o premiar a sus devotos. Las religiones nos han llevado a creer que Dios es un niño que dibuja un árbol y que luego lo castiga (por ser árbol) a una eternidad asimétrica de azufres y vapores sulfurosos.

Como dice nuestro amigo y exégeta de cabecera, el profesor Lugano, Dios es un testigo doble de todos los asesinatos. No solo los ve cuando ocurren, sino que ya los vio como sucesos invariables antes de la creación del universo.

Pero el profesor Lugano, que nunca le cierra la puerta a esa incertidumbre que algunos llaman esperanza, sostiene que Dios necesariamente debe existir fuera del espacio-tiempo, en definitiva, reglas que gobiernan sobre su creación, no sobre el creador; de modo que desde ese palco privilegiado el universo no se parece a un devenir, a una sucesión encadenada y ordenada de acontecimientos, sino a un gran hecho integral que ocurre en todas partes al mismo tiempo, una especie de presente en simultáneo que absorbe el pasado y el futuro en un solo punto.

Más aliviados por esta hipótesis, si la consideramos posible, el Destino aparece como algo completamente innecesario. Si existen infinitos universos donde ocurren infinitas posiblidades, entonces podemos prescindir del deseo. Aquella oración que juzgamos ignorada realmente se cumplió en alguna parte, y aquellos que se han ido prematuramente tal vez estén volviendo una y otra vez en orbes ignotos donde los creyentes se jactan de su escepticismo, y donde los dioses adoran a sus fieles.



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