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Kamadeva y las meditaciones de amor

Kamadeva y las meditaciones del amor.


Kamadeva es el dios hindú del amor. Su vasta iconografía lo representa como un joven alado de rostro redondeado, con un arco de caña de azúcar (rodeado de abejas) y un carcaj con flechas decoradas con cinco tipos diferentes de flores. 

Podemos verlo como una primera edición del Eros griego y el Cupido latino.

Las abejas que zumban en torno su arco tienen la función de endulzar sus flechas con el kama madhu, “la miel del deseo”; especie de elixir o afrodisíaco que despierta una pasión incontrolable aún en personas manifiestamente muertas.

Kamadeva significa literalmente “el dios del deseo” (del sánscrito kama, “deseo”; y deva, “dios”), epíteto que no se corresponde únicamente con la jactancia, sino con las enseñanzas que el dios alado ha dejado a sus devotos a través del Kama Sutra ("las lecciones del deseo"), aquel conocido tratado de Vatsiaiana que procura explicar, no siempre con éxito, algunas acrobacias de cuestionable eficacia.

Al contrario de lo que muchos creen, el Kamasutra se detiene menos en el amor posicional que en técnicas y estrategias para el arte del beso y las caricias.

Cuenta la leyenda que cierto día Kamadeva resolvió ayudar a la hermosa Parvati, enamorada del volátil dios Shiva. Tras algunos ruegos y oblaciones Kamadeva lanzó una flecha que fue a dar sobre el lomo de Shiva, que por entonces meditaba sobre asuntos altos y nobles; con la intención de despertarlo y permitirle a Parvati obtener su atención.

Pero Shiva no solo despertó efectivamente de sus meditaciones, sino que lo hizo como cualquiera que es arrancado de un sueño profundo, es decir, con un pésimo humor. Su sabiduría lo hizo advertir el engaño, y se enfureció tanto que su tercer ojo, ubicado en medio de la frente y normalmente dormido, comenzó a abrirse en una mirada fulminante que incineró al pequeño Kamadeva.

Si bien esa reacción correspondía a un ajuste de cuentas entre pares, pronto se tornó en tragedia cuando los dioses, entre ellos, Brahma, advirtieron que lo que se había quemado no era una deidad menor, sino literalmente el deseo y el amor.

Kamadeva es el dios del deseo, del kama, pero no del deseo en general sino del deseo sexual. Su fallecimiento provocó una desersión de los ritos de apareamiento; los animales se negaron a unirse y los hombres comenzaron a dedicarse a placeres banales.

Alarmado, Brahma se reunió con Shiva, que aún no había logrado recuperar su concentración, y le pidió que reconsidere su posición. Finalmente Shiva accedió a resucitar a Kamadeva, pero únicamente cuando un alcahuete le hizo notar que sin el deseo el ser humano desaparecería, y con él los sacrificios de los cuales se alimentaban los dioses.

En otra manifestación de poder óptico, Shiva volvió a abrir su inmenso ojo y con él reconstruyó a Kamadeva, pero solo su imagen, fina, etérea y tal vez incompleta. De este modo se aseguró la continuidad reproductiva del planeta, que al parecer había entrado en una especie de letargo.

Los animales se arrojaron a un goce impío, incluso entre especies distintas, y los hombres y mujeres danzaron bailes blasfemos en los alababan al amor como una necesidad, y a la meditación como un lujo.

Algunos hinduístas interpretan este mito como una enseñanza de Shiva acerca de la importancia del estado mental de la existencia -simbolizada en su meditación- sobre los estímulos del deseo y el amor físico -simbolizados por el flechazo de Kamadeva-. Pero lo cierto es que Kamadeva es muy anterior al hinduismo, y que éste último defiende el celibato a quemarropa como único vehículo para preservar la pureza del cuerpo, justamente lo opuesto a lo que propone el pequeño dios alado; que sabe íntimamente que no hay mayor pureza que la comunión física y espiritual entre dos cuerpos que se desean.




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